jueves, 16 de febrero de 2012

TARRAGÓ Y LE BRUN: LAS INSIGNES EDUCADORAS DE LA ALAMEDA

Las estatuas, en 1962 (revista "En Viaje")
Coordenadas: 33°26'44.80"S 70°39'29.80"W
Dos estatuas de granito y de grandes proporciones se encuentran en la plaza-bandejón central de la ex Alameda de las Delicias, quedando de espaldas al famoso y tradicional café de la Confitería Torres, todo un enclave histórico de la "bohemia diurna" nacido, curiosamente, en los mismos años en que las ilustres mujeres representadas en esas efigies consiguieron un hito de incalculable valor en la educación chilena.
Antonia Tarragó González e Isabel Le Brun de Pinochet, son las retratadas en las estatuas, con un estilo con algo de neoclásico y naif, casi de tenue cubismo, con una estética frecuente en la plástica y la escultura latinoamericanas. Dos grandes e insignes figuras con las que todas las mujeres chilenas tienen contraídas deudas de gratitud impagables, por cierto, pese a que no tenemos noticias de un reconocimiento importante de parte de grupos feministas. Ni siquiera nuestra primera Presidente de la República mujer tomó la oportunidad de celebrar la memoria de ambas, en algún momento de su mandato. El desdén ha pasado incluso por encima de la importancia que ha adquirido la educación chilena en el último año, a partir de las movilizaciones motivadas por este mismo tema. ¿Puede convivir la merecida fama que ellas tienen en el mundo intelectual, con la ingratitud mostrada por la memoria chilena en general?
Aprovecharemos este espacio para hablar así, de su gran legado en la educación nacional, simbolizado en la obra escultórica.
TRISTE ESTADO DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR FEMENINA
La historia es cíclica... Corría la segunda mitad del siglo XIX y la educación chilena marchaba a un seguro desastre. La enseñanza secundaria era muy precaria: estaba controlada y ejercida casi exclusivamente por congregaciones religiosas. Los liceos fiscales sólo recibían muchachos, creando una marginación de género que se hacía muy evidente en aquellos años.
Salvo en el caso de la abogacía, no había disposiciones legales propiamente tales que restringieran la educación superior a las mujeres, a diferencia de lo que a veces se cree popularmente y de lo que no pocos han afirmado con cierto desconocimiento del tema. Pero, en la práctica, exigencias como la de rendir exámenes de admisión en el Instituto Nacional y el hecho de que todos estos liceos fiscales fueran para varones, significaba que ellas no tenían acceso real a la Universidad y el medio educacional se formaba así, fundamentalmente, por varones. Esto sucedía a pesar de que, en los tiempos de la Patria Vieja, el propio José Miguel Carrera había manifestado la temprana intención de igualar las condiciones de educación entre hombres y mujeres desde temprano en la vida de los ciudadanos.
Combinada con las dificultades de la escolaridad, el resultado de esta marginación "informal" se traducía a la baja ilustración de la mujer chilena promedio, generalmente reducida a la ignorancia y a la falta de educación. Ni hablar de las posibilidades individuales de desarrollo, concepto prácticamente inexistente en la mujer de estratos populares de entonces. Esta situación fomentó, además, muchos prejuicios machistas que aún persisten un tanto en Chile, curiosamente, y que hacen caricatura sobre las condiciones intelectuales de las mujeres. También fue un enorme retraso para el ejercicio de ciertos derechos civiles, como el de sufragio.
Fue en este estado de las cosas que estas dos mujeres, Tarragó y Le Brun, ambas con importarte experiencia en el ejercicio de la educación y la dirección de establecimientos de estudios, se levantaron solicitando al Estado de Chile un trato igualitario entre los géneros en el ingreso a la Universidad, con iniciativas que cambiarían para siempre el acceso de las mujeres a la educación superior y su motivación para incorporarse a los planes de estudios y completarlos, desde la enseñanza básica en adelante.
El día de la inauguración, en fotografía de la revista "Zig-Zag".
LA INICIATIVA DE ANTONIA TARRAGÓ
La primera mujer en alzar la voz contra el lamentable estado de la educación nacional fue doña Antonia Tarragó González, quien había fundado en 1864 el Colegio Santa Teresa para alumnas secundarias. Al llegar octubre del año de 1872, doña Antonia solicitó al Consejo Universitario, durante el gobierno del presidente Federico Errázuriz Zañartu, que se validara a sus alumnas egresadas las pruebas de ingreso al sistema universitario, hasta entonces reservado a estudiantes hombres por las razones que hemos visto.
Un controvertido decreto del Ministerio de Instrucción Pública dado a la luz el 15 de enero anterior, había resuelto sólo en parte el asunto, al permitir los exámenes libres y ya no sólo en el Instituto Nacional. Pero, como educadora, Tarragó había advertido que no había interés práctico en el universo femenino chileno por completar estudios secundarios o de "humanidades", si se estrellaban al final con la barrera que bloqueaba las posibilidades de continuar en la educación superior. Esto era una frustrante desmotivación para todo el proceso de educación de las mujeres en Chile, pues irremediablemente su camino en la enseñanza quedaría frustrado.
El Consejo Universitario acogió la solicitud de doña Antonia Tarragó y se reunió durante ese mismo mes de octubre a discutir el tema del ingreso de alumnas a la Universidad de Chile, presidido por ella misma. En la sesión participaron, entre otros, ilustrísimos intelectuales como el Rector Luis Ignacio Domeyko, el Decano de la Facultad de Medicina José Joaquín Aguirre, el Decano de la Facultada de Derecho Gabriel Ocampo, el Secretario de la Universidad Miguel Luis Amunátegui y el Miembro Conciliador del Consejo José Larraín Gandarillas. Tanto Amunátegui como Aguirre estuvieron de acuerdo en la única restricción que existía para la admisión de las mujeres era la falta de igualdad en los exámenes, aunque Ocampo recordó la limitación legal al estudio de leyes. Derivaron a doña Antonia Tarragó hasta el propio Ministro de Instrucción Publica, don Abdón Cifuentes. En tanto, ella también hizo llegar al resto del Consejo un informe sobre el contenido de la educación del Colegio Santa Teresa, buscando convencerlos de aceptar su propuesta.
Sin embargo, el desarrollo de esta discusión se vio eventualmente interrumpida por la polémica levantada desde las intrigas políticas (pues, como siempre, la política acabó perturbando a la educación): algunos grupos adversarios del Ministerio de Instrucción Pública, tras emitirse el decreto de libertad de exámenes, lograron sacar de la cartera a Cifuentes para ser relevado, en agosto de 1873, por José María Barceló, quien asumió en un clima hostil y pesimista aquellas iniciativas reformistas como la de Antonia Tarragó.
Las estatuas de las educadoras, en imagen publicada por suplemento de "El Mercurio" en 1976. Atrás, parte del Palacio Iñiguez y el Café Torres.
INTERVENCIÓN DE DOÑA ISABEL LE BRUN
Empero, el tema ya estaba instalado en la prensa y había llegado ya a la intelectualidad, interesando a prominentes actores de la realidad chilena. Por ejemplo, el gran político, patriota e infatigable defensor del territorio nacional, Máximo Ramón Lira, publicó en este período su libro "La mujer: sus deberes políticos y sociales", notable trabajo donde, a pesar de sus orígenes políticamente conservadores, demuele hasta sus cimientos los mitos sobre la inferioridad intelectual de la mujer y los argumentos que popularmente se esgrimían en contra de sus capacidades para ingresar en la educación, la cultura y la creación.
Fue entonces cuando irrumpe -muy oportunamente- la otra gran educadora en este debate: Isabel Le Brun Reyes de Pinochet, una joven mujer oriunda de San Felipe, hija de un oficial francés de los ejércitos de Napoleón emigrado a Chile, madre del famoso escritor e intelectual Tancredo Pinochet. Tenía una inclinación natural por la docencia: según anota Virgilio Figueroa en uno de sus diccionarios biográficos, con sólo 14 años enseñaba gratuitamente a los niños de su pueblo y aún no cumplía los 30 cuando fundó su Colegio de la Recoleta, en 1875, más tarde llamado Liceo Isabel Le Brun de Pinochet, con el nombre y los apellidos que usó al casarse. Allí ejerció instrucción básica y secundaria para alumnas, pero con las mismas limitantes para ellas que ya había advertido Tarragó sobre el momento de completar las "humanidades" y rendir los exámenes.
Conociendo la situación desde su lugar privilegiado en el ejercicio educacional, a fines del año escolar de 1876, Le Brun se dirigió al Consejo Universitario para solicitar la constitución de comisiones especiales que evaluaran los exámenes de sus alumnas, próximas a egresar de la enseñanza media. Envió un extenso petitorio que abrió inmediatamente una discusión entre los miembros del Consejo, y esta vez iba a ser la definitiva.
Sin poder evitar por más tiempo el tema, la Universidad de Chile acusó recibo de la solicitud y destacó al Decano de la Facultad de Humanidades, don Francisco Vargas Fontecilla, como inspector del Colegio de la Recoleta para solicitar a doña Isabel un informe sobre el programa educacional y la calidad del mismo... Una nueva época en la educación nacional estaba comenzando.
El establecimiento educacional de doña Isabel llegó a ser reconocido como el mejor del país en su tipo, recibiendo una pensión por parte del Fisco durante el Gobierno de José Manuel Balmaceda.
Vista actual de las esculturas. Ya no están los jardines florales que antes la rodeaban. Atrás, fachada rosa del Palacio Iñiguez y en sus bajos la clásica Confitería Torres.
EL HISTÓRICO DECRETO
Pero aunque las autoridades del Consejo Universitario seguían aparentando simpatía con la iniciativa de igualar para hombres y mujeres los exámenes de admisión, por alguna razón que puede hallarse en el miedo a la oposición política o la falta de agenda, el tema quedó sumido en una tensa espera por casi un año más.
La polémica volvió a la prensa, y los diarios chilenos machacaron incesantemente el tema, procurando que no volviese a quedar en el olvido.
Fue de esta manera que en el gobierno del Presidente Aníbal Pinto dio solución al asunto, finalmente, y cuando el Ministerio de Instrucción Pública era ocupado por el mismo señor Amunátegui ex miembro del Consejo Universitario. Éste firmó, el 5 febrero de 1877, el histórico y revolucionario decreto que permitió a las muchachas egresadas de la enseñanza media postular a los exámenes de admisión de la Universidad, cambiando para siempre el escenario de la instrucción pública chilena, pese a los intentos de algunos grupos religiosos y periodísticos por confrontar, a través de la polémica y las intrigas, esta noble iniciativa.
Decía esta ley en su parte más importante:
"Se declara que las mujeres deben ser admitidas a rendir exámenes válidos para obtener títulos profesionales, con tal que se sometan para ello a las mismas disposiciones a que están sujetos los hombres".
El sueño de doña Antonia Tarragó y doña Isabel Le Brun, entonces, quedaba cumplido. Cuatro años después, ingresaba a la Universidad de Chile la primera mujer estudiante, en 1881. El cambio sustantivo de la sociedad ya era inevitable.
Base del monumento, sólo parcialmente legible y muchas veces vandalizada, por desgracia.
LAS ESTATUAS DE LAS EDUCADORAS

Aunque en agosto de 1927 se celebró el cincuentenario del Decreto de Amunátegui en Santiago glorificando la memoria de ambas mujeres, fue después, durante un gobierno radical de los años cuarentas que cundió el interés en homenajear la obra de Tarragó y Le Brun, con esculturas instaladas en la Alameda. Hasta ese momento, no existía en todo Santiago ninguna clase de reconocimiento público al esfuerzo que ellas habían desplegado y marcado con sus iniciativas en la historia nacional.
Fue así como durante los años de la administración del Presidente Juan Antonio Ríos, se le encargó la creación de la enorme escultura granítica al célebre artista nacional Samuel Román Rojas, cuyo prestigioso nombre se repite invariablemente por donde quiera que encontremos ejemplos de ornamentación artística urbana producida en Chile.
La corpulenta doble escultura de más de cuatro metros, llamada simplemente "Las Educadoras", fue inaugurada con un gran acto público el 13 de abril de 1946, en la Alameda Bernardo O'Higgins a la altura de calle Dieciocho, celebrando también la vigencia del legado que sembró el Decreto de Amunátegui de igualdad de hombres y mujeres en el acceso a la educación superior chilena. Se levantó en donde existía antes una fontana de buen tamaño, en cuyas aguas vivían pequeños peces dorados, y se mantuvieron los jardines alrededor de ella. En la ocasión, el Ministro de Educación don Benjamín Claro Velasco hizo un elogio a la obra de las homenajeadas y la destacada doctora Fresia Rozas de Behm hizo un repaso por la evolución de la enseñanza media y la influencia que tuvieron en ella ambas mujeres.
No todos han vertido elogios para este monumento, sin embargo. El ingenioso pero incorregible escritor Enrique Lafourcade, por ejemplo, en una incisiva columna titulada "Irreverencias" que publicó en "El Mercurio" en abril de 1976, declaró sin compasiones su desprecio y ojeriza hacia estas esculturas, diciendo que alguna vez las sacaron de allí por feas y las tiraron a alguna bodega antes de reponerlas en un pedestal, lo que le valió una dura respuesta por carta al mismo medio de parte de don Héctor Valdés, ex miembro del Consejo de Monumentos Nacionales, donde refutó sus juicios y desmintió las antojadizas afirmaciones del autor de "Palomita Blanca" sobre la historia de este monumento.
Actualmente, las silentes mujeres siguen allí, sumidas en el mutismo propio y el externo, en la misma humildad sin estridencias con la que cambiaron para siempre la educación en una sociedad que aún les debe reconocimientos. Varias capas de pintura, seguramente intentando tapa atentados de los malditos malos grafiteros, han borrado parte de las inscripciones en la base de la pieza, ocultándolas como un estuco imprudente a los ojos de este pueblo que celebró sus 200 años de salto a la vida independiente, dejado pasar el nombre de estas dos ilustres defensoras de la educación.
Por singular ironía, además, en las protestas y movilizaciones estudiantiles realizadas durante el pasado año 2011, las imágenes fueron vandalizadas con pintura y con inscripciones indignas de esas dos potentes mujeres-símbolos, iconos precisamente de la educación pública chilena. Más aún, sospecho que habiéndose instalado el prejuicio de que absolutamente nada bueno puede provenir desde los actores particulares de la educación para la enseñanza encargada al Estado, quizás falte mucho para que se produzca el verdadero y sincero reconocimiento al aporte incalculable de Tarragó y Le Brun a nuestra educación superior y nuestra sociedad en general, mas allá de lo que intentan estas estatuas en su homenaje.

2 comentarios:

  1. Excelente artículo... Un gran impulso al progreso del país por parte de aquellas admirables y valientes damas... Todo el respeto...

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  2. Excelente reportaje, como Vicepresidenta de las Mujeres de Negocios y Profesionales de Chile, hemos acordado hacernos cargo de estas insignes mujeres, de tal forma de rescatar su historia y visibilizar su obra hacia las nuevas generaciones de mujeres profesionales y tecnicas,

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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