martes, 28 de junio de 2016

EL INCREÍBLE EXPEDIENTE SOBRENATURAL DE FRAY PEDRO DE BARDECI, UN CASO DE CANONIZACIÓN TRUNCA EN CHILE

Coordenadas: 33°26'36.55"S 70°38'51.89"W (Ubicación de la tumba)
En medio de un período de vaivenes impetuosos del río Mapocho y de la lucha de las fuerzas de orden de los tajamares contra las entropías destructivas de sus aguas, en el siglo XVII, el barrio de La Chimba recibe una extraña pero formidable visita: Pedro de Bardeci y Aguinaco, un hombre alto, blanco y de corpulencia vasca, que viene agitado atravesando el lecho para ir hasta la Recoleta de San Francisco.
El recientemente llegado acaba de cumplir la estricta regla de pobreza de San Francisco de Asís, regalando a los pobres todas sus posesiones. Según la "Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)" de Fray Juan Rovegno S., la formalización de su renuncia a todas sus posesiones materiales la hizo ante notario el día 23 de abril de 1675. Y aunque quizás no lo sabe, la nómina milagrosa de recoletos iniciada por el Negro Andrés de Guinea, sumaría con él otro tremendo referente, al convertirse Fray Bardeci (también escrito Bardesi) en el Primer Venerable en Chile, teniendo en algún momento las más serias posibilidades y razones para aspirar a la canonización aunque su proceso hoy esté detenido. Como sucede también con el Negro Andrés, además, es otro caso que antecedió a la santidad de Fray Andresito en la comunidad de recoletos franciscanos de Santiago de Chile.
Al lograr audiencia con el Guardián de la Casa, Fray José de Valenzuela, el visitante no reserva respiro en manifestarle entusiastamente su ánimo. Es natural de Orduña; venía desde Potosí para cumplir con la voluntad de ponerse a santa disposición de la Casa de Nuestra Señora de la Cabeza, en la  Recoleta de San Francisco. Seguramente, el muchacho de unos 25 años ocultaría por prudencia, mientras tanto, el que la decisión de ingresar a los recoletos no era exactamente suya, sino voluntad de la mismísima Virgen María según confesó después.
Pedro de Bardeci había nacido en Vizcaya, España, el día 6 de abril de 1641. Por voluntad de su padre viajó a México con sus dos hermanos para dedicarse al comercio. Allá hizo sociedad con un rico vecino, pero no tardó en revelarse al sucio negocio especulativo de lucrar con productos de vital importancia para la gente más pobre y menesterosa, abandonándolo y dedicándose, a continuación, a la venta de tabaco.
Cuenta Fray Francisco Cazanova  en "Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago" de 1875, que fue entonces cuando Bardeci tuvo la primera revelación de varias que lo llevarían a entregar su vida a los votos sacerdotales: una noche en que se hallaba rodeado de muchos clientes, pasó a su tienda un mendigo y le pidió una limosna por amor de Dios. Aunque sensible al dolor como todo mal comerciante, Bardeci le pidió al mendigo que esperara para que atendiera a sus compradores y podría dedicarle un momento a él. Pero el extraño personaje le respondió diciendo que su urgencia era mayor y que, a los ojos de Dios, no sería bien visto postergarla por seguir con las ventas, tras lo cual desapareció retirándose entre la multitud, dejando a Bardeci confundido y meditabundo. Después de un tiempo reflexionando la curiosa situación, decidió abandonar definitivamente el rubro del comercio.
Cuadro de Bardeci junto a los pobres, en el Templo de San Francisco (Alameda).
Detalle del cuadro con biografía (con un curioso error, al señalar muerte en 1701)
Su siguiente ocupación fue como escribano de un prestigioso navío. Pero la conciencia social volvió a traicionarlo cuando las autoridades le encargaron inspeccionar los artículos que llevaba de contrabando en el barco un mercader, el que hizo lo posible por convencerle de no certificar dicha carga pues, si era denunciado, su familia y especialmente sus hijos caerían en la miseria. Incapaz de ignorar las súplicas del pobre desgraciado, Bardeci decidió no denunciarlo pero, colocado en tal predicamento producto de su falta profesional, también huyó del navío comunicándoselo después a su confesor el Padre Juan de Toro. Escapó hasta el Perú y desde allí a Potosí, donde se dedicó a la minería en calidad de científico, llegando a publicar un trabajo al respecto.
Allá en el Alto Perú, Bardeci desarrolló actividades a las que fue invitado por don Francisco de Esquivel, su amigo, a quien le ayudó en la educación y mantención de sus hijos. Mientras no estaba en las faenas de las minas, visitaba las iglesias del territorio como pasatiempo.
Un día, en estos paseos y quizás ya cansado de las aventuras, entró a una pobre capilla en la que había una efigie de la Virgen María, a la que suplicó revelarle la voluntad de Dios con respecto a él. Inesperadamente, escuchó que esta imagen le susurraba pidiéndole una lámpara y unos candeleros de la plata de su mina, “y que después de esto ella le manifestará la voluntad de su Divino Hijo”, según recordaba el Padre Nicolás Freites, quien escuchó esta historia contada por el propio Bardeci.
Sorprendido, partió a su mina donde encontró los trozos de plata necesarios para los objetos que le habría solicitado la Santa Madre y el pago de sus forjas. Según su testimonio, volviendo al santuario y colocándolo sobre el altar, escuchó otra vez la voz celestial:
- Ve a Santiago de Chile y toma el hábito de religioso en el convento de descalzos, llamado de Nuestra Señora de la Cabeza y allí me servirás, por ser ésta la voluntad de mi Santísimo Hijo.
Zarpó entonces a Valparaíso, obediente. Llegó a Santiago para hospedarse a la casa de su hermano Francisco, el mismo que según tenemos entendido, hizo donaciones de terrenos para asentar el monasterio del Carmen Alto en la Alameda, frente al Cerro Santa Lucía. Él, pues, ya llevaba un tiempo establecido en Chile.
Vista de la sala donde está la cripta y el cuadro.
Otra vista de la misma sala. Más allá de que se crea o no la historia milagrosa del fraile, sin duda se esconde bajo esta tumba uno de los misterios más increíbles y cautivantes de la historia de la religiosidad en Chile.
Fue desde allí donde, desprendiéndose de todos sus bienes, partiría hasta la Santa Recolección a complacer la petición. Fray Cazanova nos da una imagen de cómo lucía el barrio en esos años y de cómo fue el arribo de Bardeci al ultra Mapocho, pronto acompañado de un insólito y sorprendente nuevo suceso sobrenatural:
"Existía por aquel entonces en la antigua Recoleta un compás que cerraba la avenida de la iglesia y en el ángulo que daba a la calle existía una Cruz llamada de Vera, colocada sobre un pilar de cinco varas de alto y delante de la cual ardía constantemente una lámpara desde que oscurecía; sucedió que pasaba por allí una noche el Siervo de Dios, llevando sobre sus hombros, hecho un rollo el sayal que para el hábito le habían tejido. Lleno de su corazón de santa alegría, al considerar su próxima entrada en la religión y encendiendo su fervor a la vista de la cruz, se levantó súbitamente en el aire como una vara sobre la cabeza de ella; y después aseguró que desde esta altura veía la lámpara bajo sus pies con gran asombro y arrobamiento de su alma".
No sería la última experiencia de levitación por parte del extraordinario personaje, según su leyenda.
Al llegar a la recolección, había sido recibido por el Guardián Valenzuela, quien se llevó una buena impresión del postulante y le permitió el ingreso inmediato, entregándole después los hábitos, ocasión en donde adoptaría el nombre de Fray Pedro de la Natividad. Sin embargo, Cazanova dice que Bardeci tomó el hábito el 8 de diciembre de 1664, mientras que Benjamín Vicuña Mackenna, en su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868", apuesta a que el año en que se graduó fue 1667. El año de 1664 aparece en otras referencias que hemos consultado, como aquel de su formal investidura franciscana (quizás el error se deba a la lectura de los registros manuscritos del archivo franciscano, pues a veces es fácil confundir un 7 con un 4), aunque es curioso que mientras Vicuña Mackenna declara que Bardeci tenía 25 años en este momento, Cazanova dice que eran 26 años y 5 meses. Sin embargo, éste último agrega el revelador detalle de que "concluido su año de noviciado, profesó solemnemente el 8 de diciembre de 1668". También resulta un poco confuso que aparezca en la citada obra de Rovegno renunciando a sus posesiones recién en 1675, y que en el cuadro de su cripta en la Iglesia de San Francisco diga textualmente: "Fue portero de esta Santa Recolección, donde tomó el hábito de lego el día 8 de diciembre de 1675".
Tras dicho año de noviciado, en que no estuvo lejos de la tentación de abandonar la empresa (mediando nuevamente la Virgen María para evitar su deserción, según dijera él), al fin comenzó a profesar el 8 de diciembre del año siguiente. Un presagio curioso sucedió aquel día, en el momento de la profesión: todo el recinto de la Recoleta comenzó a temblar, extraño fenómeno que fue reportado por testigos como el propio Guardián Valenzuela, quien se lo explicó como iras furiosas del Diablo, molesto con este triunfo de la fe.
Acercamiento a la gran piedra de la cripta, con su nombre.
Detalle de las placas de agradecimientos "por favores concedidos".
Rápidamente, y oficiando como portero del convento, Fray Pedro se convirtió en uno de los monjes más queridos y conocidos de la orden, atrayendo con su carisma y su generosidad a muchos fieles, precisamente en momentos que la Recoleta iba cobrando fuerza y popularidad en la sociedad santiaguina. Le llamaban el Padrecito de los Pobres, pues diariamente daba ayuda a los desvalidos en aquellos difíciles años de crisis económicas en Chile. Y así fue pavimentándose el camino a su condición de Siervo de Dios y Venerable.
En momentos de exiguos aportes a la Santa Recolección, que afligían al Guardián Valenzuela, el sacerdote fue capaz de pronosticar también que venían días mejores para el alimento del pueblo y las limosnas para los pobres, tal cual se cumplió después. También se impuso con predicciones e intervenciones mediadoras sobre disputas internas en la orden.
Sus virtudes como interventor de paz quedaron demostradas en innumerables ocasiones, y su caridad ilimitada para con los pobres y los desposeídos alcanzaba incluso para animales del convento y otros de los alrededores, a los que alimentaba con su propia mano en las puertas de la orden. Se recuerda de él que dormía apenas dos horas al día y teniendo un tronco por almohada. También usaba su cabeza descubierta todo el tiempo, con la capucha abajo y su calva expuesta a lluvias y a soles, extraña costumbre que mantuvo toda la vida y que llamó siempre la atención de quienes le conocían. Aunque no era común que paseara por las calles, un día de aquellos en que lo hizo, un vecino del barrio intentó persuadirlo de capear el intenso Sol veraniego que caía sobre la cabeza del sacerdote:
- Padre, ¿por qué no se cubre? –le dijo.
- Porque delante del Rey no se cubren los vasallos –respondió él.
Lo que más sorprende en la vida de Fray Pedro Bardeci quizás sean testimonios como los de sus señalados actos de supuesta levitación, que era capaz de realizar mientras se sumía en el profundo trance de la oración. Caía en una especie de estado catatónico, quedando estático y en su misma posición de rezo se levantaba del suelo ante el asombro de todos los presentes. Una confirmación testimonial la da Fray Juan de Toro, quien era a la sazón maestro de los teólogos del Convento de San Francisco en la Alameda, pasando al de la Recoleta en 1693. Dice su testimonio reproducido por Cazanova:
"…en más de tres o cuatro ocasiones vio que el dicho Siervo de Dios tuvo raptos extraordinarios y éxtasis, levantándose su cuerpo de la tierra como dos varas. Solían durarle un cuarto de hora. Y que fuera del coro, en los huertos donde se ocupaba en cultivar algunas flores para adorno de Nª Señora, también lo vio elevado de la tierra".
Imagen tomada de la secuencia biográfica en torno a su cripta. Muestra lo que parece ser el episodio de una visita a una familia cuando anticipó que el bebé de la casa se iría "al cielo".
A esta supuesta habilidad se sumaban otras no menos impresionantes, descritas por Vicuña Mackenna con un entusiasmo que -se sabe de sobra- no es frecuente en su pluma tan anticlerical cuando la dirige hacia asuntos de la Iglesia:
"…se cuenta el haber adivinado que un caballero llevaba en su caja cierto rapé envenenado para matar a un enemigo; y de aquella que presintiendo el peligro en que se hallaba una pobre mujer llamada Candelaria Isboran de caer en pecado por una deuda de cuatro pesos, se los llevó tan en tiempo, que estorbó su consumación".
Este último caso es detallado y ampliado por Cazanova de la siguiente manera: sucedió que una niña muy decente pero pobre llamada María Candelaria Isbán (difiere del apellido anotado por Vicuña Mackenna), estaba con la urgencia de conseguir cuatro pesos para pagar el alquiler de la casa bajo la presión del propietario. Desesperada y sin la protección de su marido que andaba de viaje, la afectada optó por el camino menos honesto y más vergonzoso, recurriendo a un caballero francés que la había pretendido cuando era joven con regalitos y presentes varios. Inesperadamente, durante la noche pasó a su casa Fray Pedro acompañado del donado José y, entregándole los cuatro pesos envueltos en un papel blanco, le dijo:
- Supla, hija, su necesidad, ahí le envían esa limosnita, recíbala del donado y por tan poco interés no se resuelva a ofender a Dios.
Sorprendida, ella preguntó al generoso sacerdote quién le había enviado el necesario dinero. Pero él sólo respondió repitiendo el mismo dulce mensaje que acababa de declamarle. Fue tan fuerte la experiencia que la propia María Candelaria se encargó de darla a conocer, venciendo los pudores y confirmándola real.
Prodigios adicionales son reportados en torno a su recuerdo en la Recoleta. Además de su amor a los animales, parece haber existido una auténtica comunicación con ellos, tal como la que habría tenido San Francisco de Asís, pues en una ocasión Bardeci casi fue atacado por un toro bravo suelto que, al llegar a su lado en la calle, cayó súbitamente de rodillas y lamió la manga de su hábito como si lo besara, ante el asombro de todos. También habría tenido el don de la bilocación, ya que cuando estaba en Santiago de Chile fue a visitar al mismo tiempo a su anciana madre y la estuvo atendiendo durante los últimos días de vida. Adicionalmente, poseía dotes de resurrección, según otro episodio descrito por el mismo Fray Toro y transcrito por Cazanova:
"Que en otra ocasión encontrase el Siervo de Dios tan gravemente enfermo que a él mismo le parecía que ya iba a espirar; y aun le fue dado parte como superior de la casa que ya había muerto el Siervo de Dios, por lo cual, yendo a su celda y poniéndose al lado de su lecho, lo tocó con sus manos y vio que estaba como un tronco sin movimiento alguno sin señal de vida: que después de mucho tiempo volvió en sí sin medicamento alguno y dijo: Gracias a Dios ya esto ha pasado y dando a entender que había tenido alguna sobrenatural ilustración de su mejoría y de facto se experimentó que quedó sano y libre de aquella enfermedad y causada sólo por el amor de Dios".
Como el mítico sabio Honi ha-Meaggel de la tradición hebrea, la leyenda del sacerdote recoleto dice que podía hacer llover con rogativas al cielo. Así lo hizo para asombro de todos hacia sus últimos años de vida: estando cautivo y sin agua junto a otros franciscanos por nuevas disputas internas de la Iglesia, logró provocar chubascos sólo en el lugar de la ciudad donde se encontraba retenido.
En otra de sus ocasionales salidas por las calles, se puso frente a un oficial militar que estaba sentado delante de su casa muy temprano, con aspecto atormentado y confundido. En el mismo momento en que el oficial lo saludó besando la manga del sacerdote, éste le dijo con severidad:
- Mira, hijo, si fuera cierto lo que te imaginas, el demonio te cegaría a fin de que continuase la ofensa de Dios; más aquella mala bestia te ha metido en la cabeza esa tal cosa para inquietud y alteración de tu alma; deja esos pensamientos y vive en paz con tu mujer.
Asombrado, el tipo se arrojó a los pies del milagroso cura, pidiéndole perdón al Cielo: entre sus ropas traía un puñal con el que planeaba darle muerte a su propia esposa, acosado por los mismos celos necios de Otelo. Desde allí, habría ido a pedirle disculpas directamente a ella.
Un caso muy parecido (en caso de no ser el mismo, en otra versión) es el de cierto sujeto que también planificaba apuñalar a su mujer hasta que su casa fue visitada por el sacerdote, quien le enrostró saber sus intenciones, exigiéndole entregar el arma. En otra ocasión, cuando un señor llamado Juan de Sartiga, tras ir al pedregal del río decidió devolverse a dar muerte a su mujer Rosa García por una grave discusión doméstica, Fray Pedro de Bardeci se le apareció exactamente en el mismo momento a ambos cónyuges pero en lados distintos: al primero en la misma vega del río, pidiéndole recapacitar, y a la segunda en su casa, sugiriéndole pedir perdón a su marido por las razones de la pelea.
En cierta ocasión también jugó con lo que hoy algunos llamarían telepatía o clarividencia, al advertir a una mujer de las verdaderas y oscuras intenciones de un señor que solía visitarla pidiendo limosnas; y frustró el intento de fuga de un novicio del convento, el futuro sacerdote Fray Nicolás de Vera, al comentarle que conocía de alguna misteriosa manera de sus planes secretos. Y como si fuera poco, en alguna otra oportunidad el sacerdote confrontó a otro novicio, el más tarde investido Fray José de Santander, por fingirse loco para no ir a las reuniones adivinando con esa inexplicable virtud que sus actos de perturbación mental eran actuados. También, en otro de los varios casos parecidos, reveló al mismo novicio saber que pretendía dejar el convento y lo persuadió de lo contrario.
Y parece ser que Bardeci se reservaba un milagro por cada asomada a la calle, porque refiere Cazanova que en otra ocasión, un joven que tenía amoríos impropios con una muchacha de La Chimba, tarde en la noche se encontró con él en el camino hacia esta querida. Usando su poder (o lo que fuera), el franciscano le advirtió que se retirase y abandonara esa relación por el bien de su cuerpo y de su alma. El muchacho se devolvió confundido pero, tras atravesar el río, regresó sobre sus pasos convencido de que la aparición del cura había sido su imaginación o casualidad. Tuvo la precaución, sin embargo, de tomar ahora otra calle. Cuál sería su sorpresa al descubrir también en ella a Fray Pedro, otra vez. Probó con distintas rutas y siempre fue lo mismo. Perturbado y sorprendido, finalmente, se rindió y se retiró, al fin. Al día siguiente, la propia niña de sus aventuras le contó que acababa de salvarse de la muerte por no haber ido a visitarla, pues los hermanos de la misma chica ya se habían enterado de esta relación pasional y le prepararon una mortal emboscada en la casa como castigo y venganza a las vergüenzas.
Ocasión en la que Bardeci logró detener un toro bravo y suelto por las calles cuando éste trató de atacarlo, según la historia que se cuenta de aquel incidente. Imagen tomada de la secuencia biográfica en torno a su cripta.
En otra experiencia sorprendente, el síndico del convento don José López Villamil, tuvo un altercado con don Juan Zerán, en el que ambos llegaron a sacar espadas para irse a duelo. El Guardián Toro intervino tomando a López y escondiéndolo en la celda de Bardeci, quien al verlo le advirtió que esa misma “naturaleza” que acababa de poner de manifiesto le iba a quitar la vida. Poco después, el síndico falleció de… ¡cólera!
Está también el caso de doña Josefa Alfaro quien, tras negársele una confesión porque el sacerdote jesuita Domingo Marini le exigía necesario comulgar, se retiró de la Iglesia de la Compañía de Jesús siendo alcanzada en la calle por Fray Pedro: él sabía misteriosa y perfectamente lo sucedido, aconsejándole obedecer al cura.
Hubo también una vez en que, para atravesar el río más caudaloso que de costumbre, Bardeci y su compañero el donado José pidieron ayuda a un caballero joven llamado Juan Contreras, que iba hasta la otra orilla en lomo de mula. Sin embargo, él se excusó advirtiendo que el animal era un poco intranquilo y que fácilmente podría derribarlo sobre el agua en una sacudida. Fray Pedro insistió y, lleno de temor, Juan accedió a llevarlos. Estaban en esto cuando el cura le dijo dulcemente al muchacho que abandonara la relación ilícita que tenía con una joven a cuya casa se dirigía, y que usara los doce pesos que llevaba en el bolsillo con la intención de complacer su lujuria, en necesidades de su numerosa familia. Tras quedar pasmado por el comentario, Juan se dispuso a volver para traer a la otra orilla al donado José. La mula, en ningún momento se puso violenta; pero sí el corazón del muchacho al verificar que llevaba, efectivamente, doce pesos en sus bolsillos, esos que pensaba gastar en sus secretillos.
Otras maravillas de su vida como sacerdote milagroso (o de paragnosta, quién sabe) siguen siendo reportadas por Fray Cazanova. En una de ellas, Bardeci salvó la vida a don Juan de Hermua, natural de Lima que había llegado a la Recoleta a pasar sus últimos días gravemente enfermo y ya agónico. Su último consuelo era ver frente a su lecho de muerte a la imagen de Nuestra Señora de la Cabeza. Cuando se la llevaron, Fray Pedro se arrodilló y le rogó por la vida del moribundo. Permaneció largo tiempo así, mientras todos los demás presentes se durmieron al avanzar la noche. Pero en un instante, el enfermo despertó animoso y consciente: Bardeci le había conseguido una valiosa prórroga de vida de seis meses más, a cuyo fin de plazo volvió hasta la Recoleta pidiendo estar presente en lo que fueron sus últimos momentos de feliz vida.
Hay otros fenómenos que algunos se apresurarían a definir como precogniciones y más clarividencias en la vida del Fray Pedro Bardeci. A la angustiada Doña Catalina de Arteaga, por ejemplo, le reveló que su marido Juan Diez Gutiérrez estaba sano y vivo en momentos en que ella lo creía atrapado por corsarios tras salir de Valparaíso al Callao y no recibir nuevas noticias de él. Le informó de detalles del viaje que no podría haber conocido. Y en otra ocasión, a esta misma señora le advirtió que su hijo sano y alegre de dos años iría “¡Al cielo, al cielo!”, levantándolo el brazos y haciendo esta exclamación. Sin que nada lo hubiese hecho prever, el niño murió pocos días después; se fue al cielo.
"Entró una vez el Siervo de Dios –cuenta Cazanova- en casa de un caballero apellidado Inza, vizcaíno de nación y paisano suyo, en circunstancias de que estaba muy afligida la señora, su esposa, de los dolores del parto, a que se hallaba próxima. Pidióle la paciente rogase a Dios por ella, para que saliese con felicidad de tal aprieto, y el Siervo de Dios la consoló diciéndole que luego que él se fuese daría a luz un niño sin novedad alguna. Despidióse a poco rato, e iba saliendo todavía por el zaguán de la casa, cuando le detuvieron para que viese al recién nacido, y le diese su bendición. Vuelve gustoso el Siervo de Dios, y tomando en sus brazos al infante, le besó los pies diciendo que ese paisano sería un gran religioso sacerdote; que se lo cuidasen mucho. El suceso verificó esta predicción. El niño fue un ejemplar religioso llamado Fr. Manuel Inza en el mismo convento que vivió el S. de Dios”.
A pesar de sus increíbles capacidades que lo hicieron candidato a santo, estaba escrito en alguna parte del libro del destino que allí, en la misma Recoleta, Bardeci encontraría la muerte sólo siete meses después de completado el traslado de los franciscanos hasta el convento.
Pintura reproduciendo una de las supuestas experiencias de levitación de Bardeci, durante sus trances de éxtasis. Imagen tomada de la secuencia biográfica en torno a su cripta.
Las historias sobrenaturales no concluirían con la partida de Fray Pedro Bardeci, pues hubo una enormidad de otros milagros que se le atribuyeron en este período. Por espacio y para no terminar en una semblanza completa suya (que de milagros parece construida, precisamente), sólo mencionaremos en términos generales sus últimos prodigios en vida; y algunos incluso después de ella.
Uno de estos fenomenales acontecimientos ligados a la leyenda de Bardeci fue el dado a doña Cecilia Henríquez, que estaba afectada por un grave y persistente dolor de cabeza. Fray Pedro pronosticó que cuando él muriera, esta terrible jaqueca pasaría. Y a Francisca Calderón, niña ciega de nacimiento, también le predijo que vería después de morir él. Y así fue en ambos casos: tanto el dolor de la señora Cecilia como la ceguera de Francisca se fueron con la vida de Bardeci, extinta el 12 de septiembre de 1700, a las cuatro de la mañana.
Tenía 59 años al expirar liberando su último aliento. Ese mismo domingo se había celebrado la fiesta del Dulce Nombre de María. Su última voluntad en la agonía de fiebre y dolores, expresada al mencionado sacerdote Domingo Flores, fue que cuando éste fuera prelado, exhumaran su cuerpo para sepultarlo a los pies de Nuestra Señora de la Cabeza en la Recoleta.
Sin embargo, es aquí donde quedará demostrado que su registro de milagros no cesaría con la muerte. Reaparecen, de hecho, al momento mismo de fallecer, pues se habría presentado ante su amigo el leal hermano José, vestido de blanco y resplandeciente para despedirse de él. Por ello, cuando fueron sus compañeros a avisarle de la muerte del estimado Pedro, él ya estaba perfectamente enterado de lo sucedido, según lo testimonió el padre Freites. En esta aparición, Bardeci le pronosticó a José que volvería a buscarlo en un año más, falleciendo éste, efectivamente, en septiembre del año siguiente. Esto lo habría alcanzado a informar el propio hermano Pedro, en vida.
Incluso en sus exequias seguían ocurriendo cosas increíbles, como curaciones de enfermedades y visiones que son detalladas por Fray Cazanova, todas ellas documentadas por innumerables testigos y reportes.
Durante los tres días que siguieron a su deceso, además, el cuerpo del sacerdote se mantuvo flexible y sin la rigidez cadavérica, con aspecto de persona viva y con una extraordinaria blancura, permitiendo que se postergaran en un día sus funerales, para que los miles de fieles pudieran visitarlo y ser testigos de los sensacionales acontecimientos que seguían produciéndose:
"Quedó el cadáver del Siervo de Dios muy blanco, su semblante sereno, con aspecto de persona viva y con toda su flexibilidad natural; así lo aseguran cuantos le vieron. Todos los habitantes de esta ciudad, a la noticia de su fallecimiento, recurrían en tropel para tener el consuelo de ver por última vez al varón admirable, al bienhechor generoso de los pobres y de cuantos a él habían recurrido. Llenóse de pueblo el interior de los claustros, la iglesia y la plazuela; ya no quedaba lugar para la gente que de hora en hora se aumentaba, viniendo hasta de los campos al ruido de tan extraordinaria novedad. Unos, postrados ante el féretro, buscaban los pies y las manos del venerable difunto, reconocidos por sus beneficios, otros cortaban pedazos del hábito para llevarlo por reliquia; cual lloraba su irreparable pérdida, cual se encomendaba al Siervo de Dios como a un verdadero santo; y todos le invocaban a grandes voces, diciendo no se les impidiese ver su cadáver por la última vez, que era el único consuelo que podían esperar".
Sólo el día 15 pudo ser despedido de este mundo en la iglesia del Convento Grande y llevado al Presbiterio de San Francisco. Cabe añadir que, por la presión popular, el cuerpo de Fray Pedro Bardeci fue sepultado en un cajón en esta cripta de la Iglesia de San Francisco en la Alameda, y no desnudo en la tierra como era la voluntad franciscana, por lo que debió autorizarse por dispenso este descanso en un ataúd especial.
Aparición de Bardeci apenas murió en el Convento de Nuestra Señora del Socorro o de San Francisco. Imagen tomada de la secuencia biográfica en torno a su cripta.
Sin embargo, durante la ceremonia tendría lugar otro asombroso hecho: cuando Fray Antonio Navarro intentó recitar la clásica oración de los difuntos “Absolve quesumus, Domine, animan famili Petri”, sólo conseguía vocalizar el rezo “Confesoris tui solemmitate letificas”, que es el de los santos confesores. Por más que lo intentó, no pudo corregir y repitió la oración con estas mismas palabras. Al terminar la ceremonia, cayó de rodillas ante el cuerpo y llorando emocionado, pues había comprendido como una intervención divina lo que había provocado tan simbólico suceso.
Todavía hay reportes de una serie de casos de curaciones milagrosas y sanaciones de agónicos que fueron llevados hasta el lugar de su sepultura cuando aún estaba fresca, y que se suman al interminable historial de milagros atribuidos a este hombre santo.
Cuando se intentó una posterior exhumación de su cuerpo para sepultarlo según su petición, se enfrentaron con otra sorpresa en esta cripta, que estaba junto a la tarima del Altar Mayor de San Francisco Solano que existía al momento de ser sepultado. Los sacerdotes Domingo Flores, Pascual Garay, Nicolás Freites y otros religiosos abrieron este sepulcro con ayuda de unos trabajadores, pero sólo encontraron dentro del cajón un agua perfumada que llegaba hasta el borde y que, también milagrosamente -según su interpretación- no se filtraba por entre las tablas. Tras buscar en torno a la cripta, pensaron que se trataba de alguna veta de agua o filtración que se habría escurrido al sepulcro, pero nada encontraron confirmando esta idea. Dentro de esa misteriosa sopa había sólo un hueso, muy blanco y pulido, que fue retirado por Garay para ser observado. Flores, que a la sazón era padre provincial, ordenó colocar la pieza ósea otra vez dentro de la cripta, pero con las osamentas de otros tres cadáveres vecinos, para evitar que los restos se convirtieran en lugar de un culto popular que no estaba autorizado aún por la Iglesia, decisión que le ha sido reprochada duramente en épocas posteriores. El prelado también ordenó cerrar el sepulcro y suspendió el traslado a la Recoleta.
Años después, el 23 de diciembre de 1733 y cuando estaba iniciado ya el proceso para su reconocimiento, la cripta volvió a ser abierta, inspeccionada y cerrada otra vez, permaneciendo en el mismo lugar de la Iglesia de San Francisco.
En tanto, en la pared de este claustro franciscano de la Alameda se instaló un retrato suyo con la siguiente inscripción:
"El venerable padre fray Pedro Bardesi, hijo de esta provincia y natural de Orduña, hijo de don Francisco Bardesi y doña Catalina de Aguinacio y Vidaurre, oriundos de Vizcaya".
El Convento de San Francisco también atesora parte de la cruz que usaba Bardeci para pasear por el Vía Crucis en la Recoleta, pieza de madera cuya otra mitad fue enviada a la iglesia franciscana de Orduña, en España, donde es conservada con devoción.
Con respecto al hasta ahora fallido intento de canonización, el camino comenzó el 14 de febrero de 1724, cuando los religiosos de San Francisco presentaron al Obispo Alejo Fernando de Rojas y Acevedo una carta solicitando iniciar un proceso con un informe “Non Cultu”. La intención era que la devoción hacia su alma, hasta ese momento irregular, fuera aceptada y aprobada para avanzar hacia la beatificación. Se creó una comisión para atender el caso y así fueron reuniéndose testimonios que acreditaban la condición especial del fallecido.
Sólo en 1730 pudo despacharse este proceso a la Santa Sede, pero la inexperiencia en los procedimientos comenzó a pasarle la cuenta a los chilenos. La Sagrada Congregación de Ritos encontró que faltaban antecedentes y mandó una guía informativa para que pudiera cumplirse correctamente con el procedimiento, retomándoselo en 1732 con el estudio de otra colección de casos documentados de milagros suyos, entre los que estaban los testimonios de importantes ciudadanos y religiosos de Santiago como los que revisamos anteriormente. El informe de los jueces quedó listo para ser presentado al Vaticano en septiembre de 1734.
También se inició el segundo proceso, titulado “De la Fama de Santidad, Virtudes, Dones Sobrenaturales y Milagros del V. S. de Dios”, concluido recién en 1751 y enviado a Roma al año siguiente. El proceso encendido con el “Non Cultu” fue aprobado por la Santa Sede en 1755; pero el “De Santidad, Virtudes, Dones” quedó pendiente mientras se verificaba la constancia de la fama del Siervo de Dios. También se inició un nuevo proceso de “Non Cultu” a principios de ese año y remitido al siguiente. Se empezaron otros dos titulados “De Virtutibus et Miraculis in Specie”, terminado en 1775, al que siguió “De Virtutibus in Genere”, que se prolongó por varios años más y sufrió una suspensión en 1793.
Acercamiento a los agradecimientos de los fieles.
Plazoleta Pedro de Bardeci, afuera del templo.
Hubo varios intentos e insistencias posteriores para reponer el proceso, pero la mencionada falta de experiencia en estos trámites y las intrigas rondaron durante todo el noble trabajo. En 1853 se emitió un decreto a tales efectos, pero todavía en los tiempos de Vicuña Mackenna este proceso seguía en suspenso. Según este autor, en 1863 se había realizado una nueva apertura de su lugar de reposo, en donde se verificó que el cuerpo del sacerdote no estaba en el sarcófago, para el asombro de los trabajadores e inspectores , pero para confirmación también de las historias registradas en las anteriores inspecciones de la cripta.
Aunque el título de venerable Siervo de Dios acompaña su nombre casi como parte del mismo mientras está pendiente el avance hacia el reconocimiento de sus condiciones atribuidas, su beatificación y posterior canonización nunca avanzaron pese a la rauda celeridad que el Vaticano (a veces ensombrecido por las cuestiones políticas y otras todavía menos decorosas) ha expresado en otros casos mucho menos interesantes o menos documentados que el de Fray Pedro Bardeci, el posible Santo que vivió en las orillas del Mapocho.
Pero no menos ingratos han sido los propios santiaguinos, que jamás cumplieron con su deseo final de ser sepultado en tierra, ni la voluntad popular de que sus restos (o lo que haya dentro de su ataúd) se trasladaran a tiempo desde la Iglesia de San Francisco a la de Recoleta, ante su Santa Madre.
Un pequeño santuario con imágenes de su vida se ha hecho en torno a su cripta al inicio de la nave derecha del templo, con placas de agradecimientos por milagros que sigue haciendo todavía desde el Más Allá, según sus fieles. Una placa colocada por representantes de la Ciudad de Orduña, recuerda al personaje allí en la sala de su sepultura con parte del mensaje que la Virgen le habría dado enviándolo a nuestro país:
Vble. Fr. Pedro de Bardeci
Vete a Santiago de Chile y toma el hábito de religioso en el convento de Descalzos de Nra. Sra. de la Cabeza.
Murió en Santiago el doce de Septiembre de 1700
Homenaje de la Excma. Diputación de Vizcaya y de la M. N. y M. I. Ciudad de Orduña.
Otra placa de mármol, del Instituto de Conmemoración Histórica, aporta con el siguiente mensaje:
EN ESTE TEMPLO REPOSAN LOS RESTOS DEL CIERVO DE DIOS
FR. PEDRO DE BARDECI O.F.M.
APÓSTOL FRANCISCANO DE LA PAZ EN LAS FAMILIAS Y SERVIDOR DE LOS POBRES Y LOS ENFERMOS.
EN EL TRICENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO
1700 - 12 DE SEPTIEMBRE - 2000
INSTITUTO DE CONMEMORACIÓN HISTÓRICA DE CHILE
La plaza dura con la fuente de aguas que hasta cuarenta había pertenecido a la desaparecida Pérgola de las Flores, frente al acceso a la misma iglesia y su convento en Alameda Bernardo O'Higgins junto a la abertura de calle Londres, siendo la misma que en su momento se viera colmada de fieles despidiendo al venerado sacerdote, hoy lleva su nombre: Plazoleta Fray Pedro de Bardeci O.F.M.

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