lunes, 8 de abril de 2013

TRIBUNAL DE LA HAYA: LAS SUTILEZAS QUE NO HAN SIDO CAPACES DE VER LOS POLÍTICOS EN CHILE

“Vivimos en un mundo lleno de conflictos entre Estados, lo cual es una amenaza para la paz y la seguridad internacional. La ONU es el foro mundial permanente para debatir y analizar estos asuntos entre los gobiernos”.
(Definición de las funciones de la ONU en la página web de su Centro de Información)
Aunque suene a descalificación cliché y gratuita, debo admitir que soy un convencido de que pocas castas políticas generacionales en el mundo quizás puedan tener el mérito de alcanzar la ineptitud e inoperancia de sus colegas acá en Chile, con el beneficio de contar -además- con una masa votante en gran porcentaje poco ilustrada, adicta a las bajas pasiones de la ideología sin ideas y domesticada en la comodidad de que otros piensen y generen opiniones por ella. Es un escenario tenebroso, en el que mucha de la bonanza y del actual crecimiento chileno parecen favores de alguna buena estrella que nos ha acompañado desde los orígenes, más que al esfuerzo concreto de prohombres buscando grandes y trascendentales objetivos nacionales.
Sin embargo, la falta de visión estratégica y de anticipación inteligente de este mismo rebaño político ya casi benemérito podría estar haciendo tambalear con sus dislates el flujo benigno de aquella buena estrella nacional, particularmente en el caso que nos distrae en la Corte Internacional de Justicia de La Haya a causa de la demanda interpuesta por Perú en contra nuestra y la calentada de motores que está pegándose ahora Bolivia, de la mano de un Evo Morales obsesionado con la idea de ingresar a la historia como el caudillo del buceo en el Pacífico.
En efecto, la comunicación de masas ha sido deplorable en su misión de abordar todos los aspectos y alcances profundos de este grave asunto del Tribunal Internacional, cuadrándose así con la idiotez promedio de las vocerías políticas y partidistas. Y, cuando no, con el más abyecto y traicionero entreguismo que abunda en la cáfila politicastra de la izquierda a la derecha.
Para las formas de operar del internacionalismo desatado, pues, también rige la arcana máxima teológica: “Misteriosos son los caminos del Señor”.
Se ha repetido hasta el hastío que los tribunales internacionales se apegan estrictamente al derecho y que las circunstancias históricas o “ambientales” no afectan el curso que conduce a las sentencias. También se nos ha invitado a confiar ciegamente (casi como en el rito de la logia, del que debe saltar vendado al vacío) en esta idealización de las funciones de las cortes y dar por sentado que el respaldo jurídico de la defensa chilena ante las ambiciones marítimas de Perú y ante una eventual demanda de Bolivia, bastará por su propio peso y contundencia para bloquear estas pretensiones y permitirle a nuestro país salir airoso de ambas situaciones haciéndole burla y morisquetas a la parte demandante… Pero, bueno, ya lo sabemos: la realidad del internacionalismo es muy-muy distinta, para desgracia de los optimistas.
Un ejemplo que serviría de justificación legítima a las dudas sobre la objetividad de los tribunales internacionales, lo tenemos bastante cerca: el del Laudo Arbitral de 1902 entre Chile y Argentina, encargado a la corona británica conforme a lo dispuesto en el Tratado de 1881 y que, al tiempo de resolver profundas discrepancias sobre la aplicación de este mismo tratado, desató -por otro lado- una madeja de nuevos problemas que incluyen todos los que abultaron los roces entre ambos países durante el resto del siglo XX. A pesar de que el árbitro británico debía ajustarse entonces estrictamente a derecho, sucedió que la corte arbitral excedió sus propias limitaciones estableciendo criterios nuevos y ajenos al espíritu del tratado de marras, especialmente en lo referido a la divisoria de aguas. La razón: el árbitro no era totalmente objetivo y autónomo, como no lo es ni lo ha sido jamás ningún juez en la historia de la humanidad. A la influencia de los problemas generados por la Guerra de los Boers en Sudáfrica sobre el comportamiento apresurado y poco juicioso que tuvieron los británicos en la primera parte del proceso, se sumó la insólita interferencia de las poderosas casas financieras Rothschild y Baring para ampliar las atribuciones del tribunal, por petición de poderosos asociados de este lado del mundo. Como si fuera poco, Sir Clements E. Markham, Presidente del Tribunal Arbitral, se había reconocido partidario de los intereses aliados durante la Guerra del Pacífico, pues había vivido y trabajado en Perú un par de veces enviado originalmente para labores científicas, mientras que el Vicepresidente del mismo, el Coronel Church, tenía negocios estrechos con los intereses argentinos y hasta sería elegido después en Buenos Aires como parte del directorio de Ferrocarriles de la República Argentina…
Ése fue el tribunal “objetivo” y “apegado al derecho” de entonces, mismo que nos sorprendió con otro de los fallos más dañinos al interés territorial chileno que se han emitido en toda nuestra historia diplomática.
Ya sé que algunos estarían dispuestos a ponerse a esculcar en las diferencias entre un tribunal de arbitraje creado ad hoc y una corte permanente y establecida, pero, ¿qué tan lejos estamos hoy de una situación poco decorosa como fue la del festival de influencias oscuras en el Laudo Arbitral de 1902 y varios otros casos de cortes internacionales que también abordaron con vicios problemas territoriales entre países (y que por tiempo no detallaré aquí)? Parte de la respuesta tiene un nombre en particular, para el caso de Chile y Perú ante La Haya: Alain Pellet, el abogado francés contratado como cabecilla de la demanda por Perú, que alguna vez se desempeñó en la mismísima Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas y quien, en cierto momento de su holgada y connotada existencia, descubrió que el futuro de su vida estaba en representar partes litigantes ante el propio tribunal del organismo, en La Haya, dedicándose desde entonces casi exclusivamente a esta función.
Recuérdese, en tanto: la objetividad e independencia total de los tribunales existe sólo en la biblioteca, como una quimera de los románticos de la diplomacia y del derecho… Es, por lo tanto, imposible pensar que la sola presencia y estampa de Pellet no tenga alguna clase de influencia aromática sobre la Corte Internacional de Justicia en La Haya. Y tómese en cuenta, además, que el cambio de giro en la boleta de actividades del prestigioso jurisconsulto demuestra que hay una lucrativa motivación por convertir toda diferencia internacional en sabrosos y rentables litigios dignos de ser resueltos en tales instancias internacionalistas, precisamente como sucede con la Corte de La Haya.
Sin embargo, el peor peligro para Chile no se encuentra sólo en las posibilidades de la máxima careta seria de la representación peruana ante el tribunal, sino en un asunto que parece haber pasado inadvertido a todos los analistas, o al menos a los del lado chileno…
Ocurre que la Organización de las Naciones Unidas lleva arrastrando la quizás peor década de credibilidad de toda su historia: una crisis de justificación ante la comunidad planetaria que la ha dejado reducida ya a un organismo menos que consultivo, cuanto mucho orientador, cada vez más cuestionado y sin influencia ni determinación real frente a los conflictos internacionales, especialmente después de la catastrófica administración del pusilánime Secretario General Kofi Annan frente a la tensión de Medio Oriente y muy en particular ante las invasiones norteamericanas de Afganistán e Irak, aprovechando la circunstancia de los peligros de terrorismo internacional.
La ONU, en otras palabras, marcha hace rato y derechito hacia la total ilegitimidad e incapacidad en un mundo donde la fuerza, la imposición de intereses y la ley del más fuerte parecen seguir siendo el principal regulador de las relaciones entre potencias. Sus últimas secretarías generales han sido una demostración total e incontestable de su incapacidad de hacer respetar el imperio de la ley y los acuerdos vigentes en la convivencia internacional. Y ni hablar del poco conocido historial de escándalos y controversias siniestras que han involucrado al organismo, gran cantidad de ellas recopiladas en el libro del periodista de origen peruano-español Eric Frattini titulado “ONU Historia de la corrupción”, de 2005.
¿Se puede creer en este escenario, entonces, que la Corte Internacional de Justicia de la misma ONU, no sienta como algo positivo la caída en sus tribunales de una generación de nuevos reclamos y demandas, que le den justificación de existir y permitan recuperar la debilitada influencia del organismo sobre la convivencia internacional? Ya he comentado en otro artículo de este blog, además, cómo la estrategia general de Perú, buscó provocar ciertas cargas “ambientales” previas con respecto a Chile y la motivación de interferencias mediadoras apartadas de la rigidez del derecho estricto, como sucede con sus constantes acusaciones de armamentismo y de predisposición belicosa.
Se ha dicho también en la parte chilena, con supina candidez, que la Corte Internacional de La Haya no se arriesgaría a desatar una avalancha de nuevos reclamos desconociendo acuerdos o principios que ya estén vigentes, como sería el caso de que ordenara alterar el límite marítimo entre Chile y Perú, o bien si en un futuro obligara a nuestro país a otorgarle una salida al mar propia y soberana a Bolivia con pelícanos, huiros y todo, para ambos casos sentándose sobre lo que ya está comprometido… Empero, ¿qué tan real es esta seguridad y qué garantía hay de que esto así suceda? ¿Acaso no sería conveniente a la Corte Internacional de La Haya, en casi todos los sentidos, procurar su parte en la recuperación de la importancia de la ONU como parte ante diferendos internacionales y que su función así se vea urgentemente magnificada? ¿Y no sería, acaso, un impulso extraordinario a este propósito la apertura hacia nuevas peticiones, solicitudes y demandas entre países que ya creían tener resueltos sus puntos, a través de fallos “revisores” de lo ya pactado? ¿Acaso la ONU no está deseosa de hacerse “necesaria” otra vez, y poder ser llamada así a problemas y litigios donde le corresponda intervenir, haciendo vista gorda con esto a aquellas crisis y situaciones internacionales donde su rol ha resultado un rotundo fiasco y hasta un aliciente para empeorar los problemas?
Por más que los versados y los duchos repitan que esta situación es sólo una fábula hipotética, sigue penando en el carnaval de credibilidad el caso del Arbitraje de 1902, que nació como una mediación estricta y esencialmente apegada al derecho y a la palabra jurada, pero que terminó siendo casi una improvisación experimental para la definición de fronteras entre Chile y Argentina, que volvería a llevarnos de vuelta a tribunales internaciones en al menos cuatro veces más durante la centuria y hasta al borde de una guerra en 1978.
El fallo del diferendo marítimo entre Nicaragua y Colombia que culminó con la salida del país afectado del Pacto de Bogotá, demuestra que al Tribunal Internacional de La Haya poco y nada le interesan las pataletas y ataques de histeria, ni las consecuencias insospechadas o las progresiones de problemas desatados por sus sentencias. Con que se quede adentro la parte beneficiada, le basta y le sobra, pues las tensiones diplomáticas nunca faltarán. Tampoco parece tener necesidades tortuosas de ajustarse a principios generales que ella misma había establecido, en aquel caso con su primer fallo de 2007. En otra prueba de imposición internacionalista, pues, la corte no se mostró interesada en respetar criterios originales ya acordados, como el Tratado de 1928, optando por priorizar instrumentos nuevos como la Convención sobre el Derecho del Mar de las Naciones Unidas, acuerdo del que Colombia no formaba parte, siendo el país perjudicado con esta sentencia del año 2012.
No obstante, un detalle interesante es que las autoridades colombianas y sus representantes, convencidos de que el fallo se ajustaría “matemáticamente” a derecho, repitieron casi hasta el último instante antes de la sentencia algunas expresiones de optimismo sobre lo que se resolvería y su convencimiento de que los instrumentos vigentes bastarían para mantener en línea recta al tribunal, sin fluctuaciones ni interpretaciones especiales… Pregunto al lector chileno, pues: ¿Le suena conocido este discurso?
En lugar de intentar comprender las consecuencias generales del fallo Nicaragua-Colombia, sin embargo, nuestras autoridades se apresuraron a explicar que se trataba de casos “totalmente distintos” y sin punto de comparación en causas, desarrollo o resultados. Probablemente tengan razón, pero ninguna obnubilación alegre y patriota podrá reducir el hecho cierto de que el Tribunal de La Haya, en aquel caso, introdujo criterios nuevos como la prolongación de las líneas limítrofes marítimas, algo que suena bastante parecido a lo que ahora se discute en el litigio Perú-Chile (en orden de ambiciones). El resultado anterior, como se recordará, fue una radical decisión inapelable: Colombia no tuvo más remedio que acatar, fustigándola con una inocente retirada del Pacto de Bogotá que probablemente termine siendo revisada a futuro, cuando vuelva a imponerse la crueldad del globalismo (o global-invasionismo) y sus leyes de hierro.
No puedo mentirme con pasiones de optimismo patriota, entonces; ni siquiera cuando comience a sonar la plegaria triunfal de todo el tropel viviendo a expensas de la política partidista y haciendo uso-abuso de nuestra comentada buena estrella: existe la posibilidad cierta, la “grieta” si se quiere ver así, para que el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya pase por encima de los acuerdos vigentes e intente experimentar con alguna solución adaptativa, torciendo el derecho con el alicate de la plenitud de poderes de los que goza esta corte y la inapelabilidad de sus fallos, por mucho que lo nieguen con vehemencia los expertos, juristas y analistas de turno, en un coro al unísono digno de un villancico de los Niños Cantores de Viena.
Quizás es una posibilidad remota y especulativa la de que esta trampa se active justo al paso del conejo; empero, creo modestamente que la posibilidad existe y es muy cierta. Llámenlo paranoia, pero la sombra existe tal como la ficha “pierde todo” o la casilla negra de los juegos de salón; nadie quiere caer allí, todos contamos con que no caeremos y hasta procuramos olvidarla para no aguar la entretención, pero precisamente para eso están: para caer.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Residentes de Blogger:

Residentes de Facebook