viernes, 18 de septiembre de 2015

LA "BOTICA DEL INDIO": TIEMPOS DE GLORIA FARMACÉUTICA EN ALAMEDA CON AHUMADA

La esquina de la "Botica del Indio" hacia el 1900. El edificio de la imagen fue demolido en tres etapas, a partir de los años veinte aproximadamente, pero fue hacia la década del cuarenta que desapareció el segmento donde estaba la botica en Ahumada con Alameda, siendo reemplazado por el actual edificio donde volvió a alojarse la farmacia por unos 40 años más.
Coordenadas:  33°26'36.80"S 70°39'2.25"W
Alguna vez fue ésta una célebre y acreditada farmacia-droguería del barrio comercial en el centro mismo de la ciudad de Santiago: la "Botica del Indio", fundada el año 1871 por farmacéuticos alemanes. No extraña que su nombre y su presencia en muchas fotografías antiguas sea advertida y comentada por varios buscadores de tesoros del pasado y coleccionistas de imágenes históricas, dada su relevancia en el rubro y su destacada ubicación dentro de la urbe.
La botica dominó por más tiempo que cualquier otro negocio haya podido hacerlo la esquina en la dirección de Ahumada 2 con la Alameda de las Delicias, donde ahora está el Edificio La Cañada. Ocupaba el vértice en los bajos de un gran edificio neoclásico de tres pisos (al que se agregó un cuarto en mansarda, hacia su última época) con primer nivel comercial y el resto hotelero y residencial. Este edificio hacía frente de cuadra entre todo el sector de la Alameda determinado por las calles Bandera a Ahumada (costado Norte), desapareciendo gradualmente, primero con la construcción de la sede del Club de La Unión y la apertura de la calle Nueva York, luego el Edificio de La Cañada en su otro extremo y, finalmente, la Torre Corporativa Bice en lo que quedaba del mismo al centro.
Nacida más precisamente como "Botica y Droguería Alemana del Indio", el local ofrecía en esa histórica esquina surtidos de extractos, ungüentos, esencias, drogas, tintes, alcoholes potables, químicos, vendas, productos sanitarios nacionales e importados, vinos curativos, jeringas hipodérmicas, hipofosfitos, talcos, tinturas para pelo, instrumentos quirúrgicos y otras herramientas médicas más sofisticadas. En un reportaje del diario "El Mercurio" del domingo 19 de septiembre de 2010, titulado "Ahumada, epicentro de la vida social santiaguina", se recordaba así su importancia a principios del siglo XX:
"La 'Botica El Indio' era toda una institución en la esquina con Alameda. Las señoras que, siguiendo las costumbres de la época, prácticamente no tomaban alcohol, tenían 'un secreto': pedían el 'licor de Launeaux', que vendido para el dolor de estómago les levantaba el ánimo sacándoles más de una sonrisa por su pícara composición".
Se ve parte del local retratado al óleo hacia aquel entonces, en un conocido cuadro de paisaje urbano del artista Enrique Lynch, mostrando justo el empalme de Ahumada sobre la Alameda con sus tranvías y clásicos automóviles, en un día de lluvia de 1902.
Todavía en las gacetas de guías y viajes de 1917 a 1919, la droguería aparece propietada por la sociedad de boticarios Doggenweiler & Cía, con don Fernando Doggenweiler a la cabeza y como fundador. Era la misma sociedad que tenía a su alero la "Botica Santo Domingo", entre otras en Santiago y Valparaíso vinculadas a la sociedad paralela Doggenweiler Hnos. & Cía. Se recuerda que la botica de Ahumada abastecía todo Chile desde Tacna (antes de volver a Perú en 1929, se entiende) hasta Punta Arenas, y que sus tecnologías de laboratorio y recetario podían jactarse de estar entre las más avanzadas y modernas del mercado en esos años, además.
Hacia esos mismos años, el descrito gran edificio hotelero y comercial de la cuadra completa de Alameda sufriría su primera amputación a que nos hemos referido, cuando es comprada toda el ala poniente que daba a calle Bandera y también los terrenos posteriores del viejo convento de las monjas agustinas, abriéndose espacio así al proyecto del Edificio La Bolsa de Comercio, el Edificio Ariztía, el Club de la Unión y la apertura de la calle Nueva York, cuyo costado oriente en el empalme sobre la Alameda hacía esquina precisamente con lo que quedó del antiguo edificio descrito. En su otro extremo, el de Ahumada, seguía alojada la botica.
Publicidad hacia el Primer Centenario (fuente imagen: Chile Antiguo)
Publicidad en la década del veinte.
Hasta su demolición total en tiempos relativamente más recientes, el mismo edificio era conocido por dar espacio a célebres establecimientos de la vida capitalina, como el "Bidart Hotel" que se anunciaba en el vértice con Nueva York y con el club "La Perla" en sus bajos (al lado donde ahora está "La Unión Chica"), y por el sector de Alameda se veían salones de té, zapaterías, mercerías y la casa "La Dalia" justo al lado de la botica que nos ocupa. Cerca de ellos, en la otra cuadra pero el mismo barrio, estuvieron también inolvidables salones como "El Negro Bueno", "Il Bosco", el café "La Isleña", que dieron a todo este sector de la Alameda un aire de actividad bohemia y recreativa.
Hay datos interesantes de esta casa farmacéutica hacia esa exacta época, en el primer volumen de "El Progreso alemán en América" de Editorial Río de la Plata, en 1924: dice allí que la botica de Santiago pertenecía a la sazón a otra firma también teutónica, la de Alberto Hochstetter y Cía. De acuerdo a ediciones de la "Revista de Estudios Históricos" de la Universidad de Chile de 1981, aquél habría sido también el año en que tal sociedad compró la farmacia a Doggenweiler. Esta nueva sociedad de propietarios estaba compuesta por los inmigrantes germanos Alberto Hochstetter F., A. Julio Hochstetter K. y Otto Billinger, los mismos dueños de la "Droguería Alemana" de calle Compañía frente al Congreso, fundada en 1861 por Carlos Koenig, con otros negocios en Chile que se relacionarían después con la conocida tienda homeopática "Hahnemann".
Cabe añadir que había otra célebre "Farmacia del Indio" en Iquique, con el mismo símbolo de la silueta del Caupolicán de Nicanor Plaza usada por la de Santiago, y una no menos conocida en Talca, además de otras en Rancagua y en Curicó, aunque sus dueños eran distintos. Su primer isotipo de marca en las calugas publicitarias, sin embargo, no era este gallardo cacique, sino una ilustración de un indígena con arco y flecha gráficamente similar a los de las imágenes que acompañaban grabados cartográficos y planos artísticos de Chile y la Patagonia, en publicaciones de tiempos coloniales. Estaba encaramado como efigie sobre el acceso del local, de hecho.
Por su vistosa pero vulnerable ubicación en esa esquina de la Alameda de las Delicias, sin embargo, fue saqueada y virtualmente destruida en los graves disturbios de la Semana Roja de Santiago en que infelizmente derivó lo que había comenzado como la Huelga de la Carne de 1905 (contra los encarecimientos del producto procedente de Argentina), cuando cerca de 20.000 exaltados salieron a las calles armados con todo lo imaginable, desde barretas hasta armas de fuego, y que combinadas con la borrachera y la delincuencia acabaron en una jornada de pillaje colérico. La arremetida cayó también sobre las bancas, vitrinas y faros de Ahumada y alrededores, que fueron reducidos a añicos.
Autores como Domingo Amunátegui Solar recuerdan aquel triste 23 de octubre de la droguería, saqueada al igual que otros locales las calles Arturo Prat, San Diego y La Maestranza (hoy Portugal), describiendo cómo "cayó en poder de las turbas, que vaciaron sus anaqueles", en su obra de 1946 "La Democracia en Chile. Teatro Político 1810-1910". Por su parte, Gonzalo Vial Correa agrega en "Historia de Chile, 1891-1973: La sociedad chilena en el cambio de siglo, 1891-1920", de 1981, el detalle de que la excusa con la que los manifestantes arrasaron la botica fue, según lo que se dijo entonces, que querían fuese atendido en ella uno de los suyos, un obrero que se hallaba herido, y el dueño se negó. Unos días después el semanario satírico y humorístico "La Comedia Humana" publicaba la siguiente descripción burlándose de los infaustos sucesos:
"Saqueo de la Botica del Indio. -Se saqueó este acreditado establecimiento por una poblada que se llevó la estantería, los específicos, los mostradores y una cajera de simpático físico. Con el desaparecimiento de los jabones ahí almacenados, los suplementeros y las conductoras se lavaron la cara, se hizo, pues, el aseo personal de la población, notándose con este motivo la hermosura de algunos muchachos cuyas facciones se ignoraban absolutamente. No quedó un sólo frasco de Emulsión Scott. Parece que el pueblo había decidido tonificarse. Todos los círculos sociales aplauden esta buena idea".
Hubo otra jocosa situación ocurrida entre tanta desgracia causada por la sinrazón de las masas, casi como castigo divino a consecuencia de aquel festín de saqueo. Es descrita en testimonios recogidos por Alfonso Calderón en "Según pasan los años". Sucedió pues que, como las chusmas desatadas no encontraron nada entretenido ni interesante en la botica mientras arrasaban sus anaqueles, la misma turba robó unos grandes potes de aguardiente alemana que tomaron por trofeo. Los hombres la bebieron frenéticos, sedientos como pescados en salmuera, creyendo que se trataba de alguna clase de embriagante licor que haría más divertida la fiesta. Sin embargo, el brebaje no era otra cosa que un fuerte y concentrado purgante, que no tardó en hacer sus efectos laxantes entre los revoltosos con las indecorosas consecuencias adivinables.
Poco tiempo después una nueva calamidad amenazaba a la urbe, pero esta vez desde los terrores profundos y la superstición: el espectacular paso del Cometa Halley en los cielos de 1910, con el agravante de que la Tierra pasaría por la estela de gases desconocidos de su majestuosa cola, mientras la prensa creaba una alarma pública de proporciones, como si la impresionante imagen blanca abarcando casi la mitad del cielo nocturno no bastara para causar suficiente pánico. Aterrados con enfrentar una situación apocalíptica, importantes personajes de la época llegaron directamente al suicidio o lo intentaron, como el Senador don Darío Sánchez Masenlli quien, según un artículo la revista "Hoy" de 1986 (celebrando el regreso del mismo cometa), consumido por la angustia y en un ataque de pánico, se metió de súbito en la "Botica del Indio" apropiándose de un frasco de ácido fénico con el que trató de darse muerte echándoselo encima y creyendo que así alcanzaría la paz ante tamaña amenaza cósmica.
Hombre ilustrado y aristocrático, pero esencialmente de campo y probablemente formado en creencias populares del mundo rural, los vaticinios terroríficos superaron momentáneamente al respetado don Darío. Quizás el resto de la población, sin embargo, haya preferido incrementar las ventas de la botica con la más sana decisión de recurrir a calmantes, relajantes y vinos-tónicos contra la tensión nerviosa, mientras pasara en inmenso cometa.
Imagen nocturna, con la "Botica del Indio" abierta y sus carteles luminosos encendidos, hacia los años treinta (fuente: flickr de  SantiagoNostalgico). Todo lo que alcanza a verse del viejo edificio comercial y hotelero fue la parte demolida para la construcción del Edificio La Cañada.
Edificio La Cañada, hacia 1970, con la farmacia en sus bajos (acercamiento).
En la guía "El Amigo del viajero en Chile", publicada también en 1924, se indicaba que la "Botica del Indio" cumplía turnos hasta las 24 horas. Fotografías de los años treinta la muestran abierta en esas horas nocturnas, con sus carteles luminosos encendidos. También es mencionada por Eduardo Balmaceda Cortés en su famoso trabajo "Un mundo de que fue...", como otro de los iconos del Santiago perdido. Se recuerda de sus días más románticos que contaba con un equipo propio de vendedores viajeros que recorrían el país ofreciendo sus productos y haciendo entregas, además. También incorporó la cosmética variada y fueron conocidas las ventas de productos de líneas internacionales entre las damas, ya avanzada su historia en la ciudad.
En algún momento, probablemente entre las necesidades de traslado sobrevenidas primero por la demolición parcial del edificio antiguo (que vimos ya había comenzado a desaparecer en los años veinte con la apertura de calle Nueva York) y luego por la espera del levantamiento del nuevo, la botica estuvo algún tiempo en los bajos del Palacio Undurraga en Estado con Alameda, a una cuadra de su casa histórica. Ahí se encontraba, al menos, cuando es aludido relatos de la época como los que después serán recordados en "De las memorias del inspector Cortés", del ilustre detective y cronista policial René Vergara.
Mas fotografías de esos años y que hoy están en las colecciones del Museo Histórico Nacional, muestran que en toda la parte central que se iba a conservar del mismo edificio de Alameda con Nueva York había sido levantado un piso nuevo en mansarda, mientras que el tramo condenado a la picota hacia la esquina de Ahumada, se ve oscuro y deteriorado esperando ser destruido. Otras imágenes muestran incluso la esquina ya despejada y abierta tras la demolición sector que acogía a la botica; y en las más nuevas se observa al edificio nuevo ya en construcción.
Concluido el Edificio La Cañada, que se levantó allí entre 1952 y 1953 aproximadamente, vemos a la más modernamente llamada "Farmacia del Indio" otra vez  en la misma y renovada esquina. Con el isotipo caupolicaniano, había regresado triunfalmente a su tradicional ubicación de Ahumada con Alameda, donde permanecerá por cerca de 40 años más, aunque no sé si habrá quedado alguna otra sucursal de la botica en el Palacio Undurraga pues, salvo que se trate de una confusión de fechas y lugares, algunos testimonios literarios parecen indicar que todavía había allí también una "Farmacia del Indio" hasta fines del cincuenta. Se haber sido así, empero, todo habría acabado con la demolición de este gran edificio en 1976.
Tras un asalto a mano armada ocurrido en el local hacia mediados de los ochenta (cuando estos atracos eran más novedosos y esporádicos que ahora), la ex "Botica del Indio" volvió a ser blanco no sólo de la creciente desgracia de una ciudad problemática e incorregible, sino también de la incontenible prensa satírica que tituló así el asunto, en el entonces recientemente debutado diario popular "La Cuarta":
"Carapálidas asaltaron Farmacia del Indio.- Huyeron a galope tendido por el paseo Ahumada"
La farmacia todavía dominaba su esquina en Ahumada con Alameda a principios de los noventa. Sin embargo, su época ya iba en veloz retirada: la dura competencia comercial y el control del mercado por las grades cadenas, iba dejando atrás el recuerdo de las viejas droguerías santiaguinas a las que pertenecieron la "Farmacia Tello", la "Farmacia Andrade", la levemente menos vieja "Farmacéutica Farrú" y, por supuesto, nuestra "Farmacia del Indio", que también estaba próxima a extinguirse. Cerca de 125 años llegó a cumplir la botica ubicada en uno de los cruces más importantes de la ciudad de Santiago, al cerrar sus puertas.
En la última década antes del cambio de siglo, entonces, cambió también la esquina del Paseo Ahumada: ya no estaba la silueta bizarra del indio que hoy reina en el Cerro Santa Lucía, en la terraza con su nombre. Un soso y uniformado local de la cadena farmacéutica "Cruz Verde" ha cristianizado con su símbolo y su color corporativo los bajos del Edificio La Cañada, dejando atrás la época del longevo indio boticario, que en realidad nació siendo más germano que araucano.
Entrada de calle Ahumada hacia 1993, aproximadamente, en fotografía que tomé para un trabajo universitario. Ya eran los últimos años que le quedan de vida a la histórica "Botica del Indio".
Vista actual del Edificio La Cañada de la Alameda, con la Farmacia Cruz Verde ocupando la antigua esquina que había pertenecido a la botica.

3 comentarios:

Pato dijo...

Interesantísimo documento. Quería señalar que en los últimos años del Palacio Undurraga, estuvo en la esquina, la Farmacia Farrú. Seguramente se instaló una vez que la Botica del Indio volvió a su tradicional ubicación de Alameda y Ahumada, una vez terminado el edificio La Cañada.

Georgina dijo...

En Parral también hubo Botica El Indio del Farmacéutico Enrique Molina, perduró por siempre,después de su fallecimiento pasó a la viuda María Baumgartner

Juan Antonio Sahady Cura dijo...

En San Vicente de Tagua-Tagua, también ha habido desde siempre una Botica del Indio, que fué propiedad de don Juan Barros Roldán y nuestro colega Francisco Ramonet.

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