jueves, 19 de marzo de 2015

"PELUSITA": LA FRAGILIDAD DE UNA PEQUEÑA Y EFÍMERA VIDA

La única fotografía que tengo de "Pelusita", tomada la noche del domingo, ‎14‎ de ‎junio‎ de ‎2009, poco antes de que el diminuto conejo muriera también en mis manos.
Entre todos los varios pasatiempos monetariamente improductivos y empobrecedores que he hecho a lo largo de mi vida (incluido este blog, quizás), hay una actividad que me mantuvo entretenido por bastante tiempo, más o menos desde el año 2008 a 2011: criar y reproducir conejos domésticos. No lo hice en forma comercial (carezco de esos buenos talentos), sino para regalarlos a conocidos, o amigos de amigos, varias veces bastando sólo mostrar una fotografía de ellos por la internet. Fue casi algo casual, después de obsequiarle en Navidad a mi hijo un conejo de raza belier u "orejas caídas", al que llamó "Yinyan", comprado en un centro de mascotas, seguido de una hermosa conejita raza California o Himalaya (nunca lo tuve claro) que bautizamos "Kanika" (lamentablemente muerta de súbito en menos de un año) y otra mestiza negra llamada "Corchea", ambas compradas en ocasiones distintas en el folklórico Mercado de La Viseca de Estación Central.
Con dos hembras y un activo y libidinoso macho, se comprenderá que mi cantidad de amigos y conocidos para regalarle conejos chicos rápidamente se vio copada, así que continué después obsequiando camadas completas a mascoterías del barrio. Mi prioridad era que las criaturitas no terminaran en una olla de escabechado o una parrilla, por supuesto.
Un día, noté que los conejos preferían la comida fresca a los alimentos secos en versión pellet de las mascoterías, de modo que comenzaron a volverse un eficiente procesador casero de basuras orgánicas como cáscaras, corontas, restos de hortalizas, tallos, etc. Casi todo el sobrante vegetal de una cocina es devorado por los conejos, que a su vez producen defecaciones que llenaron de fertilidad el patio llenándose de verde como nunca antes lo estuvo antes o después. El pellet lo reduje a una de las comidas diarias, además de otros alimentos duros, fundamentalmente para que gastaran los incisivos. También iba a buscar grandes sacos de restos o tallos de brócolis, zanahorias y acelgas que quedaban arrumbados en la calle al retirarse las ferias libres, y que fascinaban a los conejos. Recuerdo cuando una apoderada del colegio de mi hijo me vio desde un vehículo en estas faenas y me reconoció recogiendo los restos de estos productos en el lugar donde acababa de retirarse la feria libre, con una expresión que me hace sospechar la pasada de rollos dramática que debe haberse hecho sobre mi situación en aquel momento.
Convertido circunstancialmente en un experto en cunicultura, entonces, estuve contando las camadas, registrando sus características y observándolas con cuidado durante todo este tipo. Conocí así del crecimiento y desarrollo de los gazapos desde recién nacidos hasta el momento en que destetan y empiezan a probar alimentos sólidos. En principio, los mantenía en una jaula o caja de cristal, pero con el tiempo preferí permitirle a las conejas hacer sus propias madrigueras en el patio y mantenerlos bajo tierra.
Una de estas últimas camadas de la coneja "Corchea" paridas bajo tierra, fue en cuevas excavadas por ella y por "Yinyan" bajo un tablado de madera que daba justo frente a mi habitación en el primer piso. El comportamiento de las conejas que han parido no cambia mucho tras este evento, pero el que apareciera de un momento a otro flaca y tras varios días inflada como barril de pelos, me dio la inconfundible señal de que los conejitos ya habían nacido en días de junio de 2009.
Pasaron los días, menos de una semana, y en una de esas tardes asomó afuera de la madriguera un tambaleante gazapo blanco, que con grandes esfuerzos lograba desplazarse valiéndose de sus delgados miembros, aún no bien desarrollados, y cuyos ojos todavía no abrían en esa cabecita redonda, por lo que se desplazaba absolutamente ciego y trémulo bajo la luz solar.
Fue una sorpresa descubrir al diminuto y tierno animalito arrastrándose por el patio al inicio de ese fin de semana, cerca de los perros de la casa además. Presumimos que podría haber salido de la cueva colgando de alguna de las tetas de la coneja, cuando ésta terminó de alimentar a la camada, y que así su abandono de las condiciones tan cómodas y seguras para él en su refugio y con sus hermanos habrían sido accidentales.
Volvimos a tirar al conejito a la madriguera, cuidadosamente. Pero en menos de una hora, quizás sólo unos minutos, la minúscula cría volvió a aparecer afuera, caminando errática y zigzagueante pero extrañamente entusiasmada, como si intentara explorar los matorrales del patio, sus rincones,, sus textutas, sus sombras y sus luces. Había descubierto ya el sabor de estar afuera, y no había cómo convencerlo de volver atrás, marchando totalmente ajeno a los peligros a que se exponía en el mundo exterior. Intentamos varias veces más que se quedara allí adentro, en el oscuro cobijo que había sido su cuna, pero era imposible: un impulso irrefrenable lo llevaba a salir del cubil por la misteriosa garganta de tierra y conocer desde su ceguera y su tambaleo lo que había allá afuera, en el exterior de ese segundo útero al que había sido marginado tras nacer, en el subsuelo de un patio.
Como su cuerpecito rosado recién comenzaba a cubrirse de una pelusa alba que cambiaba a color ocre en la cara, orejas y patas, lo bautizamos "Pelusita", aunque era demasiado pequeño aún para saber si era hembra o macho. Al menos el nombre servía para ambos casos.
De arriba a abajo: "Yinyan", "Corchea" y "Kanika".
Mi hijo, Franco, con otra camada de ese año (13 crías).
Llegó la noche, y con ella echó anclas ese frío de temporada que suele ser implacable con los gazapos de conejo, a pesar de la resistencia de estos animales al clima cuando son adultos. Si dejábamos al conejito haciendo sus exploraciones y venturas, probablemente moriría esa misma noche, por lo que nos resignamos a mantenerlo dentro de la casa y procurarle calor metiéndolo en la cama, con nosotros, como si se tratara de un pequeño peluche. Mi hijo Franco durmió dos días con él ese mismo fin de semana. Tratábamos de tenerlo en una cajita, pero su impulso era mayor: se salía y se acurrucaba un rato al lado de él, para luego volver a activarse dando vueltas por la inmensidad de la pequeña pieza, como fascinado con la experiencia de la vida que recién comenzaba. Lo apodamos El Conejito Duracell por lo mismo, y por primera pude entender la razón de la metáfora implícita en la mascota publicitaria de la célebre marca de pilas.
"Pelusita" era increíblemente inteligente, un animal de precocidad admirable: recorría todo, quería conocer todo y sus hábitos nocturnos nos hicieron difícil poder dormir aquellas noches. También tenía una forma de interacción extraordinaria con nosotros, a pesar de su pequeñez y limitaciones motrices. Sus únicos ratos de tranquilidad era cuando traíamos a la coneja madre y la poníamos en la misma cama para que mamara. La leche de los conejos es conocida por su alta concentración nutritiva, por lo que bastan sólo unos minutos para la dosis correcta de lactancia diaria de los gazapos. No bien partía "Corchea" de regreso al patio, su hiperactivo hijo volvía otra vez a recorrer el mundo, sin miedo alguno a las manos humanas, a las caricias o a que lo tomasen en brazos. Ni en los gatos o perros pequeños he visto tanta docilidad y comodidad con las manos de un amo.
Para peor, justo la cría comenzó a abrir los ojos, por lo que su imbatible interés en conocer estas dimensiones de esta realidad donde debutaba, terminó de explotar fuera de todos los límites de sus propias fuerzas. Todos los nuevos intentos por devolverlo a la madriguera fracasaron, y cuando ya no le quedaba más para seguir conociendo en nuestras habitaciones, lo dejábamos suelto en el patio pero con un cierre seguro lejos de lo perros, para que diera rienda suelta a su curiosidad y a su pasión exploradora. "Pelusita" realmente parecía fascinado con toda la creación a su alrededor y con la libertad del paisaje. No había duda de que estábamos frente a un conejo fuera de lo corriente, muy por encima de todo lo que habíamos conocido hasta entonces y después de tantas camadas.
Por fin, hacia el segundo día con nosotros, la maravillosa criaturilla comenzó a agotarse de tanto pulular por camas y alfombras, y se acurrucaba a dormir en nuestras manos, aunque fuera por un rato. La concavidad de la palma era el espacio exacto donde cabía y se quedaba calma, cansada de tanto andar a una edad en que los demás conejos sólo duermen, gimen y lactan. Así fue que le tomé la fotografía que acá expongo, una de esas noches. Llegamos a querer tanto este animal que con mi hijo decidimos quedarnos con él a pesar de las dificultades que podía generar otro conejo establemente en casa, y concluimos en no regalarlo como sí sucedería con el resto de la camada.
La última noche de "Pelusita" la pasó conmigo, en mi cama. Me parece que fue la del domingo al lunes, en los últimos días del otoño y ya con el frío del invierno encima. Lo mantuve en una pequeña cajita, entre mis frazadas, aunque su hiperkinesis lo llevó a salirse varias veces y, cuando no, a intentarlo tantas ocasiones como pudo durante aquella misma noche de nuevo insomnio para ambos.
Llegó la mañana y todo parecía bien. El conejito se veía como siempre animoso e intrépido, como siempre. Sin embargo, al acercarse la hora del mediodía algo cambió, muy para mal... Súbitamente, comenzó a debilitarse, a reducirse, como si un fantasma letal lo consumiera de un instante a otro. Pese a todas nuestras precauciones, a todos nuestros esfuerzos, a todos nuestros sacrificios en los tres días de vida de "Pelusita" fuera de las oscuridades de las entrañas de su madre y luego las de la tierra, algo había fallado: su pequeño, pequeñísimo corazoncito no lo resistió, y también falló.
Acostado de lado en una posición extraña en su cajita, comenzó a estirar las manos y abrir la boca mostrando sus pequeños dientes, como si un doloroso ahogo o golpe eléctrico punzara desde muy adentro. Tiritaba, me miraba como buscando alguna protección milagrosa de mi parte, y sólo alcancé a acariciarlo por escasos minutos, en lo que duró su súbita agonía. El increíble animalito, con inteligencia excepcional y con una obsesión por conocer el mundo en el que había caído como otra alma atrapada por los espirales de la dominación bajo la materia profana, murió entonces en mis manos, entregándole su frágil y delicada existencia a algún conjuro cruel del destino que nunca llegaré a entender.
Los hermanos de "Pelusita" sobrevivieron y salieron de la madriguera varios días más tarde, como usualmente lo hacen los conejitos normales. Para la naturaleza reproductiva y sus leyes de hierro, entonces, el animalito muerto era sólo una pérdida menor entre la exitosa camada, nada más. Nos guste o no, pues, el evolucionismo premia el éxito sólo dentro del rango de la misma mediocridad, y los casos que se alejan demasiado de la media culminan siendo sólo experimentos fallidos.
¿Qué se puede decir, pues, además de que sólo murió un conejo pequeño de un nacimiento múltiple? Creo que aprendí algo más esa vez, algo mucho más grande que las cuestiones de la cunicultura: al infame orden del mundo, quizás a la propia marea demiúrgica e impostora del Universo entero, nunca, jamás le gustarán los prodigios destacados, los que sobresalen o los que prometen desde una excepcionalidad que los coloca fuera de ese mismo orden y venciendo el peso de sus tinieblas. Por el contrario: prefiere el promedio, la mediocridad, el horizonte llano, el mar calmo y las vidas livianas. Lo que brilla en sus talentos y sale buscando el encanto de la luz guía, en cambio, se expone a toda clase de peligros y desgracias, pues abre las grietas, desata las tormentas y provoca los rodados, como ese conejito que arranca de su madriguera para vivir sólo tres días más en el mundo profano, sacrificando en el temerario pero incontenible deseo la propia seguridad de su existencia... Existencia sostenida desde la fragilidad de telarañas de vidrio, agitadas por los vientos zodiacales.

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