sábado, 9 de abril de 2016

CASUÍSTICA FUNDACIONAL DEL MISTICISMO EN EL VALLE DE ELQUI (PARTE III): LA LEYENDA DE LOS LAMAS TIBETANOS EN EL ELQUI

Vista lateral de la casa elquina donde supuestamente alojó la delegación de monjes lamas en el Valle de Elqui, en 1959, observada desde los altos de una residencia vecina.
Haciéndose por momentos difícil distinguir cuál manifestación está auténticamente ligada a las connotaciones espirituales que se le asignan al Valle de Elqui y cuál es sólo producción introducida por simples intereses lucrativos, existe una leyenda basal de las tradiciones que dan identidad al mismo y su fama: la supuesta presencia de misteriosos lamas tibetanos en algún lugar de su geografía, venidos a consecuencia de la ocupación china del territorio himalayo en 1959. Este episodio, por estar cronológicamente en los orígenes de tal rasgo cultural y turístico que hoy ofrece el valle, forma parte del mismo grupo de casos precursores y adelantados como los dos ya vistos acá: el Cristo del Elqui y la "Hermandad del Pacífico", primeros artículos de esta serie.
El mito (que no es tan mito, según me insisten) se halla en los fundamentos mismos del valle y de su pretendido vínculo geomántico con el Tíbet, pudiendo tener su semilla en hechos e interpretaciones que nos habíamos propuesto investigar, y sobre las cuales hemos ido llegado a novedades, recientemente, parte de las cuales compartiremos acá.
Ya vimos que la organización denominada "Hermandad del Pacífico" nacida en los años veinte, predicó como revelación un supuesto traslado del eje espiritual y geomagnético de la Tierra desde el Tíbet hasta el Valle de Elqui, desde los 30° Norte a los 30° Sur, siguiendo al dedo presuntas enseñanzas de tono profético compartidas por iluminados hindúes y budistas himalayos, las que han tenido refuerzos de difusión gracias a distintos autores y ensayistas, algunos más serios que otros. Sin embargo, el gran evento que consuma la creencia en tan publicitada relación entre los distantes puntos del mundo, habría sido el arribo de una delegación tibetana de entre 30 ó 40 monjes lamaístas, llegados desde el Lhasa al valle en una misteriosa misión ejecutada durante la oscura época de la invasión china y que testimoniaran, entre otros, el ex soldado SS y montañista austriaco Heinrich Harrer, en su célebre libro "Siete años en el Tíbet".
¿Qué objetivo tenía la delegación tibetana en el Elqui, en caso de tener algún rasgo de realidad la historia de su visita al valle, casi olvidado de Dios en aquellos tiempos en que su tortuoso camino ni siquiera era pavimentado y escaseaban las viviendas para los residentes? ¿Buscaban sólo un posible lugar donde asentarse lejos de la persecución comunista, o traían algo para ocultar en estas tierras lejanas, como creen los lugareños insistiendo en la idea de enromes tesoros de oro, joyas culturales y riquezas retiradas desde sitios sagrados como la ciudadela de Potala, para ser salvados de la destructiva Revolución Cultural?
No hay consenso entre las versiones de esta historia, sin embargo: mientras algunos elquinos hablan del arribo lama en el valle en 1947, cuando comenzó la guerra civil, otros dicen que tuvo lugar en la invasión de 1950 que sometió al gobierno tibetano, o bien la de 1959 con la ocupación total china del territorio y sofocado el intento de rebelión de ese año, con el beneplácito de la URSS apoyándola en foros internacionales a través del silencio pusilánime. Como no podían faltar, también hay quienes hablan de dos o tres venidas de lamas al valle, aunque también sin claridad sobre cuál fue la fecha de la primera llegada.
Autores como la escritora Malú Sierra, en su "Elqui. El cielo está más cerca" (un libro que no parece ser del gusto ni la credibilidad de todos los locales, aclaro), señalan que antes de su arribo los lamas habían hecho llegar, en 1947, el siguiente mensaje a nuestro país: "Chile, jardín de flores, al final de la Tierra, entre los Andes y el Pacífico, serás la cuna del Niño del Perdón", proclama que ya había sido retomada y adoptada como propia por la revisada "Hermandad del Pacífico", como vimos al estudiar algo sobre su caso en particular.
La situación política y social de los años cincuenta, sin embargo, habría obligado a establecer un enlace de emergencia con el Elqui casi al mismo tiempo que partía al exilio al Dalai Lama en la India, ocasión en la que -a pesar de las reticencias internacionales a provocar al gigante maoísta y su circunstancial aliado soviético- el líder tibetano fue recibido por el entonces embajador chileno Miguel Serrano Fernández, convencido nacionalsocialista de corte esotérico que habló en varias oportunidades de este singular episodio. Eran los duros días en que el Dalai Lama acusaba desde Nueva Dehli a los chinos de querer exterminar a la raza tibetana, ante el estupor e impotencia pero también absoluta inoperancia de la comunidad internacional y sus organismos, caso que presentó ciertas analogías con el que volvería a presenciar el concierto mundial durante la invasión de los Estados Unidos a Irak, en 2003.
Fue así, en dicho contexto general de persecuciones y abusos, que una delegación de monjes budistas habría sacado sus tesoros desde secretos escondrijos montañosos para traer -cuanto menos- una parte de ellos hasta los Andes, específicamente al Valle de Elqui.
Vieja imagen fotográfica de 1924, del majestuoso Palacio del Templo de Potala en el Lhasa, la ciudad sagrada del lamaísmo en la capital del Tíbet (fuente imagen: Iter.org, perteneciente a los archivos de la Fundación Alexandra David-Néel).
El intermediario casi casual entre los lugareños y los lamas recién llegados a Chile, habría sido un señor N. Rivera, hombre de campo que dedicaba gran parte de su tiempo a la venta de frutas secas y a trabajar como una especie de encargado de la comunidad local, haciendo trámites o pequeños "politos" en las propiedades vecinas donde era muy conocido. Tras ser contactado por la comitiva de alguna manera o por alguna recomendación, dio a aviso a los residentes de su sector de que los monjes necesitaban de muchos burros y que pagarían bien por ellos, noticia que corrió con velocidad llegándose incluso a una cantidad cercana al centenar de animales disponibles entre todos los vecinos que ofrecieron los suyos. Sin embargo, la delegación tibetana sólo requirió de 10 ó 15 de ellos, aunque cargándolos a más no poder con misteriosos bultos que corresponderían al fabuloso tesoro lama traído al Elqui, según la creencia. Y para mayor sorpresa de todos, los viajeros devolvieron los burros con sus alforjas llenas de riqueza y dinero, en un supuesto episodio que todavía es recordado por el valle.
Nuestra principal informante es una conocida cartomante, artista plástica, artesana, guía y mística de Pisco Elqui, a la que llamaremos simplemente Luz. Es una fuente de primer interés para ubicar la casa donde supuestamente estuvieron alojados los lamas de la pretendida comitiva de 1959, pues ella vivió en el inmueble durante dos períodos de su aventurera vida: primero, desde 1994 a 1996, regresando a Pisco Elqui y luego a esta misma residencia en 2015. Actualmente, administra un acogedor hostal ubicado a sólo metros de la misma casa misteriosa, donde mi amigo Cristián M. y yo nos reunimos con ella recibiendo una catarata de información escasamente difundida sobre el caso, y que maneja con grandes detalles. Mucha de la historia sobre el inmueble y el paso de los lamas, le fue proporcionada por el propio señor Rivera, su amigo y ex vecino.
Por otro lado, nuestra fuente oral cree detectar una pista para confirmar parte de la leyenda, en un pasaje del libro de 1968 titulado "La mujer dormida debe dar a luz", de un misterioso autor mexicano llamado Manuel y que firmó con el alias Ayocuan, curiosa obra escasamente conocida y que vuelve a poner en la palestra supuestos vínculos del nazismo con el lamaísmo tibetano, dicho sea de paso. El mismo escritor que se encargó de registrar los derechos de autor para Manuel e iniciar cuestiones editoriales de la publicación, fue Antonio Velasco Piña, que varias veces ha sido acusado por sus críticos de filonazi, fascista y de tendencias ocultistas o herméticas. Realidad o ficción, en una de las páginas de este libro de memorias, uno de los personajes dice respecto de las riquezas rescatadas por los lamas desde sus templos tras la agresión china:
"Cuando los chinos invadieron el Tíbet en 1950, el Gobierno Tibetano trasladó a seguros escondites en las montañas la mayor parte del tesoro nacional. Los tibetanos cuentan, por lo tanto, con oro suficiente para pagar el armamento; se trata únicamente de conseguir el crédito para financiar la operación".
Este comentario sería real, según la interpretación que los conocedores de la leyenda le hacen: los lamas tibetanos tenían ocultas riquezas (oro, joyas, reliquias ancestrales, objetos sagrados, libros, etc.) en sus colinas para evitar que cayeran en manos enemigas, dispuestos a usar parte de esos mismos recursos en operaciones insurgentes y en el rescate de tan fastuoso tesoro perdido, incluyendo un viaje hasta los Andes, aunque el libro no lo señale.
La casa elquina de marras está en el sector Ladera Chica, frente al Fundo "Las Placetas". Es un sector del valle que los locales conocían antes como La Laguna, dado que existía una lagunilla de aguas derivadas del río Claro o Derecho hacia estos terrenos situados exactamente al lado del lecho. Su entrada es hoy por el camino D-485, que pasa por lo que originalmente era el patio del terreno de la casa (incluso dividiéndolo en sus primeros años, al punto de que los baños de pozo habían quedado al frente, cruzando la calle), pues la antigua entrada era por el sector bajo hacia la orilla del río, por el sendero que allí existía y que dejó de ser el camino principal en los años noventa.
La casa fue por muchos años parte de la propiedad de un hacendado del lugar, en cuyos terrenos se encontraba la mencionada laguna. De acuerdo a lo que nos indica Luz, este señor no explotaba comercialmente su hacienda, pero recibía en ella importantes visitas de autoridades nacionales y extranjeras. Con el advenimiento de la Reforma Agraria y la mala evaluación del uso de aquella tierra, el fundo fue desmembrado y vendido, mientras que el ya envejecido propietario acabó sus días viviendo precisamente en esta casa que quedó como vestigio de la hacienda, donde moriría prácticamente solo.  Por mucho tiempo fue llamada también la Casa del Sastre, por el oficio de uno de los principales dueños que tuvo y quien participó en parte de la historia que acá contamos.
Según la misma información que maneja Luz, tras la pasada de los lamas por la residencia, ésta fue cambiada por una transacción que hoy parecería irrisoria: 10 a 15 burros de carga (¿los mismos usados por la comitiva?), pues se creía que los lamas volverían a requerir de ellos y los devolverían cargados otra vez de riquezas en sus alforjas, cosa que nunca sucedió. A la sazón, un señor de nombre Raúl y dueño de un predio del sector donde solía cosechar damascos, habría obtenido una gran suma de dinero de estos viajeros cuando les facilitó sus propios animales, riqueza con la que adquirió algunos terrenos más altos de la zona.
El Dalai Lama (sobre el caballo de color blanco) con su comitiva, partiendo al exilio. La imagen es del 21 de marzo de 1959, y se ve a la caravana cruzando Zsagola, al Sur de Tíbet (fuente imagen: Worldzine.fr).
En una ocasión, Luz descubrió una pequeña ranura por la que desapareció una moneda que se le cayó al piso, perdiéndose por debajo de la casa, hacia el frente actual de la misma pero en el fondo del primer nivel que queda bajo la calle por la disposición de la pendiente en la ladera. Si bien le intrigó este detalle, nunca se ocupó de investigar qué habría en esa cámara oculta, aunque sabía que un rumor local había supuesto, en su momento, que la delegación tibetana pudo haber dejado oculta parte de su carga en la misma residencia. Cuando regresó en tiempos recientes a la misma residencia (por una asombrosa coincidencia), se encontró con la sorpresa de que alguien había destrozado el grueso murallón que cerraba el acceso al mismo, atrás del primer nivel, colocándose dos enormes troncos para soportar la carga estructural de la removida muralla y abriéndole un pequeño vano lateral para iluminar el oscuro y estrecho pasadizo. Al parecer, de acuerdo a lo que ella supo por sus propios vecinos, alguien adquirió la propiedad convencido de que un imaginario tesoro estaba en el subsuelo, y por eso destruyó parte de la misma abriendo la cámara para luego desocuparla frustrado, al no hallar nada. Otros, sin embargo, le han sugerido que el espacio oculto surgió sólo por el socavamiento del terreno de la ladera sobre el que antes se apoyaba el murallón, quedando por acción del agua y la erosión este espacio vacío, aunque a simple vista semeja más bien algo trabajado o, como mínimo, intervenido por manos humanas.
Aunque no es un gran secreto iniciático la ubicación de esta residencia hoy deshabitada (probablemente, muchos de los que hayan sido atendidos por Luz y han alojado en su hostal ya sepan bien de este dato), no quiero entrar en demasiados detalles sobre su lugar preciso. Empero, para el curioso y el investigador dejamos una pista sobre su localización e identificación: corresponde a una residencia del primer grupo de casas del poblado de Horcón, y tiene un vistoso símbolo Om pintado en su fachada... Precisamente, un emblema del budismo y del hinduismo. Es una vivienda de adobe, concreto y tejas, aunque interiormente está muy modificada por sucesivas remodelaciones, que la han dejado distinta respecto a cómo era en esos años cuando habría alojado a los lamas de la leyenda, además del mencionado cambio de acceso a la misma desde el sector bajo antiguo al actual superior, por donde se pasó la carretera.
De los escurridizos lamas, en tanto, nunca más se supo. Las suposiciones dicen que regresaron discretamente a los Himalayas, pero otros aseguran que desaparecieron por los cerros del Elqui. Con más detalle, se agrega en algunas versiones de la leyenda que partieron hacia un sector casi en el origen del valle del Cochiguaz y donde está la laguna El Cepo, sitio con su propia carga de leyendas e historias sobrenaturales persistentes hasta nuestros días. Hay testimonios casi folklóricos ya sobre reapariciones de estos hombres en misteriosas circunstancias a los viajeros, e incluso el mito de supuestas fotografías satelitales de la NASA (una misión Gemini, de los años sesenta) "demostrando" la existencia de alguna clase de complejo o emanación energética entre los montes al interior del valle, cerca de la línea montañosa entre Cochiguaz-Alcohuaz, que es interpretado en la imaginación popular, a veces, como registro de los templos lamas allí levantados pero invisibles a los ojos profanos.
La leyenda de los templos lamas en la zona, entonces, se ha convertido en una suerte de Ciudad de los Césares elquina, y los rumores hablan incluso de intentos de expediciones buscando la misteriosa y perdida Potala de los Andes.
Luz me asegura que conservaba incluso un recorte del diario serenense "El Día" con la noticia del arribo de los lamas a la región, en 1959 ó 1960, pero que en sus continuos cambios de domicilio acabó extraviado. No me ha sido posible confirmar este dato desde Santiago, tanto por lo incompletos que están los archivos de periódicos de este período en la Biblioteca Nacional como por la falta de respuesta a mis consultas al respecto a la Biblioteca de La Serena. Prometo publicar, a futuro, más información sobre este tema y las varias fotografías que tomé de la mentada casa de nuestro interés.
Hoy es posible encontrar muchas alusiones al orientalismo en el Valle de Elqui: budismo zen en Los Molles, Cochiguaz y Paihuano, venta de cuencos tibetanos y otros artículos ceremoniales parecidos en locales al interior de Pisco Elqui y Horcón, la presencia de un Centro Budista Tibetano "Choe Khor Ling", las visitas del lama Drubpon Otzer Rimpoche, la "misión" de Gendun Yarphal en noviembre de 1998, terapeutas de medicina alternativa o yoga, etc. Se cuenta también en la hablilla que, en su primera visita a Chile, el Dalai Lama traía un medallón oscuro con un círculo trazado interiormente por dos líneas paralelas, arriba y abajo: una representando los 30° Norte con la inscripción "Tibet-Lhasa" y otra de los 30° Sur con la inscripción "Chile-Elqui". Y antes de morir en Francia el conocido biólogo y neurocientífico chileno Francisco Varela García, fundador de la organización Mind & Life Institute que asocia ciencia con budismo, pidió expresamente que sus cenizas reposaran en la localidad elquina de Montegrande, donde se hallan ahora.
Sin embargo, ninguna historia del Elqui se relaciona tanto con el Tíbet como la supuesta visita de la comitiva lamaísta en el valle, motor que parece haber dado uno de los más fuertes impulsos a la tradición mística del mismo hasta nuestros días y fundamento a algunas de sus principales asociaciones con la tradición de los Himalayas, por reales o inventadas que resulten.

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