martes, 6 de marzo de 2012

"EL MARINO"... HUBO UNA VEZ, UN RESTAURANTE DE PERIODISTAS

Ilustración digital mostrando cómo era la entrada al desaparecido local de "El Marino".
Coordenadas: 33°28'2.19"S 70°37'36.59"W
Este pintoresco boliche fue fundado hacia 1962, iniciando con ello una vida que lo consagraría en la historia como otro de los más interesantes y populares restaurantes de la capital chilena: "El Marino".
Aunque su nombre evocaba a mar, a olas azules, a jardines de mariscos crudos y a especialidades del pescado frito, su carta menú principal era de comidas chilenas, más platillos caseros, completos, parrilladas y las clásicas colaciones de la hora de almuerzo. Cazuelas, porotos, tallarines, mechadas y una buena oferta de vinos y traguitos bastaban para alegrar la vida de sus leales parroquianos. Mucha cerveza, mucho schop y mucho vino, además, pues también era fuente de soda.
Ubicado en avenida Vicuña Mackenna 1799, esquina norponiente con Ñuble, la gran característica de "El Marino" sin embargo, fue ser un atractivo para el gremio de los periodistas nacionales de todas las edades, que lo convirtieron en un lugar de encuentro pasado el mediodía y al final de las jornadas de trabajo... O incluso durante las msimas.
Dicen que por sus salas pasaron, por ejemplo, el periodista deportivo Julito Martínez, el maestro Alberto "Gato" Gamboa y también su colega Diozel Pérez Vergara, el excéntrico primer Director del diario "La Cuarta" recientemente fallecido, y quien reclamaba una vez porque sus trabajadores se iban "derechito" al restaurante pues "les gusta el copete, el leseo" (revista "Paula", enero de 2011). En una generación bastante posterior, la periodista Alejandra Matus tuvo aquí en el restaurante algunas particulares reuniones que describe en un trabajo de defensa y respaldo a la investigación que realizó para su famoso libro censurado en plena democracia y donde ponía patas para arriba al Poder Judicial de Chile.
"El Marino" fue escenario de muchos otras juntas vinculadas al arte de la crónica y el periodismo: complicidades, confesiones, entrevistas, encuentros entre los investigadores y sus fuentes, redacciones de borradores de crónicas... Borracheras: muchas y de muchos, mantenidas en el secreto de esas paredes ya demolidas. Y la razón de tanta atracción del periodismo hacia este boliche es evidente: cruzando la avenida Vicuña Mackenna, hacia el Sur, está la sede del Consorcio Periodístico de Chile S.A. (Copesa), en cuyas amplias dependencias nacen diarios como "La Tercera", "La Cuarta", "La Hora" y las revistas "Paula" y "Qué Pasa". Además, el local era reconocida entretención para los amantes de la fiesta diurna y de la bohemia a luz de Luna, ambientes que -es bien sabido- son bastante seductores para muchos profesionales de la prensa. Precios módicos, variedad en platillos y sándwiches completaban la atracción de "El Marino".
El dueño del boliche, don Gildo, era un señor de bigote cano muy célebre en el barrio, que reconocía a todos sus visitantes más frecuentes, entre los que se encontraban algunos famosillos y no sólo gente del mundo periodístico, como fue el caso de deportistas que se recuerdan entre los concurrentes. Cuentan también que, muchas veces, el patrón andaba igual de alegre y entonado que varios de sus clientes, compartiendo de cuando en cuando algún brindis con ellos. Por alguna razón, además, al restaurante le llamaban "El Famoso Marino" entre los vecinos, recalcando ese adjetivo.
Fotografía publicada por el diario "La Cuarta" sobre la despedida de "El Marino", el 1° de diciembre de 2006. Atrás, a la izquierda, alcanza a aparecer don Gildo, quien fue su dueño.
Me parece que el recinto ocupado por el restaurante tenía forma como de letra L. Su fachada fue alguna vez una suntuosa casona antigua, probablemente entre el cambio de siglo y la década del 20-30, con balaustras en sus altos y molduras rectas en sus muros. Se accedía justo por el vértice de la esquina a una sala que daba, a su vez, hacia los comedores que se extendían al fondo. Había salas entre las que se pasaba por arcos con ángulos quebrados y contaba con habitaciones más pequeñas e "íntimas" para comer adentro. Como dominaba la característica de picada o cantina, destacaba la barra con botellas y tragos varios atrás, desde donde salían también los platos al público previo despacho desde la cocina.
De un solo piso a disposición del público, había mesas más elegantes conviviendo con otras pequeñas y livianas, de las típicas que los grupos de visitantes juntan de a dos o tres para caber todos. Se cuenta que, hacia el fondo, habían también espacios para juegos criollos. Mi amigo Víctor Cherubini, que alguna vez trabajó como informático en Copesa, me recuerda que el piso era de madera vieja, como los colegios antiguos y, según él, probablemente también "limpiado con petróleo".
Tengo entendido que llegaba hasta "El Marino" cierto público adicto al fútbol, especialmente los de partidos de la selección, y que tales encuentros se transmitían por un gran televisor que había dentro del local, aunque jamás estuve en alguno de ellos. Por una nota del diario "La Cuarta" de marzo de 2004, sé que el humorista Palta Meléndez llegó una vez hasta el boliche disfrazado de almirante (claramente aludiendo al Almirante José Toribio Merino), para alentar a la tropa futbolera durante el partido de clasificatorias entre las selecciones de Chile y Bolivia. Siempre festinando con la porfiada demanda marítima boliviana, el cómico declaró en aquella ocasión de rotundo triunfo chileno que "a bolivianos les entró agua al bote" y por eso perdieron. La referida nota periodística tiene, además, una sugerente firma que comprueba la estrecha relación del local de recreación con ese cuerpo de periodistas vecinos: "Rolando Ricciulli, enviado especial a la esquina".
Sin embargo, parece que el espacio físico de "El Marino" no era propiedad del dueño del restaurante. No ha sido la primera vez que ocurre lo mismo en la historia de los restaurantes de Santiago, como sabemos. El año 2006, vino la fatal noticia de que se quería cambiar el destino del edificio y el terreno, poniéndolo en venta. Así, tras 44 años de funcionamiento y escribiendo historias, la hora final de "El Marino" había llegado: había que bajar su cortina metálica para siempre.
La noche de despedida fue en la víspera del 1° de diciembre de ese año. Asistieron periodistas, amigos y, por supuesto, su dueño que no podía ocultar la cara de duelo en medio de la despedida. El fotógrafo Hernán Cortés captó una imagen que fue publicada en la siguiente edición del diario "La Cuarta", donde se ve a los asistentes reunidos en aquella sala. Terminada la reunión y los discursos, las puertas de "El Marino" se cerraron por última y definitiva vez.
La casona permaneció algunos años más a la venta y sirviendo de albergue para fantasmas, mientras nuevos edificios crecían veloces, como inmensos bambúes, en otras partes alrededor del barrio.
Hacia el mismo período en que tenía lugar la fiebre de celebraciones por el Bicentenario de la Declaración de Independencia de Chile, la casona comenzó a ser demolida hasta su base, no quedando ya el menor vestigio del edificio, salvo la planta del terreno despejada y, en estos momentos, esperando ser el soporte de algún nuevo proyecto inmobiliario.
Así luce hoy en día el espacio que ocupaba la casona del restaurante y fuente de soda, ya totalmente demolida en la esquina de Vicuña Mackenna con Ñuble.

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