miércoles, 9 de julio de 2008

TESTIMONIOS DE LA VIDA DE LOS NIÑOS EN LOS CONVENTILLOS SANTIAGUINOS DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

Niños en un conventillo del sector Brasil, entre Mapocho y Baquedano. Fotografía del Archivo de Chilectra, fechada el 20 de octubre de 1920.
El siguiente relato está tomado de la obra “Niños de Chile”, de Cecilia Urrutia, publicada en la serie “Nosotros los Chilenos” de la Editorial Quimantú, creada por el Gobierno de la Unidad Popular y administrada por el Estado luego de haber expropiado los talleres de la histórica Editorial Zig-Zag, donde fue instalada.
Hijo de un barrio bravo
- Yo soy santiaguino, nacido y criado en el barrio bravo de San Pablo con Maipú, cerca de la Plaza del Roto Chileno. Para qué voy a decir una cosa por otra, me crié a pata pelada, como todos los niños de mi barrio, eran muy pocos los pobres que podían comprar zapatos para sus hijos. Hablando de zapatos, la gente grande usaba bototos entaquillados con palitos, gustaban mucho porque eran crujidores, no ve que los zapatos tenían que notarse…
La Pascua era muy diferente, no había la costumbre de regalar, y menos entre nosotros, que éramos pobres. En la Nochebuena íbamos con mi madre a la iglesia de San Saturnino a hacer una visita al Niño Dios; al otro día, el padre Sandoval, que era muy bueno con los niños, nos convidaba una taza de chocolate y cuatro cinquitos a cada uno.
El 20 de enero era la Fiesta del Roto Chileno; se celebraba mucho esa fiesta. Los preparativos comenzaban en la mañana tempranito: se hacían carreras de ensacados, al palo ensebado y otros entretenimientos; los chiquillos nos metíamos en todo. El “Dieciocho chico” lo celebrábamos en el Polígono, el segundo domingo después del Dieciocho; todos los del barrio partíamos para allá, era una fiesta muy grande esa, puro pueblo…
Pero casi no supe de juegos de niños. A la temprana edad de ocho años me faltó mi padre; era comerciante de la Vega y, le digo la pura verdad, mientras él vivió éramos harto pobres, pero nunca nos faltó qué comer. Mi padre se enfermó de cólera, hubo una gran epidemia por esa época, muchos muertos; ya se había salvado ya, cuando una vecina lo denunció a la Sanidad; se lo llevaron y murió en el lazareto que instalaron detrás del Hospital San José; no nos entregaron el cuerpo.
Por ahí por 1912 comenzó mi lucha por la vida; en mi primera ocupación ganaba 80 centavos, trabajando doce horas diarias como ayudante del maestro baldosista, que en paz descanse, don Alejandro Villasur. Era muy buena persona don Alejandro, pero ¡reentusiasmado para el trago, el pobre! Desde entonces empecé a conocer la vida de la explotación. En la casa éramos seis hermanos, tres hombres y tres mujeres. Mi hermano mayor, que tenía diez años, y yo, ocho, tuvimos que salir a trabajar; mi madre también se sacrificó mucho por nosotros.
En ese tiempo, a mi mamá se le dio por irse a Valparaíso, donde vivimos como por tres años en una pieza en el Cerro Larraín, que nos costaba $ 5.- al mes. Mi hermano y yo hacíamos “pololos” en la caleta de los pescadores, que quedaba donde ahora está la Gobernación Marítima. El pago consistía en dos pescados; vendíamos uno y el otro lo llevábamos a la casa para comer. De ahí, al puerto, donde los estibadores nos regalaban parafina en pasta (con la que fabricábamos velas para vender) y azúcar negra, que venía del Perú.
Tendría unos once años cuando regresamos a Santiago. Me fui a trabajar a una fábrica de puertas y ventanas que había en San Pablo al llegar a Chacabuco. Mi trabajo consistía en acarrear madera y me pagaban $ 1.50 por la jornada de doce horas. Ahí me “cortaron” y encontré ocupación en una fábrica de cigarros, en Santo Domingo con Bulnes. Me tenían para echarles agua con ají a las hojas de tabaco que primero mojaban con bálsamo de papas, ¡mire cómo los hacían!; los llamaban “cigarros solos” y eran el pucho del pobre. Me pagaban un peso al día por las doce horas de trabajo. Bueno, en todas las fábricas la jornada era de doce horas. Debo haber tenido unos catorce años cuando con mi hermano nos fuimos a trabajar a la mina Andacollo, que queda al interior de Curacaví; ahora está abandonada. Empecé como herramientero, acarreador de barrenos; el jornal era de $ 1.20 y trabajábamos en dos turnos; el mío comenzaba a las 6 de la mañana y terminaba a las 6 de la tarde. Por entonces, yo ya tenía inquietudes sobre la explotación que sufríamos los niños y fui conociendo a Recabarren.
Don Oscar Vilches, un auténtico proletario, obrero baldosista, vendedor de pescado, trabajó mucho en su vida hasta que, hace algún tiempo, jubiló en la Dirección de Pavimentación. “Ahora estoy contento –dice- porque sé que la lucha de tantos años no fue perdida y no me he de morir sin ver el socialismo en mi patria”.
La narración de don Oscar, dolorosa dentro de su simplicidad, retrocede la máquina del tiempo al lejano amanecer del siglo, en una evocación de la rigurosa niñez, las duras condiciones que debían soportar los niños proletarios y campesinos nacidos aquel año 1900. Los barrios obreros, los “barrios bajos”, sin luz, sin pavimento, eran sórdidos y tristes; la vida de los niños transcurría sin alicientes entre el fango de la calle y la miseria del conventillo, entregados a su imaginación. Estos conglomerados de piezas, edificadas malamente alrededor de un pasadizo húmedo y oscuro, fueron las primeras habitaciones construidas especialmente para los trabajadores y son la cuna de varias generaciones de hombres y mujeres de nuestro pueblo. Recabarren enjuicia con dureza la existencia de estos antros, diciendo: “El conventillo es una ignominia. Su mantenimiento o su conservación constituyen un delito”.
La infancia en un buen porcentaje de niños chilenos, transcurre en conventillos de esta índole (Fuente imagen y texto: “Niños de Chile”, Cecilia Urrutia, 1972)

Un conventillo del 900 y otro contemporáneo (Fuente imagen y texto: “Niños de Chile”, Cecilia Urrutia, 1972)
Un Conventillo
El año 1910, El Mercurio denunció que, solamente en la ciudad de Santiago, cien mil personas habitaban conventillos “en medio de miasmas ponzoñosos, respirando aires impuros y sufriendo la influencia y el contagio de infecciones y epidemias”. José del Carmen Cepeda, setenta años, obrero jubilado de Ferrocarriles del Estado, recuerda su infancia en un conventillo:
- Debe de haber sido por el año 1910 cuando vivíamos con mis padres en un conventillo de la calle Grajales entre Avenida España Molina. Dormíamos diez personas en una pieza que, yo calculo, no tendría más de 3 metros por 5, con suelo de tierra; en la noche veíamos a los ratones circular por las vigas. La pieza tenía una puerta y ninguna ventana, en pleno día estábamos a oscuras como si fuera de noche. Nosotros éramos los más miserables porque a mi pobre viejo, que en paz descanse, le gustaba el trago como diablo. El conventillo no tenía llave de agua y los niños teníamos que acarrearla en baldes para que mi mamá lavara y cocinara; ella era lavandera.
El conventillo donde me crié tendría unos 15 metros de ancho y una cuadra de fondo, con dos puertas, una para Grajales y otra para Sazié; piezas a lado y lado; era grande, debe de haber tenido unas cuarenta piezas y vivíamos mucha gente, por lo menos unas 300 personas. Era una edificación muy mal hecha; en el invierno se nos mojaban los jergones con las goteras de lluvia que entraba por la puerta. El patio, muy angosto y lleno de artesas, pasaba embarrado, ya fuera por la lluvia o con el agua que botaban las lavanderas.
Tenía quince años cuando comí carne por primera vez; no me gustó, estaba acostumbrado a los fideos y las verduras.
Refiriéndose a la escuela, dice don José del Carmen:
- Eran bien pocos los niños pobres que iban a la escuela, los menos pobres; en el conventillo deben de haber ido unos cinco de toda la caterva que habíamos; la mayoría no teníamos ni ropa; apenas comíamos, ¡cómo podíamos ir a la escuela! Aprendí a leer a los dieciocho años, ya hacía mucho tiempo que trabajaba, pero demoré mucho, ¡era más porro!
Santiago, 1902: cuando los edificios de cal y canto ya desaparecían (Fuente imagen y texto: “Niños de Chile”, Cecilia Urrutia, 1972. Sabemos que la imagen corresponde al último murallón que quedaba del desaparecido Puente de Cal y Canto en el actual barrio Mapocho)
Santiago del 900
La capital, centro geográfico, administrativo y político, era el estómago y el bolsillo del país. A la Vega de Santiago llegaban, desde el Norte y el Sur, los frutos de la tierra, dificultosamente transportados por los escasos ferrocarriles y las carretas con bueyes que, en interminables caravanas, se desplazaban por los terrosos caminos. El dinero producto de la recién adquirida riqueza salitrera, afluía generosamente a los bancos y a los bolsillos de los ricos burgueses, mientras el Fisco se debatía en la pobreza al no recibir los beneficios que le correspondían. Efectivamente, los gobiernos posteriores a la Revolución de 1891 se apresuraron a entregar el salitre al imperialismo inglés, destruyendo así la tarea del Presidente José Manuel Balmaceda, que intentó recuperarlo para Chile. Quedaron paralizadas las obras de bien público; el país se sumergió en la siesta colonial, mientras en el Norte los rapaces extranjeros y los no menos rapaces nacionales se apoderaban de la riqueza que era de todos los chilenos. Las clases que vivían de un sueldo o salario sufrieron agudamente las consecuencias de esta política. El obrero vivía en la mayor miseria y la clase media, formada por pequeños empleados, trataba de ocultar su pobreza y su angustia tras las puertas cerradas de sus casas.
Las condiciones económicas reinantes se reflejaron en el rostro de las ciudades chilenas. Mientras otras capitales, como Buenos Aires, eran hermoseadas con grandes edificios y espaciosas avenidas, la fisonomía de Santiago era la misma de la época colonial; no hay más construcciones del comienzo del siglo que los pretenciosos palacios edificados para los nuevos ricos salitreros.
Permitamos a Oscar Vilches revivir el Santiago de su niñez:
- Allá por 1910, las calles de los barrios eran empedradas, otras tenían adoquines, también había callejones de pura tierra; el alumbrado era con “farolas” de parafina. Mucho después, creo que en 1922, llegó la iluminación a gas. El centro sí que estaba pavimentado con un material parecido al macadam, y alumbrado con gas. En el Mapocho, frente al Mercado, no había pavimento; en el verano se ubicaban ahí carretas de los vendedores de sandía por pedazos, “monos”, les decían, costaba 10 centavos el “mono”; los trabajadores de esos lados se peleaban para refrescarse.
Había dos casas comerciales grandes, la Casa Francesa, en la calle Estado, donde ahora está el Banco Español, y Gath & Chaves, en Estado con Huérfanos. Claro que a esos negocios no íbamos los pobres; comprábamos la ropa en las reventas de la calle San Pablo y en la Recova, cerca de la Estación Central.
Las estaciones están igualitas, aunque en ese tiempo había unas garitas para los “carros de sangre” que les llamaban a los carros con caballos. La Alameda era distinta, más bonita, con un paseo al centro y dos hileras de álamos a los costados; por entre los árboles corrían dos acequias de agua; dos corridas de escaños llegaban hasta la Estación Central.
En el Parque Cousiño se hacían la Parada Militar y la fiesta de los españoles, para el 12 de octubre. Era lindo ver llegar a las españolas, sentadas en sus “victorias”, con esos tremendos peinetones; después se bajaban a pasear y, más tarde, bailaban la jota. Era relindo, oiga, ¡parece que las fiestas de antes eran mejores! El paseo más grande era la Quinta Normal. El Zoológico estaba adentro de la Quinta, en el mismo lugar que ahora ocupa la casa de botellas, ¿la conoce? Los niños nos pasábamos tardes enteras mirando jugar a los monos; que son diablos esos animales, si parece puros cristianos.
En esos años, el Gasómetro lo tenían en la calle Bulnes esquina de Agustinas. En la calle Blanco, en el mismo lugar que ocupa ahora la Escuela de Ingeniería, estaba el Presidio. Había tres cárceles en Santiago; la Penitenciaría de la Avenida Pedro Montt, la Cárcel de Teatinos y el Presidio. Yo trabajaba por ahí cerca y se oía de afuera a los rotos, qué aniñados, oiga, cantando cuecas carcelarias, que les decían:

El presidio de Santiago
es muy penoso
caen ricos y pobres
al calabozo.

1 comentario:

  1. Hola, quisiera saber si estas entrevistas están publicadas en algún libro. Gracias.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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