miércoles, 14 de marzo de 2012

UN ACÁPITE SOBRE LA ESTÉTICA AFRANCESADA DEL SANTIAGO CLÁSICO

Intendente Benjamín Vicuña Mackenna.

Ya he hablado antes de la influencia de las casas artísticas francesas sobre la producción de piezas ornamentales en Santiago de Chile, particularmente del caso relativo a la famosa fundición Val d'Osne, a la que ya dediqué una entrada. También debe considerarse la relevancia de las piezas de otras casas de metalurgia artística francesa, como las fuentes de la compañía Ducell et Fils, entre otros ejemplos.

Es frecuente escuchar de algunos críticos, al respecto, que la presencia de las obras de Val d'Osné o Ducell et Fils en países como Chile, Argentina o Brasil, además de estilos arquitectónicos o urbanísticos de evidente influencia parisina en sus grandes ciudades, forman parte de un proceso de sencilla y vulgar imitación de la visión europea sobre la estética urbana, especialmente la francesa y a veces recalcándose que esto iría en desmedro de la identidad local de las urbes.

Tengo mis observaciones a este juicio, sin embargo, aunque me ponen de punta con los críticos defensores a ultranza de tal idea que, en mi opinión, merece algunos matices, pues la suposición base en este caso es que, al tener como referencia de emulación a ciudades como París o Londres, las capitales latinoamericanas habrían optado voluntaria y deliberadamente por hacerse semejantes a ellas en arquitectura, artes, ornamentación y fontanería pública como forma de sintonizarse con el modelo general europeo, que era seguido como rasgo de modernidad fácil y de progreso "oficial", en desmedro de factores propios de identidad cultural. Se habla incluso, a modo de cargo histórico, de que se pretendía aspirar a "ser europeo" por esta vía de imitación estética y formal.

Para sostener estas interpretaciones tan radicales, por supuesto, se empieza citando las explícitas y altisonantes declaraciones dadas por el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna, uno de los grandes gestores de esta tendencia a la "evolución dirigida" en el desarrollo urbanístico nacional, sobre su interés de convertir a Santiago "en el París de Sudamérica"; o bien se recuerda la cantidad de ornamentos de origen francés reunidos en estudios notables como la obra "Arte de la Fundición Francesa en Chile". La arquitectura dominante en palacios santiaguinos, en el Teatro Municipal, en la Quinta Normal e innumerables otros ejemplos, también sería demostración de esto, y por momentos se hace imposible discutir lo contrario.

Las crónicas avalan, para bien o para mal, esta comparación entre la urbanística de la pobre república y sus referentes europeos. En 1880, por ejemplo, el viajero italiano Antonio Carlo Napoleone Gallenga describía de la siguiente manera a la capital chilena, en su libro sobre Sudamérica:

"La ciudad de Santiago es realmente esplendida, con calles anchas y derechas y con buen pavimento empedrado; con arboledas y fuentes en las plazas, magníficos edificios públicos y suntuosas casas particulares; con la Alameda o avenida popular, de tres millas de largo, regada por cuatro acequias; con un parque o un paseo para coches; y una Quinta Normal o hacienda modelo, ahora transformada en paseo fresco y de sombrío suelo, un palacio de exposición, un museo, y al final tiene un alto cerro, el Santa Lucia, visiblemente destinado por la naturaleza para una ciudadela como la Acrópolis de Atenas, desde el cual se ve toda la ciudad; como el Pincio en Roma, y dominando un largo panorama de llanura o montaña como el Superga en Torino, en realidad teniendo lo necesario para una nueva capital grande, rica y majestuosa. Mejor lugar para una ciudad habría sido difícil escoger. En el centro de un vasto y verde llano, rodeado por cerros morenos y atravesado por el río Mapocho, cuyo valle forma un brecha en la muralla de las montañas, abriendo un vasto panorama de las nevadas cordilleras con el Tupungato, que levanta su cabeza a un altura de más de 22.000 pies, un gigante de los Andes tan enorme que nuestro Mont Blanc difícilmente podría alcanzar hasta sus hombros".

En 1903, por su parte, Sir Horace Rumbold recodaba en Londres cómo era el Santiago que conoció justo treinta años antes, cubriéndolo de elogios que contrastan un tanto con otros juicios críticos hechos por viajeros de la misma época:

"...apacibles calles bordeadas de hermosas casas, la mayoría de ellas construidas según el modelo de aquellos petit hotel parisienses, aunque algunas en un estilo más pretencioso, y cuyo somnoliento reposo era turbado, ocasionalmente, por el rodar que producía un bien equipado carruaje que aventajaría a los del Bois de Boulogne".

El muy afrancesado Teatro Municipal desde la actual Plaza Mekis, hacia 1930.

El también afrancesado edificio Comercial Edwards de la Plaza de Armas.

Fotografía del Cerro Santa Lucía con su paseo recién inaugurado. En su aspecto general predomina evidentemente un aspecto francés y europeo clásico en general.

Una de las fontanas francesa de las Tres Gracias en modelo de Ducell, que estaban en de la plazuela del Ministerio de Marina y Guerra frente al Palacio de la Moneda, de estilo itálico, hacia el 1900. Actualmente, las fuentes están en el sector de La Bolsa.

El antiguo Portal Edwards de la Alameda de las Delicias.

Pero pecan de cierta parcialidad muchos opinantes obcecados con la idea de proponer que sólo un afán "europeísta" animaba a los urbanistas de Santiago en su primer siglo republicano, muy especialmente al Intendente Vicuña Mackenna y a los demás forjadores del aspecto neoclásico-modernista de Santiago de Chile, así como a doña Isidora Goyenechea se le acusa de lo mismo por su innovación ornamental en la ciudad de Lota. También se desconoce con ello el hecho de que la imitación del modelo urbanístico-artístico francés se vio favorecido en estas tierras por una asunto tan trivial como simple: el acceso técnico y la funcionalidad. La fontanería y mobiliario artístico francés, por ejemplo, era fabricado en serie y vendido a granel, mientras que estilos como la ferretería macano de Eiffel resultaron altamente convenientes para edificios públicos como el Mercado Central y los posteriores puentes del río Mapocho.

Sin embargo, la impresión de que prevalece solo un afán ideológico "europeísta" detrás del fenómeno de afrancesamiento urbanístico de Santiago y otras capitales en América Latina, se ve favorecida principalmente por otros viajeros extranjeros, sobre todo los del mundo anglo, como el periodista norteamericano James S. Whitman, quien al visitar Santiago en 1889 quedó convencido de que todo este afrancesamiento no era por semejanza, sino fundamentalmente imitativo y hasta dándole alcances sociológicos y comparativos por momentos un tanto exagerados:

"A los santiaguinos les gusta imitar en todo a los franceses y particularmente en su forma de vivir. Pasan la mañana con una taza de café y bollos hasta el dejeuner, en que se disponen a comer una cantidad de alimentos muy condimentados... Todo lo que proviene de Francia es particularmente bien recibido en Santiago. Las casas se amueblan al estilo francés; los productos franceses son los que dan el atractivo principal a las tiendas. La literatura que más apasiona es la novela francesa. El uniforme de los soldados es de corte francés. El gobierno envía a los jóvenes más prometedores a estudiar a París y la mayoría de los que reclaman una buena posición en la sociedad han visto al menos algo de la vida en la 'capital de la alegría'. Los comerciantes son en su gran mayoría extranjeros, franceses o alemanes".

Así, Whitman no logró visualizar vestigio o justificación de una influencia real (directa o indirecta) del modelo urbanístico parisino sobre esta capital. Hay registros de otros visitantes y cronistas que hasta se mofaron de lo burdo que les pareció un afán aristocrático, por construirse en Santiago residencias palaciegas y suntuosas, pero tan frágiles y de materiales tan modestos que sólo con los dedos podían removerles partes de sus columnas, molduras o decoraciones de fachada, tal como observaba el periodista viajero.

Ciertamente, había una obsesión aristocrática bien representada en el ilustre Intendente Vicuña Mackenna, por tomar elementos del mundo clásico mediterráneo y de la elegancia lujosa de la Europa romántica para trasladarlos a la urbanística chilena; un afrancesamiento evidente y explícitamente reconocido, en otras palabras. Además, las ideas libertarias encarnadas en La France también fueron inspiración de muchos otros intelectuales nacionales, desde los tiempos de la Independencia.

Sin embargo, conviene comprender que, a la sazón, quizás no existía otro gran referente urbanístico que no fuera el europeo, que se estimó por entonces como un verdadero renacimiento de las artes y la arquitectura. Ello sin contar la penetrante e importante presencia de ciudadanos franceses en Chile durante el siglo XIX, explicada por el propio Vicuña Mackenna en su extraordinario trabajo "Historia crítica y social de Santiago". La "importación" francesa a Chile es muy anterior a la Intendencia de Vicuña Mackenna, por supuesto, pero responde especialmente a aquel interés mundial que concitó la revolución urbanística y estética de Francia de la época que osciló entre la Primera República y el Segundo Imperio, en el siglo XIX. En 1848, el mismo año de ascenso del nuevo gobierno republicano en París, coincidentemente fue contratado por el Gobierno de Chile el arquitecto francés Claude François Brunet des Baines. Poco después, le siguieron sus compatriotas Lucient Hénault y Paul Lathoud, todos dejando su huella en importantes edificios de la ciudad.

El afán por parecerse a Europa, entonces, no era otro que la ilusión de querer participar del fenómeno de renovación urbana y progreso material que marcaba por entonces al Viejo Mundo, especialmente al gran referente constituido por Francia, y que también encontró émulos en otros países jóvenes de América, como el Brasil y los Estados Unidos. De alguna manera, era un intento por ir a la par de la modernidad y del desarrollo de aquellos años, como hoy en día es el referente tecnológico de vanguardia con referentes en Estados Unidos, Japón o los países nórdicos.

Fuente también francesa de la Casa de la Cultura de Ñuñoa.

Fuente Ducell de la plazoleta de calle Santo Domingo.

Los pioneros de la imprenta, en calle Santa Lucía junto al cerro.

Estatuas de los pioneros de la imprenta, de Val d'Osné, en el Cerro Santa Lucía.

Tampoco creo acertado proponer a Vicuña Mackenna como una punta de lanza de algún sentimiento "pro-europeo" en Chile, que fuera más allá de lo meramente estético y artístico dentro del concepto imperante en el urbanismo de entonces. La inclinación francesa también pudo haber sido abonada por el señalado sentimiento libertario que inspiró en los republicanos desde los tiempos de la lucha por la independencia, posteriormente traducida a la urbanística con la Revolución Haussman y la transformación radical de París.

Por muy obnubilado que Vicuña Mackenna se encontrara bajo la seducción de modelos europeos en todos sus aspectos y por mucho que se haya propuesto disfrazar a Santiago de París tanto como fuera posible, se recordará que él había sido uno de los fundadores de la Unión Americana, junto a otros personajes como Manuel Blanco Encalada, Manuel Antonio Matta, Isidoro Errázuriz, Federico Santa María y José Victorino Lastarria, organización que surgió precisamente como repudio de los intelectuales americanistas a las intervenciones europeas sobre Santo Domingo, México y las islas Chincha del Perú, fundándose en una paranoica creencia de que la vieja Europa, ya exhausta y culturalmente agotada, planificaba una reconquista sobre América Latina, continente joven y en proceso de unidad confederada que le abriría todo un horizonte de progreso y vanguardia en todos los ámbitos de creación humana. Vicuña Mackenna, de hecho, fue uno de los principales activistas que condujeron a la delirante guerra de 1865-1866 contra la flota española en favor del Perú, aventura inspirada únicamente en la alergia antieuropea entre los criollos y de la ilusión de la unidad americanista que no tardó muchos años en volver a quedar derrumbada.

Dicho de otro modo, la relación de Vicuña Mackenna y todos los demás "europeístas" de la urbanidad no era más distinta que la de cualquier encandilamiento con un fenómeno novedoso y promisorio, cuando Europa seguía siendo el referente principal de todo, especialmente en las artes y la cultura. De hecho, el ámbito estrictamente artístico y estético de irradiación francesa sobre el gusto aristocrático en la urbanística nacional, no habría sido posible de haber sido exclusivamente un "afrancesamiento" por mera imitación: se recordará, por ejemplo, que el modelo militar francés que existía en Chile, entró en franca revisión y decadencia en el país después de la Guerra del Pacífico (1879-1884), dada la actitud intervencionista y proclive a los Aliados que tuvo Francia en pleno conflicto, siendo ésta una de las razones por las que la profesionalización del Ejército de Chile desplazó al modelo francés-legionario optando por la prusianización, a partir de 1886. En el urbanismo y la arquitectura, en cambio, la influencia francesa seguía manteniéndose casi intacta todavía pasado el Primer Centenario de la República, de modo que no pertenecía a un fenómeno "integral" de copia generalizada o de aspiración a identificarse con la cultura francesa, sino sólo a un aspecto particular de imitación e inspiración.

Por otro lado, en todo este período alrededor del cambio de siglo, siguieron trayéndose a Chile y a otros países sudamericanos, piezas de mobiliario urbano procedentes de casas francesas como la Val d'Osne, cuyo trabajo y comercio de ornamentación artística eran un verdadero símbolo de esta expansión del gusto artístico europeísta del siglo XIX, por el mundo. El distanciamiento de las naciones americanas respecto de las europeas no fue óbice para que su antiguo modelo de intervención urbana, permaneciera vigente algunos años más como símbolo de progreso material y de desarrollo cultural.

En 1909, cuando el fenómeno del encandilamiento con el europeísmo romántico en las artes, la cultura y la política comenzaba ya a entrar en retirada, la misma fundición parisina produjo la magnánima figura de la Virgen María que hoy decora nuestro Cerro San Cristóbal, como todo un símbolo de la ciudad de Santiago. E inmediatamente después, los festejos alrededor del Centenario de la República fueron un verdadero festival de inauguraciones de edificios profundamente afrancesados, como el Palacio de Bellas Artes y la Estación Mapocho.

La irrupción de estilos como el Art Decó y otras corrientes de apertura ecléctica, fueron dejando atrás las vestiduras francesas de Santiago y sus semblantes neoclásicos, tal vez a consecuencia de que los propios franceses comenzaron también a superar su romántico modelo de urbanismo artístico y abrirle paso a otros nuevos, aunque su gentilicio nunca dejó de ser un referente importante para la arquitectura y la estética urbana durante todo el resto del siglo XX.

Las Tres Gracias modelo Val d'Osne, de pasaje Matías Cousiño.

Vista completa de la fuente del ex Congreso Nacional.

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