jueves, 4 de septiembre de 2008

A 70 AÑOS DE LA MASACRE DEL SEGURO OBRERO (PARTE II)

Coordenadas: 33°26'31.19"S 70°39'11.39"W
(Continuación de la entrada anterior)
SE PREPARA LA MATANZA
Un pelotón de armas comenzó a apuntarles al cuerpo desde el sexto piso. Los Carabineros aguardaban ocultos desde las oficinas aledañas, comenzando a salir.
El nerviosismo y la angustia cundieron más aún entre todos, pues podían percibir que el ambiente no parecía ser el de una rendición que terminara pacíficamente. Algunos comienzan a notar lo que viene y se escucha el murmuro disimuladamente transmitido entre los rendidos.
Hernández intentó dar aviso radial de la rendición, pero no fue posible. La comunicación estaba cerrada desde las 16:00 horas. Sin quererlo, pisó por casualidad el pie de uno de los uniformados mientras bajaba nervioso por las escaleras. El tipo (que describió más tarde como "bajo, macizo y canoso", refiriéndose al Carabinero González) empuñó con más fuerza su arma y dijo desafiante: "Éste me lo reservan a mí…". Los que advirtieron la situación, comenzaron a entrar en un sofocante pánico interior que lograron contener virilmente. Se hacía evidente lo que estaba por ocurrir.

Fue entonces cuando se produce la brutal muerte del joven Jefe de Sección de la Caja, señor José Cabellos Núñez -casado y padre de dos niñas pequeñas-, en manos del criminal Droguett Raud, quien subió a la torre acompañado del Teniente Coronel Eduardo Gordon. Cabellos notó que estaba siendo colocado junto al grupo de nacistas rendidos, y trató de advertir a Gordon del error, quien, con extrema frialdad, permitió que Droguett Raud le diera un golpe con la cacha de su revólver en la cabeza mientras espetó: "¡Éste es de los mismos!".
El trabajador intentó convencerlos desesperadamente de que se equivocaban mostrando su carné de funcionario, pero el asesino le dio un disparo a quemarropa en el estómago, seguido una muerte lenta y dolorosa, acaecida unos días después en la Posta Central. De hecho, dos personas que nada tuvieron que ver con los alzados fueron asesinadas por estos criminales enloquecidos aquel fatídico día. El segundo fue don Carlos Ossa Monckeberg, también funcionario de la Caja.
El incidente de la muerte de Cabellos sacudió a todos los que observaban. Ya no había dudas: iban a matarlos a todos.
Coincidentemente, un oficial subió rápidamente desde los pisos inferiores y conversó silenciosamente al oído con el Mayor González Cifuentes. Al terminar de cuchichear, González volteó y declaró en voz alta para acrecentar el terror de los presentes: "Bueno, demos cumplimiento a la orden".
Los cadáveres apilados en el Seguro Obrero, durante las inspecciones criminológicas.
MOMENTOS DE HORROR
A continuación, sobrevino en Pandemónium: el mismo oficial levantó su arma y comenzó a caminar hacia los muchachos que acaban de ser registrados rápidamente. Eran poco menos de las 17:00 horas. Estaban entre el sexto y el quinto piso. Algunos, sabiendo su destino, comenzaron a cantar el Himno de Combate de las Tropas de Asalto, versión chilena del “Horst Wessel” germano.
De súbito, entonces, la voz de un oficial dijo a los uniformados: "Ya niñitos. ¡Terminemos con esto!".
Acto seguido, una ráfaga de rifles cayó sobre todos los rendidos, tiñendo los muros de sangre y muerte, para luego ser rematados rápidamente a golpes de armas cortantes y culatazos. González, que parecía dirigir al grupo, fue el primero en disparar.
En medio de la masacre, e intentando calmar a sus camaradas y rectificarlos en sus posibles últimos momentos, uno de los detenidos, el joven soldado de las tropas Pedro Molleda, tras recibir un tiro, lanzó un último grito de resignación y valor que hasta hoy ha inmortalizado en el bronce el momento final de esta tragedia:
"¡NO IMPORTA CAMARADAS... NUESTRA SANGRE SALVARÁ A CHILE!".
Esta frase ha llegado a ser antológica y resume todo el sentimiento que unió a los nacistas en aquella jornada. Fue inmediatamente ejecutado a balazos y sablazos.
Pilas de muertos quedaron repartidos en el piso y las escaleras, algunos quejumbrosos, otros sólo lesionados. En este grupo, Carlos Pizarro cayó semiaturdido pero milagrosamente ileso, bañado en la sangre que fluía violentamente del cráneo destruido de Molleda, empapándole la cabeza y el pecho, por lo que a simple vista lucía como cualquiera de los demás cadáveres.
Hernández, herido por el mismo Carabinero González al que había pisado casualmente, sintió como White caía a su lado. Intentó tomarle la mano en medio de los disparos, que el líder nacista le tendía mientras tiritaba y convulsionaba herido de muerte. Apenas lo logró, sintió como su presión rápidamente se desvanecía, "y por segundos se enfriaba".
Los cuerpos eran arrojados o caían por sí solos hacia el quinto piso.
ASESINATO DEL SEGUNDO GRUPO
Terminada la primera etapa de este carnaval vesánico, el sepulcral silencio llenó por algunos segundos las salas de la torre, luego de disiparse los ecos y el humo de pólvora de las descargas.
El segundo grupo, correspondiente a los nacistas de la universidad, aterrados íntimamente por los ruidos de las descargas y los gritos que acababan de oír, fueron sacados del sexto piso al quinto, obligándoles a pasar allí sobre los cadáveres de los camaradas fusilados y reunidos a un costado. Eran ya las 17:15 horas. Las escenas de horror de esos minutos deben haber sido indescriptibles.
A continuación, por orden esta vez de Pezoa, fueron ejecutados. La frase de oro para iniciar la segunda matanza fue, esta vez: "Ya niñitos, a cumplir con su deber".
Ahora, los nacistas serían reducidos primero a culatazos y golpes de arma blanca, luego de una breve descarga, para evitar que más balas golpearan contra los muros rebotando o metiendo un inconveniente bullicio, como había ocurrido con el primer grupo. Con tal objetivo, estos muchachos habían sido apilados y apretados en un estrecho hueco de la escalera, en el cuarto piso, parapetados como sardinas para que nadie escapara ahora. Una vez que quedaron todos en el piso, dejaron las carabinas y rifles al lado y comenzaron a ser repasados individualmente con disparos de revólveres, y en otros casos con formidables golpes en sus cabezas, contra los muros y contra el piso, para que no quedaran heridos con vida. Algunos pocos, aterrados y eludiendo las descargas, corrieron escaleras arriba intentando inútilmente esquivar las balas, pero fueron atrapados y asesinados, incluso en el piso 12.
Herreros del Río, estando herido, volvió a ponerse de pie pidiendo heroicamente su muerte. Volvió a ser herido de bala en la cabeza, pero, por tercera vez, se colocó de pie, agónico, ahora abriendo su camisa y ofreciendo el pecho. Una bala en el corazón terminó con su vida. Domingo Chávez Whalen, de 22 años, también se levantó desafiante enseñándoles a sus verdugos con la camisa el lugar donde tenía el corazón, pues padecía una curiosa variación anatómica y su corazón estaba del lado contrario al común de la gente.
En medio de la masacre, Félix Maragaño, resignado, hizo una seña al mismo oficial que se disponía a disparar contra él, Noé Ochoa, y le entregó su billetera con dinero suplicando hacerla llegar a su mujer. Acto seguido, Ochoa lo fulminó a tiros. Demás está agregar que el dinero nunca llegó a destino.
Las postales de terror que tuvieron lugar en esta criminal acción fueron verdaderamente salvajes, pues incluyeron una sesión de carnicería tan cruel y sanguinaria que pocos autores de historia nacional se atreven a describir en detalle. Involucró toda clase de bestialidades simultáneas, como destruirles la cabeza a los detenidos con golpes contra los muros, reventarles el rostro a culatazos, literalmente "faenarlos" a cuchilladas o sablazos, repasarlos a balazos, cortarles las manos, los dedos y en algunos casos hasta los brazos, para quitarles joyas o relojes, etc. Fue la escena de un cuadro del Infierno, un verdadero sacrificio humano.
SE LES NIEGA ASISTENCIA
Abajo, en tanto, un médico se presentó en ese intermedio en la entrada de la torre: Era el doctor Moisés Díaz Ulloa, quien llegó con una ambulancia solicitada por él mismo al oír los disparos y los gritos desgarrados desde el interior, donde vio, además, al señor Cabellos agonizando por la herida en el abdomen por el arma de Droguett Raud, al ser bajado desde el piso 5.
Cuando sus insistentes intenciones de prestar ayuda fueron frustradas, se le dio una curiosa explicación: "No habrá heridos".
El doctor Díaz, sin embargo, había podido escuchar lo que sucedía en los pisos superiores y lo describiría ante los tribunales, después, de la siguiente escalofriante manera:
"...de improviso, a las 16:45 horas se sintieron un gritos estentóreos, unos alaridos que no se podrían describir... en ese momento se dio a la Asistencia Pública la orden de irse, con estas palabras: 'que se vaya la ambulancia y no espere más heridos. Los que quedan serán repasados. Luego dejarán de aullar estos canallas'."
La noticia de lo sucedido en la Torre de la Sangre se expandió rápidamente, pero rodeada de rumores e incertidumbres sobre las verdaderas circunstancias. Díaz había dado aviso a sus superiores de la Asistencia Pública, los doctores Luis Aguilar y Félix de Ámesti, quienes intentaron llevar los primeros auxilios a los heridos recibiendo nuevamente esta increíble respuesta del General Arriagada:
“Mire doctor, no van a ser necesarios los servicios de asistencia porque NO VA A HABER HERIDOS".
No mejor suerte tuvo el arzobispo de Santiago, Horacio Campillo, quien concurrió en persona al despacho del Presidente Alessandri ofreciendo auxilio religioso a las víctimas. El mandatario, en otro de sus viles actos, le mintió, asegurándole que en edificio ya se encontraban sacerdotes prestando auxilio.
MÁS TESTIMONIOS
Otros testigos de esta agonía brutal fueron los 18 empleados de la caja que descenderían tras la masacre hasta el primer piso, pasando sobre los cuerpos. Al respecto, la funcionaria Luz Tagle diría:
"Esta peregrinación hacia abajo fue algo cuya dramaticidad es difícil de describir. Imagínense ustedes pasar entre cadáveres y moribundos, con nuestros vestidos, manos y cara salpicados de sangre y completamente sofocados por el polvo que las descargas desprendían del cemento"
"Al ir descendiendo, un muchacho moribundo me tomó con un gesto desesperado el tobillo, costándome bastante desasirme de él...".
Uno de los Carabineros venía rematando a los cuerpos de los nacistas ejecutados de ambos grupos, con un tiro en la cabeza para cada uno, cuando justo recibió una orden de bajar, estando precisamente al lado de Hernández, siguiente en el turno, que yacía tendido y sangrando, pero vivo. Seguidamente, durante la sesión de destrozo de los cuerpos con las armas blancas, un sablazo le voló el sombrero partiéndolo por la mitad, pero pasando a milímetros de su cabeza sin tocarla. Finalmente, sobrevivió a una tercera balacera masiva, disparada al azar por los uniformados esta vez sobre la totalidad de las víctimas, para asegurarse de no dejar sobrevivientes. Terminó así con tres balas en el cuerpo, pero milagrosamente vivo.
Entre los carniceros estaba nuevamente el infame Francisco Droguett Raud, con más aspecto de líder que de cómplice en los hechos, mientras una vertiente de sangre descendía por las escaleras hasta el primer piso.
Los cuerpos quedaron desparramados por todas las escaleras del edificio, algunos incluso en el segundo y tercer piso, bloqueando el tránsito por los escalones. La posterior declaración del Carabinero Augusto Maureira Jacques nos describe esta situación:
"Me parece que al subir desde el segundo piso pude notar cadáveres y entre el tercero y el cuarto, no lo sé precisar; era tal la aglomeración de estos que había necesidad de utilizar los huecos".
El Auditor Bravo, en tanto, escribiría:
"Empezamos a subir lentamente por una escala de mármol roja de sangre, debiendo a cada vuelta hacernos a un lado para dejar paso a los carabineros que descendían con las camillas fúnebres. Desde el primer instante nos llamó la atención que todos los cuerpos se encontraban con los brazos abiertos firmemente, como signo acusador de que su muerte no obedecía a ley alguna de la civilización humana".
"En el sexto piso y en la escalera, frente al ascensor el hacinamiento de cadáveres era imponente, pues los cuerpos estaban amontonados formando una barricada que impedía pasar sin pisarlos. En la escalera estaban caídos de boca, cabeza abajo, atravesados en las formas más inconcebibles, revelando la barbarie de lo ocurrido horas atrás (...) Al llegar al sexto piso el General y yo nos miramos, y nos encontramos solos, pues nuestros compañeros se quedaron en pisos inferiores, horrorizados ante el espectáculo".
Vista actual de la Torre de la Sangre
EL MILAGRO DE LOS QUE SOBREVIVIERON
Si bien cerca de las seis de la tarde ya estaban casi todos los cuerpos repasados, los disparos continuaron escuchándose hasta las ocho de la noche.
Había oscurecido en la ciudad cuando llegan al lugar, indignados, algunos dirigentes y autoridades como don Carlos Zañartu, periodista de "El Imparcial", el ilustre Diputado Raúl Marín Balmaceda, don Alfonso Canales y el Capellán Gilberto Lizana, acompañados del doctor Ricardo Donoso. Una gran cantidad de personas permanecían reunidas afuera del edificio, conscientes ya de un probable desenlace fatal de los hechos. Presionaron para entrar al edificio, pero no había disposición de los uniformados para permitirles entrar. Raúl Marín, que había escuchado los balazos desde la calle, forzó decididamente la entrada e hizo valer con decisión su fuero parlamentario. Esto permitió que entre él y Zañartu pudieran rescatar a los únicos sobrevivientes que encontraron, a pesar de la intención de los uniformados seguir rematándolos.
Marín, que era un gran patriota, descendiente directo del gran Presidente Balmaceda, a pesar de ser militante del Partido Liberal al igual que Alessandri, quedó impactado por el espantoso espectáculo que tenía lugar dentro del edificio. Corrió hasta las pilas de cadáveres y, preguntó en voz alta si había alguien vivo. Entonces, se puso de pie como pudo el nacista Carlos Pizarro. Inmediatamente, los uniformados apuntaron sorprendidos sus carabinas hasta el sobreviviente, con miradas temerosas y autoincriminatorias. No podían creer que quedara aún alguien con vida, y por ende, un testigo.
Marín evitó que volvieran a disparar contra él. "Tenemos órdenes de que no sale nadie con vida de aquí, señor", alegaron ellos. Marín, entonces, parte a hablar directamente con el Presidente Alessandri mientras los demás vigilan el lugar, y lo convence por fin de permitir la salida de los sobrevivientes, que terminaron siendo cuatro: Alberto Montes Montes, Facundo Vargas Lisboa, Carlos Pizarro Cárdenas y David Hernández.
De todos ellos, Pizarro era el único sin heridas de gravedad. Hernández tenía profundas perforaciones sangrantes en el hombro y tres balas en el mismo, las que le había provocado el mismo oficial al que había pisado por accidente (el carabinero González). El señor Zañartu logró identificar a estos sobrevivientes que yacían inconscientes entre los cadáveres.
Pero un detalle negro pintaría de más horror aquella jornada siniestra: al parecer, en un acto increíblemente aborrecible y temiendo la pronta llegada de los auditores, los uniformados habrían encontrado un quinto sobreviviente entre los cuerpos, aunque no se sabe con precisión en qué momento. Lo remataron destrozándole la cabeza a culatazos y sumergiéndolo en agua, probablemente en una tina o un tonel. Su cadáver fue encontrado varios días más tarde en el río Mapocho. Se llamaba Waldemar Rivas, y puede haber sido el último de los caídos aquel día.
ENCUBRIMIENTOS Y DENUNCIAS
La noche del día 5 cayó por fin, fría o oscura. Las morgues se atestaron con los cadáveres de los caídos y sus familias de volcaron a la terrible tarea de recuperar los cuerpos de sus seres queridos. Muchos cadáveres dieron serias dificultades para su identificación, especialmente los que provenían de provincias.
Profundas escenas de dolor ser vieron aquellas horas, cuando los pocos cadáveres entregados lucían los horrores de una bestialidad sobre su carne. Fue, por lo demás, una tarea difícil y humillante. Los parientes de Enrique Herreros sólo consiguen el cuerpo del mártir aquella noche, valiéndose de las influencias de un amigo de la familia, don Juan Bustamante Pinto, hijo del Intendente de Santiago. Años más tarde, don Gonzalo Herreros, hermano de Enrique, admitiría que aquella noche lloró por primera y única vez en su vida adulta, al ver el estado en el que fue entregado el cadáver del muchacho. En el caso de otros mártires, como el Efraín Rodríguez, su suegra tuvo la difícil y cruel tarea de identificar el cuerpo irreconocible de su yerno en la morgue; al volver hasta donde estaba la mujer de Rodríguez, su hija parturienta Mercedes, intentó fingir que él estaba vivo y detenido, pero fue descubierta por sus zapatos manchados de sangre, de su paso en la morgue.
La prensa derechista ya explicaba rápidamente los hechos de maneras tendenciosas e impresionantemente hipócritas. En las dependencias del diario "La Nación", cuando la sangre de los asesinados no terminaba de fluir, ya se redactaba la que sería la versión "oficial" de los hechos para el día siguiente:
"En la lucha murió la mayoría de los ocupantes de la Caja del Seguro Obligatorio... El edificio de la Caja, después de varias horas de combate, fue tomado por tropas de carabineros que ocuparon todas sus dependencias, salvando al personal de la institución que estaba prisionero de los nacistas".
Aquella noche, Alessandri y las fuerzas de orden recibieron apoyo de una serie de autoridades empresariales y políticas relacionadas con grupos de influencia, intentando cubrir la gravedad de la masacre. Previendo las consecuencias negativas que el acontecimiento podría tener para el candidato Ross Santa María en las elecciones próximas, las fuerzas proclives a la derecha alessandrista iniciaron una rápida campaña para esconder la realidad de los hechos y evitar mencionar así la situación de las muertes. Sólo algunos medios impresos realizaron protestas públicas; casi todos los demás callaron, acobardados por la censura oficial que se le impuso a la prensa.
El día 9 de septiembre, el periodista, poeta y escritor Carlos Préndez Saldías publicó en "La Opinión" un desafiante artículo contra los criminales del Seguro Obrero, desafiando al poder de la censura:
"Cualquier hombre puede convertirse en criminal, cegado por una pasión alta o mezquina. Porque pasiones hay que enaltecen al hombre, aunque así no lo comprendan los menguados ni los de corazón estrecho y mente sin ejercicio”
“…Pero si cualquier hombre, aún el más puro y de espíritu más cultivado, puede convertirse en un criminal cuando lo empuja una pasión incontenible, las autoridades de un país civilizado no pueden ejecutar actos de bandidaje. Cuando se está dirigiendo -bien o mal- los destinos de una nación en que no hay cafres, no puede atropellarse la dignidad humana como lo hicieron las autoridades de Chile al reprimir la asonada de los estudiantes nacistas”.
Por su parte, el valiente periodista de la revista "Hoy", Arturo Natho, publicó un artículo en el que se lee lo siguiente:
"La prensa de derecha llena sus columnas con declaraciones oficiales. En todas ellas aparecen las autoridades felicitando al cuerpo de Carabineros por la forma en que dominó el conato revolucionario. Pero en ninguna de estas declaraciones ni en ninguno de estos comentarios se contesta la pregunta que formulo: ¿DÓNDE ESTÁN LOS MUCHACHOS QUE SE RINDIERON EN LA UNIVERSIDAD?”
“…Si vosotros no queréis contestar, os contestaré yo: ¡están en la Morgue!”
“Allí fueron reconocidos por sus familiares y ahí son testigos indelebles de la masacre que a bala y arma blanca se cometió en el Edificio de la Caja del Seguro Obligatorio. Las autoridades deben responder: ¿Por qué los llevaron al Seguro Obrero y por qué sus cadáveres aparecen después en la Morgue?"
“¡Contestad! El país lo exige."
MÁS REPRESIÓN Y CENSURA
Tras el allanamiento de las sedes del movimiento, los líderes de la revuelta, impactados, concurren a las comisarías a entregarse a las autoridades de Carabineros de Chile y a la justicia.
Así lo haría Jorge González von Marées. El "Jefe" habría de partir hasta la Comisaría N° 14 de Santiago, en Providencia, poniéndose de inmediato a disposición del Comisario Gerardo Ramírez. Allá estaba también otro destacado ibañista: Tobías Barros. Otros, como Carlos Keller, que nada tenía que ver con la organización de tan nefasta idea revolucionaria, decidieron permanecer prófugos. Lo mismo haría Jiménez Pinochet.
En la misma tarde del día 5, en medio de los halagos y las expresiones de respaldo, Alessandri solicita al Congreso Nacional facultades extraordinarias "para la defensa del orden público, del régimen democrático y las Instituciones fundamentales de la República", según señaló en el mensaje enviado a las cámaras a través de su hijo Fernando -que era congresal-, temeroso de nuevos focos de violencia.
Una de sus primeras acciones fue aplicar la censura a la prensa y anunciar públicamente que se expulsaría del país "a los que resulten culpables como instigadores directos o cómplices del movimiento revolucionario”.
Entre los que se opusieron inútilmente a conceder la autorización para el Estado de sitio, se encontraba el senador socialista Oscar Schnake, quien comentó en aquella acalorada sesión:
"La razón que se haya tenido para tomar esa medida... cualquiera sea, es una razón reprobable, deleznable, condenable por todo hombre de bien".
Y al día siguiente, Juan Bautista Rossetti declaraba en la Cámara:
"Han sido cerrados nuestros diarios para que... tampoco sus Señorías se impongan de la verdad, en su cruda y horripilante desnudez. Nos ponen el candado en la boca para acusarnos sin defensa, y para que nosotros no podamos acusar a quienes han procedido contra jóvenes que eran toda una esperanza, con el alma de un chacal".
El General Ibáñez y Barros estaban detenidos y alegando no tener vínculos con los revoltosos. Otros 30 dirigentes de la Alianza Popular Libertadora estaban incomunicados entre el día 6 y el 8, todos en la Prefectura de Investigaciones de Santiago, algunos hasta los días 11 y 12 y otros hasta cerca del 22 y 23. Entre ellos estarían Caupolicán Clavel y luego Jiménez Pinochet (este último relegado a Quemchi, más tarde). Mientras tanto, a la fecha continuaban internados en el Hospital El Salvador los sobrevivientes Hernández, Montes y Vargas.
El horror no había terminado. Ahora se sumaba a las lágrimas y la sangre, la increíble hipocresía del Gobierno, al enviar a su Ministro de Interior, Luis Salas Romo, a intentar explicar lo inexplicable con una declaración que ha hecho historia por lo burda y ridícula:
"...se ordenó que los que habían sido detenidos en la Universidad de Chile, se colocaran por delante de la fuerza de Carabineros, a fin de protegerse con los cuerpos de éstos y forzar a los revoltosos a que parlamentaran, lo que no fue posible conseguir".
"Los Carabineros que actuaron en las obras de rendición debieron actuar así como único medio de hacerles observar que debían parlamentar. Los jóvenes de los pisos superiores no lo comprendieron, atacaron a Carabineros y forzosamente las balas tuvieron que hacer blanco en los servidores del orden público, y en los jóvenes que llevaban para evidenciar a sus compañeros que debían deponer su actitud revolucionaria".
LAS CONSECUENCIAS ELECTORALES
Pero el clamor popular fue mayor que los viejos rencores doctrinarios y la alianza se concretó en la unión de todos los sectores de oposición.
Judicialmente, se determinarían después responsabilidades compartidas entre Alessandri y Arriagada, años después. Los relatos de los testigos incriminan gravemente al General de Carabineros. Los acusados hablaron intensamente de un desaparecido papel con la orden final de dar muerte a los golpistas, firmado por el Prefecto Coronel Díaz, y entregado por Espinoza a Pezoa. De cualquier modo, la responsabilidad caía en el Gobierno y en el peor momento, en plenas campañas electorales.
El día 23 de septiembre se cerró el sumario para Jorge González von Marées y Oscar Jiménez Pinochet, pero no fueron liberados. Los heridos hospitalizados en El Salvador continuaban allá en calidad de detenidos. Carlos Pizarro seguía tras las rejas, junto a catorce de sus camaradas.
En el ambiente enrarecido en extremo, las elecciones se acercaron y la incertidumbre hacía que todos los sectores políticos se comieran las uñas ante la angustia de lo que estaba por pasar. Decidido a jugarse el todo por el todo, González von Marées llamó desde la cárcel a votar por Pedro Aguirre Cerda y hacer caer así las posibilidades de Ross Santa María. Ibáñez del Campo, en tanto, bajaba su candidatura.
El apoyo de los nazistas al Frente Popular era una hazaña, pero también un suicidio: un segundo sacrificio, que pondría a la izquierda en un lugar de poder y popularidad insospechados, a costas de la destrucción del movimiento nacista. Muchos lo previeron: Carlos Keller y Juan Diego Dávila abandonaron el movimiento apenas se tomó dicha decisión, emigrando al Partido Nazi Auténtico y al Movimiento Nacionalista de Guillermo Izquierdo Araya, respectivamente.
Los comicios electorales emperezarían al mes siguiente, muy temprano, en un clima de miedo y temor constante a que, de un momento a otro, una chispa detonara otro polvorín. Sin embargo, la jornada fue bastante más tranquila.
LA MUERTE NO FUE EN VANO
En la medianoche del día 25 de octubre de 1938, la radio "El Mercurio" anunciaba el triunfo de Pedro Aguirre Cerda con 442.964 votos contra los 438.853 de Gustavo Ross Santa María.
El margen de apenas 4.111 votos que le dio la victoria al candidato radical, confirma que su triunfo se debió exclusivamente al apoyo de los nacistas a su candidatura, pues su número de adherentes electorales, según las votaciones parlamentarias del año anterior, era de unos 15.000 sufragios que le habían permitido obtener tres diputados del movimiento. El nacismo chileno había logrado así, en tan dolorosas circunstancias, el ascenso al poder de los primeros grupos representativos de las fuerzas populares en la historia política nacional, quitándole el monopolio a la aristocracia.
El destacado penalista, periodista, economista y posterior Regidor de la Ilustre Municipalidad de Santiago, don Arturo Natho, que hemos citado con anterioridad, escribiría un tiempo después en "La Opinión" un artículo titulado "El 5 de Septiembre y la Prensa Derechista", donde se lee:
"...el 5 de septiembre contribuyó en forma decisiva al resultado de la jornada del 25 de octubre... La prensa derechista, pues, cosechó los resultados de su miopía política y de haber traicionado a su misión en un momento culminante de nuestra existencia ciudadana".
La noticia de la derrota fue un cataclismo en La Moneda y para las fuerzas de Alessandri y Ross: un verdadero desastre electoral para este sector social que tomó el triunfo de Aguirre Cerda como una tragedia. Alessandri debió reconocer el legítimo triunfo de la oposición, apretando los dientes de frustración, herido profundamente en su orgullo de hierro y actuando como garante de los resultados eleccionarios la Comandancia en Jefe del Ejército. Era derrotado, además, por un ex Ministro de su gabinete, como lo fue Aguirre Cerda antes de convertirse en uno de sus más fieros opositores. La humillación fue doble, o triple.
No dispuesto a ceder, sin embargo, Alessandri comenzó otra absurda campaña con sus colegas derechistas para difundir burdas calumnias y rumores que le permitieran revertir parte de la situación y obtener una prórroga para el período de su mandato presidencial que se extinguía. Ross Santa María, por su parte, siendo una víctima indirecta de las consecuencias de la masacre, se retiraba con mayor discreción y honor ante la derrota.
El Gobierno del Frente Popular tuvo sus inconveniencias, pero fue en general uno de los más prósperos del siglo, propios de una generación de ilustres radicales que parecen haber desaparecido ya de nuestra historia chilena. La llegada al poder de las fuerzas populares, gracias al voto de los nacistas, modificó radicalmente el sistema político que imperaba hasta entonces en nuestra sociedad. Chile nunca volvió a ser el mismo después de esto.
Caricatura de Ross en revista "Topaze", tras perder las elecciones.
LA BOFETADA FINAL CONTRA ALESSANDRI
Muchos nacistas continuaron editando el diario "Trabajo", y junto al ala de Keller, permanecieron leales al nazismo alemán en plena época de la Segunda Guerra Mundial, declarada al año siguiente de la Masacre. Hubo varios grupos operativos durante los años cuarentas, que continuaron con la línea original del movimiento.
Un joven escritor simpatizante del socialismo de aquellos años y amigo del fallecido Héctor Barreto, conmocionado por los hechos pero sorprendido con las muestras de patriotismo y sacrificio de los caídos, escribió tras una entrevista con Carlos Keller, al "Jefe" González von Marées, para ofrecer su apoyo incondicional a la causa Nacional Socialista, suscribiéndose así definitivamente: era don Miguel Serrano Fernández.
Judicialmente, las intrigas y las atrocidades continuaron. El día 25 de enero del año siguiente, fue rechazada inexplicablemente una querella por la Corte de Apelaciones de Santiago, interpuesta por el Doctor Plutarco Badilla, padre del mártir Hugo Badilla. La excusa era que no podía darse curso a tal querella sin autorización del Congreso Nacional. Era, además, una época en que la atención se distrajo momentáneamente con otra tragedia nacional, relacionada con el devastador terremoto del día anterior.
Sin embargo, el doctor Badilla insistió llegando hasta la Cámara de Diputados, reclutando algunos de ellos, entre los que estaba González von Marées, para presentar el día 17 de marzo una Acusación Constitucional contra el Presidente Alessandri.
Así, al acercarse así el final de su período y la hora de rendir el informe político administrativo de todos los años ante el Congreso, Alessandri estaba contra la pared. Realizó una de sus más polémicas jugadas al escapar fuera del país con su hijo Fernando, sin pedir autorización de su salida a la Cámara de Diputados, como era la norma, el día 20 de marzo de 1939. Su temor era ser expuesto públicamente a la humillación y al reproche por lo sucedido hacía ya más de cinco meses, pero que aún seguía fresco en la conciencia de las masas. Envió una declaración el día 28 del mismo mes al Congreso, en donde alegaba haber "pospuesto" un viaje al extranjero (el mismo en el que ya se encontraba) a la espera de una posible acusación en su contra. El diputado nacista Fernando Guarello, a nombre de los demás suscritos, acusó de complicidad por esta irregular situación al Presidente de la Cámara de Diputados.
Arturo Alessandri jamás se recuperó de la humillación sufrida por su responsabilidad en los hechos del 5 de septiembre. Poco tiempo después, ya de vuelta y en la inauguración del Estadio Nacional, volvería a recibir otro duro golpe a su orgullo a ser abucheado por miles y miles de personas asistentes en el complejo deportivo, al grito de "¡criminal!" y "¡asesino!".
Viajando por Europa, quizás intentado mejorar su imagen, se entrevistó con el Duche, Benito Mussolini, quien le increpó con dureza por lo sucedido en nuestro país. Partió entonces a Alemania, en donde le fue peor: Hitler se negó a recibirlo, enviando en su lugar a Von Ribbentrop, quien le refregó en el rostro lo sucedido el año anterior en la Torre del Seguro Obrero, solicitando su retiro del país. Al contrario de lo que Alessandri creía, el escándalo era conocido por todos los vientos.
Su época de esplendor terminaba así, en el abismo.
La misma placa, ahora pulida por personal del Ministerio de Justicia, en el aniversario 70 de la masacre (5 de septiembre de 2008).
EL FIN DEL MOVIMIENTO
González von Marées también fue víctima de cambios profundos, todos para mal. Atrás quedó su vida, su liderazgo. Ahora, sumiso, asustadizo y acobardado por los hechos, el otrora "Jefe" comenzó a ser llamado simplemente Jorge González, a secas, sin el apellido materno alemán que tan orgullosamente usó con anterioridad.
Por si fuera poco, el ex "Jefe" cambió el movimiento por una nueva organización llamada Partido Vanguardia Popular Socialista, y sustituyó todos sus símbolos. La bandera de la Patria Vieja fue sustituida por una roja salpicada de 59 estrellas blancas, una por cada mártir, y el saludo tradicional nacista fue cambiado por otro con el codo flexionado, carente de la solemnidad y del simbolismo que los nacistas le reconocían al anterior. Un multitudinario acto realizado por los vanguardistas frente a la Torre de la Sangre y en el primer aniversario de la Masacre, sería la primera y última gran manifestación del movimiento.
El fantasma de la traición rondó, sin embargo, en los años posteriores. Tras la anulación de un juicio totalmente viciado y comprometido con los criminales, el Gobierno de Pedro Aguirre Cerca impulsó un nuevo sumario que arrojó responsabilidades sobre los culpables, pero negoció una salida amnistiada. Los mártires quedaron sin justicia… No hubo para ellos ni Informes Rettig, ni reparaciones, ni actos de desagravio, ni abogados de barba casposa pidiendo enormes reparos económicos a los familiares. Nada.
Y no fue todo: González von Marées se volvió más tarde colaborador del propio Alessandri. Murió alcohólico y solo, renegando de sus muertos. Jiménez Pinochet, en cambio, se cambió al izquierdismo, ingresó a la Masonería y llegó a ser Ministro de Salvador Allende.
Monolito de homenaje a los Mártires de la Masacre del Seguro Obrero, en el Cementerio General de Santiago. Su construcción fue una iniciativa de Doña Florencia Gillet, madre de los hermanos Thennet asesinados en la torre. Con ayuda de Juan Diego Dávila, miembro del movimiento, pudo reunir los restos de varios de los los mártires, que habían sido arrojados en fosas comunes, para sepultarlos en un sector del Cementerio General donde fue levantado este monolito. Bajo el mismo, están los restos de cerca de 25 de ellos, mientras que los demás yacen en sepulturas familiares.
LA PLACA Y LOS RECUERDOS EN LA TORRE
El edificio y su fama infausta después de la matanza, siguió siendo sede del Seguro Obrero por varios años más. Una horrenda mancha roja que resultó imposible quitar de las escaleras, perduró por largo tiempo, recordando a diario lo que allí había sucedido.
Tuve el honor de conocer a don Carlos Pizarro, el último de los sobrevivientes que permanecía vivo, en las actividades del Comité por el Recuerdo de los Mártires del 5 de Septiembre, del que fui colaborador. Por insólita ironía de la vida, pasó varios años después trabajando en el mismo edificio de la Torre de la Sangre. Y, por otra ironía más, falleció poco tiempo después del 60º aniversario de la masacre, tras dar algunas últimas entrevistas a documentales de televisión. Su concurrido funeral, en un cementerio de La Florida, tuvo tremendas y conmovedores simbolismos para su generación.
He tenido ocasión de investigar también estos escenarios del edificio, pese a las remodelaciones que se han hecho en estas décadas. Desde noviembre de 1989, alberga a la sede del Ministerio de Justicia, que había sido alojado en el ex Congreso Nacional de Santiago durante casi todo el Gobierno Militar.
Hasta hoy, en el edificio de la Torre de la Sangre luce su placa de bronce conmemorativa de los terribles sucesos de aquella tarde de 1938, anunciándole a los curiosos el siguiente mensaje:
“MURIERON POR EL PUEBLO:
NO IMPORTA CAMARADAS, NUESTRA SANGRE SALVARA A CHILE
Jorge Alvear Soto / Emiliano Aros Molina / Luis Arriagada Muñoz / Hugo Badilla Tellería / Jesús Ballesteros Miranda / Carlos Barraza Robles / Alejandro Bonilla Tajan / Bruno Bruning Schwarzenberg / Guillermo Cuello González / Domingo Chávez Whalen / Renato Chea Meneses / Heriberto Espinoza Lizana / Mauricio Falcon Piñeiro / Salvador Fernández Ponicio / José Figueroa Figueroa / Juan Gallmeyer Klotzche / Julio Hernández García / Enrique Herreros del Río / Jorge Jaraquemada Vivanco / Manuel Jelves Olea / Timoleón Jijón González / Carlos Jorge Jeldres / Daniel Jorge Jeldres / Juan Kahni Holzapfel / Walter Kusch Dietrich / Marcos Magasich Huerta / Enrique Magasich Huerta / Francisco Maldonado Chávez / FéIix Maragaño Flores / Raúl Méndez Ureta / Hermes Micheli Candia / Pedro Molleda Ortega / Hugo Abel Moreno Donoso / Víctor Muñoz Cárdenas / Carlos Muñoz Cortés / Alberto Murillo Muñoz / Juan Orchard Fox / César Parada Henríquez / Mario Pérez Perreta / Alberto Ramírez Zamora / Pedro Riquelme Triviño / Waldemar Rivas Vilaza / Carlos Riveros Sáez / Efraín Rodríguez Sáez / Jorge Sepúlveda Céspedes / Neftalí Sepúlveda Soto / Manuel Silva Durán / Juan Silva Tello / Jorge Sotomayor Sotomayor / Eduardo Suárez Suárez / Víctor Tapia Briones / Héctor Thennet Gillet / Luis Thennet Gillet / Jorge Tepper Bradanovic / Jorge Valenzuela San Cristóbal / Julio César Víllasiz Zura / Ricardo White Alvarez / Humberto Yuric Yuric / Salvador Zegers Terrazas.
5 DE SEPTIEMBRE DE 1938”
Como los derechos humanos en Chile no son más que un dividendo estratégico de la propaganda política y una revelación más de nuestra vernácula hipocresía ética, a algunos varios metros de este lugar, del otro lado de La Moneda y junto a la Alameda, se alza una estatua majestuosa del Presidente que fuera responsable de la masacre cometida a sólo una cuadra de allí: don Arturo Alessandri Palma. Es nuestra idiosincrasia; nuestro cinismo… Quizás sólo eso es lo que somos.
Al cumplirse siete largas décadas desde este abominable suceso de la historia, hemos querido rendir este tributo a la memoria de los 59 muchachos asesinados, víctimas de la violencia política que por largos períodos ha tomado posesión de nuestra vida nacional.
Una parte importante de la historia de Santiago se fue con ellos, pero otra quedó cristalizada aquí, entre nosotros, y especialmente en esa tétrica y empinada Torre de la Sangre, en pleno Barrio Cívico, allí donde su sangre salvó a Chile.

3 comentarios:

  1. Félix Maragaño Flores, mi tío abuelo. No lo conocí...

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  2. Félix Maragaño Flores, mi tío abuelo. No lo conocí...

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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