jueves, 4 de septiembre de 2008

A 70 AÑOS DE LA MASACRE DEL SEGURO OBRERO

Coordenadas: 33°26'31.19"S 70°39'11.39"W
Septiembre es un mes dramático en nuestra historia. Nos dio muchas fechas conmemorativas, de inicios de procesos libertarios o revolucionarios y también de epílogos controvertidos. En un día 11 de septiembre, el primer Santiago es destruido por Michimalongo; el ciclo recurrente de la historia desata para la posteridad una confrontación que llega al Alzamiento Militar, siglos después. En el último posteo recordamos, además, que el día 4 fue el del asesinato de José Miguel Carrera.
Así, no es raro que este próximo día viernes 5 se cumplan 70 años de otro suceso que ha marcado con la espada el calendario en la hoja de septiembre… Quizás la matanza más escalofriante y sangrienta que ha conocido la historia de Chile, ocurrida hacia finales del Gobierno del Presidente Arturo Alessandri Palma y que salpicara las camisas de varias autoridades políticas e institucionales por las responsabilidades en los hechos.
Fue la Matanza del 5 de septiembre de 1938; la Masacre del Seguro Obrero, ocurrida en el edificio de la Caja del Seguro Obrero y al que hemos dedicado ya anteriormente otro posteo.
59 muchachos miembros del Movimiento Nacional Socialista de Chile fueron brutalmente asesinados por órdenes superiores, luego de un intento de alzamiento que dirigieron en la Universidad de Chile y en el Edificio del Seguro Obrero. Incluso hubo algunas personas más que no participaron de la revuelta y que perecieron asesinados, al ser confundidos con los nacistas.
El edificio, vecino a La Moneda, fue el escenario de esta vesánica matanza. Hoy alberga al Ministerio de Justicia y una placa conmemorativa de bronce recuerda a los caídos, exactamente en la esquina de Morandé con Moneda, a un costado de la Plaza de la Constitución.
Conozcamos un poco más de esta trágica historia.
Los cuatro sobrevivientes de la Masacre del Seguro Obrero, reunidos en una concentración frente al Cementerio General de Recoleta, en la Plaza de las Columnatas de La Paz. Imagen gentilmente proporcionada por Mauricio Emiliano Valenzuela, de su archivo fotográfico e histórico.
PLAN DE ALZAMIENTO NACISTA DE 1938
En la época que tuvieron lugar los hechos, las calles de Santiago bullían de violencia política al calor de las mismas pasiones internacionales que llevarían a la Segunda Guerra Mundial, poco después. Se enfrentaban sin piedad socialistas y comunistas contra nacistas. En una de estas escaramuzas, cayó muerto por bala el escritor socialista Héctor Barreto, a quien hemos dedicado un reciente posteo en recuerdo del aniversario de su partida. Después le tocó al dirigente también socialista Pablo López, irónicamente en manos de sus propios camaradas y por rencillas interiores con relación al proyecto del Frente Popular. Así estaban los ánimos entonces.
La proximidad de las elecciones presidenciales elevó estas pasiones al máximo. Las fuerzas de la izquierda se acumulaban en torno al Frente Popular del candidato radical Pedro Aguirre Cerda, y las de los nacionalistas lo hacían en la Alianza Popular Libertadora y la figura del General Carlos Ibáñez del Campo.
Los gobiernistas y la aristocracia liberal, en tanto, se conglomeraban alrededor del Ministro Gustavo Ross Santa María, apodado por sus opositores “Ministro del Hambre” y “El Último Pirata del Pacífico”. Era tal el esfuerzo del Gobierno desplegado a favor de su candidato, que comenzó a cundir como reguero de pólvora el temor a que el intervencionismo se pasara directamente al proceso electoral, para garantizar el continuismo del alessandrismo.
El día 4 de septiembre de 1938, las fuerzas del ibañismo realizaron la multitudinaria "Marcha de la Victoria" desde el Parque Cousiño (hoy O'Higgins) hasta Centro de Santiago, a partir de las 14:00 horas, recordando el aniversario del Movimiento Militar del 4 de septiembre de 1924. En la ocasión, más de diez mil nacistas de todo Chile desfilaron por las calles luciendo sus uniformes y símbolos, bajo cientos de banderas de Chile actuales y las de la Patria Vieja, símbolo del movimiento nacionalsocialista criollo.
Se notaba ya en el ambiente el ánimo de algunos de los nacistas; un aire golpista inspiraban carteles con mensajes tales como “Mi General, estamos listos”, en la marcha.
Y, efectivamente, algo se fraguaba en las sombras: desde el día 2, se habían estado reuniendo los jóvenes miembros del movimiento Orlando Latorre, Ricardo White y Mario Perreta entre otros, en la casa de Oscar Jiménez Pinochet, para planificar un intento del alzamiento que debía tener lugar el 5, al día siguiente de la marcha y aprovechando la venida masiva de camaradas desde provincias para participar del acto. Todo indicaría que el Jefe del nacismo chileno, Jorge González von Marées, estaba al corriente de estos planes, a diferencia de Carlos Keller, otro dirigente del movimiento que lo ignoraba y que declararía más tarde su oposición pesimista sobre tal intento revolucionario.
Los conspiradores esperaban que con grupo de nacistas se comenzara a activar una progresión de alzamientos que llegarían hasta los elementos ibañistas de las Fuerzas Armadas, por efecto dominó, aprovechando también el gran descontento popular que reinaba hacia el alessandrimo. Aunque los altos mandos de los cuarteles negaron conocer o participar de la asonada, se supo que los nacistas habían sido provistos con la ametralladora Thompson personal del General Ibáñez del Campo, apodada “el saxófono”, que quedó confiada al ex teniente de la Armada Francisco Maldonado. Entre los intermediarios con el Ejército habían estado Caupolicán Clavel Dinator, un oscuro personaje que aseguró la participación de los militares y que, años después, sería expulsado de la Masonería “por traidor”.
En la mañana del día 4, habían salido muy temprano en vehículos Orlando Latorre, Francisco Maldonado y Héctor Thennet, conducidos por el dirigente Enrique Zorrilla y por Oscar Jiménez. Estuvieron todo el día en actividades de la Marcha de la Victoria. Al volver a la sede, los esperaba muy malhumorado César Parada, quien, ocupado de hacer guardia mientras ellos participaban de la marcha, no había alcanzado a presentarse en su lugar de labores para el diario "Trabajo", órgano oficial del movimiento.
Los jóvenes revolucionarios barajaron la posibilidad de iniciar el alzamiento tomándose edificios institucionales, como el de la Caja de Ahorros del Ministerio de Hacienda o del diario "La Nación", ambos en la Plaza de la Constitución. Sin embargo, después evaluar todas las posibilidades, llegaron a la conclusión de que ocuparían dos: la Casa Central de la Unidad de Chile en la Alameda, por su simbólico valor alusivo al mundo de la educación superior; y la Torre del Seguro Obrero, por su relación con el mundo del trabajo.
Así, los nacistas daban -sin quererlo- el paso definitivo hacia el fatídico destino final que les estaba esperando en ese edificio.


La Marcha de la Victoria de Parque Cousiño
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LAS TOMAS DE LOS EDIFICIOS
Entre las 12:15 y las 12:20 horas del 5 de septiembre de 1938, los dos edificios elegidos fueron tomados, completándose la operación a las 12:40.
Un tercer grupo de los conspiradores había marchado hasta las afueras de la ciudad para derribar algunas torres de suministro eléctrico de Santiago, en Patagüilla. Latorre instaló personalmente las cargas explosivas en el lugar y las detonó con éxito a las 12:30, pero no consiguió dañar los cables, de modo que la electricidad no se interrumpió. Bajaron entonces hacia La Florida, y ahora su camarada Cirilo Berríos instaló otra carga que detonaría más tarde, cerca de las 14:00 horas.
Unos 44 de los nacistas se había encerrado en la Universidad de Chile. Este grupo fue dirigido por Mario Pérez, seguido de César Parada y Francisco Maldonado. Les acompañaron y asistieron de cerca Enrique Magasich, Enrique Herreros y Alberto Montes. Tomaron de rehén al Rector, señor Juvenal Hernández, sacándolo de una aburrida sesión de la Junta del Estadio Nacional (complejo deportivo que estaba a punto de ser inaugurado) y fue llevado desde la Sala del Consejo de la Casa Central hasta un lugar seguro para él y para su secretaria, por Parada y otros siete u ocho nacistas. Todos los demás, incluyendo los presentes en la reunión, fueron expulsados hasta Alameda, seguidos del tronar de las pesadas puertas que se cerraron herméticamente a sus espaldas.
Casi al instante, efectivos de Carabineros de Chile fueron alertados de la insurrección y partieron al edifico buscando la manera de entrar por sus puertas, ya todas cerradas.
Mientras tanto, el segundo grupo se tomaba el edificio del Seguro Obrero encerrando a los funcionarios en una pieza para que no resultaran heridos. Estaban al mando del integrante de las tropas de asalto Ricardo White, y se encontrabn entre ellos Carlos Pizarro, Marcos Magasich, Carlos Barraza y Facundo Vargas. Traían una maleta de dinamita confiada a David Hernández, quien iba acompañado del joven e inexperto Carlos Oxhenius, que estuvo a punto de frustrar la acción al inicio de la misma cuando, presa del nerviosismo, comenzó a titubear y a llamar la atención demasiado antes de subir las escaleras del edificio. White, siempre decidido, lo tomó del brazo para obligarlo a subir; pero al advertir que Oxhenius estaba descontrolado y representaba un peligro en el momento menos indicado de la acción, le dejó partir a regañadientes y el chico se fue caminando hacia la Intendencia, como un extraviado.
Los nacistas lograron penetrar la Torre y mantendrían contacto radial con los cabecillas del movimiento, según lo planeado, incluyendo a González von Marées y a Jiménez Pinochet, establecidos en la casa de Enrique Zorrilla, junto al genio experto en comunicaciones Pedro del Campo. El domicilio estaba en Carvajal 33, y la clave de contacto radial no habría sido "Pitón 10", como asegura hasta hoy un mito muy difundido entre los investigadores y estudiosos del caso, sino “Picrón”, a secas: "Picrón" correspondía al apodo asignado a Jiménez para el enlace, y el 10 era la confirmación del largo de onda.
EL ENFRENTAMIENTO
Pero la desgracia tocó a este grupo de la Torre del Seguro Obrero desde el principio.
Tenían instrucciones precisas de no herir a nadie a menos que fuera inevitable, y lamentablemente, un carabinero llamado José Luis Salazar Aedo, que al parecer se encontraba patrullando en la esquina, alcanzó a ser alertado justo cuando los revoltosos cerraban las puertas. Salazar Aedo corrió hasta la puerta del edificio, sacó su revólver, y el teniente de las Tropas de Asalto del MNS, Gerardo Gallmeyer Klotzche, que acompañaba a Barraza mientras clausuraba el acceso, probó ser más rápido que él. Salazar Aedo, herido, logró caminar hasta la vereda norte de Moneda, frente a la Intendencia, cayendo al suelo y despertando la alarma entre todos los presentes. Murió unos minutos más tarde, mientras era atendido y cuando la alerta pública ya se había desatado.
Tras este lamentable hecho, los muchachos se parapetaron en los pisos 6 y 7 del edifico, esperando que las fuerzas de orden llegaran a desbloquear las puertas de ingreso. La confrontación había comenzado con este incidente.
El grupo de Pizarro Cárdenas se encontró con algunos pocos empleados y funcionarios de la Caja del Seguro Obrero, que fueron reunidos y encerrados en el último piso, en los comedores del nivel 12, lejos del peligro. La baja cantidad de funcionarios se debía a que era la hora de colación. En posteriores declaraciones, estos trabajadores admitieron haber sido tratados con amabilidad por los revoltosos. Entre estos funcionarios, además, habían dos mujeres: doña Inés Álvarez y Luz Tagle.
Aunque tienen muchas armas de fuego, los nacistas sólo arrojan por el centro del caracol de la misma escalera varios detonadores que causan fuerte ruido, al tiempo que alertan a los Carabineros de los primeros pisos que han entrado cortando la cadena de la entrada, gritándoles "¡guarda abajo!", cada vez que los lanzaban. Las armas son repartidas entre los pisos 6 y 11, para usarlas sólo como respuesta a los tiros desde el exterior. Maldonado, en tanto, está a cargo de “el saxofono”.
Al comenzar a cruzarse los disparos entre los golpistas de la Torre y las fuerzas de orden, un pequeño grupo de nacistas no especificado llegó hasta las oficinas de transmisión de la "Radio Hucke" y, tomándose los equipos, arrebataron el micrófono al locutor para anunciar a todo Santiago: "¡Ha comenzado la revolución!". En esta toma hubo otra refriega con los empleados de la radio, que terminó en balazos, pero afortunadamente sin heridos ni víctimas de ningún lado.
ALESSANDRI EN LA MIRA
Alertado por los disparos de la Torre, Alessandri había interrumpido su almuerzo en La Moneda para asomarse iracundo por uno de los balcones del palacio presidencial. Incapaz de seguir allí fingiendo no oír las balaceras, salió al exterior a increpar a los Carabineros por considerar que su accionar era poco eficaz para repeler a los alzados. Se dice que, entonces, su molestia era porque los tiros perturbaban su comida.
Al ver que la rebelión no conseguía ser sofocada, Alessandri subió hasta el segundo piso de la Intendencia de Santiago, donde le esperaba el Intendente Julio Bustamante. Allí se paseó nerviosamente de un rincón a otro sin poder creer que a unos metros suyos se ejecutaba un golpe en su contra. Confesó saber que eran los nacistas los autores del alzamiento.
Así, el propio Presidente Alessandri pasó en más de una oportunidad por la calle Morandé y se asomó imprudentemente por las ventanas, observando iracundo lo ocurrido afuera y sin poder dar crédito a lo que tenía lugar a sólo pasos del Palacio.
En una de esas salidas temerarias, una bala disparada por los nacistas le pasó a centímetros, según se ha dicho, aunque con más intenciones de asustarlo que de darle muerte, pues hemos visto que lo habían tenido en la mira varias veces durante la jornada, sin dispararle a muerte.
Las tropas artilladas, enfrente de la Universidad de Chile.
CAE EL PRIMER ALZADO
En tanto, otro hecho inesperado estremeció a los rebeldes de la Torre, en los minutos siguientes.
A pesar de la gran cantidad de barricadas entre los pisos inferiores, los nacistas no consideraron el peligro por los francotiradores. Cerca de las 14:30, a dos horas de haberse iniciado la toma, el nacista Gallmeyer se asoma por una de las ventanas del séptimo piso, como lo había hecho varias veces en el día para inspeccionar los alrededores, recibiendo de lleno un balazo en la cabeza, casi al centro de la frente.
Este tiro mortal le fue disparado desde el edifico del periódico derechista "El Diario Ilustrado", por un misterioso civil que nunca fue identificado. También es un enigma el cómo pudo hacer un disparo en medio de un campo de batalla lleno de uniformados, especulándose que pudo estar confabulado con las fuerzas represivas de aquel día.
Gallmeyer era, así, el primero de los que caerían esa tarde en el Edificio del Seguro Obrero, la "Torre de la Sangre". Su camarada médico, Marcos Magasich, se acercó al cuerpo del infortunado intentando ayudar, pero ya era muy tarde. No pudo hacer más que constatar su muerte y el cuerpo fue colocado en otra habitación.
Abajo, en tanto, el propio General de Carabineros Humberto Arriagada había llegado hasta el lugar vestido de civil para repeler a los revoltosos con su rifle. Venía de una fiesta, según dicen algunos; otros señalan, en cambio, que se encontraba al frente de la Torre, en las dependencias de la Prefectura General del edificio de la Intendencia de Santiago, aunque esto no explica el porqué de su vestimenta informal. Sus fotos disparando a la torre vestido de civil harían historia.
Arriagada se parapetó en la entrada de La Moneda por calle Morandé, ocultándose tras el borde de las grandes puertas junto a otros de sus hombres. Dirigía personalmente la acción y con frecuencia disparaba su rifle. Mantenía desde allí contacto directo con el Presidente Alessandri.
Fachada de la Universidad tomada, recibiendo descargas de artillería
FIN DEL CONATO EN LA UNIVERSIDAD
Con la presencia de fuerzas militares dispuestas en contra de la rebelión, la suerte de los nacistas fue echada. No hubo nada del apoyo prometido al conato.
Menos preparados estaban para contener un despliegue de artillería, y las puertas de la Universidad de Chile fueron tiradas de dos potentes cañonazos a las 14:00 de la tarde. Las descargas las haría la batería del Tacna, colocada junto al monumento de O'Higgins. Voló en pedazos el acceso y destruyó gran parte del Salón de Honor. Mientras, las fuerzas de Carabineros lograron forzar la puerta del lado oriente y penetrar al edificio.
A este grupo de alzados no le quedó otra opción que detener la toma de la Universidad. Sin embargo, la decisión de rendirse la tomarían sólo después de una discusión: creían que, a pesar de todo, la rebelión aún podía continuar desde algún otro foco del Ejército, mientras ellos se entregaban. Así lo hicieron, confiados especialmente en la promesa de que Ibáñez del Campo respondería positivamente a la asonada. En realidad, sólo ganaban tiempo para la que sería su propia muerte.
Los testigos declararon entonces que, mientras eran agrupados los detenidos dentro de la Universidad, la tropa de Carabineros atacó a sablazos a algunos de los rebeldes, hiriendo gravemente a entre dos y seis de ellos, como el material fotográfico lo confirma en parte. Leónidas Bravo, en su obra "Lo que Supo un Auditor de Guerra", agrega inclusive que algunos fueron fusilados por orden del Coronel Juan Pezoa, uniformado a cargo de gran parte de la represión. Muchos otros testigos vieron efectivamente los primeros cadáveres dentro del recinto universitario, cosa que nunca fue bien aclarada, dada la gran cantidad de nebulosas que se levantaron por los grupos de poder sobre este dramático caso. Esto fue denunciado por el diario “Trabajo”, y años después por el Auditor Bravo.
Así, en la Universidad la intentona sería completa y absolutamente sofocada.
Comienzan a salir los nacistas rendidos desde la Universidad de Chile. Por sobre el hombro del Carabinero de espalda, pasa Félix Maragaño. Le sigue atrás Guillermo Cuello y, al final del grupo, Enrique Herreros del Río.
CON LAS MANOS EN ALTO
Eran unos 37 los sobrevivientes y comienzan a salir brazos en alto desde el edificio de la Universidad. Algunos muestran ya señales de heridas y lesiones. Como hemos dicho, seguían confiando en que la respuesta del Ejército iba a llegar tarde o temprano.
Se observaba entre los primeros en hacer abandono del lugar a Félix Maragaño, nacista de la ciudad de Osorno, acompañado por otros de los mayores del grupo, como Guillermo Cuello, que sostenía un pañuelo blanco con el que se había atendido una herida. También saldría al exterior un candidato a Diputado del movimiento, Jesús Ballesteros, seguido del resto de los rebeldes. Entre ellos estaba uno de los más jóvenes de todos, Jorge Jaraquemada, de sólo 18 años, que lucía un profundo corte en la cabeza del cual sangraba profusamente.
La calma comienza a restaurarse relativamente y los muchachos empiezan a salir en fila india cerca de las 14:40 horas. El Rector de la casa de estudios asoma ileso a la calle junto a su secretaria, luego del cautiverio.
El saldo final de uniformados heridos en este lado de la capital fue mejor que en los alrededores de la torre, pues aunque había dos Carabineros alcanzados por las balas, ninguno estaba en peligro de muerte: el Teniente Rubén MacPherson había sido alcanzado en ambas piernas, mientras que el Capitán del Grupo de Instrucción, Dagoberto Collins, fue herido en el tórax por un proyectil.
A las 16:00 horas, efectivos de Carabineros llegaron hasta las sedes del Movimiento Nacional Socialista, la de calle Curicó cerca de Vicuña Mackenna y la de Huérfanos entre San Martín y Manuel Rodríguez, pero tras tomarla y revisarla por completo, no encontraron nada ni a nadie. El lugar terminó casi destruido durante la redada.
Comienzan a ser apilados en las aceras tras ser sacados de la Universidad. Hay muchos ya visiblemente heridos, que son colocados contra los muros.
EL PASEO DE LA MUERTE
Los detenidos de la Universidad comenzaron a ser obligados a marchar en un extraño ir y venir por las calles del sector, lo que no deja de ser intrigante. Se les llevó de un lado a otro sin sentido, quizá mientras se esperaba alguna decisión o se prepara algo.
A menos de una cuadra de haber salido brazos arriba y en fila hacia la Sexta Comisaría por calle Arturo Prat, cuidadosamente custodiados por los uniformados, fueron devueltos hacia Alameda y entraron ahora por Morandé, con dirección a la Torre del Seguro Obrero, en una decisión desconcertante.
Se cuenta que un simpatizante del nacismo que estaba en la calle pero ajeno a la intentona, comenzó a gritar consignas a favor de los detenidos, y los oficiales de Carabineros le obligaron a meterse como castigo en esta fila fatal.
La caravana fue fotografiada ampliamente por los reporteros que repletaban el lugar. Las imágenes de los muchachos, caminado por las calles de Santiago rendidos, constituyen un episodio que no ha podido ser borrado de la memoria histórica nacional. Casi todos ellos son captados en estos momentos por las cámaras, y mientras marchaban hasta las dependencias de la Sexta Comisaría, el nacista Enrique Herreros del Río iba entre los primeros y escoltados por los Carabineros, en otra imagen que se ha vuelto icónica en el recuerdo de este episodio histórico.
Se les hizo volver sobre sus pasos una vez más, hasta muy cerca del lugar de los hechos, y luego avanzar por la Alameda. La posición de los alzados en la caravana no cambió mayormente. Ya habían pasado frente al edifico del Club de la Unión, a escasos metros de la universidad, y por las calles aledañas del lado norte de la Alameda, mientras seguían siendo fotografiados.
Tras estos rimbombos, son recluidos momentáneamente en las dependencias de la Intendencia de Santiago, para luego ser sacados ahora rumbo al Cuartel de Investigaciones...
Marcha desde la universidad. Al frente, entre los dos Carabineros, Enrique Herreros del Río.
"RESISTIR LO QUE MÁS SE PUEDA"
El grupo de la torre supo por radio del fracaso de los amotinados en la Universidad de Chile y de las persecuciones iniciadas por la Fuerza Pública, pero continuó defendiendo su lugar. Mientras, los hombres de Carabineros y el Ejército eran cada vez más numerosos.
Mientras veían angustiados a sus camaradas siendo paseados por las calles de abajo, los radios de comunicación con los cabecillas del movimiento repetían la orden, y ésta era una sola: "Resistir lo que más se pueda".
Pero, ya al tanto de los hechos que aseguraban el fracaso del levantamiento y de la marginación del Ejército en el connato, el grupo de la Torre del Seguro Obrero improvisó una bandera de rendición con una toalla blanca y un palo, cerca de las cuatro de la tarde. Estaban listos, entonces, para alzar los brazos.
Las fuerzas de orden se violentaban con el pasar del tiempo y la resistencia se hacía cada vez más difícil. Aún así, habían sorportado por más de tres horas y Carabineros definitivamente no podía desalojarlos, ni siquiera acercarse al quinto piso, donde se habían parapetado. El General Bari, a cargo de las acciones del Ejército en el lugar, había demostrado con creces ya no tener ninguna intención de sumarse al conato revolucionario.
Pero cuando las cosas parecían terminar, una bala se escapó accidentalmente de alguno de los bandos y la balacera volvió a rugir otra vez. En esta nueva batalla salió herido otro carabinero en la cabeza, aunque no de gravedad. Hasta ese instante, sólo uno de los nacistas había muerto en la torre (Gallmeyer), como hemos señalado.
LOS ÚLTIMOS ENFRENTAMIENTOS
Los muchachos que marchan por las calles a punta de fusil en las espaldas, son pasados entonces junto al edificio de los amotinados, una vez más, para intentar persuadirlos de deponer definitivamente el combate. Mientras, éstos continúan atrincherados y detonando explosivos de bajo poder por el eje de la escalera. Las balas siguen en el vaivén, pero la resistencia es cada vez menor.
El General Arriagada, desde la calle, disparó su carabina hasta el cansancio y continuaba recibiendo órdenes directas del Presidente Alessandri. Envió a sus hombres para que le trajeran su uniforme y se lo colocó en el mismo lugar de los hechos.
Al ver que la estrategia de pasear a los muchachos no había terminado con el ánimo de los revoltosos, y cuando estos ya habían pasado por el cruce de Morandé con Agustinas frente a la torre y al desaparecido edificio del Ministerio de Guerra y Marina, se dio la orden de devolverlos y meterlos a todos dentro del mismo edificio donde permanecían los demás. Por las puertas del Seguro Obrero comienzan a entrar en una angustiante caravana, así, todos los nacistas detenidos, precedidos por el Comandante Roberto González.
Los periodistas captaron por última vez las imágenes de ellos con vida, aunque nadie sabe bien lo que está ocurriendo. Uno de ellos es captado en una de las últimas fotografías mirando hacia la parte superior de la Torre, tal vez esperando ver a alguno de sus camaradas asomado por las ventanas. El adolescente Jaraquemada aparece en las fotografías tomándose del brazo de uno de sus camaradas, temeroso... Sospechaba lo que venía.
Los testigos y los reporteros señalaron que estos detenidos fueron metidos con violencia por la entrada de la torre, aunque con una agresividad que no era nada comparado con lo que les esperaba. A cargo de los detenidos quedó el Teniente Angellini, quien al final del suceso fue uno de los dos únicos uniformados que se comportaron con rectitud y dignidad, sin participar en la masacre que se venía.
Estaban ya todos adentro y son revisados nuevamente. Quedaron fuera dos Carabineros realizando una guardia casi ritual en la entrada, mientras en el interior de la torre comenzaba a ocurrir algunos de los hechos más escalofriantes de nuestra historia.
Mientras, Ibáñez del Campo, que había prometido ayuda a los alzados, partió a entregarse a la Escuela de Infantería de San Bernardo, bajo la dirección del Coronel Guillermo Barrio Tirado, a quien alegó no tener vínculos con los alzados.
FIN DEL CONATO EN LA TORRE
Nadie sabe con claridad lo que sucedió en esos momentos. Los relatos chocan entre sí o bien marchan por sentidos distintos.
Según una declaración posterior de los uniformados, el Comandante González habría recibido sobre la cabeza el golpe de un objeto arrojado por los amotinados desde arriba, dejándolo semiaturdido. Esta agresión habría provocado la decisión de reaccionar violentamente contra los nacistas, según alegaron. Los muchachos fueron obligados a subir y bajar varias veces de un piso a otro, siendo finalmente encerrados en el piso 5 del edificio, mientras se intentaba negociar la entrega de los rebeldes que quedaban arriba.
Pero parece ser que las circunstancias de los hechos están lejos de ser tan sencillas y fortuitas como en la explicación de los oficiales.
El General Arriagada estaba en el lugar, acompañado de un extraño civil que, con pistola en mano, había estado disparando contra los rebeldes como si fuera un uniformado más, con sorprendente permisividad. Su nombre era Francisco Droguett Raud, un misterioso personaje del que se ha especulado mucho. Se le observa en las imágenes con su rostro un tanto siniestro, tipo vampiro Nosferatu. Este extraño civil, tan rápido como apareció aquel día, después desapareció para siempre, llevándose un impresionante enigma con su persona.
Allí, arriba de la torre, aún reinaba el caos. En un intento por frenar a los alzados, en calidad de mediador, fue enviado por los uniformados a los pisos superiores el nacista detenido en la universidad, Humberto Yuric, joven estudiante de leyes. Tenía sólo 22 años. Subió dos veces a parlamentar. Sin embargo, Yuric no regresó y se unió a los cerca de 25 rebeldes que aún quedaban arriba.
Los uniformados intentan negociar la rendición otra vez, y envían ahora a Guillermo Cuello como ultimátum, pero con la promesa de que nadie saldría lastimado.
Eran pasadas las 16:30 horas. White bajó la mirada, y tras dar un vistazo alrededor, a sus jóvenes camaradas que arriesgaban la vida en tal locura, comprendió que era el fin del intento revolucionario. Arrojó su arma al suelo y declaró en voz alta al resto, con un visible gesto de agotamiento: "No hay nada que hacer. Tendremos que rendirnos. No hemos tenido suerte".
Yuric, White y Cuello bajaron hasta donde los uniformados para condicionar la rendición de acuerdo a las promesas... El conato había llegado a su final.
LA DECISIÓN DE MASACRARLOS
El Teniente Angellini, en tanto, había sido retirado y recibió amonestaciones por negarse a participar de los hechos siguientes, al igual que el Teniente Antonio Llorens. Más tarde, Angellini explicaría ante los fiscales (los destacados son nuestros):
"A las 15:45 más o menos, encontré al General en la puerta del Palacio de La Moneda que da a calle Morandé, acompañado de un General de Ejército a quien no conocía. Le comuniqué la orden que me había dado González y pude notar al General Arriagada muy excitado y molesto, quien más que darme una orden me gritó más o menos: 'Dígale a su comandante QUE SE VAYA A LA MISMA MIERDA y que apure la acción. Que no me haga pasar vergüenzas y que a las 16:00 horas voy a hacer disparar la artillería Y QUE LOS MATEN A TODOS".
Aunque se ha hecho lo imposible por causar confusiones en este punto, es difícil creer que la orden no venía desde el propio Presidente de la República. El General Arriagada era el encargado de ordenar ejecutarla. Al respecto, hubo testimonios explícitos de que cuando el Coronel Pezoa le pidió ratificación de la orden de muerte, Arriagada respondió (los destacados son nuestros):
"¿Que no me entienden?... ¡Que lleven arriba a todos Y QUE NO BAJE NINGUNO!".
Estas drásticas órdenes fueron emitidas frente a varios testigos, según se confirmó durante las posteriores investigaciones. Las declaraciones posteriores del empleado de la Caja, señor Víctor Phillips, y de don Julio Le Fort, coincidían en esto y fueron importantes para determinar la realidad de lo sucedido.
En tanto, Cuello comenzó a bajar con sus camaradas, por orden de White absolutamente desarmados, arrastrando el cuerpo sin vida de Gallmeyer por las escalas.
Confiaban en la palabra de Carabineros, de que se respetarían sus vidas. Ni siquiera llevaban sus puñales emblemáticos. Estaba absolutamente expuestos y brazos en alto. Todo el material defensivo había sido dejado en los pisos superiores, según las condiciones que se le ofrecieron a White para la rendición.
Al frente del grupo iban descendiendo por las escaleras Alberto Ramírez, Alberto Montes y Carlos Pizarro. Más atrás, venían los empleados del Seguro Obrero.
SE PREPARA LA MATANZA
Un pelotón de armas comenzó a apuntarles al cuerpo desde el sexto piso. Los Carabineros aguardaban ocultos desde las oficinas aledañas, comenzando a salir.
El nerviosismo y la angustia cundieron más aún entre todos, pues podían percibir que el ambiente no parecía ser el de una rendición que terminara pacíficamente. Algunos comienzan a notar lo que viene y se escucha el murmuro disimuladamente transmitido entre los rendidos.
Hernández intentó dar aviso radial de la rendición, pero no fue posible. La comunicación estaba cerrada desde las 16:00 horas. Sin quererlo, pisó por casualidad el pie de uno de los uniformados mientras bajaba nervioso por las escaleras. El tipo (que describió más tarde como "bajo, macizo y canoso", refiriéndose al Carabinero González) empuñó con más fuerza su arma y dijo desafiante: "Éste me lo reservan a mí…". Los que advirtieron la situación, comenzaron a entrar en un sofocante pánico interior que lograron contener virilmente. Se hacía evidente lo que estaba por ocurrir.
Fue entonces cuando se produce la brutal muerte del joven Jefe de Sección de la Caja, señor José Cabellos Núñez -casado y padre de dos niñas pequeñas-, en manos del criminal Droguett Raud, quien subió a la torre acompañado del Teniente Coronel Eduardo Gordon. Cabellos notó que estaba siendo colocado junto al grupo de nacistas rendidos, y trató de advertir a Gordon del error, quien, con extrema frialdad, permitió que Droguett Raud le diera un golpe con la cacha de su revólver en la cabeza mientras espetó: "¡Éste es de los mismos!".
El trabajador intentó convencerlos desesperadamente de que se equivocaban mostrando su carné de funcionario, pero el asesino le dio un disparo a quemarropa en el estómago, seguido una muerte lenta y dolorosa, acaecida unos días después en la Posta Central. De hecho, dos personas que nada tuvieron que ver con los alzados fueron asesinadas por estos criminales enloquecidos aquel fatídico día. El segundo fue don Carlos Ossa Monckeberg, también funcionario de la Caja.
El incidente de la muerte de Cabellos sacudió a todos los que observaban. Ya no había dudas: iban a matarlos a todos.
Coincidentemente, un oficial subió rápidamente desde los pisos inferiores y conversó silenciosamente al oído con el Mayor González Cifuentes. Al terminar de cuchichear, González volteó y declaró en voz alta para acrecentar el terror de los presentes: "Bueno, demos cumplimiento a la orden".
MOMENTOS DE HORROR
A continuación, sobrevino en Pandemónium: el mismo oficial levantó su arma y comenzó a caminar hacia los muchachos que acaban de ser registrados rápidamente. Eran poco menos de las 17:00 horas. Estaban entre el sexto y el quinto piso. Algunos, sabiendo su destino, comenzaron a cantar el Himno de Combate de las Tropas de Asalto, versión chilena del “Horst Wessel” germano.
De súbito, entonces, la voz de un oficial dijo a los uniformados: "Ya niñitos. ¡Terminemos con esto!".
Acto seguido, una ráfaga de rifles cayó sobre todos los rendidos, tiñendo los muros de sangre y muerte, para luego ser rematados rápidamente a golpes de armas cortantes y culatazos. González, que parecía dirigir al grupo, fue el primero en disparar.
En medio de la masacre, e intentando calmar a sus camaradas y rectificarlos en sus posibles últimos momentos, uno de los detenidos, el joven soldado de las tropas Pedro Molleda, tras recibir un tiro, lanzó un último grito de resignación y valor que hasta hoy ha inmortalizado en el bronce el momento final de esta tragedia:
"¡NO IMPORTA CAMARADAS... NUESTRA SANGRE SALVARÁ A CHILE!".
Esta frase ha llegado a ser antológica y resume todo el sentimiento que unió a los nacistas en aquella jornada. Fue inmediatamente ejecutado a balazos y sablazos.
Pilas de muertos quedaron repartidos en el piso y las escaleras, algunos quejumbrosos, otros sólo lesionados. En este grupo, Carlos Pizarro cayó semiaturdido pero milagrosamente ileso, bañado en la sangre que fluía violentamente del cráneo destruido de Molleda, empapándole la cabeza y el pecho, por lo que a simple vista lucía como cualquiera de los demás cadáveres.
Hernández, herido por el mismo Carabinero González al que había pisado casualmente, sintió como White caía a su lado. Intentó tomarle la mano en medio de los disparos, que el líder nacista le tendía mientras tiritaba y convulsionaba herido de muerte. Apenas lo logró, sintió como su presión rápidamente se desvanecía, "y por segundos se enfriaba".
Los cuerpos eran arrojados o caían por sí solos hacia el quinto piso.
Los cadáveres apilados en el Seguro Obrero, durante las inspecciones criminológicas.
ASESINATO DEL SEGUNDO GRUPO
Terminada la primera etapa de este carnaval vesánico, el sepulcral silencio llenó por algunos segundos las salas de la torre, luego de disiparse los ecos y el humo de pólvora de las descargas.
El segundo grupo, correspondiente a los nacistas de la universidad, aterrados íntimamente por los ruidos de las descargas y los gritos que acababan de oír, fueron sacados del sexto piso al quinto, obligándoles a pasar allí sobre los cadáveres de los camaradas fusilados y reunidos a un costado. Eran ya las 17:15 horas. Las escenas de horror de esos minutos deben haber sido indescriptibles.
A continuación, por orden esta vez de Pezoa, fueron ejecutados. La frase de oro para iniciar la segunda matanza fue, esta vez: "Ya niñitos, a cumplir con su deber".
Ahora, los nacistas serían reducidos primero a culatazos y golpes de arma blanca, luego de una breve descarga, para evitar que más balas golpearan contra los muros rebotando o metiendo un inconveniente bullicio, como había ocurrido con el primer grupo. Con tal objetivo, estos muchachos habían sido apilados y apretados en un estrecho hueco de la escalera, en el cuarto piso, parapetados como sardinas para que nadie escapara ahora. Una vez que quedaron todos en el piso, dejaron las carabinas y rifles al lado y comenzaron a ser repasados individualmente con disparos de revólveres, y en otros casos con formidables golpes en sus cabezas, contra los muros y contra el piso, para que no quedaran heridos con vida. Algunos pocos, aterrados y eludiendo las descargas, corrieron escaleras arriba intentando inútilmente esquivar las balas, pero fueron atrapados y asesinados, incluso en el piso 12.
Herreros del Río, estando herido, volvió a ponerse de pie pidiendo heroicamente su muerte. Volvió a ser herido de bala en la cabeza, pero, por tercera vez, se colocó de pie, agónico, ahora abriendo su camisa y ofreciendo el pecho. Una bala en el corazón terminó con su vida. Domingo Chávez Whalen, de 22 años, también se levantó desafiante enseñándoles a sus verdugos con la camisa el lugar donde tenía el corazón, pues padecía una curiosa variación anatómica y su corazón estaba del lado contrario al común de la gente.
En medio de la masacre, Félix Maragaño, resignado, hizo una seña al mismo oficial que se disponía a disparar contra él, Noé Ochoa, y le entregó su billetera con dinero suplicando hacerla llegar a su mujer. Acto seguido, Ochoa lo fulminó a tiros. Demás está agregar que el dinero nunca llegó a destino.
Las postales de terror que tuvieron lugar en esta criminal acción fueron verdaderamente salvajes, pues incluyeron una sesión de carnicería tan cruel y sanguinaria que pocos autores de historia nacional se atreven a describir en detalle. Involucró toda clase de bestialidades simultáneas, como destruirles la cabeza a los detenidos con golpes contra los muros, reventarles el rostro a culatazos, literalmente "faenarlos" a cuchilladas o sablazos, repasarlos a balazos, cortarles las manos, los dedos y en algunos casos hasta los brazos, para quitarles joyas o relojes, etc. Fue la escena de un cuadro del Infierno, un verdadero sacrificio humano.
Caricatura de Ross en revista "Topaze", tras perder las elecciones.
SE LES NIEGA ASISTENCIA
Abajo, en tanto, un médico se presentó en ese intermedio en la entrada de la torre: Era el doctor Moisés Díaz Ulloa, quien llegó con una ambulancia solicitada por él mismo al oír los disparos y los gritos desgarrados desde el interior, donde vio, además, al señor Cabellos agonizando por la herida en el abdomen por el arma de Droguett Raud, al ser bajado desde el piso 5.
Cuando sus insistentes intenciones de prestar ayuda fueron frustradas, se le dio una curiosa explicación: "No habrá heridos".
El doctor Díaz, sin embargo, había podido escuchar lo que sucedía en los pisos superiores y lo describiría ante los tribunales, después, de la siguiente escalofriante manera:
"...de improviso, a las 16:45 horas se sintieron un gritos estentóreos, unos alaridos que no se podrían describir... en ese momento se dio a la Asistencia Pública la orden de irse, con estas palabras: 'que se vaya la ambulancia y no espere más heridos. Los que quedan serán repasados. Luego dejarán de aullar estos canallas'."
La noticia de lo sucedido en la Torre de la Sangre se expandió rápidamente, pero rodeada de rumores e incertidumbres sobre las verdaderas circunstancias. Díaz había dado aviso a sus superiores de la Asistencia Pública, los doctores Luis Aguilar y Félix de Ámesti, quienes intentaron llevar los primeros auxilios a los heridos recibiendo nuevamente esta increíble respuesta del General Arriagada:
“Mire doctor, no van a ser necesarios los servicios de asistencia porque NO VA A HABER HERIDOS".
No mejor suerte tuvo el arzobispo de Santiago, Horacio Campillo, quien concurrió en persona al despacho del Presidente Alessandri ofreciendo auxilio religioso a las víctimas. El mandatario, en otro de sus viles actos, le mintió, asegurándole que en edificio ya se encontraban sacerdotes prestando auxilio.
MÁS TESTIMONIOS
Otros testigos de esta agonía brutal fueron los 18 empleados de la caja que descenderían tras la masacre hasta el primer piso, pasando sobre los cuerpos. Al respecto, la funcionaria Luz Tagle diría:
"Esta peregrinación hacia abajo fue algo cuya dramaticidad es difícil de describir. Imagínense ustedes pasar entre cadáveres y moribundos, con nuestros vestidos, manos y cara salpicados de sangre y completamente sofocados por el polvo que las descargas desprendían del cemento"
"Al ir descendiendo, un muchacho moribundo me tomó con un gesto desesperado el tobillo, costándome bastante desasirme de él...".
Uno de los Carabineros venía rematando a los cuerpos de los nacistas ejecutados de ambos grupos, con un tiro en la cabeza para cada uno, cuando justo recibió una orden de bajar, estando precisamente al lado de Hernández, siguiente en el turno, que yacía tendido y sangrando, pero vivo. Seguidamente, durante la sesión de destrozo de los cuerpos con las armas blancas, un sablazo le voló el sombrero partiéndolo por la mitad, pero pasando a milímetros de su cabeza sin tocarla. Finalmente, sobrevivió a una tercera balacera masiva, disparada al azar por los uniformados esta vez sobre la totalidad de las víctimas, para asegurarse de no dejar sobrevivientes. Terminó así con tres balas en el cuerpo, pero milagrosamente vivo.
Entre los carniceros estaba nuevamente el infame Francisco Droguett Raud, con más aspecto de líder que de cómplice en los hechos, mientras una vertiente de sangre descendía por las escaleras hasta el primer piso.
Los cuerpos quedaron desparramados por todas las escaleras del edificio, algunos incluso en el segundo y tercer piso, bloqueando el tránsito por los escalones. La posterior declaración del Carabinero Augusto Maureira Jacques nos describe esta situación:
"Me parece que al subir desde el segundo piso pude notar cadáveres y entre el tercero y el cuarto, no lo sé precisar; era tal la aglomeración de estos que había necesidad de utilizar los huecos".
El Auditor Bravo, en tanto, escribiría:
"Empezamos a subir lentamente por una escala de mármol roja de sangre, debiendo a cada vuelta hacernos a un lado para dejar paso a los carabineros que descendían con las camillas fúnebres. Desde el primer instante nos llamó la atención que todos los cuerpos se encontraban con los brazos abiertos firmemente, como signo acusador de que su muerte no obedecía a ley alguna de la civilización humana".
"En el sexto piso y en la escalera, frente al ascensor el hacinamiento de cadáveres era imponente, pues los cuerpos estaban amontonados formando una barricada que impedía pasar sin pisarlos. En la escalera estaban caídos de boca, cabeza abajo, atravesados en las formas más inconcebibles, revelando la barbarie de lo ocurrido horas atrás (...) Al llegar al sexto piso el General y yo nos miramos, y nos encontramos solos, pues nuestros compañeros se quedaron en pisos inferiores, horrorizados ante el espectáculo".
Carlos Ibáñez del Campo.
EL MILAGRO DE LOS QUE SOBREVIVIERON
Si bien cerca de las seis de la tarde ya estaban casi todos los cuerpos repasados, los disparos continuaron escuchándose hasta las ocho de la noche.
Había oscurecido en la ciudad cuando llegan al lugar, indignados, algunos dirigentes y autoridades como don Carlos Zañartu, periodista de "El Imparcial", el ilustre Diputado Raúl Marín Balmaceda, don Alfonso Canales y el Capellán Gilberto Lizana, acompañados del doctor Ricardo Donoso. Una gran cantidad de personas permanecían reunidas afuera del edificio, conscientes ya de un probable desenlace fatal de los hechos. Presionaron para entrar al edificio, pero no había disposición de los uniformados para permitirles entrar. Raúl Marín, que había escuchado los balazos desde la calle, forzó decididamente la entrada e hizo valer con decisión su fuero parlamentario. Esto permitió que entre él y Zañartu pudieran rescatar a los únicos sobrevivientes que encontraron, a pesar de la intención de los uniformados seguir rematándolos.
Marín, que era un gran patriota, vinculado familiarmente con el gran Presidente Balmaceda, a pesar de ser militante del Partido Liberal al igual que Alessandri, quedó impactado por el espantoso espectáculo que tenía lugar dentro del edificio. Corrió hasta las pilas de cadáveres y, preguntó en voz alta si había alguien vivo. Entonces, se puso de pie como pudo el nacista Carlos Pizarro. Inmediatamente, los uniformados apuntaron sorprendidos sus carabinas hasta el sobreviviente, con miradas temerosas y autoincriminatorias. No podían creer que quedara aún alguien con vida, y por ende, un testigo.
Marín evitó que volvieran a disparar contra él. "Tenemos órdenes de que no sale nadie con vida de aquí, señor", alegaron ellos. Marín, entonces, parte a hablar directamente con el Presidente Alessandri mientras los demás vigilan el lugar, y lo convence por fin de permitir la salida de los sobrevivientes, que terminaron siendo cuatro: Alberto Montes Montes, Facundo Vargas Lisboa, Carlos Pizarro Cárdenas y David Hernández.
De todos ellos, Pizarro era el único sin heridas de gravedad. Hernández tenía profundas perforaciones sangrantes en el hombro y tres balas en el mismo, las que le había provocado el mismo oficial al que había pisado por accidente (el carabinero González). El señor Zañartu logró identificar a estos sobrevivientes que yacían inconscientes entre los cadáveres.
Pero un detalle negro pintaría de más horror aquella jornada siniestra: al parecer, en un acto increíblemente aborrecible y temiendo la pronta llegada de los auditores, los uniformados habrían encontrado un quinto sobreviviente entre los cuerpos, aunque no se sabe con precisión en qué momento. Lo remataron destrozándole la cabeza a culatazos y sumergiéndolo en agua, probablemente en una tina o un tonel. Su cadáver fue encontrado varios días más tarde en el río Mapocho. Se llamaba Waldemar Rivas, y puede haber sido el último de los caídos aquel día.
Carlos Pizarro, entrevistado por TVN en 1998, poco antes de morir.
ENCUBRIMIENTOS Y DENUNCIAS
La noche del día 5 cayó por fin, fría o oscura. Las morgues se atestaron con los cadáveres de los caídos y sus familias de volcaron a la terrible tarea de recuperar los cuerpos de sus seres queridos. Muchos cadáveres dieron serias dificultades para su identificación, especialmente los que provenían de provincias.
Profundas escenas de dolor ser vieron aquellas horas, cuando los pocos cadáveres entregados lucían los horrores de una bestialidad sobre su carne. Fue, por lo demás, una tarea difícil y humillante. Los parientes de Enrique Herreros sólo consiguen el cuerpo del mártir aquella noche, valiéndose de las influencias de un amigo de la familia, don Juan Bustamante Pinto, hijo del Intendente de Santiago. Años más tarde, don Gonzalo Herreros, hermano de Enrique, admitiría que aquella noche lloró por primera y única vez en su vida adulta, al ver el estado en el que fue entregado el cadáver del muchacho. En el caso de otros mártires, como el Efraín Rodríguez, su suegra tuvo la difícil y cruel tarea de identificar el cuerpo irreconocible de su yerno en la morgue; al volver hasta donde estaba la mujer de Rodríguez, su hija parturienta Mercedes, intentó fingir que él estaba vivo y detenido, pero fue descubierta por sus zapatos manchados de sangre, de su paso en la morgue.
La prensa derechista ya explicaba rápidamente los hechos de maneras tendenciosas e impresionantemente hipócritas. En las dependencias del diario "La Nación", cuando la sangre de los asesinados no terminaba de fluir, ya se redactaba la que sería la versión "oficial" de los hechos para el día siguiente:
"En la lucha murió la mayoría de los ocupantes de la Caja del Seguro Obligatorio... El edificio de la Caja, después de varias horas de combate, fue tomado por tropas de carabineros que ocuparon todas sus dependencias, salvando al personal de la institución que estaba prisionero de los nacistas".
Aquella noche, Alessandri y las fuerzas de orden recibieron apoyo de una serie de autoridades empresariales y políticas relacionadas con grupos de influencia, intentando cubrir la gravedad de la masacre. Previendo las consecuencias negativas que el acontecimiento podría tener para el candidato Ross Santa María en las elecciones próximas, las fuerzas proclives a la derecha alessandrista iniciaron una rápida campaña para esconder la realidad de los hechos y evitar mencionar así la situación de las muertes. Sólo algunos medios impresos realizaron protestas públicas; casi todos los demás callaron, acobardados por la censura oficial que se le impuso a la prensa.
El día 9 de septiembre, el periodista, poeta y escritor Carlos Préndez Saldías publicó en "La Opinión" un desafiante artículo contra los criminales del Seguro Obrero, desafiando al poder de la censura:
"Cualquier hombre puede convertirse en criminal, cegado por una pasión alta o mezquina. Porque pasiones hay que enaltecen al hombre, aunque así no lo comprendan los menguados ni los de corazón estrecho y mente sin ejercicio”
“…Pero si cualquier hombre, aún el más puro y de espíritu más cultivado, puede convertirse en un criminal cuando lo empuja una pasión incontenible, las autoridades de un país civilizado no pueden ejecutar actos de bandidaje. Cuando se está dirigiendo -bien o mal- los destinos de una nación en que no hay cafres, no puede atropellarse la dignidad humana como lo hicieron las autoridades de Chile al reprimir la asonada de los estudiantes nacistas”.
Por su parte, el valiente periodista de la revista "Hoy", Arturo Natho, publicó un artículo en el que se lee lo siguiente:
"La prensa de derecha llena sus columnas con declaraciones oficiales. En todas ellas aparecen las autoridades felicitando al cuerpo de Carabineros por la forma en que dominó el conato revolucionario. Pero en ninguna de estas declaraciones ni en ninguno de estos comentarios se contesta la pregunta que formulo: ¿DÓNDE ESTÁN LOS MUCHACHOS QUE SE RINDIERON EN LA UNIVERSIDAD?”
“…Si vosotros no queréis contestar, os contestaré yo: ¡están en la Morgue!”
“Allí fueron reconocidos por sus familiares y ahí son testigos indelebles de la masacre que a bala y arma blanca se cometió en el Edificio de la Caja del Seguro Obligatorio. Las autoridades deben responder: ¿Por qué los llevaron al Seguro Obrero y por qué sus cadáveres aparecen después en la Morgue?"
“¡Contestad! El país lo exige."

Vista actual de la Torre de la Sangre
MÁS REPRESIÓN Y CENSURA
Tras el allanamiento de las sedes del movimiento, los líderes de la revuelta, impactados, concurren a las comisarías a entregarse a las autoridades de Carabineros de Chile y a la justicia.
Así lo haría Jorge González von Marées. El "Jefe" habría de partir hasta la Comisaría N° 14 de Santiago, en Providencia, poniéndose de inmediato a disposición del Comisario Gerardo Ramírez. Allá estaba también otro destacado ibañista: Tobías Barros. Otros, como Carlos Keller, que nada tenía que ver con la organización de tan nefasta idea revolucionaria, decidieron permanecer prófugos. Lo mismo haría Jiménez Pinochet.
En la misma tarde del día 5, en medio de los halagos y las expresiones de respaldo, Alessandri solicita al Congreso Nacional facultades extraordinarias "para la defensa del orden público, del régimen democrático y las Instituciones fundamentales de la República", según señaló en el mensaje enviado a las cámaras a través de su hijo Fernando -que era congresal-, temeroso de nuevos focos de violencia.
Una de sus primeras acciones fue aplicar la censura a la prensa y anunciar públicamente que se expulsaría del país "a los que resulten culpables como instigadores directos o cómplices del movimiento revolucionario”.
Entre los que se opusieron inútilmente a conceder la autorización para el Estado de sitio, se encontraba el senador socialista Oscar Schnake, quien comentó en aquella acalorada sesión:
"La razón que se haya tenido para tomar esa medida... cualquiera sea, es una razón reprobable, deleznable, condenable por todo hombre de bien".
Y al día siguiente, Juan Bautista Rossetti declaraba en la Cámara:
"Han sido cerrados nuestros diarios para que... tampoco sus Señorías se impongan de la verdad, en su cruda y horripilante desnudez. Nos ponen el candado en la boca para acusarnos sin defensa, y para que nosotros no podamos acusar a quienes han procedido contra jóvenes que eran toda una esperanza, con el alma de un chacal".
El General Ibáñez y Barros estaban detenidos y alegando no tener vínculos con los revoltosos. Otros 30 dirigentes de la Alianza Popular Libertadora estaban incomunicados entre el día 6 y el 8, todos en la Prefectura de Investigaciones de Santiago, algunos hasta los días 11 y 12 y otros hasta cerca del 22 y 23. Entre ellos estarían Caupolicán Clavel y luego Jiménez Pinochet (este último relegado a Quemchi, más tarde). Mientras tanto, a la fecha continuaban internados en el Hospital El Salvador los sobrevivientes Hernández, Montes y Vargas.
El horror no había terminado. Ahora se sumaba a las lágrimas y la sangre, la increíble hipocresía del Gobierno, al enviar a su Ministro de Interior, Luis Salas Romo, a intentar explicar lo inexplicable con una declaración que ha hecho historia por lo burda y ridícula:
"...se ordenó que los que habían sido detenidos en la Universidad de Chile, se colocaran por delante de la fuerza de Carabineros, a fin de protegerse con los cuerpos de éstos y forzar a los revoltosos a que parlamentaran, lo que no fue posible conseguir".
"Los Carabineros que actuaron en las obras de rendición debieron actuar así como único medio de hacerles observar que debían parlamentar. Los jóvenes de los pisos superiores no lo comprendieron, atacaron a Carabineros y forzosamente las balas tuvieron que hacer blanco en los servidores del orden público, y en los jóvenes que llevaban para evidenciar a sus compañeros que debían deponer su actitud revolucionaria".
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LAS CONSECUENCIAS ELECTORALES
Pero el clamor popular fue mayor que los viejos rencores doctrinarios y la alianza se concretó en la unión de todos los sectores de oposición.
Judicialmente, se determinarían después responsabilidades compartidas entre Alessandri y Arriagada, años después. Los relatos de los testigos incriminan gravemente al General de Carabineros. Los acusados hablaron intensamente de un desaparecido papel con la orden final de dar muerte a los golpistas, firmado por el Prefecto Coronel Díaz, y entregado por Espinoza a Pezoa. De cualquier modo, la responsabilidad caía en el Gobierno y en el peor momento, en plenas campañas electorales.
El día 23 de septiembre se cerró el sumario para Jorge González von Marées y Oscar Jiménez Pinochet, pero no fueron liberados. Los heridos hospitalizados en El Salvador continuaban allá en calidad de detenidos. Carlos Pizarro seguía tras las rejas, junto a catorce de sus camaradas.
En el ambiente enrarecido en extremo, las elecciones se acercaron y la incertidumbre hacía que todos los sectores políticos se comieran las uñas ante la angustia de lo que estaba por pasar. Decidido a jugarse el todo por el todo, González von Marées llamó desde la cárcel a votar por Pedro Aguirre Cerda y hacer caer así las posibilidades de Ross Santa María. Ibáñez del Campo, en tanto, bajaba su candidatura.
El apoyo de los nazistas al Frente Popular era una hazaña, pero también un suicidio: un segundo sacrificio, que pondría a la izquierda en un lugar de poder y popularidad insospechados, a costas de la destrucción del movimiento nacista. Muchos lo previeron: Carlos Keller y Juan Diego Dávila abandonaron el movimiento apenas se tomó dicha decisión, emigrando al Partido Nazi Auténtico y al Movimiento Nacionalista de Guillermo Izquierdo Araya, respectivamente.
Los comicios electorales emperezarían al mes siguiente, muy temprano, en un clima de miedo y temor constante a que, de un momento a otro, una chispa detonara otro polvorín. Sin embargo, la jornada fue bastante más tranquila.
Vista actual de la torre en su contexto urbano
LA MUERTE NO FUE EN VANO
En la medianoche del día 25 de octubre de 1938, la radio "El Mercurio" anunciaba el triunfo de Pedro Aguirre Cerda con 442.964 votos contra los 438.853 de Gustavo Ross Santa María.
El margen de apenas 4.111 votos que le dio la victoria al candidato radical, confirma que su triunfo se debió exclusivamente al apoyo de los nacistas a su candidatura, pues su número de adherentes electorales, según las votaciones parlamentarias del año anterior, era de unos 15.000 sufragios que le habían permitido obtener tres diputados del movimiento. El nacismo chileno había logrado así, en tan dolorosas circunstancias, el ascenso al poder de los primeros grupos representativos de las fuerzas populares en la historia política nacional, quitándole el monopolio a la aristocracia.
El destacado penalista, periodista, economista y posterior Regidor de la Ilustre Municipalidad de Santiago, don Arturo Natho, que hemos citado con anterioridad, escribiría un tiempo después en "La Opinión" un artículo titulado "El 5 de Septiembre y la Prensa Derechista", donde se lee:
"...el 5 de septiembre contribuyó en forma decisiva al resultado de la jornada del 25 de octubre... La prensa derechista, pues, cosechó los resultados de su miopía política y de haber traicionado a su misión en un momento culminante de nuestra existencia ciudadana".
La noticia de la derrota fue un cataclismo en La Moneda y para las fuerzas de Alessandri y Ross: un verdadero desastre electoral para este sector social que tomó el triunfo de Aguirre Cerda como una tragedia. Alessandri debió reconocer el legítimo triunfo de la oposición, apretando los dientes de frustración, herido profundamente en su orgullo de hierro y actuando como garante de los resultados eleccionarios la Comandancia en Jefe del Ejército. Era derrotado, además, por un ex Ministro de su gabinete, como lo fue Aguirre Cerda antes de convertirse en uno de sus más fieros opositores. La humillación fue doble, o triple.
No dispuesto a ceder, sin embargo, Alessandri comenzó otra absurda campaña con sus colegas derechistas para difundir burdas calumnias y rumores que le permitieran revertir parte de la situación y obtener una prórroga para el período de su mandato presidencial que se extinguía. Ross Santa María, por su parte, siendo una víctima indirecta de las consecuencias de la masacre, se retiraba con mayor discreción y honor ante la derrota.
El Gobierno del Frente Popular tuvo sus inconveniencias, pero fue en general uno de los más prósperos del siglo, propios de una generación de ilustres radicales que parecen haber desaparecido ya de nuestra historia chilena. La llegada al poder de las fuerzas populares, gracias al voto de los nacistas, modificó radicalmente el sistema político que imperaba hasta entonces en nuestra sociedad. Chile nunca volvió a ser el mismo después de esto.
Vista exterior de la ex Torre del Seguro Obrero, desde La Moneda.
LA BOFETADA FINAL CONTRA ALESSANDRI
Muchos nacistas continuaron editando el diario "Trabajo", y junto al ala de Keller, permanecieron leales al nazismo alemán en plena época de la Segunda Guerra Mundial, declarada al año siguiente de la Masacre. Hubo varios grupos operativos durante los años cuarentas, que continuaron con la línea original del movimiento.
Un joven escritor simpatizante del socialismo de aquellos años y amigo del fallecido Héctor Barreto, conmocionado por los hechos pero sorprendido con las muestras de patriotismo y sacrificio de los caídos, escribió tras una entrevista con Carlos Keller, al "Jefe" González von Marées, para ofrecer su apoyo incondicional a la causa Nacional Socialista, suscribiéndose así definitivamente: era don Miguel Serrano Fernández.
Judicialmente, las intrigas y las atrocidades continuaron. El día 25 de enero del año siguiente, fue rechazada inexplicablemente una querella por la Corte de Apelaciones de Santiago, interpuesta por el Doctor Plutarco Badilla, padre del mártir Hugo Badilla. La excusa era que no podía darse curso a tal querella sin autorización del Congreso Nacional. Era, además, una época en que la atención se distrajo momentáneamente con otra tragedia nacional, relacionada con el devastador terremoto del día anterior.
Sin embargo, el doctor Badilla insistió llegando hasta la Cámara de Diputados, reclutando algunos de ellos, entre los que estaba González von Marées, para presentar el día 17 de marzo una Acusación Constitucional contra el Presidente Alessandri.
Así, al acercarse así el final de su período y la hora de rendir el informe político administrativo de todos los años ante el Congreso, Alessandri estaba contra la pared. Realizó una de sus más polémicas jugadas al escapar fuera del país con su hijo Fernando, sin pedir autorización de su salida a la Cámara de Diputados, como era la norma, el día 20 de marzo de 1939. Su temor era ser expuesto públicamente a la humillación y al reproche por lo sucedido hacía ya más de cinco meses, pero que aún seguía fresco en la conciencia de las masas. Envió una declaración el día 28 del mismo mes al Congreso, en donde alegaba haber "pospuesto" un viaje al extranjero (el mismo en el que ya se encontraba) a la espera de una posible acusación en su contra. El diputado nacista Fernando Guarello, a nombre de los demás suscritos, acusó de complicidad por esta irregular situación al Presidente de la Cámara de Diputados.
Arturo Alessandri jamás se recuperó de la humillación sufrida por su responsabilidad en los hechos del 5 de septiembre. Poco tiempo después, ya de vuelta y en la inauguración del Estadio Nacional, volvería a recibir otro duro golpe a su orgullo a ser abucheado por miles y miles de personas asistentes en el complejo deportivo, al grito de "¡criminal!" y "¡asesino!".
Viajando por Europa, quizás intentado mejorar su imagen, se entrevistó con el Duche, Benito Mussolini, quien le increpó con dureza por lo sucedido en nuestro país. Partió entonces a Alemania, en donde le fue peor: Hitler se negó a recibirlo, enviando en su lugar a Von Ribbentrop, quien le refregó en el rostro lo sucedido el año anterior en la Torre del Seguro Obrero, solicitando su retiro del país. Al contrario de lo que Alessandri creía, el escándalo era conocido por todos los vientos.
Su época de esplendor terminaba así, en el abismo.
La misma placa, ahora pulida por personal del Ministerio de Justicia, en el aniversario 70 de la masacre (5 de septiembre de 2008).
EL FIN DEL MOVIMIENTO
González von Marées también fue víctima de cambios profundos, todos para mal. Atrás quedó su vida, su liderazgo. Ahora, sumiso, asustadizo y acobardado por los hechos, el otrora "Jefe" comenzó a ser llamado simplemente Jorge González, a secas, sin el apellido materno alemán que tan orgullosamente usó con anterioridad.
Por si fuera poco, el ex "Jefe" cambió el movimiento por una nueva organización llamada Partido Vanguardia Popular Socialista, y sustituyó todos sus símbolos. La bandera de la Patria Vieja fue sustituida por una roja salpicada de 59 estrellas blancas, una por cada mártir, y el saludo tradicional nacista fue cambiado por otro con el codo flexionado, carente de la solemnidad y del simbolismo que los nacistas le reconocían al anterior. Un multitudinario acto realizado por los vanguardistas frente a la Torre de la Sangre y en el primer aniversario de la Masacre, sería la primera y última gran manifestación del movimiento.
El fantasma de la traición rondó, sin embargo, en los años posteriores. Tras la anulación de un juicio totalmente viciado y comprometido con los criminales, el Gobierno de Pedro Aguirre Cerca impulsó un nuevo sumario que arrojó responsabilidades sobre los culpables, pero negoció una salida amnistiada. Los mártires quedaron sin justicia… No hubo para ellos ni Informes Rettig, ni reparaciones, ni actos de desagravio, ni abogados de barba casposa pidiendo enormes reparos económicos a los familiares. Nada.
Y no fue todo: González von Marées se volvió más tarde colaborador del propio Alessandri. Murió alcohólico y solo, renegando de sus muertos. Jiménez Pinochet, en cambio, se cambió al izquierdismo, ingresó a la Masonería y llegó a ser Ministro de Salvador Allende.
Monolito de homenaje a los Mártires de la Masacre del Seguro Obrero, en el Cementerio General de Santiago. Su construcción fue una iniciativa de Doña Florencia Gillet, madre de los hermanos Thennet asesinados en la torre. Con ayuda de Juan Diego Dávila, miembro del movimiento, pudo reunir los restos de varios de los los mártires, que habían sido arrojados en fosas comunes, para sepultarlos en un sector del Cementerio General donde fue levantado este monolito. Bajo el mismo, están los restos de cerca de 25 de ellos, mientras que los demás yacen en sepulturas familiares.
LA PLACA Y LOS RECUERDOS EN LA TORRE
El edificio y su fama infausta después de la matanza, siguió siendo sede del Seguro Obrero por varios años más. Una horrenda mancha roja que resultó imposible quitar de las escaleras, perduró por largo tiempo, recordando a diario lo que allí había sucedido.
Tuve el honor de conocer a don Carlos Pizarro, el último de los sobrevivientes que permanecía vivo, en las actividades del Comité por el Recuerdo de los Mártires del 5 de Septiembre, del que fui colaborador. Por insólita ironía de la vida, pasó varios años después trabajando en el mismo edificio de la Torre de la Sangre. Y, por otra ironía más, falleció poco tiempo después del 60º aniversario de la masacre, tras dar algunas últimas entrevistas a documentales de televisión. Su concurrido funeral, en un cementerio de La Florida, tuvo tremendas y conmovedores simbolismos para su generación.
He tenido ocasión de investigar también estos escenarios del edificio, pese a las remodelaciones que se han hecho en estas décadas. Desde noviembre de 1989, alberga a la sede del Ministerio de Justicia, que había sido alojado en el ex Congreso Nacional de Santiago durante casi todo el Gobierno Militar.
Hasta hoy, en el edificio de la Torre de la Sangre luce su placa de bronce conmemorativa de los terribles sucesos de aquella tarde de 1938, anunciándole a los curiosos el siguiente mensaje:
“MURIERON POR EL PUEBLO:
NO IMPORTA CAMARADAS, NUESTRA SANGRE SALVARA A CHILE
Jorge Alvear Soto / Emiliano Aros Molina / Luis Arriagada Muñoz / Hugo Badilla Tellería / Jesús Ballesteros Miranda / Carlos Barraza Robles / Alejandro Bonilla Tajan / Bruno Bruning Schwarzenberg / Guillermo Cuello González / Domingo Chávez Whalen / Renato Chea Meneses / Heriberto Espinoza Lizana / Mauricio Falcon Piñeiro / Salvador Fernández Ponicio / José Figueroa Figueroa / Juan Gallmeyer Klotzche / Julio Hernández García / Enrique Herreros del Río / Jorge Jaraquemada Vivanco / Manuel Jelves Olea / Timoleón Jijón González / Carlos Jorge Jeldres / Daniel Jorge Jeldres / Juan Kahni Holzapfel / Walter Kusch Dietrich / Marcos Magasich Huerta / Enrique Magasich Huerta / Francisco Maldonado Chávez / FéIix Maragaño Flores / Raúl Méndez Ureta / Hermes Micheli Candia / Pedro Molleda Ortega / Hugo Abel Moreno Donoso / Víctor Muñoz Cárdenas / Carlos Muñoz Cortés / Alberto Murillo Muñoz / Juan Orchard Fox / César Parada Henríquez / Mario Pérez Perreta / Alberto Ramírez Zamora / Pedro Riquelme Triviño / Waldemar Rivas Vilaza / Carlos Riveros Sáez / Efraín Rodríguez Sáez / Jorge Sepúlveda Céspedes / Neftalí Sepúlveda Soto / Manuel Silva Durán / Juan Silva Tello / Jorge Sotomayor Sotomayor / Eduardo Suárez Suárez / Víctor Tapia Briones / Héctor Thennet Gillet / Luis Thennet Gillet / Jorge Tepper Bradanovic / Jorge Valenzuela San Cristóbal / Julio César Víllasiz Zura / Ricardo White Alvarez / Humberto Yuric Yuric / Salvador Zegers Terrazas.
5 DE SEPTIEMBRE DE 1938”
Como los derechos humanos en Chile no son más que un dividendo estratégico de la propaganda política y una revelación más de nuestra vernácula hipocresía ética, a algunos varios metros de este lugar, del otro lado de La Moneda y junto a la Alameda, se alza una estatua majestuosa del Presidente que fuera responsable de la masacre cometida a sólo una cuadra de allí: don Arturo Alessandri Palma. Es nuestra idiosincrasia; nuestro cinismo… Quizás sólo eso es lo que somos.

Al cumplirse siete largas décadas desde este abominable suceso de la historia, hemos querido rendir este tributo a la memoria de los 59 muchachos asesinados, víctimas de la violencia política que por largos períodos ha tomado posesión de nuestra vida nacional.

Una parte importante de la historia de Santiago se fue con ellos, pero otra quedó cristalizada aquí, entre nosotros, y especialmente en esa tétrica y empinada Torre de la Sangre, en pleno Barrio Cívico, allí donde su sangre salvó a Chile.

15 comentarios:

  1. Esto es parte de la historia de la derecha CHILENA, estos son sus orígenes. Leer Masacre de Oscar Jiménez, Juan A. salinas y Enrique Zorrilla. Para mejor ilustración leer "Alessandri, Agitador y Demoledor2 de Ricardo Donoso. Por esto u mucho mas la derecha no merece Gobernar.

    Jorge S.

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  2. Esto es parte de la historia de la derecha CHILENA, estos son sus orígenes. Leer Masacre de Oscar Jiménez, Juan A. salinas y Enrique Zorrilla. Para mejor ilustración leer "Alessandri, Agitador y Demoledor2 de Ricardo Donoso. Por esto u mucho mas la derecha no merece Gobernar.

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  3. El Sr. anónimo es muy ignorante y tiene 0 comprensión lectora. El MNS obviamente no era de derecha ni cerca, era la izquierda socialista y nacionalista, el criminal que mandó masacrarlos sí.

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  4. El Sr. Anónimo es de una ignorancia supina y tiene cero comprensión lectora. El MNS era obviamente de tendencia izquierdista, socialista y nacionalista, conformado por obreros y estudiantes, ahora que sus líderes, especialmente el ezquizofrénico de González fueran unos incompetentes y posteriormente unos traidores ( si es que éste señor no lo fué desde el primer día),no se acerca absolutamente a la derecha, a la que pertenecía el criminal que mandó masacrarlos.

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    1. lee bien lo que dice anonimo... se refiere a los asesinos partidarios de Gustavo Ross, no a los nacistas asesinados.

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  5. Disculpa, pero de donde sacaste la información??

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    1. De varias fuentes, muchas, incluyendo diarios de la época. Entre todas ellas: "Masacre" de Jiménez, Salinas y Zorrilla; "Alessandri, Agitador y Demoledor" de Donoso; "Lo que supo un Auditor de Guerra", de Bravo; "Historia de una Derrota" de Boizard; "60 muertos de la Escalera" de Droguett y "Las Banderas Olvidadas" de Mundt.

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  6. Disculpa, pero de donde sacaste la información?

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  7. Disculpa, pero de donde sacaste la información??

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  8. Otro antecedente, sobre la presencia de civiles en este suceso histórico, lo proporcionó Tito Mundt: "Un colaborador de un diario de derecha y campeón de tiro al blanco de Chile, tuvo el triste honor de matar fríamente a uno de los muchachos nacistas la terrible tarde del 5 de septiembre de 1938.
    Alessandrista fanático, salió del diario, marchó al Ministerio de Hacienda, se colocó en el último piso y le hizo los puntos a uno de los muchachos nacistas que cometió la imprudencia de asomarse a una ventana (...) El campeón de tiro le dio una certeramente en mitad de la frente (...)"

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  9. Muchas gracias por propinar esta información, me fue demasiado útil para un trabajo del colegio. Necesitamos más espacios como este para que se difunda esta información, que de cierta forma, avergüenza al chileno.

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  10. Una pregunta,
    aparece nombrada la dirección Carvajal 33

    yo vivo en esa calle, queda en la cisterna, cerca del metro lo ovalle, paradero 18.

    se refieren a esa Carvajal 33? o no?
    gracias y felicitaciones por el blog.
    https://www.google.cl/maps/place/Carvajal+33,+La+Cisterna,+Regi%C3%B3n+Metropolitana/@-33.5168066,-70.6614441,17z/data=!3m1!4b1!4m5!3m4!1s0x9662dae671be768b:0xf0c622541ebf8a04!8m2!3d-33.5168066!4d-70.6592554

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  11. Otra circunstancia trágica de este hecho, lo constituye la muerte de algunas personas que nada tenían que ver con la asonada nacista, como un joven empleado del Seguro Obrero a quien no le creyeron que no fuera parte del movimiento y que murió masacrado (Ossa Monckeberg, sino me equivoco era su apellido), o un maestro pintor que Carabineros ingresó a la columna de los nacistas traídos desde la casa central de la Universidad de Chile, porque gritó una consigna cuando pasaba la columna de rendidos.

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  12. Comentarios rescatados desde la continuación de este artículo, ahora fusionado en una sola entrada:

    Anónimo7 de julio de 2014 a las 20:37

    wow!
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    Erika27 de agosto de 2015 a las 03:00

    Félix Maragaño Flores, mi tío abuelo. No lo conocí...
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    Erika27 de agosto de 2015 a las 06:32

    Félix Maragaño Flores, mi tío abuelo. No lo conocí...
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  13. Fueron varios los que fueron relegados a Chiloe, estos llegaron a Quenchi efectivamente, a la pensión de un señor Frances quien tambien tenia un negocio, terminada la pena de relegamiento Hubo algunos que se quedaron en el sur. Conoci a uno, fallecio el año 85' si mal no recuerdo.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.