miércoles, 3 de octubre de 2012

EL ORIGEN "ANTÁRTICO" DEL INCA GARCILASO DE LA VEGA

Hace un par de años, recibí una curiosa e interesante carta del ciudadano argentino F. G. Bordese, de Córdoba, quien me hizo notar cómo la escritora e investigadora Marta Blanco enfatizó en el cronista indígena Inca Garcilaso de la Vega el aspecto de haberse autodefinido como "un indio antártico". En su nota también me recuerda que el poeta español Diego Mexía de Fernangil publicó en Perú un trabajo titulado "Parnaso Antártico" a principios del siglo XVII, muy cerca de la misma época en que el Inca Garcilaso de la Vega hacía lo propio.
El trabajo de doña Marta Blanco actualmente está disponible en el internet en esta dirección, con el título "EL INCA GARCILASO, UN INDIO ANTÁRTICO (1539-1616)". No se trata exactamente de un estudio dedicado a este punto específico de los vínculos "antárticos" declarados por el historiador y escritor peruano, pero sí de su contexto de tiempo y del reflejo de los mismos en su obra, especialmente de sus famosos "Comentarios Reales de los Incas", publicado en Lisboa el año 1609. Por mi parte, ha he dicho algo sobre la referencia que hace don Alonso de Ercilla a la "región antártica famosa" para referirse a Chile, y que anticipó incluso a Garcilaso y a Mexia, al tratarse de un poema épico producido en el siglo XVI. En los mapas de Ortelius y Mercator, además, se observa que en el imaginario europeo América del Sur se separaba apenas del continente polar por el Estrecho de Magallanes, de modo que toda la masa austral del continente era una periferia o vecindario antártico, según esta idea. Quizás esto haya sido otra razón para pensar en la estrechez "antártica" del Sur del Nuevo Mundo.
Empero, el Inca Garcilaso de la Vega no se explayó en explicar el origen de esta referencia, que sólo anota fugazmente en una de sus obras para describirse a sí mismo en sus orígenes. Es en la "Relación de la descendencia del famoso García Pérez de Vargas con algunos pasos de historia dignos de memoria", de 1596, donde escribe refiriéndose a su propios ancestros directos (el destacado el nuestro):
"Pero Suárez de Figueroa y doña Blanca de Sotomayor, procrearon a Gómez Suárez de Figueroa, llamado el Ronco, a diferencia de otros primos suyos del mismo nombre, el cual nombre ha sido muy acatado en Extremadura; hubieron asimismo a Hernando de Sotomayor, y a Garcilaso. de la Vega, y a don Lorenzo Suárez de Figueroa, embajador que fue cerca de la potentísima Señoría de Venecia, y en cada uno de estos cuatro hijos vincularon un mayorazgo que hoy poseen sus descendientes, que ha sido una gran generación como veremos luego, y dejando al primogénito, cuya descendencia es la de mi padre y sus hermanos, y subiendo del último al primero por cumplir enteramente con la obligación que al servicio de todo sellos tengo, puesto que los demás, por ser yo Indio Antártico, no me conozcan, aunque tienen noticia de mí y porque me sean testigos de lo que en mi favor dijere: digo que don Lorenzo Suárez de Figueroa, que fue el hijo cuarto, dejó a doña Beatriz de Figueroa por su hija. La cual casó con don Pedro de Fonseca y hubieron a don Juan de Fonseca y a don Lorenzo Suárez de Figueroa y otros caballeros que viven en Badajoz".
No deja de ser interesante este concepto de lo antártico como gentilicio de los países mestizos sudamericanos en las crónicas coloniales, entonces. La explicación a su empleo se debería a que el concepto que subyace en el nombre de la Antártica es, originalmente, "lo opuesto al Ártico", "Anti-Artico" (Ant-Ártico), nombre dado por la contraposición polar con respecto al Ártico. La expresión antártico usada como gentilicio, entonces, podría ser parecida al concepto de "nórdico". Nosotros, habitantes del otro lado del globo, equivaldríamos al opuesto: a los pueblos del Austrum.
Esta idea del Meridión como lo opuesto casi dialéctico al Septentrión (más que lo meramente geográfico), además, siempre rondó las impresiones de los viajeros europeos llegados a América: el Mar Atlántico era llamado impropiamente Mar del Norte y el Pacífico Mar del Sur, por ejemplo; lo mismo aparece en terminologías toponímicas como Terra Australis, Finis Tarrae e incluso La Nueva Extremadura para referirse a Chile en los tiempos de Valdivia.
Se puede deducir, entonces, por qué razón nuestra América del Sur, nuestras tierras meridionales, podían pasar por ser de influencias "antárticas" en la comprensión general de la época, aún cuando el Paso Drake y el Cabo de Hornos separaban por mucho más de lo supuesto a la América de la Antártica.
"Garcilaso de la Vega decía de sí mismo “yo soy un indio antártico” -comenta Marta Blanco-, echando una mirada nostálgica sobre su pueblo y su cultura, a la que supo condenada a estrangularse con el cordón umbilical que España le enroscó al cuello. Y fue en España donde Garcilaso se definió a sí mismo con la carga genética de la raza materna (aquello de indio, aquello de antártico). Había nacido español por bula y conquista, pero el apodo que se da es indicio de la inquietud que lo acometió en España por su nacimiento ultramarino y su condición de mestizo, no menos que por la paradoja del substantivo que nos define hasta hoy. Indio. Que viene de la India. La contradicción que le agrega el adjetivo antártico refleja la ironía con que se ha bautizado. Cómo y cuándo descubriría el Inca que en España no bastaba ser hijo de una princesa inca, nieta de Túpac Yupanqui y de un honorable capitán español. La mezcla siempre le restaría iberidad. Fuerza es deducir que no escogió su apodo al azar y dio en usarlo sumido en la zozobra de precisión y bautismo que acometería a los indianos del siglo XVI y XVII frente al desconcierto que su existencia despertaba en el mundo. La misma imprecisión algo desdeñosa, por lo demás, reflejada en los términos sudaca, wetback, other, que aún hoy propinan a los americanos hispanoparlantes los habitantes de otros espacios geográficos.
Al decir “yo soy un indio antártico” nos revela cuán comprometida estaba su esencia, su existencia, en el relato que nos dejó sobre sus ancestros, la mitología de fundación de su pueblo y de su casta, la historia aún incontada de una América desconocida en Europa".
Curiosamente, autores como Rengifo en Chile y De Mahieu en la Argentina siempre sostuvieron que la relación Sudamérica-Antártica era mucho más estrecha de lo que actualmente creemos: histórico, geográfica, cultural y hasta antropológicamente. El propio Garcilaso habló de una prolongación del Tawantinsuyo hasta el extremo austral del mundo. Quizás exista, entonces, una parte de nuestra comprensión del mundo que se fue perdiendo en el dogma de los mapas, y hoy los sudamericanos ya no nos sintamos tan próximos a la Antártica como alguna vez sí lo estuvimos, por esta misma razón.
Así pues, el Inca Garcilaso de la Vega dejó este pequeño testimonio de esa antigua y romántica sensación de vínculos directos de la América Meridional con el gran mito de Antarktos.

1 comentario:

Gregory Ricardo Rojas dijo...

El Inca Garcilaso de la Vega en su obra Los Comentarios Reales de los Incas afirma que los incas llegaron a las tierras más australes de Sudamérica, la tierra de las nieves perpetuas como el decía denominada el Rittisuyo (Región de las nieves).

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