sábado, 3 de septiembre de 2016

TESOROS DEL HOMBRE Y LA NATURALEZA EN EL VALLE DEL ENCANTO

Imágenes de un recorte de revista científica norteamericana de hace más de 35 años, que atesora don Clemente entre sus cachivaches. Es él quien sale de joven en la fotografía impresa, señalando algunas pictografías a la cámara. Presumo que puede tratarse de un ejemplar de la "National Geographic".
Coordenadas:  30°42'16.37"S 71°22'27.74"W
Uno de los museos arqueológicos abiertos más interesantes del Norte Verde de Chile, en la Región de Coquimbo, es el hechizante y bien llamado Valle del Encanto. Se ubica relativamente cerca de los Los Socos y sus termas, por ahí donde estuvo el escenario del Combate de Salala durante la Guerra de Independencia.
Encontrándoselo a unos 22 kilómetros al Sur-poniente de Ovalle, en la Quebrada del Espinal de la red del Estero Punitaqui, al Sur del Río Limarí, al parque se llega por la Autopista 45, doblando en el sector Santa Rosa y Viña Tabalí hacia el Sur, por el Camino D-589, que se interna hacia las quebradas bordeando enormes estancias y viñedos.
Luego de unos cuatro kilómetros casi rectos, se arriba en la caseta del guardaparques, punto de inicio de la visita. Allí los recibirá don Clemente Pizarro, que por más de 37 años ha estado en el acceso del parque, trabajando para las distintas administraciones que ha tenido este sitio: primero, la Corporación Nacional Forestal (CONAF), luego el Consejo de Monumentos Nacionales y actualmente la Municipalidad de Ovalle. En el mismo lugar, nuestro anfitrión vende también libros, postales, camisetas estampadas y recuerditos varios para visitantes, algunos de estos último hechos con sus manos. No veía a don Clemente ni al parque desde una visita al Desierto Florido durante el año 2000, así que fue bueno saber de él después de largos 16 años.
La Cara del Diablo (su lado sufriente).
Cumplido el protocolo de registro y un muy económico pago del acceso, se continúa hacia por el sendero descendiendo hasta el borde de la quebrada, donde la grandeza de las tres o cuatro hectáreas del lugar, enfatizo que tan merecidamente llamado Valle del Encanto, revienta esplendorosamente ante los ojos del visitante, que encuentra allí también cómodas áreas de picnic y camping. Como dice Manuel Peña Muñoz en sus "Chile. Memorial de la tierra larga":
"En el silencio del paisaje rodeado de arbustos y cactus, estas figuras geométricas muy simples, sugieren más que dicen expresamente. Algo de magia, algo de poesía, algo también esotérico vinculado a la actividad mágico religiosa de un pueblo remoto".
De partida, quizás se trate de la mayor concentración en Chile de piedras tacitas y piedras morteros en un mismo lugar geográfico, con la mayoría de sus cazoletas señaladas por pequeños postes encorados a los lados de los senderos. Mas, sólo se trata de una parte de las maravillas, pues el asombro queda complacido también al empezar a encontrarse con las pictografías y muy especialmente los petroglifos de máscaras ceremoniales, muchos de cuyos diseños han aportado algunos de los elementos más conocidos e importantes de la iconografía cultural de la región.
Dos rostros-máscaras con penachos o tiaras, sector cerca del estero.
El sitio del Valle del Encanto fue hallado por arqueólogos en 1946, según la mayoría de las fuentes de Internet que se refieren a él. Sin embargo, la primera vez que se publicó un estudio sobre él, fue por Jorge Iribarren en el artículo "Paradero indígena del Estero Las Peñas, Ovalle-Provincia de Coquimbo", en "Publicaciones del Museo Arqueológico de La Serena - Boletín" N° 4 de 1949.  Como se ve, Iribarren llamaba en aquel año al sitio arqueológico como Las Peñas, tal vez el nombre que recibía antes entre los locales por las formaciones rocosas y loma de pictogramas y tacitas ubicado al oriente del conjunto arqueológico.
Con relación a lo anterior, tengo cierta información oral sugiriendo que los lugareños ya conocían este lugar (y su secreto) antes de ser descubierto por la ciencia, de donde provendría también la identificación con una leyenda sobre "encantados": se cuenta, pues, de un Peñón del Encanto, en el señalado sector oriente del parque, donde una rubia y resplandeciente doncella dada a la hechicería, realizaba sus ritos mágicos haciendo flotar entre sus manos unas naranjas de oro. Sin embargo, desaparecían ella y sus esferas al instante cuando algún intruso intentaba atraparlas.
Pero no termina allí la historia: un día, un enamoradizo indígena de la zona observó a la muchacha en medio de su ritual y quedó embelezado con la belleza de semejante ninfa, esperándola por varios días para que apareciera otra vez sobre la loma. Sin embargo, cuando la dulce mujer apareció otra vez y él se le arrojó encima decido a poseerla, quedó cegado al instante por el relámpago de brillo de sus cabellos y sus naranjas de oro refulgente. Cuando por fin recuperó la vista esa noche, con el corazón roto y sintiendo la depresión del rechazo, el infeliz indígena se suicidó saltando desde las rocas del peñón. Desde entonces, esta leyenda ovallina es conocida como la Doncella del Valle del Encanto.
A partir de los años sesenta, el santuario ancestral del Valle del Encanto fue relacionado con la Fase Quebrada Honda (Arcaico Tardío) y Complejo Cultural El Molle (período 500 a 700 después de Cristo), aunque veremos que existen huellas de la presencia de cazadores en el lugar desde el año 2.000 antes de Cristo. Dicha primera contextualización geográfica se debe a los excavaciones y publicaciones realizadas por Gonzalo Ampuero y Mario A. Rivera entre 1964 y 1971, seguida de trabajos como los de Grete Mostny y ‎Hans Niemeyer a principios de la década siguiente, no obstante que ha sido objeto de revisiones.
Petroglifo del "Marciano" o "Extraterrestre", famoso entre amantes del tema ovni.
Los pueblos relacionados con el Complejo Cultural El Molle, de mucha presencia en la toponimia regional, tenían un estilo de vida como pastores de camélidos y horticultores, y se hallaban en un amplio sector entre el Valle de Copiapó y el Río Choapa, según lo demuestran sus enterramientos en forma de túmulos y pircas circulares. El complejo de la Región de Coquimbo, además, parece demostrar contactos con culturas atacameñas, como San Pedro de Atacama, y la Condorhuasi del Norte de Argentina, extendiéndose su relación hasta la cultura Llolleo en la Zona Central costera, incluso más al Sur.
Sin embargo, estudios más recientes explican que el sitio arqueológico en realidad se compone de cuatro etapas cronológicas de asentamientos culturales, lo que explicaría las superposiciones de estilos y técnicas en sus obras precolombinas, como puede comprenderse del artículo "Arte rupestre en el Valle del Encanto (Ovalle, Región de Coquimbo): hacia una revaluación del sitio-tipo del estilo Limarí" (publicado en "Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino" N° 2 de 2008):
  1. Período Arcaico, desde hace 4.000 años hasta inicios de la Era Cristiana.
  2. Período Alfarero Temprano, correspondiente al Complejo Cultural El Molle.
  3. Período Intermedio Tardío, correspondiente a la cultura Diaguita.
  4. Período Tardío, correspondiente al influjo Inca.
Destaca en el valle una gran cantidad de petroglifos rupestres hechos en dos estilos: unos en bajorrelieves, y sea profundos o suaves, especialmente las ubicadas por el lado del estero; y los de dibujos por raspado-picado de la superficie de grandes rocas, especialmente sobre alguna que tenían una cubierta natural de óxido rojizo, tendiendo a ser menos visibles que los anteriores. Cada grupo de petroglifos tiene su nombre y numeración dentro del paseo.
Otro de los "Marcianos" de los petroglifos en el parque.
Entre lo 69 bloques reconocidos de arte rupestre petroglífico, llama la atención la presencia de personajes con grandes tocados en formas de penachos semicirculares u ovalados de los que ya hablaba Iribarren en sus estudios: las cabezas-tiaras, 13 en total, con máscaras o indumentarias en su rostro que parecen formar parte de un atuendo ritual y que los expertos han definido como el estilo Limarí de arte rupestre, siendo las horas cenitales las mejores para poder distinguir sus trazados. El mencionado autor las asocia estos motivos a influencia incásica directa, considerando por referencia la famosa crónica de Guamán Poma de Ayala a inicios del siglo XVII, pero esta teoría ha sido tomada por errónea en investigaciones posteriores.
Otras figuras de grabados más superficiales suman 173 diseños, de los cuales hay algunos que tienen antenas o rayos saliendo de sus cabezas, manos de tres o cuatro dedos y una posición del cuerpo que semeja alguna clase de danza ceremonial. Algunos tienen un aspecto tan intrigante que han sido llamadas popularmente Marcianitos o Extraterrestres, echando a andar la batería imaginativa de los buscadores de astronautas antiguos. Una de ellas, en particular, ha dado argumento a muchas especulaciones estilo Eric von Däniken o Giorgio Tsoukalos, pues se aprecia junto al extraño ser lo que muchos han querido interpretar como la representación de una nave espacial.
Las más de 100 piedras con tacitas, en tanto, lucen cazoletas de forma redonda (cupuliforme), o bien ovaladas (elipsoides) y casi geométricas (rectangulares y cuadrangulares), siempre ubicadas en posiciones horizontales, sobre rocas más o menos planas o bien lisas. Sus tamaño varían de 10 a 15 centímetros, y la profundidad va entre 4 y 8 centímetros. Algunas rocas con tacitas superan las 20 unidades y, curiosamente, a medida que se desciende por el curso del estero y la quebrada, se van encontrando cazoletas cada vez más grandes, hasta llegar a un gran pozón de más de dos metros de profundidad, conocido como Baños o Baño del Inca, que debe tener un origen natural por erosión de rocas y agua, aunque popularmente se cree que hubo intervención humana en él.
Paisaje de la quebrada, en el Valle del Encanto.
De los grupos de tacitas destacan las llamadas Huellas de Adán, por el sector del peñón junto al estero, al oriente del parque, semejantes a pasos paralelos petrificados, por su diseño elíptico. Del lado contrario del parque, hacia el poniente de la quebrada, está otro grupo de tacitas llamado Cara del Diablo, con una leyenda propia según la cual el Príncipe de los Infiernos dejó estampado su rostro sobre la piedra en un tropiezo o bien cuando aquel suelo era blando y moldeable. Son dos caras con los mismos ojos, en realidad: una principal, de dolor o espanto, vista desde un lado, y otra secundaria, de odio o furia, vista desde el otro.
Con respecto a las pictografías hechas con pintura, quedan unas 12 de color rojizo, pero en mal estado de visibilidad, por no decir que pésimo. Corresponden a figuras abstractas rítmicas, de trazos y, en su mayoría, muy diferentes a los motivos de los petroglifos, con una que otra figura de insinuación antropomórfica en su diseño..
El Valle del Encanto fue declarado Monumento Histórico Nacional por Decreto Supremo N° 158 del 5 de febrero de 1973, "por su gran interés arqueológico y la existencia en él, de grabados y pinturas rupestres de inestimable valor". El Decreto Ley N° 574 de 1974, por su parte, declaró al Valle del Encanto como Parque Nacional, que a la sazón estaba en la Comuna de Punitaqui. La misma ley estableció tal categoría para el Parque de Bosques Petrificados de Pichasca, de la misma región, entre otros lugares.
En abril de 2005, hubo valiosos trabajos de reforestación del parque, ejecutados por estudiantes del Campus Limarí de la Universidad de La Serena. Cuatro décadas después la declaratoria de Monumento Histórico, por Decreto N° 113 del 5 de marzo de 2013, además de reconocerse los cuatro períodos cronológicos y culturales presentes en el sitio arqueológico, se fijaron sus límites en los siguientes parámetros:
  • Tramo A-B: Límite Norponiente, línea de pie de cerro.
  • Tramo B-C: Límite Norponiente, línea de quebrada.
  • Tramo C-D: Límite Norponiente, línea de altas cumbres.
  • Tramo D-E: Límite Nororiente, línea de solera oriente de camino existente sin pavimentar.
  • Tramo E-F: Límite Nororiente, línea de quebrada.
  • Tramo F-G: Límite Norte, proyección desde fin de quebrada hasta cota más alta.
  • Tramo G-H: Límite Nororiente, línea proyectada desde cota más alta hasta fin de la quebrada.
  • Tramo H-I: Límite Nororiente, línea que va desde inicio de la quebrada hasta su cota más alta.
  • Tramo I-J: Límite Oriente, línea de quebrada y su proyección hasta el camino que la intersecta.
  • Tramo J-K: Límite Surponiente, línea de solera poniente de camino existente sin pavimentar.
  • Tramo K-L: Límite Surponiente, línea proyectada entre camino existente sin pavimentar y el inicio de la línea quebrada.
  • Tramo L-M: Límite Suroriente, línea de quebrada.
  • Tramo M-N: Límite Suroriente, línea de curso de agua.
  • Tramo N-Ñ: Límite Suroriente, límite de pie de cerro.
  • Tramo Ñ-O: Límite Suroriente, línea que va desde el inicio de la quebrada hasta la cota más alta.
  • Tramo O-P: Límite Suroriente, línea de altas cumbres.
  • Tramo P-Q: Límite Suroriente, línea de altas cumbres.
  • Tramo Q-R: Límite Suroriente, línea de solera Norte del camino existente sin pavimentar.
  • Tramo R-A: Límite Sur, línea de pie de cerro y su proyección hasta la línea de la quebrada.
Piedra tacita, sector central del parque. Más de 25 cazoletas en la roca.
El potencial turístico de este sitio está en pleno desarrollo, a pesar del tiempo transcurrido desde su reconocimiento científico y oficial, por lo que un plan de inversiones podría convertirlo en uno de los sitios patrimoniales más valiosos y visitados de toda la región. Un incendio ocurrido en el verano de 2015, sin embargo, recordó a los ovallinos la fragilidad de estos paisajes cuando son tocados por los hombres, aunque por fortuna no provocó demasiados daños.
Casi desde que la CONAF implementó el parque con senderos entre el verdor de arbustos y copaos por las laderas, don Clemente ha estado cuidando este sitio y oficiando como atento recepcionista de los visitantes. Un proyecto de la Municipalidad de Ovalle permitió recuperar su valor como centro arqueológico, más allá de ser sólo lugar de recreación y asados al aire libre, para felicidad de todos manteniendo al histórico y experimentado guardaparque en el lugar.
Así, don Clemente sigue allí en las puertas de la historia arqueológica y la exhuberancia natural del Norte Chico, acompañado por su colega y guía Salvador Araya (otro de los convencidos de que podría haber algo "alienígena" en las representaciones rupestres de las rocas); y ambos por la fauna local de aves cantoras o rapaces, tarántulas chilenas y los divertidos roedores conocidos como degús o degúes, que pasean generalmente en parejas su gordura por los senderos y caminitos de este parque bendito.
VALLE DEL ENCANTO (OVALLE, CHILE)

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