lunes, 15 de abril de 2013

PATITO "EL MÍSTICO": RETRATO DE UNA AUSENCIA EN EL PASEO BAQUEDANO DE IQUIQUE

Patito frente a Plaza Prat, en imagen que le tomé en julio de 2011.
Coordenadas: 20°12'53.55"S 70° 9'7.20"W (Lugar donde tenía su puesto)
Conocí a Patricio Maldonado, llamado Patito "El Místico" por sus amigos, allí en el camping de Pica, cerca del sector de El Resbaladero y hacia donde están las dos de las cochas más conocidas de este hermoso caserío tarapaqueño al interior de la Pampa del Tamarugal. Hicimos buenas migas casi al instante, cuando me vio colocando una bandera chilena sobre mi carpa, en esos días inmediatamente posteriores a los de la Fiesta de la Virgen de La Tirana.
Recuerdo estar conversando con él hasta muy tarde en las noches, casi de amanecida, al calor de las fogatas y comprendiendo así que una profunda espiritualidad ígnea que inspiraba a esa personalidad más bien introvertida y contemplativa, con algo de loco y algo también de iluso. Ésta era la razón de su apodo "El Místico".
Uno de esos mismos días allí en Pica fue el de su cumpleaños, rondando las cuatro décadas de vida aunque aparentaba bastante menos con su larga cabellera y su vestimenta influida por el estilo "artesa" que, para mi gusto, no representaba mucho su auténtica individualidad. Una de esas tardes, encontré una gran cantidad de ramas de árboles frutales que habían sido podadas y apiladas afuera de un fundo piqueño, llenas de jugosas guayabas y especialmente naranjas, que metí en un enorme saco para arrastrarlo hasta nuestro campamento. Allí, junto a su inseparable amigo de correrías Julio, un maduro aventurero de aspecto vikingo y larga cabellera rubia, repasamos historias de nuestras memorias viajeras mientras devorábamos las suculentas frutas, intercambiando naranjas y aventuras personales casi como en un juego de naipes, mientras la noche fulguraba en torno a nosotros con los reflejos cálidos del baile de las llamas sobre las carpas, bajo la inmensidad estelar tarapaqueña.
Recuerdo que otro personaje de ese grupito era Cristián, un entretenido muchachón, chileno residente en Venezuela, pero viajero de corazón que se hallaba de regreso provisorio en esta tierra, en su caso con sus también rubios cabellos aglomerados en el estilo "rasta". Aunque los tres ya se conocían desde mucho antes, todos veníamos de la Fiesta de La Tirana a retirarnos un rato acá en Pica, de modo que había cierta energía mística ionizando el ambiente de estos encuentros nocturnos. En el mismo campamento de viajeros estaba la familia constituida por mis actuales amigos el matrimonio de Claudio y Mary, en cuyo hogar de Iquique -por esas vueltas de la vida- escribo ahora estas líneas. Algunas furtivas cervezas en lata, escondidas en la oscuridad, se destapaban y vaciaban durante aquellas noches de largo tiro... Noches que agregaban a cada jornada un libro interminable de nuevas memorias y cuentos de anécdotas.
Sector donde se colocan los artesanos "informales" del Paseo Baquedano llegando a la Plaza Prat, precisamente hacia el lado junto al Teatro Municipal que Patito usaba como puesto callejero.
Patito era una persona extraordinaria, y no tardé en notarlo. De ahí, entramos en confianza con la misma celeridad. Su camino totalmente autoconstruido y derrotando muchos traumas de la infancia, lo ponía en dimensiones tan propias y personales de opinión, de filosofía de vida y de conciencia existencial, que no parecía encajar en nada preconcebido a pesar del engaño que podría inspirar su ocupación informal como mochilero incorregible y vendedor de joyería artesanal, típica de esas ferias para encantar a turistas y nostálgicos de la Era Hippie con bisutería de plumas, conchitas y abalorios; "parchando", en la jerga de los comerciantes de la calle.
Las velas del viajero lo movieron toda su vida. Así como Julio ha viajado incluso a la Europa que claramente debe ser el lugar de origen de los ancestros que le legaron tan innegable aspecto de grueso guerrero teutón, los ojos verdosos y algo lánguidos de Patito habían visto ante sí gran parte de nuestra Vieja América, tomando pequeños recuerdos de cada lugar donde estuvo y que llevaba siempre con él, escondidos entre sus ropas o bolsos. Quizás eran los souvenirs de una búsqueda íntima en incesante, me pregunto ahora. Me acuerdo, por ejemplo, de unos curiosos timbres de origen probablemente incásico y finamente tallados en piedra, que portaba en los bolsillos. Sus inscripciones hacían suponer que se trataba de piezas para rotular o sellar alguna clase de pertenencia o documento. También me regaló una minúscula piedra horadada que trajo de una playa ecuatoriana y que atesoraba mucho entre esa colección de recuerditos arqueológicos, la que sigo conservando conmigo y ahora con más emoción que antes.
Lo que más llamaba la atención de Patito, sin embargo, era esa espiritualidad desbordada y reflexiva que fluía desde sí en cada palabra, cada observación y casi cada expresión suya, sin esfuerzos ni libretos como los de esa gente encandilada con fábulas pseudo-metafísicas. Una especie de visión esotérica rondaba también sus impresiones y confesiones, según pude confirmar, como ha sucedido a tantos hombres con finales trágicos parecidos al suyo.
Patito tampoco comulgaba con la corrección política: a pesar de su pacifismo, aborrecía la delincuencia violenta y culpaba a la visión religiosa de los Derechos Humanos como causa principal de una sociedad tolerante a los peores crímenes concebibles. Y a pesar de sus ideas un tanto acráticas, se confesaba también patriota y amante de Chile, bajo el argumento de conocer bien otras realidades y tierras, fundamento que consideraba incontestable. A veces, tuve la impresión de que vivía gran parte de su propio ser en una constante filosofía y búsqueda de explicaciones de la realidad, que seguramente le resultaba profana a sus cruzadas y campañas personales.
En Iquique nos reuníamos regularmente con Patito "El Místico" allí junto a la Plaza Prat, hacia el final del Paseo Baquedano. Tal como Julio, que solía vender desde pulseras a antigüedades en este sector entre la última fuente de aguas de la misma calle peatonal y la Plazoleta Los Tunos al lado del teatro, recientemente convertida en locales de la Feria Artesanal Uribe, Patito ubicaba por allí su paño con coloridos collares, fósiles, colgantes, piedras de todos los tonos, cristales naturales y pequeñas reliquias. Cristián, en tanto, siguió apareciendo allí hasta que se marchó de regreso a Venezuela; creo que un hermano suyo tenía un hostal donde se quedaba alojando en Iquique.
Más precisamente, Patricio solía "parchar" en las tardes y parte de las noches, mientras seguía fabricando esas pequeñas bisuterías con alambres, piedras de colores, cuentas de vidrios, conchitas marinas y su infaltable alicate de puntas. Era visitado varias veces al día por sus amigos locales, incluidos algunos con los que también intercambio saludos y encuentros hoy en día.
En fin: sólo en Iquique pude comprender cuán querido y popular era Patito, entre este ambiente de mochileros y aventureros de paso o residencia en la ciudad. Aunque él nunca renunció a su impulso por seguir viajando incluso más allá de Chile, Iquique era su base de operaciones; de alguna manera también su ciudad de descanso. Por eso era tan conocido, no sólo en el hábitat de comerciantes callejeros, sino también entre los bohemios y los muchísimos artistas que pululan por acá. Creo que por esos días, además, Patito había fumado la pipa de la paz con su antigua pareja, logrando regular paulatinamente su relación con un retoño que había nacido de esta frustrada unión. Recuerdo su alegría, a causa de lo mismo, y las nuevas conversaciones que esto generó entre nosotros ese año 2011, esta vez de padre a padre, siempre en la complicidad de la cálida noche iquiqueña.
Lo que he descrito, entonces, hace doblemente difícil comprender y acatar con resignación -ante el destino- la ausencia de Patito en ese lugar que fuera tan suyo, allí al lado de la Plaza Prat, sobre las aceras de madera. Para quienes nos habituamos a verlo y a contar con su presencia, inconscientes del peligro de que algún día esta cadena se cortara, se nos hace especialmente doloroso y triste el confirmar cada vez que "El Místico" ya no está allí... No volverá a estar jamás.
Me pregunté varias veces por qué no aparecía Patito este año, en su tradicional sector de Baquedano. Aun suponiendo que andaría en otro de sus viajes, la ausencia se prolongó por todo el verano y más de lo que este mismo misterioso personaje le permitía a su propio vínculo emocional con la ciudad nortina. Los días se volvieron semanas y las semanas se volvieron meses, sin volver a observarse su cara serena y de ojos transparentes, mirando la caída de cada tarde allí en la ciudad.
El mismo sector de los artesanos, en este caso con el "paño" de las pulseras y muñequeras de Julio, quien fuera el gran compañero de aventuras y viajes de Patito.
Vista general de la cuadra de los artesanos, en calle Baquedano.
Finalmente, me encontré con Julio allí en el paseo, el amable vikingo vendedor de muñequeras y reliquias. Su rostro no lucía alegre y enérgico como ayer, sino marchito, acongojado, como abrumado por el tormento. Casi pude intuir que alguna pésima noticia saldría de sus labios. Fue su voz dolorosa y apagada la que me hizo enterar de lo sucedido, entonces: "El Místico" había viajado al Sur del país, en otra de sus aventuras, donde todo marchó bien hasta el último día, precisamente aquel en que se celebraba su despedida, cuando sufrió un grave accidente y pereció por inmersión.
Para qué entrar en más detalles que estos, que bastan para explicarse su irreversible ausencia. Había fallecido en la proximidad de las fiestas de fin de año 2012. El corazón manifiestamente desagarrado de Julio y su decisión de abandonar pronto Iquique dejando otro vacío que costaría llenar, me confirman la certeza de la información que transmite sobre el triste fin del que fuera su partner, nuestro amigo Patito.
A veces pienso en la enorme cantidad de personas valiosas que han desaparecido a lo largo de mi vida, como cayendo al mar desde la cubierta de un barco donde viajo por el tiempo de mi propia existencia, en aguas agitadas. Y la abrumadora cantidad me hace sentir viejo; muy viejo... Hasta sospecho ya que existe un extraño sino trágico en esta atmósfera que me envuelve y a mis "conexos", la que tiende a arrebatar de este mundo a hombres como Patito, entregados en un pacto indeclinable a la vida espiritual y al coqueteo con el plano de los arcanos y los enigmas insolutos, un conjuro aparentemente peligroso. Prefiero no pensar ya en cuántas lápidas llevan el nombre de quienes han sido mis amigos, mis compañeros de viajes o mis ex compañeros, pero el acoso de sus fantasmas en los recuerdos nunca cesará.
Patito, en particular, será una ausencia que volverá a sentirse marcada a fuego en cada pasada por ese lado de la Plaza Prat; lo será, al menos, para quienes lo conocimos y lo extrañamos. No resultará fácil arrojar a la maleta del olvido su voz calma y su mirada perdida en cada conversación: extraviada hacia algún lugar distante, invisible, mientras hablábamos cada noche allí, como si acaso mirara los escenarios imaginarios que tratara de describir. Tampoco será mera cosa de tiempo tapar con flores esas huellas de reflexiones profundas sobre la vida, sobre los pueblos y sobre la historia, proferidas por un hombre que tendía a hablar poco y disfrutar del silencio, pero que además era capaz de dejar en silencio a otros cada vez que hablaba.
Como consuelo, un viajero de corazón como "El Místico" murió haciendo lo que quería: viajar... Y después volvió a viajar, esta vez -la última- hacia el enigma final de la muerte, dejándonos en su lugar una ausencia irreparable y un espacio vacío entre los "parches" de comerciantes y artesanos del Paseo Baquedano.

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