martes, 22 de marzo de 2016

LA LLUVIA QUE SE LLEVÓ A ALBERTO ROJAS JIMÉNEZ

Retrato de Alberto Rojas Jiménez, hecho por su amigo pintor y camarada de correrías, don Isaías Cabezón.
Era 1934… Década prodigiosa de la poesía chilena, pero con una tragedia más enlutando aquel mismo año a su bohemia intelectual, cuando le arrebató con un inclemente chaparrón uno de sus racimos de vid más dulces y queridos de su cofradía de vates y hombres de letras de la época.
El poeta y cronista Alberto Rojas Jiménez había nacido el 21 de julio de 1900, casi con el siglo mismo en su romántico Valparaíso. Comenzó su carrera de escritor en 1918 en la revista "Zig-Zag" y con el alias Pierre H. Lhéry, trabajando ya hacia 1921 en la revista "Claridad", además de la "Gaceta de Chile" y la "Revista de Arte". Usó también los pseudónimos Zain Gimel y Ramiel. Hacia el final de su corta vida, publicaba en los periódicos "La República" y "El Correo", ambos de Valdivia.
Este ex alumno de Internado Nacional Barros Arana había viajado tempranamente a Santiago, en donde se integró con rapidez al ambiente bohemio capitalino, frecuentando los más célebres boliches del llamado "barrio chino" de Mapocho. También estudiaría en la Escuela de Arquitectura y Bellas Artes en la Universidad de Chile. Sería allí mismo, en este ecosistema de esparcimiento, de aventuras y de recreación con sus colegas artistas, que la sombra de su propia muerte iba a alcanzarlo, supuestamente por las consecuencias indirectas de esa noche fría y lluviosa junto al río Mapocho.
En las aguas noctámbulas de su acuario, el joven escritor era llamado El Marinero, pues siempre andaba de viaje y además usaba una camiseta a rayas horizontales, como recordaba décadas después su amigo y colega Oreste Plath. Aunque lo suyo era la poesía y la crónica, sus secuaces amigos pintores también tuvieron fuerte influencia en su vida: con Lalo Paschín Bustamante había viajado a Francia en 1923, experiencia de la que nació "Chilenos en París", su único libro; y con el ecuatoriano Diego Muñoz había pintado parte de la decoración interior del local "El Hércules" de calle Bandera, en un sector de cuadras a la altura del 800 que compartía con otros célebres clubes como el "Zeppelin" o "La Antoñaña", espacios vetustos e históricos recientemente demolidos hasta sus cimientos, para un proyecto inmobiliario.
El dueño de "El Hércules" era su amigo Saturnino Pisson, a quien Pablo Neruda -otro cliente frecuente y miembro del círculo- convenció de que el entonces recientemente llegado Muñoz era un afamado artista en su patria, por lo que el propietario accedió a atender gratis sus pedidos a cambio de un trabajo de pinturas artísticas dentro del local, que hizo con alguna ayudita de Rojas Jiménez mientras todos bebían a crédito con tan singular trato. La verdad es que el pintor recién comenzaba su carrera profesional en esos años. Entre ambos pintaron allí también un rostro del escritor español Ramón Gómez de la Serna, fumando pipa, como recuerdo a su visita de 1931.
No fue su único paso por las artes gráficas: Rojas Jiménez también incursionó en el dibujo, con muy buenos resultados y algunas publicaciones. Su compañero de trasnochadas el pintor Isaías Cabezón, hizo uno de los no muchos retratos que existen de Rojas Jiménez, donde aparece vestido de abrigo o sobretodo en un día frío, sentado en la mesa de lo que parece ser un bar, curiosa obra cuyo original se encontraría extraviado y de la que solamente sobreviven copias.
Era en sus amigos bohemios que meditaba el poeta, justamente, cuando comenzó a escribir los versos de "Tu gesto era dulce y gris":
Pienso en mis amigos, en mis buenos amigos que están lejos...
Aquéllos hablan poco. No dicen casi nada...
Si es, como ahora, invierno
se reúnen para soñar, junto al fuego.
No disputan. Piensan con sencillez.
Dicen: "Anoche cayó una estrella...".
Y fuman. Fuman largamente.
Miran el fuego rojo
y se quedan mucho tiempo en silencio.
¿Por qué yo estoy tan lejos?
He aquí también otro de sus poemas más célebres, "No encendáis las lámparas", de evidente evocación nocturna:
No encendáis las lámparas
ni me llaméis.
Dejadme aquí sin luces
Mi alma está mejor en la penumbra.
Ved cómo la sombra maravillosa
envuelve mi frente.
Mirad mis manos,
mirad mi aspecto dulce
y que os oiga decir:
"Dejadlo está soñando,
dejadlo solo, allí sin lumbre".
La noche del Barrio Mapocho alegró sus días, sin duda, y quizás por ese destino fue que en una de sus visitas a la Posada del Corregidor, comenzó el capítulo final de su existencia... Allí en la misma casona que había regresado a las andadas de club nocturno más propias de "La Filarmónica" de los tiempos de don Diego Portales que de la elegancia señorial que quiso imprimírsele al asociarla a la memoria del Corregidor Luis Manuel de Zañartu. Quizás menos escandalosa, en todo caso.
Y el autor de "Chilenos en París", mismo que regalaba sus poemas y que descuidaba irresponsablemente su propia grandeza y sus proyecciones profesionales como literato, llegó hasta allá al restaurante del caserón colonial, una de esas noches, creyendo que ese carisma suyo que le facilitaba beber y comer gratis en los otros locales de Bandera, le funcionaría en este sitio de calle Esmeralda... Pero se equivocó.
El intento de "perro muerto" diplomático hecho por Rojas Jiménez no prosperó, desatando la furia de un mozo corto de paciencia e intolerante con los clientes frescos cuando llegó con la cuenta. Dice Plath que debió dejar empeñada su chaqueta al no poder cubrir todo el consumo que había hecho, siendo arrojado en desabrigo a la calle, donde caía un intenso aguacero. Otros, como Naín Nómez, tienen a mano la versión de que Rojas Jiménez primero habría sido golpeado y virtualmente despojado de sus ropas a la fuerza, luego de comprometer con su palabra el pago de una deuda, gesto que no fue comprendido por el garzón que lo atendía y que, finalmente, lo arrojó a rastras a la calle. Una leyenda omite la lluvia y dice que fue a parar al agua de la fontana al centro de la plaza, arrojado por los mismos empleados.
Empero, quien entrega la mejor descripción de incidente es, a nuestro juicio, el insigne Enrique Bunster. Lo hace en un emotivo homenaje que escribe para el trágico poeta y que forma parte de una recopilación hecha también por Plath, titulada "Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba":
"Una lluviosa noche de invierno falló por primera y última vez el encanto personal del rey de los noctámbulos. En la Posada del Corregidor le pasaron la cuenta por una suculenta comida con aperitivos y bajativos, que no pudo cancelar. Como a esta deuda se sumaban otras, el inflexible concesionario resolvió que el poeta dejaría en prenda su sobretodo (algunos dicen que también la chaqueta). Y el pobre salió a la intemperie y caminó desabrigado a lo largo del Parque Forestal. Llovía a cántaros y el Mapocho en crecida pasaba rozando la ferralla de los puentes".
Retrato fotográfico del poeta Alberto Rojas Jiménez. Fuente imagen: escritorjorgearturoflores.wordpress.com.
Posada del Corregidor Zañartu (que en realidad nunca fue suya) en calle Esmeralda, en obra de Jorge Anfruns.
Quizás el joven literato estaba demasiado acostumbrado a beber gratis en los boliches del "barrio chino", donde los propietarios le aguantaban esta licencia, como sucedía en el "Venezia" y "El Jote", pues se lo consideraba un animador. O, como dice Bunster, confió demasiado en sus simpatías para salir de situaciones problemáticas. El caso cierto es que, aquella noche, puso marcha en retorno a su casa bajo esa copiosa y fría lluvia, empapado, sin ese sobretodo o chaquetón que, quizás, hasta corresponda al mismo que lleva retratado en la obra de Cabezón.
Los expertos hoy discuten la relación entre el pasar frío y enfermar de catarro o gripe, lo sabemos... Sin embargo, los principales biógrafos del débil y enfermizo Alberto aseguran que su salud se deterioró a partir de aquel incidente; y empeorando cada vez más contrajo, como aparente consecuencia indirecta de su desliz en la Posada del Corregidor, una bronconeumonía que iba haciéndose más grave hasta que, finalmente, le arrebató la vida el 25 de mayo de 1934, a los 33 años.
"Cuando la noticia de su muerte llegó a España –escribió Luis Enrique Délano-, el pintor Isaías Cabezón y el poeta Pablo Neruda, que se hallaban en Barcelona, fueron a encender un cirio en su memoria en la iglesia de Santa María del Mar, esa catedral marinera y sombría que se alza en medio de las callejuelas tortuosas del barrio gótico, donde los tripulantes que han sobrevivido a los naufragios depositan barquitos de vela y exvotos dando gracias a la Providencia por sus mercedes".
Sus amigos y compañeros de parranda que se encontraban en Chile, hicieron una sentida despedida en su honor en el mismo local de "El Hércules" tan conocido por él y por todos ellos (existe una famosa fotografía de todos alrededor de Neruda en una mesa, simulando con tocados en la cabeza algo como un rito de logias), como recordaría Plath:
"A la muerte del poeta Rojas Jiménez, los garzones solicitaron permiso y formaron en el cortejo. Y en El Hércules se recordó al amigo y bebieron por el desaparecido, Orlando Oyarzún, Tomás Lago y Lalo Paschin. Y los inesperados, como Renato Monestier, el ciego Monestier, El León de la Metro, por su apariencia un tanto hosca, se llamaba Juan Riquelme, vestía siempre de negro y usaba por su miopía unos anteojos de gruesos cristales. Había sido funcionario menor de un juzgado de letras de un pueblo del sur. Casado con doña Tulia Marambio, de gran sensibilidad artística. Se le respetaba como valioso comentarista de arte por obra en diarios y revistas".
Neruda también dedicó al fallecido los famosos versos que han consagrado la inmortalidad del recuerdo de su amigo en "Alberto Rojas Jiménez viene volando", originalmente publicado por la revista "Occidente". Allí, y quizás bloqueando la salida a quienes pudieran poner en duda en nuestros días la razón de la curiosa muerte del poeta a causa derivada de una lluvia, escribió:
Sobre tu cementerio sin paredes
donde los marineros se extravían,
mientras la lluvia de tu muerte cae,
vienes volando.
Mientras la lluvia de tus dedos cae,
mientras la lluvia de tus huesos cae,
mientras tu médula y tu risa caen,
vienes volando.
Y ya cerrando su elogio, se despide hacia el final:
Vienes volando, solo, solitario
solo entre muchos muertos, para siempre solo
vienes volando sin sombra y sin nombre,
sin azúcar, sin boca, sin rosales,
vienes volando.
Un año después de su fallecimiento, esos mismos colegas y camaradas de intelectualidad del poeta, fundaban las primeras reuniones de la Sociedad de Amigos del Arte, por extraña ironía en la misma casona colonial de la calle Esmeralda: esa desde donde fuera expulsado a la lluvia despiadada. Y, en octubre de 1937, el Instituto de Conmemoración Histórica colocó allí su primera placa de información histórica, aunque al parecer ya no está.
Quizás la Posada del Corregidor se liberó, así, de dolos o de culpas… Pero jamás devolvió a Alberto.

1 comentario:

  1. Una nota increíble. Una de las buenas. Simple, emotiva y con poemas bien elegidos.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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