sábado, 21 de abril de 2012

MAURICIO ANDRÉS: UN ÁNGEL CAÍDO JUNTO AL RÍO MAPOCHO

Coordenadas: 33°25'54.39"S 70°39'9.48"W
Mauricio Andrés fue otro personaje del sector de las pérgolas, aunque en una actividad muy distinta y menos célebre que la tradicional venta de flores en el barrio. Una ocupación injusta, en un orden del mundo también injusto y que, además, le costó la vida, para incrementar el sacrilegio contra su niñez... La siguiente es la más popular y generalizada de las versiones que circulan en el barrio sobre la historia que se esconde en esa silenciosa animita.
La historia popular de Mapocho dice que el chico llegaba todas las mañanas a vender sus chatarrillas azucaradas entre los usuarios de la infernal locomoción colectiva del barrio. Habría dejado el colegio para continuar con esta actividad, dicen acá. La incursión en el comercio de este tipo se había disparado en los tiempos de la Recesión Mundial, cuando literalmente muchas familias de Chile no quedaron ni con ropa sucia. Eran los años de la venta masiva de los calugones “Pelayo” y las “Merendinas” (“bizcochito que fascina”, decía la propaganda); los chocolates “Yico” con 0% de cacao, o esa masa mórbida de malvavisco rosa bañado en algo que también decía ser chocolate, llamada “Oba Oba”. Más tóxicos parecían los colores de esas tabletas dulces llamadas “Pololeando” o algo así, y que tenían una estética hippie en el diseño de su envase.
Cuentan que Mauricio aparecía con su caja de alguna de estas golosinas compradas en distribuidoras de confites como las de San Diego o Meiggs y allí, en las puertas de La Chimba, ofrecía a los viajeros que venían por Independencia y Santa María la posibilidad de completar el viaje en la locomoción colectiva convirtiendo en un verdadero picnic el tedio de un traslado que solía durar hasta una hora y media, algo que por entonces, en años sin Transantiago, ya se consideraba terrible.
Dicen también que el apellido del muchacho era Maldonado, aunque otros insisten en que era Mardones. No pocos aseguran que nunca fue un niño, sino un muchacho mayor, pasados los 20 años. Pero otros testigos de aquellos años informan que habría sido un chico rechoncho, de rasgos formados por la inclemencia de una vida dura y humilde. Segun ellos, era más bien pequeño, aunque ya comenzaba a entrar a la adolescencia y avanzaba hacia el famoso “estirón” que lo presentaría ante la juventud a la que, desgraciadamente, nunca le llegó.
De acuerdo a esta versión, su rango de acción era el Puente Padre Hurtado, allí mismo donde el sacerdote recogía a niños en la misma condición vulnerable que el muchacho, para darles acogida en el Hogar de Cristo, como hemos visto. Lugar peligroso, que ha sido regado por la sangre de otros accidentes y atropellos, según recuerdan funcionarios y residentes del barrio. El Mauricio de la leyenda en torno a su animita, así, era presa y esclavo de una constante de Mapocho, condenado a completarla también hasta en la conclusión trágica que allí suele apoderarse del destino de sus actores y en este caso sin respetar siquiera su aparente corta edad, en aquellos mismos días de protestas populares de los años ochentas, según calculan algunos testigos de esta historia.
Si el mito es cierto, Mauricio subía al vuelo esos microbuses en recorrido para vender sus mercaderías. Bajaba con la misma agilidad, como todo pelusa, de esos niños de la calle que abundaron en el barrio y que, como hemos dicho, nunca se han ido del todo.
Los locatarios lo querían: nos relatan cómo le regalaban frutas, bebidas y alguna cosita poca para que llevara a su casa. Algunos pergoleros que tienen sus puestos por el lado del edificio de la Piscina Escolar lo conocían y le saludaban a diario. Lo mismo con los kiosqueros del otro borde, en la ribera Sur, que antaño se extendían en una larga hilera junto a la ex Plaza Venezuela, y de los que sólo sobrevive una garita a la salida del puente, donde atiende una conocida puestera del barrio que también conoció de cerca al ángel caído de Mapocho y que nos ha servido como otra de las fuentes de información sobre Mauricio.
Así transcurría la vida del niño, cruzando mil veces al día ese puente; saltando de un lado a otro del río con su eterna caja de dulces, con las monedas de 10 pesos en sus bolsillos, muchas de ellas en su versión grande y grotesca, y las otras acuñadas con la efigie de la alegoría de la libertad celebrando a alas desplegadas el 11-9-1973, mismas que ahora se retiran y esconden con pudor, pero que en las cárceles son tomadas y guardadas como amuletos por algunos reos. El ángel que apenas abrazaba las puertas de la adolescencia, se hacía espacio ofreciendo sus golosinas entre gente cansada de camino al trabajo o fatigada tras una larga jornada, endulzándoles en algo la vida dentro de esas máquinas de locomoción recargadas con decoración picante y mensajes que pretendían ser graciosos en medio de instrucciones imperativas como “No fumar”, “Prohibido hablar con el chofer” o la nunca respetada indicación “Capacidad: 23 pasajeros sentados, 15 de pie”.
El querido y popular pelusita de la leyenda, solía interceptar principalmente a los pasajeros de los microbuses que venían por Independencia para cruzar el río haciéndole una vuelta por el costado de Estación Mapocho para tomar Teatinos hacia el lado de la Cárcel Pública. Abordaba los grandes vehículos en el sector de la Pérgola San Francisco y la Piscina Escolar que se encuentra tan a mal traer y opaca al momento de escribir estas líneas, que ya parece amenazada quizás con pasar también a nuestra lista de especies extintas.
Pero un día llegó la tragedia para Mauricio. Los que hablan de él como un muchacho mayor, cuentan de un accidente en su bicicleta. Pero los defensores de la memoria del niño “angelizado”, dicen que fue su buen cálculo para abordar y abandonar los microbuses le falló, de la mano de un aparente error del chofer, de esos que no se caracterizaban en aquellos años por su buen trato o docilidad con el usuario, precisamente.
Todo fue tan rápido como dramático: una de las extremidades del niño habría quedado enganchada en la rústica puerta del microbús, de aquellas que cerraban con brutalidad y que seguramente truncaron la rectitud de más de alguna nariz. El muchacho, con su otra mano ocupada por la caja de dulces, intentó zafarse cayendo arrastrado por el pavimento. La temida doble rueda trasera finalizó la traumática escena, y una monstruosidad voluminosa llena de ruidos metálicos le pasó encima, apagando para siempre su vida, y dejando su cuerpo tendido en la entrada Norte del Puente Padre Hurtado, destruido como una muñeca de porcelana estrellada en el pavimento… Horrible y espantoso; aterrador. Para cada alma en la comunidad mapochina, la noticia fue un hecho devastador, o acaso la génesis de un mito.
Seguramente fueron sus familiares los que instalaron para su memoria una pequeña animita, en la avenida Santa María llegando a Independencia, a un lado del puente y sobre la orilla misma del río Mapocho, en el escenario de su conmovedora tragedia. Y Mauricio Andrés, en la conciencia y la cultura animística nacional, quedó allí para siempre, alojado en la permanencia del barrio, recordándonos la fragilidad y relatividad de la vida, en contraste con la solidez e irreversibilidad de la muerte.
La cercanía de las pergoleras garantizó la presencia diaria de flores en su casuchita frente a la piscina. La escoltan las velas y los agradecimientos. Como tantos otros intermediarios del mundo divino con el terrestre en las riberas del Barrio Mapocho, comenzó a demostrar su generosidad intercediendo al ser solicitado con las rogativas. El ángel de Mapocho, quizás caído víctima de la propia vida dura que encontró allí, ahora concedía favores y generaba un culto alrededor suyo.
Muchas personas se hacen devotas, incluso fuera de Santiago. Su animita nunca está sin flores coloridas y frescas, como si Mauricio Andrés viviera en esa pequeña casa y solicitara la belleza floral para su jardín. Alguna vez su rincón fue mucho más grande y elegante que en nuestros días, pero los infaltables vándalos del vecindario lo han destruido varias veces. Hace poco le volaron su techito. Los devotos, sin embargo, han vuelto a reconstruir la animita, valiéndose de materiales a prueba del frenesí de destrucción y de la inferioridad cultural del borracho callejero promedio.
El ángel caído de la ribera, ese paria de una sociedad mezquina e ignominiosa, quedó constelado eternamente en ese recuerdo legendario del niño trabajador y esforzado. Sigue allí entonces, con su fama de ser extremadamente cumplidor, entrando a la competencia milagrosa con otras veneradas animitas de la capital, como Romualdito, la Carmencita, la Marinita, la Novia o Alicia Bonn.
Hay otras versiones hablando de Mauricio como un adulto, o bien un muchacho atropellado en su bicicleta. Como sea la historia real, ésta será, por excelencia, la animita de Barrio Mapocho, a pesar de los maltratos y el vandalismo. Quizás sea demasiado nueva todavía para consagrarla; es verdad… Pero ya es suficientemente antigua ya como para tratar de ignorarla.

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