miércoles, 22 de febrero de 2017

PUCARÁ DE SAN LORENZO: EL VIGILANTE DE LOS SIGLOS EN EL VALLE DE AZAPA

Murallones de la aldea, en imagen publicada por la revista "Chungará" en 1985, artículo "San Lorenzo: testimonio de una comunidad de agricultores y pescadores Postiwanaku en el Valle de Azapa (Arica - Chile)", de Iván Muñoz Ovalle y Guillermo Focacci.
Coordenadas: 18°31'22.25"S 70°11'4.09"W
Aunque se lo identifica especialmente como una fortificación de influencia Tiawanako, el Pucará de San Lorenzo fue, alguna vez, una notable aldea prehispánica amurallada sobre la ribera Sur del Río San Miguel de Azapa, cerca del Kilómetro 12. Hoy sólo son visibles las ruinas de este magnífico centro poblacional; grandes árboles que han crecido cerca de él son visibles en la distancia, y el progreso clavó dos altas antenas de servicios telefónicos junto a este santuario de la historia azapeña.
El complejo se encuentra sobre una loma al pie de la cadena de cerros que flanquea ese costado del valle, y como suele suceder con esta clase de asentamientos precolombinos del desierto, se tiene desde allí una hermosa y estratégica visión de todo este paisaje en la Región de Arica y Parinacota, incluyendo la vista del mar y del mismísimo Morro de Arica.
Se accede a este sitio por un camino de tierra entre predios agrícolas del sector de Las Maitas, sendero rural que se desprende de la Ruta A-33 y que va contorneando las faldas del cerro hasta tomar cierta altura precisamente en el tramo donde se encuentran las ruinas. Un monolito y señales informativas advierten desde la carretera que se está en el camino hacia el pucará, mientras que una piedra de cara plana con inscripciones talladas en ella, recibe a los turistas tras un precario cerco, presentándole el lugar en que se encuentran: "Museo de Sitio Complejo Habitacional San Lorenzo".
Sin embargo, como el descrito principal acceso está distante del poblado de San Miguel de Azapa, cabe comentar que los lugareños llegan allí por caminos menores que parten frente al Cuartel de Carabineros de Chile en la vía principal, la Ruta A-27, desde donde se puede partir caminando y cruzar el lecho del río (ya casi siempre seco) y transitar por pequeños senderillos entre roqueras, arbustos y agónicos olivares, ya sedientos y olvidados.
Vista del complejo en fotografía publicada por la revista "Chungará" en 1985, como parte del artículo de Iván Muñoz Ovalle y Guillermo Focacci. Se señalan las ubicaciones de los sectores AZ-11 (aldea) y AZ-75 (cementerio).
Vista aérea de Google Earth, mostrando los trazados geométricos del complejo principal y su muro perimetral en la puntilla que ocupa.
El centro arqueológico ha sido conocido por generaciones de habitantes del territorio, pero casi fue arrasado a partir de los años cincuenta por el avance de los caminos y las actividades agrícolas locales. Muchos cortes en el borde del cerro dejando al descubierto sepulturas y yacimientos, surgieron de aquella época de trabajos. Las investigaciones científicas más importantes se realizan a partir de la década siguiente y todavía en los años ochenta, especialmente por la Universidad de Tarapacá.
Conocido técnicamente como el sitio habitacional AZ-11, se estima que los restos visibles del complejo se remontan al siglo XI ó XII. Empero, los estudios y excavaciones, además de poner en evidencia su gran valor como yacimiento arqueológico, arrojaron pruebas de que la presencia humana en el sitio del conjunto habitacional habría abarcado todo un período histórico y cultural del valle bajo la influencia cultural tiawanakota, en un rango concentrado entre los años 790 y 1000 después de Cristo (período postiawanako y de la  Fase Cultural Las Maitas), correspondientes a su apogeo como centro habitacional.
El conjunto completo del Pucará de San Lorenzo está distribuido en dos montículos y con una extensión cercana a los 2 kilómetros, si contamos el cementerio hallado en el denominado sector AZ-75 y AZ-76. Salta a la vista que la disposición de la villa era defensiva o, cuanto menos, preventiva: en las imágenes tomadas desde la altura, por ejemplo, se verifica que su muro exterior marcaba un contorno con mediana forma de hemiciclo, ruinas de un metro de alto aproximadamente, mientras que la protección del lado ribereño la otorga la propia altura del promontorio de la puntilla en que se halla emplazado. Este concepto de fortificaciones al borde de grandes valles o quebradas, se observa en otros ejemplos de pucarás y aldeas prehispánicas, como es el caso del complejo de Caserones, en Tarapacá.
Las habitaciones surgieron de la necesidad de aglutinarse en centros geográficos más estables, que así dieron origen a la aldea poblada en principio por habitantes del sector Alto Ramírez, durante el Período Intermedio Temprano, y más tarde por pueblos de origen altiplánico, según comentan investigadores como el Doctor Renato Aguirre Bianchi.
Ilustración reconstruyendo la ostentosa tumba 123 del sector cementerial (AZ-75). Publicada por Iván Muñoz Ovalle y Guillermo Focacci.
Actividad de sepultura y creación de los túmulos funerarios, en panel informativo frente al complejo arqueológico.
La aldea de San Lorenzo fue un tremendo impulso para el desarrollo de la actividad agrícola y económica de los antiguos habitantes de Azapa. En su mejor época éste constituía, probablemente, el principal hito habitacional de la toma de posesión y organización humana en el valle. Iván Muñoz Ovalle y Guillermo Focacci, del Instituto de Antropología y Arqueología de la Universidad de Tarapacá, contabilizaron 43 viviendas en la aldea, 35 en el área de los montículos y 15 en el área lateral del conjunto. Estaban distribuidas y dispuestas en terrazas de planta rectangular y con cimientos de piedra.
A mayor abundamiento, de las pircas y sillares de roca con argamasa de arcilla y cenizas, arrancaban filas de cañas y totoras formando muros, andenes entrelazados y aleros de sombra, todas amarradas con sogas. Los techos usaban como soportes hileras de arbusto de pacae, misma madera que se reconoce en las bases de los sistemas de postación de las esquinas de cada vivienda. También se identifican pozos de almacenaje, rodeados de piedras. Es intencional su ubicación junto al río y a las zonas de cultivo, por supuesto.
También repitiendo algo que se puede ver en otras aldeas ancestrales de este tipo, el largo muro perimetral del sector principal separaba este último grupo fundacional del conjunto de otro posterior y periférico, crecido alrededor de la fortaleza conforme aumentó también la población. Se ha planteado que esta división entre sectores central y periférico sería, además, un reflejo de las diferencias sociales quienes las ocuparon.
Los hallazgos de cerámica, por su parte, son de carácter sepulcral (funerario) y habitacional (de uso doméstico). Entre las primeras, se encuentran piezas de forma globular con cuellos y en algunos casos con tonalidades rojas y negras, mientras que las segundas tienden a formas de jarras y de ollas con cierto nivel de decoración. Todas estas piezas demuestran cambios en el patrón decorativo de la artesanía, apareciendo también representaciones zoomórficas como cóndores, camélidos, anfibios, reptiles y criaturas fabulosas propias de la iconografía andina, cuya temática y cosmovisión se expandió por el período Tiawanaku entre los años 300 y 1.100 después de Cristo, a través de colonias cabuzas como ésta misma.
Reconstrucción de las habitaciones de la aldea (sector AZ-11), en panel informativo frente al complejo arqueológico.
Reconstrucción de las viviendas de la aldea (sector AZ-11), en panel informativo frente al complejo arqueológico.
Otros materiales encontrados en los sitios de habitación y sepultura son los tejidos de lana, cueros de camélidos, cestos, madera labrada (peinetas, cucharas, vasos keros, etc.), amuletos, collares, calabazas con grabados parecidos al método xilográfico, zampoñas, adornos, miniaturas de balsas pesqueras e incluso instrumentos para el consumo de alucinógenos.
Además de pimientos, calabazas, jíquima, porotos y maíz, se han encontrado acá restos de aves, roedores, moluscos y peces en lo que fueron los fogones y basurales de las viviendas, dando pistas sobre la dieta de sus pobladores. Otros restos correspondientes a cuyes y perros sacrificados parecen corresponder a ofrendas, además de encontrarse camélidos decapitados. También hay evidencia de cultivo y recolección de algodón, ají, papas, pallares, camote y mandioca.
Además del complejo amurallado, existen en el lugar enterratorios que han sido identificados y excavados, encontrándose acompañados los cuerpos con restos de cerámica de estilo Maitas y San Miguel. Adicionalmente, se hallaron petroglifos con representaciones de peces, camélidos, aves, serpientes y soles.
En el camino de acceso, en tanto, retrocediendo unos 500 metros hacia el poniente, se pueden encontrar los restos de los túmulos funerarios, cementerio hoy conocido como AZ-12. Otra piedra con inscripciones en su cara plana señala que el lugar corresponde a tal, junto al sendero y los socavones del lugar de las sepulturas.
En los sitios funerarios se han encontrado cuerpos de distintos sexos y edades, cubiertos por esteras de fibra vegetal a modo de cobertores, que van formando las protuberantes sepulturas múltiples y verticales, consideradas sagradas por sus habitantes. Se iba colocando un madero a la altura de la cabeza de los sepultados, como indicador visual del lugar del enterramiento. Su antigüedad es mucha: las fibras vegetales se han datado procedentes de entre los años 500 a 200 antes de Cristo, de modo que son anteriores a la formación de la aldea propiamente dicha.
Vistazo general de la aldea y su muro perimetral.
Acercamiento a los muros en ruinas del complejo.
Túmulos del sector cementerial.
Entre los túmulo se han encontrado restos de madera de chonta, plumas de aves tropicales y lúcumas, evidenciando con ello el fuerte intercambio de productos y comercio que existía entre este punto del territorio y los habitantes mucho más nortinos o selváticos. En sepulturas de niños incluso han aparecido ofrendas correspondientes a restos de monos aulladores (Alouatta seniculus), habitantes de la zona Noroeste de Sudamérica y la vertiente oriental andina.
Una ostentosa tumba hallada en el complejo e identificada como la N° 123, tenía dentro de ella estatuillas de madera de personajes locales con gorros tipo bonete de cuatro puntas y con los lóbulos de sus orejas estirados. Se cree que podría tratarse de representaciones de sujetos pertenecientes a la aristocracia de la ancestral comunidad azapeña, apodados los orejones.
El culto mortuorio asociado a los túmulos de San Lorenzo se mantuvo en el valle incluso después de la caída la tradición de esta forma de entierros. El estudio de estos montículos ha confirmado, por ejemplo, que se realizaban sobre ellos ofrendas en cestos conteniendo alimentos, cerámicas, tejidos e incluso ollas de alfarería con placentas humanas en su interior, para honrar a los ancestros que guardaban eterno reposo en estos grupos funerarios.
A pesar de todo, llama la atención que, siendo conocida la ubicación del Pucará de San Lorenzo por los habitantes de la zona (es visible desde varios puntos por el sector, casi todos en realidad) y estando ubicado justo enfrente del poblado principal de San Miguel de Azapa, hoy existe sólo una tibia integración de este atractivo cultural y arqueológico a los principales circuitos turísticos de Azapa, salvo por algunas agencias particulares que realizan visitas guiadas en él. Aunque fue incluido al proyecto Circuito Azapa de la Gobernanza Para el Desarrollo, quizás el problema sea el aún poco cómodo acceso al lugar y su cuasi aislamiento del resto de los atractivos del poblado principal.
No obstante, pueden confirmarse en el lugar los esfuerzos por proporcionar información y datos científicos sobre este complejo, en paneles y tableros dispuestos por el Gobierno Regional y la Universidad de Tarapacá, para el visitante que llega hasta este singular centro arqueológico en el extremo Norte de Chile, que recomendamos incorporar a toda carta turística.
GALERÍA DE IMÁGENES:
PUCARÁ DE SAN LORENZO, VALLE DE AZAPA

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