miércoles, 27 de noviembre de 2013

LA ACIAGA RACHA DE MUERTE DE 1976 EN EL MORRO DE ARICA

Rescate del cuerpo del joven obrero fallecido en el trágico accidente de junio de 1976, que parece haber cerrado la racha fatal del Morro aquel año (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Coordenadas: 18°28'57.47"S 70°19'28.94"W
Una de las famas más siniestras del Morro de Arica, independientemente de sus leyendas y tradiciones de orientación sobrenatural, es su confirmada característica de ser un lugar elegido por muchos suicidas que se arrojan al vacío, como fue el caso aún relativamente reciente que he abordado en este sitio, de Juan Salvador Huerta, cuya animita está abajo en el sector de los jardines desde el año 2010.
Pero la muerte se ha manifestado en el morro no sólo con saltos suicidas: recordados son los casos de obreros que han perecido accidentalmente, en especial durante la construcción de las instalaciones portuarias. Y, si hilamos fino siguiendo la cuerda de muerte por el tiempo, podemos remontarnos a la propia Toma del Morro de Arica el 7 de junio de 1880, que regó de sangre de unos 1.500 hombres heroicos este peñón.
Que el ángel de la muerte ha volado históricamente alrededor del Morro como esos negros gallinazos cabeza roja, entonces, no es tema de discusión. Sin embargo, una particular concentración de suicidios y accidentes ocurrida en un período de 1976, en su momento sirvió para especular sobre una controversial maldición o, cuanto menos, de un sino de desgracia rondando al lugar, a pesar de lo habituados que han estado tradicionalmente los ariqueños a las noticias con esta clase de dramas involucrando al Morro.
Conscriptos del Regimiento "Rancagua" realizando labores de rescate de cuerpos de los trabajadores guaneros fallecidos el 4 de marzo de 1976 (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
UN VERANO SANGRIENTO
Era febrero de 1976, con veraneantes en masa y en la mejor etapa de las vacaciones para la ciudad de Arica. Acababa de fundarse el diario "La Estrella", además. Hacía menos de cuatro años que el Morro de Arica había sido declarado Monumento Histórico Nacional y cerca de dos desde que se fundó en su cumbre el Museo Histórico y de Armas, revitalizando las visitas a su cima y mejorando su importancia en el turismo.
El día martes 17 de ese mes hacia las 14 horas, una muchacha de 17 años llamada Olga Cortez López se encontraba arriba en el Morro, hasta donde había llegado con un triste propósito. Residente de la Población Las Brisas, por razones que nunca fueron bien aclaradas la jovencita ejecutó el fatídico "salto del ángel" desde el sector adyacente al museo y frente a la costa, donde está la gran falla con grietas en la cara frontal del peñón.
El frágil cuerpo golpeó contra el borde rocoso y cayó desde la inmensidad hasta donde están los jardines y las palmas en la actualidad. Quedó tendida abajo, entre unos peñascos, quebrada como una muñeca de losa y con la vista perdía hacia el cielo al que quizás esperaba llegar con este acto final. Y al día siguiente, la portada del diario local titulaba: "DRAMA EN EL MORRO".
Empero, no se pasaba la impresión de este trágico suceso cuando, tan sólo unos días después, el 22 de febrero, un obrero de 35 años llamado Félix Jofré Adaros, domiciliado en la Población Barrientos, también se lanzó desde la altura y cerca del lugar donde antes lo había hecho la muchacha.
La información que recolectaron rápidamente los medios para el día siguiente, decía que Jofré había tenido una fuerte y terminal discusión con su esposa, hacia el mediodía, abandonando su hogar sabiendo que todo había concluido. Luego de deambular fugazmente por las calles de la ciudad llegó a la cima del Morro de Arica y, tras una última meditación, se arrojó desde el borde hacia la avenida costanera.
Tal como sucedió con la joven Olga, el cuerpo del trabajador golpeó contra la saliente y quedó destruido en el fondo, en su caso tan gravemente que dificultó el reconocimiento del cadáver luego de que el cadáver fuera levantado por orden del juez.
Dos muertes similares en 5 días parecía una casualidad asombrosa, aunque aún era comprensible como coincidencia... Sin embargo, el Morro todavía tenía macabras sorpresas que ofrecer.
Esquema en la portada del diario mostrando cómo fue el suicidio de la muchacha Olga Cortez López, en febrero de 1976 (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
 A los pocos días, el mismo periódico debió repetir lo mismo en su portada, para mostrar un esquema detallando el suicidio del obrero Félix Jofré (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
UN HORRIBLE Y MORTAL ACCIDENTE
Terminaba la temporada de las vacaciones estivales con estas dos tragedias a cuestas, y Arica comenzaba a volver a la normalidad del resto del año, al empezar marzo. Sin embargo, el primer jueves de ese mes iba a clavarle una puñalada a la tranquilidad de toda la ciudad, nuevamente con un sangriento y doloroso suceso que es considerado como uno de los más terribles accidentes sucedidos allí.
Cinco obreros, dos de ellos menores de edad, trabajaban en la ladera del Morro de Arica ubicada hacia el lado poniente, enfrente de El Caleuche y de los roqueríos de El Infiernillo, por el sector que hoy se reconocería en la cúspide como aquel atrás de las antenas de radio. A unos 100 metros de altura, había una cueva guanera donde recogían material para fertilizante los trabajadores independientes Mateo Zegarra Belzú (43 años), su hijo Juan Carlos Zegarra Mamani (16 años), Modesto Ilaja González (35 años) y su medio hermano Eleodoro González González (37 años) quien, infelizmente, ese día llevó por primera vez al lugar de labores a su hijo Raúl González Supanta (14 años).
Estaban en estas faenas cuando, inesperadamente, un gran desprendimiento de rocas, arena y tierra provocó un alud de enormes proporciones que acabó tapando a los infortunados obreros. Según testigos que informaron a la prensa, el derrumbe fue hacia las 18:10 horas de ese día 4 de marzo de 1976.
La noticia se expandió rápidamente y llegaron raudos los efectivos de Carabineros de Chile y una patrulla militar del Regimiento "Rancagua" quienes, con voluntarios del Cuerpo de Bomberos de Arica y asistidos por personal de Servicio de Investigaciones y Seguridad, realizaron un titánico y peligroso escalamiento con cuerdas y picotas hasta el lugar de la tragedia mientras se hacía ya de noche, esperanzados en rescatar con vida a los guaneros atrapados. A las 19.20 llegó el juez del 2° Juzgado del Crimen, don Humberto Retamal Arellano, quien daría la orden de levantar los cuerpos que se hallaran en el lugar.
Dirigidos por el Prefecto de Carabineros Coronel Eduardo Torres Torres y por el Comandante 2° Subrogante del Regimiento "Rancagua" Mayor César Zavala, las cuadrillas constataron que todos murieron sepultados, excepto González González, quien alcanzó a ver con horror cómo su hijo adolescente era aplastado por el derrumbe. El sobreviviente fue bajado en camilla y hacia las 20:30 horas de ese día, y menos de diez minutos después descendían en la oscuridad el cadáver de su hijo, primero sacado de entre las rocas, para que su muerte fuera certificada por el Doctor Octavio Villegas. Un rato después, era bajado de la misma manera el cuerpo de Ilaja.
Un infierno de llamadas comenzó a agitar los teléfonos de los cuarteles de Carabineros en esas tensas horas: familiares y amigos preguntando por sus seres queridos, más la prensa y las autoridades conmocionadas por el accidente. En la oscuridad nocturna, una muchedumbre se agolpó abajo en la Costanera Sur por el lado de El Caleuche y la playa El Laucho, mirando los trabajos de rescate que se divisaban todavía gracias a los movimientos de las lámparas y las linternas de los rescatistas.
Fue todo lo que se pudo hacer ese día, sin embargo, pues una piedra de unas tres toneladas obstruía las labores en el socavón, por lo que la operación debió ser suspendida hacia las 20:45 horas y hasta el otro día. En la confusión, ni siquiera se sabía con claridad si las víctimas eran cuatro o cinco.
La mañana llegó con una penosa escena en el lugar y el día iluminaba el escenario de la tragedia en toda su magnitud, mientras los conscriptos del Regimiento "Rancagua" aún exponían sus vidas para los trabajos de rescate desde las 7:45.
Cerca de las 10 horas, lograron sacar de entre la tierra y las piedras los restos de los Zegarra, primero el hijo y luego el padre. La viuda, doña Brígida Mamani, estuvo mirando con sus dos hijas desde temprano estas actividades en el sector de la costanera, quizás inútilmente esperanzada en un milagro, en una conmovedora y terrible escena que fue registrada por los reporteros. Los cuerpos debieron ser recibidos por Teodoro Zegarra, hermano de la mayor de las víctimas.
Conscriptos rescatando los cuerpos del fatídico accidente de marzo de 1976, que se encontraban atrapados a 100 metros de altura (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Eulogio González González, modesto trabajador que sería el único sobreviviente de la tragedia, donde perdió a su hijo y a un medio hermano (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
LA CIUDAD CONSTERNADA
La conmoción fue general en Arica. Los llantos de los deudos no cesaron desde la mañana aquella en que terminaron de ser retirados los cadáveres. Los titulares de prensa otra vez destacaban al Morro como escenario de un traumático drama y, conforme se iban conociendo más detalles de la tragedia, más profundo era el dolor. Incluso el Gobernador de la Provincia y el Jefe de Guarnición Militar se habían hecho presentes para conocer del desarrollo de los rescates.
Crudas imágenes de cuerpos ensangrentados aparecían en los periódicos. Estrangulaba el alma, además, confirmar las condiciones de miseria que afectaban a estos hombres, debiendo trabajar en tan peligrosas condiciones por el sustento. El muchacho hijo de González, por ejemplo, había sido llevado ese día al lugar de extracción por su padre, para poder pagarse los zapatos de colegio que necesitaba en el inicio de clases que iba a tener lugar el lunes siguiente.
Según la información que proporcionó por entonces el Teniente de Carabineros don Tulio Miniño, quien estuvo a cargo del operativo de rescate y fue considerado casi un héroe en su momento, toda esta calamidad se debió a la inexperiencia de los trabajadores guaneros que, motivados por la necesidad, tomaron estos trabajos de altura y en lugares con peligro de derrumbe. Si bien el hoyo de la tragedia medía sólo un metro de profundidad y tenía una boca de seis metros, ellos habrían realizado excavaciones para facilitar la extracción sin la prevención necesaria. "Trabajaban sacando guano de la manera más rudimentaria -diría Miniño a la prensa-, sin ningún medio de seguridad".
El día 6, hacia las 17 horas y tras ser velados en la Población 11 de Septiembre, salían los cortejos de Ilaja y del adolescente González Supanta, quien era su sobrino además de hijo del sobreviviente Eulogio, también residente en esa misma villa. Los restos de los Zegarra, en cambio, partirían al cementerio a la misma hora desde la calle Chapiquiña.
Casi al mismo tiempo, las autoridades locales anunciaban la toma de medidas para evitar que se repitieran calamidades como ésta en el Morro de Arica... Mas, aún el peñón tenía alguna secreta e inexplicable sed de sangre que se iba a consumar luego de una falsa calma.
Horrible escena, del cuerpo del muchacho hijo de Eulogio González, de sólo 14 años, siendo trasladado por el personal de Hospital Juan Noé (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
La triste escena en que doña Brígida Mamani, esposa y madre de los Zegarra, llega hasta el lugar donde están siendo rescatados los cuerpos de sus seres queridos, mientras un funcionario de Carabineros intenta frenarla (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Mateo Zegarra y su hijo Juan Carlos, de sólo 16 años, cuyos cuerpos pudieron ser rescatados sólo al día siguiente (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
LA MUERTE REGRESA AL MORRO
Pasó marzo... Se fue el verano. Pasó abril, y las heridas sufrientes de los sucesos del Morro de Arica comenzaron a cerrar más por olvido que por superación, como ha sido costumbre en nuestra frágil memoria nacional. La instalación del monumento a los trabajadores que habían ido muriendo en la construcción del puerto, inaugurado el 1° de mayo siguiente, prácticamente pasó inadvertida en varios medios locales.
Los festejos del 7 de junio, en cambio, devolvieron la alegría ariqueña. En un solemne acto, además, se habían trasladado los restos del soldado desconocido de la Guerra del Pacífico encontrado en Pisagua hasta una cripta y memorial propio en la cima del Morro de Arica, donde aún permanece recibiendo visitas y honores.
Terminaba el mes de la ciudad y el peñón, por desgracia, volvió a teñirse de rojo. Esta vez, la víctima fue Carlos Lamas Córdova, joven de 22 años domiciliado en la Población Faldeos del Morro y obrero del Plan del Empleo Mínimo, quien pereció aplastado por un nuevo derrumbe de toneladas de piedras y rocas en una cantera a 55 metros de altura, por el lado de la ladera frente a la ex Isla Alacrán y donde se habían producido antes las extracciones de material para la construcción del puerto. Allí se retiraban, ahora, rocas para trabajos de ornato de la ciudad, particularmente para la construcción del muro de piedra laja de la Playa La Lisera y del Paseo Peatonal El Morro. Lamas formaba parte de estas cuadrillas.
La causa de la tragedia fue, principalmente, el deslizamiento de una enorme roca de cinco toneladas, que además provocó la avalancha que le quitó la vida a Carlos y dejó herido a su compañero de trabajo Genaro Luis Rodríguez, de 28 años. La tragedia sucedió a las 10.15 de la mañana, a unos 800 metros de donde había ocurrido el fatal derrumbe de marzo. Correspondió otra vez al Juez Retamal, ir al lugar a autorizar el levantamiento de los restos.
El cuerpo de Lamas quedó tirado en una extraña posición, contorsionado y destruido, aún con su overol azul, tronchando una vida esforzada y joven. Luego de ser rescatado y bajado hacia las 11:50 horas por carabineros y bomberos, el cadáver fue llevado en un carro de estos últimos hasta la morgue, todo esto ante la mirada de sus padres Carlos Lamas Varela y Esperanza Córdova Guzmán, en medio de escenas desgarradoras de sufrimiento pues la madre, que también trabajaba en el Plan del Empleo Mínimo, se encontraba regando los cercanos jardines de la avenida Costanera justo al momento del accidente.
Al día siguiente, la prensa titulaba sin salir del asombro: "EL MORRO COBRÓ OTRA VÍCTIMA"
El saldo positivo de todo es que, a pesar de las características del terrible nuevo accidente, salvaron ilesos cinco trabajadores más que estaban con el herido y el fallecido.
Imagen del infortunado obrero Carlos Lamas, en la tarjeta que envió a sus padres en la última Navidad de su vida (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Dramática escena con el cuerpo de Carlos Lamas, tras la tragedia. Sé que muchos se molestarán porque reproduzco estas escenas, pero prefiero recibir reproches a esconder esta parte martirial y dolorosa varias veces repetida en la historia del Morro de Arica, a pesar de haber sido olvidada tras sus postales turísticas y pintorescas. Toda ejemplo de progreso ha tenido costos y sacrificios humanos que no corresponde minimizar (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Labores de rescate del cuerpo (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
MIRANDO HACIA 1976
Siete muertos dejó la racha fatal del Morro de Arica aquél 1976; siete vidas llenas de futuro, de gente modesta y esforzada, cuyas familias aún deben vivir en la ciudad cabecera del país, que a fines de ese mismo año veía con incertidumbre cómo era disuelta su histórica Junta de Adelanto.
Siete vidas que, por cierto, sólo se suman a la nómina negra del lugar, que incluye trabajadores muertos en accidentes como el de 1961 y otras almas fracturadas que se autoeliminaron o que cayeron accidentalmente, como parece ser el caso de un soldado de la Brigada Acorazada "Coraceros" que pereció el año 2011.
He escuchado que hubo al menos una tragedia más ese año de 1976 vinculada al Morro, pero revisando la prensa no logro encontrarla dentro de esta cadena oscura de recurrencia allí sucedida: primero un suicidio de una muchacha, seguido de otro suicidio similar de un obrero, al poco tiempo la muerte de cuatro obreros (dos de ellos adolescentes) en un derrumbe, y finalmente el derrumbe que mata a un obrero joven casi como terminando de conceptualizar las coincidencias de este soplo de muerte en el destino sobre el gran símbolo de Arica.
Aunque los años de los accidentes como los descritos han quedado atrás, salvo por el recuerdo que dejaron temibles derrumbes en los últimos terremotos, muchas otras personas han vuelto a ejecutar el suicida "salto del ángel" desde la altura del peñón, poniendo fin a tormentos y a perturbaciones de una vida infeliz. Una de las más espectaculares tiene lugar el 2004, con una joven pareja que se arrojó en vehículo desde 114 metros de altura, en un aparente pacto final. Varios más trataron de suicidarse, pero logrando ser detenidos a tiempo. El último fallecimiento del que tengo noticia, fue el de un muchacho de 23 años que se arrojó en llamas el mes de junio pasado.
Nada se parece, sin embargo, a esta extraña seguidilla de muertes de 1976, con sus circunstancias tan particulares y trágicas, además de su intrigante coincidencia de tiempos, espacios y hechos.
La roca que desató la tragedia de junio de 1976 (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Los padres de Lamas en el lugar de la tragedia (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").

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