miércoles, 30 de septiembre de 2015

HISTORIA URBANÍSTICA Y ARQUITECTÓNICA DE UNA MANZANA ENTRE ALAMEDA, AHUMADA, MONEDA Y BANDERA (PARTE I: ORIGEN Y CONFIGURACIÓN DE LA CUADRA)

Imagen de la entrada de calle Nueva York en 1925, vista desde la Alameda de las Delicias. Al fondo, el Edificio Ariztía. A la izquierda, el Club de la Unión, y a la derecha, el Bidart Hotel. Fotografía del Archivo Histórico Chilectra.
Coordenadas: 33°26'34.26"S 70°39'4.12"W
Publicar esta entrada es otro favor que se le deberá a mi novia, al igual que sucedió con el de la situación hidrográfica de la cuenca del Mapocho que subí hace poco. Me pidió estas reseñas para una investigación para un congreso pero, finalmente, todas estas observaciones quedaron fuera de la exposición por limitaciones de tiempo y cobertura temática... Y bueno, no soy de los que gustan perder trabajo, así que acá lo dejo.
Toda esta entrada está relacionada con la cuadra de las calles Alameda Bernardo O'Higgins, Ahumada, Moneda y Bandera. Sus características son bastante curiosas y particulares para el aspecto dominante de las manzanas en Santiago de Chile, rígidamente ajustadas a la cuadrícula. Con sus esquinas afiladas y distribución de las calles interiores Nueva York, La Bolsa y Club de la Unión, entonces, el aspecto que forman en el plano sus edificios es un caso único en toda la capital.
Sin embargo, esta manzana era muy distinta en sus orígenes, y su nacimiento rompiendo la distribución estricta del damero dominante en nuestra ciudad desde sus orígenes, da una funcional condición urbanística y utilitaria a esas calles cortas interiores, con sus conexiones con las cuatro mayores que rodean la manzana.
La antigua manzana, aún unida con la del Norte hasta calle agustinas y perteneciendo a las monjas de San Agustín, en la maqueta del Santiago hacia 1830-1840 del Museo Histórico Nacional. La posición de la Alameda de las Delicias abajo nos da una referencia para ubicar las calles adyacentes Ahumada y Bandera. Moneda aún estaba cortada (hacia la derecha de la propiedad, era la Calle del Chirimoyo). Atrás, fondo a la derecha, la explanada de la Plaza de Armas.
CONVENTO ANTIGUO Y APERTURA DE LA CALLE MONEDA
El origen de este sitio está en el desaparecido terreno del Convento Viejo de las Agustinas, principal propiedad que daba forma a la cuadra. Los edificios actuales ocupan en su mayoría suelo del ex gran solar que en tiempos coloniales había pertenecido a las monjas agustinas, fundado en 1573, cuya iglesia (muy posterior) se puede observar por el lado de Moneda casi al centro de ese lado de la cuadra. La cuadra era una enorme manzana amurallada que abarcaba las calles que conocemos como Alameda, Bandera, Agustinas y Ahumada.
La Calle de la Moneda, a la sazón, llegaba hasta el muro poniente del terreno de las agustinas en esta cuadra, inconexa con lo que hoy considerados su tramo poniente desde Ahumada hasta Miraflores. En aquellos días, este último tramo partía desde los muros del convento de las agustinas en Ahumada para terminar tres cuadras al Este sobre los muros del convento de las clarisas, por lo que muchos la conocían como la Calle Tapada de las Monjas, y luego Calle del Chirimoyo por la presencia de un gran árbol de esta fruta hacia el siglo XVIII que colgaba por sobre los muros del convento de Santa Clara (donde ahora está la Biblioteca Nacional).
La segregación de terrenos y reducción del predio de las monjas agustinas por ventas hechas en el mismo, comenzó en 1850, precisamente cuando se abrió la calle Moneda para conectarla con la del Chirimoyo y así ser sólo una, como se observa hasta ahora. El terreno que les quedó al Sur de la propiedad entre Moneda y Alameda, sería donde permanecerá hasta ahora la Iglesia Vieja.
Sin embargo, sus patios hacia el lado de la Alameda de las Delicias también fueron vendidos ya a fines del siglo XIX ya existían allí terrenos comerciales. Sólo después del Primer Centenario serían vendidos los demás terrenos interiores de la cuadra, cuando las monjas se cambiaron a un nuevo claustro ubicado en Vicuña Mackenna entre Santa Isabel y Marín, apareciendo así las edificaciones palaciegas y las calles cortas que hoy existen allí.
Edificio hotelero y comercial de Alameda de las Delicias, entre Ahumada y Bandera, donde alojó por largo tiempo el "Bidart Hotel" y la "Botica del Indio". Vista desde la esquina de Ahumada hacia el poniente.
EL DESAPARECIDO EDIFICIO DEL "BIDART HOTEL"
Hacia el cambio de siglo y tras los loteos del antiguo terreno de las monjas por el lado de Alameda de las Delicias, existía un amplio edificio hotelero y comercial con frente hacia esta avenida en toda la cuadra Norte, ubicada entre Bandera y Ahumada, formando todo el costado de la manzana en forma continua. Aún no se abría la calle Nueva York.
Este singular y elegante edificio tenía tres pisos, dispuestos para comercio (primer piso), residencial y hotelería. De estilo neoclásico, su frontispicio tenía gran cantidad de vanos con jambas, dinteles y arcos escarzanos, rematado en frontones y cornisas decorativas, que en algún momento de su historia fueron reemplazados por un cuarto piso hecho en mansarda francesa, ya en su última época de existencia.
Por muchos años, este edificio fue ocupado por el "Bidart Hotel", nombre con el que algunos llegaron a conocer el complejo como principal referencia de su tiempo. Sus locales en el primer piso eran ocupados por sastrerías, zapaterías, mercerías, una casa llamada "La Dalia" y la histórica droguería “Botica del Indio” justo en la esquina, permaneciendo en este lugar varios años después que se construyó allí el Edificio La Cañada en las puertas de calle Ahumada. En su esquina en Alameda con Nueva York, en cambio, tras la primera intervención que lo redujo en la mitad de su longitud (para la construcción del Club de la Unión), existió por algunos años un famoso café y club llamado "La Perla", en los bajos del hotel.
Este edificio fue demolido en tres etapas: la primera, para construir el Club de la Unión y abrir la calle Nueva York en el lado poniente, como dijimos recién; la segunda, para levantar el Edificio La Cañada en el lado oriente, en la esquina con Ahumada; y la última, para levantar la Torre Corporativa Banco Bice al centro, en la esquina oriente con Nueva York.
Identificación numérica y ubicación de los edificios principales que dan forma a la manzana (imagen base: Google Earth). El color rojo muestra la ubicación y dimensiones del antiguo edificio comercial, hotelero y residencial que daba frente a Alameda en toda la cuadra de Ahumada a Bandera, mientras que el color verde muestra de forma general los ex terrenos de las monjas agustinas que terminaron de ser loteados tras su traslado a avenida Vicuña Mackenna.
EDIFICIOS QUE CONFIGURARON LA ACTUAL MANZANA
Dejo, a continuación, una lista con los principales edificios que han ido dando forma e identidad a esta manzana entre Alameda, Ahumada, Moneda y Bandera, además de las calles interiores que nacen de los planes de edificación mencionados, tras los loteos del terreno de las monjas agustinas. En el esquema enumerado de arriba se pueden identificar individualmente.
Club de la Unión.
El Edificio de Club de la Unión (N° 1): El Club de la Unión adquirió parte del terreno de las monjas agustinas cerca de la intersección de Alameda con Bandera en 1912, llamando de inmediato a concurso para recibir propuestas del edificio que allí se pretendía levantar. La propuesta ganadora fue la del francés Henri Grossin, pero su autor falleció trágicamente durante la Primera Guerra Mundial, dos años después, sin poder concretarlo, por lo que se traspasó la elección al segundo lugar correspondiente a la propuesta de Alberto Cruz Montt. Con algunas modificaciones, la propuesta de Cruz Montt sería la base del edificio actual, obra ejecutada a partir de 1917 por la compañía de don Guillermo Francke, quien era socio del club. El magistral estucado artístico fue tarea de Francisco Allera. Recién en 1925 el edificio pudo ser inaugurado. En 1945 se le concluye el último piso ubicado sobre el Salón Prat, central y principal dentro del edificio. Fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1981.
Bolsa de Comercio.
Edificio La Bolsa de Comercio (N° 2): Ocupa parte de los terrenos que pertenecieron a las monjas agustinas y otra parte de los que el Club de la Unión había comprado allí para su proyecto de edificio, debiendo negociar ambas instituciones para fijar los deslindes de ambos terrenos, operación en la que nace la callejuela del Club de la Unión entre ambos inmuebles, y la calle corta La Bolsa. La institución de la Bolsa de Comercio de Santiago, fundada en 1893, encargó la construcción de este edificio al célebre arquitecto Emile Jecquier, llevándose a efectos las obras entre 1913-1917 en la esquina de Moneda con Bandera. Es Monumento Histórico Nacional desde 1981.
Edificio Ariztía.
Edificio Ariztía (N° 3): Su construcción fue iniciativa e inversión de don Rafael Ariztía, quien buscaba aportar con este edificio de oficinas al floreciente barrio bursátil de la capital surgido con la construcción del Edificio de La Bolsa. Forma parte de la cuadra-triángulo entre las calles Nueva York, La Bolsa y Moneda de esta manzana. El edificio se encuentra justo en el vértice sur de este triángulo que hace precisamente de con su presencia, cumpliendo con el interés del propietario de hacer variar la rigidez del “damero” en la distribución de la ciudad. Fue terminado en 1921 con planos de Alberto Cruz Montt y aportes de Ricardo Larraín Bravo. La obra estuvo a cargo de la firma Franke, Jullian & Cía., de gran participación en este sector. Tiene cerca de 13 plantas (contando los tres niveles más en su torre-observatorio) y dos subterráneos. En sus bajos se da espacio a tiendas comerciales y en las superiores a oficinas. Se lo considera el primer “rascacielos” de Santiago y ostentaba el primer ascensor para un edificio de oficinas en Chile, además de la entonces novedosa calefacción central a vapor. Tras ser propietado por Ariztía, pasó a manos de la Mutual de la Armada y del Ejército, pero en el presente siglo cayó en decadencia quedando prácticamente abandonado, y debió ser restaurado y recuperado. Su primer sitio de elegantes locales ha sido ocupado por diferentes establecimientos, destacando hoy una sucursal del restaurante "El Quijote" por el lado de Nueva York.
Edificio ex Hotel Mundial.
Edificio ex Hotel Mundial (N° 4): Se encuentra en la esquina de Bandera con La Bolsa y Moneda, al lado del Edificio de La Bolsa y vecino no pareado al Edificio Ariztía, formando el otro vértice del triángulo interior de la cuadra, en su caso al lado poniente, de espalda al templo viejo de las agustinas a cuyo convento pertenecía este terreno, originalmente. El edificio “La Mundial” fue obra de los arquitectos Alberto Shade y Rodulfo Oyarzún Phillipi, construido en el período 1920-1923. Nació como sede de la Compañía de Seguros La Mundial. Posteriormente, el mismo edificio fue arrendado y pasó a ser el alguna vez celebre “Mundial Hotel”, funcionando en este servicio desde 1938 a 1975. Después de su época hotelera, el edificio pasó a ser casa bancaria, hallándose actualmente como sede del Banco BBVA. También es Monumento Histórico Nacional desde 1981.
Iglesia Vieja de las Agustinas.
La Iglesia vieja de las Agustinas (N° 5): La coloco en este lugar de la enumeración obviando que su cronología obligaría a ponerla primero, pero priorizado su real ubicación dentro de la manzana, ya casi escondida entre edificios más nuevos. Después de los daños al hogar y capilla de las monjas en los terremotos de 1647 y 1730, y de las ventas del terreno del convento viejo en 1850, abierta ya la calle Moneda se puso la primera piedra de esta obra en 1857, iniciándose la construcción de la misma con los planos del arquitecto Eusebio Chelli. Sólo hacia 1871 pudo ser puesta en servicio, aunque se la siguió implementando y hermoseando en los años que siguieron. El terremoto de 1906 obligó a hacerle ajustes y mejoramientos, pero las monjas se retiraron de este convento en 1912 hasta su nuevo lugar en Vicuña Mackenna, poniendo en venta los demás terrenos y entregando el templo al Arzobispado de Santiago. Fue así como nació el plan urbanístico que a espaldas de la iglesia, dio origen a los edificios del lugar y la apertura de las calles interiores. Actualmente, la atención y parte de la administración del templo son realizadas por la Pastoral de Empleados. Es Monumento Histórico Nacional desde 1977.
Edificio Díaz.
Edificio Díaz (N° 6): Este edificio forma la punta del triángulo de la cuadra por el lado poniente, en el empalme de Nueva York con Paseo Ahumada y calle Moneda. Fue construido en 1925, con diseño de los arquitectos Fernando Valdivieso Barros y Fernando de la Cruz, también bajo influencia de la escuela Art Decó y el monumentalismo heredado del neoclásico. Tal como el vecino Edificio Ariztía, fue considerado un “rascacielos” y su diseño tenía influencia de la Escuela de Chicago. De hecho, ambos edificios están construidos por la misma firma de Franke, Jullian & Cía. La esquina adyacente, de Nueva York con Ahumada, hoy es conocida por sus expendios de comida y su pantalla gigante, pero en el pasado era famosa por la Casa Hombo que allí existía, cuyo edificio fue demolido para la construcción del paseo, como veremos más adelante. Actualmente, los espacios en el zócalo del Edificio Díaz son ocupados por el Banco del Estado, pero en el pasado eran establecimientos comerciales que, según imágenes cercanas a los años treinta, por el lado de Nueva York daban techo a la tienda de sombreros y moda femenina "Mademoiselle Veronique" y a una lechería llamada "La Primavera", por donde ahora .
Edificio La Cañada.
Edificio "La Cañada" (N° 7): Se ubica en donde estaba el antiguo edificio comercial que hacía frente a la Alameda entre las calles Ahumada y Bandera, que fue demolido parcialmente para abrirle espacio al Club de la Unión y la calle Nueva York, y luego para el ensanchamiento de Ahumada. La Cañada fue el primer edificio de este costado de la cuadra que se construyó con la nueva norma para el ensanche de Ahumada, siendo entregada la obra hacia 1952. Fue concebido para departamentos y oficinas en 12 pisos, con comercio en el primero de ellos. Su nombre procede del que recibía en tiempos de la Colonia la Alameda de las Delicias: Cañada de Santiago. Como dijimos, en los bajos del edificio anterior que fuera demolido, existía la famosa “Botica del Indio”. Al construirse el Edificio La Cañada, el establecimiento siguió en su primer piso como la “Farmacia del Indio” todavía hasta los años 90, desapareciendo después para ser ocupado por otra tienda del mismo rubro.
Edificio Nueva York 17.
Edificio Nueva York 17 (N° 8): Edificio que nace adyacente a otro de antiguas dependencias de arcadas y dos pisos, que existían este tramo de Nueva York, hacia los años veinte. También surge de las ventas que dan paso a nuevos proyectos ejecutados allí todavía en los años cuarenta. Las fotografías antiguas demuestran, sin embargo, que el zócalo con entradas en arcos que tenía hacia 1925 ha sido muy modificado. Es conocido por acoger en sus bajos al bar y restaurante "La Unión Chica", centro de atracción de poetas, artistas y bohemios de toda la gama. Con seis niveles originales más un séptimo piso agregado de manera posterior en lo que era originalmente su azotea, este edificio pasea por un diseño transicional entre el residuo neoclásico y el Art Decó. Sería uno de los edificios originales que dieron forma y contorno a la calle Nueva York, aunque es un referente menor si se lo compara con los demás edificios palaciegos que conforman la manzana.
Continuaré esta exposición en el próximo capítulo de esta entrada, dedicada a los edificios más nuevos que fueron relevando a los que originalmente daban forma a la manzana y sus pasajes interiores.

BAJO NUESTROS PIES ("AhoraNoticias" de canal Mega, miércoles 30 de septiembre de 2015)

Reportaje "Bajo nuestros pies" de los periodistas Javiera Briones y Esteban González, emitido la noche del miércoles 30 de septiembre de 2015 en la sección de reportajes de AhoraNoticias, Canal Mega (Chile). Se repasan varios casos de misteriosos túneles y laberintos que existen bajo la capital chilena, algunos de ellos con más de 200 años de antigüedad. Fuimos entrevistados para el mismo reportaje por Esteban González.
Los casos que se revisan son los siguientes:
  • El túnel ferroviario de Matucana
  • Galerías jesuitas en El Barrancón de San Bernardo
  • Cavernas de los cerros de Calera de Tango
  • Las "catacumbas" de la Parroquia del Santísimo Sacramento
  • Grutas y túnel del Cerro Santa Lucía
Para ir hasta la página con el video original en el website de AhoraNoticias, seguir el siguiente link: ahoranoticias.cl/noticieros/reportajes/154803-reportaje-bajo-nuestros-pies.html.
Para ir al artículo de este blog al que se hace referencia en la nota-reportaje, seguir el siguiente link: urbatorium.blogspot.cl/2008/08/el-misterio-de-los-subterraneos.html.

CAPITALISTAS, SALITRE Y GUERRA DEL PACÍFICO: ALGUNOS RENGLONES QUE SE SALTA EL SESGADO PLUMÓN DESTACADOR DEL DISCURSO ENTREGUISTA


Días de la ocupación de Antofagasta e inicios de la Guerra del Pacífico.
Recientemente, el portal noticioso "El Mostrador" ha publicado un artículo titulado "El rol clave de los Edwards en la Guerra del Pacífico y el conflicto que arrastran Chile y Bolivia" (Macarena Segovia, 28 de septiembre de 2015. Seguir este link para verlo).
El artículo, que curiosamente acoge -y diría que casi rumia- algunas de las afirmaciones propias de los grupos más revanchistas y furibundos del nacionalismo reivindicacionista boliviano, está basado a su vez en una parte del trabajo titulado "Una biografía desclasificada del dueño de El Mercurio: Agustín Edwards Eastman", de Víctor Herrero, donde parecería que se ha creído encontrar una revelación brillante sobre las causas de la Guerra del Pacífico, la participación de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta en su estallido y particularmente de los patriarcas de la familia Edwards en las razones de fondo del conflicto, aunque queda la sensación de que sólo se terminan demostrando los infaltables intereses capitalistas que rondan ésta y todas las grandes guerras, haciéndolos extensivos y resaltados para el caso de los fundadores de "El Mercurio" por su posición en el directorio de la Compañía.
Admito que me resultaría difícil leer el libro de Herrero, y lo más probable es que jamás lo haga, pues a diferencia de muchos escritores, intelectuales o difusores de la generación post-dictadura, no siento deleites ni experimento sabrosuras al poner excesos de atención en gente que considero despreciable en muchos aspectos. Sin embargo, y dejando en claro que no soy experto más que en mi propia semblanza, mi antigua relación con la investigación sobre temas diplomáticos de la Guerra del Pacífico, como divulgador de este conflicto en varias instituciones del pasado y actual colaborador de la Fundación Museo del Pacífico "Domingo de Toro Herrera", me provoca el hacer algunas precisiones y observaciones críticas sobre lo expuesto en la nota aludida de "El Mostrador", independientemente de que se base un fragmento del libro señalado, mismo que me resultará ajeno e innecesario a este análisis.
La idea de promover una visión de aires revisionistas sobre el estallido de la Guerra del Pacífico en Chile y acentuando la participación de la explotación capitalista no es nueva, por supuesto. Si bien surgió por autodefensa en el relato de historiadores de los dos países aliados en tal conflicto, mutando a la versión del complot chileno-británico y otras exageraciones de cierto  credo popular, en nuestro país aparece acogida con versiones como la del estudio publicado en el folleto Contribuciones Programa FLACSO, Santiago de Chile, Nº 24, abril de 1984, por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, titulado "Los Empresarios, la Política y la Guerra del Pacífico" (de don Luis Ortega). Empero, la acusación ha ido variando desde la tibieza y el uso insistente del potencial sobre lo que "podría" haber sucedido en realidad, hasta una convicción temeraria, majadera y absoluta sobre este punto, reafirmada por la misma repetición constante. Así, por ejemplo, interpretaciones marxistas de la historia enfatizando los procesos económicos y comerciales asociados al conflicto, también han ido creando imaginarios sobre las causas y desarrollo del mismo, pero pecando con frecuencia de no considerar la amplia documentación relativa más bien a la historia diplomática y la política interna en los países comprometidos por la guerra, que aporta bastante luz a la comprensión amplia de ella, por encima de las conclusiones en base a zooms sobre eslabones particulares.
El entreguismo más ideologizado de Chile y solidario con el reclamo boliviano, en general echa mano al estímulo de la culpa y la deuda históricas, en especial cada vez que pueda arder alguna brasa de patriotismo o impulso de la nacionalidad en el relato histórico o bien en la contingencia, como sucede ahora. Por eso, pues, conmoverse con las versiones de los ex países aliados y promover sentimientos culposos es algo que se irá repitiendo en estos días de campañas tituladas "mar para Bolivia"... O "mar para Evo Morales", más bien dicho, ya que hay un alto voltaje político e ideológico enchufado a la aparente solidaridad entreguista, americanista y bolivariana de estos días. Incluso hay medios de comunicación reconociblemente comprometidos con esta inclinación, también respondiendo a manifiestos de sectas y dogmas fundamentales del "cómo opinar" correctamente sobre el asunto de moda, dado el contexto de la demanda de Bolivia contra Chile en la Corte Internacional de La Haya.
El artículo que nos interesa, entonces, dice hacia el principio de su exposición y anticipándonos algo de lo que encontraremos al avanzar por sus líneas:
"(Bolivia) perdió el territorio en dicha cruzada, la que es conocida como 'Guerra del Guano y el Salitre', ya que se inicia luego de que Bolivia decidiera implementar un impuesto a la extracción de salitre en sus tierras, por parte de empresas extranjeras, una de las cuales era la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, de la que la familia de Agustín Edwards era dueña de más del 40%".
Bueno... Vamos viendo.
Demás está decir que la Guerra del 79 o Guerra del Pacífico fue denominada como tal por los veedores extranjeros que se hallaban destacados en esta parte del mundo durante la conflagración, para partir con una aclaración. Irónicamente, fue un miembro de la dinastía Edwards quien ayudó a propagar la imprecisa creencia de que los chilenos nos habríamos empeñado en hacer hipérbole de este hecho histórico colocándole el apellido "del Pacífico": el cronista don Joaquín Edwards Bello. Por otro lado, las guaneras eran un negocio que ya estaba en retirada al momento de estallar la guerra, y de ahí el interés de Perú en mantener el estanco del guano y del salitre, pues ambos productos eran competidores en el mercado de los fertilizantes. Además, el área en disputa entre Chile y Bolivia no era sólo de guanos y nitratos: también estaban minerales de plata como el de Caracoles (que por escasa distancia quedó justo dentro del territorio comprometido), y otros valiosos yacimientos de cobre que se hallan en los orígenes y antecedentes de nuestra gran industria cuprífera. Tratar de ningunear el alcance de la Guerra del Pacífico tildándola de "Guerra del Guano y el Salitre", entonces, es como proponer que la Guerra de Islas Falkland o Malvinas debiese ser apodada, por ejemplo, "La Guerra de la Chatarra" por el tipo de operaciones comerciales que desencadenaron los incidentes de aquel conflicto (basura ferretera de ex plantas balleneras); o bien llamar a la Guerra del Acre como la "Guerra de la Goma" por ser el producto cauchero la razón germinal de las disputas en ese territorio selvático.
Entonces, la cuestión nominal de reducirla a una "Guerra del Guano y el Salitre" (nombre acuñado por historiadores revanchistas peruanos y sus  simpatizantes, como el venezolano Jacinto López) casi es sólo una pequeña e infantil catarsis de quien se incomoda con los contenidos que involucra este conflicto en el currículo de la historia de Chile... Un eufemismo amortiguador, con cierto parecido al caso de usar esa suerte de perífrasis de "pronunciamiento militar" cuando (no) se quiere decir "golpe militar" o, en la contraparte doctrinaria, estirar la definición "subversivos" para vestir con ella también a lo que técnicamente serían "terroristas" hablando sin rodeos, aunque en este caso su objetivo es anatemático y, cuando no, denostativo, procurando un efecto casi purgante en la conciencia entreguista cuando le toca hacer referencia a él. Digamos que sería un laxante retórico, acaso.
Volviendo a nuestra Guerra del Pacífico, cabe añadir que ésta no se inicia después de que el vecino país "decidiera implementar un impuesto a la extracción de salitre en sus tierras", como señalada el artículo haciendo eco de un extendido error o argucia, sino con un hecho culminante y muy concreto: cuando Bolivia, valiéndose de ese impuesto y violando con inusitado desparpajo diplomático un tratado que el texto no menciona, toma la decisión de expulsar a los capitales chilenos de Antofagasta, poblada por trabajadores de esta nacionalidad en una fracción cercana al 80 ó 90%. Es el mismo y exacto día en que debía ejecutarse la orden de subasta y desmantelamiento, cuando llega la Armada de Chile a ocupar la ciudad sin disparar un solo tiro: 14 de febrero de 1879, no antes ni después.
A pesar de ser el Tratado de 1874 el mismo instrumento por el cual Bolivia tenía aquellos territorios bajo su jurisdicción o "sus tierras", el país altiplánico no tuvo empachos en desconocer una de sus restricciones. Acto seguido, al no recibir el pago de impuestos que exigía, llamó a remate de las instalaciones de la Compañía de Antofagasta, y no sólo eso: al declarar el advenimiento de una guerra el 1° de marzo siguiente tras el desembarco chileno, el dictador Hilarión Daza ordenó que los ciudadanos de esta nacionalidad que se hallaban en Bolivia fuesen "obligados a desocuparlo en el término de diez días, contados desde la notificación que se les hiciere por la autoridad política local, pudiendo llevar consigo sus papeles privados, su equipaje y artículos de mensaje particular", plazo ridículamente breve para aquellos años y más encima con la instrucción de proceder "al embargo bélico de las propiedades muebles e inmuebles pertenecientes a súbditos chilenos"... También estaría por demás recordar que ni peruanos ni bolivianos fueron expulsados o maltratados en Chile durante todo este período de guerra, como lo testimonian los veedores internacionales,  el alemán Von Gülich entre otros, y el sacerdote italiano Benedicto Spila.
La razón por la que el mencionado tratado le impedía a Bolivia alzar impuestos, siendo la misma por la que la Compañía se negó pagar semejante abuso -dando el supuesto "pretexto" de Chile para provocar una guerra en el discurso de los ex aliados-, se debe a que el salitre antofagastino explotado por capitales chilenos era de mucha menor ley que el competidor peruano, debiendo ser sometido a trabajos de refinado que lo encarecían. Por supuesto, los simpatizantes con la idea de criminalizar a la Compañía de Antofagasta jamás abordan este punto, haciendo parecer el impuesto boliviano como algo exiguo y justificado por su pequeñez, pero que dio a Chile la oportunidad de pegar la mordida.
Los hostigamientos bolivianos contra los capitales chilenos venían desde mucho antes, sin embargo. De ahí que los Edwards, o más bien dicho todo el grupo empresarial comprometido, en un acto de mero interés por salvar su pellejo y sin colores patriotas, habían enviado a La Paz a sus representantes, pidiendo consideraciones para la Compañía ante la creciente hostilidad de la autoridad altiplánica. Obviamente, además, iba a ir un Edwards a la cabeza de este intento de autosalvataje, pues participaban ampliamente de la sociedad accionaria y del directorio. El resultado de esta gestión particular había sido un Convenio logrado por la Compañía con el fisco boliviano, en noviembre de 1873, y que, como dice el artículo de "El Mostrador", finalmente no fue aprobado en la Asamblea de Bolivia... Pero, como era de essperar, no explica el mismo texto dos hechos cruciales sobre este acuerdo: primero, que a pesar de ello el Convenio sí entró en aplicación e incluso Daza ofreció a Chile renunciar a él con la guerra ya casi encima, como veremos más abajo; y segundo, que su aprobación en la Asamblea se hizo innecesaria tras aparecer un instrumento mayor, como es el Tratado de 1874, que daba las mismas garantías a la Compañía. Dada la informalidad con que se tomaban algunas materias de estado y derecho en Bolivia durante aquellos años, no es para nada de extrañar esta situación.
En el interés comercial de los capitalistas del salitre, entonces, es un acto totalmente comprensible y esperable que ellos hayan visto en esos días la sombra de la amenaza diplomática en el clima avinagrado de las relaciones entre Chile y Bolivia, que logró un pequeño respiro con el Tratado de 1874 antes del inevitable final. Empero, el artículo de "El Mostrador" parece estar decidido a no mencionar que el inminente quiebre que se aproximaba entre Chile y Bolivia fue postergado ese mismo año gracias al tratado misterioso y etéreo al que ni siquiera se atreve a aludir... ¿Por qué tanta evasiva, entonces? Pues porque éste es el tratado que le prohibía categóricamente a Bolivia alzar impuestos a la Compañía, y no sólo el Convenio del año anterior. Fue dicho instrumento, nuevamente, aquel por el cual sus inversionistas (incluidos los Edwards) pudieron soltar el aire y respirar tranquilos durante un tiempo más; y fue por dicho instrumento, además, que Bolivia pudo conservar en su jurisdicción los territorios antes sometidos a régimen de condominio y repartición por el previo Tratado de 1866, mecanismo que resultó en un fracaso y sólo ayudó a profundizar la convicción altiplánica de tener derecho a costas propias en el territorio chileno del Desierto de Atacama. La condición era solamente no cargar tributos a las personas, industrias y capitales chilenos durante 25 años, exactamente lo que violó con el gravamen al salitre en Antofagasta.
No cuesta mucho adivinar, de este modo, por qué el artículo de "El Mostrador" no llega a tocar al Tratado de 1874 y lo vuelve algo inexistente por deliberada omisión. Sin embargo, hay otro detalle que pierde de vista en esta burda operación de tender sombras: que el Convenio de 1873 entre la Compañía y Bolivia, tuvo un alcance que también los partidarios de la fábula del complot difícilmente podrían describir y excusar, lo que explica su paso raudo por el mismo, además... En efecto, mientras estuvo vigente (es decir, sí entró en vigencia), el Convenio puso en alerta a los intereses estanqueros peruanos y así las autoridades del segundo de los países aliados en la guerra comenzaron a implementar formas de adquisición de calicheras similares a las ejecutadas ya en El Toco asignándole a empresarios como Meiggs dicha actividad de explotación, pues el fisco peruano por sí sólo no era capaz de tomar las operaciones. Esta es otra razón para sospechar seriamente, entonces, en que el rompimiento de Bolivia con Chile -a través de la violación de los acuerdos- no tuviera otro objetivo que el de sacar del mercado el salitre chileno. El acto de ofrecimiento de uso y tránsito para los bolivianos de los puertos del Sur de Perú como propuesta de Lima para la renovación del Acuerdo de Aduana Común entre ambos países, precisamente como moneda de pago en la Asamblea de Bolivia durante las discusiones para colocarle un tributo a la Compañía en el verano de 1878, casi confirmará por sí solo esta sospecha pocos años después.
De esta manera, los informes que enviaban las legaciones extranjeras dan cuenta de la actuación inusitadamente audaz y desafiante de Bolivia para provocar una ruptura y sacar a la Compañía, lejos de suponer alguna clase de intencionalidad chilena en empujar los hechos al punto más grave e irreversible, como sostiene el discurso enfocado exclusivamente en el actuar de los capitalistas. El 28 de enero de 1879, por ejemplo, el representante británico Francis John Pakenham escribía desde Santiago al Secretario de Relaciones del Gran Bretaña, el Marqués de Salisbury:
"Surgió a raíz de esto una correspondencia un tanto acalorada entre ambos gobiernos, la cual fue conducida con mínima cortesía por parte de Bolivia, que trató con muy poco respeto las representaciones del encargado de negocios chileno, y, en respuesta a su petición de un breve plazo para permitir la entrega de las explicaciones entre ambos gobiernos, dispuso la aplicación inmediata del decreto de embargo, el cual, en consecuencia, fue aplicado. Como Su Señoría podrá imaginarse, esta conducta de parte de Bolivia ha producido gran indignación en Chile, país que ha hecho grandes sacrificios motu propio para asegurar la paz con su poco caballeroso vecino. Medidas precautorias han sido entonces tomadas aquí, manifestadas en el despacho de hombres y armas a los barcos chilenos de guerra o cerca de aguas bolivianas, lo que involucra aún mayores gastos sobre una Caja Fiscal casi exhausta. Siento tener que agregar que han llegado noticias de que el Perú ha ordenado a sus acorazados, uno de los cuales es el 'Huáscar', que se dirijan a aguas territoriales bolivianas. El objeto de esta demostración es aún desconocido, pero es considerado aquí como muy poco amistoso hacia Chile".
Lo propio hace el representante de México en Chile, don Santiago Sierra, quien informaba a su gobierno de los acontecimientos que sucedían en Sudamérica por nota del 28 de febrero de 1879:
"Como el Encargado de Negocios de Chile manifestase entonces categóricamente que su Gobierno consideraría esta medida como una ruptura definitiva del Tratado, el de La Paz dispuso por último que se expropiase radicalmente a la Compañía Salitrera, declarando nulo el contrato celebrado con ella, y mandando proceder sin demora a la ejecución de este nuevo decreto. No se comprende qué objeto se propuso el gobierno boliviano con precipitar así los acontecimientos, pues apartándose de toda discusión sobre el derecho que pudiere o no asistirle, la simple circunstancia de que ponía a su poderoso adversario en condición ventajosa habría debido persuadirle a obrar con mayor reflexión".
Dicho lo anterior, se entiende el carácter de violación del tratado que acarrearía la decisión de imponer un tributo a la producción del salitre de Antofagasta, los famosos diez centavos por quintal, tomada por la Asamblea de Bolivia y llevada a efectos por el gobierno en 1879, desoyendo una chorrera de protestas, emplazamientos y llamados a solicitar un arbitraje emitidas por Chile hasta el último día en que estuvo en La Paz nuestro representante, don Pedro Nolasco Videla, antes de tener que abandonar la legación y declarar roto el Tratado de 1874 por incumplimiento boliviano.
Para no tropezar con sus propios zapatos sueltos mientras corre en tan difícil terreno, entonces, el artículo de "El Mostrador" pregona esta sencilla explicación sobre lo que sucedería, tratando de seguir sosteniendo la leyenda negra del complot empresarial como causa central de la guerra:
"Luego, en 1878, la Asamblea Constituyente boliviana aprobó sin problemas el establecimiento de un impuesto de diez centavos al quintal de salitre exportado, lo que desencadenó la ira de los empresarios chilenos, entre ellos Edwards".
Es decir, todos los engorros y sacrificios que llevaron desde el Tratado de 1866 al de 1874 y su cláusula prohibiendo explícita e inconfundiblemente el alza de tributos al salitre, se reduce ahora a la mera "ira de los empresarios chilenos". Idea ya antes regurgitada sobre la literatura histórica, por cierto, como es el caso del historiador altiplánico Valentín Abecia Baldivieso, quien en "Las Relaciones Internacionales en la Historia de Bolivia" señala la existencia de algo que denomina como una "burguesía guerrista", acusándola de ser la causante de la Guerra del Pacífico... Perdón: la del Guano y el Salitre, para que entiendan todos.
Y como si el análisis no fuera suficientemente fanático, parcial y obcecado hasta este punto, en otra parte anota el artículo -comentando el libro base del mismo al que no haremos más referencias- que el primer gabinete de guerra chileno estaba compuesto de "accionistas minoritarios de la Compañía" como don Antonio Varas, Domingo Santa María y Jorge Huneeus... Empero, se escapa aquí otro detalle incontestable, en este caso de carácter numérico y vital para aclarar la ambigua indicación de ser "accionistas minoritarios": que contando la participación de estos ministros nombrados, más las de su colega Julio Zégers, y sumándola incluso a la que tuvieron otros conocidos personajes públicos de época como Cornelio Saavedra, José Francisco Vergara o Jorge Ross, las inversiones juntas no llegaban... ni al 1% del total accionario de la Compañía (!).
En otro aspecto, ingenuamente se podría esperar que el empresariado salitrero y principal afectado por las medidas altiplánicas hubiese guardado silencio ante tamaña agresión contraria a los acuerdos diplomáticos, afectando sus propios bolsillos y más encima contando sus intereses con el respaldo de un tratado internacional que supuestamente garantizaba la congelación de los impuestos por 25 años a cambio del reconocimiento de ese mismo territorio de Antofagasta como soberanía boliviana, a condición resolutoria. Las presiones empresariales de estos accionistas tenían un claro motivo de fondo: las sospechas de que el Presidente Aníbal Pinto prefería sacrificar las inversiones chilenas en Antofagasta, antes que iniciar un caro y duro proceso de recuperar el territorio que Chile había considerado propio, pero que fue siendo cedido por el Tratado de 1866 y luego el de 1874 a cambio de compromisos que no se cumplieron por la parte más beneficiada.
Efectivamente, y aunque se ha tratado de representar a Pinto como una especie de timonel de la conspiración pro-guerra en el legendario de entreguistas y el folklore de ex-aliados (hace pocos años, por ejemplo, un dirigente estudiantil hizo un lacrimoso discurso en el Instituto Nacional, acusándolo de lo mismo y manifestando su vergüenza de que fuese otro institutano), el mandantario sostuvo una actitud totalmente pusilánime y timorata durante la parte más caliente del conflicto, llegando a poner en venta los buques de guerra (incluidos los dos blindados de la escuadra) y permitir el paso de armas bolivianas por Valparaíso (1.500 rifles Remington destinadas a Cobija), cuando la guerra ya era inminente a ojos de los políticos y militares más preclaros. No es impreciso suponer que la cobardía e indecisión del Gobierno de Pinto facilitó mucho la actitud triunfalista de Daza en Bolivia, durante aquellos días.
Podemos hilar más fino aún: lo que se le pidió al gobierno chileno por parte de los capitalistas, no era otra cosa que imponer el derecho de los tratados y exigir el respeto a la palabra jurada, a pesar de que el texto de "El Mostrador", haciendo gala de un lenguaje tendencioso y convenientemente podado, explica este hecho como una suerte de presión ilegítima de los intereses empresariales sobre la Presidencia de la República, haciéndole enviar casi por su voluntad el personal militar de ocupación de Antofagasta en resguardo de esos capitales:
"En paralelo, el Gobierno chileno de Aníbal Pinto también desplegó sus cartas. Los empresarios llevaban tiempo presionándolo para que interviniera, aunque un conflicto fronterizo mantenía la atención de las autoridades nacionales, pero la posibilidad de un remate de una empresa chilena levantó las alarmas y el presidente envió al buque Blanco Encalada a las costas de Caldera. Cuatro días después, este ancló en Antofagasta".
Hay bastante que decir al respecto, pues la afirmación revela el mal respaldo en las creencias que son tomadas por ciertas en el artículo, partiendo por advertir que los empresarios partidarios de la intervención armada a la que Pinto le hacía el quite, eran sólo un ala de los capitalistas que intentaban influir en La Moneda en esos días: el otro grupo no menos poderoso e influyente era el de los explotadores no salitreros que estaban ajenos a los alcances del impuesto y que veían una intervención armada de Chile en Antofagasta como la virtual ruina de sus negocios, haciendo lo inverosímil para evitar la ruptura. La comentada obsesión por hablar de la "Guerra del Guano y del Salitre", muy probablemente también tenga por interés tapar bajo el manto de fomento de culpas y estimulo de solidaridad por el victimismo de los ex-aliados, a la existencia de este otro grupo de presión en el estallido del conflicto.
Entre estas inversiones no salitreras estaba la Compañía Huanchaca explotadora de plata, perteneciente Melchor Concha y Toro; la Compañía Corocoro de cobre, perteneciente a  Jerónimo Urmeneta, Juan Francisco Rivas y Rafael Gana y Cruz; y la Compañía Oruro de plata, perteneciente a Uldaricio Prado, Juan Francisco Rivas, Alejandro Vidal, Enrique Concha y Toro y Gregorio Donosos Vergara. El caso más patético fue quizás el del empresario chileno residente por períodos en La Paz, don Lorenzo Claro, dueño del Banco Hipotecario, primo cercano al Presidente Pinto y amigo del dictador Daza, para quien llegó a oficiar como su consejero en la crisis con Chile buscando proteger sus inversiones del mercado financiero en el vecino país, recomendándole mantener el impuesto y apropiar la Compañía de Antofagasta en base a que el comentado Convenio de 1873 nunca fue aprobado por la Asamblea... Es decir, exactamente lo que se intenta sostener como creativa justificación para el actuar ilegal de Bolivia en el texto de "El Mostrador", pasando por alto que la violación era al Tratado de 1874 y no meramente al Convenio de 1873.
Así, para salvar sus respectivos negocios, todos ellos, igual de capitalistas que los empresarios salitreros, intentaron persuadir al Presidente Pinto de no intervenir en favor de la Compañía de Antofagasta ni romper con Bolivia, en algunos casos realizando sendos llamados desde la propia presidencia de la Cámara de Diputados. Y tenían razón, de alguna manera: ni bien se produjo la ocupación de Antofagasta, las instalaciones de muchas de estas compañías fueron tomadas, destruidas y desmanteladas por la autoridad de Bolivia.
Y sólo para desplumar a este pollo ya muerto, en este mismo aspecto: sumando todas las inversiones de los empresarios chilenos en Bolivia justificadamente temerosos de una reacción militar chilena, la cifra llega a un capital nominal de $16.131.875 de la época, superando ampliamente a los $2.500.00 con los que se había constituido la Compañía de Salitre y Ferrocarriles de Antofagasta en 1872. En otras palabras, el poder e influencia financiera del capitalismo minero en el Norte de Chile estaba más interesado en entregar el territorio cediendo a la voluntad de Bolivia, que el de retenerlos y salvar la Compañía poniendo en peligro todas las demás inversiones.
Continuando con esta diatriba sensacional de iluminismo, se nos recuerda en el artículo que un representante de la célebre Casa Gibbs (cuyo capital accionario en la Compañía no llegaba ni al 30%, por cierto, cabe aclarar desde ya) se comunicó con Londres "con el objetivo de dar a conocer la estrategia zanjada tras una reunión de accionistas", según se anota para alimentar la interpretación conspiranómana a partir del interés de la firma por provocar reacciones ante lo que sucedía en Antofagasta y estimular una reacción patriota de la ciudadanía como un preparativo para, a su vez, precipitar la guerra. Una afirmación que, por supuesto, los investigadores más serios de la Guerra del Pacífico podrán notar que se refiere ladinamente a los preparativos propagandísticos tomados casi espontáneamente a partir del período 1872-1876, por tratarse de uno de los más graves en toda la gestación del conflicto, sólo resuelto momentáneamente con el Tratado de 1874. Parte de la prensa de la época refleja perfectamente la línea que estaban tomando los acontecimientos y la insuflación esperable de los ánimos.
Esta teoría de Chile empujando una crisis ya en 1874 se cae sola, además, si vemos que, a la sazón, la alianza secreta Perú-Bolivia estaba firmada y juramentada desde el año anterior (6 de febrero de 1873), casi al mismo tiempo de promulgarse el estanco del salitre por parte de Perú, por lo que las suspicacias de una conspiración empresarial chilena no coinciden del todo con el orden de los hechos relacionados; más bien, tienden a hacer sospechar que el clima rancio que alcanzó la tensión chileno-boliviana durante el gobierno de Agustín Morales en La Paz, tenía que ver con preparativos de guerra de parte de los propio aliados, llegando incluso a ser invitada la República Argentina a esta alianza cuanto menos desde el año 1872.
Y más aún, hacia el mencionado año de 1874 en que se gesta la pretendida conspiración de los capitalistas chilenos, la autoridad de Bolivia, víctima inocente de la misma, había llegado a un acto inverosímil en su interés casi febril de involucrar a Argentina en el cuadrillazo contra Chile: a través del Ministro de Justicia del Altiplano Julio Méndez, el gobierno de La Paz se había puesto en contacto con el ministro representante platense en Perú, don José Evaristo Uriburu, presentándole una propuesta estratégica en la que, a cambio de la entrada a la alianza y de responder a una guerra con Chile, Bolivia le "concedía" a Argentina una franja territorial desde el paralelo 24º al 27º, a intercambiar por una fracción del Chaco entre los ríos Bermejo y Pilcomayo. Este grosero y canallesco ofrecimiento, con el mismo estilo de la repartija de piratería consensuada que se tenía preparada contra el Paraguay desde antes de iniciarse la Guerra de la Triple Alianza, volvió a ser formulada secretamente por Bolivia y Perú el 26 de marzo de 1879, a través del agente de Lima en Argentina, don Aníbal Víctor de la Torre, intentando la adhesión de Buenos Aires con una oferta territorial boliviana otra vez entre los paralelos 24º y 27°, hasta "sus verdaderos límites con Chile", asegurándole de paso al gobierno platense que Perú "vería con placer que la Argentina tomase asiento entre los Estados del Pacífico".
En rigor, pues, lo que se indica como una mera campaña belicista que intentaban despertar los accionistas de la Compañía no era más que una toma de posiciones comunicacional y a favor de sus intereses frente a un peligro muy real de guerra ya preexistente, que se aproximaba involucrando directamente sus negocios en la industria de los nitratos a pesar de la apatía del centralismo chileno con estos temas. Era algo parecido a lo que mineros, capataces y dirigentes sociales chilenos venían haciendo desesperadamente desde su propio ámbito, a partir de 1876 en el caso de la sociedad civil "La Patria" de los trabajadores de Antofagasta, sin mayores efectos de divulgación por su modesta y localista situación a pesar de contar al propio Cónsul Enrique Villegas en su directorio. Las tropelías cometidas por un siniestro juez boliviano del poblado de Caracoles contra los chilenos (que tenía incluso antecedentes por delitos graves) ese mismo año, o el asesinato en manos de la policía peruana del primer mártir del periodismo chileno, Manuel Castro Ramos, durante el año anterior y por denunciar a las autoridades de Iquique, difícilmente podrían ser consideradas también como propaganda patriotera o belicosa en un contexto eventualmente belicista. Por eso los diarios escogidos por los inversionistas para estas publicaciones en favor de sus intereses fueron centrales, además, como  "El Ferrocarril" y "Los Tiempos".
Dicho de otro modo, tanto trabajadores como inversionistas reclamaban con sus campañas de medios una sola cosa, desde sus respectivos intereses y malestares: exigir el imperio del derecho al que la autoridad boliviana manifestaba escaso apego. Ahora bien, si los capitalistas chilenos estaban lejos de verse afectados por el más profano y vulgar problema de las tropelías cometidas por autoridades policiales y administrativas contra sus compatriotas residentes y trabajadores de la región, ¿cuál pudo ser la razón de su principales protestas y de sentirse atropellados en sus derechos? Pues, por capitalistas, explotadores y abusadores que hayan sido estos inversionistas y empresarios del salitre, su causa era justa y razonable a la civilización: exigir el respeto irrestricto al derecho que estaba siendo desconocido y violentado por la parte boliviana, especialmente al no cumplir los términos estrictos de la repartición de riquezas en el territorio del condominio fijado en el Tratado de 1866 entre los paralelos 23° y 25°, y estar en evidente interés de provocar el desahucio de dicho tratado (cosa que lograron, al firmarse el Tratado de 1874).
A mayor abundamiento sobre lo anterior, además de las constantes molestias que provocaban las autoridades locales bolivianas hostigando al personal chileno que operaba en Antofagasta, era claro que La Paz desde el principio no tenía intenciones de cumplir la totalidad de las condiciones del condominio fijado en 1866. Además, es justo el período en que se constituye la firma Melbourne, Clark y Cía., fundada con la participación de Agustín Edwards y Williams Gibbs en marzo de 1869, sobre la base de la Sociedad Explotadora del Desierto de Atacama creada por José Santos Ossa y Francisco Puelma, que sería la futura Compañía de Salitre y Ferrocarriles de Antofagasta a partir de 1872.
El gran problema era que la repartición seguía siendo postergada y desconocida por Bolivia a pesar de las insistencias chilenas, hasta que, hacia medidos de 1871, La Paz debió ceder a las presiones y se comprometió por fin a depositar la suma correspondiente a la parte chilena del dinero reunido por concepto de ganancias de las convaderas de Mejillones, primero en el Banco Edwards y luego en el Banco Inglés. En una demostración del abuso e injusticia cometido por la autoridad boliviana, sin embargo, sólo depositó escuálidos $5.000, cuando la cifra debía ser de alrededor de $100.000. Sin embargo, desoyendo las protestas de los empresarios chilenos y desesperado por hacer que Bolivia por fin acatara la condición de las reparticiones del Tratado de 1866, el gobierno instruyó  su representante don Santiago Lindsay, de aceptar el exiguo depósito. Los esfuerzos del Canciller Adolfo Ibáñez a partir de marzo del año siguiente por regular la repartición y parar estas injusticias, sólo acabaron en nuevos roces diplomáticos con Bolivia, ya bastante empeoradas con su negativa a acatar también la  demarcación Pissis-Mujía que se había ejecutado hacía poco tiempo.
Y si eran los empresarios del salitre chileno los que supuestamente prepararían el ambiente para la guerra en años posteriores, cabe preguntarse también por qué el sagaz diplomático Rafael Bustillo, representante de Bolivia en Santiago de Chile, dirigía una carta con la siguiente frase al Presidente Morales, en mayo de 1872, revelando de qué lado estaban en realidad los sentimientos más belicosos:
"¿Con qué objeto queremos fortificarnos con elementos marítimos y terrestres? Eso quiere decir que debemos prepararnos para una guerra ¿Pero con quién la tendríamos? He expresado repetidas veces a Vuestra Excelencia que Chile quiere y ha querido arreglar sinceramente sus cuestiones con Bolivia. Para ello se ha prestado, lo que parecía imposible, a la revisión del tratado. Lo ha hecho, verdad es, mostrándose exigente y altanero, pero de esto a declararnos la guerra hay un abismo".
No es de extrañar, pues, que en esos mismos momentos La Paz preparaba también la firma del tratado secreto con Perú. Se conoce, además, el contenido de una carta del ministro boliviano Mariano Baptista, fechada en febrero del año 1874, donde hace esta insólita declaración a otro representante diplomático de Bolivia, explicándonos la razón más íntima de La Paz para provocar la revisión del Tratado de 1866 y que había puesto en alertas las balizas de los capitalistas chilenos en Antofagasta, por comprometer sus intereses (por mezquinos y ambiciosos que sean, insistimos):
"Le llamo la atención sobre ese maldito uti possidetis deslizándose en las soberanías nacionales. Le repito que, aceptándolo en su vaguedad, ni Guayaquil pertenece al Ecuador, ni Montevideo es la capital de la Banda Oriental. Llevémoslo allí donde debe estar, al Chaco y Atacama para nosotros, a sus llanuras de oriente para ustedes, a los desiertos de Patagonia para Chile".
Como se recordará, el Uti Possidetis Juris de 1810 es el principio por el cual cada república estimaba como propio o correspondiente el mismo territorio que poseían en el año de 1810, como herencia de lo que era su jurisdicción en tiempos coloniales, por lo que Baptista -sin quererlo, al parecer- está reconociendo en estas líneas que su patria no tenía derechos territoriales bajo este concepto en la costa atacameña, a pesar de la insistencia actual en que "Bolivia nació con mar" (refiriéndose a su independencia, en 1825), invitando así a forzar la soberanía más allá del referido principio.
Pero acojamos la teoría propuesta por el artículo de "El Mostrador" y tomemos estas intervenciones comunicacionales como parte de un auténtico complot para "provocar" una guerra. Digamos que, efectivamente, los capitalistas alentaron desde su iniciativa y sin razones reales un clima de hostilidad a través de los medios, durante los cuatro años previos al estallido de la guerra que tanto deseaban... Pues aún así, los promotores de sentimientos de culpa tienen enfrente un gran problema que saltar: los aliados, Perú y Bolivia, venían haciendo lo mismo desde 1865 cuanto menos, con titulares, líneas editoriales y redacciones que incluso deslizaban algo de la idea, ya en 1872, de las conveniencias de un acercamiento estratégico entre sí y con Argentina, el que precisamente se intentó apuntando sus cañones a Chile. Y por la existencia de este clima enrarecido de la diplomacia, además, ha sido que algunos historiadores solidarios con el lamento de los ex aliados, como Luis Vitale, aseguraron alguna vez que el pacto secreto entre ambos países no era reservado, sino muy conocido y público, pues se hallaba justificado en el clima belicoso existente y del que el principal causante sería, a juicio suyo, Chile y sus capitalistas. Poco importan estas contradicciones al discurso adaptativo y acomodaticio del entreguismo y del reivindicacionismo, por supuesto.
Otra razón para, cuanto menos, dudar que la Casa Gibbs fuera tan partidaria de una conspiración pro-guerra que intenta fabricarse a partir de estas medidas tomadas ya casi encima de la guerra, es que la misma firma había estado vendiendo guano peruano a Inglaterra hasta 1861, manteniendo intereses en el estanco del salitre que dirigía también el Estado de Perú para nacionalizar y controlar el mercado de fertilizantes, buscando alcanzar con ello también los territorios disputados por Bolivia y Chile. Más aún, la Gibbs obtuvo hacia 1876 una consignación exclusiva para ventas del salitre que fuera elaborado en contrato entre dueños de calicheras intervenidas por el estanco y un grupo bancario limeño fundado por el propio Gobierno de Perú. La firma, entonces, tenía participación en la Compañía de Salitres de Antofagasta pero sólo en su interés de controlar los precios y el máximo posible de la producción, pues su aspiración más íntima siempre fue terminar con la actividad de ésta y quedar así sin grandes competidores en la industria, como lo demuestra mucho de su actuar como miembro accionario de la sociedad. Cualquiera hubiese sido el triunfador de la guerra, entonces, la Casa Gibbs habría cortado igual suculentos frutos.
Y así, pues, de tropiezo en tropiezo continúa la exposición en el artículo, refiriéndose ahora a la ocupación chilena y la reincorporación de Antofagasta:
"De esta forma, Agustín Edwards Ross salvó a su empresa de ser rematada y fortaleció su poder económico y de manipulación política".
Resulta ahora, pues, que toda la necesidad de impedir el remate de la Compañía de Salitres de Antofagasta, el fin de la principal actividad calichera chilena existente y la eventual expulsión de más de 6.000 ciudadanos chilenos residentes los territorios directa o indirectamente relacionados con el rubro minero, se reduce sólo a los intereses de la familia Edwards, a "su" Compañía y al gobierno respondiendo a sus caprichos. ¡Todo clarísimo!
Para qué preguntar si quien redactó esta sentencia, sabe acaso que en la víspera de la ocupación de Antofagasta de 1879, Daza hizo llegar una nota al representante chileno donde manifestaba estar dispuesto a suspender la exigencia del impuesto de los 10 centavos por quintal y frenar el remate de los bienes de la Compañía, sólo si desahuciaba el Convenio de 1873. En la práctica, ésta era la misma violación al artículo del tratado que le impedía tales medidas. No hay mucho espacio a dudas, entonces, de que la obsesión de la autoridad boliviana era contra la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, bajo la seguridad de contar con el involucramiento de Perú por la vía del Pacto de Alianza que el representante altiplánico Serapio Reyez Ortiz corrió a hacer valer y cobrar a Lima, ni bien se desencadenaron los hechos de Antofagasta. Así es cómo, en una nota que envía casi al mismo tiempo que su propuesta de renunciar al Convenio de 1873, Daza dice a uno de sus asesores que Reyes Ortiz "marcharía a Lima dentro de dos días a ponerse de acuerdo con el gobierno del Perú, a fin de que Chile, en caso de agresión, tenga a un enemigo a quien respetar, y arríe banderas como lo ha hecho con Argentina".
Sé de sobra que el papel no hace real lo que allí se halle escrito, pero si se trata dar crédito a afirmaciones de acuerdo al valor revelador que el lector crea involucrado, prefiero asumir como cierto el ataque de honestidad que tuvo la Asamblea de Bolivia el 27 de septiembre de 1883, ya en el final del conflicto, cuando el mismo ex canciller Mariano Baptista presentó en el Senado de Bolivia un informe de la Comisión de Relaciones Exteriores que abofeteó el orgullo de los que querían regresar a los campos de batalla, liderados por el propio General Narciso Campero en la Presidencia de la República, obligando a allanarse a firmar la paz con Chile. En este extraordinario documento, hoy muy desconocido -y diría que hasta escondido-, Baptista concluye lo siguiente:
"1º.- Bolivia violó el artículo 4º al dictar el impuesto de 10 centavos y no respetó el compromiso de no aplicarlo; 2º.- Bolivia invalidó una transacción con la Compañía de Salitres de Antofagasta que era legal y definitiva; 3º.- Bolivia rechazó el arbitraje en la forma propuesta por Chile, y 4º.- Bolivia mantuvo una conducta destinada a provocar una ruptura diplomática".
El resto de las malas decisiones del fisco chileno que permitieron a los empresarios -muchos más que sólo los Edwards- tomar el control sobre la industria del nitrato, es historia bien conocida y repetida en nuestro país, incluso ahora (y no sólo con conspiraciones de guerras se logra), de modo que no aportan más que para seguir demonizando por chorreo al clan de ancestros del fundador del "El Mercurio" o la memoria de sus patriarcas, con las buenas o las malas razones que se tengan para observarlos desde un punto de vista de desprecio contra uno de los personajes más controversiales y oscuros de nuestra historia reciente.

lunes, 28 de septiembre de 2015

LA PRÓXIMA VÍCTIMA DEL TRANSANTIAGO: EL INMUEBLE DE LA CASA FUNERARIA "LA UNIVER" DE MAIPÚ

Coordenadas: 33°30'38.02"S 70°45'37.53"W
¿Hasta qué punto ciudades como Santiago están realmente progresando y corrigiéndose, o bien sólo adaptándose al flujo de problemas más determinantes para su modus vivendi y que nadie ha logrado resolver? El más reciente intento de mejorar la calamidad que experimenta desde el año 2007 el transporte colectivo de la capital chilena, es la construcción casi frenética de las vías exclusivas para buses que ahora tienen gran parte de la ciudad sumida en visibles trabajos. Sin embargo, toda necesidad urgente involucra sacrificios, y la Comuna de Maipú tendrá que pagar con una cara cuota de su historia su parte según se ha sabido recientemente. Mas, ¿será este sacrificio un acto noble en nombre del progreso, o sólo el alcance más "cultural" de los costos que resultan a consecuencia de problemas urbanos y sociales no solucionados?
Entre otros que también pagaron por la urgencia por mermar los efectos de las malas decisiones tomadas con respecto al transporte colectivo (que no es lo mismo que corregirlos o mejorarlos, estamos claros), está el antiguo inmueble de avenida Matta con Cuevas que albergó por tanto tiempo al famoso restaurante "San Remo" y sus demandados arrollados, sacrificado para hacer ventilaciones menos onerosas de la ampliación del sistema del Metro subterráneo en este sector (proyecto Línea 6); y lo mismo sucede en estos precisos momentos con el edificio esquinero de "El Negro Bueno" de La Florida, esperando su inminente demolición para ampliar los corredores de buses del Transantiago. En estos casos y otros parecidos, parte de los propios barrios afectados se irá para siempre, cercenada por lo que se describe con justificación como vientos de bien común, pero que también son ecos de la improvisación y la perpetua prueba-y-error que dieron origen a los mismos problemas urbanos que justifican cada amputación como las señaladas.
Ahora, como lo ha anunciado recientemente el periódico local "La Batalla" (artículo "El adiós definitivo a la fachada de 'La Univer" lo dará el TranSantiago", de Sergio Benvenutto P., 26 de septiembre de 2015), la comuna de Maipú tendrá que pagar este tributo y el principal afectado es el antiguo inmueble decimonónico de avenida 5 de Abril números 241-299, entre la plaza central y el Santuario del Templo Votivo pasando el cruce con Manuel Rodríguez, lugar célebre no sólo por su antiquísima factura, sino también por albergar hace más de 50 años ya a la Casa Funeraria "La Univer", que comparte todavía su fachada con la peluquería "Salón Eros", la tienda de electrónica "Etcom" y la venta de artículos de aseo "Donde Lucas de Chile".
Antigua imagen del servicio funerario de "La Univer".
Doña Graciela y don Pedro, preparándose para desalojar.
Según lo que tengo entendido, ese sector era antes de propiedades de aspecto solariego y rural. Los curiosos terrenos agrícolas rodeados de urbanidad y que aún se observan con sus caserones y huertos en el sector de Pajaritos con la Autopista del Sol, nos pueden dar una aproximación al aspecto del paisaje maipucino de los tiempos que describimos. Las casas que después se construyeron en los terrenos de 5 de Abril, incluida ésta de la funeraria, tienen sus patios o atrios hacia el centro de la misma manzana, y la palmera que se ve atrás a un costado de la misma sería, acaso, parte de esos mismos antiguos terreno y sus patios.
De acuerdo al cálculo que sacan hoy los propietarios de la funeraria, la casona que arriendan desde hace tanto ya podría tener unos 160 años, remontándose acaso al período de 1860-1880 aproximadamente. Formaba parte de un viejo estilo de residencias con peristilos y pasillos con columnas que existió en Maipú y de las que en este sector específico de la comuna sólo quedan ésta y otra ex casa cerca de la esquina oriente de Pajaritos llegando a 5 de Abril, también ocupada por una funeraria frente a una gran sede bancaria. Ambas llevan muchos años ya en funciones de establecimientos comerciales, sin embargo.
El inmueble de un piso, hecho en madera y adobe, tiene elementos que son típicos de algunas residencias del siglo XIX que aún quedan en pie en Santiago y otras partes de Chile. En líneas generales, guarda cierto parecido a construcciones de incuestionable valor patrimonial e histórico, como las casas de antiguos sectores como Santiago Centro, Barrio Matadero y Barrio Matta Sur. De hecho, es inevitable comparar algunos detalles de su fachada y vanos con casos como el de la Casa de Santo Domingo 627 en pleno centro, inmueble que, ocupado por la Escuela Básica "Libertadores de Chile", figura en la nómina de Monumentos Históricos Nacionales desde 1981, presumiéndose que se remontaría a la segunda mitad del siglo XVIII.
Exteriormente, la casona de Maipú tiene un pasillo embaldosado con alero y columnatas, quizás reminiscencia de un antiguo porch o peristilo, con vanos de marcos y ataires. En lo alto, fileteando el muro con la horizontalidad de cornisas, se observan tablas con adorno de módulos simples a modo de chambranas externas o travesaños ornamentales, elemento decorativo frecuente en la arquitectura de la época a la que pertenecería la casa. La ubicación de su frontispicio en una línea un poco más retrocedida que las fachadas de los demás edificios del sector, hace presumir que alguna vez tuvo un jardín propio o una explanada pequeña en lo que ahora es parte de la acera y el paseo de los peatones.
La historia de la funeraria que ocupa este sitio, comienza cuando el inmueble ya iba quizás por su primer siglo y en tiempos en que la actual Comuna de Maipú seguía siendo un lugar con algo de arrabalero no totalmente integrado a la ciudad y con este barrio de 5 de Abril contando sólo con el ruinoso edificio de la Capilla de la Victoria como lo más alto y visible en todo el sector, antes que el Templo Votivo Nacional fuese terminado a su espalda. De hecho, a la sazón faltaban más de 20 años para que la entonces pequeña comuna contara con su propia plaza central a poca distancia de este sitio, en donde estaban antes las canchas deportivas de avenida Pajaritos y que formaban parte del Estadio Municipal.
Fue a principios de los 60 que llega a esta comuna doña María Graciela Escobedo y su hija Graciela Silva Escobedo, advirtiendo que prácticamente no existían servicios funerarios en ella a pesar de la existencia del Cementerio Parroquial fundado a fines del siglo XIX, ubicado en el sector de avenida Victoria. Doña María Graciela trabajaba como empleada en otra funeraria, pero su hija la convenció de que era una buena idea renunciar y establecer una propia, en 1960, ayudados por su hermano Alfonso Silva Escobedo. Para aquellos días, este lugar de Maipú era una especie de punto de posadas o lugar de paso para los viajeros del sector Rinconada y los campos de Maitenes o Esperanza, por lo que había un comercio bastante distinto: pertrechos, vituallas y productos alimenticios, en tiendas como la que mantuvo por largos años una querida comerciante y vecina apodada Juana Poroto, cuyo local estaba justo por lado oriente adyacente a la casona de la funeraria.
Era una apuesta arriesgada abrir una casa de servicios funerarios en un poblado de sólo unos 24.000 habitantes a la sazón, pero el proyecto funcionó cuando fue puesto en marcha y se consolidó con rapidez, obteniendo los permisos legales y patentes en 1963. Por esta razón, la funeraria aparece fundada a veces en 1960 y otras en 1963 según la reseña. Por tal hazaña y su influencia sobre la historia de la comuna fue que la familia y su servicio aparecen mencionados en el libro "Brochazos y pinceladas de un maipucino antiguo", de Guido Valenzuela Silva, publicado en 2012.
Como ya existían otras funerarias llamadas "La Universal" y "Universo" en aquel entonces, la dueña optó por bautizarla con el extraño nombre de "La Univer", también por consejo de su hija. El nombre prendió: Casa Funeraria "La Univer", con una carroza antigua tirada a caballo como isotipo, de las mismas que pueden verse allí cerca en el Museo del Carmen, en los bajos del Templo Votivo. La empresa creció contratando más empleados y choferes. Adquirió vehículos propios, amplió sus servicios en varias categorías y también vendiendo arreglos florales, libros de condolencias, trabajos de exhumación, traslados de sepulturas y otros. La carpintería, diseño y confección de las urnas desde el inicio fueron hechos por la propia firma que, pocos años después de inaugurada, ya era un negocio amplio y familiar, luego que Graciela contrajera matrimonio con su compañero don Pedro Catalán, en 1970, relación de la que nacen los hijos Christian, Andrés y Guido.
Interiormente, la funeraria ha mantenido un aspecto clásico, como de taller romántico, con cuadros antiguos colgando de las paredes que retratan distintos períodos de su historia en el umbral de la vida y la muerte. Hay una recepción, una oficinita administrativa interior, una sala de exposición de los ataúdes y una sala menor, además de los cuartos bodegas y parte del patio que fue techado, manteniéndose el resto del mismo con su verdor y aire campestre original de la propiedad. Y si bien la casona de la funeraria ha perdido su techo original de tejas y las molduras de yeso que alguna vez pudo tener, ha resistido una historia de terremotos y de envejecimiento. Todavía se distinguen en ella, hacia atrás, los espacios que pertenecían a cuartos, baños y cocina, reacondicionados como bodegas para las urnas y herramientas. Su aspecto vetusto interior al parecer no es más que la pátina de una centenaria existencia allí en Maipú, pero la amenaza de una ciudad cambiante se cerniría hasta llegar a ella, tarde o temprano, entre las grietas del desarrollo.
Desde el año 2013 se estaba anunciado la eventual construcción de un boulevard con paseo y ciclovía en los cerca de 500 metros de 5 de Abril que separan avenida Pajaritos del Santuario del Templo Votivo. Coincidentemente, la casona había pasado de manos particulares a las de un banco, manteniendo los espacios que arriendan la funeraria y los otros tres establecimientos. Sin embargo, la intención principal de este proyecto es y ha sido siempre la de ensanchar la calzada para darle más espacio a los invasivos buses del Transantiago a través del Corredor Rinconada de Maipú, complementándose el resto del mismo plan con ofertas de mejoras urbanas que permitan decorar el propósito original, totalmente condicionado por los problemas que genera el paso de los transportes colectivos en este sector. Evidentemente, además, las promesas alguna vez oídas de descongestionar el barrio centro de Maipú con la puesta en servicio de la ampliación de la Línea 5 del Metro llegando a su propia plaza, sólo se cumplieron de forma muy relativa.
Tras la visita de los tasadores, la notificación de expropiación, desalojo y demolición llegó a manos de doña Graciela el día lunes 21 de septiembre pasado, por nota de Carabineros de Chile. La intervención de la cuadra será radical y afectará incluso la propia casa habitación de la familia, ubicada sólo un poco más al poniente en este mismo lado de la calle. El Corredor Rinconada de Maipú pasará justo por este lugar en su tramo de más de 3 kilómetros uniendo Primera Transversal hasta avenida Las Naciones, proyecto acompañado de la ciclovía de 2 kilómetros y del boulevard en las cuadras de 5 de Abril entre el templo y Pajaritos.
Con resignación, entonces, la familia dueña de la Casa Funeraria "La Univer" evalúa ahora el traslado inminente, dejando atrás uno de los edificios de valor patrimonial más interesantes de la comuna, para que sea expropiado y destruido.
Hace varios años, quien escribe tenía pendiente terminar este texto incompleto sobre la vieja casona de la funeraria en Maipú, tarea que postergué por todo este tiempo creyendo que ya era un renuncio definitivo. Confieso que es una lástima, entonces, que haya tenido que concluirlo ahora, luego de conocer la noticia de que desaparecerá de la ciudad.
Echada la suerte del viejo inmueble y varios otros casos parecidos, cada ciudadano y contribuyente tiene derecho a cuestionarse en forma crítica si su ciudad está siendo "modernizada" a punta de soluciones y mejoras reales para la vida en la misma, o bien si sólo se la está adaptando a las calamidades, problemas insolutos y errores garrafales de la planificación urbana, como es el caso del transporte colectivo en la Gran Capital. No espero que todo el mundo esté con mi sentencia, por supuesto, pero creo que bajo la cantaleta talibana del desarrollo y el cliché de que todo "es progreso", pues, se ha estado haciendo un daño irreparable a barrios metropolitanos que en realidad pagan de su propio activo cultural los resultados de una resignación de la autoridad a no poder resolver esta calamidad llamada Transantiago, tras tantos años de experimentos, ni sus consecuencias sobre el servicio del Metro o la congestión vehicular de las calles, optando por el camino más corto, fácil pero dañino: alterar la ciudad para acomodarla completamente y de forma irreversible al error del hecho consumado.

domingo, 27 de septiembre de 2015

EDUARDO ROJAS ÁVILA: MONTAÑISTA, AMIGO Y MAESTRO

Imagen de mi amigo Eduardo Rojas Ávila (1926-2005) en septiembre de 2002. Curiosamente, cuando tomé esta fotografía para una ficha de directorio, don Eduardo se colocó la camisa, corbata y chaqueta sólo para verse más formal, pues aquel día vestía de manera sport, como en sus buenos años de escalador y andinista. Abajo del encuadre aún vestía sus pantalones cortos y zapatillas deportivas.
Nacido el 5 de diciembre de 1926, Eduardo Rojas Ávila fue siempre un hombre de profundas convicciones valóricas y fe cristiana, poseedor de un impulso luchador que le permitió endulzar la vida con su pasión de montañista, y también poder sostener la difícil existencia hasta los últimos días de su duro combate con la cruel enfermedad que lo llevaría a la tumba. Su vasta cultura y sus experiencias me llevan a tener la seguridad de que no deben ser pocos los que lo consideramos un maestro y un enorme guía de vida.
En su casa, en el sector de avenida Macul con Las Torres, de la ciudad de Santiago, se demostraba como un hombre extremadamente atento y muy cordial anfitrión con sus visitantes. Compartía con los que llegaban allí comentarios sobre su gran biblioteca o sus innumerables recuerdos de odiseas varias por este país, Chile, al que se manifestó dispuesto a amar y defender más que a su propia vida, sin chovinismos ni baratijas patrioteras. Me consta que es así, pues uno de sus máximos dolores provocados por los padecimientos que lo arrebataron de este mundo, fue tener que alejarse de las actividades de defensa de las fronteras y límites de nuestro país, a las que se dedicara tras jubilar.
Padre ejemplar, formó familia con su distinguida esposa doña Dina Morales. Poseía a esas alturas una cultura y educación vastísimas: amaba la música, la literatura y el contacto directo con el paisaje y la geografía, incluso la más desafiante. Nunca se le escapaba alguna mala palabra o una expresión soez; por el contrario, su hablar pausado y lento solía ser el centro de atención para entretenidas tertulias en su casa o el living de sus amigos, rondas en las que participaban con frecuencia familiares, camaradas y alumnos putativos de este verdadero maestro.
Era tal la cantidad de experiencias, anécdotas, hazañas y aventuras cargadas a cuestas, que don Eduardo parecía inagotable: conocía todos los cerros, todos los lagos, todos los ríos; había estado en todos los sitios, regiones, carreteras; ubicaba a todos los personajes de nuestra historia, y conocía en persona a muchas celebridades contemporáneas del mundo político y social. Pocos hombres pueden jactarse de saber reconocer tan bien a Chile, y tierras aun más allá de su país. Jorge Figueroa, nuestro amigo en común y de su generación, me comentó alguna vez también que Eduardo, siendo más joven, era un hombre que incluso provocaba gran atención en el sexo opuesto por su estampa de personaje aguerrido y temerario, conquistador de montes y explorador decidido de la geografía a la que otros temerían de sólo visitar.
Su pasión por el montañismo y la exploración lo hicieron un reputado miembro del selectísimo e histórico grupo de la Corporación de Antiguos Deportistas Juan Ramsay F., club social y deportivo fundado el 22 de diciembre de 1944 con su sede y hogar social en una conocida casona de calle Fray Camilo Henríquez, en el 340. Tengo entendido que tuvo alguna relación también con la rama cultural de este centro de ex deportistas y hoy, cuando ya no está, en una de las vitrinas de su casino se conserva una tarjeta de duelo y despedida que repartieron sus familiares en sus exequias, con una pequeña imagen suya entre el esperado Cielo y sus amadas montañas.
Su voz pausada y suave contrastaba con la fortaleza de su espíritu y de su propio cuerpo. Fue así como ascendió en innumerables ocasiones cumbres tales como el Aconcagua y el Tupungato, convirtiéndose por mérito propio en toda una autoridad del andinismo. De ahí su importancia asesorando grupos de defensa de límites internacionales, pues conocía como pocos la situación real de la Cordillera de los Andes y sus hitos. Este estilo de vida fue tan fuerte en su vida, que quedó con marcas patentes de las inclemencias de los climas agrestes en su piel: lucía como curtida a Sol, a lluvia y a nieve por tantas odiseas y hazañas que la fueron oscureciendo. No por nada, consideraba y decía a menudo que las montañas eran el más grande tesoro de la naturaleza y la prueba más elocuente de la generosa majestuosidad del Dios en el que creía tan convencidamente. Ofrendado a estas actividades, entonces, durante sus años más vitales recorrió quebradas, valles casi inexplorados y cuencas agrestes, admirando cada rincón de la Creación. Conocía perfectamente, así, nuestra geografía; y esto, unido a la notable capacidad de retención de su memoria, lo hacían una fuente vital para quienes trabajamos investigando asuntos sobre fronteras y límites territoriales.
De alguna manera, el intrépido Rojas Ávila encarnaba el patriotismo de los conservadores y los nacionalistas de antaño, los románticos y honestos; esos que eran capaces de hacer su vida con vehemencia ya sea en finos salones de aspecto victoriano o en la naturaleza más salvaje e indómita que les ponga el camino a la epopeya personal. Por eso, cuando el cuerpo comenzó a alejarlo de sus pasiones deportivas en terreno, fue relacionándose así con actividades más intelectuales de defensa territorial, tal vez para compensar y canalizar hacia algún lado sus energías más íntimas, haciéndose asesor del Comité Patria y Soberanía y más tarde director de la Corporación de Defensa de la Soberanía.
Algo extraño sucede con esta clase de personajes, sin embargo. Tal como los otros ilustres patriotas, el también montañista Eduardo García Soto y el investigador independiente Benjamín González Carrera -con los que tuvo estrecha relación defendiendo intereses chilenos frente a conflictos limítrofes y diplomáticos- don Eduardo era un hombre austero y de muy bajo perfil, evitando la exposición o cualquier expresión que entrara en conflicto con su personalidad sumamente modesta y apacible, que gozaba en la placer de lo sencillo. Por lo mismo, rechazaba la frivolidad y la exhibición gratuita, y en alguna ocasión me pidió a mí tomar entrevistas que iban originalmente para él, sobre asuntos de cartografía historia y cuestiones de las relaciones exteriores de Chile.
Como todo hombre bien informado y con experiencia en terreno, don Eduardo tenía una visión de notable claridad sobre la realidad diplomática de Chile, especialmente en casos como los de Laguna del Desierto, Campo de Hielo Patagónico Sur, la Antártica Chilena y la situación de los territorios monopolizados en la Patagonia Chilena por manos de magnates internacionales. Pudo haber influido en ello, además, que conocía bastante de los trabajos del controvertido historiador Oscar Espinosa Moraga, quien especificó mucha de su obra en esta clase de temáticas sobre relaciones exteriores y sus controversias.
Pequeño texto de apuntes hecho por Eduardo Rojas Ávila, de su puño y letra, hacia el año 2000. Aunque era partidario de regular la migración a Chile y darle un marco legal a la situación de los ciudadanos extranjeros, como se ve en el contenido de su carta tenía una visión generosa, humanitaria y acogedora para con los inmigrantes, la que no chocaba con su sincero nacionalismo y patriotismo.
De esta manera, era difícil que el afable y reflexivo Rojas Ávila pecara de ingenuidades, a pesar de su aparente timidez y personalidad excesivamente calma: con su extraordinaria comprensión de la realidad, por ejemplo, anticipó casi en tono y acierto profético que Chile resultaría perjudicado por tremendos errores cometidos en el campo diplomático durante los primeros dos gobiernos de la Concertación, tras retornar la democracia en 1990, pero que en aquel momento estaban siendo celebrados como grandes logros políticos. En una de nuestras reuniones, por ejemplo, llegó a detallar taxativamente gran parte de lo que iba a suceder a partir de los fatales acuerdos suscritos entre La Moneda y la Casa Rosada por esos días, partiendo por la Declaración Presidencial de 1991. El desastre de 1994 vino a confirmar sus primeros peores pronósticos sobre el destino del territorio austral que Chile consideraba suyo y que estaba siendo sometido a arbitraje.

Otro gran acierto de Rojas Ávila, a pesar de que escapaba a su ámbito de experiencias geográficas, fue anticipar con precisión también que la República Argentina no estaba en condiciones de cumplir proyectualmente con los acuerdos de los protocolo gasíferos firmados con Chile hacia esa misma época, resultando en un fracaso tal como él lo previó, cerca de 10 años después. Como conocía con precisión la situación comercial interna del vecino país, de sus matrices energéticas y de sus carencias intestinas, había pronosticado que el acuerdo de abastecimiento caería en incumplimiento en década, y nos advirtió de las consecuencias que esto podría traer al panorama energético chileno... Y así ocurrió, exactamente, diez años después, dándonos el privilegio de haber tenido por anticipado una opinión adversa a dichos acuerdos, con sus nefastos resultados perfectamente vaticinados.

Otro detalle admirable de Eduardo Rojas era que creía que los enlaces comerciales "no connaturales" eran el peor mecanismo para tratar de forzar cimientos de confianza y de integración entre los países, pues sólo concluían los esfuerzos generando discrepancias y discordias... ¡Cuánta razón tenía! Por ese mismo motivo nos explicó las razones para oponernos al Tratado de Integración Minera Chile-Argentina de 2000, pues, nuevamente como experto conocedor de la geografía andina, anticipaba los perjuicios ambientales y las alteraciones al medio natural que estas actividades podrían acarrear, algo que ha quedado demostrado con la formalización del proyecto Pascua-Lama en la cordillera del Huasco, derivado del mismo tratado unos años después.
Sobre lo anterior, don Eduardo me hizo llegar una pauta con sus observaciones al respecto, una vez, y la leyó personalmente en una reunión siguiente con palabras aún recuerdo casi perfecto, por su energía y lucidez. De hecho, recordando la conocida promesa chileno-argentina del Cristo Redentor donde tantas veces hizo parada, aquello de que se despeñarán las montañas antes que se rompa la paz allí jurada, no titubeó en preguntar públicamente por entonces y sin afán de escandalizar: "¿Y si algún día sí se cayeran las montañas?", refiriéndose a la tendencia de recurrir al pensamiento mágico para garantizar situaciones profanas y terrenales, como las condiciones de paz entre los pueblos. Así lo estampó también en una de sus pocas pero elocuentes cartas enviadas a medios de comunicación en esos años.
En abril de 2002, fui invitado a los estudios de Radio José Miguel Carrera de Santiago, en avenida Pedro de Valdivia, junto con don Eduardo y otros investigadores de historia de fronteras y límites chilenos. Allí, en ese lugar, nos confesó a los presentes que estaba siendo afectado por una enfermedad degenerativa y que debía, por esta razón, asistir a terapias periódicas. Aunque no se sospechaba aún del alcance que este progresivo mal pudiese tener, se advertía en él una pequeña cojera y una ligera dificultad para desplazarse... Cosas que, sin embargo, aparentaban ser sólo pasajeras en un hombre con el currículo de deporte y energía como el suyo.

La situación de salud de don Eduardo no se revirtió. Por el contrarió, comenzó a decaer cada vez más. Por primera vez en muchos años, faltaría a reuniones, empezando a postergar sus tertulias, a dejar de redactarnos informativos y a retirarse de la agitada actividad investigativa que ocupaba sus días de retiro. El diagnóstico médico fue lapidario: Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), un devastador mal que va postrando al afectado hasta imposibilitarlo de moverse y, finalmente, quitarle la vida.
Para fines del año 2004, el deterioro de don Eduardo era evidente y hacía presagiar lo peor. Intentamos mantener en reserva esta enfermedad dada su comentada tendencia a evitar exposiciones innecesarias, y también tratamos de no molestarle con nuestra permanente necesidad de recurrir a él como asesor, pero se hacía imposible contener los deseos de llamar constantemente a su residencia bajo alguna excusa pero con la intención íntima de saber de su estado, de esperar alguna mejoría por leve que fuera. En los últimos meses, sin embargo, ya ni siquiera era capaz de contestar el teléfono por sí mismo, con su motricidad profundamente deteriorada, por lo que fue inevitable comenzar a perder contacto directo con él.
Hacia el final de sus días, a aquel hombre que antaño escalaba algunas de las cumbres más altas y difíciles del planteta, ya le resultaba imposible incluso el simple acto de hablar. Por esta razón, el 2005 fue el año más difícil para el veterano ex deportista y su familia. Estar asistiendo regularmente a controles médicos no impidió que se presentaran complicaciones bronco-pulmonares serias. Todo hacía anticipar ya lo peor.
Precisamente, había salido de uno de los chequeos médicos durante la mañana del lunes 20 de junio, cuando se cumplían sus últimas horas de vida. Sereno y silencioso, mientras era conducido de vuelta a casa por su familia, hizo con sus manos un par de gestos pidiendo algo específico para almorzar, y los suyos alcanzaron a entender a qué se refería: empanadas y un poco de vino tinto. Fue la muy nacional y folklórica última cena de un gran chileno, un gran patriota, un gran montañista y un gran hombre en toda su humana condición. Al terminar de comer, se recostó en su habitación con la necesaria ayuda de los suyos y allí, en la tranquilidad del hogar, falleció, partiendo su alma quizás a hacer cumbre en la Gloria, la última de sus cimas conquistadas.
Su pequeño cuerpo, ya débil y contraído pero cargando los recuerdos y huellas de toda una vida de aventuras, fue despedido con el último adiós de sus seres queridos, concientes de estar pediendo una de esas presencias irremplazables para quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y ser sus alumnos; uno de esos personajes veteranos únicos que inspiran, que dan fuerzas, y a los que se recurre cuando necesita la seguridad y la certeza de una voz autorizada.
Palabras suyas, trascritas después para la que sería su tarjeta póstuma, dijeron una vez:
"Considero que la vida en este mundo es un don y una bendición de Dios. La muerte es inevitable y pone fin a la existencia terrena, pero desde la fe y la razón, creo que abre el camino a la vida que trasciende en otra dimensión".

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