jueves, 20 de diciembre de 2012

DETRÁS DE LAS "TZANTZAS": EL VERDADERO Y SINIESTRO "CAZADOR DE CABEZAS"

La figura abstracta del headhunter o “cazador de cabezas” se ha vuelto popular en ciertos modelos del cine y de la literatura terror, aunque con nombres varios; desde hace algunos años, además, se usa para señalar a los cargos administrativos de grandes compañías donde se selecciona y recluta personal bajo un procedimiento competitivo de búsqueda de talentos llamado headhuntig, precisamente.
Otros hablan aún del “cazador de cabezas” para referirse a asesinos selectivos a contrata, o a buscadores de presas humanas por las que se ofrecen recompensas de dudosa legitimidad, idea difundida especialmente por las películas de Hollywood. Un lado más terrorífico para el “cazador de cabezas” es explotado en filmes como “Depredador”; y en las canciones, el mismo personaje y su oficio aparecen en temas como “Skulls” de los Misfits o “Headhunter” de Front 242.
Sin embargo, el verdadero “cazador de cabezas” fue un oscuro tipo de criminales que aparecen aproximadamente desde 1850 en adelante, cuando comenzó un comercio de cabezas humanas reducidas o tzantzas de los indios shuar de la Amazonía ecuatoriana y peruana, impropiamente llamados jíbaros. Aunque en el habla hispana se conocen desde el siglo XIV con los exterminadores de moros, bandidos y herejes del Sur de España (a los que les pagaban "por cabeza"), la temible figura del "cazador de cabezas" se fomentó especialmente en el siglo XIX a raíz de los hechos que aquí se comentan.
Si bien estas piezas-amuletos hechos por cráneos o cabezas eran conocidas desde tiempos inmemoriales y en distintas culturas (tal como las cabezas-trofeos de la cultura Nazca, otros casos del África Negra o las mencionadas de España), la espectacularidad de las cabezas reducidas o “de bolsillo” de los jíbaros, generalmente hechas con enemigos vencidos, fueron tan apetecidas por los coleccionistas que se estableció todo un contrabando internacional de las mismas, especialmente ejecutado por viajeros, exploradores y más tarde turistas europeos, especialmente en la época victoriana. También hubo un tráfico hacia los Estados Unidos, después declarado ilegal.
Como las cabezas humanas en miniatura eran tan bien pagadas, algunos indígenas y hasta campesinos amazónicos comenzaron el criminal negocio que parece llegar a su apogeo hacia las últimas décadas del siglo XIX: aprovechando el nulo imperio de la ley en sus territorios, cometían asesinatos y las cabezas de sus víctimas las usaban para sostener una industria de producción de tsantsas con el complejo procedimiento que incluía -entre otras cosas- sacar el cráneo, hervir la piel con el pelo y luego llenarlo con gravilla o arena caliente para que quedara reducida y convertida en miniatura, al que se le cocían algunas cuerdas en los labios a modo de asas.
Los asesinos que recurrían a esta sucia y horrible práctica eran llamados “cazadores de cabezas” o headhunters, y eran la forma más efectiva de proveerse de cabezas reales, en vista de que usar las robadas a fallecidos en sus sepulturas era poco útil, por la necesidad de que el material orgánico estuviera fresco al momento de iniciar el procedimiento de reducción.
La práctica del headhuntig en el Amazonas occidental causó cientos de muertes violentas entre tribus y aldeas apartadas de la civilización; así, los “cazadores de cabezas” llegaron a causar pavor en las sociedades indígenas y campesinas del territorio, adquiriendo ribetes casi de leyenda en el resto del mundo.
Hubo muchos otros que hacían falsificaciones de estas cabezas, especialmente en Colombia y Brasil; pero habiendo expertos en identificar las adulteraciones y como falsificar una solía ser tanto o más difícil que hacerla de verdad, el sangriento negocio se mantuvo hasta aproximadamente 1930, cuando comenzaron las restricciones y, más tarde, las prohibiciones al comercio de estas piezas. La venta de estas piezas ha seguido desde entonces, pero en su inmensa medida se trata ya sólo de falsificaciones. Otros casos parecidos de “cazadores de cabezas” se han dado en África, en Sumatra y en la India, país este último donde la diosa Kali es representada -precisamente- con collares de cráneos o cabezas. Pero la época de estas prácticas también parece haber sido superada allá, por el tiempo y la civilización.
Así, la época de las verdaderas y siniestras cabezas reducidas pudo haber pasado, pero basta ver las escenas con la colección del personaje ficticio del Gobernador Philip de la exitosa serie de TV “The Walking Dead”, para comprender que la figura perturbadora del “cazador de cabezas” como asesino serial que colecciona cráneos “trofeos” de víctimas en acuarios de formalina o en guirnaldas colgantes de calaveras, sigue presente en la cultura popular: la literatura, el cómic, la televisión y el cine, elevado ya a la categoría de mito antológico.

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