lunes, 4 de junio de 2012

LA LARGA Y AGITADA HISTORIA DEL ESCUDO ESPAÑOL EN LA PORTADA DEL CERRO SANTA LUCÍA

El Escudo Español en un fotografía publicada por la revista "En Viaje", en 1936. Al parecer, ya se observan entonces muchos de sus vanos decorativos cerrados entre los ladrillos, seguramente para mejorar la resistencia del portal.
Coordenadas: 33°26'27.82"S 70°38'38.45"W
Una de las piezas más imponentes y atractivas del paseo del Cerro Santa Lucía de nuestra capital, es la portada almenada por la que se accede a la actual Terraza Caupolicán, al fina de la llamada Subida de las Niñas y el desaparecido Acueducto Romano que este sendero contorneaba, hasta dar precisamente en el gran portal de ladrillos y dos torres, con aspecto de ruinas de un castillo.
Sin embargo, destaca en él la presencia de un majestuoso Escudo Español de roca tallada, colocado firmemente en el arquitrabe de la portada, escoltado por dos gallardos leones heráldicos y con varios elementos militares a sus pies y entorno, como tambores de infantería, trofeos de fusiles, corazas, mazas, alabardas, lanzas, sables, cañones de guerra largos, cañones cortos tipo trabuco y sus pilas de balas esféricas, todo con acabados de detalles sencillamente perfectos. La imponente corona colocada sobre el conjunto y que forma parte del blasón original, debe ser una de las más bellas que se hayan esculpido en su época para homenajear el poder soberano del monarca español, pero que, en la práctica, estaba próximo a ser derrocado en aquellos días. Su estilo es un barroco colonial tardío de gran detallismo y delicadeza.
Aunque la terraza está construida sobre uno de los dos fuertes hispánicos usados los realistas en el cerro, la presencia de dicho heraldo ha inducido a interpretaciones populares erradas sobre un supuesto origen colonial de la portada, cuando ésta es posterior y se la construyó durante los trabajos de remodelación ordenados por el Intendente de Santiago don Benjamín Vicuña Mackenna. Por otro lado, no han faltado chismes de tradición oral entre mitómanos y fantasiosos, intentando sostener que dicha pieza artística habría sido parte de secuestros de ornamentación patrimonial de Lima durante la ocupación chilena del Perú en la Guerra del Pacífico, fábula que también se ha tratado de sentar sobre otras conocidas reliquias de la ciudad como la Fuente de la Libertad Americana en la Plaza de Armas, los cañones virreinales del Palacio de la Moneda y los famosos Leones de Providencia. La verdad es que este escudo jamás ha tocado suelo peruano.
Las vicisitudes y derivas en los antecedentes de este blasón de piedra es poco conocidas. Muchos las resumen diciendo que sólo se trataba de una pieza artística que iba a ser colocada en el Palacio de la Moneda, pero el plan se frustró con la llegada de la Independencia y después Vicuña Mackenna decidió instalarla en el cerro. Sin embargo, su historia es mucho más compleja y entretenida.
Acueducto Romano y Portal del Escudo Español en 1874. Nótese la maravillosa ornamentación artística que lucía esta compleja estructura cuando recién inaugurada.
EL ORIGEN DE ESCUDO
Durante el gobierno colonial de don Luis Muñoz de Guzmán (1801-1808), surgió la idea de coronar un acceso en el frontispicio del Palacio o Casa de Moneda con un gran escudo de armas españolas esculpido en piedra, cuando el edificio del arquitecto Joaquín Toesca fue terminado en 1805 tras casi 10 años de arduo trabajo y sin que éste alcanzara a verlo concluido, falleciendo antes.
Aprobado ya el proyecto, don José Santiago Portales y Larraín, a la sazón Superintendente de la Casa de Moneda y padre de don Diego Portales Palazuelos, además de próximo a ser prócer de la Patria Vieja, fue quien solicitó la participación de un avezado escultor y pintor para encargarle la obra: don Ignacio de Andía y Varela, un talentoso y trabajador artista de San Felipe, a quien hizo venirse a Santiago.
Andía y Varela había nacido el 2 de febrero de 1757 en la capital, en la casa llamada El Consulado de calle Catedral, donde ahora se encuentra el edificio del ex Congreso Nacional de Santiago, y era primo del religioso y cronista Manuel Lacunza, el mismo de la famosa frase "Nadie puede saber lo que es Chile si no lo ha perdido", para quien pintó un hermoso óleo llamado "La venida del Mesías en gloria y majestad". Otro cuadro famoso de Andía y Varela es "La alegoría de la muerte", además de algunas acuarelas que pintó a fines del siglo XIX y que están entre las primeras en dignificar el retrato de los indígenas del territorio chileno, como una titulada "Parlamento de Lonquino" que realizó mientras viajaba al Sur de Chile con el Gobernador Ambrosio O'Higgins. Durante este viaje, además, tomó muestras de muchas maderas sureñas que, ya de regreso, clasificó y coleccionó en su residencia.
Curiosamente, Andía y Varela había participado también haciendo los dibujos para un frustrado proyecto de Monumento a la Independencia cuando ésta aún no tenía lugar, en esos mismos días de la gobernación de O'Higgins, así que su lealtad a la corona que iba a ser representada en el escudo de armas era bastante relativa. También había esculpido las pilastras de las escalas en el segundo patio de La Moneda y se cree que los antiguos pilones de roca que estaban en el palacio.
Portales solicitó al escultor hacer un boceto de la obra y tomar algunas muestras de piedras que pudiesen usarse, para remitirlas a España con una explicación del proyecto y esperar así la aprobación del mismo. Ni bien llegó el visto bueno, se dio inicio al trabajo artístico que, en total ocupó tres años y nueve meses de la vida de Andía y Varela, que laboró afanosamente en el taller de su casa en calle Huérfanos haciendo esquina con la calle de las Cenizas (o La Ceniza, actual San Martín), ubicada en el vértice Noreste del cruce. El material que utilizó allí fue roca extraída de la cantera llamada La Contadora, en el Cerro San Cristóbal.
Otra fotografía publicada por la revista "En Viaje", en 1936.
EL ESCULTOR ESTAFADO
Concluido su fatigante trabajo para el que recibió ayuda de seis asistentes talladores de piedra, Andía y Varela lo presentó a las autoridades para que se diera la aprobación final y se realizara la paga respectiva, para de ahí ser colocado por fin en la Casa de Moneda. Portales y sus acompañantes quedaron fascinados con la obra, al visitar el taller del escultor, y la dieron por aprobada sin dilaciones. La obra artística medía 3.20 metros de altura por 3.10 metros de ancho.
Sin embargo, para la cuestión del valor, se había nombrado tasadores a dos ingenieros que también partieron a observar y evaluar el trabajo: los peritos españoles Felni y Antero. Concientes de las carestías económicas de la colonia, los dos respondieron a Andía y Valera, según lo que anota el investigador Carlos Rojas Contreras en un artículo dedicado a esta pieza:
"Tasamos su obra en doce mil pesos únicamente para que puedan pagársela; sin embargo, el valer ella, para nosotros, tanta plata como pesa".
Para peor, cuando correspondió a la Superintendencia pagar por el trabajo, el estado del erario era tal que Portales sólo accedió a cancelar la mitad de lo establecido por los peritos: seis mil pesos, pues la gobernación se negaba a pagar más que eso. Quizás las autoridades superiores a él trataban de pasarse de listas en otro de los constantes abusos que los agentes hispanos solían cometer contra comerciantes y trabajadores criollos, creando otra de las razones que motivaron el movimiento independentista que ya comenzaba a gestarse entonces.
Frustrado por la deslealtad del gobierno, Andía y Varela no aceptó la oferta. Profundamente decepcionado y sintiéndose con razón estafado, a continuación se retiró de regreso a la zona del Aconcagua, dejando la enorme pieza escultórica abandonada y tirada en el patio de la misma casa de calle Huérfanos, a la espera de que los españoles fueran a buscarla y la colocaran en el lugar que se tenía previsto.
Nunca llegarían a hacerlo, sin embargo.
Final de la Subida de las Niñas y el Portal del Escudo Español.
DESPRECIADO, SEPULTADO Y OLVIDADO
Se estaba en ese momento cuando ocurren los sucesos del 18 de septiembre 1810 y se inicia el camino hacia la Independencia de Chile, con la Primera Junta Nacional de Gobierno, aprovechando las circunstancias internacionales que son conocidas y que comprometían a España en difíciles momentos para mantener sus colonias imperiales. Había comenzado el período de la Patria Vieja.
La agitación social y política que estalló aquel año y que se mantuvo hasta la Reconquista en 1814, llevó a postergar indefinidamente la instalación de ese blasón de piedra que permanecía abandonado en la ex casa del señor Andía y Varela, y que en un breve tránsito había pasado de ser una prenda de lealtad y obediencia de la gobernación chilena a la Corona Española, a un odiado símbolo de opresión y sometimiento del espíritu patriota e independentista.
Por lo recién descrito, después de los primeros triunfos de los patriotas sobre los realistas muchos santiaguinos de clases populares se metían en la casa abandonada para apedrear e intentar destruir el despreciado Escudo de Armas de España, especialmente intentando sacarle sus decoraciones de armas y símbolos militares. Fue tal el peligro y la vulnerabilidad en que estaba, que el señor Juan Francisco Zegers, conciente de que su valor volvería a ser estimado cuando pasara la fiebre ambiental, arrendó la casa e hizo que la enorme pieza de roca fuera enterrada en un sector del patio.
A todo esto, el señor Portales, el ex Superintendente de la Casa de Moneda, contagiado también del ánimo independentista se reclutó en la causa, participando en la junta gubernativa y luego asumiendo como miembro del Congreso Constituyente y del Primer Congreso Nacional. Andía y Varela, por su parte, se había terminado de entregar por completo a la misma simpatía patriota: fue su mano la que talló en madera el primer Escudo Patrio de Chile, presentado al público en la gran fiesta patriótica del 30 de septiembre de 1812 en el gobierno del General José Miguel Carrera. Tras una brillante carrera artística, en la que abrazó también el hábito religioso, falleció el 13 de agosto de 1822, siendo sepultado en una cripta de la Iglesia de la Compañía de Jesús, la misma que desapareció tras el fatídico incendio del 8 de diciembre de 1863.
Más de medio siglo permaneció oculto el escudo de roca, en tanto, resguardándose de sus vándalos y de los conflictos que persistieron en la Patria Nueva, aun después de las epopeyas de Chacabuco y Maipú.
Vista del acceso y el escudo en la portada.
VICUÑA MACKENNA RECUPERA LA PIEZA
Apenas asumió la Intendencia de Santiago, don Benjamín Vicuña Mackenna inició una gestión casi personal para recuperar el gran Escudo de Armas de España, que ya permanecía enterrado desde hacía más de 50 años en el mismo sitio. Amante de las bellas artes y obsesionado con hermosear la ciudad, el ilustre intelectual comprendió rápidamente cuál era el valor de la enorme pieza, pensando de inmediato en incorporarla a su proyecto de construcción de un parque urbano en el Cerro Santa Lucía.
"¡Qué tiempos aquellos -exclama Rojas Contreras- en que había espíritu público y cariño por enaltecer el arte"... Luego de negociar con los herederos del escultor, los señores Manuel Varela y Francisco Javier Mandiola, el Intendente consiguió que estos donaran la pieza a la ciudad y así, el 13 de junio de 1872, se ordenó formalmente sacarla de su largo sueño en aquella improvisada tumba de tierra. La orden se ejecutó durante el mes siguiente, excavando en una parte del terreno donde ahora existía una caballeriza encima, dentro de la antigua casa.
El escudo se encontraba en relativo estado de conservación, tanto a causa del olvido como de los ataques que había recibido en los días de la Independencia. Luego de la proeza de desenterrarlo y sacarlo, se le encargaron las reparaciones al cantero artístico Andrés Staimbuck, quien estaba a cargo de trabajos escultóricos del cerro, como la característica Ermita del Santa Lucía.
Luego de la primera etapa de restauraciones, fue exhibido en la Exposición Nacional de Artes e Industrias de septiembre de 1872, realizada para la inauguración del Mercado Central de Santiago y su enorme edificio ferretero construido encima de donde estaba antes la Plaza de Abasto, terminado justo hacia los días en que Vicuña Mackenna había asumido ya la Intendencia de Santiago. También fue presentada en Chile, en aquella feria, la estatua "Caupolicán" de Nicanor Plaza. Allí, el escudo fue observado por el Capitán de Artillería don Ambrosio Letelier, quien escribió del mismo en una Memoria, sin guardarse palabras para elogiarlo:
"Las formas bien terminadas, los contornos bien delineados, los perfiles acentuados vigorosamente; la artística proporción del conjunto y los detalles, todo ese grupo de piedra está demostrando al primer golpe de vista, la grandeza de genio que impulsaba a aquel cincel admirablemente manejado.
La corona real de España, está perfectamente bien modelada, con sus diamantes y sus joyas en relieve; como el mundo que la espera, y sobre este mundo, la Cruz de Cristo, símbolo de las leyes católicas".
El Escudo Español en la actualidad.
COLOCACIÓN EN EL CERRO
Terminada la feria inaugural, el escudo fue transportado hasta el Santa Lucía, donde se realizaban los trabajos de remodelación y construcción del paseo por prisioneros bajo supervisión y apoyo de profesionales expertos. Con grandes esfuerzos, fue elevado hasta su definitiva posición en la portada, sobre el acceso que antes daba a la plazoleta del fuerte en el Castillo González, donde ahora se encuentra la Terraza Caupolicán y donde estuvo antaño la batería Marcó de los militares realistas.
La colocación en el arquitrabe quedó a cargo de Staimbuck, mientras que la construcción del portal de ladrillo fue obra del albañil chileno Tránsito Núñez, quien falleció en enero de 1974 poco antes de ser totalmente inauguradas las obras del cerro. El portal mide 11 metros de altura, por 13.30 metros de ancho y 2.10 metros de grosor. Núñez y su cuadrilla lo hicieron de acuerdo a los planos de don Manuel Aldunate, quien diseñó también los dos torreones del lado Sur del Castillo González y el octógono situado al otro extremo, junto a la piedra actualmente llamada Roca de Caupolicán, por la estatua de Nicanor Plaza que después se instaló allí.
Tras ser colocado en su lugar definitivo, en el mes de noviembre de 1872, el conjunto comenzó a ser llamado -por lo mismo- como el Portada del Escudo Español. Para subir a pie hasta este sitio existe la mencionada Subida de las Niñas (así bautizada por su forma zigzagueante, como de un juego infantil), que en su parte más alta pasaba por el Acueducto Romano, singular construcción de arcos también hecha por Núñez, que surtía de agua a las fuentes y jardines inferiores del paseo. Todo el conjunto estaba decorado con hermosos jarrones ornamentales de la casa metalúrgica francesa Val d'Osné, además de maravillosas figuras artísticas de inspiración clásica.
"La parte superior -escribe Vicuña Mackenna en su "Álbum del Santa Lucía-, notable por su almenado que da a todas estas estructuras el aspecto feudal de la conquista (estilo que se quiso conservar a esta parte del antiguo castillo González) está dispuesta como plataforma para una banda de música.
Desgraciadamente, por un efecto de óptica inevitable y no siendo posible tomar la vista de esta portada sino del plano inclinado del cerro, no aparece aquella en todo su relieve ni en el nivel correspondiente".
Por desgracia, prácticamente todas las señaladas ornamentaciones en la subida ya han desaparecido misteriosamente del cerro, quedando sólo algunas pilas y copas. El propio Acueducto Romano desapareció casi por completo, no habiendo de él más que algunos pocos restos de la estructura, que han sobrevivido a terremotos y demoliciones. Y al problema del rango de visualización del escudo descrito por Vicuña Mackenna, también se suma el que la vegetación que después creció en el cerro, lo oculta desde casi todos los ángulos inferiores, de modo que la buena vista del mismo y de la portada sólo se logra llegando a sus pies.
Con parte de sus almenas reconstruidas tras el inevitable deterioro y con muchos de sus vanos decorativos cerrados en épocas posteriores para afirmar su resistencia estructural, el magnífico portal con su escudo español rotundo y con leones musculosos a cada lado del escudo, entonces, es lo último que queda del que fuera el más bello y artístico de los caminos interiores que tuvo el Cerro Santa Lucía, tras consumarse la ilusión de Vicuña Mackenna de convertirlo en un paseo encantado.
Vista de la portada desde su lado trasero, por la Terraza Caupolicán.

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