lunes, 11 de junio de 2012

EL "BLACK AND WHITE": AÑOS DESCARRIADOS DE LA CASA COLORADA

Interior del "Black and White" en sus buenos años. Imagen original de Pablo González, perteneciente a la colección del Museo Histórico Nacional.
Coordenadas: 33°26'18.26"S 70°38'57.71"W (ex ubicación)
El bar y boîte "Black and White", símbolo de todo una época en Santiago, se encontraba en Merced 876 "frente al Teatro Santiago, donde al lado se comían tortas milhojas", según escribió de él Claudio Giaconi. Su espacio estaba en el primer piso de la Casa Colorada, la suntuosa ex mansión del Conde de la Conquista don Mateo de Toro y Zambrano, hoy convertida en museo.
El local daba hacia la calle por el lado Oriente de esta casona solariega declarada Monumento Histórico Nacional en 1960, y no era el único de su tipo que ocupó tan elegante arquitectura colonial: atrás, al interior de la casa, estuvo el "Club de Ambulantes de Correos", mientras que "El Colonial" se halló en el segundo piso; y antes, los altos de la residencia habían sido ocupados también por el "Café Fancy", otra atracción para intelectuales y poetas. Se recuerda entre algunos veteranos que el vecino "La Bomba" estaba justo al frente, cruzando Merced. Dentro de la casona funcionaba también una imprenta, una agencia de empleos, una pajarería y lustrines, según recordaba Oreste Plath.
El "Black and "White" habría sido fundado allí en el zócalo -según algunas fuentes- en los años cuarenta, por el ciudadano italiano oriundo de Rapallo don Silvio Tonolli Testori, quien habría llegado a Chile al parecer viviendo primero en Iquique o alguna otra ciudad nortina. Como sea, tras viajar y establecerse acá a la capital, decidió crear el famoso club tan cercano a la Plaza de Armas, al que en sus inicios se definía con el contagioso lema "El Rincón de la Bohemia Santiaguina", como rezaba en grandes letras el lugar del pequeño escenario donde hacían presentaciones artistas de circuito de aquellos años, iluminados por unas pocas luces amarillentas de ampolletas colgantes. Siempre había allí un piano vertical, una batería y dicen los antiguos clientes que un destartalado micrófono, además de un ventilador de escritorio para intentar capear el calor en días de verano. Desde orquestas bailables hasta folkloristas pasaban por este rincón.
Se entraba por una puerta doble articulada y que, en las escasas horas o días en que permaneciera cerrado el local, era antecedido por rejas plegables metálicas, similares a las de los ascensores antiguos. La política de los mozos -de humita negra y después de corbata y cotona- habría sido la de"servido y pagado", desalentando la práctica malévola del "perro muerto". Las mesas se veían dispersas y no era raro que los clientes las juntaran cuando eran más de cuatro.
El propio dueño solía dejar botada la caja registradora para ir a conversar, en ocasiones, con su acento en las charlas y largas tertulias que hacían allí sus comensales, escritores, artistas y periodistas de aquellos buenos años. Asistió un tiempo al bar también la alegre y colorida comparsa del Bellas Artes, aunque las salas podían verse más tendientes a la penumbra, convirtiéndolos en clientes pardos y grises como cualquiera de los otros allí presentes.
Una nota del diario "El Mercurio" de diciembre de 2008, presenta un resumen de la fama y trayectoria que experimentó el boliche en sus cerca de tres décadas vida:
"Este local, que funcionaba las 24 horas del día, estaba ubicado al interior de la Casa Colorada en calle Merced. Podía atender a más de dos mil clientes en sus mesas y larga barra. Tenía un pequeño escenario donde semanalmente se podía escuchar cuecas, tangos, arias de ópera y música selecta.
Contaba con pizarras que anunciaban las carreras hípicas y conocidos eran sus platos de guatitas, riñones al jerez o el cola de mono, la chicha de Villa Alegre y su famoso pisco sour".
Se cuenta que muchos escritores de temáticas sociales frecuentaron por entonces al "Black and White" y brindaron con sus piscos, borgoña de frutillas, ponches de culén, ponches de piña (posibles ancestros del actual trago "terremoto") o sus pichunchos. Entre otros: Luis Cornejo, Nicomedes Guzmán, Alfredo Gómez Morel y Armando Méndez Carrasco, quien revelaría que a este sector específico de la ciudad de Santiago le correspondió el mote (o parte de él) de "Chicago Chico" aludiendo a los bajos fondos que allí operaban, eligiendo tal título para su famosa novela sobre el mundo del hampa capitalina. También menciona a la casona colonial y sus barras bohemias en "Cachetón Pelota" y "Crónicas de Juan Firula". Lo propio hace Juan Uribe Echevarría en "El púgil y San Pancracio". Joaquín Edwards Bello también habría pasado por sus salas y poncheras de tinto, según algunas crónicas, al igual que el poeta Eduardo Anguita y se ha dicho hasta la distinguida periodista Lenka Franulic, acompañada de algún par de caballeros en los años en que se hacía llamar Vanessa, causando gran sensación por su altura y su estampa.
El local fue uno de los lugares favoritos de los periodistas de los años cincuenta hasta la mitad de los setenta (cuando ya comenzaba su caída), tanto así que a varios se les podía ubicar llamado por teléfono al local y sabiendo que siempre andaban por él, como si se tratara de sus oficinas, de acuerdo a los testimonios de viejos tercios de la época. Hubo poetas que no llegaron con menos entusiasmo en la más luminosa época del club. Por eso se lo menciona en la memoria o los libros de muchos otros clientes ilustres que lo frecuentaron: el aventurero Raúl Morales Álvarez (quien dilapidó una fortuna ganada en la Lotería, en esta clase de locales), Carlos Peters Barrera, Hernán Millas, Germán Marín, Tito Mundt, Juan Emilio Pacull, Enrique Lafourcade y Oreste Plath, uno de los principales informantes literarios al respecto, este último. Alguna vez se ha dicho que hasta Neruda pasó por ahí, al menos en la leyenda. "Era el tiempo del cubilete y del dominó", escribiría Plath refiriéndose a la boîte.
Uno de los jugadores de cacho allí dentro habría sido también el caricaturista Raúl Figueroa Silva, más conocido por su pseudónimo Chao, hijo de Pedro Pablo Figueroa, el autor del "Diccionario Biográfico de Chile" que tanto facilitó la labor periodística nacional. Apodado Guatón Chao por sus amigos del club, dice Plath que "era ostentoso cuando ganaba y cuando perdía se volvía rabioso y derramaba las copas". Y si bien el mismo autor comenta que Teófilo Cid prefería almorzar en el vecino "Club de Ambulantes de Correos", puede sospecharse que hubo una época en que también dejó huella dentro del "Black and White", de acuerdo a algunos testimonios orales.
"...como siempre -escribió Peters Barrera describiendo el recinto-, olía a tabaco y encierro. Sobre el largo y alto mesón de madera del bar reposaban -como reliquias sagradas- un par de frascos de vidrio con oscuras cebollas escabechadas que flotaban en vinagre, además de un indolente gato negro que miraba con desinterés el ajetreo de los mozos".
Vista del "Black and White", en el famoso mesón de la barra con la cotizada chicha dulce en jarras. Imagen original de Pablo González, perteneciente a la colección del Museo Histórico Nacional.
Clientes reunidos en el interior del local. Imagen original de Pablo González, perteneciente a la colección del Museo Histórico Nacional.
Por su parte, el profesor de música Agustín Cullell, el compositor Eduardo Maturana y el diplomático Carmelo Soria, solían reunirse en varios bares bohemios de esos años, pero especialmente el "Black and White", como lo cuenta el primero de los nombrados en un homenaje publicado en la memoria del fallecido Maturana el año 2003, en la "Revista Musical Chilena":
"También son los años de una enriquecedora bohemia. Por ella transitan intelectuales y artistas recorriendo los emblemáticos bares y cafés del Santiago nocturno. Acompaño a Eduardo en estos peregrinajes y el recuerdo me trae a la memoria las tertulias del Café Iris en Alameda con Estado, donde se reúne con uno de sus inseparables amigos, el grande y malogrado poeta Teófilo Cid, arrastrando siempre su orgullosa miseria dentro de un raído y manchado gabán. Al grupo se solían integrar otros conocidos personajes: Andrés Sabella, Manolo Segalá -un pintor catalán excéntrico, más tarde desaparecido en Brasil- junto a dos que con el tiempo se harían célebres: Alejandro Jodorowsky y un joven y tímido Jorge Edwards. Tales romerías se proyectaban igualmente a distintos lugares no menos simbólicos: El Negro Bueno, El Bosco, Café Sao Paulo y sobre todo el Bar Black and White al interior de la antigua Casa Colorada, en cuyo amplio recinto Eduardo, Carmelo Soria, mártir de la dictadura, y quien esto escribe, jugábamos interminables partidas de ajedrez hasta altas horas de la madrugada. Es también la época en que Eduardo destaca como impulsor de dos importantes proyectos: la creación, junto a Salvador Candiani de una nueva orquesta, por cierto de corta vida, la Sinfónica Santiago (1944), dirigida por este último, y la fundación de la Sociedad Tonus (1950), orientada a la divulgación de la música de vanguardia".
Amigo de estos personajes era un garzón llamado Samuel Fuentes, quien recordaba el nombre de todos sus clientes más antiguos al momento de recibirlos, saludarlos y atenderlos. Era el mismo encargado de escribir en pizarras afuera cuál era el plato del día. Dentro del local, demás, estaba lleno de carteles y rayados en paredes y vidrios anunciando platillos y tragos disponibles al público. Vimos que los favoritos eran las guatitas y riñones al jerez acompañados con arroz pero, de entre todos los sándwiches, el más solicitado era el "tártaro" según recuerda Plath. Al parecer, para esquivar las restricciones de la Ley de Alcoholes, cuentan que a veces le colocaban frente a los clientes que sólo pedían tragos, unos cubiertos y platos sucios simulando que habían almorzado algo, práctica que todavía se utiliza en muchos negocios de Santiago para desafiar las puritanas e irreales exigencias de la misma clase de legislaciones.
De acuerdo a las fuentes consultadas, la caída del club podría haber comenzado con los años sesenta a setenta, y dicen también que siendo tomado por un público menos brillante y lucido que el de sus mejores años. Coincidentemente, don Silvio Tonolli falleció en 1969 según anota Plath, quedado heredado el negocio en manos de sus hijos y un yerno. Quizás hicieron sus mejores esfuerzos al respecto, pero el ocaso de la antigua bohemia en esos años y en especial en los setenta, se notó en ciertos cambios ambientales del local y del mismo barrio. Además, durante la discusión del proyecto de ley sobre Monumentos Nacionales (Ley Nº 17.288) a inicios de 1970, ya había comenzado a proponerse sacar a los bares de esta histórica casona colonial. En aquella ocasión, el controvertido diputado socialista Mario Palestro peinó sus gruesos bigotes con un discurso en el que declaró lo siguiente, sacando al baile el que muchos miembros de la Cámara también frecuentaban aún la cantina en esos años, según él:
"La Casa Colorada se ha convertido en una especie de mercado persa en pequeño, de donde los amigos que van al 'Black and White' -más de algún Diputado lo conoce- salen haciendo los correspondientes zigzagues antes de tomar la movilización para sus casas, si es que son capaces. Estas cosas hay que arreglarlas. Como se ha dicho, se pretende dejar las calles Compañía y Merced exclusivamente para peatones, para preservar esas reliquias ahí, justamente donde se estableció el primer Gobierno de Chile".
Según los testimonios y algunas leyendas negras sobre el barrio, éste terminó sus días más cerca de los cabarets y con mucha presencia de homosexualidad marginal, prostitutas, copetineras y los infaltables gañanes de mala vida con más de algún roce con la justicia, además de la fuerte presencia del tráfico de polvo de ángel y otras extravagancias en la recreación de los oscuros últimos comensales que afectaron el comercio alrededor del kilómetro cero. Verdad o no, allí, en medio de la vorágine céntrica, el resistente "Black and White" se acabó aproximadamente hacia abril de 1976, cerrándose su destino también con el proyecto de transformación del uso de la antigua edificación colonial.
Había comenzando ya, pues, una nueva época para la Casa Colorada, seguida de la gran restauración de 1978 a 1980 y su disposición a ser la limpia e impecable sede del Museo de Santiago.
La Casa Colorada, sede del Museo de Santiago. La entrada entre los locales más cerca de la cámara son los que ocupaba el "Black and White" entre los años cuarenta y setenta.

4 comentarios:

  1. benjamin gutierrez wspinosa11 de julio de 2012, 21:18

    Criss: Según antecedentes que guarda mi memoria, a contar desde comienzo de los sesenta hasta su abrupto cierre, por orden perentoria de la autoridad, poco coinciden con lo relatado en la crónica. En esos años el BLACK and WHITE estaba a mal traer. Los perpetuos parroquianos nada tenían de intelectuales estaban mas cercanos a entretenidos vividores pillastrines contando pretéritas aventuras, capadores en domino y cacho. Otros eran simpáticos representantes en decadencia, no aceptaban el paso de los años al igual que los garzones, de la alegre bohemia insensata de esos años. Inolvidable el conjunto musical de ciego bueno para la talla que animaban a diario la noche, ocasionalmente al almuerzo, terminaban curados y en fraternales discusiones.

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  2. Hola don Benjamin. En efecto, los años bohemios e intelectuales fueron en la primera decada del local, como lo confirman Plath y varios otros autores en sus escritos. En los sesenta y setenta ya estaba en el ocaso su publico "dorado". Muchos saludos y, como siempre, se agradecen todas sus acotaciones.

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  3. creo que es mejor preguntarles a las personas que trabajaron ahi o a los dueños q algunos siguen vivos osea gente de mi familia y no comentarios de cuarta como lei de este señor benjamin gutieerrez q parece mas comentario de farandula barata o a lo mejor al señor le falla la memoria que tome gamalate jajaja ,ya que yo naci el año 75 y me llevaban de paseo a donde ya que mi papa era el dueño y se hubiera sido tan penca y decadente el bar como ese tonto dice no me huebieran llevado sino le gustaba a que iba

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  4. creo que es mejor preguntarles a las personas que trabajaron ahi o a los dueños q algunos siguen vivos osea gente de mi familia y no comentarios de cuarta como lei de este señor benjamin gutieerrez q parece mas comentario de farandula barata o a lo mejor al señor le falla la memoria que tome gamalate jajaja ,ya que yo naci el año 75 y me llevaban de paseo a donde ya que mi papa era el dueño y se hubiera sido tan penca y decadente el bar como ese tonto dice no me huebieran llevado sino le gustaba a que iba

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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