viernes, 1 de marzo de 2013

HUANTAJAYA: LA EPOPEYA OLVIDADA DE LA MINERÍA DE PLATA EN TARAPACÁ

Calle principal de Huantajaya, con la iglesia al fondo. Imagen fechada en 1889.
Coordenadas: 20°13'31.96"S 70° 3'44.44"W
Pocos lugares reúnen en su propia historia tantas épocas y hazañas humanas como el mineral de Huantajaya (o Guantajaya), al interior de Iquique. Su existencia atraviesa toda la historia regional, desde tiempos precolombinos hasta nuestros días, pasando por la conquista del desierto, la formación de leyendas, el coloniaje, la fiebre calichera, la Guerra del Pacífico, La Guerra Civil, el oscuro tiempo de las masacres del salitre y la caída de la industria de la plata tarapaqueña. Incluso en nuestros días, siguen realizándose allí actividades de extracción de plata, continuando parcialmente con una historia que se resiste a terminar, a pesar de los siglos transcurridos.
Según algunos autores, Huantajaya se traduciría como "llevar en andas" o "llevar muy lejos". Fue la mina de plata más importante de toda la actual Región de Tarapacá, además de una interesante concentración urbana que, en su momento, contaba incluso con una iglesia de madera con alta torre-campanario, pero de cuyo poblado quedan sólo las ruinas de las ruinas.
Habitada hasta por miles de persona en su mejor época, hoy sonaría a fábula el hecho de que, en algún momento de la historia, Huantajaya hizo crecer todos los pueblos interiores con su riqueza y era mucho más grande que la propia aldea colonial de Iquique, a la sazón habitada por sólo un puñado de indios changos y esclavos negros destinados a la extracción de guano en la isla y covaderas de la costa.
Creo, así, que Huantajaya es uno de los misterios más profundos y fundamentales de todo Tarapacá, además de mal recordado y peor conocido; y por lo mismo, me ha costado una larga cantidad de trabajo reunir todos estos antecedentes sobre la epopeya que representó en el actual Norte Grande de Chile, incluyendo el dar con el lugar preciso donde se hallaba y que parecía ser, hasta hace poco, algo así como secreto iniciático, manejado más bien por unos pocos curiosos.
Huantajaya, ilustrado por Francisco Xavier de Mendizábal en 1807.  Atrás se ve el cerro con los desmontes.
Dibujo de Huantajaya hecho por Jorge Smith hacia mediados del siglo XIX.
LA UBICACIÓN DE HUANTAJAYA
El estado de deterioro y destrucción en que se encuentra el ex poblado minero, hace casi imposible en nuestros días distinguir dónde estuvo alguna vez Huantajaya, en la angosta meseta que lo cobijó junto al Cerro San Agustín y vecino a una quebrada resecada por los milenios, al interior de Iquique. Por estas tierras inhóspitas y agrestes, sin embargo, pasaron alguna vez célebres viajeros como Amadée Frezier, Antonio de O'Brien, Antonio de Ulloa, Charles Darwin, William Bollaert y su acompañante Jorge Smith, dejando registrada su parte de la historia local.
Un camino ancestral señalado a inicios de la Guerra del Pacífico en cartas geográficas como la de Alejandro Bertrand y la de Francisco Vidal Gormaz, hacía una ruta que subía la cuesta de la Cordillera de la Costa desde Iquique directo hasta Huantajaya. Reducido a sólo un senderillo, este camino fue quedando en desuso, en tanto que otro un poco más al Sur y actualmente coincidente con la Carretera 616, permitía llegar también hacia Huantajaya haciendo una vuelta o giro al Norte hacia el final de la misma ruta, en donde ésta se cruza con la 610. Otro camino parcialmente reconocible permitía acceder al lugar, en tiempos coloniales, desde la Pampa del Tamarugal, Huara y el pueblo de Tarapacá, muy vinculado a la minería de este sitio.
En nuestros días, se puede llegar a los tristes restos de Huantajaya siguiendo desde Iquique hacia el oriente por la mencionada Ruta 616 y doblando por el camino hacia la Penitenciaría de Alto Hospicio, a unos 15 kilómetros del puerto. Una vez allí, se sigue por un seco y rocoso sendero en dirección Noroeste, desde las mismas instalaciones carcelarias, aproximadamente por un kilómetro y medio de andar.
Sin embargo, quien -como fue mi caso- conozca las fotografías de Huantajaya en 1880, se encontrará con una escena francamente frustrante: desde hace muchas décadas ya, apenas se distinguen sillares de piedras y las bases de lo que fueron sus antiguas instalaciones, más los piques de profundidad terrorífica y ya abandonados (entre ellos, los que fueron usados por el infame Psicópata de Alto Hospicio para deshacerse de sus víctimas: hágase el ejercicio de arrojar por los embudos de cada pozo una piedra y esperar cuánto tarda en llegar al fondo), y uno que otro rastro de lo que fueron en su tiempo caminos, murallones y cuadras completas, en un estado deplorable de conservación material que sólo se repite en las más maltratadas ex oficinas salitreras nortinas. Poco y nada es lo que queda del poblado, en consecuencia.
Como el escritor Bermúdez Miral lo sugería en 1960, Huantajaya es sólo un fantasma en lo alto y adentro del territorio iquiqueño; la sombra de sí mismo, como un recuerdo difuso e imprecisos atrapado entre los cerros de la pampa tarapaqueña, acosado por el olvido, por las cadenas de la riqueza perdida y por las historias de apariciones espectrales que se negaron a partir desde el triste más acá.
Iglesia de Huantajaya hacia 1880.
LOS ORÍGENES LEGENDARIOS
Más de una leyenda tarapaqueña ha intentado dar explicación a la generosa riqueza del mineral de Huantajaya, que proporcionara a la provincia una época de prosperidad que nunca se ha repetido en su historia, ni siquiera con el auge salitrero. Las historias del folklore sobre tesoros y minas perdidas abundan en este lugar, además, muchas veces fundiéndose con la realidad de Huantajaya o haciendo eco del recuerdo de su fortuna minera, como los casos del mítico y perdido yacimiento de plata de Huacsasina, la Mina del Sol de la Pampa del Tamarugal o el supuesto tesoro inca escondido en el Cerro Unitas, custodiado por Gigante de Tarapacá.
Autores tarapaqueños como Mario Portilla Córdova, se refieren a una de aquellas leyendas que involucran la histórica mina, según la cual un cacique de Tarapacá quiso esconder sus tesoros de los invasores españoles entregándoselos a sus dos hijas de nombre Huantajaya (la menor) y Rosa (la mayor, así llamada porque fue cristianizada), para luego enviarlas escoltadas por alguno de sus hombres con la expresa instrucción de que se escondieran entre los cerros, resguardando la fortuna. Por desgracia, sin embargo, los conquistadores las interceptaron y, tras ser horriblemente abusadas y robadas, ambas hermanas decidieron quitarse la vida, quedando convertidas en los dos cerros cercanos donde estarán los ricos yacimientos iquiqueños de plata: el Huantajaya y el Santa Rosa, respectivamente.
El cerro de plata de San Agustín de Huantajaya aún se encuentran allí, en el lugar del rico yacimiento y guardando su parte del secreto de ambas hermanas muertas, despojadas ya de la enorme riqueza que los españoles explotaron por siglos gracias a trabajadores indígenas y negros esclavos.
Una leyenda más dice que la riqueza de los cerros de Huantajaya no se reduciría sólo al mineral de plata, sino también a otros tesoros ocultos allí desde los tiempos de la ocupación chilena de Pisagua, durante la Guerra del Pacífico: adineradas familia peruanas habrían escondido todas sus riquezas en algún buscado y nunca hallado escondrijo, antes de escapar de la provincia. Jamás reapareció dicha fortuna, aunque la mina siguió dando algún grado de riqueza a pesar de que, en aquella época, su esplendor había pasado.
Otras tradiciones hablan de minas de oro en Huantajaya e incluso de la siempre escasa agua dulce, supuestamente escondida en secretos pozos que podrían abastecer las necesidades de toda la zona, creencia que quizás derivó del recuerdo de una inundación que se produjo alguna vez en ciertos piques del yacimiento, según se cuenta.
Parte del poblado de Huantajaya en junio de 1889.
Camino del acceso actual al sector de la mina.
INICIOS DE LA EXPLOTACIÓN EN LA MINA
La veta de plata de San Agustín de Huantajaya había sido conocida y explotada en tiempos precolombinos, comenzando a ser trabajada durante el dominio del Inca Tupac Yupanqui, hacia fines del siglo XIV e inicios del siglo XV. Los españoles la encuentran y se la apropian en el siglo XVI, concediéndosele derechos de explotación a don Lucas Martínez Vegazo, comerciante residente del poblado de Tarapacá que amasó una fortuna inmensa con éste y otros negocios hacia el año 1543. Su impulso al desarrollo del pueblito ubicado en la Quebrada de Tarapacá fue clave para aumentar la urbanización del mismo y luego su reconocimiento como capital de provincia, todo por la riqueza y desarrollo iniciado con estas encomiendas.
Sin embargo, el comerciante Jerónimo de Villegas obtiene esta misma concesión minera en 1556, la que le fue arrebatada a Martínez en medio de las disputas entre los españoles en Perú. Debo hacer notar, sin embargo, que este último año aparece señalado por varios autores (como Francisco Javier Ovalle, Vjera Zlatar Montan y otros) como aquel en que realmente comenzó la explotación del yacimiento, por lo que me pregunto también por la precisión de las fechas que reportan las fuentes. Como sea, Lucas Martínez recupera la encomienda al morir Villegas al año siguiente, aunque abandonando desde entonces Tarapacá y trasladándose a Lima, donde transcurrió el resto de su holgada vida.
A la sazón, la extracción del mineral se hacía sólo a escasa profundidad, pues una de las virtudes del yacimiento era su riqueza casi a ras de suelo. Para las faenas, entonces, se empleaban casi exclusivamente barretas y grandes cantidades de pólvora. No obstante estas facilidades, ya entonces se hizo claro que uno de los problemas más grandes para mantener la actividad era el abastecimiento de agua dulce, una dificultad con que la minería en la Cordillera de la Costa de Tarapacá se enfrentó durante toda su existencia.
Sin embargo, por entonces los mismos españoles que laboraban en Huantajaya, sólo dieron con una pequeña parte de los yacimientos que, tras agotarse rápidamente, fueron abandonando al poco tiempo, inconcientes de la enorme riqueza que aún quedaba allí.
Tuvo que pasar cerca de un siglo y medio para que Huantajaya volviera al interés minero y se convirtiera en el rotundo centro de actividad argentífera que enseñoreó el desierto y lo llenó de lucrativas utilidades.
EL REDESCUBRIMIENTO DEL MINERAL
El redescubrimiento o, más precisamente, el descubrimiento de nuevas vetas de plata en el mineral de Huantajaya, se realizará hacia 1717-1718 según crónicas y fuentes históricas, aunque un viajero y cronista de aquel siglo, Frezier, se refiere al hallazgo de minas de plata cerca de Iquique en 1713. Desconozco si acaso hablaba del mineral que aquí describo, lo ubica a 12 leguas desde Iquique, cuando Huantajaya está en realidad a sólo dos.
Como sea, el yacimiento huantajayino fue redescubierto por el indígena oriundo de Mamiña don Domingo Quilina "Cacamate", quien trabajaba a las órdenes de su patrón don Francisco de Loayza, habitante del poblado de San Lorenzo de Tarapacá que amasaría fortuna con esta actividad y también llevaría una larga época de prosperidad para este pueblo al interior de la Quebrada de Tarapacá, tanto así que llegó a ser la capital provincial cuando Iquique todavía era sólo una pequeña aldea costera, como ya vimos. Por el año  1727, la producción es tal que permitió potenciar a la Caleta El Molle como centro de abastecimiento y de embarque, mientras que el Oasis de Pica pasó a ser el lugar de residencia o descanso de muchos adinerados socios de explotaciones de la mina.
Don Francisco de Loayza inició la explotación de la mina y su mejor época de riqueza, la que aún se hallaba casi superficialmente. Le siguió en el negocio su hijo Bartolomé, quien trabajó especialmente la mina San Simón y fundó la compañía explotadora de Huantajaya. Éste sacó de un tajo poco profundo de 22 varas de largo, la cantidad 54 mil marcos de plata pura en barra, creyéndose incluso que sus trabajadores le robaron cerca de 30 mil, según estimaciones de Mendizábal. En alguna ocasión hasta encontró una "papa" de plata pura de 32 quintales. Más "papas" espectaculares en tamaño y peso salieron de este sector conocido como El Hundimiento, con tres bocas-minas y que todavía puede ser identificado entre el abandono y el olvido del lugar.
Se unió al negocio también don Basilio de la Fuente, otro residente del pueblo de Tarapacá recordado como un gran filántropo, que financió la reconstrucción de la Iglesia de San Lorenzo de Tarapacá y la de Camiña, y que daba asistencia a los pobres indígenas de la zona. Otras familias tarapaqueñas ligadas al negocio huantajayino fueron los Vilca, los Flores y los Castilla.
El quizás primer plano formal de la mina se hace en este período: en 1765, por el Alcalde Mayor de Minas don Antonio de O'Brien, a petición del Virrey del Perú don Manuel de Amat y Junient. Esta carta muestra con gran detalle y descripción taxativa el lugar, mostrándolo ya entonces como un poblado crecido casi a un costado mismo de las minas.
Cabe añadir que muchos mineros del Alto Perú emigraron por entonces a estos territorios portando sus propias tradiciones y folklore, para trabajar en la explotación de minas de plata como la de Huantajaya, y también en las auríferas de Sipisa, fundando un pueblito en la Pampa del Tamarugal conocido como Tihuana, correspondiente en nuestros días a La Tirana, sede de las fiestas religiosas más importantes de Chile, consagradas a la Virgen del Carmen y con una enorme fusión de elementos culturales donde destacan los de origen altiplánico, por esta razón. La época de Huantajaya, así, tuvo consecuencias para la propia identidad regional-nacional y sus manifestaciones en el folklore religioso del Norte Grande.
LA ÉPOCA DORADA EN EL SIGLO XVIII
La mina de Huantajaya dio un impulso proto-industrial a todo el territorio, que alcanza su cima en el siglo XVIII. Una gran azoguería que amalgamaba con mercurio el mineral, por ejemplo, se encontraba en Tilivilca, unos pocos kilómetros antes del pueblo de Tarapacá, existiendo aún sus ruinas junto al camino de la quebrada. Incluso parece haber un primer respaldo importante en la relación de la imagen y el culto a San Lorenzo con el mundo minero, del que es su Santo Patrono, gracias a la influencia de Huantajaya.
También había en la Quebrada de Tarapacá molinos de rocas y fábricas de pólvora para ser usadas en las faenas mineras; de hecho, antes de iniciada la fiebre calichera que tanto caracteriza a la historia de la región, el salitre era utilizado por esto mismos mineros ya entonces, para los necesarios explosivos requeridos por la actividad huantajayina, usando procedimientos que fueron base a la posterior tecnología de la industrial del nitrato.
La abundancia de plata era extraordinaria y realmente parecía inagotable. Lo seguía siendo aún cuando se acabaron las vetas casi a ras de suelo y se explotaba ya el material más profundo, lo que demandó más cantidad de trabajo por la dureza del terreno rocoso en que se hallaban. Bermúdez Miral agrega al respecto:
"Un cronista de Huantajaya, don Pedro de Ureta y Peralta, habla de dos 'pepitas' extraídas en 1758 y 1789, una de las cuales era de 32 arrobas, pertenecientes a una de las minas de los Loayza. En el Museo de Madrid existe un trozo de plata extraído a mediados del siglo XIX que pesa 265 libras, pero se sabe que en 1792 se remitió a España una enorme "papa" de plata cuyo peso alcanzaba a 800 libras... La época más célebre de Huantajaya, porque entonces las minas dieron su más alto rendimiento, comprende de 1718, con los trabajos emprendidos por Bartolomé Loayza, hasta 1746".
Un pueblo completo creció alrededor de las instalaciones del yacimiento y así, al poco tiempo, el lugar se había convertido en una verdadera ciudad-enclave, también anticipándose a la época de las oficinas salitreras. Las cómodas y numerosas casas se construían con bases y sillares de piedra con mortero, y se edificaba encima con madera, roca y argamasa. El transporte del mineral se hacía en mulas, y el agua dulce era obtenida en las vertientes de la costa o desde el río Loa y luego el Pisagua, frecuentemente desembarcada en el puerto, y llevada hasta el poblado subiendo por la cuesta, circulando entre la comunidad en grandes odres y botijas de cuero que abundaban allí. Productos agrícolas son enviados desde la Quebrada de Tarapacá y Pica, además de alimento para los animales.
El Huantajaya de entonces contaba con su iglesia (el edificio más alto del poblado, al final de su calle principal), escuelas, pulperías, fondas, negocios menores, herrerías, corrales para animales y correo. Llegó a tener hasta tres cementerios, uno de los cuales todavía era reconocible y arrojaba huesos humanos afuera en los años noventa, aunque en él ya no quedaba una sola lápida legible. Quizás había también algún lupanar por allí, disfrazado de cantina o de almacén, aunque autores como Martín Sierra aseguran que lo tradicional era que los mineros bajaran a Iquique a buscar casitas de remolienda, en los días de pago.
HACIA LA LLEGADA DEL SIGLO XIX
Hacia el año 1758, aparentemente, habían vuelto a hallarse ciertas vetas de plata en los terrenos del yacimiento. Pero coincidió que, al aproximarse el siglo XIX, el mineral de Huantajaya comenzó a agotarse de forma notoria, especialmente en sus mencionadas vetas casi superficiales, pasando así época de gran riqueza hacia el año 1792. A pesar de esto, la fortuna que aún quedaba en el yacimiento servía para seguir sosteniendo parte de la población minera del mismo y sus respectivas actividades, aunque con las ya comentadas dificultades para trabajar las vetas más profundas en la dura roca.
Una completa descripción del lugar es proporcionada en este período. El 28 de diciembre de 1807, hallándose en el poblado, don Francisco Xavier de Mendizábal produjo una interesante cartilla manuscrita e ilustrada a color, titulada "Vista del célebre mineral de Huantajaya", donde se observa el cerro con las "Bocas minas y sus desmontes" y parte de la "Iglesia fabricada de tablas". En la cartilla se puede observar el campamento minero, con casas y muros de piedra más techos de dos aguas. El autor anota allí de su propia pluma y pulso lo siguiente, detallando las características generales del lugar:
"El minera de San Agustín de Huantajaya, situado a los 20° 16' de latitud austral, se halla a dos leguas cortas del Puerto de Iquique, en una serranía algo elevada, lo que causa un temple de los más benignos apetecer, particularmente el verano, refrescándose por los vientos del mar los ardores de la estación; pero tan bellas cualidades se contrapesan con la espantosa aridez que se presenta a la vista, no permitiendo lo poco que llueve por una parte y los antimonios y sales del terreno por otra, que crezca verdura alguna..."
Posteriormente, cuando señala el período de decadencia de la riqueza, cuando se acabaron las vetas superficiales y sugiere medidas para revitalizar la actividad, escribe cerrando su exposición:
"Por este medio tendrá el mineral el auxilio de alimentos próximos y el de la Ruta de las Mulas, que se aumentarán para la más económica conducción de los metales a los ingenios y se sacará utilidad de las vetas más pobres en metal que ahora no costean los grandes gastos que causan su beneficio. Si a esto se agrega la formación de algunas compañías que junte bastantes fondos para comprender nuevas labores (...) se verá revivir la antigua riqueza de este asombroso mineral, que se halla en el día por falta de auxilios casi en estado de abandonarse".
Cabe indicar que varias otras minas iquiqueñas que habían tenido su apogeo en el siglo XVIII, también entraron en algún grado de problemas durante la siguiente centuria, como Chanavaya (descubierta en 1754), Santa Rosa (1776) y El Carmen (1779).
DESPUÉS DE LA COLONIA
Pasada la época colonial y hallándose ya en tiempos republicanos, era claro que los años dorados de Huantajaya en la industria argentífera estaban quedando cada vez más atrás. La Independencia y la caída del poder realista en Perú, además, significaron también la virtual paralización de las actividades en el yacimiento, lo que significó la emigración de muchos de sus habitantes hasta Iquique y la desaparición progresiva del poblado.
A pesar de ello, el mineral recuperaría parte de su importancia como centro de relativo interés para las actividades para la minería. Muchas casas construidas en el puerto entre 1820 y 1830, por ejemplo, pertenecieron a esta nueva generación de empresarios de la plata huantajayina. Hacia el verano de este último año, además, un decreto autorizó la exportación de los desmontes del mineral, que eran transportados en el puerto hasta el costado de los barcos en balsas de cuero de lobo marino similares a las usadas antes por indios changos. Esto devolvió algo de la vitalidad al viejo poblado minero.
Afortunadamente para la región, precisamente hacia esos días la actividad minera encontraba nuevos rubros de ocupación en la explotación del guano y especialmente el salitre, actividad que atrajo a muchos trabajadores chilenos hasta aquellas comarcas tarapaqueñas. Fue en este estado que se hallaban las cosas durante las primeras décadas del siglo XIX. Así, para 1826 la actividad de extracción argentífera era sostenida en la zona sólo por algunos extranjeros y ciudadanos peruanos, dedicados a explotar en el caso de Huantajaya, lo que quedaba de material en esos desmontes que habían sido ignorados durante la época colonial.
En los tiempos de la pasada de Darwin por estas tierras, hacia 1835, Iquique tenía sólo 1.000 habitantes. Sin embargo, la comunidad de Huantajaya se veía a ojos del viajero y científico británico sólo como una aldea, ya entonces muy inferior a la importancia del puerto:
"Habiendo subido las montañas de la costa por un sendero arenoso en zigzag, no tardamos en dar vista a las minas de Guantajaya y Santa Rosa. Estas dos aldehuelas están situadas en las bocas mismas de las minas, y por tener las casas dispersas en las más abruptas y áridas alturas presentaban un aspecto más destartalado y triste que la ciudad de Iquique".
EN MANOS DE CHILE
En los tiempos de la Guerra del Pacífico, cuando el territorio deja de ser peruano y pasa a manos de Chile, el poblado sigue siendo el más importante centro urbano después de Iquique, hasta donde se ha trasladado la capital provincial desde Tarapacá pocos años antes de iniciada la conflagración del '79. Este cambio de capital y la disminución de la riqueza que antes daba fortuna a los empresarios mineros residentes en la quebrada, fue afectando también al otrora gran pueblo de Tarapacá, reduciéndose paulatinamente hasta quedar convertido en el caserío que es ahora, sede de las principales fiestas de San Lorenzo.
Huantajaya no estuvo ajena a los conflictos sindicales, a los movimientos de trabajadores ni a los conflictos políticos en general. Ovalle cuenta cómo, en junio de 1890 y en medio de la gran agitación con huelgas por todo el territorio, bajaron a Iquique unos 500 ciudadanos huantajayinos para celebrar un mitin político frente a los talleres del periódico "El Nacional". Luego, al comenzar la Guerra Civil de 1891, muchos obreros de la pampa y varios de ellos veteranos del '79, adhirieron a la Junta Revolucionaria y tomaron las armas en contra del infortunado Gobierno de José Manuel Balmaceda, contándose en la tradición oral que Huantajaya fue, entonces, escenario de una olvidada masacre de trabajadores tomados prisioneros por el Ejército durante batallas y escaramuzas libradas en Huara y Pozo Almonte, y conducidos hasta el deteriorado poblado minero, donde habrían sido fusilados tras ser alineado junto al Pique San Juan.
El escritor Vjera Zlatar Montan cuenta que, hacia la misma época, en Huantajaya y Santa Rosa don David Richardson tenía establecidas pulperías, cuya jefatura encargó al inmigrante croata Josip Lukinovic Orlandini, quien pasados dos años pasó a ser dueño de los negocios, además de otros repartidos por las oficinas salitreras. Había adquirido también derechos mineros en Huantajaya y Collahuasi, los que vendió en 1912 a don Luis Moro. No fue el único croata ligado al pueblo: entre otros, vivió allí también don Miguel Gliubicic, quien en 1894 se hizo socio de la Sociedad Austro-Húngara de Socorros Mutuos de Iquique; y en 1899 hizo lo propio don Antonio Mladineo Martinic, comerciante y socio de la misma mutual.
Empero, con la primera década del siglo siguiente, Huantajaya ya estaba deslizándose irremediablemente por la tabla rasa hacia el destino de convertirse en un pueblo fantasma. Definitivamente pasada ya su época, el pueblo acabó por quedar despoblado rápidamente y de las imágenes que hacia la década de 1880 lo mostraban aún como un lugar con calles y cuadras de casas de madera, sólo quedaban esas mismas fotografías en color sepia.
LA DESAPARICIÓN DE HUANTAJAYA
Agotadas las últimas grandes vetas y despoblándose ya en plena época final de la industria salitrera de Tarapacá, los minerales de Huantajaya y Santa Rosa quedaron reducidos a sólo un grupo de instalaciones deterioradas y penosas, carentes de todo esplendor... Tarapacá vivía ya entonces en la incipiente crisis del salitre, mientras la memoria histórica sobre la epopeya de la plata había pasado hacía tiempo a dormir el sueño de los justos.
La descripción lapidaria hecha por Bermúdez Miral sobre el aspecto de las ruinas de Huantajaya, el mismo que ofrece desde hace medio siglo o más, sigue vigente por haber sido definitivo y sin vuelta atrás, desgraciadamente:
"Huantajaya, donde no existe ni rastro de las actividades pasadas, es hoy día nada más que una denominación geográfica. Tanto da ir allá como a cualquier otro lugar del desierto, pararse sobre las curvas de un lomaje y contemplar hacia cualquier lado otras colinas redondeadas por el viento, cerros imponentes y planicies arenosas".
Nada queda de ese esplendor y magnitud. Muchas de las viviendas y edificios quizás fueron desmantelados por sus propios residentes a medida que se retiraban, pero la mayor parte de la destrucción de Huantajaya se debe a la combinación nefasta de saqueadores dirigidos por intereses empresariales, además del descuido y la acción inclemente del erosivo desierto tarapaqueño. Incluso su cementerio se ha vuelto casi inubicable, atacado por coleccionistas de cráneos o, simplemente, por vándalos enemigos del patrimonio. No son pocos los iquiqueños con la opinión de que fueron las propias empresas mineras las que completaron la destrucción final de Huantajaya hacia inicios de los noventa, al buscar plata en los desmontes, arrasando con lo poco que quedaba y arrastrando grandes cantidades de tierra removida con maquinaria pesada  sobre terrenos de valor patrimonial, especialmente en el último de los cementerios. La destrucción fue tal que, en su momento, motivó la visita urgente al lugar del Obispo de Iquique Monseñor Enrique Troncoso, además de representantes del Ministerio de Salud y profesionales de la arqueología.
Nada, salvo unas miserables bases de piedra, escalinatas y muros totalmente aislados entre sí, quedan en el lugar. Terrenos cercanos al ex poblado aún son explotados por la Minera Huantajaya, en tanto, aunque no lleguen ni a la sombra de aquella riqueza desbordada que se le conoció en el siglo XVIII.
Tras visitar aquella huella vacía y olvidada en la pampa nortina, quedo con la impresión de que Huantajaya parece haber sido un sueño; una ilusión de la historia, o acaso un espejismo de Tarapacá, diluido en los hilos del tiempo y evaporado como un cántaro de agua derramado sobre estos suelos yermos y ardientes. Me voy dejando atrás esas ruinas incomprensibles, profanadas y perdidas en la noche de la historia, mientras el Sol cae al final de la Ruta 16 ya sin revelar las siluetas de un pujante poblado crecido junto a riquísimas minas de plata. Uno se pregunta hasta si de veras existió un mineral maravilloso y un pueblo vivo, ahora desaparecido e irreconocible, como un puñado de arena arrojado al viento.
Y así, ya huérfana de un espacio geográfico, insegura de su propia existencia, la epopeya de la plata de Huantajaya no existe más allá de la abstracta memoria secular del territorio de Tarapacá.

6 comentarios:

  1. MENSAJES RESCATADOS DESDE LA UBICACIÓN ANTERIOR DE ESTE TEXTO, ANTES DE SER TRASLADADAS HASTA ACÁ:

    Gilberto Gómez Valdivia · Top Commenter · Universidad Tecnica del Estado
    ME LLEGUE A EMOCIONAR CON LA LECTURA.
    Reply · · May 28, 2013 at 8:58am

    Raúl Ismael Cordero Alaniz · Universidad de Chile sede Antofagasta
    Eso es la ansia ..............nidad
    Reply · · May 28, 2013 at 11:38am

    Gilberto Gómez Valdivia · Top Commenter · Universidad Tecnica del Estado
    a proposito de anciano a ud le cuelga ...EL ARBOL DEL CEMENTERIO.....solo le sirve para darle sombra al muerto
    Reply · · May 28, 2013 at 3:01pm

    Hector Patricio Maturana · Estoy Estudiando Ingenieria Electrica en La Universidad de Tarapaca
    Huantajaya gran pueblo minero de la Comuna de Alto Hospicio, admiro el sacrificio de tanta gente que incluso dio su vida por sacar las riquezas de las profundidades.

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  2. MAS MENSAJES RESCATADOS:

    ArieL אריאל AArón אהרן16 de octubre de 2013, 5:02
    Gracias por este trabajo. Los que habitamos Alto Hospicio estamos sedientos de nuestra historia. Gracias de nuevo.

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  3. Gracias por darnos a conocer parte de la historia del Norte Grande, que en un tiempo fué territorio peruano y nó por eso se debe olvidar las actividades en época precolombina-peruano y chilena.
    Azapa.Arica Chile manta. Noqa marcial

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  4. Gracias por darnos a conocer parte de la historia del Norte Grande, que en un tiempo fué territorio peruano y nó por eso se debe olvidar las actividades en época precolombina-peruano y chilena.
    Azapa.Arica Chile manta. Noqa marcial

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  5. Muy Buena Información que ya sabía en partes.
    Soy el Tataranieto de Basilio de la Fuente.
    Marco Antonio Gutiérrez de la Fuente Fernandini,del Perú

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  6. LOs felicito por la publicación.
    Muy Buena Información.

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