viernes, 10 de noviembre de 2006

UNA DECENA HISTÓRICA: LA "CASA DE LOS DIEZ" EN AVENIDA SANTA ROSA

La casona hacia los setenta (Fuente imagen: Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional)
Coordenadas: 33°26'46.32"S 70°38'43.60"W
Una extraña conjunción está enclavada en las avenidas Santa Rosa y Tarapacá, señalada por la llamada "Casa de los Diez", en pleno centro de Santiago, a una cuadra y algo más de la Alameda. Para algunos no es más que el punto que indica el momento de doblar hacia el Norte para entrar por Mac Iver. La anomalía se nota de inmediato, sin embargo: algo extraño sucede; algo se quiebra allí... Algo que se ha hecho necesario mantener a pesar de los cambios urbanísticos severos sufridos por el barrio.
Considerando el historial de destrucción y casi saqueo de los edificios de mayor valor cultural y patrimonial en nuestro país, se entiende que, de no ser porque el Consejo de Monumentos Nacionales alcanzó a incluir la casona en la categoría de Monumento Histórico Nacional, muy probablemente la construcción ya habría sido derribada para corregir el acceso de calle Tarapacá hacia el Poniente en este cruce tan importante para las arterias que avanzan o contornean el centro de la capital, liberándola de la anormalidad a la que hacemos referencia. Algo esperable en una ciudad que ya está siendo adaptada no para la ciudadanía ni la calidad de vida, sino a la mera demanda de transportes y sus volúmenes vehiculares.
De hecho, cuando vio la luz el salvador Decreto Nº 976 del 26 de septiembre de 1997 del Ministerio de Educación que le dio este estatus de Monumento Histórico, la "Casa de los Diez" estaba bajo inminente amenaza de demolición para el ensanche de ambas avenidas, a pesar de que ya contaba con la categoría de Inmueble de Conservación Histórica por la Ley General de Urbanismo y Construcción.
La casona en 1997, cuando estaba amenazada con ser destruida y se tramitaba su declaratoria de Monumento Histórico Nacional. Imagen publicada en el diario "La Tercera".
Los capiteles de las columnas, esculpidos por Ried supuestamente representando a los miembros del grupo de "Los 10", según la leyenda. Imagen de 1997 publicada por el diario "La Tercera".
La "Casa de los Diez" se ve imponente desde su entorno. Como el problema mismo que causa en la encrucijada de ambas calles, parece también una anomalía por sí misma: algo que está, pero no debería estar, como las fotografías que registran apariciones de fantasmas o de difuntos que ninguno de los presentes vio al momento de posar y sonreír.
Se trata de una imponente construcción neocolonial, de aire hispánico pero simbologías más bien británicas, de dos pisos y muros exteriores rojos (concho de vino, dirán con más precisión, otros). Su superficie imperfecta parece levantarse en torno a su alta torre, símbolo más visible de la casa a pesar de haber sido agregada en tiempos posteriores a su inauguración. Se la halla ubicada exactamente en la esquina donde la numeración de Santa Rosa es el 179. Antiguas tejas de arcilla la contornean, dando sombra a las gárgolas y algunos extraños grabados sobre las paredes.
Como construcción, quizá la "Casa de los Diez" no tenga el glamour arquitectónico espectacular que ofrecen muchas otras construcciones palaciegas de la capital, incluso algunas cercanas a ese sitio. Sin embargo, la casona arrastra sobre su memoria uno de los capítulos más interesantes del arte nacional, de ese arte verdadero, pesado, consistente, que existió alguna vez en Chile antes de ser desplazado por la imposición de la farandulilla intelectual y el condicionamiento a la impropiamente llamada "cultura de masas".
Hacia principios de siglo, existía en Chile una corriente de artistas absolutamente extranjerizados e imitadores de movimientos cultural y contextualmente muy ajenos a la realidad nacional, algo sólo comparable con el fenómeno similar que se ve en nuestros días, en el rubro del juglar del espectáculo y la televisión, sustituto comercial de la esfera artística de antaño. Era una consecuencia, quizás, del fervor francés y europeísta en general que influía a los pueblos americanos hacia la época del cambio de siglo.
Haciendo gestos de pretender avanzar sobre la intelectualidad y la cultura nacionales, hubo un grupo de artistas y arquitectos chilenos que se levantó contra este caldo agrio y comenzó a reunirse periódicamente, a partir de 1916, tanto para aislarse de tales corrientes internacionalistas del arte como para imponerse como una concepción nativa e introspectiva de lo que consideraban la verdadera o auténtica propuesta artística de Chile, valiéndose del peso de sus propios nombres para fomentar tales instancias de restauración y valoración de las corrientes propias de la cultura chilena y de sus cargas históricas. Su acta fundacional fue "proclamada" del 2 de julio de ese año.
Vista del portón de madera labrada por Ortíz de Zárate.
Vista de las gárgolas del portalón.
La primera reunión del grupo habría tenido lugar, cuando estaban aún sin casa, en la Biblioteca Nacional de Santiago. En la ocasión, Pedro Prado leyó una suerte de manifiesto o proclama, con el título "Somera Iniciación al Jelsé", donde declaraba al mundo lo siguiente, según transcribe José Promis Ojeda en "Testimonios y documentos de la literatura chilena":
“Los Diez no forman ni una secta, ni una institución, ni una sociedad. Carecen de disposiciones establecidas, y no pretenden otra cosa que cultivar el arte con una libertad natural”.
Además, estableció una suerte de perfil, que en cierta forma resumiría la actitud de sus integrantes frente al arte y frente a la vida:
“Es requisito imprescindible para pertenecer a Los Diez estar convencidos de que nosotros no encarnamos la esperanza del mundo; pero (...), debemos observar con prolijidad todo nuevo ser que se cruce en nuestro camino, por si él encarnase esa esperanza, lo que no impide que, después de ese examen, él y nosotros nos riamos con gran pesadumbre y bulliciosa algazara de los continuos engaños que por este motivo nos ocurran”.
Los personajes altamente cotizados por la intelectualidad de la época y que formaban este singular grupo de "Los Diez" (o "Los X") contrario a las mencionadas corrientes europeístas que dominaban la escena chilena, fueron: los escritores Augusto D'Halmar y Eduardo Barrios, el escritor, pintor y arquitecto Pedro Prado, el escritor y pintor Manuel Magallanes Moure, el pintor Juan Francisco González, el arquitecto y pintor Julio Bertrand Vidal, los músicos Acario Cotapos, Alberto García Guerrero y Alfonso Leng, el periodista y crítico literario Armando Donoso, el pintor y tallador Julio Ortiz de Zárate, el escritor y escultor Alberto Ried Silva y el poeta Ernesto A. Guzmán.
Muchos consideran también como directamente vinculado al círculo al arquitecto Fernando Tupper Tocornal, dueño de la casa desde 1911, habitándola con su esposa doña Raquel Vial Vicuña. Él la prestó a la reuniones a sus amigos en este grupo artístico-literario, quienes le devolvieron el favor embelleciéndola con las esculturas y labrados. Por eso Ried hizo el gran portal de piedra que lleva al centro el escudo inglés de armas de la familia del dueño.
Hay un rastro de ambigüedad y contradicciones entre los cronistas e historiadores sobre el período inicial de "Los Diez", sin embargo. Lo cierto es que las primeras reuniones habituales del grupo recién fundado se realizarán en la casa de Prado, líder natural de la hermandad, situada en la antigua calle Mapocho. El escenario era dentro de una torre que tenía aquella casona.
Aunque algunos no estarán de acuerdo con mi impresión, me atrevería a decir que, como en un inicio los integrantes del grupo eran diez, adoptan esta cifra como distintivo de la cofradía intelectual. Sin embargo, la leyenda explica esta situación con una historia según la cual Prado, hacia 1914 y económicamente aproblemado, comenzó a trabajar con el arquitecto Julio Bertrand, quien le preguntó si existían más hombres "como él", en cuanto a talento, fecundidad y estilo. Prado le respondió que "unos diez", refiriéndose a estos amigos y originando con ello un buen nombre para la fraternidad, cuando decidieron reunirse y conocerse todos antes de la primera reunión "oficial" de la Biblioteca Nacional y las que siguieron en Mapocho.
Respecto de esto último, vale señalar que muchos autores y fuentes cometen el error de definir en este número como la cantidad de integrantes permanentes del club, como si no advirtieran al momento de mencionar la nómina de miembros que ésta excede las diez cabezas... Llegaron a ser 11 en sus inicios, 13 contándolos a todos hacia el final y 14 si incluimos al dueño de la casa de Santa Rosa.
Si bien la mejor y más influyente época del grupo fue hasta 1918, aproximadamente en agosto del año anterior se publicó "Pobrecitas" de Armando Moock, que parece ser el último trabajo editorial auspiciado por "Los Diez". Esto fue anunciado por muchos como el final de las actividades de la cofradía artística. Así lo creyó, por ejemplo, Nathanael Yáñez Silva, a través de un artículo periodístico. En respuesta, sin embargo, Magallanes Moure le envió una dura carta espetando lo siguiente, según informa Soledad Reyes del Villar en "Chile en 1910: una mirada cultural en su centenario":
"Los Diez no son una institución formada más o menos artificialmente, ni una sociedad cuyos miembros estén amarrados por algún nudo reglamentario, de esos que una vez que se cortan o que se desatan, producen el desparramamiento (...) Nuestra unión tiene una más firme atadura: nos unen el arte y la amistad. No tenemos obligaciones que llenar ni compromisos que cumplir; nos acerca el placer de estar juntos".
Los escritos señalan que, sólo hacia 1922, estos artistas rebeldes se trasladan a la casa de Tupper Tocornal, el amigo del grupo aunque un poco más apartado de las disciplinas creativas del resto de los miembros, pero de todos modos comprometido con las líneas de arte, expresión y literatura netamente chilena. Su mansión de Santa Rosa con Tarapacá pasa a ser la "Casa de los Diez", como quedará apodada desde entonces y para siempre. Aunque he leído que las primeras etapas de este inmueble databa de un período entre fines de la Colonia y el 1850, la casona propiamente tal data más o menos del período del Primer Centenario (1911 dicen unas fuentes, 1916 dicen otras). Veremos que una serie de modificaciones e intervenciones le comenzarán a ser practicadas de inmediato, cuando se volvió la sede del club.
Para habilitarla a los nuevos efectos, Tupper había solicitado a Ried y a Ortiz de Zárate, ambos escultores y artistas eximios, que la decoraran con un aspecto clásico, tipo románico o incluso gótico, y con algunas simbologías que no dejan de ser intrigantes a los aficionados a la semiología esotérica. Lo hicieron de manera virtuosa: Ried tomó la tarea de esculpir en granito la totalidad de los capiteles que adornan columnas del patio, cuyo número ha dado también otra línea menos popular y menos lírica de explicación imprecisa para el curioso nombre de la "Casa de los Diez", aunque existe evidencia del uso de este nombre para denominar el grupo ya desde varios años antes de trasladarse a la casona. Hay gárgolas, aves y otras figuras en estos capiteles y también en el exterior, en la fachada, una a cada lado de la entrada. Ortiz de Zárate, por su parte, diseñó y labró en cedro la magnífica puerta principal del recinto, toda una obra maestra que cautiva hasta al visitante más parco.
Adicionalmente, Prado proyectó el aspecto de las rejas de fierro forjado que dan hacia el lado de Santa Rosa, en la entrada principal de la casona, una de las piezas más interesantes del conjunto. De una manera u otra, todos los miembros del club terminaron haciendo su parte para volver a crear el lugar, fieles a su concepción "nacionalista" y profunda del arte chileno que representaban.
No estoy seguro de si la torre de la casa de Prado en Mapocho había sido un símbolo demasiado importante en el grupo como para esperar que renunciaran a él, pero parece sospechoso que, mientras habilitaban la casona de Tupper Tocornal para trasladarse definitivamente, contrataran al arquitecto alemán Rodolfo Brunning para que construyera allí también una torre -según una creencia con su colega Bertrand-, correspondiente al alto observatorio que señala el punto más alto de la casona, a 19 metros de altura, visible a cierta distancia. Ellos lo apodaron como "El Faro del Espíritu". Es un lugar que da vértigo sólo con mirar desde adentro y que no se encuentra precisamente en un estado que inspire calma al curioso que la escale. En el período de remodelaciones entre 1922 y 1924, además, se completó también parte de un segundo piso de la propiedad.
Uno de los años de mayor actividad del grupo en la "Casa de los Diez" parece ser 1924, cuando experimenta un notorio regreso a la actividad más prolífica. No sabemos qué ocurre después con la cofradía, sin embargo, porque la casa figura vendida en 1927 ó 1928 por Tupper Tocornal a su amigo Alfredo García Burr, aunque según otras fuentes, esto sucedió en 1935. García Burr era un controvertido anticuario de la época, y la compró con un crédito bancario mudándose a vivir en ella con su numerosa familia.
Al parecer, la ocupación de este grupo de artistas en la casa terminó siendo un poco efímera: aunque quisieron elegirla como su sede de cohesión y espíritu, da la impresión de que, en la práctica, "Los Diez" ya se estaban dispersando desde poco antes que la abandonaran. Se sabe que García Burr se comprometió a mantener la memoria de ellos allí en la casa, quedando su viuda y sus hijos en propiedad de la misma cuando estuvo cerca de ser demolida en 1997, siendo salvada por la mencionada declaratoria de Monumento Histórico Nacional de ese año.
A pesar de todo, entonces, la "Casa de los Diez" sigue alzada cual enclave testimonial de algo insólito en nuestra historia, como fue el episodio de la rebelión artística de estos insurrectos de la cultura localista. Dicen que algunas tentaciones nuevas por destruirla han habido desde entonces. Desde hace algunos años fue puesta en venta y con algunos proyectos interesantes de recuperación, pero nada se ha concretado aún.
Ojala que quienes siguen practicando las pésimas costumbres nacionales de orinar todo lo que esté por sobre el metro de altura en la calle o de rayar con spray símbolos incomprensibles desde su subconsciente en sus muros, se tomaran alguna vez el trabajo de leer las placas que señalan en lugar contra el que atentan. No será una garantía para detenerlos, pero quizá sirva para hacer sentir algún remordimiento por lesionar la memoria del que fuera el santuario de "Los Diez".

9 comentarios:

  1. Hace poco me mordió el bicho de la curiosidad y toqué el timbre de la Casa de Los Diez. Me atendió su actual dueño, un hombre de mediana edad cuyo nombre me reservo, y junto con darme un mini-tour por el patio central con sus hermosas columnas y admirar el magnífico portón de madera, me dijo que, en realidad, la casa actualmente representaba un "cacho" para él, puesto que, al tener la categoría de Monumento Histórico, no se le puede hacer modificaciones estructurales y otros detalles técnicos. ¿Conoce Ud., maese Criss, los reales alcances de esta famosa ley de Monumentos? Porque, está muy bien que pueda rescatar estos hitos arquitectónicos de la rapiña inmobiliaria público-privada, pero si esto significa también condenar un edificio a una agonía lenta y vergonzosa, ¿qué sentido tiene? Vamos a terminar con todos los edificios de este blog como está actualmente el Palacio Pereira (en San Martín esquina Moneda). Esta visita fue justo después del terremoto del 27-F, y cuando esperaba mi turno para ocupar una cabina en un Centro de Llamados peruano que hay al frente de la Casa, por calle Tarapacá, una señora vecina del sector le comentaba a otra, repecto a la torre de la Casa de Los Diez: "Podría haberse caído también esa porquería de torre fea". Puf, hay tanto por hacer, Criss...

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  2. Mire estimado, le contaré que un propietario de otro edificio "monumento" me comentó una vez que la plata que se le aporta por este concepto "no alcanza ni para la pintura"... Acá vivimos con una crisis de miseria con lo del financiamiento: siempre pobres, siempre ofreciendo sólo chauchas, por una cuestión cultural que nos hace sentirnos aún en la miseria... Sin embargo (y aunque me echaré gente encima por decir esto) me consta que la plata abunda cuando se trata de pasarla a organismos, museos o instituciones culturales de acervo político o con ciertos discursos históricos en particular. También es por una cuestión de (in)cultura.

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  3. Gracias por el aporte que hacen. Imagino y siento que este tipo de lugares y en general todo el Patrimonio cultural de la nación termina conformando nuestro spiritu como pueblo y nacion chilena....
    Hoy cuando nos vemos entregados al mercado, resueltamente dimensionado solo por el arte de la matriceria de monedas y billetes, creo es inpresindible rescatar el alma nacional grbada en estos lugares para poder conservar nuestra memoria y proyectarla al futuro.
    Les consulto, ¿Existe alguna instancia de participación o colaboracion en de rescate patrimonial?
    Garcias nuevamente por estos aportes y tratare de seguirlos con alguna frecuencia.

    Atte. Alfonso.

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  4. Está la venta el patrimonio de la cultura chilena

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  5. Acabo de fotografiarla hoy y...efectivamente está a la venta.
    Cruzando Tarapacá existe otro inmueble antiguo (en toda la esquina) que está en paupérrimas condiciones.
    Saludos!

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  6. alguien sabe como ubicar al dueño ? Un teléfono ? Vive en la casa ?
    MI CELULAR : 90200133
    GRACIAS

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  7. Para más información de la Casa de Los Diez, contactar vía e-mail a info@casadelosdiez.cl

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  8. Julio Bertrand murió en 1918. Dificil que proyectara la torre en 1922.

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    Respuestas
    1. Precisamente por eso dice en el texto que se trataría de otras de las varias leyendas que rondaron a la casa y particularmente al grupo de Los 10.

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