viernes, 26 de mayo de 2017

LA PRIMERA ETAPA DE LA EXPEDICIÓN DE VALDIVIA A CHILE (1538-1540) Y LAS VARIAS VECES EN QUE CASI NAUFRAGÓ SU PROYECTO

Cuadro de don Pedro de Valdivia obsequiado por la Reina Isabel II de España, en 1854, a la Municipalidad de Santiago. Autor: F. L. Mandiola.
No soy de los que se entretiene especulando con el concepto del "qué habría sucedido si..." en temas de historia, algo criticado y ridiculizado por el propio Voltaire en algún momento, pero no deja de ser interesante verificar las dificultades que tuvo Pedro de Valdivia para concretar su expedición conquistadora a Chile, incluyendo intentos de asesinato por parte sus propios hombres, y todas las veces que logró sacar adelante su plan a pesar de que cada señal del destino le invitaba a desistir y devolverse sobre sus pasos.
De alguna manera, la empresa de conquista de Valdivia prácticamente fue sacada adelante con todo en contra, merced únicamente a su porfiada obstinación, que a veces -varias, en verdad- le llevó a actuar sin medir costos ni consecuencias, seducido por los objetivos de una misión autoimpuesta.
Como se recordará, la Batalla de las Salinas había tenido lugar el 6 de abril de 1538. En esta contienda, en la que Pedro de Valdivia se desempeño admirablemente como cuartel maestre de Francisco Pizarro, los Pizarro lograron derrotar a Diego de Almagro cuando recién retornaba desde su exploración en Chile, tomando el control de la disputada ciudad del Cuzco y dirigiendo desde allí el resto de proceso de conquista de Perú. Almagro fue vilmente ejecutado después, el 8 de julio, suplicando por su vida y rogando misericordia en vano.
Ese mismo día en que se citaría con la muerte, intentando lograr la protección real para su hijo antes de arrebatársele la existencia, Almagro firmó un codicilo, documento testamentario donde legaba todos sus bienes a Carlos V. Fueron testigos de este trámite con su última voluntad cuatro religiosos, el conquistador Alonso de Toro y el propio capitán Valdivia.
Nacido en 1497 en Villanueva de la Serena, en la Extremadura, don Pedro iba a ser quien retomaría el proyecto de avance hacia Chile, curiosamente, que en principio perteneciera al ejecutado.
Escudo familiar de don Pedro de Valdivia, dibujado por el artista gráfico Luis F. Rojas para el "Diccionario biográfico colonial de Chile" de José Toribio Medina (Imprenta Elzeviriana, Santiago, Chile, 1906).
VALDIVIA LOGRA LA AUTORIZACIÓN PARA IR A CHILE Y ENFRENTA UN PRIMER PROBLEMA: EL FINANCIAMIENTO
Después de celebrar su victoria en el Cuzco, Pizarro se había llenado de solicitudes de otros militares decididos a completar el avance hacia  el resto del Imperio Inca, pero nadie había pedido una autorización parecida para con el caso de las tierras del Sur, Chile, ese paisaje desdeñado tan misterioso, desconocido, temido y del que sólo se sabía de dificultades y escaseces extremas.
A la sazón, el desempeño de Valdivia en la batalla ya le había hecho ganarse la confianza y la deuda, recibiendo por sus méritos la encomienda del rico Valle de la Canela (posteriormente repartido entre tres encomenderos que hicieron fortuna con él) y una valiosa mina de Porco. En vez de vivir de esta holgura y comodidad, sin embargo, el capitán fue el único que solicitó a Pizarro permiso para expedicionar en el Sur, para sorpresa suya. De hecho, debió insistir varias veces en su intención, hasta lograr autorización.
Por fin, en abril de 1539, su perseverancia se vio respondida al recibir el título de teniente de gobernador con el permiso correspondiente. Así describe Alonso de Góngora y Marmolejo esta situación, en su "Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año de 1575":
"Y así, después de sosegadas las discordias del Pirú, pareciéronle a Valdivia, aunque Francisco Pizarro le diese de comer como en efecto se lo daba, no había de ser más de un vecino particular, como hombre que tenía los pensamientos grandes, hallando aparejo para que hubiese efecto su pretensión por la obligación en que le había puesto, trató con Francisco Pizarro, que como su capitán y en nombre suyo le enviase con gente a poblar la tierra de Chille; entendiendo que puesto en ella, cualquiera que al Pirú viniese le conformaría el gobierno de aquel reino, o todo faltando, lo negociaría con su Majestad. Francisco Pizarro le quiso pagar y agradecer lo que le había servido en el Pirú; pues lo que le pedía no era cosa que a él paraba perjuicio, antes acrecentaba su imperio, le respondió y dijo: que se holgaba darle contento en todo lo que él quisiere. Concertados de esta manera, le dio comisión para que como su capitán hiciese gente y se fuese cuando quisiese".
El instrumento jurídico al que se aferró Valdivia para dar inicio a su empresa, fue el de la Real Cédula de 1537, que le otorgaba facultades para continuar la conquista de la capitulación de Nueva Toledo (una de las cuatro distribuciones administrativas creadas por Carlos V en 1534)  en caso de morir Almagro, como había sucedido.
Sin embargo, los problemas de su osada determinación recién comenzarían para él.
No bien recibió la autorización, Valdivia puso su esfuerzo en preparar los pertrechos y las provisiones del viaje. Como la disposición de Pizarro no incluía apoyo logístico de ninguna especie, Valdivia recordaría más tarde que "me adeudé por lo poco que hallé prestado, demás de lo que al presente yo tenía". Y dice al respecto, Diego Barros Arana en su "Historia General de Chile":
"Los recursos de que podía disponer Valdivia, contando con lo que obtuvo en préstamo bajo pesadas condiciones, no pasaban de nueve mil pesos de oro, y esa suma se agotó muy pronto. Aunque los caballos, las armas y la ropa comenzaban a tener un precio más bajo que el de los primeros días de la Conquista, eran todavía tan costosos que la empresa estuvo a punto de fracasar por falta de dinero".
Así las cosas, a poco de empezar, notó que estaba totalmente solo en estos propósitos y que haber convencido a Pizarro era sólo el primer problema: ahora debía reclutar a los abastecedores y acompañantes, para lo que necesitaba recursos. Sin embargo, al abandonar su encomienda para seguir con este proyecto y carecer de respaldo, se le cerraron todas las posibilidades de acceder a buen crédito: los escasos $15.000 que había logrado reunir en total con préstamos y recursos propios, apenas le habían alcanzado sólo para los primeros gastos. No pocos llegaron a pensar que Valdivia deliraba con sus decisiones precipitadas e insensatas, dilapidando dinero en una quimera.
Tras meses de angustia, estaba por fracasar el plan de expedición cuando, providencialmente, aparece en escena el comerciante y prestamista español Francisco Martínez, quien acababa de regresar desde Europa con un cargamento de esclavos negros, herrajes, ropajes, armas y caballos. Poniendo a pruebas sus dotes de negociador ante el mercader, Valdivia logró convencerlo de sumarse en su proyecto, y así se proveyó también de semillas, animales de corral y herramientas para completar su sueño obsesivo.
Martínez se comprometió a aportarle $9.827 en mercadería cuyo precio fue arbitrariamente fijado por el propio comerciante, el 10 de octubre de 1539. Sin embargo, cuando se constituyó la sociedad contractual entre ambos, los árbitros Diego García de Villalón y Antonio de Galiano tasaron la mercadería en sólo $5.000, estableciéndose que Martínez recibiría por ella la mitad de las utilidades que se produjera con la expedición de Valdivia en Chile o la Nueva Extremadura, como le llamaría el Conquistador.
El primer gran escollo del proyecto de Conquista de Chile, fue resuelto de esta singular manera.
El Cuzco, Perú. Grabado de 1153, de Pedro de Cieza.
TERCER PROBLEMA A LA VISTA: LA FALTA DE RECURSO HUMANO
Nada fácil seguía siendo el desafío de sacar adelante su plan que, según diría después el propio Valdivia, lo tenía motivado "para dejar memoria y fama de sí", como principal propósito.
El pesimismo se justificaba de sobra, considerando el resabio amargo que había dejado la fracasada experiencia de Almagro por aquellas mismas tierras a las que pretendía avanzar. Además, el acaudalado Almagro había contado con muchísimas más garantías de riqueza disponible y hombres, que sumaban más de 500.
De esta manera, como todos coincidían en creer que era casi un suicidio partir hacia el Sur con los pocos recursos y aventureros de los que se había hecho, el segundo gran problema de Valdivia fue arreglárselas para reclutar hombres suficientes en su temible y peligrosa travesía. Ni siquiera los derrotados almagristas, que habían caído en la miseria y pasaban más de un año ya penurias, accedieron a participar de la propuesta tan personal, a pesar de las esperanzas que Valdivia había colocado en ellos.
Los meses que siguieron, entonces, hasta la llegada del verano austral, fueron para Valdivia una extenuante y afligida búsqueda de hombres que lo acompañasen en este viaje, debiendo consultarlos de a uno con admirable paciencia y esmero, sintiendo encima la amenaza del fracaso durante todo este período. Algunos hombres que habían formado parte ya del fallido pero mucho mejor provisto intento de Almagro, como fray Antonio Rendón y el soldado Juan Ruiz Tobillo, se negaron rotundamente a participar de este nuevo viaje, aunque el último accedió después a alcanzar la caravana en otro grupo.
A duras penas, entonces, logró reunir cerca de diez valientes, suficientes para el empeño y la determinación que llevaba por principal motivación para asumir los riesgos y las apuestas de esta empresa.
Muchos cronistas coloniales como Mariño de Lovera o Góngora y Marmolejo, e historiadores clásicos como Barros Arana y Vicuña Mackenna, comulgaron con la idea de que Valdivia salió del Cuzco con los 150 hombres que llegaría al Valle del Mapocho. Pero veremos que estos datos debieron ser revisados radicalmente, en especial después que José Toribio Medina transcribiera y publicara información novedosa en su célebre "Colección de documentos inéditos para la Historia de Chile", aparecidos en volúmenes a partir de 1888.
Firme entre aquellos soldados suscritos al proyecto, estaba la única mujer, fuera de las yanaconas: doña Inés de Suárez, concubina de Valdivia, quien decidió unirse a la expedición únicamente empujada por el lazo emocional con él, debiendo el conquistador solicitar una autorización especial de Pizarro por carta en la que, para evitar el escrutinio moralista de la Iglesia, se justificaba su participación realizando labores como sirviente doméstica.
Itinerario de Pedro de Valdivia y sus hombres, desde el Cuzco hasta Santiago de Chile. Imagen basada en Thayer Ojeda / Encina-Castedo.
UN NUEVO INCONVENIENTE LLAMADO PERO SANCHO DE LA HOZ. LA PARTIDA DE LA EXPEDICIÓN
Valdivia creía resueltos ya todos los problemas que debió sortear el inicio de su expedición, cuando llegó de vuelta a Perú el antiguo secretario, escribano general y cronista por encargo de Pizarro, Pero Sancho de la Hoz, hombre de cierta influencia y enormes ambiciones. Regresaba desde España ya sin la fortuna con la que había marchado pocos años antes, tras sus servicios en el Nuevo Mundo.
A mayor abundamiento, el controvertido personaje había partido desde suelo americano con 50 mil ducados que le correspondían del botín tomado por los hispanos en el incumplido rescate del Emperador Atahualpa y de otras grandes riquezas de oro que había conseguido del destruido corazón del Imperio Inca.
Ostentando esta fortuna, Sancho de la Hoz casó en España con una modesta dama llamada Guiomar de Aragón, que a pesar de pertenecer a una familia empobrecida ostentaba algunos títulos y prestigios útiles a las altanerías de su esposo. A pesar de su gran cultura y educación, sin embargo, se había dado una vida de comodidades y ocios, con la que no tardó en dilapidar todos sus recursos, por lo que en dos o tres años estaba ya como al principio, arruinado y rogando a Su Majestad el Rey que le concediese una provisión para volver a Perú. Su cercanía a Pizarro ya le había abierto las puertas de la Corte de Madrid y la confianza de muchas autoridades de la Península, recibiendo algunas mercedes y usando -para subirse el perfil- el apellido "De Hoz" y "De la Hoz", que hasta algunos pocos años antes no utilizaba.
Tras sus ruegos e insistencias, Sancho de la Hoz consiguió del soberano un nombramiento como gobernador de las nuevas tierras que fuese descubriendo y que no estuviesen consideradas ya dentro de las correspondientes a Diego de Almagro, Pedro de Mendoza y Francisco de Camargo, este último en sucesión de Simón de Alcazaba, que había perecido asesinado por sus propios hombres durante la exploración de la Patagonia Oriental, en el actual sector de la provincia del Chubut.
Autores como Barros Arana y más tarde Francisco A. Encina, interpretan que la autorización que llevaba Sancho de la Hoz, no le daba facultades para conquistar el territorio chileno repartido entre las capitulaciones que pertenecían al finado Almagro y los otros dos nombrados. Sin embargo, en el estado de urgencias en que se encontraba, no iba a dejar pasar la oportunidad de obtener la mayor cantidad de beneficios que le fuese posible a sus provisiones y autoridad. Y es así que dice otro autor, Aurelio Díaz Meza, que la cédula real que se le concedió a Sancho de la Hoz, lo declaraba Gobernador y Capitán General del siguiente territorio:
"...en las partes de la costa del Mar del Sur donde tienen sus gobernaciones el Marqués don Francisco Pizarro y don Diego de Almagro... Hasta el Estrecho de Magallanes y tierra que está de otra parte de él y en las islas que descubriéredes de ida o de vuelta y por doquiera que fuéredes a hacer el dicho descubrimiento, así por mar como por tierra".
El caso es que, cuando llegó al Callao desde España a bordo de la "San Cristóbal" produciendo gran noticia entre los residentes y armado de sus pergaminos y su hambre de riqueza, Sancho de la Hoz se encontró con el balde de agua fría: Valdivia preparándose para ir a los territorios que creía reservados para sí.
Empero, tuvo la suerte de hallar un Pizarro bastante maleable y predispuesto a complacer a su ex secretario, quizás temiendo que el Rey no aceptara una desobediencia o bien que estuviese probando lealtades después de la nada decorosa muerte de Almagro. Sancho de la Hoz, de alguna forma, estaba sometido ya directamente a la voluntad del Rey, no pasando por Pizarro, estatus que le dio bastante de su inicial reconocimiento social en Perú.
De este modo, Pizarro accedió a la idea de obligar a incluir al recién llegado en la sociedad de Valdivia y Martínez, viéndose así en una forzada situación de cumplimiento de las disposiciones del monarca sin pasar por encima de los compromisos contraídos ya con su capitán. Todo esto decidido sin participación de Valdivia, por supuesto, que se encontraba fuera del Cuzco preparando su viaje, acompañado por su criado Luis de Cartagena, quien había sido provisto ya por un escribano de la categoría de secretario del teniente de gobernador.
Pero el convidado de piedra no tenía nada para aportar a la sociedad, en aquel momento. Para poder asegurar su ingreso al proyecto, entonces, en el escrito formal se comprometió en conseguir dos navíos con las cargas necesarias para la expedición, además de caballos y corazas, dándose un plazo de cuatro meses para cumplimiento de su parte. A pesar de que el original se habría perdido (algunos creen que destruido después por el propio Valdivia), dicho documento decía según Díaz Meza, algo como lo que sigue:
"En la ciudad del Cuzco, a 28 días de diciembre de 1539 años, estando en las casas del Marqués don Francisco Pizarro, en la sala de su comer, se concertaron Pero Sancho de Hoz y Pedro de Valdivia... e yo, Pero Santo de Hoz, digo: iré a la ciudad de los Reyes e de ella os traeré 50 caballos o yeguas; y más digo: que traeré dos navíos cargados de las cosas necesarias que se requieren para la dicha armada; e más digo: que traeré doscientos pares de coracinas (nota: 20 corazas, en otras versiones) para que se den a la gente que vos, el dicho Capitán Pedro de Valdivia, tuviéredes, todo lo cual, como dicho es, digo que lo cumpliré dentro de los cuatro meses primeros siguientes; e yo el dicho Capitán Pedro de Valdivia digo: que por mejor servir a Su Majestad en la dicha jornada que tengo comenzada, que acepto dicha compañía... siempre que vos el dicho Pero Sancho de Hoz cumpláis lo por vos dicho e aquí contenido, e firmámoslo de nuestros nombres".
Es casi seguro que Valdivia aceptó de mala gana este nuevo contrato, después de ser informado del cambio en su casa que funcionaba como cuartel de enganche. Lo hizo sólo para salvar su empresa y con la idea de excluir a Sancho de la Hoz no bien se le presentase ocasión, de la misma manera que Sancho de la Hoz razonaba con respecto a su obligado socio. Lo cree también así Barros Arana:
"Aunque Valdivia necesitara los artículos que su socio debía aportar a la compañía, este contrato que venía a restringir sus poderes y a menoscabar las probables utilidades de la empresa, era una gran contrariedad. Otro hombre de menos resolución que la suya, sobre todo tratándose de una conquista tan desacreditada como la de Chile, habría renunciado a llevarla a cabo. Valdivia, sin embargo, no se desalentó un solo instante. Era sobradamente sagaz para no conocer en qué venían a parar en las Indias estos contratos de sociedad para hacer conquistas. Valdivia había podido comprender que el socio que le imponía Pizarro no sería un obstáculo a sus proyectos, y que, de un modo u otro, lograría apartarlo en breve de la compañía, para constituirse en jefe único de la empresa. La confianza en su propia superioridad fue, sin duda, la columna que lo sostuvo firme e inquebrantable en esta prueba, en que un hombre de menos prudencia se habría dejado abatir renunciando a toda participación en la campaña que no podía dirigir como exclusivo jefe".
Ocho días más tarde, Sancho de la Hoz partía hacia Lima para adquirir lo comprometido -deber que, finalmente, no cumplió- y Pedro de Valdivia iniciaba su tortuoso pero sorprendente viaje hacia Chile, que duraría once sacrificados meses.
Por fin, a principios del año 1540 y mientras se esperaba que Sancho de la Hoz consiguiese lo comprometido, Valdivia había podido salir del Cuzco. Partieron el día 20 de enero según consigna el cronista José Pérez García, hacia el primer tramo con festino a Oropeza. Años después, Valdivia le escribía al emperador recordando su salida desde la ciudad:
"Por enero del año de cuarenta salí del Cuzco para seguir mi viaje, no con tanto aparejo como era menester, pero con el ánimo que sobraba a los trabajos que se podrían pasar y pasaron por el camino; por ser el que vuestra merced sabe  despoblado e con indios no domados, antes muy desvergonzados y animados contra los cristianos por lo creer que sus fuerzas fueron causa para costreñir los primeros que acá vinieron a dar vuelta".
Los hombres comenzaron su viaje ante la atención de los locales en ceremoniosa despedida, donde estuvieron presentes Pizarro, su teniente y secretario Picado, el Padre Gonzalo Fernández y frailes dominicos como el propio Rendón, el encomendero Lucas Martínez Vegazo, el acaudalado vecino Diego Resavio, entre muchos otros. Iban sólo 11 a 13 hombres de armas, según autores como Crescente Errázuriz o Thayer Ojeda, a los que había logrado reunirse en los ocho arduos meses, además de 900 a 1.000 indios yanaconas auxiliares, animales de corral  y víveres.
Pero las dificultades estaban lejos de haber terminado, otra vez.
La estatua ecuestre de don Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas de Santiago, antes de ser volteada mirando hacia el poniente en 1999. Originalmente dispuesta en la salida Norte del Cerro Santa Lucía, esta obra pertenece al escultor Enrique Pérez Comendador y fue obsequiada por la colonia española en Chile, al cumplirse 150 años de la Independencia. Fue inaugurada en 1963 y trasladada a la Plaza de Armas en 1966.
OTRO PROBLEMA: LA FALTA DE SOLDADOS EN RUTA. UN INESPERADO SALVAVIDAS LE LLEGA AL PROYECTO
Reclutando algunos españoles más en caseríos y aldeas de la ruta, el grupo en marcha llegó a contar con 24 soldados tras salir del Cuzco. Valdivia tenía la esperanza de poder hallar otros interesados en el camino, especialmente entre los restos de las expediciones a los territorios chunchos, chiriguanos y moxos del Alto Perú.
La expedición de Valdivia no contaba con todos los elementos que había tomado por necesarios, según la revisada confesión suya, pero de todos modos la determinación de los hombres era suficiente para salir con ella por la misma ruta que Almagro había tomado de vuelta a Perú a través del desierto de Atacama, siguiendo en su caso la recomendación de Calvo de Barrientos, español residente en el sector de Aconcagua, quien junto a don  Antón Cerrada de las localidades junto al estero Conchalí, fueron los primeros europeos residentes en territorio chileno, aceptados por comunidades indígenas locales.
Sin embargo, los hombres que Valdivia había logrado reunir al salir y durante la primera parte de su camino, habrían de bajar a 20 en pocos días. Su maestre de campo y delegado inmediato en cuestiones militares, el veedor y factor real Alvar Gómez de Almagro, había muerto después de salir con él desde el Cuzco. A pesar de ser consanguíneo del asesinado Almagro, Gómez era muy leal a Valdivia, al punto de que había tomado con casi trágico malestar la noticia de la integración de Sancho de la Hoz a la sociedad, disputándole el liderazgo a su superior. Falleció en la segunda o tercera jornada del Cuzco, casi como presagio de las nuevas dificultades que se venían encima. Fue la primera pérdida humana del grupo, además.
Entrando en detalles sobre su trágico deceso, Alvar se había desvanecido en el camino de Quijicaña a Cheucape, cayendo pesadamente desde la altura de su caballo y golpeando su cabeza y cuerpo contra el suelo. Inés de Suárez intentó darle los auxilios que conocía, pero todo fue en vano, falleciendo tres horas después del accidente. Empero, su hijo Juan Gómez, alguacil mayor y protagonista de una idílica aventura amorosa con la princesa inca Collca (bautizada como cristiana con el nombre Cecilia), continuó en la expedición.
NÓMINA DE LOS 136 ESPAÑOLES QUE SALIERON EN LA EXPEDICIÓN DE 1540 DESDE ATACAMA Y LLEGARON A COPIAPÓ:
  1. Vicente Placencia
  2. Francisco de Aguirre
  3. Juan Almonacid
  4. Pero Alonso
  5. Juan Álvarez
  6. Rodrigo de Araya
  7. Francisco de Arteaga
  8. Juan de Ávalos Jofré
  9. Lope de Ayala
  10. Santiago de Azoca
  11. Juan Benítez Monge
  12. Juan Bohón
  13. Juan de Bolaños
  14. Juan de Cabrera
  15. Alonso del Campo
  16. Juan Martín de Candia
  17. Juan de Carmona
  18. Alonso Caro
  19. Luis de Cartagena (criado y secretario)
  20. Francisco Carretero
  21. Antonio Carrillo
  22. Gaspar de las Casas
  23. Martín de Castro
  24. Diego de Céspedes
  25. Pedro de Cisternas
  26. Alonso de Córdoba
  27. Juan Crespo
  28. Gabriel de la Cruz
  29. Juan de Cuevas Bustillos y Terán
  30. Juan de Chávez
  31. Alonso de Chinchilla
  32. Diego Delgado
  33. Antonio Díaz de Rivera
  34. Bartolomé Díaz
  35. García Díaz de Castro
  36. Mateo Diez
  37. Pedro Domínguez
  38. Pero Esteban del Manzano
  39. Juan Fernández de Alderete
  40. Bartolomé Flores
  41. Juan de Funes
  42. Juan Galaz
  43. Francisco Galdames
  44. Juan Gallegos de Rubias
  45. Pedro de Gamboa (alarife)
  46. Ruy García
  47. Diego García de Cáceres
  48. Gerardo Gil
  49. Juan Godíñez
  50. Juan Gómez de Almagro
  51. Pedro Gómez de las Montañas
  52. Juan Gómez de Yébenes
  53. Juan González
  54. Pedro González de Utrera
  55. Rodrigo González de Marmolejo (clérigo)
  56. Juan Gutiérrez
  57. García Hernández
  58. Francisco Hernández Gallego
  59. Juan de Herrera
  60. Pedro de Herrera
  61. Antón Hidalgo
  62. Juan de la Higuera
  63. Martín de Ibarrola
  64. Pascual Jenovés
  65. Juan Jiménez
  66. Ortún Jiménez de Vertendona
  67. Juan Jufré
  68. Lope de Landa
  69. Francisco de León
  70. Pedro de León
  71. Juan Lobo (clérigo)
  72. Bartolomé Márquez
  73. Bernal Martínez
  74. Pero Martín Parras
  75. Pedro de Miranda
  76. Alonso de Monroy
  77. Alonso Moreno
  78. Salvador de Montoya
  79. Bartolomé Muñoz
  80. Juan Navarro
  81. Juan Negrete
  82. Alvar Núñez
  83. Diego Núñez
  84. Francisco Núñez
  85. Lorenzo Núñez
  86. Juan Núñez de Castro
  87. Olea (primer soldado caído)
  88. Juan de Oliva
  89. Domingo de Oribe
  90. Diego de Oro
  91. Juan Ortiz de Pacheco
  92. Martín de Ortuño
  93. Juan Pacheco
  94. Antonio de Pastrana
  95. Luis de la Peña
  96. Alonso Pérez
  97. Diego Pérez (clérigo)
  98. Santiago Pérez
  99. Juan Pinel
  100. Francisco Ponce de León (primer "Don")
  101. Rodrigo de Quiroga
  102. Francisco de Rabdona
  103. Juan Rasquido
  104. Francisco de Riberos
  105. Gonzalo de los Ríos
  106. Francisco Rodríguez
  107. Juan Romero
  108. Juan Ruiz Tobillo (primer ejecutado)
  109. Gabriel de Salazar
  110. Alonso de Salguero
  111. Alonso Sánchez
  112. Rodrigo Sánchez
  113. Diego Sánchez de Morales
  114. Pero Sancho de la Hoz
  115. Martín de Solier (segundo "Don")
  116. Inés de Suárez (pareja de Valdivia)
  117. Antonio Tarabajano
  118. Luis Ternero
  119. Luis de Toledo
  120. Hernando de la Torre
  121. Antonio de Ulloa
  122. Francisco de Vadillo
  123. Pedro de Valdivia (capitán)
  124. Juan Valiente
  125. Hernando de Vallejo
  126. Sebastián Vázquez
  127. Marcos Veas
  128. Diego de Velasco
  129. Jerónimo de Vera
  130. Juan de Vera
  131. Gaspar de Vergara
  132. Francisco de Villagra
  133. Pedro de Villagra
  134. Gaspar de Villarroel
  135. Antonio Zapata
  136. Juan Zurbino
Poco después, el segundo socio Martínez estaba herido y con posibilidades de morir si no regresaba, siendo devuelto hasta Arequipa con dos de los soldados de la caravana, su hermano menor Bautista Ventura y Juan de Almonacid, que después se reincorporaría a la expedición. Fue una escaramuza con indígenas belicosos del trayecto de Soguanay, Moquegua y Locumba, lo había dejado a Martínez fuera de toda posibilidad de seguir en este desafío.
Durante todas estas semanas, además, no tuvieron noticias de Sancho de la Hoz, que debía incorporarse a la caravana con su parte comprometida antes de llegar al territorio chileno que él consideraba "suyo" por la disposición real que había logrado (o excediéndola, no lo sabemos a ciencia cierta). Sin embargo, todas sus gestiones para aumentar lo necesario en la empresa de guerra, habían resultado prácticamente inútiles, haciendo cada vez más distante su posibilidad de cumplir con lo comprometido y lo que necesitaba ahora mismo para ir hasta Valdivia antes de expirar el plazo.
A la sazón, siguiendo las rutas relacionadas con el ancestral Camino del Inca, Valdivia se detuvo en Tarapacá, intentando reunir más hombres para compensar las recientes bajas. Su parada debió tener lugar en el oasis de la Quebrada de Tarapacá, con antiguos caseríos indígenas en las márgenes del río del mismo nombre. Tenía la esperanza de poder reunir más personas durante esta parada, principalmente dispersos de expediciones y avances anteriores, pero no los hallaba. Tampoco pudo encontrar más soldados Pedro Gómez de don Benito en el Callao, hasta donde Valdivia lo había enviado para reclutar gente.
Nuevamente, entonces, parecía que el intento de Valdivia por llegar a las tierras del Sur se estaba haciendo imposible. Las dificultades y pruebas de fuego que llenaron de leyendas asombrosas, misterios sin resolver e historias de ciudades perdidas aquel territorio chileno, seguían sin poder ser conjuradas aún.
Pero justo entonces, cuando la perdición parecía ya irreversible, comenzaron a ser preparados en el Callao parte de los pertrechos, vituallas y hombres que Sancho de la Hoz se había comprometido a aportar en el Cuzco. Y llegaron noticias también de los restos de otras expediciones comprometidas ahora con la de Valdivia, como la de Rodrigo de Araya, que había salido desde Tarija con 16 hombres. A los pocos días, entre 60 y 70 hombres más entrarían al grupo, varios de ellos provenientes desde los Chunchos, hasta donde habían llegado conducidos por Pedro Anzúrez unos y Rodrigo de Quiroga otros, buscando pueblos indígenas que pudiesen ser amistosos a los hispanos, mientras que otros se habían bajado de la expedición de Diego de Rojas, enterados de la ejecución de la dirigida por Valdivia, probablemente por emisarios suyos.
Abundando un poco en la expedición de Rojas hacia el Oriente del Titicaca, estos hombres venían regresando desde Tarija hacia Cuzco o cerca, justo cuando Valdivia iba saliendo de esta ciudad. Salvo por los jefes militares del grupo, todos pizarristas, muchos de ellos en la tropa eran ex almagristas que habían sobrevivido a las represalias después de la Batalla de las Salinas, debiendo marchar a pie con sus arcabuces, ballestas y artillería como castigo a la filiación con el bando perdedor. Lo que quedaba de esta sufrida expedición a los Moxos, pues, había manifestado ya su preferencia por cambiarse al lado de Valdivia después de los padecimientos en la selva, sobreviviendo cerca de 80 de los 300 españoles que habían salido en tal aventura, pereciendo los negros e indios de servicio que originalmente se les habían asignado, y que algunos cálculos llegan a numerar en 10 mil. Según recordaría Quiroga, que era parte de esta odisea:
"...se iban quedando los cristianos de tres en tres y de cuatro en cuatro, fatigados e desfallecidos e enfermos de hambre y cansancio, e abrazados unos con otros, morían o pasaban de esta vida".
En este sacrificado grupo venía también el capellán castrense Rodrigo González de Marmolejo, futuro obispo de Santiago del Nuevo Extremo, quien testimoniara que todos estaban tan fatigados y cansados, que debió enterrar en un cementerio de indios del camino, todos "los ornamentos y vasos sagrados" para aliviar la carga, muy a su pesar. El hambre, además, los llevó a sacrificar a casi todos los animales que formaban parte de aquella expedición, según agrega el clérigo:
"Se agotaron todos los recursos, pues se comieron casi todos los caballos y los perros, y viéndose ya en salvo, los hombres besaban la tierra. Venían desnudos, llagados los pies y espaldas, tan flacos y desfigurados que no se conocían y tan estragados sus estómagos que les hacía mal cualquier comida.
El Capitán Anzúrez, por su parte, intentó repetir esta experiencia usando otros caminos, convencido de poder llegar a la conquista de los chiriguanos y en buenas condiciones a Tarija, en donde estaba la seguridad del ejército destacado allí por Pizarro. Sin embargo, fue relevado en el mando por Rojas quien, estando en el camino de Potosí-Huanchacha cerca ya de Tarija, se enteró de la expedición en proceso de Valdivia. La información era entregada por el soldado Luis de Toledo justo tras fracasar estrepitosamente, otra vez, la aventura de Rojas en la región cercana al Brasil y la Banda Oriental, al tal punto que los indios yanaconas habían terminado cometiendo asesinatos y canibalismo entre sí.
La idea de reclutarse en el viaje de Valdivia, de esta manera, se convirtió en una opción razonable para muchos de estos jefes militares y sus hombres, pues ya nada podía parecerles peor.
Fue el conquistador Francisco de Villagra quien se arrogó el desafío de convencer a estos desgraciados aventureros de participar ahora en la expedición de Valdivia, incluso advirtiéndoles de las dificultades que enfrentaba y seguiría enfrentando la inmensa empresa. Salió así en compañía de, entre otros pioneros, su primo Pedro de Villagra, Juan Bohón, Juan Jufré, Juan Fernández de Alderete, Juan de Cuevas, el mencionado bachiller González de Marmolejo y Jerónimo de Alderete, el mismo que había llegado con Valdivia hasta América.
Rodrigo de Araya, por su lado, salió con cerca de 20 soldados, por el camino de Potosí, uniéndose a Valdivia. La fuerza alcanzó unas 36 almas, gracias a los suyos. Le siguió Francisco de Aguirre, desde Tupiza, con 25 soldados, tomando el camino Suipacha, Quinca, Sapoleri, Aguas Calientes y, finalmente, Atacama la Grande. El último en llegar fue el propio Villagra con Bohón, quienes partieron por Tarija rumbo a Tarapacá.
NUEVOS ESCOLLOS: ABASTECIMIENTO Y NÚMERO DE HOMBRES PARA EL CRUCE DE ATACAMA
110 europeos llegaron a conformar la expedición que salvó el proyecto de Pedro de Valdivia, los mismos que formarían parte de la base étnica del mestizaje chileno y la formación del pueblo criollo en nuestro territorio, además del de la Provincia de Cuyo. Con ellos pudo partir, por fin, desde Tarapacá hacia Atacama.
Así describió Jerónimo de Vivar esta travesía, en su "Crónica y relación copiosa y verdadera de los Reinos de Chile":
"Salió el general Pedro de Valdivia de Tarapacá con su gente puesta en orden para el valle de Atacama que está de allí setenta leguas. Es valle ancho y fértil; tiene las poblaciones a la falda de las sierras que es parte provechosa para ofender y defender. A causa de estar tan alejados de los pueblos de los cristianos ha mucho tiempo que no sirven y están de guerra. El más cercano pueblo que tiene de cristianos es la Villa de la Plata, que los indios llaman Chuquisaca, que podrá haber más de sesenta leguas, la mayor parte despoblado. Tiene grandes llanos de salitrales; en las partes que hay sierras son agrias con grandes quebradas".
Cabe hacer notar que, fuera de Valdivia y de Alvar Gómez, entre otros pocos, la mayoría de los que habían partido desde el Cuzco eran españoles muy jóvenes, promediando quizás los 20 a 23 años, en un caso incluso de 15 ó 16 años. Una formidable inyección de energía y vitalidad para tal desafío, sin duda, pero también un lastre de eventual falta de experiencia. Urgía aún enganchar más hombres experimentados y en mayor cantidad, por lo mismo.
Desconfiados con los extraños, los indígenas alertados de la cercanía de la caravana, solían esconder sus alimentos y agua, según se cree por sugerencia del inca Manco esparcidas por los chasquis entre los caseríos atacameños. Esto complicó bastante a los españoles, además del frío de las noches del desierto, por lo que Valdivia envió a Juan Jufré desde Guatacondo, al Sureste de Iquique, hasta Potosí, en la actual Bolivia. Su misión era reunir más gente, al igual que la de Gaspar de Vergara, enviado con el mismo propósito a Porco. Sin embargo, ambos regresaron sin haber podido adicionar un solo hombre.
A pesar de las dificultades, no hubo pérdidas humanas en este período y la cohesión del grupo se pudo preservar.
Por los primeros días de junio de 1540, Valdivia partió con un adelanto de una decena de hombres a caballo desde la proximidad de Atacama la Chica, el pueblo de Chiu-Chiu, hacia Atacama la Grande, correspondiente al poblado de San Pedro de Atacama.
Francisco de Aguirre, que volvía desde Tupiza, debía reunirse con él en este pueblo, donde Valdivia esperaba encontrar comida y preparar el alojamiento para sus hombres, la razón de su adelantamiento. Además, como sabía que entraba ya en los territorios que ahora tenía asignados Sancho de la Hoz, hacia el Sur del Río Loa, Valdivia esperaba el arribo de Sancho de la Hoz, su socio obligatorio en esta empresa, algo que ha sido utilizado después a favor de Chile en la discusión con Bolivia sobre la posesión o pertenencia de estos territorios en tiempos coloniales. La espera se iba a prolongar varios días, y luego semanas, sin embargo.
Allá se encontraron ambos conquistadores, entonces. Aguirre había servido como subalterno en las expediciones de Pedro de Candia, Pedro Anzúrez y Diego de Rojas, pero al fracasar estas fue escalando jefatura hasta quedar a cargo de las mismas, consiguiendo reunir 15 jinetes y diez arcabuceros y ballesteros con los que había llegado a Atacama, para unirlos al proyecto de Valdivia. Por lo mismo, Aguirre llevaba dos meses esperando allí mismo que la expedición apareciera en Atacama, reuniendo para ellos provisiones y mucho maíz.
La adición de estos hombres y los preparativos de Valdivia para recibir a su gente en el oasis atacameño, entonces, permitieron salvar otra vez la expedición y aumentar las probabilidades de éxito de su empresa.
Sin embargo, el Perú había grandes e inesperadas dificultades:. Sancho de la Hoz había regresado desde Europa con sus no menos codiciosos amigos Juan y Diego de Guzmán, primos de su esposa y famosos en Burgos por su vida licenciosa y escandalosa, identificándoselos allá como gente de mal vivir y buscapleitos, según Díaz Meza. Como ambos hermanos eran de la confianza de Sancho de la Hoz, para cumplir su parte del contrato dejó a Diego en el Cuzco, encargándole conseguir caballos, corazas y soldados dentro del plazo establecido. Pero apenas lograría juntar seis caballos, llevándolos hasta Valdivia en Tarapacá o la proximidad de este territorio.
Juan, en tanto, acompañó a Sancho de la Hoz hasta Lima, donde pretendió hacer valer sus influencias y falsas riquezas. Sin embargo, le salió al paso el experto contador Ortum Malaver, quien demostró que el controvertido personaje no sólo estaba absolutamente falto de activos, sino que cargaba con una gran cantidad de deudas, que incluían esclavos negros fallecidos en el alzamiento del Callao, costas judiciales, cuentas por pagar, gastos del letrado no cumplidos, etc.
Incapaz de cubrir las deudas y de salvar su reputación ostentando abolengos imaginarios, el oficial de Alguacil Mayor de Lima, el mulato Jerónimo, lo condujo hasta un enfurecido Alcalde Juan Tello, quien decidió ponerlo tras las rejas. Acabó metiéndose en los más serios problemas financieros, de esta manera, por sus malas artes con los antiguos acreedores y encerrado en un calabozo junto a su cuñado y socio directo.
Entonces, el ahora preso Sancho de la Hoz fraguó un siniestro complot para sacar a Valdivia del liderazgo del proyecto, visualizándolo como única salida a sus desdichas, como veremos.
Una leyenda cuenta que el alférez Juan Romero, cazador de la expedición de Valdivia, se acercó por entonces a éste, advirtiéndole de un posible plan de traición. Faltando casi nada ya para la llegada de las expediciones desde los chiriguanos, el muchacho había capturado con su honda una torcaza y le habría sacado el corazón aún palpitante al ave, señalándole a Valdivia que los latidos de tres en tres que daba el órgano, anunciaban que tendría enormes dificultades nuevas que sortear, incluyendo las traiciones, pero de todos modos cumpliría con su objetivo. Romero hasta le avisó a su superior en la noche que se habría "salvado", aludiendo al frustrado plan de asesinato que había quedado abortado en el campamento, como también podremos ver.
Pedro de Valdivia, Francisco de Villagra y Jerónimo de Alderete, en base al grabado publicado por Alonso de Ovalle en 1646.
EL COMPLOT DE SANCHO DE LA HOZ CASI ARRUINA TODO. ESTADÍA DE LOS VIAJEROS EN ATACAMA
Luego de un rato en la jaula, Sancho de la Hoz sería liberado para que pudiese pagar sus deudas y con este objetivo reunió dinero entre sus amistades más cercanas, incluyendo a Juan de Guzmán y otros personajes como el soldado Juan Ortiz de Pacheco y Gonzalo de los Ríos, este último incorporado recientemente a los negocios, desconociendo el pésimo currículo que cargaba el endeudado.
Estos mismos hombres habían logrado sacarlo de las rejas insistiendo en que su socio no pagaría ni podía pagar deudas estando encerrado, y que de todos modos tendrían que liberarlo tarde o temprano, porque Pizarro ya preparaba una orden que llegaría pronto a Lima. Así convencieron al notario Domingo de la Presa, quien representaba la parte acreedora de la mayor cantidad de dineros. Éste partió a reunirse con el prisionero y, después, con el mismo hasta el despacho del Alcalde Tello. La autoridad judicial accedió a concederle la libertad con la condición de que jamás volviese a la cuidad sin traer a De la Presa lo que adeudaba, al tiempo que Juan de Guzmán se comprometía a pagar cuatro pesos de oro de ley a cada uno de los alguaciles que lo habían aprehendido y seis pesos de la misma denominación cada un día al carcelero Jerónimo.
Sus salvadores, además, eran quienes acompañarían a Sancho de la Hoz en su salida desde Lima para alcanzar la expedición de Valdivia, en un grupo de unos 20 hombres. Entre ellos, incluso iba el hasta hacía poco reacio a participar Juan Ruiz Tobillo, que había logrado ser convencido por Sancho de la Hoz, cuyas capacidades para embaucar y hacer morder carnadas seguían intactas, según parece. Adhirieron a su viaje también el veterano Antonio de Pastrana y su yerno el mozo de 25 años, Alonso de Chinchilla, dos intrigantes casi de profesión.
Sin embargo, ya le habían llegado al mal socio las noticias de las dificultades de los dos primeros meses de avance de Valdivia, llegando a pensar en algún momento, de que su sociedad ya no tenía sentido y que podría imponer sus intereses. A pesar de todo, Diego de Guzmán ya se había adelantado a Arequipa para alcanzar a proveerse de hombres y equipos, reuniéndose esta nueva caravana con él en el camino. En Pachica, además, se enteraron de que los expedicionarios habían partido hacía unos ocho días, para reunirse con Aguirre y a la espera de la llegada de Villagra y Bohón.
Convencido de que podía conseguir la jefatura de esta empresa de conquista, entonces, en Arequipa Sancho de la Hoz compró dos o tres puñales con los que pretendía dar muerte a Valdivia en complicidad con Antonio de Ulloa y Juan de Guzmán, quienes lo debían asesinar cuando lo abrazara al momento del reencuentro, para hacer más vil el plan criminal. Se reunieron en Acari, precisamente para planear su sangriento objetivo. El cuarto cómplice, Alonso de Chinchilla, se quedaría rezagado intentando reclutar más hombres para lo que iba a ser la nueva etapa de la expedición, con el conspirador al mando. Su suegro Pastrana también estaba al tanto, y probablemente haya sido la voluntad que movió a Chinchilla como su marioneta en este sucio plan.
Apresurando su avance, Sancho de la Hoz y el grupo de complotados llegaron al campamento que los expedicionarios habían establecido 12 leguas antes de Atacama la Chica, en horas de la medianoche. Como no vieron a Valdivia, que por feliz casualidad o acaso siguiendo la supersticiosa señal de Romero había salido ya hacia Atacama la Grande sin regresar aún, comenzaron a buscarlo, confundiendo su carpa con la de Bartolomé Díaz, a quien Sancho de la Hoz y los demás conjurados sorprendieron con su urgencia de hallar al capitán. Además del conspirador principal, venían con él Diego de Ávalos y los mencionados hermanos Juan y Diego de Guzmán, este último unido al grupo allí mismo, de camino a concretar el crimen.
Cuando identificaron la tienda que correspondía a Valdivia, verificaron que sólo estaba ocupada por doña Inés de Suárez, que hasta ese momento dormía ignorante de lo que sucedía. La mujer le habría recriminado la imprudencia a Sancho de la Hoz, que a excusas poco creíbles intentaba explicar su actitud aquella noche. El alboroto atrajo a don Luis de Toledo, haciendo más sospechosa la situación a ojos de todos y, así, el plan de asesinato se desmoronó por sí solo.
Siendo evidente que algo extraño sucedía, Pero Gómez de Don Benito, que era el encargado del campamento en ausencia de Valdivia, encaró a Sancho de la Hoz y sus hombres, que por sólo unas horas de diferencia no pudieron encontrar al conquistador en el lugar, para darle muerte.
Por más que negaron sus planes, no lograron convencerlo. Sin embargo, temiendo que el culpable pudiese tener aún "santos en la corte" y que su muerte podría provocar un conflicto con las máximas autoridades coloniales, decidió no colgarlo a él ni a los otros complotados, como correspondía en esta grave situación. Prefirió, en su lugar, informar primero a Valdivia, redactándole una nota esa misma noche, enviada por la vía de un mensajero.
García Hurtado de Mendoza, Pedro de Villagra y Rodrigo de Quiroga, en base al grabado publicado por Alonso de Ovalle en 1646.
NUEVO OBSTÁCULO: INTENTOS POR SUBLEVAR A LA TROPA. SANCHO DE LA HOZ ACABA SIENDO APARTADO DE LA SOCIEDAD
Creyendo que la oportunidad aún no estaba perdida, en la espera Sancho de la Hoz no cejó en sus afanes e intentó provocar un alzamiento del campamento, azuzando los ánimos de los menos conformes, al igual que lo haría Antonio de Pastrana y Juan Ruiz Tobillo, que actuaron como caudillos conflictivos durante todo el viaje, prácticamente.
Pastrana, de hecho, venía explorando el ánimo de los soldados desde su llegada a Tarapacá y si no antes, al tiempo que intentaba poner en entredicho el liderazgo de Valdivia para debilitar su credibilidad entre sus subalternos. Sabía que podría contar con nombres como los de Diego de Guzmán, Francisco de Escobar y el propio Juan Ruiz Tobillo, aunque este último era peligroso por su destemplado comportamiento y su falta de astucia como intrigante, debiendo mantenerlo bajo vigilancia y correa, como se haría con un perro rabioso. También podía contar con Martín de Solier, el segundo "don" que se habría de unir a la expedición, después de que lo hiciera "don" Francisco Ponce de León.
Así las cosas, un grupo reducido de unos siete hombres que ya estaban alineados con Pastrana desde antes de la llegada de Sancho de la Hoz y todavía después de su fracaso, se tentó con la explosión de rebeldía amenazando la estabilidad del grupo. Ambos hermanos Guzmán colaboraron en el nuevo intento de conato, e incluso coquetearon con la idea de traicionar a Sancho de la Hoz apuñalándolo, tratando de ofrecer al leal de Valdivia, Juan Godínez, la oportunidad participar en el crimen a cambio del cargo de alguacil mayor.
Sin embargo, Gómez de Don Benito y los demás jefes fieles a Valdivia, volvieron a intervenir y esta vez los amenazó directamente con llevarlos a la horca. Los demás hombres del campamento, de hecho, estaban deseosos de matar a los desagradables y molestos conspiradores.
Justo regresaría Valdivia hasta allí, luego de tres días de ausencia, encontrándose con este escenario de conflicto que no le costó silenciar con sus 25 acompañantes, entre ellos Aguirre. Juan Jiménez lo puso al tanto de los detalles de la traición y Valdivia se mostró firme y decidido. Empero, prefiriendo salvar la unidad del proyecto, los perdonó en el momento y se fingió amable con Sancho de la Hoz, pidiéndoles continuar la expedición.
Sin embargo, cuando llegaron a Atacama la Grande, los conspiradores y alzados fueron detenidos, encerrados y se inició un proceso sumarial contra ellos. Estuvieron al borde de ser colgados, pero por insistencia de los clérigos, la vida se les perdonó otra vez, devolviendo a tres de los conspiradores hasta Perú y dejando a Sancho de la Hoz engrillado y con guardias permanentes, conminándolo a abandonar la sociedad en vista de su comportamiento y de la amnistía recibida, durante los cerca de dos meses que permanecieron todos estacionados en este poblado. Los hermanos Guzmán y el no menos sátrapa López de Ávalos, fueron los expulsados de vuelta hasta Pizarro, para alegría del inicio de las líneas generacionales del pueblo chileno.
Sabiéndose atrapado en su propia telaraña, Sancho de la Hoz accedió a abandonar la sociedad de 1539, por escritura redactada, firmada y jurada en el mismo pueblo de Atacama el día 12 de agosto de 1540, ante el escribano y testigo Luis de Cartagena, no obstante que seguiría siendo parte de la expedición y que Valdivia se comprometía a darle las manutenciones correspondientes. Este documento es considerado la primera escritura firmada en la historia notarial y archivera de Chile.
Santiago de Ulloa, en cambio, logró convencer a Valdivia de que sus lealtades estarían desde ahora en adelante con él, salvándose así del destierro y permaneciendo incorporado en la expedición.
El que más cerca estuvo de la muerte fue Escobar, para quien se había levantado ya una horca de plaza, quizás la primera que se haya conocido en Chile. Fue llevado hasta ella, se pasó el nudo por su cuello y, milagrosamente, al momento de ser empujado de la escalera a la que había subido hasta su ejecución, la cuerda se cortó, y cayó como saco al suelo. Los propios hombres presentes comenzaron a implorar "perdón" a Valdivia, tal vez creyendo que se trataba de una señal divina. El conquistador accedió a la petición, y Escobar se comprometió a regresar a España, encerrándose en los claustros de la Orden de San Francisco, como efectivamente hizo por el resto de su vida.
A la sazón, además, con la llegada de altos jefes militares como Francisco de Villagra y los dos capitales de origen alemán Juan Bohón y Bartolomé Blumenthal (apellido después traducido a Flores), con sus respectivos hombres, la figura que antes parecía imponente y convincente de Pastrana, se habría de diluir y quedar relegada al claroscuro dentro de la expedición, subordinándose a las circunstancias y dejando de ser un peligro, al menos por ahora.
Partiendo desde Atacama tras superar este nuevo impasse y cumplir con la larga pausa del viaje, esta vez 136 hombres tomarían un desafío que se abría ante los ojos de Valdivia, al tener que atravesar el duro desierto en un gran vacío de vida que se prolongaba hasta el oasis del Valle de Copiapó.
Imagen del Monumento de don Francisco de Aguirre en La Serena, del diario "El Día", septiembre de 1955, cuando el monumento aún se encontraba instalado en el Parque Pedro de Valdivia.
LA HOSTILIDAD DE LOS INDÍGENAS Y NUEVOS INTENTOS DE REBELIÓN. EL DIFÍCIL VIAJE HASTA COPIAPÓ
Si hasta aquel momento, la poca simpatía de los indígenas para con los españoles se había manifestado a través de desconfianzas y escasa colaboración a sus necesidades, a partir de la salida desde Atacama hacia el Sur cobraría cuerpo con cada vez mayores agresiones. Como muchas aldeas estaban advertidas del avance de estos intrusos, también había algunos caseríos que habían sido abandonados y en los que los alimentos que no habían podido llevar con ellos sus habitantes, había acabado destruidos, para que no fueran utilizados por los hispanos.
Recurro a las palabras del cronista Diego de Rosales en su "Historia general del Reino de Chile. Flandes Indiano":
"Como se vio en don Pedro de Valdivia y en su gente, que en Atacama, de donde Almagro había salido, comenzó a hallar dificultades y a no sujetarse a ellas, sino a vencerlas con el ánimo y valor. Tenían ya los indios noticia de su venida, y retirando las comidas, así por no perderlas porque los españoles no se aprovechasen de ellas, se pusieron en arma. Dividió su gente en dos trozos y peleó y venció a los indios y pasó al primer valle, donde hizo alto para que descansase la gente y las cabalgaduras y que tomasen aliento para pasar el despoblado y esperar a un capitán que de las Charcas llegó con veinte hombres, todos guzmanes, personas principales y de valor, y por serlo y no de la fracción de los Pizarros, odiados de ellos, marchando Valdivia en buen orden con toda su gente tuvo aviso cómo a las puertas del despoblado estaban muchos indios juntos y encastillados en un cerro empinado para desde allí arrojarle muchas galgas y piedras al pasar de una angostura, donde iban a dar con gran violencia; envió al capitán Francisco de Aguirre, natural de Talavera de la Reina, su grande amigo y de mucha fama en el Perú por sus valerosos hechos, con cincuenta soldados a que los rompiese; acometió el capitán al fuerte con gallardo ánimo, más como los de adentro estaban bien prevenidos de lo necesario de lo necesario para defenderse y determinados de hacer en el caso hasta lo último de potencia, trabose la pelea de tal suerte que en mucho tiempo no se pudo conocer la ventaja de ninguna parte. Y viendo Francisco de Aguirre la porfía con que se defendía y considerando que aquella era la primera fracción que su general le había encargado, mostrando tener de él más satisfacción que de otros con igual ánimo la pudieran tomar a cargo, y que consistía su reputación en salir con ella, animó los soldados de tal manera con un breve y eficaz razonamiento, que les hizo que cerrando con el fuerte con ímpetu español, le ganaron, enseñoreándose de él con muerte de muchos enemigos; y consigue cuanto quiere una buena determinación con perseverancia".
En algunos momentos, la expedición debió recurrir a lo que tuviese a mano para poder sobrevivir, como por ejemplo comer frutos de cactos del desierto y de las aldeas. Nuevamente, la sombra oscura del desastre se cernía sobre la aventura de estos hombres, pero ya no había posibilidades de vuelta atrás.
Tras superar los 700 kilómetros de sufrido viaje, llegaron en estas deplorables condiciones hasta el Valle de Copiapó, reuniéndose en el último tramo con Gonzalo de los Ríos, el controvertido Alonso de Chinchilla y otros 20 hombres, además de Juan Jufré y Gaspar Vergara que volvían sin haber podido lograr reunir más hombres para la expedición, que ahora sumaba unas 150 almas, incluyendo a los clérigos. El resto eran los indígenas de servicio.
El arribo a Copiapó fue la superación de una durísima prueba para los miembros de esta increíble aventura. Decidido a dejar su huella y celebrar la toma de posesión del primer poblado importante que encontraban en la ruta por Chile, Valdivia lo llamó Valle de la Posesión. Allá se habían adelantado De los Ríos, como dijimos, y Ortiz Pacheco, los otros conjurados del frustrado plan de golpe. Y dice el cronista Vicente Carvallo y Goyeneche en su "Descripción histórico-geográfica del Reino de Chile":
"Acampando el ejército sobre la ribera meridional del río Copiapó y puesto sobre las armas, dieron gracias al Dios de los ejércitos con una misa solemne, y después de una descarga de artillería y mosquetería, echaron el viva el rey. Los indios desampararon el valle y se retiraron a los montes".
Sin embargo, la llegada a las proximidades del oasis debió verse manchada por una situación que pareció inevitable ya, a esas alturas: la ejecución de Juan Ruiz, cuya personalidad rebelde e indómita le llevó a seguir probando con provocar motines durante todo el trayecto. Denunciado por Gómez de Don Benito, la actitud de Ruiz colmó la paciencia de Valdivia y ordenó que fuese colgado sin derecho a confesarse siquiera, logrando desmotivar con ello a los más problemáticos que seguían en la caravana.
Ruiz no tendría la suerte de Escobar, pues su cuerda no se cortó y, por el contrario, se mantuvo firme balanceando su cadáver al Sol del desierto. La leyenda dice que Valdivia había vuelto a ser advertido por el agüero Romero de este nuevo conato, sofocado por sus hombres y tan duramente castigado.
Michimalonco o Michimalongo, en imagen de Editorial Talcahuano.
ÚLTIMOS ENFRENTAMIENTOS ANTES DE LLEGAR AL MAPOCHO. FIN DE LA PRIMERA ETAPA DE LA EMPRESA DE CONQUISTA DE CHILE
Lamentablemente para los hispanos, las penurias y la resistencia contra ellos continuaba aumentando a medida que iban agregando grados en su descenso hacia el Sur de estos territorios.
Sin embargo, Valdivia seguía confiado en su campaña, convencido de que semejante deseo debía salir adelante con la protección divina que invocaba, tanto la de Santiago Apóstol, santo patrono de los ejércitos españoles a quien dedicaría el nombre de su primera ciudad, como de la Virgen del Socorro, cuya efigie de bulto llevaba el conquistador en el arzón de la silla de su montura.
Ni bien pasaron por Copiapó, comenzaron a enfrentar fuertes emboscadas de los indígenas diaguitas, llegando medirse con un ataque de ocho mil guerreros, según Mariño de Lovera, y trampas en el camino dirigidas por el sagaz cacique Michimalongo, señor del Valle de Chile en Aconcagua, además de acciones de Catiputo, Tanjalongo y otros jefes militares nativos. Los españoles estaban advertidos de estas hostilidades, sin embargo, según lo que escribieron cronistas como Carvallo y Goyeneche:
"Alonso de Monroy, comandante de la vanguardia, encargado por Pedro de Valdivia que hiciese tomar a alguno para orientarse en sus designios, envió luego dos de ellos y una india. Examinados separadamente, declararon: que al aviso de los centinelas de que bajaban por la cordillera hombres como los que entraron con el adelantado Diego de Almagro, se habían retirado a los bosques para tratar sobre el asunto, y que el cacique Hualimi votaba por la guerra, pero que Galdiquin era de sentir fuesen recibidos en paz, si pasaban adelante como los primeros".
En el Valle del Huasco, producto de estos enfrentamientos, murió un soldado de apellido Olea, primer caído en combate durante la expedición. Para peor, en Coquimbo se fugaron de la expedición 400 indios auxiliares, casi la mitad de los que le acompañaban, temerosos de morir de hambre y amedrentados por la incertidumbre sobre lo que se venía para ellos en este viaje. Siguiendo al Sur, Michimalongo fue especialmente agresivo y previsor en el sector del Valle del Río Aconcagua, en el actual sector de Putaendo, aunque no logró frenar el avance de la caravana hacia Lampa y Quilicura.
Doña Inés de Suárez, entre sus labores "domésticas" para tal centenar y medio de hombres, muchas veces más debió asumir tareas de enfermería para los heridos, primeros servicios de este tipo por parte de una mujer en Chile y que la ponen, según algunas opiniones, en los antecedentes de la medicina del país. Y, como dato curioso, medio centenar de chiquillos nacieron de las indias que acompañaban la expedición durante este viaje hasta el río Mapocho, hijos de varones yanaconas o de los propios expedicionarios en algunos casos, que debieron haber sido asistidas también en el parto, de alguna forma.
Faltando un mes para completar el año de marcha, luego de atravesar todo el territorio hostil, Valdivia y los expedicionarios llegaron por fin al Valle del Mapocho en diciembre de 1540, concluyendo así la primera etapa de esta asombrosa empresa de terquedad, ambición y perseverancia, para dar inicio a la fundación de la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo y toda la posterior campaña de conquista más hacia el Sur del país.
Muchas cosas pueden decirse en nuestros días de Pedro de Valdivia y de su aún controversial cruzada de conquista, sin lugar a dudas, pero que fuera un sujeto extraordinariamente decidido, voluntarioso y tenaz frente a las adversidades más variadas e inesperadas, queda fuera de todo cuestionamiento.

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