lunes, 28 de diciembre de 2015

LA CONFESIÓN DE NERUDA SOBRE SU OSCURO EPISODIO EN CEYLÁN Y ALGUNAS OTRAS OBSERVACIONES A ESTA MÁCULA EN LA VIDA DEL POETA

Fotografía de Neruda en el Archivo Central Andrés Bello, Universidad de Chile.
Acaba de terminar el festival con características de verdadera procesión religiosa de dos días, titulado "Neruda viene volando", que recorrió parte de Recoleta, Independencia y el sector de Santiago Centro con un muñeco gigante del vate y batucadas al estilo de la "Fiesta de los 1000 tambores" de Valparaíso, incluyendo las carretadas de basura dejadas a su paso. Debe reconocerse el esfuerzo del ministerio, la intendencia, las municipalidades coordinadas para la realización de estas grandes presentaciones públicas, sin duda. Tengo la mejor impresión de su gestor, además: el diseñador Jorge Soto Veragua, a quien conocí en persona hace unos años, durante el lanzamiento de una obra suya en Recoleta. No obstante, me parece que no deja de percibirse cierto vaho de propaganda para un propósito bastante concreto, en este "festival ciudadano" de un caluroso fin de semana.
El evento, además de la propuesta del gestor y los organizadores, se relaciona quizás con el conocido encanto nerudiano profesado desde el Consejo de la Cultura, pero -aunque nunca será admitido- también con la necesidad de dar argumentos pasionales y popularizar el interés en ponerle el nombre de nuestro Premio Nobel de Literatura de 1971 al principal aeropuerto de Chile. Convengamos en que es legítimo, por cierto. Sin embargo, extraña que los mismos críticos online que hace sólo dos semanas reprochaban ácidamente el paso de los globos gigantes del "Paris Parade" (entre los que estaban el Chavo del 8, Batman, Shrek y Optimus Prime) también bajo importantes auspicios y por céntricas calles santiaguinas, ahora caían rendidos de encantos por este gran carnaval colorido haciendo ostentación de sus propios muñecos colosales (un esbelto Neruda acostado de guata y con 22 metros de largo) al estilo de las dos visitas de "La Pequeña Gigante" hace pocos años, y cargado de un cuidadoso sentido publicitario subyacente (Metro S.A.) que no lo aleja mucho del mismo espíritu del anterior pasacalle en la Alameda. Ambos fueron autorizados como la misma clase de eventos culturales públicos y callejeros.
El título del carnaval nerudiano guarda relación con el de su poema y homenaje titulado "Alberto Rojas Jiménez viene volando" de 1934, escrito para su joven colega muerto en Santiago de Chile ese mismo año, a pesar de que pocos de los convencidos nerudianos parecieron reconocer esto (escuché un par de interpretaciones ingeniosas pero inexactas sobre el porqué del nombre). Tampoco parece haber sido un dato importante de difundir para organizadores y participantes, que las presentaciones en las "estaciones" del carnaval estaban basadas en el trabajo del mismo nombre del dramaturgo Jorge Díaz (1930-2007), presentado en 1991 con elenco del Teatro Ictus... Pero bueno, la fiesta era para Neruda y nadie más, y ya conocemos de sobra esa suerte de monoteísmo cultural en que algunos han tratado de instalar el estatus del autor de los "Cien sonetos de amor", erigiéndolo como un eclipse casi monopólico sobre todo el resto de la intelectualidad chilena.
Empero, el momento no era favorable a la dignidad del nombre del carnaval ni del homenajeado, así que no me llamó mucho la atención cómo en redes sociales, rápidamente, el título del festival se convirtió en un rotundo "Neruda viene violando", aludiendo al oscuro episodio que hoy ha caído en revisión crítica desde sus propias memorias "Confieso que he vivido", publicado en forma póstuma en 1974 y que el autor se había apresurado a concluir ya con la muerte y su reloj de arena esperándolos al pie de la cama.
El episodio en cuestión, a todas luces la descripción de la violación de una mujer indefensa durante la juventud del poeta y en el primero de sus viajes a oriente, ha despertado nuevas formas de pasiones tanto para la defensa de Neruda por parte de sus incondicionales seguidores, como por el desprecio que algunos comienzan a manifestar contra el mismo o bien adicionan al resquemor que ya le tenían (especialmente por cuestiones políticas, es bien sabido), sólo aprovechando la ventajosa oportunidad que les permite este estrepitoso caso.
Por mi parte, admito haber sido otro de los pajarones que, leyendo "Confieso que he vivido", pasó por encima de la gravedad de las líneas que describen el "incidente" de Ceylán, en que claramente se retrata una violación sexual por el mismo violador. Sin embargo, creo tener una buena justificación, o una excusa cuanto menos: lo que entonces llamó mi total atención no fue el hecho en sí, sino la extraña semejanza de lo descrito con otra historia que ya conocía y desde la obra de otro autor, uno muy diferente, y que expondré al final de este texto aunque sin poder proponer teorías sólidas al respecto.
VICIOS NERUDIANOS
Partamos con algunas precauciones, antes de entrar en materia en este blog donde nunca he definido una posición categórica sobre la controvertida figura de Pablo Neruda, elogiándolo o criticándolo según la relación del personaje con cada contenido. Como todo humano muy imperfecto, su vida ofrece matices que llegan a ser extremos.
Los juicios contaminados por la falacia del argumento ad homimen o (des)calificación personal están entre los más populares y frecuentes para estas cuestiones conmemorativas y de reconocimientos históricos, especialmente cuando se trata de personajes con alcances controversiales (O'Higgins, Carrera, Freire, Portales, Baquedano, Balmaceda, etc... para qué seguir). Personalmente, evito concentrarme en ellos cuando aparecen por las fuentes de consulta, aunque está claro que hay una marcada predisposición del medio a tolerar algunos cuando van de la mano del discurso oficial. Hasta a Sebastián Piñera lo vimos invocando emocionado a Neruda, durante la campaña presidencial que lo llevó a La Moneda en 2010.
La derecha chilena en el Congreso Nacional, haciendo escuela casuística sobre su desconexión ya total e irreparable con el mundo de la cultura y los códigos de estimación del peso patrimonial de un personaje histórico, nos dio una estupenda clase didáctica de este razonamiento visceral e interdicto al reclamar contra el proyecto de cambio de nombre del Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benítez por el de Pablo Neruda, en base a que el poeta era "un comunista". Así, tal cual suena de necio y de "Franja del Sí" de 1988. De este modo, de todos los muchos argumentos que pueden esgrimirse contra este propósito, la representación del partidismo de derecha se encargó de arrojar al tapete la carta más necia que pudo y con ello acabó reforzando la postura de quienes sí están a favor del cambio de nombre, para desgracia de quienes teníamos nuestras propias aprensiones bien fundadas al respecto.
Sin embargo, también es un hecho que Neruda está siendo elevado a figura pía y secular en áreas que no corresponden a su estricto campo de actividad literaria, política y diplomática, cayéndose en el mismo vicio del juicio a la persona por sobre su obra pero desde la posición opuesta: la del endiosamiento, una virtual canonización del poeta en todos sus aspectos cual forzado efecto de Halo y de proyección sobre los demás rasgos de su vida. Cualquier observación crítica al respecto es respondida por este club de rugidos, alegando que son emitidas por "tontos", "ignorantes", "envidiosos" y hasta "nazis" y "facistas" (sic), recibiendo -de paso- esa valiosa ayudita de la rancia derecha parlamentaria ya comentada, para abonar a tal pensamiento binario de algunos izquierdistas fanáticos (valga la redundancia, si acaso aplica).
Mas, sucede que mucha de la actitud santificadora que promueven los admiradores del poeta y de la que este último carnaval "Neruda viene volando" forma parte de su propia esencia, es totalmente reactiva; incluso reaccionaria si se la quiere llamar así: revisiones de los últimos años a la idealización del poeta han ido permitiendo conocer los matices de su existencia que se les hace necesario contrarrestar al peso de propaganda y publicidad reiterativa para áreas fuera de su obra, como su devoción obscena por regímenes genocidas, sus actos de plagio en los primeros años de carrera literaria, su posible participación en el asesinato de Trotsky, su deslealtad con las mismas mujeres que inspiraron sus elogiados poemas de amor, su inducción a falsedades biográficas como el Joaquín Murieta chileno (por meras razones comerciales, personales), las turbiedades financieras que algunos señalaron en sus aplaudidas gestiones humanitarias, su impropia y escandalosa aventura con Alicia Urrutia Acuña (sobrina de su mujer Matilde Urrutia), junto a otras perlas que pasean entre profanas sabrosuras de comidillo amarillista hasta actos realmente deleznables, demostrando que el talento de un grande y magnífico poeta no quita que pueda ser también un sátrapa vil y despreciable en otros capítulos de su biografía.
Estando tan lejos de ser el limpio y reluciente arcángel en que algunos han pretendido convertirlo (echando manos más a esa idealización que a los antecedentes concretos sobre su vida, construcción que le hicieron colegas-amigos-correligionarios como Volodia Teitelboim), Neruda tiene un enorme kapital a su favor, sin embargo: cantidades de devotos y feligreses que no cejarán en el esfuerzo (frecuentemente, muy bien retribuido) de mantener las velas encendidas en torno a su santo patrono, creyendo no sin algo de razón, que aún gozan de la inexpugnable autoridad moral y cultural que se arrogaban hasta no hace mucho, cuando sólo les bastaba sacar a pulir el medallón del Premio Nobel de Literatura para usarlo como como talismán capaz de detener cualquier clase de discusión sobre la calidad del personaje.
Poco importa ya que para alcanzar este premio mundial, el vate golpeó por años las puertas de la politizadísima Academia Sueca y que éste se le otorgara -en gran medida- como un reconocimiento solidario al proceso político que se vivía en Chile (y con intermediación del propio gobierno de la Unidad Popular para que recibiera el galardón), muy posiblemente buscando equilibrarse también la entrega del anterior Nobel de Literatura a un fiero símbolo anticomunista como Aleksandr Solzhenitsyn, premiación que había causado escozor en la Internacional y sus promesantes de la Guerra Fría... Pero lo importante es que ganó el certamen mundial (y le era merecido, sin duda), como la selección argentina ganó un mundial más allá del gol de mano de Maradona o -más parecido a nuestro caso- como el Nobel de la Paz dado al Presidente Obama priorizando más el símbolo del su color de piel que su obra política.
Así pues, es difícil no raspar con la cuchara también por el argumento ad hominem, cuando los propios defensores de Neruda lo vienen haciendo y de forma soez y descarada en algunos casos, para promover la fe profunda en el poeta y neutralizar las críticas. Sin ir más lejos y dándome esta licencia por un segundo, hace muy poco tiempo un conocido escritor de la vociferante whiskierda nacional llegó a proponer que los "tontos" que creyeran en la interpretación comprometedora sobre las líneas de "Confieso que he vivido" debiesen ser "arrestados"... Notable explosión tiránica de pasiones represivas nerudianas.
Pero el punto central aquí es que, mientras los nerudianos sigan llevando el brillo de sacralidad que ven en su poeta hasta instancias que no le corresponden al campo de acción donde destacó y donde fue reconocida su obra, más allá de los pasacalles políticos y homenajes pagados por todos los contribuyentes, abren un flanco en donde se hace legítimo revisar, entonces, los aspectos de su vida que quedan fuera de ese mismo campo, para evaluar si son relevantes en los alcances que se les están dando. Pienso particularmente, en el nombre de un aeropuerto internacional cuyo actual título aludiendo al impulsor de la aviación institucional y profesional en Chile se debe, curiosamente, a una iniciativa del propio Presidente Salvador Allende y no al Régimen Militar pagando favores del mundo castrense, como pregonan algunos ingenuos nerudianos muy mal informados al respecto.
LA POLÉMICA "CONFESIÓN" DE NERUDA
Pero vamos a la materia central... El fuerte episodio de Ceylán descrito en "Confieso que he vivido", tiene lugar cuando Neruda se hallaba de viaje por estos territorios que aún vivían bajo el dominio colonial británico, en lo que hoy es Sri Lanka. Con cerca de 25 años a la sazón, Neftalí Reyes Basoalto, el futuro Pablo Neruda, se quedó alojando en una pequeña cabaña (bungalow) del suburbio de Wellawatha, en Colombo, al tiempo que escribía su obra "Residencia en la Tierra". Era el primero de dos grandes viajes al Índico que despertaron un gran encanto del poeta por aquellas tierras y su cultura, como se deduce observando las colecciones de recuerdos y obras de arte contenidos en sus tres residencias palaciegas.
Neruda había asistido por entonces a la realización del Congreso Pan-Hindú de Calcuta, en 1929. La "confesión" la hace en el capítulo de sus memorias titulado "Singapur", referido a los últimos días de su servicio consular en Colombo antes de ser trasladado a Singapur y Batavia (Yakarta) en las mismas funciones:
"La verdad es que la soledad de Colombo no sólo era pesada, sino letárgica. Tenía algunos escasos amigos en la calleja en que vivía. Amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico. Mi cuerpo era una hoguera solitaria encendida noche y día en aquella costa tropical. Mi amiga Patsy llegaba frecuentemente con algunas de sus compañeras, muchachas morenas y doradas, con sangre de boers, de ingleses, de dravidios. Se acostaban conmigo deportiva y desinteresadamente.
Una de ellas me ilustró sobre sus visitas a las hummerie. Así se llamaban los bungalows en que grupos de jóvenes ingleses, pequeños empleados de tiendas y compañías, vivían en común para economizar alfileres y alimentos. Sin ningún cinismo, como algo natural, me contó la muchacha que en una ocasión había fornicado con catorce de ellos.
- ¿Y cómo lo hiciste? -le pregunté.
- Estaba sola con ellos aquella noche y celebraban una fiesta. Pusieron un gramófono y yo bailaba unos pasos con cada uno, y nos perdíamos durante el baile en alguno de los dormitorios. Así quedaron todos contentos.
No era prostituta. Era más bien un producto colonial, una fruta cándida y generosa. Su cuento me impresionó y nunca tuve por ella sino simpatía.
Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.
Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.
El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.
Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.
Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.
Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia".
A mayor abundamiento sobre este escabroso asunto, las mujeres dalit o parias como era la anónima chica agredida por el poeta (nos remitimos a sus propias palabras y descripción de los hechos), son célebres por pertenecer a la triste categoría de los "intocables" en la vieja estructura social de castas de la India, sólo formalmente abolida en 1950 pero aún vigente en los hechos. Se señala así a las personas que quedaron fuera de las cuatro categorías hinduistas (shudras, vaishias, chatrias y brahmanes), en lo más bajo de la sociedad india.
Los parias eran los que realizaban esta clase de tareas básicas y sucias para sobrevivir, con servicios tales como recoger los excrementos de los residentes, justamente. Se sabe de una época en que los niños parias incluso debían limpiar con las manos los baños de los establecimientos educacionales de esas regiones después que los usaron los demás infantes, así que podrá deducirse a qué clase de brutalidades y atropellos podía estar sometida cada chica físicamente atractiva cargando con el estigma de ser una "intocable" sin derechos. Por su indefensión y sometimiento, entonces, estas mujeres eran constantemente objeto de abusos y violaciones, tanto así que se han intentado campañas incluso en nuestra época para impedir que semejantes atrocidades sigan siendo cometidas contra ellas.
Si el episodio que describe el autor chileno en Colombo es real, entonces, se trata de la repetición de una sucia y malévola práctica que fue históricamente frecuente contra las mujeres de la condición paria. En otras palabras, Neruda sería un violador y punto, más allá de cualquier interpretación creativa sobre lo ocurrido. Algo muy distante de la conciencia social y las convicciones que siempre marcaron sus plegarias políticas. No hay machismo de la época que justifique semejante atrocidad, por si acaso se intentara señalar alguna clase de situación valórica en su temporalidad o la moral del lugar y contexto de tiempo.
CONTROVERSIA SOBRE LA VIOLACIÓN SEXUAL
Como era esperable, la hinchada de don Pablo ha reaccionado al caso del "incidente" de Ceylán tal como lo hizo a partir de 2004, cuando se revelaron los detalles sobre el abominable abandono del poeta a fines de 1936, en Europa, de su primera mujer María Antonieta Hagenaar (Maruca) y de su única hija, la pequeña Malva Marina Reyes, de corta vida a causa de la hidrocefalia. Fue una despreciable situación motivada por su irresponsable embobamiento amoroso con la argentina Delia del Carril y que se había tratado de mantener en secreto por décadas, empezando por el propio Neruda que no menciona palabra al respecto en su "Confieso que he vivido". El caso quizás aún seguiría permaneciendo en el falso perdón del olvido, de no ser por las investigaciones de la dupla Alejandra Gajardo y Antonio Reynaldos, además de los trabajos de Bernardo Reyes, Inés María Cardone y Pauline Slot.
Ahora, ante este nuevo golpe al gran monumento inmaculable del poeta, su fansclub ha vuelto a responder con agresividad pero también con admirable gran sentido de autodefensa corporativa, haciendo frente a la "relectura" de sus memorias: minimizar hechos, relativizar su gravedad y transformar al acusador en acusado son sus armas. Si los foros de noticias y las redes sociales sirvieran de barómetro opinológico, vemos que, nuevamente, el neorreaccionario obra intentando preservar el estatus de vaca sagrada que se ha procurado para el poeta y que -tampoco es misterio- consume una enormidad de los esfuerzos y recursos anualmente asignados a presupuestos o fondos de cultura en Chile.
El gran problema es que esta polémica les cae encima justo en un momento de gran esfuerzo por conseguir un paso más alto en la sacralización de la memoria nerudiana, manifiesto -por ejemplo- en el interés por demostrar que el vate habría sido asesinado por la Dictadura (victimismo con una gran campaña de medios ya judicializada) y pasando también por la transformación de nuestra principal terminal aérea en otra de las innumerables e insistentes referencias sobre el autor de los "20 poemas de amor y una canción desesperada" dispersas por todos los rincones de Chile. Que todos los niños chilenos estén obligados a pasar por Neruda varias veces en su vida estudiantil gracias al plan educacional y que enormes capitales internacionales ligados a empresas de telecomunicaciones hayan respaldado a su fundación, parece que a muchos ya se les hizo poco e insuficiente.
Se hacen necesarias algunas precisiones, sin embargo, pues la informalidad de estos debates de opinión pública suele estar contaminada de sesgos excesivos y hasta inverosímiles, además de cargados de especulaciones anodinas, por ambos lados.
En primer lugar, no es cierto que el asunto de la violación sexual haya sido notado recientemente, a partir de un artículo titulado "Confieso que he violado" y que publicara la artista pictórica Carla Moreno como respaldo a una de sus pinturas. Esto ha sido esgrimido por los defensores de Neruda para proponer que sólo se trata de una campaña para generar antipatías contra el proyecto de colocarle su nombre al actual Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benítez de Pudahuel. Un vistazo a internet, sin embargo, hace evidente que se equivocan: la discusión está propuesta desde hace unos ocho años, aunque recién haya prendido en nuestro país y por razones que quizás tengan que ver con el mismo contexto de virtual canonización que se ha intentado sobre la imagen del vate por sus incondicionales y políticos oportunistas (valga la redundancia, otra vez).
El documento más antiguo señalando sin cosméticos lo que en realidad reconocía Neruda en sus memorias, quizás sea un trabajo de 1996 de Claudio Rodríguez Fer de la Universidad de Santiago de Compostela, titulado "Neruda, o cantor e as amantes", publicado en la revista española "Moenia" de lingüística y literatura. Allí se advierte que el poeta admitió haber tenido una relación sexual forzando a una mujer. Empero, me parece que el hallazgo y su divulgación ha sido mérito principal de nuevos lectores críticos, tal vez españoles que, demostradamente (y a diferencia de nosotros los chilenos) entienden mucho mejor lo que leen. España era, además, una prolongación de América Latina en cuanto a religión nerudiana, cubriendo así al habla hispana completa; pero sabemos que bastantes cosas están en "revisión" allá en la Madre Patria, no sólo en cuestiones literarias. Por si las dudas aparecen, cualquiera puede encontrar por los buscadores de internet el artículo que ya escribió en 2013 el cronista Antonio Félix, en el periódico "El Mundo", titulado "La violación de Neruda".
No obstante, si bien era poco probable que el fenómeno comenzara acá en nuestro país, hay publicaciones chilenas del año 2008 que ya hablaban de la violación en las memorias de Neruda. Que los medios de comunicación del establishment (es decir, prácticamente todos) hayan acusado recibo recién ahora sobre estas informaciones circulantes, es otro cuento.
Sí debemos reconocerle a la artista Carla Moreno el haber golpeado por fin con esta noticia, hasta entonces tibia y subvalorada: al presentar un grotesco cuadro con don Pablo señalado como un machista despiadado y con heces fecales sobre su calva, la contenida polémica pendiente prendió como en el pasto seco y se expandió, para horror histérico de los nerudianos más acérrimos y aunque se trate de sólo una catarsis artística más con que la autora ha estado acusando pacientemente a muchos personajes autoungidos como progres dentro del mundo de las comunicaciones y del espectáculo, pero que insisten en "cosificar" a la figura femenina de distintas maneras.
¿Cómo es, entonces, que nadie se había dado cuenta antes de esta grotesca confesión en las memorias de Neruda? En principio parece inaudito, considerando que pasaron 30 ó 35 años antes que alguien le pusiera encima el apuntador público. Sin embargo, hay razones bastante comprensibles para el retraso con el que se hizo la denuncia, y la primera de ellas es el propio autor supo disfrazar con demostrado talento un pecado abominable, bajo caricias poéticas de la prosa y salpicaduras de encanto. Neruda era experto en esas tretas de moral inversa, como lo demostró en su juventud ridiculizando el sacrificio del Capitán Arturo Prat y los héroes de la "Esmeralda" al compararlos con una ofrenda al demonio Moloch, y después en su madurez cantándole loas a la muy real bestia carnicera Stalin, cuando su frenesí de crímenes políticos y genocidios ya eran bien conocidos en occidente.
La segunda razón, es que el a veces agresivo fansclub de Neruda (que llega a niveles de devoción tales como copiarle el uso de la boina bajo pleno Sol estival o andar gastándose los incisivos con una pipa apagada, según he visto) nunca le ha puesto tanto interés a la prosa de su gurú como sí a sus versos, atrincherándose de preferencia en esta obra lírica que le diera mayor prestigio y que tantos intentan emularle, tal cual lo hacen -casi como norma- los trovadores guitarreros excesivamente amantes de Silvio Rodríguez, que terminan siendo imitadores del cantante casi invariablemente. Además, era bastante difícil que la denuncia hubiese provenido de este mismo club de incondicionales: los pocos que quizás tuvieron el talento para advertir en esas filas lo que allí podía leerse sobre el episodio de Ceylán, prefirieron barrerlo bajo la cama de la misma manera que sus antecesores lo hicieron con las graves acusaciones ofrecidas por otros poetas que rompieron con Neruda, como Pablo de Rokha o Braulio Arenas, hasta con alguna agresión física contra los denunciantes de por medio.
Y la tercera razón es que, guste o no a los mismos admiradores del vate, Neruda se encaminó a ser un engrane fundamental de la literatura mundial a partir de tiempos recientes: a pesar del reconocimiento de la Academia Sueca ya en el certamen de 1963, fuera del mundo hispanoparlamente -y hasta no hace mucho- Neruda era sólo un referente secundario. Más cotizado en Europa, por ejemplo, llegó a ser Vicente Huidobro y su creacionismo; mucho más que nuestro Premio Nobel, como alguna vez lo aseveró el poeta Armando Uribe también echándose encima las iras de los neruadianos (¡era que no!).
La gran cantidad de nuevas ediciones, traducciones y difusiones digitales, además de la enorme divulgación internacional que se ha dado póstumamente al poeta (recordar, por ejemplo, cómo sucedía esto en los febriles preparativos del Bicentenario Nacional) y con el esfuerzo oficial de los gobiernos de turno, se abrieron los últimos espacios pendientes de ser alcanzados por el conocimiento y el de su obra a nivel planetario, al mismo nivel devocional que se había estado dando en América Latina desde mucho antes. Empero, junto con ello y colateralmente, también se abrieron las instancias para que alguien con mejor capacidad de observación que nosotros sus compatriotas detectara la violación sexual tan decorada y ornamentada entre las líneas de sus memorias.
¿SON CONFIABLES LAS MEMORIAS DE NERUDA?
Desde un punto de vista más escéptico, es sabido que "Confieso que he vivido" es libro con errores e imprecisiones, y muy probablemente más de alguna fantasía. Lo anticipa, de alguna forma, el propio Neruda en la presentación:
"Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. La intermitencia del sueño nos permite sostener los días de trabajo. Muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido.
Las memorias del memorialista no son las memorias del poeta. Aquél vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Este nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época.
Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros".
Para ser más claro, no todas las autobiografías han sido consideradas realmente fiables como fuentes para reconstruir la vida de personajes de gran importancia, especialmente las del mundo artístico y político, donde la creatividad y el orgullo muchas veces transgreden las normas de la honestidad, siendo el yo el más enfatizado protagonista en desmedro del contexto de hechos en que se inserta la narración. El que Neruda haya ocultado toda mención relativa -incluso indirectamente- al episodio su hijita enferma miserablemente abandonada y muerta en Europa tras el tramite del "divorcio a distancia" con su madre, acontecimientos de su vida ocurridos al mismo tiempo en que se comprometía con la causa republicana en la Guerra Civil Española que tanto le aplauden sus fieles, pone en relieve que sus memorias más bien están concebidas como el panegírico que hubiese querido escuchar de sí tras su inminente deceso.
Con relación a lo anterior -y para dar respaldo autorizado al punto expuesto- cabe recordar que el profesor brasileño João de Sousa Ferraz, proponía en su libro de "Psicología Humana" a la famosa "Autobiografía" de la bailarina Isadora Duncan, de 1927, como un ejemplo palpable de la desconfianza que merecen estos trabajos, pues este caso particularmente es, para él, "una serie de episodios que no pasan de la pura fantasía", donde se prioriza un relato dominado más por "las aspiraciones, la vanidad, las tendencias de superioridad y ciertas manifestaciones de paranoia" que por los hechos vivenciales. Le concedo una posibilidad a Neruda, entonces, de que el siniestro episodio de Ceylán pueda ser, acaso, una proyección de sus fascinaciones sexuales y fantasías exotistas más que un hecho concreto en su vida. No sería la primera vez que un grande de la literatura desvaría con estos ensueños.
No puedo dejar de comentar aquí que he conocido de primera fuente y sólo por casualidades, testimonios provenientes de gente que conoció en persona a Neruda y que, aún admirándolo, reconocían en él pocas razones para creerlo sincero y honesto en cuanto a sus historias. Sirvan como ejemplo de esto las ocasiones en que habría asegurado a sus conocidos ser el verdadero "creador" del caldillo de congrio chileno (que había aparecido en poemas de De Rokha antes que el suyo, dicho sea de paso) o cuando hallándose de visita por segunda vez en su vida en la India, aseveró con desparpajo a Indira Gandhi que él era el "inspirador" de esas estilizadas estatuas propias del arte de Bali, ya que se habrían hecho basadas en él durante su residencia en Jakarta.
Pero aun suponiendo que Neruda fuese de una honestidad intachable en cuanto a relato de experiencias personales, la imaginación de los egos suele ir de la mano del interés por hacer más "entretenidas" descripción de sus propias vidas, para alejarlas lo más posible de aquella del simple mortal, innecesariamente en la mayor parte del tiempo. A veces es un acto inconciente, como vimos que sugiere De Souza Ferraz, pero también hay una exaltación desmedida y deliberada de simpatías y conveniencias ideológicas, por ejemplo, difícilmente surgidas de algo que no fuera una predisposición a mentir por una causa que se toma por justificada. Prueba de esto es la chabacana descripción que Neruda llega a hacer al final del libro, sobre el inexistente "asesinato" del Presidente Salvador Allende ametrallado por los soldados, redactándola sólo tres días después del Golpe Militar de 1973 -ya enfermo y postrado, sabiendo que escribía en contra del tiempo que le quedaba- y poniendo en sus páginas a un mandatario que hace frente solo y heroicamente decidido desde su gabinete a los mismísimos tanques del Ejército (!).
Quién iba a creer que la misma clase de afirmaciones antojadizas sobre la muerte del presidente y que servirían 40 años después para volver a intentar la demostración (por tercera oportunidad) de que fue "asesinado", también se usarían para molestar el descanso de los propios huesos del poeta, sosteniendo similares conjeturas y especulaciones sobre su muerte por manos de agentes golpistas y a los pocos días después del golpe militar, en este caso gracias al cacareo de un controvertido señor que, hasta hace algunos años -según me consta-, no era más que un personaje que causaba risas y apodos burlones entre los vecinos de Isla Negra, por sus delirantes historietas de inexistente amistad, cercanía e intimidad con el Premio Nobel, del cual fue sólo un insistente admirador en vida que a veces se pasaba horas parado afuera de la casa del vate esperando encontrarse con él e intercambiar algún saludo. En marzo o abril del próximo año, quizás conozcamos el desenlace judicial de esta otra historia.
Hay un rango, entonces, en que las memorias de Neruda, por su propia naturaleza, prisa y forma en que fueron concebidas, quedaron posiblemente expuestas al vicio de la exageración, la tergiversación y hasta fantasía ofrecida como hechos.
Miguel Serrano y Pablo Neruda en la India ("Memorias de Él y Yo").
UNA OBSERVACIÓN PERSONAL Y UNA COMPARACIÓN
Curiosamente, en el episodio de Ceylán según aparece descrito en "Confieso que he vivido", creo notar una paradojal coincidencia entre dos poetas nacionales muy distintos, de mundos antagónicos: por supuesto, nuestro premiadísimo Pablo Neruda al que, siendo estalinista confeso con quizás tres tercios de su obra olvidada por su abuso de la politiquería vertida en ella (aún sacan ronchas en la barra nerudiana las observaciones hechas por Enrique Lafourcade en "Neruda en el país de las maravillas"), su nombre ahora se le quiere dar hasta al aeropuerto internacional de Santiago... Y, del otro lado, el varias veces ninguneado Miguel Serrano que, por cargar su confesa filiación nacionalsocialista, hasta se le prohibió la instalación de una humilde placa recordatoria -poco después de su muerte- en el edificio donde vivía en Barrio Bellas Artes.
Fuera de esta desproporción haciendo gala de prejuicio "políticamente correcto" que domina en los estratos de quienes han acaparado y se sienten dueños la cultura en Chile, no está demás recordar que Neruda y Serrano se conocieron: sucedió en Nueva Dehli, durante una visita del vate a la India, acompañado de Matilde Urrutia, y cuando su anfitrión estaba a la cabeza de la legación chilena en ese país, en los días del último Gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo.
Puede ser sólo una coincidencia, por supuesto: dos autores que recibieron la misma clase de inspiraciones y estímulos en aquellas tierras sagradas del brahmanismo y la propia civilización. Sin embargo, me resulta extrañamente parecido el episodio relatado por Neruda sobre la chica tamil en sus memorias póstumas, con el que más de diez años antes había publicado Serrano sobre su encuentro con una muchacha hindú, durante sus aventuras en las ciudades de Orissa y Madrás. En efecto, hay claras similitudes en las comparaciones, los escenarios, los adjetivos, las metáforas totémicas, la asociación a estatuas, el énfasis en el color de la piel, los intentos por explicar la energía salvaje y exótica de la muchacha, el conflicto de "mundos", la simbólica pasión sexual del encuentro y hasta la misma descripción física de la mujer, aunque el relato me parece mucho más digno y seductor en el caso de Serrano y las circunstancias que le describe, mejor logradas además, lejos del perturbador abuso que ve en las memorias de Neruda.
Refiriéndose al mismo período en que se desempeña en la legación chilena en India, pues, Serrano plasma todas estas interesantes experiencias en uno de los mejores libros que se han producido sobre la magia de aquellas tierras lejanas: "La serpiente del paraíso", publicado poco antes del apogeo de la fiebre "pop" de occidente sobre la India, inducida por el movimiento psicodélico y el New Age de los sesenta con The Beatles, Rolling Stones, el falso "Maharishi" Mahesh Yogi y hasta la fundación del culto Hare Krishna por Bhaktivedanta Swami incluidos. Por sus características, su relación con los Himalayas y el pensamiento de su autor, "La serpiente del paraíso" también ha sido comparado alguna vez con el famoso "Siete años en el Tíbet", las memorias del ex oficial austriaco de las SS Heinrich Harrer. Ambos conocieron al entonces joven Dalai Lama en exilio durante ese período, además.
Este curioso y profundo trabajo verá la luz en 1963 con sello de la Editorial Nascimento. En uno de sus varios capítulos, que Serrano intitula como "Los ojos de la pantera", se describe el misterioso y sensual encuentro con una muchacha, tras llegar el autor hasta los lanchones de pescadores de Konarak (o Konark). Es un episodio cuyas similitudes con el posterior relato de Neruda me resultan inquietantes, por las descritas razones que intentaré exponer sólo transcribiendo aquí sus líneas:
"Desde lo alto de la quilla salto a las aguas del mar de Bengala, me sumerjo de cabeza, bajo a sus profundidades y reaparezco otra vez para dar grandes brazadas en procura de la playa. Voy llegando a las aguas bajas y veo cerca de mí un rostro que aparece y desaparece entre las olas. Me detengo y floto un instante para contemplarlo mejor. El rostro se inmoviliza, también flotando, ahora muy cerca. Son dos ojos enormes y alargados los que me miran. Ojos negros que despiden fosforescencias como las aguas. Un pelo tan negro y lustroso como esa mirada desciende de la cabeza y flota mecido por la resaca. El rostro que me observa con esa hipnótica fijeza es el de una mujer nativa, que se halla nadando solitaria, balanceándose sobre el mar. La sombra oscura de su cuerpo desnudo se prolonga por bajo del agua.
Cuando me alejo, ese rostro aún sigue mirándome con sus pupilas fijas.
Es de noche. Me paseo descalzo, semidesnudo. Voy y vengo por mi rústica cabaña, que queda junto al mar. He cerrado la puerta y las ventanas para protegerme de los mosquitos portadores de la malaria. Mi cuarto tiene un mosquitero, pero me desagrada dormir bajo él. En esos momentos siento un ruido junto a la puerta, algo así como un crujido, o como si un animal estuviese allí rascando la madera. Me acerco y la abro de golpe. Frente a mí tengo una mujer desnuda. Reconozco en ella el mismo rostro fijo de medusa, de ojos hipnóticos que hoy me contemplaban sobre el mar.
Sin decir una palabra, siempre mirando fijamente, esa mujer ha penetrado al centro de mi cuarto. No sé si he cerrado la puerta o si ésta se ha cerrado sola. Estamos ahora aquí siempre mirándonos a los ojos y respirando entrecortadamente. Logro verla bien. Es oscura, como el barro, como la greda y el limo. En sus tobillos finos lleva pulseras de plata pesada, de cobre. También en sus muñecas y en sus orejas. Una argolla le atraviesa la nariz fina, griega. Sobre los antebrazos hay tatuajes con extraños signos. Su boca no es gruesa, sus labios son perfectos. El pelo le cae sobre los hombros y está húmedo de un aceite pesado. Entreveo sus dientes blanquísimos, parejos y fuertes. Y sobre ese rostro oscuro, aquellos dos ojos terribles, inmensos, fijos bajo unos párpados alargados, con pestañas como alas de pájaros, negras, semicubriéndolos. De ahí salen dos rayos suaves, que llenan todo el cuarto y me envuelven, me devoran.
Muy lentamente, sin un ruido, esa mujer se me acerca. Me coge una mano y me la pone sobre su pecho desnudo, al lado del corazón. El pecho es duro, como una piedra y su pezón erecto casi hiere, como punta de pequeña lanza. La mujer palpita y despide un vapor envuelto en perfumes embriagadores. Huele con ese olor agrio y negro de la raza del Diluvio, de la Atlántida, huele también a té, a suave alcohol, a betel, a hojas de la jungla y a animal del serrallo. Huele un poco a oveja, a búfalo y, sobre todo, a pantera.
Sin que yo haga nada, va a tenderse sobre el lecho, bajo el mosquitero, y su cuerpo oscuro se destaca doblemente. Veo sus pies perfectos y sucios de barro, con sus plantas gruesas y sus dedos largos y finos. Las pulseras semejan las cadenas de una esclava. Se coge con las manos a la cabecera y empieza a respirar agitadamente, mientras sus ojos no dejan de clavárseme y su vientre va tomando una candencia rítmica, acelerada.
Inmóvil ahí comprendo que estoy en presencia de la hembra salvaje, antigua, pero no primitiva, sino con otra sangre, cambiada, alterada por la historia, por la liturgia, por la aventura del alma de todo un pueblo lejano, de una raza espiritual, legendaria, que ha entrado en tramos con la Serpiente.
Pienso que lo que esta mujer quiere es iniciarme en las prácticas del amor brujo y tremendo, del amor fatal. Viene de debajo de la tierra, de sus mismos terrones, del fondo del mar, como un pez, oliendo a pez, como la raíz del arroz, también como una piedra preciosa e intocada, como un zafiro azul o una pluma de pavo real.
Me acerco desnudo, mientras las nubes hirvientes de su cuerpo envuelven este cuarto impregnado de su terrestre y estelar olor.
Y esa noche yazgo allí con una estatua del Carro del Sol del Konarak, también con una oveja, con una sirena y con una bacante loca y sagrada de los jardines de Vrindaván".
Más que cuestionarme especulativamente si conocía Neruda el relato de Serrano y si quiso inventarse uno parecido y propio, me pregunto por el origen de los aspectos denotativos y connotativos de esta semejanza, aun siendo evidente que no corresponden a hechos análogos salvo en su alcance sexual de fondo. Mientras uno es auténticamente misterioso o romántico, el otro ha pretendido ser pasado por tal, como una impostura. ¿Este parecido es sólo aparente, entonces, considerando que uno describe una arcana aventura de sensualidad y otro un abuso decorado? ¿O, simplemente, Neruda disfrazó con la misma clase de éteres poéticos y lisonjeros para la prosa lo que, en los hechos, fue un reprochable abuso sexual de una mujer vulnerable e indefensa? ¿Será posible, acaso, que consagrado y elogiado Premio Nobel sea libre de todas las acusaciones que hoy se le hacen por su "confesión", salvo la de haberse afirmado en el episodio autobiográfico de un autor más joven y anatematizado por sus tendencias políticas, para construir el suyo sabiéndose inmune y en las alturas del reconocimiento oficial? ¿O bien disfrazó un crudo y real acto de vejación sexual, con las figuras líricas y recursos poéticos de otro episodio muy distinto y ajeno, tratando de hacerlo pasar por otra hermosa y exótica experiencia?
Si a lo poco fiables que podrían ser las memorias escritas por Neruda casi en el umbral de su muerte, le sumamos que el vate era conocido también por fanfarronear con inclinación al chamulleo y a la búsqueda de adulación (que nunca le faltó ni le faltará después de muerto, gracias a su fiel séquito), existe la posibilidad de que la experiencia que describe en el libro no sea más que otra fantasía de ensoñación autovivencial, caso en el cual habría que preguntarse de dónde sacó la inspiración para crear tal episodio, si es que la tuvo.
Es seguro que nunca se sabrá con certeza algo más sobre el sombrío episodio de Neruda en Ceylán con la desconocida muchacha tamil, ni cuánto de realidad y de fábula hay compitiendo en él; pero si está garantizado que las opiniones se encargarán de inclinar los juicios y las pasiones hacia un lado u otro, en cada ocasión que esta discusión vuelva a cobrar fuerza y sentido.

2 comentarios:

Carlos Sáenz dijo...

Los "nerudianos", son un grupillo de incondicionales, practican muy bien su marca mayor, "EL CULTO A LA PERSONALIDAD", típico del pensamiento original del señor Neruda. Pero tratar de llegar a la PARANOIA de cambiar el nombre de un AEROPUERTO CIVIL, que con TO
DA JUSTICIA tiene el nombre del Padre de la aviación y que tiene
la rúbrica del icóno de los zurdos el señor Allende, es realmente
¡¡INSÓLITO!!. Reitero "Culto a la personalidad"

Carlos Sáenz dijo...

Los "nerudianos", son un grupillo de incondicionales, practican muy bien su marca mayor, "EL CULTO A LA PERSONALIDAD", típico del pensamiento original del señor Neruda. Pero tratar de llegar a la PARANOIA de cambiar el nombre de un AEROPUERTO CIVIL, que con TO
DA JUSTICIA tiene el nombre del Padre de la aviación y que tiene
la rúbrica del icóno de los zurdos el señor Allende, es realmente
¡¡INSÓLITO!!. Reitero "Culto a la personalidad"

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