viernes, 5 de agosto de 2016

EL "LOLO" DE TARAPACÁ, UN SANTO INCENDIARIO: LA TRAGEDIA DE LA SALITRERA ROSARIO DE HUARA Y OTROS CASOS

La fatídica oficina salitrera Rosario de Huara, en su época de actividad. Castigada a fuego en 1938, por el "Lolo" de Tarapacá. Fuente imagen: "Álbum de salitreras de Tarapacá", de L. Boudat y Ca., 1889.
Coordenadas: 19°59'3.75"S 69°48'43.39"W (exOficina Rosario de Huara) / 19°55'25.48"S 69°30'40.33"W (Iglesia de Tarapacá)
En la entrada anterior vimos la historia del santo de origen español Lorenzo mártir y su iglesia de San Lorenzo in Panisperna de Roma, ubicada en el supuesto sitio de su ejecución asado vivo, a fuego lento, por orden de Valeriano en el siglo III. Esto sucedió, según la leyenda, luego que el emperador le exigiera entregar los tesoros de la iglesia de Cristo y el joven diácono llegara hasta él con todos los pobres, abandonados, despreciados, enfermos, inválidos y mendigos de Roma, proclamando que esos eran los más grandes tesoros del cristianismo.
Ya entonces se visualiza una especie de "maldición de fuego" relacionada con el santo. El emperador Valeriano, que también había hecho asesinar a los papas Esteban I y Sixto II antes del diácono Lorenzo, vivió también el rigor de la venganza divina tras su fechoría: primero, cuando los godos arrasaron muchas de sus posiciones en el Oriente Medio; luego, al ver sus tropas diezmadas por epidemias en plena ocupación de Siria; y, finalmente, al sufrir el martirio en carne propia por parte de los persas que le dieron captura, siendo mancillado, torturado y obligado a beber oro fundido según la leyenda.
San Lorenzo tendría enorme popularidad en Roma y España tras su martirio, por lo que su patronato aparecerá en muchas localidades coloniales del Nuevo Mundo durante la Conquista y Colonia de América, incluyendo el poblado de San Lorenzo de Tarapacá, en la quebrada del mismo nombre en la actual Región de Tarapacá, donde se celebra una gran fiesta religiosa que se repetirá este 10 de agosto, día del martirio del santo.
En este lugar, San Lorenzo es llamado cariñosamente el "Lolo", por sus fieles devotos y peregrinos, pero también es temido: se lo considera un santo asombrosamente vengativo, que castiga a los que le traicionan o dan la espalda con el mismo fuego de su cruel martirio.
LA DESTRUCCIÓN A FUEGO DE LA PRIMERA IMAGEN
El pueblo tarapaqueño, alguna vez capital provincial, fue refundado por los hispanos sobre un asentamiento indígena anterior. Se cree que la primera imagen del santo fue llevada por los españoles en 1578 o cerca de esa fecha, pues fue ese año cuando se rebautizó al poblado como San Lorenzo de Tarapacá, con su respectiva fiesta devocional.
La celebración del "Lolo" llegó a ser la más grande y concurrida de todo el actual territorio al Norte de Chile, de hecho, superada mucho más tarde por las fiestas marianas de la Virgen de La Tirana y la de Andacollo, que a la sazón eran sólo pequeñas celebraciones y muy locales.
Tras sobrevivir a la Guerra del Pacífico y la terrible batalla al final de la Campaña de Tarapacá, un primer incendio ocurrido en la iglesia en 1887, casi la destruye por completo obligando a hacer grandes trabajos de reparaciones y reconstrucción del edificio. Se logró rescatar la imagen y otras valiosas piezas, pero como el templo quedó casi inutilizado, las misas y ceremonias se realizaron hasta 1890 en la municipalidad, iniciándose al año siguiente su reconstrucción y rehabilitación.
La antigua imagen de San Lorenzo dentro del templo de Tarapacá ya restaurado, era mantenida  sobre el Altar Mayor, donde permanecía durante casi todo el año sostenida por roldanas y muy decorada. Era bajado sólo el día 9 de agosto para la víspera de la fiesta, y los tarapaqueños eran tan reacios a sacarla de allí que incluso secuestraron al "Lolo" en 1902, para evitar que fuera de visita hasta la iglesia de la ex Oficina Salitrera Constancia.
Sin embargo, ni todas las posesivas precauciones tomadas por los pobladores evitaron que la querida y preciada figura colonial de San Lorenzo se salvara de sucumbir de la peor manera imaginable: atrapada entre las llamas de ese mismo fuego fatuo e inmisericorde que antes habría dado muerte al santo verdadero en Roma, cuando era aún de carne y hueso.
Fue así como un voraz incendio ocurrido el 6 de diciembre de 1955 y de cuyas causas hay varias suposiciones, destruyó todo dentro de la iglesia, incluyendo la venerada figura. Las 83 imágenes se quemaron en este siniestro, que las calcinó a puertas cerradas, incluyendo también la representación de la hermosa Última Cena hecha a tamaño natural, inspirada en la famosa pintura de Leonardo.
Tras una larga y dificultosa gestión, los tarapaqueños consiguieron una nueva imagen, correspondiente a la actual y fabricada por un fallecido vecino del pueblo de apellido Patiño. Curiosamente, sin embargo, el fuego siguió asociado al culto y a la fiesta del santo quemado en la parrilla, casi como un símbolo indivisible: durante sus celebraciones, las llamas de todo tipo están especialmente presentes y manifiestas entre los fieles, diríamos que muy por encima de la mayoría de las demás fiestas patronales de Chile. De esta manera, se observa su impronta en innumerables fogatas, pirotecnia, bengalas, antorchas, cirios y candelabros, como si alguna clase de principio zoroástrico subyaciese como enlace profundo de fe por el santo y su símbolo ígneo de transformación y sacrificio. Incluso debió construirse una capilla apartada del templo, para alejar el peligro de miles y miles de velas que son encendidas por los fieles precisamente por este período.
El "Lolo" y el fuego, entonces, son casi sinónimos en la fe de Tarapacá.
Figura principal de San Lorenzo en la Iglesia de Tarapacá. Reemplazó a la imagen colonial que se quemó en 1955.
LA FAMA DE SANTO INCENDIARIO
Otra de las claras diferencias que San Lorenzo de Tarapacá ofrece para con las demás entidades celebradas en las fiestas patronales chilenas, es su característica de ser tan temido como respetado.
Al manifestarse tan castigador como generoso, no tolerando las traiciones ni las deslealtades de quienes se digan sus fieles, la conexión con el santo funciona como una especie de contrato vitalicio, en donde aquel que rompa la palabra queda expuesto a durísimas “multas”. El fuego reaparece en esta propiedad atribuida por el folklore religioso al santo.
Se dice, pues, que San Lorenzo cobrará caro a quienes lo ofendan, le desobedezcan o le humillen. Darle la espalda o negarse a cumplir es un riesgo tremendo. Esto es, además, una especie de equilibrio a lo extraordinariamente milagroso que se describe al "Lolo", generando algunas muestras de devoción increíbles por parte de quienes se han sentido tocados por su generosidad y cumplimiento de peticiones.
El vecino e investigador pampino Rolando Danilla Leiva, escribía en el diario "La Estrella de Iquique" de 1988 que "Al santo siempre se le ha calificado de incendiario, que castiga con fuego a quienes lo ofenden". Esto, porque los incendios, las quemaduras, el arrasamiento por llamas y las explosiones abundan en el legendario local de San Lorenzo. Su más temible especialidad, entonces, la que todos le conocen y consideran confirmada con innumerables casos, es la de poder castigar con el fuego.
Como hacedor de los incendios, además de las lluvias y los vientos, San Lorenzo también sería capaz de provocar pérdidas especialmente en los hogares de quienes desertan a su fe y a su compromiso. Es ésta una de las razones por las que los cargadores de su multitudinaria procesión hacían la fatigosa marcha con las andas sobre sus hombros en total estado de ebriedad, ya que parte de la tradición señalaba también que, si se aventuran a cargar la imagen sobrios, San Lorenzo podía quemarles sus respectivas casas. La creencia popular considera, pues, que el "Lolo" es el santo patrono de los borrachos, y muchos intentan demostrarle su devoción haciendo loas a tal patronato durante toda la fiesta y sus octavas o "chicas".
Los mineros son sus principales protegidos desde los tiempos de la fiebre de la plata de Huantajaya y luego la de las salitreras, razón por la que muchas oficinas tenían nombres alusivos al santo. A estos trabajadores, el "Lolo" les exigía una norma precisa: no trabajar en el día consagrado a su memoria, el 10 de agosto de cada año. Se dice que incluso Chuquicamata jamás tenía faenas en aquel día y que en otras ciudades de gran influencia minera, como Copiapó, existía la creencia de que si desobedecieran la regla se arriesgarían a sufrir graves accidentes en sus jornadas laborales. Nuevamente, se trata de peligros de quemaduras y lesiones por fuego: si se trata de un barretero, por ejemplo, corre el peligro de quemarse con la pólvora del tiro; si era un calichero, podía caer en las bateas ardientes.
Así pues, hay una grave sentencia que se repite constantemente entre todos estos fieles de San Lorenzo de Tarapacá, a modo de advertencia para los que se muestren dubitativos o incrédulos del poder del santo: "El 'Lolo' te puede hasta incendiar la casa… ¡Jamás le prometas algo que no puedes cumplir!". Mandas y promesas se pagan rigurosamente, por lo que no es extraño encontrar gente repartiendo entre los concurrentes cientos de recuerditos, comidas, sándwiches, pequeños obsequios, frutas y todo lo imaginable, como forma de agradecer al santo y librarse de un castigo a fuego en caso de fallar con sus deudas.
El peligro de castigo incluye a los actos de ignominia y desmérito hacia su poder. Tan seriamente se toma este asunto, que incluso se recomienda pagar mandas o cumplir con promesas al santo aunque sea a medias, si es que no se puede responder con todo lo que se le ofreció.
No hay consenso de cómo se desata la "maldición" del castigo en el orden cósmico, sin embargo: mientras algunos creyentes aseguran que es el propio San Lorenzo el que penaliza con duras sanciones, otros creen que el mismísimo Diablo es el que arroja su tridente por donde se abran las grietas de desagradecimiento o deslealtad para con el mártir, provocándose así las calamidades descritas.
Ficha salitrera de Rosario de Huara (Fuente imagen: fichasalitrera.cl).
EL INCENDIO DE LA OFICINA ROSARIO DE HUARA
Sabemos que nunca han faltado los audaces y temerarios ante el peligro; los que han retado a San Lorenzo tentando con ello la mala suerte y la desdicha, como ocurrió en 1938 en la oficina salitrera Rosario de Huara, ubicada a poco más de tres kilómetros hacia el Sur del pueblo de Huara y perteneciente a la Compañía Salitrera de Tarapacá y Antofagasta, la misma que desde pocos años antes era propietaria también de las oficinas Humberstone, Mapocho, Bellavista y Prosperidad.
Según la información que se difunde del trágico caso ya cristalizado en el imaginario de los devotos del "Lolo", el gerente general era por entonces Alejandro Echegoyen, el administrador Carlos Petersen y el jefe local don Enrique Medina, aunque parece que la historia de esta salitrera es un poco confusa y no del todo bien conocida. Juan Ricardo Couyoumdjian, por ejemplo, escribe en "La industria salitrera de Tarapacá" (documento adjunto al "Álbum de las salitreras de Tarapacá" de L. Boudat y Ca.) que Rosario de Huara cesó operaciones en 1930, ocho años antes de la confirmada tragedia que allí ocurrió y, además, se indica que había sido fundada por J. Gildemeister, quien la recuperó tras la Guerra del Pacífico para transferirla a la Rosario Nitrate Company de Londres en 1889.
Como sea, fue un hecho cierto, verificado por testigos y periódicos de época, lo que generó la leyenda sobre el terrible castigo que San Lorenzo habría hecho caer sobre la oficina salitrera.
Sucedió allí que, el martes 9 de agosto de 1938, todos los obreros y residentes de Rosario de Huara fueron notificados por los dueños y gerentes de la Compañía de que no se les permitiría concurrir a la Fiesta de San Lorenzo de Tarapacá que iba a realizarse en el día siguiente, amenazando con despedir a aquellos que se ausentaran de la jornada laboral. El grave problema era, sin embargo, que los habitantes de la oficina eran muy fieles del santo y hasta tenían sus propios grupos de bailes religiosos ya dispuestos para asistir devotamente a los festejos, por lo que la noticia de seguro fue tremenda para ellos y sus familias.
Los trabajadores intentaron insistir a sus jefes en que desistieran de tamaña insensatez, pero estos respondieron negándose categóricamente, según lo que ha recopilado de este interesante e intrigante caso el investigador pampino Reinaldo Riveros Pizarro: "Si no están en sus puestos de trabajo –contestaron ellos- mañana serán despedidos y que San Lorenzo haga el milagro de buscarles trabajo en otra parte, pero acá no".
Llegó así el día miércoles 10 de agosto y los obreros no pudieron asistir a la fiesta de Tarapacá…
Hacia las 5 de la tarde, justo en la hora de la Procesión, el dedo castigador se dejó caer despiadado sobre la oficina salitrera: un agresivo incendio se desató sin que pudiera ser precisado su origen y, al rato, cuando ya se creía parcialmente controlado, una enorme explosión convirtió en un infierno el lugar, matando a siete personas, tres de ellas niños. El cronista y escritor Luis Díaz Salinas, agrega en su "Sendas de nostalgia: Iquique, recuerdos de un siglo inquieto", el detalle de que la explosión fue tan destructiva como se ha descrito porque el fuego alcanzó una caja fuerte de la bodega, donde un señor llamado Cecilio Ahumada guardaba los fulminantes con el objetivo de hacer más fácil la entrega de este material a los trabajadores durante las faenas.
Danilla Leiva precisa que los fallecidos fueron el joven cargador de carros Inocencio Ramírez Araníbar, el moledor de salitre Luis Órdenes Valenzuela, el obrero Juan Muñoz Balcasar (que hacía poco se había incorporado al trabajo, tras volver del servicio militar), Cosme Morales Miranda con su pequeño hijo Mario Morales Cortés, y los otros niños llamados Cayetano Ramón Muñoz Siles e Isidoro Carvajal Ceballos, seguramente acercándose al lugar del incendio sólo por infantil pero traicionera curiosidad.
El diario "El Ferrocarril" de Arica, del 11 agosto de 1938, en la nota "Última hora: violento incendio se produjo hoy en la oficina Rosario de Huara", informaba que el siniestro arrasó casi todo lo que encontró al alcance de tan inmensa hoguera: "…bodegas, almacenes y la administración y el fuego se propagó a un pequeño estanque de petróleo y a un depósito de pólvora, el cual estalló".
Talleres de la Oficina Rosario de Huara.
DESPUÉS DE LA TRAGEDIA
Cuenta la misma historia que, entendiendo perfectamente el severo mensaje que se les acababa de enviar desde algún lugar extraterreno, no bien se disiparon los humos de la tragedia el administrador de la salitrera partió raudo a la Quebrada deTarapacá con los conjuntos de bailes y los devotos de Rosario de Huara, a rendir honores a San Lorenzo y pedir perdón por no haber estado presentes el día 10.
Este grupo de tristes peregrinos habría estado formado, entre otros, por el administrador Carlos Petersen, el hermanito Ernesto Delucchi, el corrector José Antonio Tomé y la totalidad de los empleados con sus familias, suplicando las disculpas del diácono mártir y prometiendo nunca más negarle permiso a los trabajadores para asistir a la fiesta.
Las exequias de las víctimas de la tragedia fueron la continuación del tremendo drama desatado en esas tierras mineras. "El Tarapacá" homenajeó a los fallecidos con una sensible nota, en el mismo día del masivo funeral:
"Toda la provincia acompañará en un gran silencio interior, el lento cortejo que despide hoy para siempre a los infortunados restos, de aquellas siete vidas útiles segadas trágicamente por la desgracia. En solidaridad de los que viven, con los que mueren, cuando los que se van tienen títulos para pedir recuerdos en el corazón de los que quedan. Pocos… muy pocos, seguramente sabían que antes de esta amarga catástrofe, quiénes eran, y cómo era la vida pequeña, sencilla y dolorosa de los cuatro obreros y de los tres niños que murieron en la noche del miércoles. Sin embargo, después de su muerte, para nadie en la provincia han quedado como extraños: en cada familia, en cada corazón bien nacido, un pensamiento, una expresión de desconsuelo o de lástima".
Más de 3 mil personas asistieron ese día a la despedida de las infortunadas víctimas. Fue uno de los funerales más grandes que se habían realizado en Chile hasta entonces en lo que a recorrido horario se refiere, pues comenzó a las 10 de la mañana y terminó después de las 18 horas. Más de 30 representantes laborales, dirigentes sociales y autoridades pronunciaron discursos en un podio colocado en la entrada del camposanto, frente a la inmensa muchedumbre.
Tradicionalmente, se ha creído que fue el propio San Lorenzo quien castigó a la salitrera con su furia incontenible, pero Danilla Leiva tiene otra explicación bastante expiatoria para el santo, ofrecida en un artículo suyo justo en el cincuentenario de la tragedia de Rosario de Huara (de la que él fue testigo directo, además) y que se podría suponer "extensible" también a todas las otras descritas desgracias que ocurren cuando se falla al patrono de marras en Tarapacá:
"Es indudable que estas muertes no se le pueden cargar al Santo; fue más bien una colaboración satánica del demonio que queriendo colaborar con quien simpatizaba tanto, metió su repelente cola y se produjo la explosión en los momentos en que el incendio ya estaba totalmente controlado".
Bien sea el Diablo o el propio "Lolo", a las muertes se sumaron las millonarias pérdidas materiales de la salitrera. Los estragos resultaron múltiples y la gravedad de la situación mantuvo detenidas las actividades varios días, afectando también a oficinas vecinas como Santa Rosa de Huara, Constancia y el campamento de La Santiago, casi como un anticipo de la debacle final que esperaba a la industria salitrera chilena sólo un poco más allá en la línea de la historia.
Y así, el acto de asistir con la cola entre las piernas a Tarapacá no fue suficiente para obtener la disculpa del diácono mártir: dice Riveros Pizarro que desde entonces, la oficina Rosario de Huara comenzó a decaer económicamente y a arruinarse, hasta tener que paralizar sus actividades para siempre en 1940.
La trágica historia pasó rápidamente al relato oral del pueblo tarapaqueño, desde donde nunca se ha perdido. Fue adoptando algunas variaciones o adiciones, es verdad, pero no ha sido olvidada ni ha dejado de ser sermoneada como una clara exhortación sobre la necesidad de respetar esa suerte de contrato de fe con el santo, quizás la base de su concluyente penetración popular. Así la relataría, por ejemplo, muchos años después de sucedida y para una entrevista de investigación folklórica ("Fuentes para la historia de la República, volumen XXVI: Pampa Escrita. Cartas y fragmentos del desierto salitrero", Sergio González Miranda), don Rafael Quiroga, un ex obrero salitrero que trabajó en otras oficinas como Santa Lucía y La Palma (Humberstone) hasta la caída de la industria calichera:
"¿No ha oído una leyenda que ocurrió? Aquí hay un santo que llamamos San Lorenzo, la administración se negó a darle permiso a los devotos entonces se incendió la iglesia (Era la oficina) Rosario de Huara. (El administrador era) don Walter Müller, un alemán muy rudo. Fueron los devotos a pedir permiso por el día 10 de agosto, y se les negó, les dijeron aquí que la industria tiene que trabajar y venimos a producir salitre y no a comer santos, y al día siguiente, en el incendio, se quemó la bodega".
Hoy día quedan sólo algunos restos apenas reconocibles de lo que alguna vez fuera la bullente y activa salitrera de Rosario de Huara, castigada de forma inmisericorde y cual ciudad del Antiguo Testamento, no sabemos con certeza si por el poderío del propio San Lorenzo o, acaso, por el mero devenir entre las coincidencias insólitas sobre las que navegan, a veces, los barcos históricos por los mares del destino.
Capilla de velas de San Lorenzo, en el pueblo. La imagen del San Lorenzo que se observa en la imagen es la misma que se incendió en septiembre de 2012.
LA CREENCIA EN NUESTROS DÍAS
Este espinudo tema de los castigos a fuego no es tabú en Tarapacá: la superstición es bien conocida entre los fieles y abundan los testimonios dramáticos de algunos de ellos, muchos vividos en carne propia por los informantes.
Cuando otros obreros salitreros decidieron no ir algún año a la fiesta, por ejemplo, sufrieron accidentes terribles el mismo día de su irreflexión, como sucedió al músico de una banda religiosa al caer a una de las bateas de caldo caliente de caliche en una oficina justo tras resolver ausentarse, accidente del que sobrevivió con graves lesiones aunque era más o menos frecuente entre estos hombres, produciendo horribles quemaduras. Hay interesantes testimonios recogidos en la serie documental televisiva "Al Sur del Mundo", temporada año 1999, en el capítulo titulado "Tarapacá: epopeya del hombre en el desierto".
Del mismo modo, cuenta una mujer que no pagó el dinero prometido al santo, que se quemó ese mismo día con una olla de agua hirviendo, cuando la levantó de la cocina y se desprendió un asa de la misma; y otro sujeto que prefirió no viajar a Tarapacá durante las fiestas, acabó con su casa reducida a escombros ardientes al regresar de un encuentro "recreativo" con otros compañeros de juergas. Los comentarios sobre casas quemadas de quienes faltaron al santo son innumerables, así como los accidentes de conductores ingratos.
El hecho de que los devotos sientan que la voluntad espiritual pueda actuar a través del castigo y especialmente con la amenaza del fuego, sin duda ha de estar relacionado con la forma de la atroz ejecución de Lorenzo quemado vivo en una parrilla. Esta sensación no es exclusiva de Tarapacá, sin embargo: en la localidad de Ránquil, por ejemplo, es tal el temor que se le tiene a dicha capacidad del santo, que muchos lugareños tampoco trabajan en su día y lo toman por feriado, convencidos de que si llegan a desoír este precepto, también serán acosados por incendios y combustiones misteriosas en su entorno, como comenta Oreste Plath en su "Folklore religioso chileno".
Recalco que existen innumerables relatos de incendios y explosiones trágicas atribuidas a la ira de San Lorenzo por las faltas de sus súbditos, según lo han comentado también reputados investigadores. Acá sólo comentaré algunas pocas.
La cantidad de testimonios asombra, y la mezcla de cariño y temor de los fieles hacia el "Lolo" de Tarapacá alcanza proporciones tales que las salitreras también paralizaban en los día 10 de agosto, sucediendo toda clase de anécdotas y hechos insólitos alrededor de la fiesta y sus concurrentes, las que se han ido sumando al amplio legendario. También le he seguido la pista a algunos casos ilustrativos sobre lo caro que cuestan las deslealtades y las traiciones.
De alguna manera, para el imaginario popular la leyenda se va viendo reafirmada y confirmada constantemente en los hechos, ora por las casualidades, ora por la excesiva atención que se pone sobre tragedias a las que se puede atribuir la acción inquisitiva del santo con presencia de fuego. La mayor cuota de historias la ponen los fieles individual y personalmente, sin embargo: casi no existe alguno que no conozca un caso cercano o propio, con la clase de accidentes que suceden ante la más mínima falta o postergación para con el santo.
Mayoritariamente relacionados con esas llamas, líquidos ardientes y quemaduras, algunos testimonios son realmente sobrecogedores, y coinciden casi siempre con un accidente sucedido en el ámbito cotidiano del afectado: en su casa o en su trabajo, ni siquiera siendo necesario sacarlo del contexto habitual de vida para exponerlo al peligro divino con teteras hirvientes volteadas mientras el infeliz se prepara un café, golpes de corriente al manipular un artefacto eléctrico, cigarrillos mal apagados que inflaman un mantel, calefones que estallaron en la cara de sus dueños, cacerolas que se volcaron sobre las piernas de la cocinera, fogatas que se descontrolaron sin razón en un patio y velas que se dieron vuelta una noche de energía eléctrica cortada... Sólo por nombrar algunos ejemplos.
Iglesia y campanario colonial de San Lorenzo de Tarapacá.
SUPUESTOS CASOS RECIENTES
Los casos atribuidos a la capacidad incendiaria del santo no paran y todos los años llegan a incorporarse nuevas historias. Muchos pueden sonar sólo como algo anecdótico, pero retratan perfectamente el tipo de relación presencial y el cuasi temor que los devotos de San Lorenzo todavía sienten y hasta profesan por el mártir, además de las aprehensiones que los más leales tienen para cualquier acto que pueda ser interpretado como una falta o una incorrección hacia el mismo.
Me permitiré una infidencia, con relación a este mismo tema: como ocurre que hay cierto nivel de curiosa rivalidad entre algunos pequeños grupos de devotos de San Lorenzo de Tarapacá y otros de la Virgen de La Tirana, hace algunos años se echó a correr una controvertida teoría sobre lo que "realmente" causó el incendio que arrasó la casa y el museo que tenía en el Santuario de La Tirana, justo frente al templo, el respetado Andrés Farías, el querido y famoso vecino de ese pueblo que por décadas ofició como director y Cacique de las fiestas de la Virgen del Carmen, hasta su fallecimiento. El incendio ocurrido el 3 de julio de 2006 destruyó su casa y otras seis viviendas, además de gran parte de las colecciones de reliquias de Farías, quien se encontraba sentado en su museo particular cuando se inició el voraz siniestro, debiendo ser rescatado de allí a causa de los impedimentos que le dificultaban caminar.
Según el chisme fomentado entre ciertos devotos del "Lolo", lo que habría sucedido en verdad es que Farías fue castigado desde algún lugar de la bóveda celestial por no pagar una supuesta manda tenía contraída con San Lorenzo, y por eso éste le arrojó encima su conocida ira de fuego, justo cuando se realizaban los preparativos de la Fiesta de Virgen de La Tirana que tendría lugar sólo 13 días después… Pero demás está decir que esta fábula causa escozor entre los que conocieron al bienquisto y célebre Cacique Farías de La Tirana, siendo calificada inmediatamente como un vulgar embuste y otra leyenda más sobre el poder incendiario del santo.
Empero, a pesar de la fama pirómana, no todos sus castigos son con fuego o quemantes injurias físicas: existe también la creencia de que el "Lolo" puede perjudicar materialmente a alguien que le ha concedido un favor y no ha respondido con la misma generosidad, "multándolo" con el retiro de lo mismo que el santo le concedió. Este castigo más sutil puede plasmarse, así, en pérdidas de dinero o la reversión de lo que se le había dado como favor cumplido en cuestiones de salud, por ejemplo. Lo mismo sucede a quien ofenda, ridiculice o reniegue del santo, pues él no hace vista gorda a la soberbia ni las faltas de respeto.
Tengo registrado un caso de Alto Hospicio, que demuestra la forma en que los devotos interpretan su relación con las supersticiones y peligros que involucra el contrato con el santo: una pareja de casados bajo la protección de San Lorenzo, decide no ir durante un año por el avanzado estado de embarazo de la madre. Sin embargo, luego de una noche de extrañas y perturbadoras pesadillas que interpretó como advertencias del "Lolo", ella decidió echar pie atrás y urdió una forma de convencer a su esposo de ir a renovar sus votos matrimoniales en Tarapacá, como lo hacían todos los años. La señal fue dada por la figura de yeso del santo que el matrimonio mantiene en un pequeño altar del comedor: sin explicación aparente, cayó de bruces causando pavor en la casa y sin quebrarse a pesar del estrépito. Ella tomó el incidente como una definitiva advertencia del "Lolo" y, finalmente, obligó a su esposo a salir de su trabajo y marchar desde Iquique hasta Tarapacá, engañándolo con una llamada a su lugar de trabajo para decirle que se hallaba con posibles dolores de parto.
Por otro lado, tengo nota de un acontecimiento que fue tomado como castigo a una oveja descarriada, en una curiosa conspiración del destino caída sobre un neurótico vendedor de artesanías y bisuterías durante la fiesta. El sujeto cometió, en aquella ocasión, la imprudencia de declarar una noche y tras lo que consideró como magras ventas, que jamás volvería a visitar el poblado de Tarapacá "ni a este santo de mierda"… Coincidentemente, sólo un par de horas después fue objeto de un discreto robo o acaso la pérdida accidental de su billetera, extraviando toda la ganancia de la temporada de las celebraciones, además de sus documentos y el dinero que guardaba celosamente para realizar un viaje a Perú… Un año después, el mismo tipo estaba otra vez en Tarapacá vendiendo sus buhonerías, pero ahora sin despotricar con una sola palabra contra la fiesta y menos contra el santo. Sus labios, aparentemente, aprendieron algo de mesura y cuidado tras la desagradable experiencia.
Volviendo a los casos donde San Lorenzo arroja su maldición de fuego, tengo apuntado otro relativamente reciente, informado por la atenta y generosa familia Torres Barraza y del que dejo sólo una descripción general acá: un transportista amigo de ellos, que terminó con serias quemaduras en un accidente de camión cargado de ácido para la actividad minera, precisamente al faltar a la fiesta de su patrono, según él mismo reconocería después que su penuria.
Sin ir más lejos en reversa casuística, en una de las últimas fiestas en que estuvimos presentes en Tarapacá y en horas nocturnas previas al mismo día 10 de agosto, un grave incendio sucedido en una oscura casa de Huara, cobrando la vida de una persona. La noticia, al ser conocida entre los concurrentes a la Fiesta de San Lorenzo en la quebrada, fue inmediatamente interpretada como otra intervención castigadora, en este caso porque el finado –según el rumor favorecido por las extrañas circunstancias del siniestro- habría sido un músico o un devoto que postergó su asistencia y violó su compromiso con el "Lolo".
Es claro que hay una predisposición de los fieles a interpretar estos eventos como el tradicional castigo del santo de Tarapacá, pero la base del hecho recién descrito fue real y quedó documentado en la prensa, en medios como el diario "La Estrella" de Iquique, del viernes 10 de agosto de 2012 (artículo titulado "Vecino murió calcinado en incendio en Huara").
Por extraña coincidencia, una figura del santo colocada hacía no demasiados años en la capilla ardiente del pueblo, junto a la Cruz del Calvario que recibe a las cofradías, se quemó a fines de septiembre de ese mismo año, alcanzada por el fuego de las velas en su honor. Tras el incendio, la imagen quedó oscurecida e inclinada sobre su propio podio, con la cabeza del mártir doblada hacia el suelo, en una escena tan lamentable como siniestra, que no tardó en ser interpretada como otra señal: poco después, se hizo público el escándalo sexual que costó el puesto al Obispo de Iquique.
A pesar de todo, la Iglesia no avala oficialmente la creencia en estos supuestos castigos o las necesidades de hacer peticiones de favores con trueques obligatorios para complacer a San Lorenzo, y menos profesa que él pueda desatar semejantes puniciones pirológicas sobre sus propios fieles, cuando estos cometen algún error en el cumplimiento de mandas y compromisos. El tema sigue siendo, de hecho, algo notoriamente incómodo para los religiosos y las familias devotas más conservadoras, como lo es la propia fiesta y sus aspectos más excéntricos.

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