jueves, 28 de junio de 2012

El "VIROLA" DE CALLE CHACABUCO EN SANTIAGO

Coordenadas: 33°26'49.68"S 70°40'41.67"W
Se cuenta que el "Virola" era cantante callejero y guitarrero de locomoción colectiva; que murió atropellado o bien asesinado en un asalto; que vivía en el barrio o que sólo iba de visita a este sector. Su animita se encuentra en los límites de las comunas de Santiago y Estación Central, a pocas cuadras de la Alameda. Está exactamente a los pies de un árbol de calle Chacabuco, entre Erasmo Escala y Romero, sobre la acera poniente... Es el lugar exacto de su tragedia.
Con una lámina metálica grabada, se muestra el rostro sonriente del infortunado, justo sobre las flores de la animita y bajo la tosca cruz que la corona. Dice esta misma placa que el nombre real del "Virola" era Héctor Fernando Andrade Salazar, y que nació un día 15 de agosto de 1959. "Tus familiares y amigos te recordarán siempre, Virola", jura el mensaje allí expresado.
Tenía 38 años cuando la desgracia lo tocó aquel día 10 de abril de 1998, también indicado en la lámina. Los comerciantes del sector, particularmente en la vereda de enfrente, conocen mejor esta amarga historia: un grupo de amigos entre los que estaba el finado, se habían reunido en la calle Chacabuco cuando se desató una riña entre algunos ellos mismos, probablemente pasados de copas. Uno de los presentes portaba un arma de fuego y la descargó contra los otros, cayendo herido de muerte por esta razón el "Virola"... Irónicamente, muere asesinado por "fuego amigo".
Su animita de metal pintado blanco, guarda silencioso recuerdo de la tragedia allí sucedida. Siempre está decorada con coloridas flores de plástico, y cada cierto tiempo aparecen velas encendidas en su interior. Alguna vez tuvo maceteros y estatuillas religiosas, que los infaltables saqueadores de oportunidad se han encargado de hacer desaparecer, cumpliendo con ese secreto e incontenible instinto ratero que aún envenena gran parte del alma del pueblo.
El ánima del "Virola" duerme allí su sueño, entonces, esperando la redención y agradeciendo las ofrendas. Evitad perturbarlo si no es para solicitar su intervención desde el más allá, o para agradecer algún favor concedido.

jueves, 21 de junio de 2012

UNA ANIMITA "PROVISORIA" PARA UN FERIANO FALLECIDO

Coordenadas: 33°32'23.03"S 70°35'0.94"W (lugar de su puesto y donde se puso el altar)
Existe cierta categoría de proto-animitas que nacen intencionalmente como manifestaciones efímeras o momentáneas de homenaje y reverencia a un recién fallecido, pero que por su propia importancia en la fe popular y si las condiciones ambientales lo permiten, pueden constituirse accidentalmente como puntos de origen o gestación de una animita tradicional.
Ejemplos de estas formas de homenaje hay varios: si alguien fallece dentro de una comunidad de estudiantes, al día siguiente su banco en la sala amanecerá con una flor; si una persona muere atropellada en un cruce, esa misma noche serán encendidas un par de velas marcando la esquina de la tragedia. Un caso reciente es el del lugar preciso del Parque San Borja donde el muchacho Daniel Zamudio recibió la brutal agresión que apagó su vida tras semanas de agonía, ahora decoradas con tarjetas y regalos a modo de ofrendas. Personalmente, recuerdo también cuando llegué a casa luego de un pésimo día en junio de 1997, y me encontré allí con la noticia fría como balde de agua helada, de la súbita muerte de mi abuelo René, mi Tata. En aquel día, alguien había colocado en la habitación de mi viejo, sobre su velador y al lado de la antigua radio que siempre le acompañaba desde temprano con tangos, una vela encendida, como si se marcada de alguna manera su presencia ya a nivel espiritual, en el lugar más propio y característico suyo en lo cotidiano.
En estas manifestaciones inmediatamente posteriores a la muerte de alguien querido, y tal como acontece también con el culto animístico, hay una inclinación "connatural" a buscar una asociación geográfica con la memoria del que ha partido. Mas, ¿cuál puede ser el origen de este impulso casi universal, por sobre los credos o las culturas, a marcar de esa forma el lugar que perteneció a un fallecido, aunque sea con una flor o una vela en su recuerdo?
No cabe duda de que esta misma tendencia es la simiente de la relación original entre las animitas y su respectiva ubicación geográfica, en el caso de las tradiciones populares con base cristiana. Sin embargo, muchas de estas mismas instancias conmemorativas se conciben primordialmente en esta forma efímera, como un rápido e improvisado homenaje al fallecido a través de pequeños altares o gestos de recuerdo y despedida, paralelos o posteriores a los sepelios y funerales, señalando algún lugar relevante en la vida del finado o el punto preciso de su propia partida, y es por esto que también parecen ser costumbres que podrían estar asociadas al surgimiento de las animitas.
Mi última visita a la Feria Bellavista de La Florida, antes de viajar fuera de la capital, ha estado señalada por la confirmación de un hecho triste: en donde antes estaba el puesto de venta de ropas y algunos artículos de armario de don César, uno de los comerciantes más antiguos y queridos de esta popular feria que se instala todas las semanas en calles de la comuna como Enrique Olivares y Santa Amalia, había ahora una mesa con velos blancos como manteles y sobre ella dos fotografías del personaje, con sus característicos lentes gruesos y su rostro de gestos serenos. Estaba lleno de flores y velas que seguramente habían ardido desde temprano, con el siguiente mensaje doloroso escrito en una cartulina por sus colegas ferianos:
CÉSAR NARANJO (Q.E.P.D.)
CUESTA ACEPTAR TU PARTIDA, PERO AL MISMO TIEMPO NOS ALEGRA HABER COMPARTIDO TANTAS COSAS, DONDE OLVIDAMOS LA PEGA Y AFLORABA LA AMISTAD.
FELIZ VIAJE AMIGO
CLUB DEPORTIVO - CLUB DE PESCA Y CAZA - FERIA BELLAVISTA
Los puestos cerraron más temprano y partieron a despedir en su funeral al respetado comerciante, que falleció devorado por un malvado cáncer estomacal, detectado hacía sólo dos meses antes de su muerte. La mesa fue lo último en ser retirado de esta conocida feria libre, cuyos miembros no estaban con su habitual buen ánimo y risa.
¿Qué es esta mesa-altarcillo sino una animita "provisoria" en su nombre, cual escueta manifestación de ruegos y buenos deseos para con el "ánima" de don César? Aun si en este caso no se dan los fenómenos de devoción explícita por su alma y solicitudes de favores, por la misma corta vida del homenaje, se trata de los mismos impulsos de la fe popular: son ellos los que llevan a sus queridos y esforzados compañeros de trabajo a marcar el lugar de simbólica importancia en la existencia del fallecido, con un sentido recuerdo y agradecimiento a su memoria, con la esperanza de que llegue a conocer de ello en el mundo espiritual, con la comunicación representada por los ramos de flores, las velas y los mensajes de despedida.
Estoy a poco de realizar mi propio nuevo viaje mientras escribo estas líneas, infinitamente más breve que el don César y con regreso. Y no puedo evitar pensar en lo extraño que resulta cuando nos encontramos frente a altares mortuorios o animitas que correspondieron a alguien que conocimos en vida; cuando esos nombres dicen "algo" más, como intento que suceda precisamente en este blog.
Como ésta es la última entrada que alcanzo a escribir en Santiago por esta temporada, la dedico entonces al recuerdo de quien es -de alguna manera- su principal protagonista: don César Naranjo, ya no más presente entre nosotros.

martes, 19 de junio de 2012

MESAS, COPAS Y DÉCADAS DEL RESTAURANTE Y CLUB SOCIAL "CÍRCULO FORDIPRECA"

Coordenadas: 33°26'11.05"S 70°39'7.95"W

Uno de los salones y centros culinarios más escondidos entre las fachadas del Santiago céntrico es el "Círculo Fordipreca", club social de los jubilados vinculados a la Dirección de Previsión de Carabineros de Chile (DIPRECA) ubicado en calle Santo Domingo 1060, entre Bandera y Puente, frente al Edificio Gasco y al lado de otro conocido restaurante del sector (el "Entre Mesas"), a sólo una cuadra y media de la Plaza de Armas.

Los carteles y pizarras con los platos del día, en el acceso de puertas escalonadas y baldosas formando una estrella octogonal, son el principal indicador para el transeúnte, de que aquella es la entrada hacia los comedores dentro del suntuoso y elegante edificio que los acoge.

En su época, este hermoso edificio de estilo neoclásico francés de dos pisos y media mansarda, debió haber lucido esplendoroso en la cuadra, representando en su plenitud la arquitectura europeísta de fines del siglo XIX. Hoy se encuentra esperando urgentemente una echada de manos a las reparaciones pendientes desde el terremoto de febrero 2010, que dejó algunas grietas en el piso inferior pero daños considerables en el segundo piso, por lo que actualmente éste permanece clausurado, con agresivos alambres de púas cerrando el paso hacia arriba en la bella escala de madera que se encuentra en el hall, primera al final del pasillo del acceso.

Pasando junto a la oficina administrativa del Club Social y la peluquería dispuesta allí para los socios (toda una oda a las clásicas barberías que también funcionaron acá en Santiago alguna vez), se llega al espacioso salón del restaurante, o el "casino", como le llaman sencillamente sus visitantes habituales. A la derecha se encuentra una sala menor y más elegante, con lámpara colgante, usada de preferencia por el directorio. Más allá está el salón del bar, de grandes dimensiones, y al fondo las cocinerías.

El salón principal es de gran altura y con accesos de luz natural en el techo. La distribución de mesas es prolija, pulcra, y una tarima de madera situada en la parte frontal de este espacio a modo de escenario, más un elegante palco o balcón en lo alto del lado opuesto, atrás, revelan el pasado de este sitio como sede de grandes encuentros y enormes fiestas.

Este salón todavía es arrendado para esta clase de encuentros, como matrimonios o celebraciones, y en algún lugar del recinto queda también un piano que sirvió para animar tarde y noches dentro del "Círculo Fordipreca", de modo que esos recuerdos de grandes festejos aún tienen ciertos ecos dentro del club.

El club-restaurante fue fundado el 11 de junio de 1940 y se encontraba asociado a los usuarios en Santiago de la antigua Caja de Previsión de Carabineros de Chile, creada ocho años antes. Administrado por concesiones, siempre se ha orientado a comida típica o popular chilena: prietas, cazuela, porotos con longaniza, pernil con papas cocidas y el tradicional pescado con ensalada "a la chilena"; también chuletas, lomo y bife a lo pobre; y pollos al coñac, al champiñón o asado simple con arroz. Desde la barra salen vasos de vino tinto, pipeño, pisco y otros con más refinamiento.

La construcción que lo acoge, según los administradores, data de la época del 1880, aunque diría que su fachada pertenece más bien al 1900. También están convencidos de que habría sido levantado sobre un terreno que perteneció en algún momento a la familia Carrera, según me cuentan, y que incluso pasó por él doña Javiera hacia sus últimos años de vida.

Por esta última razón es que, en la oficina central del club frente al hall, hay una gran reproducción de un famoso retrato al óleo de don José Miguel Carrera, acompañado de otro de don Manuel Rodríguez en la misma sala. La casona con aspecto palaciego allí levantada, perteneció al General Carlos Ibáñez del Campo, precisamente el fundador de Carabineros de Chile, pero fue definitivamente cedida al centro institucional por su viuda, doña Graciela Letelier de Ibáñez.

En 1976, la vieja caja previsional desapareció y el departamento fue rebautizado Dirección de Previsión de Carabineros, por lo que el Club Social pasó a ser llamado ForDipreca, pues pertenecía al círculo de Fuerzas de Orden en Retiro (FOR).

Denominado desde entonces "Club Social Círculo Fordipreca", el restaurante hoy es administrado por don Manuel Barrientos Soto. Mantiene también muchas características de picada popular y son especialmente conocidas sus empanaditas de pino y queso, vendidas en platos de a seis y a precios muy convenientes. Un par de meseras atienden toda esa sala, alternando según el orden de entrada de cada grupo de clientes. Un timbre suena desde la sala del bar cada vez que un plato de los pedidos está listo y deben retirarlo.

En general, viene hasta este sitio toda clase de gente, pero llaman más la atención y destacan por su número los funcionarios retirados de carabineros, esos de la vieja escuela, que prefieren este rincón con sus ex camaradas de armas antes que los cafés frecuentados por los jubilados por el Paseo Ahumada. Entre copas, cafés y arrollados con puré picante, lo que uno escuchará aquí en sus entretenidas tertulias son, principalmente, temas como recuerdos de la época del tranvía, la epopeya del Mundial del '62 o alguien que viajó a la Antártica.

Espero que alguien se haga cargo pronto de recuperar este magnífico edificio, que por sus características y estética también merecería un capítulo completo investigando sus reales antecedentes e historia, más allá de lo que se cree o se afirme popularmente sobre él. Mientras tanto, sigue siendo una gran experiencia beber alguna cerveza en días calurosos o vinito navegado en las tardes frías, en su salón "casino" y con las famosas empanaditas de queso del club echando vapores sobre la mesa.

lunes, 18 de junio de 2012

¿CAUPOLICÁN O EL ÚLTIMO DE LOS MOHICANOS? (Diario "La Tercera", lunes 18 de junio de 2012)

Artículo "¿Caupolicán o el Último de los Mohicanos?" de Cristóbal Peña, publicado en el diario "La Tercera" del lunes 18 de junio de 2012. Link al artículo original: http://diario.latercera.com/2012/06/18/01/contenido/santiago/32-111706-9-caupolican-o-el-ultimo-de-los-mohicanos.shtml (Clic sobre la imagen para ampliarla).
La estatua emplazada en un peñón del cerro Santa Lucía no representa la imagen del fiero guerrero mapuche. Su autor, Nicanor Plaza, se basó en un indio norteamericano.
Gesticulando a un costado del Caupolicán, la más famosa estatua de Nicanor Plaza, la guía del Museo Nacional de Bellas Artes ha introducido a la audiencia en los orígenes de la escultura chilena, que según su relato sigue los modelos clásicos de la tradición europea, sin reflexión ni conocimiento ni interés por el legado de los pueblos precolombinos. Entonces, interrumpiendo el batir de sus manos, la guía traerá a la audiencia al presente:
-Bien, veamos esta imagen. ¿Qué nos dice, que leemos en ella?
Y los escolares que tiene enfrente, atentos al relato y la escultura, sacarán una voz tímida y apagada para decir cosas como que parece “un guerrero musculoso”, “un indio enojado”, “listo para defenderse”, que “usa taparrabo, plumas y aros”.
Se llama Caupolicán y es una de las imágenes más icónicas de Santiago: el fiero guerrero que vigila la ciudad desde un peñón elevado del cerro Santa Lucía. Y sin embargo, esa mañana de martes, a ninguno de los estudiantes de educación media se le ocurrirá decir que lo que tienen enfrente es la imagen de un mapuche. Después de escuchar que “el artista rescató un ideal, basándose en un indio norteamericano”, uno de los alumnos le comenta a otro en voz baja:
-Qué chanta.
El debate es antiguo y volvió a instalarse en la retrospectiva sobre Nicanor Plaza que se exhibe en el Bellas Artes y que tiene en el Caupolicán una atención particular. La muestra es iniciativa del escultor Francisco Gacitúa y el historiador Pedro Emilio Zamorano, quien acaba de publicar un libro sobre los orígenes de la escultura chilena y la figura de Plaza.

La investigación duró cuatro años y es quizás el más acabado sobre el tema. Sin embargo, Zamorano admite que ni una vida bastaría para desentrañar los misterios que permanecen en torno al Caupolicán y su creador.
En mayo de 1910, al celebrarse el Centenario de la Independencia, un consejo del Museo Nacional de Bellas Artes redactó un acuerdo en el que accedía a donar a la ciudad de Santiago “la estatua en bronce del héroe más caracterizado de la raza araucana, de Caupolicán”. La obra quedó instalada ese mismo año donde sigue hoy, a unos cien metros de altura, sobre un peñón que se eleva a un costado de la terraza del mismo nombre del Santa Lucía.
En ese entonces, ninguno de los sabios consejeros del Bellas Artes pareció poner en duda que esa escultura caracterizaba al jefe militar mapuche. Era Caupolicán simplemente, porque así la había bautizado su autor dos décadas antes, cuando la creó como parte del programa de estudios de la Escuela de Bellas Artes de París.
La obra llegó con ese nombre y en yeso al Salón de París de 1868, y al año siguiente se fundieron varios ejemplares en bronce que se dispersaron por Chile y el mundo. El original habría llegado a manos de Luis Cousiño, mecenas del escultor, y sería el mismo ejemplar que actualmente se exhibe en Lota y que se exhibió en la Exposición Nacional de Artes e Industrias de 1872, en el recién inaugurado Mercado Central de Santiago.
Poco antes o después, otro ejemplar de la misma serie era bautizado The last of mohicans para presentarse en un concurso en Estados Unidos. En la segunda edición de Azul, que documentó su paso por Chile, Rubén Darío escribió que “la industria europea se aprovechó de esta creación de Plaza -sin consultar con él para nada, por supuesto, y sin darle un centavo- y la multiplicó en el bronce y la terracota. ¡Caupolicán se vendió en los almacenes de bric a brac de Europa y en América, con el nombre de The last of mohicans”.
Al teléfono desde Talca, Pedro Emilio Zamorano dice que no hubo confusión ni ánimo de engaño por parte del escultor. Que el modelo es del tipo caucásico y sigue los cánones clásicos del David de Bernini. Y que lo que Plaza hizo fue “transformar en ícono y emblema el concepto romántico del nativo, que en Europa despierta curiosidad y hasta mitología”.
En octubre de 1939, casi tres décadas de haber sido instalada en el Santa Lucía, un redactor de la revista Zig-Zag denunciaba que la estatua de Plaza no representa nada chileno. Tres años después, el poeta Carlos Acuña reparaba en el equívoco acusando que un cacique de carne y hueso había desconocido al Caupolicán de bronce.
En su Historia Urbana y Cultural de Santiago, Cristian Salazar Naudón dice además que tanto Joaquín Edwards como Ernesto Greve “creían que se trataba de un mito o de un engaño”.

Para fortuna del autor, la polémica no lo alcanzó en vida. Ni la polémica ni la fortuna. Vivió de espaldas a la celebridad, encerrado en su taller de calle Ejército, como lo retrató Juan Francisco González en su paso por Europa, “viviendo pobremente, sin calefacción, y, al parecer, hasta comía mal”.
Nicanor Plaza, maestro de maestros, trabajó hasta sus últimos días, pese a la amputación de uno de sus brazos, y a su muerte, ocurrida en Florencia en 1918, su obra emblema estaba distribuida por parques de Santiago, Concepción, Rengo y Lota. La obra alcanzó tal impacto, que llegó a un antiguo billete del Banco de Concepción, a la imagen del Teatro Caupolicán y la cadena de farmacias El Indio, que popularizó su propia escultura en madera y terminó de desperfilar la imagen narrada por Alonso de Ercilla.

miércoles, 13 de junio de 2012

UN RECUERDO PARA EL SALTO ECUESTRE DE LARRAGUIBEL EXISTENTE EN LA FLORIDA


Escenas del famoso salto de Larraguibel montando a Huaso.

Coordenadas: 33°30'42.18"S 70°35'22.95"W

Sobre una sólida plataforma de base circular y escalonada, por las plazas cerca de la intersección de Américo Vespucio con la pista Sur de Departamental hacia avenida La Florida en la comuna del mismo nombre, se encuentra desde hace unos 30 años una estructura de madera que llama la atención de los paseantes pero que, por no existir información sobre la misma, desconocen en su gran mayoría a qué corresponde el conjunto. Como es inevitable, ha sido vandalizado sin piedad: además de varios palos robados, incluyendo uno de los cinco verticales superiores (hoy quedan cuatro), le fueron botados algunos de los postes de concreto que rodeaban la estructura, y los que quedaron fueron pintados con los colores corporativos de un equipo de fútbol, "marcando territorio" sobre el mismo.

La obra corresponde en realidad al Monumento del Salto Ecuestre de Alberto Larraguibel, y fue instalado allí tras la construcción de la vecina Población Alberto Larraguibel de avenida Américo Vespucio, cuya calle central fue bautizada Viña del Mar también para recordar la ciudad donde tuvo lugar esta hazaña, mientras que la segunda principal fue llamada Coraceros, en recuerdo del Regimiento que sirvió de escenario para el record visto por más de 5 mil espectadores, incluidos visitantes extranjeros, jueces internacionales y el propio Presidente de la República don Gabriel González Videla.

Alberto Larraguibel y el caballo Huaso, en fotografía de la editorial Zig Zag de 1949, hoy perteneciente a las colecciones del Museo Histórico Nacional.

Otras calles de la misma población que hace homenaje al militar llevan nombres como Caballo Huaso, el mismo montado por Larraguibel, Capitán Riquelme, quien fuera segundo en la dupla del jinete en 1949, Caballo Chileno, montura de este último, y General Eduardo Yáñez, quien fuera compañero de Larraguibel en el equipo olímpico de 1952 y que, años más tarde, en en 1981, recibió el Premio Mejor Jinete de Todos los Tiempos, extendido por el Comité Olímpico Internacional.

La estructura central está confeccionada con los materiales y en la proporción precisa de la valla que saltó con su célebre caballo de 16 años llamado Huaso, el joven Capitán del Ejército Alberto Larraguibel Morales, oriundo de la Araucanía y a la sazón con 29 años, en el marco del Concurso Hípico Internacional: nada menos que 2 metros 47 centímetros de altura, marca que nunca ha sido superada ni igualada siquiera, a pesar de los más de 60 posteriores años de intentos.

Hasta ese minuto, el record de salto ecuestre lo tenía desde octubre de 1938 el equitador italiano Antonio Gutiérrez, sobre su caballo Ossopo. Pero en la señalada ocasión y tras una caída que podría haber frustrado la hazaña, Larraguibel Morales, que tenía también la marca sudamericana desde el año anterior, logró saltar la última de las pruebas mientras se medía con su camarada de armas el Teniente Luis Riquelme, quien iba en el lomo de Chileno. Así marcó este record hasta ahora imbatible, en la tarde del 5 de febrero de 1949, en lo que Larraguibel definió como un instante perfecto de comunicación, equilibrio y entendimiento entre el caballo y el jinete.

Larraguibel, siguió haciendo historia después de su hazaña: obtuvo doble medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Buenos Aires en 1951 y participó en los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952, aunque debió abandonar por lesiones el glorioso y elogiado equipo chileno de aquel entonces. Por esta misma razón, se retiró al año siguiente, dedicándose a servir como instructor de equitación. Huaso, en tanto, fue considerado una celebridad en el mundo militar y vivió atendido como una estrella en la Escuela de Caballería, con derecho a pasear por todas las áreas verdes del recinto, libremente. El elegante y querido caballo murió allí en agosto de 1961, mientras que su heroico jinete falleció en Santiago, en abril de 1995.

Video con la historia y la filmación del sorprendente salto de Larraguibel y el caballo Huaso (Fuente: http://www.youtube.com/watch?v=2tRVB3ymEOY&feature=fvwrel).

Vista general de la reconstrucción de la valla ecuestre de 1949, en La Florida.

Vista lateral.

La réplica-monumento de la vaya del salto en La Florida, conmemora así una de nuestras más grandes hazañas deportivas y uno de los pocos records mundiales logrados por chilenos. Me parece que antes de la creación del paseo y las áreas verdes, cuando este llano era sólo un estéril sitio sin vegetación corriendo por el lado del canal que allí pasa, el monumento se encontraba un poco más al Norte, según recuerdo más cerca de Departamental. Los cambios en las calles lo han dejado más al interior y, después de las grandes remodelaciones realizadas, fue trasladado a esta base circular en la que permanece y que fuera construida en 2005, pero ahora rodeada por un parque.

Existen otras réplicas del histórico salto, como el de la Escuela de Equitación del Ejército en Quillota o el del "Santiago Paperchase Club" de Huechuraba, pero ésta parece ser la única que se encuentra en un parque público y tan cerca de la ciudadanía general; misma exposición que lo mantiene en estado vulnerable y vandalizado, infelizmente.

Impresiona estar frente a ese conjunto de casi dos metros y medio e imaginar un caballo pasando con jinete y todo sobre tal altura, lo que da una proporción real al observador sobre la magnitud de la hazaña de Huaso y Larraguibel, aún escrita en letras de oro en la historia de las artes ecuestres internacionales. Es, además, una forma de hacerse una auténtica percepción de la altura que fue superada en aquella epopéyica marca, más allá de las impresiones reducidas a fotografías y videos que existen de ella. Mirándolo, casi se puede oír la euforia que causó este logro, y que tras un estallido de aplausos convirtió al hombre y al caballo protagonistas en verdaderos héroes ante la sociedad chilena y la historia internacional de las disciplinas ecuestres.

Tal vez no sea tan majestuoso como el monumento ecuestre que homenajea desde hace pocos años a Larraguibel y a Huaso en Viña del Mar, pero el que se encuentra en La Florida tiene una valor didáctico y demostrativo que le es tan propio. Y si ya es una lástima que no exista en él la información que antes complementaba al conjunto permitiendo comprender de qué se trata, más penoso será el día en que termine de ser destruido por algunos de los mismos floridanos, a veces tan obsesionados con afear e "invunchear" todo lo que brille en ciertos rincones interesantes de su propia comuna.

martes, 12 de junio de 2012

MANUEL CASTRO RAMOS: LA SENCILLA LÁPIDA DEL PRIMER MÁRTIR DEL PERIODISMO CHILENO

Coordenadas: 20°12'41.29"S 70° 8'25.34"W (aprox.)
Sorprende lo sencillo de la cripta de Manuel Castro Ramos, en el Cementerio General N° 1 de Iquique. Valeroso profesor y periodista del siglo XIX, su infame y alevosa muerte en manos de agentes abusadores del poder público, lo convirtió en el auténtico primer mártir del periodismo chileno, título que algunos han preferido otorgarle -por error, o a veces no tanto- a otros caídos del oficio, muy posteriores a él.
Apenas se distingue la cripta-nicho solitaria entre las demás sepulturas del camposanto, al final de la misma calle del memorial que recuerda el paso de los héroes del Combate Naval de Iquique por este sitio y muy cerca del mausoleo de la Sociedad Veteranos del '79. Yace ahí escondida, tímida y fría. Sólo una placa de homenaje colocada por sus colegas en 1956 y alguna florcita dignifican la categoría de este hombre que fue capaz de ofrendar su propia vida por la defensa de la comunidad chilena residente en la misma ciudad y del derecho a denuncia, en los albores de la guerra salitrera.
Castro Ramos habría nacido en Santiago el 3 de enero de 1843, aunque ciertas fuentes dicen que era oriundo de Copiapó. Estudió en la Escuela Normal de Preceptores graduándose en 1859, tras lo cual asumió como Director de una escuela fiscal en Santiago. Trabajaba orgullosamente como profesor y, un tiempo después, continuó su labor docente y directiva en colegios de Quillota y Copiapó, hasta 1872 cuando fue designado Secretario Municipal de Caldera.
Íntimamente, sin embargo, Manuel sentía una atracción incontenible con la crónica y el periodismo, comenzando a involucrarse con entusiasmo en esas disciplinas. Deslenguado y sin miedos, a veces excesivamente temerario y atrevido, empezó a escribir como editorialista en distintos periódicos. Su sentido de justicia social y osadía le llevaron a denunciar a personas influyentes que consideró actuaban en contra del interés de la población, varias veces. Según datos que encuentro en la Gaceta de los Tribunales de 1872, además, ese mismo año fue demandado en Copiapó por don José María Zuleta por "injurias de palabras e injurias de hecho", luego que publicara escabrosos antecedentes de un homicidio ocurrido en la ciudad.
En 1873, Castro Ramos se marcha a Antofagasta y participa en el periódico "El Caracolito", creado para y por los trabajadores y familias de los yacimientos argentíferos de Caracoles. Como se recordará, Antofagasta se hallaba entonces bajo administración boliviana, reconocida a condición resolutoria por Chile tras la firma del Tratado de 1866 y luego el de 1874, hasta que sobrevino la ruptura diplomática señalada en el inicio de la guerra y que devolvió la disputa territorial por Atacama al punto muerto de discusión.
En junio de 1874, el periodista se marchó a Iquique y, tras trabajar en una edición local adaptada del diario "El Mercurio", fundó allí mismo y por su iniciativa el diario "La voz del pueblo", que representaba a la comunidad chilena en aquella ciudad tarapaqueña que, por entonces, todavía era parte de la República de Perú. Se estableció con su familia en una residencia de calle Esmeralda con Juan Martínez, trabajando en sus horas libres como empleado de una imprenta para poder reunir los recursos necesarios que la subsistencia le exigía.
A la sazón, se recordará que esta población chilena en los desiertos solía experimentar constantes abusos y tropelías de las autoridades en los señalados territorios, favorecidos por el aislamiento y motivados por el resquemor de algunos oficiales a la presencia chilena. Mientras en Antofagasta la comunidad altiplánica se reducía casi exclusivamente a funcionaros políticos de Bolivia y a personal militar o policial encima de la masa de trabajadores chilenos, no menos difícil era la vida de los residentes en territorio peruano, donde muchas veces la falta de probidad y de ética de ciertas autoridades en tan apartadas regiones servía fertilizante a toda clase de injusticias y hasta crímenes, con muchos casos que han sido estudiados por autores como Gilberto Harris Bucher en su libro "Emigrantes e Inmigrantes en Chile, 1810-1915. Nuevos Aportes y Notas Revisionistas". Muchos de los funcionarios peruanos, de hecho, eran personajes de bajo mérito profesional que iban a parar a estas comarcas más por castigos que por talentos, así que la calidad de muchos de ellos resultaba ser tan estéril como el paisaje mismo.
La Plaza de Iquique, con el Reloj ya instalado, pocos años después de que allí fuese tomado detenido y luego asesinado Manuel Castro Ramos.
Imagen actual de la lápida-homenaje a Manuel Castro Ramos, instalada en 1956 por sus colegas periodistas de Iquique.
En este creciente ambiente de abusos motivados por las fricciones en temas territoriales y por las pasiones de los conflictos de intereses entre las naciones, Castro Ramos interpretó el clamor de muchos de aquellos chilenos que se sentían abandonados por el gobierno central y la diplomacia, y no titubeó en denunciar muchos casos como los señalados, buscando defender a la comunidad de compatriotas y alertar a las autoridades chilenas de lo que estaba ocurriendo en esas remotas tierras. Su actuación, por lo tanto, comenzó a provocar la ira de sus adversarios y no tardó en convertirse en un peligro a ojos de las direcciones locales.
Ya bastante complicado ante la autoridad por su constante defensa a la comunidad chilena, ese mismo año de 1874 publicó en "La voz del pueblo" un extenso artículo editorial titulado "El presupuesto de un Comisario", donde comenzó a denunciar las oscuras maniobras y malversación de recursos de la comisaría policial peruana de Iquique, comparando taxativamente sus gastos reales con sus ingresos declarados. Por entonces, además, los chilenos residentes también eran castigados con constantes cargas de pagos y cuotas fuera de norma, que iban a parar a manos de estos inescrupulosos abusadores del poder, por lo que su denuncia causó escozor y encendió las balizas en toda la sociedad iquiqueña.
La situación desató la ira colérica del principal aludido, el comisario Ricardo Chocano, quien se vio cuestionado y aproblemado después de revelarse su oscuro proceder dentro del cuerpo policial. Para peor, enterado de las denuncias, el Gobierno de Perú ordenó iniciar investigaciones en su contra y de su red de cómplices. Incapaz de aceptar la afrenta y convencido de que Castro Ramos era un peligro para la tranquilidad de los deshonestos, Chocano ordenó hostigar al periodista con el silencio cómplice y quizás la participación directa de las autoridades superiores de la Intendencia en Iquique. Y fue así cómo se consumó la horrible y sangrienta conjura.
El 2 de mayo de 1875, luego de publicar nuevas denuncias contra el trato que recibían los chilenos en la ciudad, Manuel Castro Ramos fue detenido a las 2 de la tarde, por una pareja de policías peruanos compuesta por el teniente José Mariano Valdivia y su acompañante el inspector Pedro A. Castro. El teniente lo abordó en la calle  en la Plaza de Armas de Iquique, más tarde llamada Plaza del Reloj, actual Plaza Prat. Lo hizo, primero, exigiéndole dinero, a lo que Castro Ramos se excusó diciendo no traer e intentando seguir su marcha. Luego de provocarlo y ridiculizarlo, fue atacado, arrastrado, le tomaron de las manos y lo golpearon brutalmente con sus armas de fierro forradas en cuero amarillo.
No están claros los detalles de lo que fue su calvario antes de morir. Según algunas versiones que circulan, como la difundida por la maestra iquiqueña Sara Troncoso Guerrero, el periodista fue llevado también a la playa, al sector donde estaría después el Teatro Délfico, donde siguió siendo vejado. Ensangrentado por la paliza, sería gravemente herido por un tiro en el vientre dado en el cuartel por el propio Valdivia, luego de un intento final por zafarse de sus verdugos. Como si el tormento fuera poco, habría sido obligado a comerse un ejemplar del periódico donde hacía las denuncias contra Chocano, y desde allí fue arrojado agónico dentro de una celda local. Tras la terrible tortura, además, había sido golpeado y pateado en el suelo, según denunciaron posteriormente los chilenos residentes.
Cabe hacer notar aquí que una versión popular sobre su fallecimiento surgida en épocas posteriores, dice que habría muerto asfixiado al ser obligado a tragarse esas hojas de papel, siendo descubierto más tarde su cuerpo en las arenas, por unos pescadores. Sin embargo, los antecedentes que aportan investigadores de la época, revelan que la tragedia fue mucho más dramática y sangrienta, según veremos a continuación.
Pequeña ceremonia y romería de periodistas, profesores y alumnos de la Escuela "Manuel Castro Ramos" alrededor de la sepultura, 104 años después de su muerte (Fuente imagen: diario "La Estrella de Iquique"). 
Al enterarse de la detención y la golpiza, y desconociendo qué ocurría en ese momento con el periodista, una turba de unos 500 chilenos corrieron al Consulado en la ciudad exigiendo que intercediera para liberarlo. El Cónsul David Mac Iver, quien constantemente debía intervenir en favor de sus compatriotas ante los opresores y las tropelías, logró sacar del encierro a Castro Ramos tras una discusión con el Prefecto Tizón, aunque el herido no alcanzó a recibir atención médica, agravándose y falleciendo en su casa el 24 de mayo de 1875.
La noticia del asesinato dejó consternada a la ciudad, más aún sabiéndose que la mano del propio Comisario de Policía estaba detrás del horrendo crimen. Sería un compatriota de Copiapó uno de los primeros en alzar la voz en los medios, condenando su salvaje muerte: Pedro Pablo Figueroa, el mismo autor que, en 1884, publicaría en Iquique un libro en memoria del fallecido titulado "El Periodista Mártir. Opúsculo histórico". Por su parte, el célebre cronista Justo Abel Rosales publicó con el pseudónimo de Ruy Blas, una nota revelando los indignantes detalles del crimen de Castro Ramos, en el diario quillotano "El Pueblo", dirigido por don David Olmedo. Se sabe además que un dignísimo periodista peruano, Modesto Molina, también habría atacado a las autoridades de su país por lo que consideró una atrocidad impresentable contra un colega chileno.
La población chilena organizó espontáneamente una gran concentración protestando por el crimen, alertando a las autoridades policiales por el aire de cuasi rebelión que tenía el encuentro. Intentando justificar lo injustificable, entonces, la Prefectura Provincial dio una declaración en la que culpaba a los chilenos de todo lo sucedido, acusándolos de ser los principales responsables de los actos delincuenciales de la ciudad y de motivar la violencia. Y poco después, probablemente para tratar de amedrentar las masas, en el mismo cuartel policial de Iquique fueron torturados otros tres chilenos, según denunció el Plenipotenciario de Chile en Perú en nota del 10 de junio siguiente, alertado por Mac Iver.
Pasados unos días desde asesinato, la misma Prefectura informó a la autoridad peruana que "conoce los honrosos antecedentes de los jefes involucrados" y que, por lo mismo, no aceptarían que se formularan cargos de culpabilidad imputados por la muerte de Castro Ramos. Aunque inicialmente se habían pedido 12 años para el Teniente Valdivia, totalmente coludido con los abusadores y, en un proceso que fue más bien una farsa puesta en escena, el 28 de agosto de 1875 el Tribunal Supremo de Tacna decidió la libertad de los policías acusados, dejando el crimen en exasperante impunidad.
La muerte del periodista no fue en vano, sin embargo: al conocerse el caso de su asesinato, quizás por primera vez se tomó conciencia en el Gobierno Central sobre la real dimensión de la vulnerabilidad e indefensión en que se encontraba la población chilena. Mac Iver, por su parte, intentó defender heroicamente y dentro de sus limitaciones a estos chilenos allí residentes, siendo objeto de cobardes atentados como la quema intencional en dos ocasiones de su local comercial y luego la prepotente cancelación temporal y unilateral de sus credenciales, ese mismo año de 1875. Debió retirarse en 1878, con su salud afectada y viendo a sus compatriotas en prácticamente total orfandad frente a las odiosidades y resquemores de agentes con peligroso exceso de poder y de potestades ante la población civil.
Mausoleo de la Sociedad Veteranos del '79, en el Cementerio N°1 de Iquique. Hacia el sector atrás del conjunto y cerca de la misma calle interior está la cripta del primer mártir del periodismo chileno.
En la práctica, los abusos de inspectores peruanos contra la población civil chilena continuaron hasta 1879, año del estallido de la Guerra del Pacífico y en el que el territorio pasó a la administración chilena. Empero, como muchos nuevos nombres de héroes y mártires se agregaron a la historiografía nacional tras cinco años de lucha, el nombre de Castro Ramos y su sacrificio fueron pasando al olvido, de alguna manera.
No obstante, las muertes y masacres volverían a humedecer los desiertos, alcanzando su cúspide de crueldad en matanzas masivas como la de Santa María de Iquique, ocurrida precisamente en Iquique. Esta vez eran chilenos disparando contra los propios chilenos, como observara don Nicolás Palacios, testigo y reportero de la masacre. La condición martirial del Castro Ramos en la ciudad, lamentablemente, también se iría viendo un tanto opacada por los recuerdos de nuevos hechos de sangre que han seguido tiñendo Tarapacá, por muchos años más.
Dicen por acá que fue tras la construcción del mausoleo de la Sociedad Veteranos del '79 en el Cementerio General (en 1903) que se propuso trasladar simbólicamente a Manuel Castro Ramos hasta este sitio o alguno cercano, al final del sector de la calle interior Salitrera Mapocho donde está hoy, aunque no tengo certeza de este dato. En la sencilla cripta casi a ras de suelo se habilitó atrás del conjunto, se colocó una lápida-homenaje de mármol con el siguiente mensaje:
AL PRIMER MÁRTIR DEL PERIODISMO CHILENO
MANUEL CASTRO RAMOS
24.V.1875 - 1°.XI.1956
HOMENAJE QUE LE RINDEN
EL CÍRCULO DE PERIODISTAS DE TARAPACÁ
PERSONAL DEL DIARIO EL TARAPACÁ
Y AMIGOS
Además de una calle y de un centro deportivo, una conocida escuela de la ciudad adoptó el nombre de Profesor Manuel Castro Ramos a mediados de los setenta, y también se instituyó un premio del Colegio de Periodistas con el mismo título.
Sin embargo, sospechamos que inclinaciones discursivas, que prenden inciensos a lenguajes políticos con obnubilaciones de un mal entendido latinoamericanismo, también han ido cargando hacia la injusticia el recuerdo de Manuel Castro Ramos; recuerdo cuyo título de verdadero Primer Mártir del Periodismo Chileno -por motivaciones quizás más ideológicas que históricas- llega a ser eludido en la memoria del propio gremio, arrinconándolo en un injusto y muy generalizado desconocimiento de su legado por la libertad de prensa y de información.

lunes, 11 de junio de 2012

LA TRAGEDIA EN MOTOCICLETA TRAS UNA ANIMITA DE CALLE BLANCO ENCALADA

La animita de Blanco Encalada, con el majestuoso templo del Perpetuo Socorro al fondo.
Coordenadas: 33°27'30.16"S 70°40'26.32"W
Desgraciadamente, los motociclistas son uno de los grupos que más animitas le han aportado a la tradición de la fe popular en las ciudades y carreteras de Chile, especialmente en donde hay caminos peligrosos o cruces con fama de temibles. Ya vimos el caso de la animita de "Paquito", en La Florida. Otro de ellos está desde hace poco en la esquina Noroeste de avenida Blanco Encalada con Bascuñán Guerrero, allí frente al ex Teatro Blanco Encalada y cerca de la imponente Basílica del Perpetuo Socorro. Desde hace muy poco, una sencilla animita de lata y pintada de blanca señala un trágico accidente de este tipo, ocurrido exactamente en este lugar.
Camilo J. Pérez Santos había nacido en 1990, y su familia era oriunda de Los Ángeles. Tenía sólo 22 años, recientemente cumplidos, esa tarde en que se estrellaría con la fuerza de toda un desgracia contra su propia muerte, manejando una motocicleta mientras acompañado de su bella amiga Ivania A. Rebolledo Jara, de 21 años, la que iba como copiloto. Era el jueves 8 de marzo de 2012.
Desgraciadamente, en ese mismo momento un convoy de carros de bomberos se dirigía raudametne hacia un incendio declarado en un jardín infantil de la comuna de Estación Central. Según los testigos del fatal accidente, dos o tres de los camiones de emergencia alcanzaron a pasar por este cruce mientras duró la luz verde, pero otros de ellos pasaron con la luz ya en rojo, justo cuando se aproximaban los dos muchachos en motocicleta.
Imagen del lugar del accidente, publicada en el portal noticioso Emol.
Interior de la animita.
Camilo se estrelló violentamente contra un camión negro de la 11° Compañía del Cuerpo de Bomberos, conocida como la Pompa Italia, muriendo al instante. Su cuerpo fue tapado con un plástico anaranjado, mientras los personal del SIAT revisaba el sitio del accidente intentando precisar las responsabilidades y circunstancias de lo sucedido. Ivania, en tanto, quedó muy grave, siendo hospitalizada a la Posta Central. Tras una penosa y dramática agonía, falleció hacia fines de mes.
Los padres y hermanos de Camilo construyeron esta animita de dos aguas allí en la vereda, junto al lugar del accidente. Aunque no viven en Santiago, procuraron dejarle algunas muestras de vida en pequeñas plantas dentro de la misma y una placa de lata con un corazón pintado, señalando el nombre del hijo fallecido, su fecha de nacimiento y deceso.
Siempre hay en el interior de la casucha, junto a las plantas, alguna caja de fósforos para encender las velas que este joven fallecido recibe de quienes oran por el descanso de su alma y solicitan favores allí, en una de las animitas más nuevas que se hayan instalado en Santiago.

EL "BLACK AND WHITE": AÑOS DESCARRIADOS DE LA CASA COLORADA

Interior del "Black and White" en sus buenos años. Imagen original de Pablo González, perteneciente a la colección del Museo Histórico Nacional.
Coordenadas: 33°26'18.26"S 70°38'57.71"W (ex ubicación)
El bar y boîte "Black and White", símbolo de todo una época en Santiago, se encontraba en Merced 876 "frente al Teatro Santiago, donde al lado se comían tortas milhojas", según escribió de él Claudio Giaconi. Su espacio estaba en el primer piso de la Casa Colorada, la suntuosa ex mansión del Conde de la Conquista don Mateo de Toro y Zambrano, hoy convertida en museo.
El local daba hacia la calle por el lado Oriente de esta casona solariega declarada Monumento Histórico Nacional en 1960, y no era el único de su tipo que ocupó tan elegante arquitectura colonial: atrás, al interior de la casa, estuvo el "Club de Ambulantes de Correos", mientras que "El Colonial" se halló en el segundo piso; y antes, los altos de la residencia habían sido ocupados también por el "Café Fancy", otra atracción para intelectuales y poetas. Se recuerda entre algunos veteranos que el vecino "La Bomba" estaba justo al frente, cruzando Merced. Dentro de la casona funcionaba también una imprenta, una agencia de empleos, una pajarería y lustrines, según recordaba Oreste Plath.
El "Black and "White" habría sido fundado allí en el zócalo -según algunas fuentes- en los años cuarenta, por el ciudadano italiano oriundo de Rapallo don Silvio Tonolli Testori, quien habría llegado a Chile al parecer viviendo primero en Iquique o alguna otra ciudad nortina. Como sea, tras viajar y establecerse acá a la capital, decidió crear el famoso club tan cercano a la Plaza de Armas, al que en sus inicios se definía con el contagioso lema "El Rincón de la Bohemia Santiaguina", como rezaba en grandes letras el lugar del pequeño escenario donde hacían presentaciones artistas de circuito de aquellos años, iluminados por unas pocas luces amarillentas de ampolletas colgantes. Siempre había allí un piano vertical, una batería y dicen los antiguos clientes que un destartalado micrófono, además de un ventilador de escritorio para intentar capear el calor en días de verano. Desde orquestas bailables hasta folkloristas pasaban por este rincón.
Se entraba por una puerta doble articulada y que, en las escasas horas o días en que permaneciera cerrado el local, era antecedido por rejas plegables metálicas, similares a las de los ascensores antiguos. La política de los mozos -de humita negra y después de corbata y cotona- habría sido la de"servido y pagado", desalentando la práctica malévola del "perro muerto". Las mesas se veían dispersas y no era raro que los clientes las juntaran cuando eran más de cuatro.
El propio dueño solía dejar botada la caja registradora para ir a conversar, en ocasiones, con su acento en las charlas y largas tertulias que hacían allí sus comensales, escritores, artistas y periodistas de aquellos buenos años. Asistió un tiempo al bar también la alegre y colorida comparsa del Bellas Artes, aunque las salas podían verse más tendientes a la penumbra, convirtiéndolos en clientes pardos y grises como cualquiera de los otros allí presentes.
Una nota del diario "El Mercurio" de diciembre de 2008, presenta un resumen de la fama y trayectoria que experimentó el boliche en sus cerca de tres décadas vida:
"Este local, que funcionaba las 24 horas del día, estaba ubicado al interior de la Casa Colorada en calle Merced. Podía atender a más de dos mil clientes en sus mesas y larga barra. Tenía un pequeño escenario donde semanalmente se podía escuchar cuecas, tangos, arias de ópera y música selecta.
Contaba con pizarras que anunciaban las carreras hípicas y conocidos eran sus platos de guatitas, riñones al jerez o el cola de mono, la chicha de Villa Alegre y su famoso pisco sour".
Se cuenta que muchos escritores de temáticas sociales frecuentaron por entonces al "Black and White" y brindaron con sus piscos, borgoña de frutillas, ponches de culén, ponches de piña (posibles ancestros del actual trago "terremoto") o sus pichunchos. Entre otros: Luis Cornejo, Nicomedes Guzmán, Alfredo Gómez Morel y Armando Méndez Carrasco, quien revelaría que a este sector específico de la ciudad de Santiago le correspondió el mote (o parte de él) de "Chicago Chico" aludiendo a los bajos fondos que allí operaban, eligiendo tal título para su famosa novela sobre el mundo del hampa capitalina. También menciona a la casona colonial y sus barras bohemias en "Cachetón Pelota" y "Crónicas de Juan Firula". Lo propio hace Juan Uribe Echevarría en "El púgil y San Pancracio". Joaquín Edwards Bello también habría pasado por sus salas y poncheras de tinto, según algunas crónicas, al igual que el poeta Eduardo Anguita y se ha dicho hasta la distinguida periodista Lenka Franulic, acompañada de algún par de caballeros en los años en que se hacía llamar Vanessa, causando gran sensación por su altura y su estampa.
El local fue uno de los lugares favoritos de los periodistas de los años cincuenta hasta la mitad de los setenta (cuando ya comenzaba su caída), tanto así que a varios se les podía ubicar llamado por teléfono al local y sabiendo que siempre andaban por él, como si se tratara de sus oficinas, de acuerdo a los testimonios de viejos tercios de la época. Hubo poetas que no llegaron con menos entusiasmo en la más luminosa época del club. Por eso se lo menciona en la memoria o los libros de muchos otros clientes ilustres que lo frecuentaron: el aventurero Raúl Morales Álvarez (quien dilapidó una fortuna ganada en la Lotería, en esta clase de locales), Carlos Peters Barrera, Hernán Millas, Germán Marín, Tito Mundt, Juan Emilio Pacull, Enrique Lafourcade y Oreste Plath, uno de los principales informantes literarios al respecto, este último. Alguna vez se ha dicho que hasta Neruda pasó por ahí, al menos en la leyenda. "Era el tiempo del cubilete y del dominó", escribiría Plath refiriéndose a la boîte.
Uno de los jugadores de cacho allí dentro habría sido también el caricaturista Raúl Figueroa Silva, más conocido por su pseudónimo Chao, hijo de Pedro Pablo Figueroa, el autor del "Diccionario Biográfico de Chile" que tanto facilitó la labor periodística nacional. Apodado Guatón Chao por sus amigos del club, dice Plath que "era ostentoso cuando ganaba y cuando perdía se volvía rabioso y derramaba las copas". Y si bien el mismo autor comenta que Teófilo Cid prefería almorzar en el vecino "Club de Ambulantes de Correos", puede sospecharse que hubo una época en que también dejó huella dentro del "Black and White", de acuerdo a algunos testimonios orales.
"...como siempre -escribió Peters Barrera describiendo el recinto-, olía a tabaco y encierro. Sobre el largo y alto mesón de madera del bar reposaban -como reliquias sagradas- un par de frascos de vidrio con oscuras cebollas escabechadas que flotaban en vinagre, además de un indolente gato negro que miraba con desinterés el ajetreo de los mozos".
Vista del "Black and White", en el famoso mesón de la barra con la cotizada chicha dulce en jarras. Imagen original de Pablo González, perteneciente a la colección del Museo Histórico Nacional.
Clientes reunidos en el interior del local. Imagen original de Pablo González, perteneciente a la colección del Museo Histórico Nacional.
Por su parte, el profesor de música Agustín Cullell, el compositor Eduardo Maturana y el diplomático Carmelo Soria, solían reunirse en varios bares bohemios de esos años, pero especialmente el "Black and White", como lo cuenta el primero de los nombrados en un homenaje publicado en la memoria del fallecido Maturana el año 2003, en la "Revista Musical Chilena":
"También son los años de una enriquecedora bohemia. Por ella transitan intelectuales y artistas recorriendo los emblemáticos bares y cafés del Santiago nocturno. Acompaño a Eduardo en estos peregrinajes y el recuerdo me trae a la memoria las tertulias del Café Iris en Alameda con Estado, donde se reúne con uno de sus inseparables amigos, el grande y malogrado poeta Teófilo Cid, arrastrando siempre su orgullosa miseria dentro de un raído y manchado gabán. Al grupo se solían integrar otros conocidos personajes: Andrés Sabella, Manolo Segalá -un pintor catalán excéntrico, más tarde desaparecido en Brasil- junto a dos que con el tiempo se harían célebres: Alejandro Jodorowsky y un joven y tímido Jorge Edwards. Tales romerías se proyectaban igualmente a distintos lugares no menos simbólicos: El Negro Bueno, El Bosco, Café Sao Paulo y sobre todo el Bar Black and White al interior de la antigua Casa Colorada, en cuyo amplio recinto Eduardo, Carmelo Soria, mártir de la dictadura, y quien esto escribe, jugábamos interminables partidas de ajedrez hasta altas horas de la madrugada. Es también la época en que Eduardo destaca como impulsor de dos importantes proyectos: la creación, junto a Salvador Candiani de una nueva orquesta, por cierto de corta vida, la Sinfónica Santiago (1944), dirigida por este último, y la fundación de la Sociedad Tonus (1950), orientada a la divulgación de la música de vanguardia".
Amigo de estos personajes era un garzón llamado Samuel Fuentes, quien recordaba el nombre de todos sus clientes más antiguos al momento de recibirlos, saludarlos y atenderlos. Era el mismo encargado de escribir en pizarras afuera cuál era el plato del día. Dentro del local, demás, estaba lleno de carteles y rayados en paredes y vidrios anunciando platillos y tragos disponibles al público. Vimos que los favoritos eran las guatitas y riñones al jerez acompañados con arroz pero, de entre todos los sándwiches, el más solicitado era el "tártaro" según recuerda Plath. Al parecer, para esquivar las restricciones de la Ley de Alcoholes, cuentan que a veces le colocaban frente a los clientes que sólo pedían tragos, unos cubiertos y platos sucios simulando que habían almorzado algo, práctica que todavía se utiliza en muchos negocios de Santiago para desafiar las puritanas e irreales exigencias de la misma clase de legislaciones.
De acuerdo a las fuentes consultadas, la caída del club podría haber comenzado con los años sesenta a setenta, y dicen también que siendo tomado por un público menos brillante y lucido que el de sus mejores años. Coincidentemente, don Silvio Tonolli falleció en 1969 según anota Plath, quedado heredado el negocio en manos de sus hijos y un yerno. Quizás hicieron sus mejores esfuerzos al respecto, pero el ocaso de la antigua bohemia en esos años y en especial en los setenta, se notó en ciertos cambios ambientales del local y del mismo barrio. Además, durante la discusión del proyecto de ley sobre Monumentos Nacionales (Ley Nº 17.288) a inicios de 1970, ya había comenzado a proponerse sacar a los bares de esta histórica casona colonial. En aquella ocasión, el controvertido diputado socialista Mario Palestro peinó sus gruesos bigotes con un discurso en el que declaró lo siguiente, sacando al baile el que muchos miembros de la Cámara también frecuentaban aún la cantina en esos años, según él:
"La Casa Colorada se ha convertido en una especie de mercado persa en pequeño, de donde los amigos que van al 'Black and White' -más de algún Diputado lo conoce- salen haciendo los correspondientes zigzagues antes de tomar la movilización para sus casas, si es que son capaces. Estas cosas hay que arreglarlas. Como se ha dicho, se pretende dejar las calles Compañía y Merced exclusivamente para peatones, para preservar esas reliquias ahí, justamente donde se estableció el primer Gobierno de Chile".
Según los testimonios y algunas leyendas negras sobre el barrio, éste terminó sus días más cerca de los cabarets y con mucha presencia de homosexualidad marginal, prostitutas, copetineras y los infaltables gañanes de mala vida con más de algún roce con la justicia, además de la fuerte presencia del tráfico de polvo de ángel y otras extravagancias en la recreación de los oscuros últimos comensales que afectaron el comercio alrededor del kilómetro cero. Verdad o no, allí, en medio de la vorágine céntrica, el resistente "Black and White" se acabó aproximadamente hacia abril de 1976, cerrándose su destino también con el proyecto de transformación del uso de la antigua edificación colonial.
Había comenzando ya, pues, una nueva época para la Casa Colorada, seguida de la gran restauración de 1978 a 1980 y su disposición a ser la limpia e impecable sede del Museo de Santiago.
La Casa Colorada, sede del Museo de Santiago. La entrada entre los locales más cerca de la cámara son los que ocupaba el "Black and White" entre los años cuarenta y setenta.

martes, 5 de junio de 2012

LA MANO DE KULCZEWSKI EN MAPOCHO: LA PISCINA ESCOLAR TEMPERADA DEL CLUB DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE

Acceso de avenida Independencia con la Piscina Escolar de fondo, en 1969. Alcanza a verse el famoso cartel de neones de "Aluminio El Mono", ya desaparecido. Fotografía de Josep Alsina, del actual archivo del Museo Histórico Nacional.
Coordenadas: 33°25'53.33"S 70°39'8.43"W
La Piscina Escolar del Club Deportivo de la Universidad de Chile es uno de los más artísticos trabajos del arquitecto Luciano Kulczewski García (1898-1972), sin parangón en toda la ciudad. Por lo mismo, aprieta el alma ver al estupendo y original edificio deportivo, de uno de los más grandes arquitectos nacionales y exponente de estilos de radical influencia en la identidad de Santiago, humillado en todo su exterior, agrietado y vandalizado por infames grafiteros que hasta han escalado sus muros para seguir afeándolo y tratando de convirtiéndolo en una inmundicia digna de sus propios guaridas y cubiles. La Piscina Escolar está, acaso, pidiendo a gritos un rescate que la salve del deterioro y del maltrato.
El origen de este singular edificio se encuentra en un proyecto para ocupar uno de los terrenos que había quedado ganados al río por la ribera Norte, luego de la canalización y estrechamiento del cajón del Mapocho, en las grandes obras realizadas entre 1888 y 1891. Se trataba de una planta situada entre las calles Santa María, Independencia, Artesanos y que quedó como cuadra propia al abrirse después la avenida La Paz hacia el Cementerio General, en 1907, haciéndose provisoriamente allí una plazoleta con arbustos.
El proyecto contemplaba construir una amplia piscina techada y de aguas temperadas, primera de estas características en el país, especialmente disponible a los escolares chilenos y al cuerpo deportivo de natación de la Universidad de Chile. Fue hacia mediados de los años veinte que comenzó a materializarse la intención de ejecutar obra, encargándole los planos a Kulczewski. Se recordará que el consagrado arquitecto es el mismo autor del Edificio de la Gárgola, al inicio de calle Merced frente al Parque Forestal, y la actual sede del Colegio de Arquitectos, entre otras importantes obras de Santiago.
Fuente imágenes: "La arquitectura de Luciano Kulczewski: un ensayo entre el eclecticismo y el movimiento moderno en Chile", de Fernando Riquelme (Santiago, 1996).
La piscina en los Planos de Kulczewski.

Luciano Kulczewski, el arquitecto.
¿CUÁNDO SE CONSTRUYÓ?
En 1926, se fundó oficialmente el Club Náutico Universitario, importante grupo que iba a ser el gran interesado en la proyectada piscina, para sus actividades de natación y polo acuático. Además, la rama tiene el mérito de haber sido uno de los pilares de la fundación del popular Club Deportivo de la Universidad de Chile, aportándole también el famoso "chuncho" emblema del club al año siguiente, insignia que antes había sido la suya en el equipo náutico. Esto último está confirmado por artículos de la revista "Los Sport" previos a 1928 y por otros de la revista "La U", que aparecen mencionados en la página web oficial de la Universidad de Chile, haciéndose el siguiente extracto de uno de ellos:
"El diseño de este chuncho fue traído desde Alemania por Don Pablo Ramírez, distinguido dirigente de la natación que llegara a convertirse en un hombre público... El chuncho de la U simboliza la sabiduría, el conocimiento mutuo, la armonía entre el cuerpo y el espíritu, suprema aspiración del deporte bien entendido".
Fue otro dirigente de natación, don Horacio Ramírez, quien adaptó el símbolo y utilizó como emblema del "Club Náutico" en 1926, pasando de allí al club mayor. De alguna manera, entonces, el origen de la propia Piscina Escolar y la rama universitaria de natación, está vinculado al surgimiento del Club Deportivo de la Universidad de Chile y a su característico heraldo histórico del chunchito azul.
En tanto, las agitaciones políticas de la época o bien las dificultades económicas habían prolongado la consumación del proyecto de construcción de la piscina, generando confusiones en algunas fuentes sobre cuál es el año de su inauguración, que es paseado entre fechas que van de 1924 hasta 1937, según mi impresión. También habían existido conflictos con ciertos intereses en destinar ese mismo terreno ganado al río a la construcción de dependencias para la Biblioteca Nacional o bien de un recinto educacional con infraestructura de punta para aquel entonces, pero el propio Pablo Ramírez, a quien apodaban "el Ministro de las piscinas", se opuso tenazmente resguardando su destino ya decidido, pues era su sueño que todos los escolares chilenos aprendieran a nadar en la infancia y surgieran de allí las generaciones de futuros campeones.
A mayor abundamiento, corresponde explicar que el plan del controvertido Ministro de Hacienda, expresado hacia 1928 y resistido por muchos grupos políticos e intelectuales de entonces, era colocar para habilitar cuatro piscinas en zonas altamente pobladas de la capital chilena, una de las cuales era la de Mapocho. A la sazón, sabían nadar menos de un millón de los 8 millones de chilenos, y era tradicional que nuestro país sacara todo el tiempo los lugares más bajos en las competencias de natación, por falta de infraestructuras para entrenamiento y práctica profesional.
Así entonces, la construcción del edificio que originalmente iba a ser llamado Pileta Escolar de la Universidad de Chile, se concretó durante los años del primer gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo, siendo inaugurado definitivamente en 1929, como lo señala una placa trizada de piedra colocada afuera en la fachada, junto al acceso principal. Quizás meta la cola, también, alguna falta de objetividad o imprecisión influida por la política, atribuible en algunas fechas mal reportadas sobre el año de entrega de la obra.
CARACTERÍSTICAS Y ESTILO
Situado en la dirección de avenida Santa María 983, haciendo esquina con la entrada de calle Independencia, el resultado fue una construcción que se ha descrito varias veces como tremendo referente del estilo art decó en Santiago, especialmente por su potente fachada de cornisas y pilastras. Con cerca de 55 metros de largo (Sur a Norte), el recinto ocupa aproximadamente unos 3.500 metros cuadrados, incluyendo el frontis (dos pisos) y la piscina techada hoy dividida en ocho pistas.
Este estilo art decó tiene cierta presencia a este lado del barrio Mapochino, por cierto, ahí en las puertas de La Chimba y manifiesto en otros ejemplos como el edificio del Centro de Salud Norte (ex Policlínico de la Caja del Seguro Obrero) y algunas viejas fachadas de casonas por el lado de Recoleta. En la piscina son característicos también los "aleros" de artesones de albañilería en el exterior, donde están las entradas secundarias, sostenidas por pares de columnas gruesas y con los espacios lacunarios superiores vacíos. La parte trasera, en cambio, es más sencilla y sigue la forma triangular del galpón de la piscina, con vanos geométricos y pilastras. Se lo considera, además, una de las primeras manifestaciones del movimiento arquitectónico moderno en Chile, que se extiende desde mediados de los años veinte hasta mediados de los sesenta.
"Tanto el país como el Kulczewski de entonces -escribió el historiador Miguel Laborde en "El Mercurio" (13 de mayo de 2000)- buscaban dar un paso más hacia la modernidad; pero no en la dirección que proponían las vanguardias. De 1929, muestra muy gráficamente el "disfraz" de la masa potente y moderna que se recubre, enmascara, ornamenta, con elementos geometrizados que la hacen más digerible por los habitantes de la época. Pero igual exhibe una fuerza nueva, la presencia de una estructura eficiente y sólida; por entonces, el Banco Central y los edificios Turri de la Plaza Baquedano, pioneros, ya daban cuenta del mismo cambio estético".
Sin embargo, hay otras influencias eclécticas en el diseño de la piscina, que trascienden al art decó: el galpón interior también es un ejemplo palpable de la arquitectura en hierro surgida de las escuelas de Pritchard y Eiffel, que en el mismo barrio ha tenido ejemplos tales de este estilo como los puentes del Mapocho (especialmente el Puente de los Carros), el edificio de ferretería del Mercado Central, el interior de la Estación Mapocho, los desaparecidos kioscos comerciales de la Plaza Venezuela y la garita del tranvía que existió largo tiempo allí también. No es todo: en las terminaciones y ciertas características de los vanos, ventanas, vidrios y puertas metálicas, hay decoraciones de un tímido art nouveau, mucho más simplificado y sencillo que aquél manejado por Kulczewski en otras obras de su autoría, reducido aquí sólo a sugerencias. Cabe notar que la palabra "Piscina" está inscrita afuera sobre el acceso al edificio, en caracteres cursivos que también simulan organicidad, en este caso semejando deliberadamente a la letra manuscrita.
A pesar de estos pequeños detalles, la ornamentación general del edificio es mínima. Quizás por esto, el hall frente al acceso fue decorado con estatuas antiguas de evocación clásica, para darle al recinto uno de los pocos elementos de realismo figurativo que pueden observarse dentro del mismo, aunque no pertenezcan al diseño. Una de ellas corresponde a un modelo en minitaura del diseño de la Estatua de Caracas del Cerro Santa Lucía, del Trofeo Andrés Bello extendido por el Embajador de Venezuela don José Abel Montilla, al Club Deportivo de la Universidad de Chile en 1944.
La piscina propiamente tal, temperada, bien iluminada con la luz del día y la artificial durante las noches, fue toda una novedad para la época: tiene 25 metros de largo por unos 17 metros de ancho. Originalmente, tenía una pendiente descendente que bajaba hasta los 2.80 metros de profundidad, muy temidos y peligrosos para los inexpertos, como comentaba Armando Méndez Carrasco en las "Crónicas de Juan Firula". Pero esta profundidad, más cerca de nuestros días, le fue reducida a 1.70 metros. En la "Revista de Educación" del Ministerio de Instrucción Pública, se declaraba con orgulloso en 1934, elogiando estas características:
"Mens sana in corpore sano (mente sana en cuerpo sano). Por siglos de siglos se está repitiendo este aforismo. Mantenga usted su cuerpo es perfecto estado de aseo y lo mantendrá sano. La piscina Escolar Temperada le ofrece esta oportunidad. Está abierta todo el año de 8 a 20 horas y sus aguas son desinfectadas mecánicamente a base de cloro, soda y piedra alumbre. La única en su género".

Joven nadadora deportiva en la piscina escolar, en fotografía de 1965 tomada por Eugenio García y actualmente en las colecciones del Museo Histórico Nacional.

Algunas actividades en la piscina, en 1972: ensayos del grupo de danza "Aucamán" del Instituto de Educación Física, y un muchacho con impedimentos físicos saltando al agua, como parte del programa de rehabilitación de niños discapacitados del Departamento de Educación Física y Kinesiología de la Universidad de Chile.
CAMBIOS EN EL ENTORNO
La piscina se convirtió en un importante centro de actividad del sector, visitado no sólo por estudiantes, sino también por curiosos y familias completas. Don Elías Maturana, un recordado y querido fotógrafo de cámara minutera, se instaló en el lugar en 1942, permaneciendo en el Barrio Mapocho por cerca de otros 60 años más, ofreciendo allí su oficio. Retrató a muchos de los bañistas que frecuentaban el lugar, antes de cambiarse hacia el lado del Mercado Central. Por esos mismos años, la Universidad de Chile promovía su piscina ante el público en los siguientes términos, en un documento institucional de la casa de estudios:
"Piscina Escolar Temperada.- Es una institución que sirve las necesidades deportivas de la ciudad entera. Provista de un magnífico edificio, dotado de instalaciones muy completas, es el lugar obligado de las competencias de natación en Santiago".
Sin embargo, el edificio más importante de la natación de entonces, lucía un tanto aislado dentro de la cuadra, por ser de los más altos entonces y vecino a un temido sector del barrio conocido como el "Luna Park", así llamado por un hotel y centro de recreación que existía allí con ese nombre y sobre el cual se montó, años después, el famoso y desaparecido cartel de neones de "Aluminio El Mono". Atrás de la piscina estaba cerca la recientemente demolida mansión Montt Montt de calle Artesanos, bella casona decimonónica después destinada al servicio sanitario y que, en esos años, estaba encargada a la atención de pacientes con enfermedades de transmisión sexual, principalmente mujeres de vida menesterosa.
No parecía ser un barrio típico para instalar una valiosa piscina deportiva, pero sin duda que el edificio ayudaba a dignificar el sector. Alejandro Magnet cuenta también, en un trabajo sobre el Padre Hurtado, que el sacerdote iba a buscar niños pelusas abandonados del Mapocho para darles albergue, los que se colocaban contra una pared de la piscina llamada "el muro caliente" (donde estaba el calefactor del agua) para capear las noches frías. Mario Olea Guldemont, por su parte, dice en sus "Crónicas otoñales" que las duchas del recinto fueron ocupadas un tiempo para la salubridad pública:
"Los servicios de salud y la policía literalmente "arreaban" a cuanto pobre diablo zarrapastroso divisaban por las calles de Santiago; los conducían a la Piscina Escolar y allí los bañaban, "pelaban" y desinfectaban".
Frente al lúgubre hotel señalado, al inicio de la Plaza de los Artesanos había por entonces una tierra de nadie con campamentos y ferias de cachureos que alcanzaban a saltar la avenida La Paz y tocar el lado de la Piscina Escolar. Robos, prostitución y violencia se reunían allí en esos no demasiados metros cuadrados hasta que, interpretando un largo clamor de los vecinos, el Alcalde de Santiago don José Santos Salas decidió erradicar de allí el tenebroso gentío del "Luna Park", en un completo plan de 1947-1948 que consistió en pasar los viejos galpones abandonados de la empresa del tranvía a los comerciantes de La Vega Chica, el desplazamiento de la feria de antigüedades y cachureos a la otra ribera del Mapocho (cerca de la Cárcel Pública) y la erradicación de los campamentos de la Plaza de los Artesanos para construir allí las pérgolas de las flores, para las vendedoras que acababan de ser obligadas a retirarse de la Alameda.
Uno de los conjuntos para los floristas se levantó tanto en este lugar preciso de la cuadra en la plaza, correspondiente a la Pérgola Santa María, mientras que la otra se hizo cruzando La Paz y vecina a la Piscina Escolar, correspondiendo a la Pérgola San Francisco. Ambos recintos fueron diseñados y construidos con puestos de albañilería sólida, originalmente sin el galpón que se les instaló después, y con un sencillo estilo art decó que, en la práctica, buscaba alinearse con la estética dominante allí representada por la piscina.
En una entrevista de la revista "Bifurcaciones" al cineasta Sergio Castilla, leo un interesante recuerdo sobre la relación entre esta pérgola floral y la Piscina Escolar (donde él ganó un campeonato nacional de natación), mientras describe algunos pasajes de su filme "Gringuito":
"La Pérgola de las Flores está en la película porque pasé muchas veces por allá, cuando iba a la piscina de la Universidad de Chile, que quedaba al frente. Yo era nadador y en esa piscina salí campeón de Chile. Recuerdo que el día de la carrera, para la suerte, me compré unas flores. Una de las cosas que me enseñó mi madre fue el gusto por las flores".
Por esta misma ubicación adyacente de las pérgolas, es inevitable que en las famosas pasadas de grandes cortejos fúnebres entre cascadas de pétalos arrojados tradicionalmente por las floristas a uno y otro lado de la avenida La Paz, siempre aparezca al menos una parte de la Piscina Escolar en las fotografías o filmaciones que se han hecho documentándolas.
HACIA NUESTROS DÍAS
A lo largo de su historia, la Piscina Escolar no sólo ha visto pasar grandes nadadores y torneos del Club Deportivo Universidad de Chile, sino también importantes encuentros estudiantiles, actos culturales y hasta ha servido de albergue en períodos de lluvias torrenciales, emergencias o catástrofes. En los años cincuenta y sesenta, se hacían los concurridos campeonatos interescolares de natación, a los que acudían alumnos de todo Chile. Todavía son muy populares sus Olimpiadas Interfacultades.
En otras épocas, también hubo en la piscina espacio para la música y el boxeo. Hacia los setenta, fue casa de los ensayos del grupo de baile folklórico "Aucamán" y de los entrenamientos del Instituto de Educación Física. A partir de 1972, también fue sede del inicio de un proyecto del Departamento de Educación Física y Kinesiología de la Universidad de Chile, destinado a dar terapias de rehabilitación en agua para niños con secuelas motrices de enfermedades como meningitis, poleomielitis o por falta de extremidades, programa pionero que se adelantó a la creación de la Teletón. Hasta poco antes de esos años, además, permaneció instalado en la piscina un trampolín de unos cinco metros de altura, retirado después por razones que desconozco. Vimos ya que la piscina era más profunda, característica que le fue modificada en tiempos recientes. Y fuera de las cursos de natación, se ofrecerán allí clases de artes marciales, aeróbica y salas con maquinaria de trabajo muscular, hasta ahora.
Tuve ocasión de conocer este edificio deportivo en casi todos sus detalles durante el año 1987, cuando fui alumno de un grupo de clases de natación en esta piscina, en la misma escuela de nado que todavía funciona allí. En las salas menores del recinto se ofrecían varias otras disciplinas complementarias o distintas de la natación, y la sala superior albergaba también varios premios y copas recibidos por el club. Los mismos camarines que por esos años ochenta todavía eran de gris albañilería desnuda, todos a nivel subterráneo, hoy están pulcramente embaldosados. Sí se conservan iguales esas graderías escalonadas para unas 400 personas cómodas, también de concreto, y por las que alguna vez han rodado pajarones temerarios, por su descuido al subir y bajar por ellas. Hubo ocasiones en que estas graderías se llenaron desde la base hasta la cima, especialmente en campeonatos de natación.
El olor del cloro y de la asepsia, característicos del recinto de la piscina, me acompañaban en esas noches fría del invierno, sin embargo con las aguas tibias allí disponibles para nosotros. Todavía conserva esta característica allí adentro. Por entonces, los alumnos salíamos con el pelo húmedo alrededor de las 22:00 horas y, hasta donde sé, fue la primera piscina chilena en ofrecerse abierta hasta este horario, aún vigente. Como fue mi primer contacto directo y regular con el Barrio Mapocho, abrigo especial cariño por estos recuerdos de adolescente en este lugar.
La Piscina Escolar, que en algún momento fue rebautizada oficialmente como Piscina Temperada de la Universidad de Chile, está declarada inmueble de Conservación por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, pero la necesidad de darle mantención y reparaciones me invita a pensar que necesita de la categoría de Monumento Histórico Nacional que pueda extender el Consejo de Monumentos Nacionales con justicia sobre esta extraordinaria y única obra, una de las mejores del currículo dorado de Kulczewski.
EL ESTADO DE CONSERVACIÓN
Si bien el edificio está estructuralmente firme, los efectos del deterioro causado por el paso del tiempo y algunas agresiones como las descritas al principio, se ha hecho patentes. Incluso ha desaparecido parte de su decoración, como las copas que coronaban las columnas al frente y atrás del edificio. Hubo quienes llegaron a hablar de un inminente peligro para la continuidad del edificio tras el último gran terremoto 2010, y algunos alumnos de la Universidad de Chile le organizaron un "funeral simbólico", tratando de alertar a las autoridades de las necesidades de darle reparación urgente al complejo.
Pero han existido manifestaciones de una intención por mantenerla, durante los últimos años. En 2005, por ejemplo, Chiledeportes entregó cerca de 237 millones pesos para el proyecto titulado "Plan de Mejoramiento de la Piscina Escolar de la Universidad de Chile", impulsado ese mismo año por la Dirección de Deportes y Actividad Física, algo que fue anunciado con grandes expectativas. En el acto de momentánea despedida del recinto en septiembre, cuando se la cerró para iniciar los trabajos, se realizó un multitudinario acto al que asistieron alumnos, deportistas y se realizaron exhibiciones de artes marciales más una presentación musical de cuarteto de guitarras, en presencia del Rector de la Universidad y otras autoridades. La piscina reabrió sus puertas en mayo de 2007, con varias reparaciones de sus estructuras y también mejoramientos técnicos al interior del recinto. En casi 70 años de existencia, nunca antes había recibido más que parciales reparaciones, la mayoría de carácter estético o mejoramientos, de modo que esta era la primera vez que se le hacía una mantención tan profunda.
Sin embargo, el terremoto de 2010 causó notorios daños en parte de la fachada e interiores, provocando caídas de material a la calle. Coincidentemente, el año anterior se había propuesto iniciar un plan maestro que pretendía remodelar el Barrio Mapocho, del que formó parte la destrucción de las antiguas pérgolas y la feria Tirso de Molina para ser reemplazadas por los modernos edificios comerciales que allí existen ahora.
En junio de 2011, la piscina fue parte de las visitas hechas en Santiago por expertos en restauración del Departamento de Patrimonio Nacional del Ministerio de Cultura de Polonia, acompañados por miembros del Consejo de Monumentos Nacionales. Iban motivados tanto por el origen polaco de la familia Kulczewski como por el hecho de que haya sido rector de la Universidad de Chile don Ignacio Domeyko. Ese mismo año, la Dirección de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas llamaba a licitación del proyecto titulado "Conservación Piscina Escolar Universidad de Chile". Se está en este tránsito, actualmente.
Durante el Día del Patrimonio de mayo 2012, la Piscina Escolar estuvo abierta por primera vez para los visitantes con visitas patrimoniales y guías, además de un pequeño homenaje a Kulczewski, montándose también una pequeña exposición fotográfica en la sala superior donde están los premios. Espero que sea sólo la primera de todas las que vienen.
El día que sean reparadas las cornisas artísticas de su fachada y se borren los horripilantes rayados de pintura aerosol en la parte baja y alta del edificio, procurando que no se repitan, la Piscina Escolar de la Universidad de Chile podrá volver a su esplendor original, ese que mantuvo intacto por tantos años... Y a ver si nuestra sociedad es capaz de "alcanzar" el nivel de desarrollo y cultura que, al parecer, sí teníamos hace 80 años para con la comprensión del valor de algunos edificios históricos.

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