miércoles, 18 de septiembre de 2013

EL REGRESO: MIS RECUERDOS DE UN ARRIBO A PUERTO MONTT

(Fuente imagen: www.visitingchile.info)
Luego de mucho tiempo extraviadas, pude encontrar unas notas de viajes con la última aventura que había tenido por el Sur de Chile, cuando viajé (para variar, solo) partiendo en enero de 2008. Para mí fue todo un hallazgo, pues en tanto trajín por todo Chile, he botado o perdido todas las hojas de notas de este tipo que había tomado más o menos desde 1993 en adelante. He aquí el texto de mi segunda visita a la ciudad, luego seis años de ausencia:
19 de enero, 23:30 horas:
El viaje para acá, hasta Puerto Montt, ha sido exactamente lo que pensé merecer: un infierno. El peor de todos. Si los israelitas creyeron ganarse un capítulo bíblico entero por su Éxodo a través del desierto, es porque entonces no existían los buses de xxx con su servicio Concepción-Puerto Montt, pasando y deteniéndose hasta en el caserío más piñuflo que encuentre en el camino. Más de diez horas con el c*** en una ventosa y con la cabeza perdida…
Debo haber bajado un kilo o más en estos dos días, deshidratado, mal alimentado (no sirvieron nada en la mierda de bus) y más encima durmiendo a puras penas.
No terminé de poner el primer pie en el puerto (en el terminal de buses) y se me arrojó un grupo de damas ofreciéndome a mí y a los demás pasajeros alojamientos. A diferencia de los comerciantes de Santiago, ellas son aquí extraordinariamente prudentes y comedidas; no insisten si alguien no muestra interés (al principio, así fue conmigo) y son solidarias entre ellas, como si compartiera con justicia el negocio.
Tras unas vueltas, me tomé y comí una cazuela de ave en un restaurante del sector, frente al supermercado. Barato, bueno y satisfactorio después de mi día con una pequeña porción de alimento en el estómago: pan de salvado y centeno, con queso crema y mucha agua mineral.
Al terminar, recapacito sobre el lugar de mi alojamiento y me devuelvo al terminal, tras hacer compras en un supermercado. Una de las mujeres de la terminal me pasó su tarjeta ofreciendo hospedajes y le llamé. Se hace llamar Ely, es “extrañamente” hermosa: de unos treinta años, según calculo, de ojos tristes y pero bellísimos. Intento, no obstante, contener todo instinto de halago, pues en su tarjeta se presenta como “señora” Ely… Con eso me basta. Aquí, al menos. Que aquí en el Sur las mujeres son sumamente seductoras, es algo que ya aprendí hace varios años, aunque no son tan explícitas en sus ademanes como sucede en otras latitudes. Es un sentido casi innato en ellas.
Estoy ahora en la habitación, una marcada con el número 6 de su casa, exactamente en la azotea, segundo piso. Por primera vez puedo ver de frente, más bien casi por encima, el cartel luminoso colgante de una botillería situada justo en los bajos de esta residencial, en la calle Miraflores. El barrio guarda sorprendente semejanza con esas calles curvas y en pendientes de Valparaíso. Ely me comenta que este sector de la ciudad puede ser peligroso en las noches y que me cuide si salgo. Parece que todos los puertos de Chile deben cargar con este estigma, por desgracia... Todos, sin excepción, pues invariablemente siempre escucho la misma advertencia.
Por $ 6.000 tengo pieza propia por una noche, derecho a ducha, a desayuno, a cocina y TV cable. Aunque la transmisión de esta última debe tener un sexto o menos de los canales a los que estoy acostumbrado en Santiago, me basta con que esté el de “Jetix” con “Los Padrinos Mágicos” (mi lado más infantil explota luego de grandes jornadas de aburrimiento o sacrificio).
Luego de pelar al Transantiago por un rato, poniendo a la gente de la residencial al tanto de las últimas calamidades de la capital, siento que ha llegado la hora de probar una cama otra vez, y me retiro a mi habitación. Termina para mí este día y empieza ahora el desafío de saber llegar ahora a Punta Arenas dentro del plazo que me he propuesto. Una embarcación sale desde acá hasta Puerto Natales, y Ely me asegura que zarpan todos los días lunes, por lo que estaré atento.
Bueno, ahora sí que ha comenzado mi viaje.
Bahía y ciudad de Puerto Montt en el plano de noviembre de 1859 elaborado por el entonces Teniente 2° de la Armada don Francisco Vidal Gormaz. Sólo seis años tenía entonces la joven ciudad (clic encima para ampliar).
20 de enero, 17:25 horas:
Nunca pensé que sin pastillas para dormir podría pasarme de largo la mañana… ¡Y así fue! Ely entró como a las 11:00 AM y abrió sus enormes ojos almendrados cuando me vio tirado en la cama todavía. Lata, porque mi noche pagada terminaba a las 10:00. Su intención a esta hora, entonces, era hacer el aseo en el cuarto.
Como pude, me puse de pie, me bañé y comí (tragué; engullí) con un café en la mano. Me despedí doblándome en disculpas y viendo cómo cresta arreglar el día ahora que me atrasé cuatro horas en caso de pretender salir por tierra a Magallanes.
Una visita a un centro internet ($100 los 10 minutos, como en Santiago) me permite sustituir la visita que debía hacer al Sernatur, cuyas oficinas hoy domingo están cerradas. Tampoco alcanzo a visitar el “curanto gigante” que en estos momentos se hace en Calbuco. Para la vuelta tendrá que ser. La ciudad luce un tanto distinta a mi última pasada por allá: más bella y turística, es verdad, pero también con un comercio más evidente y dominante. No sé si eso sea un rasgo realmente positivo.
El viaje a Punta Arenas por tierra exige reservas y es sólo por los días lunes, tal como me comentó Ely. Además, cuesta como 600 dólares la habitación single más barata… Esto es un crucero, en realidad, y nada de popular. Dura 3 días y pasa por el Golfo de Penas, una más de mis visitas pendientes en el país. De un día a otro, es imposible encontrar pasajes… Ca*** otra vez.
Bajé de vuelta a la terminal lanzándome a la apuesta de encontrar pasajes a Magallanes por tierra, ojala para mañana. Y me rajé: la empresa xxx tiene para las 10:45 AM. Después de almorzar en Angelmó, regreso acá tranquilamente a comprar mi boleto. Será un viaje de 30 horas más o menos, cruzando la Patagonia argentina.
Una copiosa lluvia de verano ha caído en las horas que espero acá en la terminal. La habían anunciado por la TV pero los habitantes de Puerto Montt no le creen mucho a los pronósticos de Santiago, según me contaba anoche la dueña del restaurante. Tendré que pasar varias horas más, por consiguiente, inventado maneras de hacer pasar el tiempo. No encuentro muchas, para ser franco: anoche había tratado de cargar mi mp3 y parece que lo hice mal; apenas duró unos minutos la carga y debo contentarme con oír la música ambiental de la estación de buses, interrumpida por el llanto de cabros chicos e innumerables conversaciones ajenas que fluyen cerca de mí.
De cuando en cuando, corta el ambiente la voz de una locutora que cada cierto rato, anuncia las llegadas y las salidas de los buses. Y mientras me recargan el aparatito de los mp3 en el mismo local donde compré mi pasaje, deliro por una cerveza fría. Pero, por los precios que cobran acá por los schops, prefiero contener los deseos.
El Sol intenta salir entre las bandas de nubes que la Patagonia arroja hasta acá. No hace frío. Sólo puedo seguir pensando en lo que quedó atrás y lo que viene ahora… Iré a visitar la ciudad para regular estas ansiedades. ¡Puerto Montt, hermosa ciudad de comidas sabrosas y mujeres exuberantes, por favor, haz que estas horas se deslicen en el plano del tiempo con la mayor premura posible!
Puerto Montt hacia 1968. Archivos fotográficos de la Editorial Zig Zag.
20 de enero, 21:00 horas:
En la terminal, por alguna razón los niños siguen llorando mucho. Supongo que es un lugar angustiosamente aburrido para ellos. Evitándolos, volví al supermercado a comprar algunas mercaderías más. Regresé también con chapaleles y milcaos fritos, entre otras simpatías culinarias que encuentro en los puestos de comercio del camino. Tuve una larga charla con un señor sobre la debacle de la industria del pelillo, en la cola.
No sé en realidad qué haré esta noche. Pretendo guardar más energías y tiempo para mi regreso a Puerto Montt, así que me quedan como 15 horas libres aún. Sólo puedo pensar que en Santiago lo resolvería con una visita al bar “Don Rodrigo” de Barrio Bellas Artes y de ahí quien sabe. Pero acá todo cierra temprano hoy: estamos en el peor día de la semana para la vida nocturna, incluso en pleno y vacacional verano.
¡Fuerza, fuerza, saco de hu****! Ya pasé el punto sin retorno de este viaje y del momento de la vida en que me hallo. Mañana dejaré Puerto Montt con la promesa de volver; y de volver otra vez... Y volver, siempre.

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