jueves, 14 de agosto de 2008

“EL ÚLTIMO DE LOS MOHICANOS” VIVÍA EN ALAMEDA CON SAN FRANCISCO

Coordenadas: 33°26'35.97"S 70°38'51.43"W
Quizás haya quienes se pregunten qué hace una extraña figura de cabeza rapada al estilo punk en una maqueta diorama del conocido artista y tallador Rodolfo Gutiérrez, más conocido como Zerreitug, que reproduce un paisaje de la Alameda y la Iglesia del Convento de San Francisco a principios del siglo XX, en una vitrina de la Estación Metro Universidad de Chile, en pleno centro de la capital y a escasa distancia del escenario reconstruido por el talento del autor.
Mi muy observador amigo, Pancho Hardcore, me lo hizo notar hace varios años. No muchos advierten el detalle, sin embargo, y hoy los más jóvenes de entre quienes lo hacen, seguramente caen atrapados en el remolino del misterio.
Si se fijan bien, la figura aparece sentada contra la pared Norte de la iglesia que da hacia la Alameda de las Delicias. Tiene un perfecto corte de pelo al estilo “mohicano”, cortito, como el popularizado por el famoso y perturbado personaje de Robert de Niro en “Taxi Driver”. La verdad es que Zerreitug está jugando a hacer un nudo entre la memoria histórica y la memoria urbana más reciente. Cuando confeccionó este diorama, en 1987, la presencia del personaje allí retratado estaba en su “apogeo” de popularidad.

En efecto, la figurilla con un corte de pelo anacrónico para el contexto de tiempo allí retratado en la maqueta, corresponde a un misterioso anciano que parecía estar desde toda su vida en ese sitio, en ese mismo lugar. Quizás de ahí venga su decisión de transponerlo en el tiempo, sin cambiarle su espacio vital.
Figurilla del apodado "Último de los Mohicanos", en el diorama de Zerreitug
Le apodaban el Mohicano, el Último de los Mohicanos y el Tata Punk, aunque el poeta Hernán Miranda le llamó con más ostentación "El Dragón de Santiago". Como suele suceder a todos los mendigos misteriosos y famosos de Chile, también le decían Juanito.
Aunque llevaba tiempo allí, a mediados de los años ochenta comenzó a hacerse más y más común verlo junto a la entrada norte de la iglesia, la que siempre está cerrada, sentado sobre el suelo o bien descasando en una especie de banca pequeña con aspecto de lustrín. Miraba con frecuencia hacia arriba y hacia abajo de llanura de la Alameda, o bien al suelo, murmurando palabras inaudibles, pero sin posar jamás la vista sobre los transeúntes. Podía llevar conversaciones normales con algunas personas que ya lo conocían, sin embargo. Antes fumaba, dicen. Con sus cerca de setenta años o más, solía vigilar los vehículos pasando frente a él como si esperara algo o a alguien que nunca llegó, a la onda Godot, siempre con su característico corte de pelo tipo escobillón.
Usaba ropas harapientas, como de mendigo, y un viejo abrigo oscuro que le acompañaba incluso en las tardes calurosas. A decir verdad, lucía tal cual lo inmortalizó Zerreitug, a merced de su desbordado brillo artístico y capacidad de observación. Se hablaba de un ex presidiario, un profesional famoso que abandonó la cordura y muchos otros cuentos. Roberto Merino comentaba en 1997 que "gente de medio siglo supone haberlo visto parado ahí en la remota infancia".
Nadie sabía por qué se producía semejante peinado, ni quién oficiaba como su peluquero. En realidad, nadie sabía nada de él, ni qué hacía allí o de qué vivía. No sé si mendigaba, pues nunca lo vi en esa actividad. Sí recuerdo que, a veces, aparecía con una pequeña ollita de aluminio, y comía en su sagrado puesto junto al templo, como siempre mirando hacia las colas interminables de vehículos y microbuses. En popularidad y simbolismo, equivalía por entonces a lo que hoy es el Divino Anticristo en el legendario de los vagabundos más pintorescos que pululan por el Centro de Santiago.
Como suele suceder con esta clase de personajes, había todo tipo de historias y supuestos sobre el mismo. Algunos decían que era un auténtico punk, el más viejo de Chile y probablemente del mundo, convicción que se acrecentaba con los testimonios de haberlo visto usando supuestos bototos de tipo militar. Otros aseguraban que era huraño y algo cascarrabias si era molestado. No convenía abordarlo. Había quienes, en cambio, decían haberlo observado arriba de un microbus, comportándose como cualquier ser humano mentalmente sano.
Sector de la Alameda, junto a la Iglesia San Francisco, donde se sentaba a ver pasar la vida el anciano mendigo conocido como el "Último de los Mohicanos".
Otra vista del mismo lugar.
Un mito más le culpaba de ser responsable de las repulsivas fecas humanas que, a veces, aparecían en la cara poniente de la iglesia, por la esquina de San Francisco de Asís con nuestra mayor arteria capitalina. Una conocida escritora acoge esta leyenda negra sobre el Último de los Mohicanos en su blog personal, según confirmé allí hace poco. Jamás lo vi en eso, sin embargo, por lo que creo -con buenas razones- que esas asquerosas decoraciones eran más bien responsabilidad de algunos travestis y de ciertos vagos que frecuentaban ese sector en las noches de aquellos años y de los que sí me consta usaban como baño la primera cuadra de calle San Francisco.
En fin, había toda clase de habladurías imaginables en torno a él, como si la generación que pudo conocerle intentara completar con especulaciones y conjeturas la escasa información que se tenía sobre su persona. Lo único cierto es que el Último de los Mohicanos, inmortalizado por la humorada de Zerreitug, estaba todos los días en su sitio, sagradamente. Era parte del paisaje citadino y de la propia Iglesia de San Francisco.
El anciano desapareció de su sitio hacia el año 1993, me parece. Algunos dicen que murió por una noche de gran frío invernal, misma crueldad que se llevara diez años después al Tata Lustrín con barbas de capitán de mar, que lustraba zapatos y también dormía por ahí por la Feria Artesanal Santa Lucía, otro personaje inolvidable de la fauna callejera santiaguina. También se rumoreaba que falleció en su casa poco tiempo de que su familia le convenciera de regresar.
Como sea que sucedió, quienes pasaron habitualmente por la cuadra de la Iglesia de San Francisco cuando allí mosqueaba el Último de los Mohicanos, seguramente sentirán el vacío que quedó en ese muro rojo, al desaparecer esa extravagante estatua viviente con su característico corte de pelo.
Al menos, podremos recordarlo mirando el viaje en el tiempo que le permitió el maravilloso diorama de la Estación Universidad de Chile.

3 comentarios:

  1. gracias por la oportunidad de comentar sobre este tema ..el mohicano como dicen fue un personaje el barrio san isidro .santa rosa. san francisco alameda condor el cuadrande de este personaje siempre entraba y pedia un pan diciendo me da un pan esto en la panaderia la perla ubicada en ese entonces en eleuterio ramirez con santa rosa..lo hizo por años nuca pidio plata nada mas un pan .como anecdota les puedo contar que una vez vi a don clotario bless conversar con el en la esquina de santa rosa con curico ..don clotario vivia en esa esquina ...yo vivi en santa rosa me crie por esos lugares y nunca me causo miedo .pero les puedo asegurar que su nombre fue juan...

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  2. hola, en la época del mohicano, trabajé 5 años en ese sector, es verdad, nunca pidió dinero y si uno se acercaba se enojaba, jamás ensució las calles con fecas, usaba un tarrito para eso, lo ví en algunas ocasiones. Me causó nostalgia verlo desaparecer, pues eso significó para mi ser adulta y vivir en los recuerdos de un Santiago mejor.

    20-Marzo-2013

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  3. Yo recuerdo, además, que en el sector de San Diego - Paseo Bulnes - Parque Almagro. Había un señor que vivía en un gran cajón con ruedas de rodamiento. El estacionaba su "casa rodante" en una calle corta y tranquila del sector y pasaba la noche. Creo que tenía un perro, pero no estoy seguro. Siempre andaba muy limpio y ordenado. Yo frecuentaba ese barrio por allá por el año 90.

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