jueves, 21 de agosto de 2008

RECUERDOS SOBRE EL “CLUB SOCIAL” DE CHILECTRA

Algunas revistas institucionales "Chispazos", de las que siempre andaban volando dentro del Club Social de Chilectra, en Mac-Iver con Agustinas.
Coordenadas: 33°26'25.17"S 70°38'48.75"W
El cómodo y espacioso “Club Social”, vinculado al Sindicato de la Compañía Chilena de Electricidad (Chilectra), se ubicó hasta fines de los años ochenta en el 8º piso (9º si contamos el entrepiso) del edificio situado en Agustinas 715, esquina Mac Iver, a escasa distancia del Teatro Municipal.
La gente le llama Edificio Contalent (pese a que su nombre es Comunidad Agustinas) por la publicidad de una casa óptica en su fachada. En su primer piso y subterráneo se encuentran los locales del “Nuria” y el “Palacio Oriental Lung Fung”. Hace pocos años, se sumó al grupo de atractivo también el “Ali Babá”, uno de los más conocidos café con piernas de Santiago, en la ex sede del desaparecido “Barón Rojo”, pionero en este tipo de locales.

Para llegar a esta dirección debía tomar desde muy niño el microbús “Santa Rosa-Mac Iver”, pues el edificio tiene acceso por esta última calle también. El viejo ascensor era conducido por una mujer mayor y gordita que a veces se ponía a reclamar cuando había mucha gente o cuando los niños subían y bajaban más de lo que ella consideraba serio.
Había también un ascensor de servicio, que le abría a uno las puertas exactamente en el salón de grandes sofás y alfombras. El primer ataque de risa de mi vida lo sufrí en él, medio atrapado, cuando estando averiado el ascensor, intentamos por última vez ponerlo en marcha y el tipo que estaba atrás mío en lugar de exclamar “¡tampoco!” rugió con furia: “¡¡¡tampico!!!”.
La verdad es que los niños -la mayoría de ellos hijos de funcionarios de Chilectra- preferíamos subir y bajar corriendo las largas escaleras, intentando ser más veloces que el ascensor. Creo que llegué a conocer todas las puertas de oficinas de abogados, contadores y psicólogos que había en el edificio. El juego era peligroso, sin embargo: hasta el séptimo piso, había en el pasillo de las escaleras una gran ventana que podía abrirse revelando el vacío de los techos inferiores sin ninguna clase de protección. Un día aparecieron con unas barras horizontales, a modo de barreras. La leyenda dice que se debió a un borracho que cayó por una de ellas creyendo que pasaba a un balcón o a otra habitación. Terminó machucado y retorcido sobre unos tejados de más abajo.
Las actividades extras de la compañía con sus propios funcionarios, como en el Club, especialmente en deportes y asuntos técnicos, se remontan casi a los orígenes de Chilectra. Mi papá, siendo funcionario, deportista y triatleta en representación de la empresa, me permitió conocer mucho de estas actividades en la “familia” dentro de la compañía. En el archivo fotográfico “Luces de Modernidad”, publicado por Enersis SA (Larrea Impresores, 2001), dice lo siguiente:
“También hay un acopio de fotografías más informales donde aparecen las celebraciones de la empresa: la Navidad con los puestos llenos de golosinas y uno de los primeros "Viejos Pascueros" en Chile, clara influencia de los grupos "gringos" de la empresa; las fiestas patrias, gran acontecimiento con bailes tradicionales, comidas y competencias; los festejos deportivos y los clubes internos de futbol, atletismo y boxeo. En todas las imágenes, se hace patente un afán de registro exhaustivo y se confirma por lo relajado de las poses y expresiones, una cercanía de los fotógrafos con los retratados”.
De esta relación con la comunidad de empleados, salió también la revista “Chispazos”, que desde noviembre de 1975 hasta inicios de 1999 circuló gratuitamente entre todo el personal de la empresa, reproduciendo siempre parte del material fotográfico antiguo de Santiago con que cuenta la empresa en sus bancos de documentos, mismo que fuera mi inspiración para investigar la historia urbana de Santiago, como lo hago a través de este blog. De sus páginas saltó a la vida publicitaria, además, “Chispita”, la simpática mascota de la compañía. Siempre había ejemplares de “Chispazos” dando vueltas por las oficinas y salas del “Club Social”.
Al llegar, en 1985, al piso octavo del edificio, uno aparecía ante el pasillo y un enorme cuadro enmarcado, me parece que con algún pasaje de la guerra de Crimea o algo de la época. También recibía al visitante algo como una chimenea enorme, ya clausurada, con algunas decoraciones antiguas y lujosas.
El Club funcionaba en la parte más alta del Edificio Comunidad Agustinas.
Hacia la izquierda, se encontraban el Salón principal y las salas de oficinas. Más allá, sobre la azotea del edificio, se había construido un enorme galpón bien techado usado como gimnasio para clases de artes marciales y maquinarias de trabajo muscular. Los equipamientos de ejercicio eran estupendos, sofisticados y muy parecidos a los que hoy están de moda; y la amplitud del gimnasio nos permitía correr a más de treinta alumnos al mismo sin problemas de espacio. Una pera pugilística y un saco colgaban pesadamente de los techos de armazón metálico, además de repisas con copas, galvanos y medallas deportivas logradas por funcionarios de la empresa decoraban este sector de la construcción.
En el salón principal, de alto techo y lámparas lujosas, había exhibiciones de películas en video, generalmente los días viernes. Incluso, alcancé a ver algunas obras que estaban recién siendo anunciadas en el cine, como “Conan el Bárbaro” y “Carmen”. La administraba un narigudo gruñón y con corte chocopanda (así lo apodaban los más jóvenes que iban hasta allá) que solía meterse aceleradamente entre los grandes sillones, sofás y antiguas mesas de centro, para poner en marcha el video. Las dimensiones de la sala permitieron que, en más de una ocasión, fuera arrendada para eventos o matrimonios.
Por el costado de esta amplia sala había, junto al ascensor menor, una puerta que parecía siempre condenada y que representaba todo un desafío a revelar. Un día, finalmente, la vi abierta y noté que se trataba de una especie de bodega, y los funcionarios que por ella transitaban parecían vestidos con uniformes de cocina, seguramente conectados a ella por detrás de los muros.
La vista desde las ventanas del entorno de este salón y del gimnasio eran notables, cautivantes, como sólo se logra al mirar esta clase de ciudad desde la altura. Lamento tanto no haber fotografiado estas postales.
Del otro lado del recinto estaba los servicios higiénicos, duchas y un pasillo menor con varias otra salas pequeñas: una era la peluquería, tan completa y útil como cualquiera otro de los salones de belleza de abajo, en las calles del centro. Había también una gran biblioteca, llena de libros y revistas de todas las materias imaginables, que servía también de salón secundario para las reuniones. Una sala de pool y de ajedrez completaban las entretenciones, aunque eran poco para los que pertenecíamos ya a la generación Atari y Delta 15.
Y, detrás de una enorme puerta oscura de la que entraban y salían mozos casi sin dejar filtran un ojo hacia adentro, se encontraba el gran casino, en realidad bar-restaurante, al que los niños teníamos prohibido asomar la nariz con mocos, si no era por razones justificadas. Al fin, después de varios años, me metieron adentro: era un restaurante enorme, bastante lujoso, de bar tipo inglés y cartas de buena comida a precios que, por la cara que recuerdo de mi papá leyendo la carta, juzgo bastante buenos para la posterior digestión. No sé si la memoria me engañe, pero recuerdo especialmente una carne al jugo con puré y una salsa cuya receta nunca pude adivinar.
El “Club Social” experimentó una inyección de energías y apoyo luego de los procesos de privatización que alcanzaron a la compañía hacia 1983. Se ampliaron sus cursos, clases de artes marciales y equipos de ejercicio. Por lo tanto, se nos convirtió en un sitio enormemente grato para perder todo el día, estimulándonos el ocio a más no poder. Los que fueron hijos de funcionarios de Chilectra en esos años, podrán corroborarlo.
En una sola tarde, aprendías karate, ejercicios musculares cuando no estaban usando las máquinas (y si el Chocopanda no te pillaba), veías una película gratis (no importaba para mayores de cuánto dijera la censura), te cortaban el pelo a tu pinta y te ibas tarde en la noche, pasando primero por algún centro de videojuegos, cuando los niños de Santiago así podíamos hacerlo, por entonces sin tanto miedo a la dupla ganadora delincuencia-poder judicial de hoy.
Yo tenía una vinculación casi familiar con el “Club Social”, además, no sólo por mi padre, aunque siempre sabía que podría encontrarlo en el Salón o en el Gimnasio. Un compañero de enseñanza media, de apellido Bonjardin, también hijo de un funcionario de la empresa, aparecía por allá los viernes.
El administrador del restaurante, un señor de apellido Palma, era padre de uno de mis buenos amigos de aquellos días y la peluquera que por tantos años intentó lidiar con mis caprichos estilísticos, era apoderada y madre de un alumno que, como yo, asistía al Manuel Barros Borgoño, encontrándomela un par de veces allá en el liceo, en días de reuniones. Después fue relevada en la peluquería por otro profesional, esta vez un tipo corpulento y de larga cabellera tipo rockero de los ochenta, que todos apodaban “El Peluca”, y con el que llegué a tener algún grado de amistad.
Lamentablemente, a principios de los años noventas, el “Club Social” de Chilectra fue trasladado hasta una construcción baja y de un piso en la segunda cuadra de calle Carmen. No parecía cómoda; lucía como esos cambios de familia desde una vivienda lujosa a una más funcional, donde los muebles no se ven bien encajados y donde se grafica a la vista el descenso. Sólo los salones de pool y las cocinerías en horas de almuerzo parecían conservar atracción para la mayoría de los visitantes. El Club volvió a trasladarse, creo que a Alonso de Ovalle. La vieja casona de Carmen fue demolida y hoy se levanta allí un edificio residencial.
Los problemas administrativos constituyeron el fin del fin para el Club: Chilectra retiró su participación en asuntos internos del mismo y con el que se relacionaba a través de contratos concesionales. Así, tras años funcionando pero cada vez más reducido en capacidades y servicios desde su cambio de sede en Agustinas con Mac Iver, el “Club Social” debió cerrar sus puertas a principios del presente siglo.
La antigua y alta casa en el 8º piso que alguna vez le albergara, fue remodelada. El casino-restaurante fue desmantelado. Los galpones de la azotea fueron demolidos, y ahora luce desnuda, a la intemperie. Se acabaron los niños corriendo y bajando; se acabaron las pesas de ejercicios, los libros, las jornadas de cine gratis. Sólo quedan los recuerdos del Club que alguna vez funcionó allí.

2 comentarios:

  1. Me gusto mucho lo que cuenta el señor, fue algo muy hermoso imaginar a mi querido padre disfrutar ese recinto tan bien descrito y explicado por el, seria interesante saber si sigue funcionando algo de aquello y de antaño, en la actualidad.

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  2. TAMBIEN COMO FUNCIONARIO DE CHILECTRA PASE POR TODO LO QUE SE CUENTA,EL PERSONAJE EL GUATON BORGANDIN ESTUVIMOS JUNTOS EN EL EDIFICIO TUPAHUE,OTRA COSA LOS BAILES DE PASCUA AÑO NUEVO 18 DE SEPTIEMBRE,INOLVIDABLES, OTRO CRISTIANO DEL CLUB RUBEN MACHUCA. UNO GRANDOTE NO RECUERDO EL APELLIDO OTRO BELFOR SILVA,YA MI MEMORIA FLAQUEA ,UN ABRAZO POR TRAER RECUERDOS DE MIS 29 AÑOS EN MI EMPRESA.

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