lunes, 6 de febrero de 2012

RECUERDOS INCONCLUSOS DE UNA PASADA POR EL PASEO AHUMADA EN LOS 80 (PARTE I)

Entrada de calle Ahumada hacia principios de los noventa, aproximadamente, aunque sin demasiadas diferencias respecto de cómo lucía hacia 1987 ó 1988. En la esquina, la histórica "Farmacia del Indio", hoy ocupada por otra conocida cadena farmacéutica.
 
Coordenadas: 33°26'36.46"S 70°39'1.52"W (inicio) 33°26'18.83"S 70°39'4.02"W (final)
Quizás sacaré ronchas con la afirmación que me dispongo a hacer, pero estoy seguro que el Centro de Santiago, y particularmente el paseo Ahumada, era cultural y artísticamente mucho más activo e interesante en los años ochenta que en nuestros días, cuando la actividad se ve y se llega a sentir más proscrita y menguada aún que en esos complejos años. De alguna manera, el ambiente exterior, con sus calles adoquinadas, era una prolongación de la calidez que existió dentro de sus locales comerciales en todos sus géneros, como el restaurante "Waldorf", la Farmacia del Indio, las tiendas de "El Rincón Juvenil" o clásicos como el Café Astoría. Todo ese rasgo pintoresco se ha ido oscurenciendo, conforme queda atrás la época a la que petenecieron.
La razón técnica de este contraste es, quizás, el que se viviera entonces en el auge peatonal y comercial de esta arteria, que había sido recientemente adaptada a las necesidades de la ciudadanía adoptando ese cariz tan propio, después de las intervenciones del alcalde Mekis en los años setenta. El ambiente político e histórico también motivaba más a la creatividad autodefensiva y a la necesidad de decir aquello que no tendría tribuna oficial. En la actual época de farándula y de reality shows, por supuesto, estos conceptos pueden sonar incomprensibles.
Todavía sobreviven ejemplos humanos de esa buena época ochentera en esos cerca de 600 metros de paseo a pie (700, si contamos el tramo de la Plaza de Armas): el mago Palito Show, por ejemplo, con sus trucos de bolsillo; o el Cieguito del Clarinete, como era llamado, y que ahora toca en Huérfanos una guitarra y una armónica, según la leyenda urbana porque su clarinete le fue robado. El ritmo de New Orleans suena en lo instrumentos de la "Poli Jazz Band". Ni idea de qué ocurrió con esas obras de teatro callejero que ofrecía un grupo de actores por las tardes allá en esos años, cerca del ex Hotel Crillón, con monólogos denunciado la ironía de la vida de Gabriela Mistral al recibir el Nobel de Literatura antes de ser reconocida en su propio país con el Premio Nacional; o los momentos finales del Presidente Balmaceda, que era presentado con una introducción en la que el actor anunciaba ladinamente "la historia de un Presidente que se suicidó víctima de la oligarquía, pero que no es el que Uds. están pensando, porque a ése lo mataron".
Una vez, en aquella compañía de teatro callejero le tiraron tanto la cola al león, que éste les cayó encima: no bien terminó una provocadora y humorística obra del Diablo que sube a la Tierra a ofrecer poderes con un pacto, con un argumento cargado de críticas políticas, fueron rodeados de carabineros y ¡para adentro! Era el final abrupto de muchos shows de artistas que hacían sus funciones de tarde o las nocturnas en paseo Ahumada y luego en Estado, creo que también convertida en paseo peatonal por esos mismos años. Incluso Andrés Pérez ofreció presentaciones de teatro por allí alguna vez, como director y actor de cortas y veloces piezas que dieran tiempo a los actores para desmontar y huir antes de que llegara la policía. El propio Enrique Lihn se sintió inspirado por este paseo, tomándolo para una de sus últimas obras, antes de morir en 1988.
Muchos de esos personajes que hemos visto envejecer allí, ya han partido o se perdieron; y su ausencia ha dejado vacíos irrecuperables, a los que ni el tan recurrido concepto de la memoria le dedica a veces algún volumen, por curioso desdén. Por eso, he querido recordar aquí algo de lo que queda y lo que ya se fue, rememorando también cómo eran esas tardes y noches de un día viernes hacia mediados de los años de la década del ochenta. Ojala os agrade.
Entrada al paseo, en la esquina de Ahumada con Alameda (Edificio Ahumada Once) donde quedaba entonces la "Casa Musa". Por las noches, una vendedora de pizzas individuales se instalaba en esta esquina con un horno portátil, más o menos donde está el carrito del mote con huesillos en la fotografía.
Así lucía el popular local de "El Tirol" a fines de los ochenta, en la punta de diamante de Ahumada con Nueva York. Su fama era la de los "mejores lomitos con mayo" de todo Chile.
 
EN LA PRIMERA CUADRA
Tanta vida tenía el Paseo Ahumada en esos días, que uno se sumía en ella ya con el primer paso en él, allí donde ahora están esas columnas metálicas oxidadas marcando el ingreso. Era una exposición digna de un cuento de pregones y saltimbanquis urbanos: desfile de figuras e iconos en pocos metros, haciéndose parte de la historia del paseo y de su propia importancia y atractivo, mientras formaban también parte de un todo; un todo en el que "Burger Inn" nos daba a conocer las hamburguesas de american style y los sándwich de lomitos con abundante mayonesa eran cotizados en la esquina de Ahumada con Nueva York, en "El Tirol", mismo sector donde los compradores-vendedores de dólares y de oro se conglomeraban justo detrás del local.
Uno de los primeros personajes que solían aparecer por el paseo, cerca de la Alameda, era el llamado "Viejo Loco" o "Abuelo Bailarín": un anciano de barbas y pelo canos, delgado, que a veces bailaba solo frente a la desaparecida Casa Musa de la esquina o las tiendas Falabella del mismo edificio. Su festivo baile no se hacía por monedas: era motivado sólo por la música en los parlantes de la sucursal de la "Feria del Disco" que se encontraba allí, exactamente al lado del acceso a la Estación Metro de la Universidad de Chile, en los bajos del Edificio La Cañada. Otras veces emigraba a la casa principal de la disquería, cerca del Banco de Chile, y en las menos ocasiones sólo necesitó de una cumbia imaginaria para sus ridículos pasos en solitario. La gente pasaba tímida por el lado del danzarín intentando esquivarlo o evitando asustada los roces con él. El viejo a veces, quizás trajinando cajas de basura, encontraba algunos juguetes y porquerías que usaba para adornar sus coreografías: una vez apareció vestido a la usanza de Chuck Norris en sus filmes rescatando desaparecidos en acción de Vietnam; y en otra se paseaba con unas pistolas de plástico amarradas a la cintura con cintas de colores. Otro día lo hizo parcialmente tapado con papeles metálicos, como un robot. Recuerdo haberle tomado fotografías caminando por Ahumada, que presenté para un trabajo universitario de diseño en 1992.
Hacia esa misma cuadra, sobre una banca para descanso peatonal, don Roberto Jacob Helo, más conocido como "El Mago de la Polla Gol", ya ofrecía entonces sus fórmulas y folletos para enseñar a pegarle al premio mayor de la Polla Gol con base en el campeonato de fútbol nacional. En mi infancia conocí a uno de sus supuestos beneficiados con los consejos que daba por radio y TV: don Félix, vecino de Gran Avenida amigo de mi abuelo y que, aunque decía que todo era un truco y que un productor le había pagado por asegurar que ganó la Polla gracias a los consejos del "Mago", atesoraba los recortes plastificados del diario con su foto recibiendo el premio. Como sea, tras acertar más de 90 veces los 13 puntos de la cartilla y más de 200 los 12 puntos, el famoso vecino "Mago" del Barrio Yungay y ex actor de radioteatro, declaraba que sabía incluso el día en que sucedería su muerte, y llegó a tener gran reputación entre sus seguidores esperanzados con ganar también la entonces codiciada Polla Gol del fútbol y el Pollón de Oro de la hípica de aquellos años. Lo último que supe de don Roberto, sin embargo, es que estaba viviendo menesterosamente, con sus cerca de 90 años a cuestas.
Recuerdo que en un período de Navidad, exactamente encima de donde se colocaba el "Mago" en Ahumada, una de las multitiendas colocó colgando en unos cables un enorme viejo pascuero en un globo de canasta, frente al acceso del Edificio Ahumada Once, como arrojando regalos a los transeúntes. Pasé bajo esa mole un día de esos, creo que después de una visita al dentista. Al llegar a mi casa, a la hora de almuerzo, veo las noticias y me entero que la enorme estructura se había precipitado recién sobre los peatones, al cortarse uno de los cables que la suspendían. Cabezas rotas, contusos y heridos por doquier.
Un poco más al Norte del mismo tramo de cuadras, los personajes se iban volviendo más y más extravagantes. El "Fakir" era uno de ellos: un sujeto de barbas y ojos almendrados simulando algún rasgo oriental, con una mecánica rutina de dormir en camas de clavos, pasarse alfileres por la lengua o la mejilla (por agujeros ya hechos y cicatrizados, como los de las orejas para los aros) y por comer ampolletas ante el asombro de los presentes. Un poco petulante de trato, una vez estuvo en el programa del horario de almuerzo de Canal 13, "Éxito", y jamás de despendió de su soberbia exhibiendo la descolorida fotografía donde aparecía en el set del programa con José Alfredo Fuentes como animador. En exceso orgulloso de este episodio, el "Fakir" se puso imperativo y más parco con la gente, exigiendo monedas antes de hacer sus shows con cuchillos, agujas y culebras chilenas secuestradas en su maletín, pues, según él, no venía "a estar parado sólo por estar parado" y pedía dinero por su espectáculo. Los aires de estrella le pasaron la cuenta y el público se le redujo. Emigró con foto y todo hasta la Plaza de Armas y otros sectores del centro, pero la cara de pesado le espantó a la audiencia y sus muestras fueron cada vez menos frecuentes. Ni idea de qué sucedió con él, ni si continúa en tales actividades, aunque algunos dicen que sí.
El "Abuelo Bailarín" en su época, por la casa central de la "Feria del Disco". A principios de los años noventa ya aparecía menos y casi no bailaba como en sus mejores años. Después, se perdió definitivamente.
Ahumada en el empalme de Bombero Ossa con Ahumada. Aunque se encuentra en muy mal estado, la imagen permite distinguir cómo era el acceso techado a las galerías subterráneas del 170, en aquellos días (a la derecha).
LOS CAFÉS Y LOS JUBILADOS
Antes de la irrupción de los cafés con piernas, el acto de "tomarse un café" en el centro estaba reservado principalmente a la segunda cuadra de Ahumada, allí donde están los salones del "Haití" y el "Caribe". No incluiré al célebre pero desaparecido "Café Santos" de Ahumada con Huérfanos, pues se trataba de un bello local de carácter más tradicional, familiar e incluso intelectual, cuya desaparición también fue también dramática para la historia urbana local.
Era divertido hacer un cambio de chip generacional en estos sitios de cafés, atendidos por damas muy jóvenes y bellas, de trajes cortos pero infinitamente más recatados que los actuales. Contrastaban con los viejos que iban en masa a beber café y conversar allí adentro o en las puertas de ingreso. A veces, aparecía algún famosillo aún lejos del retiro, pero igualmente inclinado a estas gratas y divertidas conversaciones "de viejos", que ni los días fríos ni las lacrimógenas de esos años lograban espantar.
Con frecuencia, cuando las revueltas políticas de Ahumada estaban muy fregadas afuera, bajaban la cortina y todos los clientes quedaban adentro, en una especie de club y refugio provisorio. Cuando levantaban otra vez la cortina, el escenario exterior había cambiado a un túmulo de barricadas humeantes, calles mojadas y señales derribadas. Recuerdo una famosa fotografía en blanco y negro, tomada por un profesional del reporte gráfico cerca de uno de estos cafés en esos años, en donde se observa a los carabineros retirando las barricadas y los carteles de lo que acababa de ser un campo de batalla, mientras un señor enano de terno atraviesa con su maletín. Esta fotografía ganó un concurso nacional de periodismo, al retratar magistralmente la misma escena que aquí intento describir.
Mi abuelo paterno, Mariano, siempre andaba por allá y varias veces lo vi afuera del café. Nunca tuve una relación cercana a su persona y, de hecho, me presentaba como su "sobrino" ante sus amigos, viejos igual de extraños y curiosos que él. Sin embargo, el que ambos -separados por generaciones y distancias emocionales- fuéramos asiduos visitantes del Paseo Ahumada, nos habituó a esta clase de encuentros casuales. Sus acompañantes eran siempre los mismos jubilados, similares a los de ahora: retirados que iban a conversar, a hacerse amigos, quizás a intercambiar pastillas homeopáticas y a compartir el tiempo que otros gastarían en un bar o en los tableros de ajedrez de la Plaza de Armas.
En los mencionados días de mayores protestas y movilizaciones callejeras, muchos de los manifestantes también eran refugiados dentro de los cafés para evitar ser detenidos por las fuerzas del orden. Abundaban los partidarios del gobierno en esos cafés y hasta ex militares, por cierto, pero eso no impedía el gesto solidario. Un día de esos, sin embargo, creo que en el "Caribe", un tipo que corrió dentro del local comenzó a provocar a los carabineros desde adentro, como alentándolos a ingresar al mismo sitio donde recibía asilo, lo que causó molestia entre la clientela que se vería injustamente involucrada en la escaramuza. Mi abuelo se acercó calmo al tipo y trató de persuadirlo de no provocar una entrada de uniformados al querido café, pero el sujeto, en lugar de relajarse, lo insultó y le arrojó encima una de las tazas calientes, seguramente viéndolo anciano y creyendo que el agredido no sería capaz de defenderse. Craso error: el atacado había sido luchador de la primera generación del célebre "Cachacaschán" de Enrique Venturino en el Teatro Caupolicán, donde encarnó a personajes llamados El Gorila Chileno y al villano enmascarado El Hombre Araña (que nada tenía que ver con el héroe de la Marvel), donde compartió ring con grandes exponentes, como Pepe Santos. Mi abuelo (o "tío"), así, saltó sobre el corpulento tipo y, haciéndole una llave asfixiante, en unos segundos lo dejó suelto como títere sin cuerdas allí mismo, ante el asombro de los demás presentes. Sólo cuando el revoltoso pudo volver en sí, se retiró del local tambaleante, avergonzado y con su valor ahogado en la humillación y el escarnio.
No sólo viejos jubilados asistían a estos cafés, por supuesto, pero esta característica quizás se ha ido haciendo más notoria en nuestra época, ante la irrupción de los cafés con piernas que se llevaron a muchos de los clientes que iban a estos salones más atraídos por las bellezas que los atendían que por los aromas y gustos cautivantes del grano del café tostado.
El café Caribe hacia esos años, en el sector que ha sido tradicionalmente de los jubilados.
Vista desde la esquina con Moneda hacia el Sur.
EL "GLORIA AL PULENTO"
Ni el Sol ni la lluvia lo espantaron, jamás. Incluso decía que Dios le permitía poder mirar de frente al Sol o mojarse con la lluvia fría un día entero sin enfermar, haciéndole demostraciones en vivo a los curiosos. En su devoción por el "Pulento" (concepto para referirse a Dios introducido y popularizado por él), seguramente ambas molestias climáticas las sentía como formas de caricias del Todopoderoso, que sólo estimulaban su fervor y sus energías infatigables por predicar y llevar la palabra del Salvador en cada rincón de Santiago Centro, incluyendo esas cuadras de Ahumada por las que paseaba con su viejo y gastado abrigo.
Ha sido el predicador más famoso y popular que haya conocido toda esta calle, de hecho, desde su entrada en Alameda hasta la Plaza de Armas, donde siempre era posible ver a ese hombre de barba corta y ojos transparentes, saltando y elevando las manos al cielo con tan características alabanzas emitidas casi como un mantra por su desgastada y ronca voz, raspada por tantos años de abuso:
"Gloria a Dios
¡Gloria a Dios!
Dios es Pulento
¡Viva el Pulento!
¡Aleluya!"
Llamado en realidad Raúl Gutiérrez, su prédica del evangelio comenzó en los años sesenta, después de haber trabajado como mecánico de la desaparecida ETC. Según su propia confesión que alguna vez oímos, cada mañana ingería mucha harina tostada para tener energías, dar fuerza de su garganta y difundir así la palabra en todas las jornadas, vistiendo de roído terno y peinando sus cabellos rubios colorines sobre la incipiente calva, como todo un caballero de Biblia en mano, recibiendo pequeñas ayudas monetarias en el acto. Suponía que su humilde desayuno le ayudaría a conservar la voz, pero la verdad es que desgaste le llevó a ir endureciéndola año a año. Más que un predicador cristiano, entonces, había días en que sonaba más bien a Lemmy, el vocalista de "Motörhead". Después, y por desgracia, comenzó a perderla por causa de esa misma sobreexplotación.
Ahumada no era su principal lugar de informal ministerio: su esquina favorita era Moneda con San Antonio, pero las veces que aparecía por el paseo eran particularmente recordadas por la cantidad de peatones que circulaban por allí cada día y lo veían. En cada explosión de mensajes hablaba de Dios no sólo como el "Pulento", sino también como el "Terrible", el "Poderoso", el "Vengador" y otros grandilocuentes adjetivos. Su histrionismo llevó a varios humoristas a imitarle y parodiarlo, como a Fernando Alarcón en un libreto de su personaje Canitrot para la sección "La Oficina" del "Japenning con Ja", aludiendo a la "pelada milagrosa" de otro personaje, Don Pío, interpretado por Andrés Rillón. Otro que hizo sátira del popular predicador fue Ernesto Ruiz, con su personaje El Tufo en las presentaciones del "Picaresque" del Teatro Princesa, popularizando la frase "¡Gloria al Pulento!" que, originalmente, no estaba en el repertorio del predicador verdadero.
Por este último detalle, Gutiérrez era conocido por todos los paseantes del Centro como "Gloria el Pulento", especialmente en los años ochenta a los que aquí nos referimos, cuando esa expresión, "pulento", era una forma vulgar y popular de referirse a algo magnífico o estupendo.
Por muchos años, el "Gloria al Pulento" desapareció del Centro y algunos presumieron incluso que había muerto. El año 2007, se publicó en "La Cuarta" una nota diciendo que estaba mal de salud, en su casa de Pedro Aguirre Cerda. Pero el fan chileno número uno de Dios reapareció por el sector de calle Moneda con Ahumada. Recientemente, fue entrevistado por reporteros del diario "La Nación", para una nota sobre su regreso, en la edición del viernes 20 de enero de 2012. Ya está cano, arrugado, casi sin voz ni saltos, pero sigue enérgico en la fe a sus cerca de 80 años, tanto como para continuar con la misma prédica del evangelio, mientras recibe alguna ayudita en dinero de los observadores, para mantener el hogar.
“Esta es la orden que me dio mi Señor -le dijo a los periodistas-, amigo: predícame en la calle, todo el día, sin parar. Pero yo le dije varias horas no más, mi señor, todo el día no puedo, que tengo que trabajar para mantener a mi mujer y a mis hijos. Entonces él me dijo predícame no más, honra mi nombre, que yo voy a ver que no te falte dinero. Y me dio la orden: predica y el que se pare a saludarte, ése te lo mando yo. Dile que te dé no más".
El "Gloria al Pulento" en nuestros días, fotografiado por reporteros del diario "La Nación".
Vista de la ex entrada a los subterráneos de Ahumada 170, donde estuvo la primera casa que tuvieron los Entretenimientos Diana antes de cambiarse al frente. Actualmente, este complejo está totalmente remodelado.
EL SHOW DEL "HOMBRE GOMA"
Lejos de la santidad y la fe, el "Hombre Goma" era un incorregible sujeto lisiado que se instalaba -entre otros lados- en las cuadras entre Hérfanos, Agustinas, Estado y Ahumada, aproximadamente, prefiriendo una esquina de este último paseo frente a una institución bancaria y de junto a algunas bancas que allí estaban dispuestas para los paseantes. Era un hombre delgado y que tenía sus piernas atrofiadas por algún mal, muy flacas e inertes, de modo que solía colocárselas cruzadas tipo "flor de loto" o bien por encima de la cabeza, con sus pies disfuncionales cruzados detrás del cuello, simulando ser un sujeto hiperlaxo o un "Hombre Goma" como se hacía llamar. Su impedimento le obligaba a permanecer sentado o, a lo sumo, ver el mundo sólo desde la altura de quien lo tomase en brazos.
Para moverse, este tipo se desplazaba en un carrito hecho de madera y con unas ruedas de rodamiento, usando sus brazos para el impulso. Algunos acompañantes le asistían en sus irreverentes y picantes shows allí en la calle, especialmente un sujeto con un mentón enorme, que era apodado por lo mismo "Pera de Candado". Recuerdo que, en invierno, el "Hombre Goma" reclamaba una vez que no quería "trabajar" porque hacía frío, a pesar de que una abultada multitud se hallaba esperando que empezara sus rutinas donde se mezclaban acrobacias de pacotillas con ráfagas de chistes y mucha improvisación. Era un tipo de carácter fuerte y a veces insoportable, pero por alguna razón caía bien y sacaba carcajadas. Uno de sus "trucos" era saltar desde la espalda de su asistente sobre un cojín en el suelo, con las piernas siempre amarradas por la espalda. Cuando una muchacha gritó en un reflejo de susto al verlo hacer esto, el "Hombre Goma" se volteó y la increpó diciendo: "¿Qué, hueona? ¿Te dolió el poto a voh?". Una vez descubrió que alguien se reía desde un tercer o cuarto piso frente a su lugar de presentaciones, así que le gritó enojado: "¡Tírate de hocico mejor y así nos reímos todos!". Como justo detrás de su lugar en la calle había una marquesina electrónica de una institución bancaria proporcionando una huincha corrediza con información financiera, el humorista, que siempre solía reclamar por las monedas de baja denominación que le daban los asistentes, en otra ocasión se volteó diciendo que iba a consultar "nuestro último cómputo", parodiando la situación que se da en las transmisiones de la Teletón; y fingiendo leer el tablero exclamó enérgico: "¡Cinco mil y puras hueás de a pesooooooooooo!". Incluso él mismo se ridiculizaba en algunas rutinas, donde discutía con sus asistentes y amenazaba: "¿Acaso querís que me pare y te agarre a pata's?".
Su batería de chistes era inagotable. Fue a él a quien le escuché por primera vez, además, el cuento del sujeto que se toma una foto desnudo antes de irse a hacer el servicio militar, y es interceptado por su madre y su abuela pidiéndole algún recuerdo antes de partir: a la primera, le dio la mitad de la fotografía, con la parte de arriba, pero a la segunda le dio la parte de la mitad inferior, confiando en la mala vista de la anciana. Cuando la abuela miró la imagen con sus deficientes ojos, le declaró al nieto: "¡Uy, pero si es igual a su abuelo: barbón y con la corbata chueca!".
Al finalizar su acto, el sujeto cantaba girando en círculo por encima de los pies del público que lo rodeaba y a veces afirmándose de sus piernas sin ninguna delicadeza o timidez:
Este ha sido
el show del Hombre Goma,
creado especialmente
para usted...
Al "Hombre Goma" ya lo conocía desde algunas presentaciones que hacía durante el verano en el Paseo del Rompeolas y frente a las playas de Cartagena, hasta donde acudían muchos de los artistas y personajes populares que se veían también en el Paseo Ahumada, como Elvis Junior, del que ya hablaré, y un retratista de calle que firmaba Areve. En aquella ocasión, el "Hombre Goma" ofrecía sus deslenguados shows allí en el balneario, pero por alguna razón, una noche en el mismo Paseo del Rompeolas, apareció en su carrito de ruedas vendiendo unas pocas bolsas de papas fritas. Nadie le compraba y un mesero del restaurante frente al que se hallaba, salió a increparlo, quizás para ahuyentarlo de allí, sin lograrlo. "Si fuera yo el que vende, tendría cien bolsas de papas allí", le decía el mesero, despreciándolo. Yo le compré las cinco unos minutos después, repartiéndolas entre mis acompañantes. El "Hombre Goma", liberando su carácter confrontacional e indomable, se devolvió y entró al mismo restaurante desde donde mandaron a increparlo, seguramente para enfrontar al mismo mozo y demostrarle que sí había vendido las famosas papas. Era de armas tomar, a pesar de sus impedimentos físicos.
El Hombre Goma comprendió las posibilidades de su show y partió a otros países a ofrecerlo a sus calles, acompañado del leal ayudante y bandejero el "Pera de Candado". Estuvo unos tres o cuatro años perdido, hasta que regresó a Santiago a principios de los noventas, pero ya no era el mismo. Aunque su carácter siempre fue fuerte e irreverente, venía muy arrogante y exigente, condicionando sus presentaciones al dinero que se le diera aún antes de ofrecer algunas etapas de su show. Por el fuerte y casi forzado acento bonaerense con que regresó hablando él y su asistente, no cuesta entender lo que sucedió ni donde. Quizás en Argentina estos métodos le servían, pero acá no y perdió rápidamente público, especialmente cuando comenzaba a recurrir a los argumentos sucios y victimistas del que intenta explotar la lástima para tener un recursos a mano, como ironizar con que la gente que lo rodeaba preferiría darle plata a otros "que tienen piernas" y no a él. Hasta fresco se puso: en una ocasión, con ese desagradable falso acento argentino que se le quedó metido, prometió que escalaría sobre un poste de luz de la Plaza de Armas que estaba al lado del sitio donde hacía su función en esta nueva temporada de regreso en Santiago, pero pidió que le juntaran $500, y con ello cerraría el show. Sólo se reunieron $400, pues la gente dudaba de lo que aseguraba hacer... Y como no se juntó la suma que exigía, mandó a todos a la cresta, volvió a sugerir con sarcasmo que le dieran las monedas a artistas callejeros "con piernas", ¡pero no devolvió ningún peso de los que se habían reunido, tratando de juntar lo que él pedía por el acto cancelado de escalar el poste y bailar encima!
El "Hombre Goma" se había acabado, entonces. Ya no era el ingenioso atorrante garabatero de los años ochenta, sino un vulgar pilluelo exigente y con un show reducido y fome, poco novedoso para la sociedad chilena. Nunca más experimentó en este sector del Centro de Santiago, que antes había sido tan suyo, y desconozco su destino, si está retirado o si sigue en algún otro lugar con aquello. La última vez que le vi, precisamente en los años de su caída, fue sobre su carrito con ruedas desplazándose frente al Cine Real de Compañía, y dando ridículos gritos a modo de bocina cada vez que quería advertir a un peatón de su paso.
En la próxima entrada, recordaré con memorias propias y otras prestadas algunos de los personajes y lugares que se encontraban en el segundo tramo del Paseo Ahumada, y que supongo muchos más de mi generación también tendrán registrados en alguna parte de su banco mental de datos.
El "Rincón Juvenil" fue la casa de los pantalones amasados y los a rayas.
Foto Cencer y Reifschneider ya competían en la primera cuadra de Ahumada.

7 comentarios:

  1. Excelente registro te sacate un Nummer sieben. ¿y de bellavista ? queda algo .
    S.

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  2. que gran recurdo...te falto algo super importante.
    "los bajos york"...pero con todo ese material quedaste como mi gran amigo, te agradesco.

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  3. Justamente en mi última visita a Chile este año, vi en el Pasaje Matte al "Gloria al pulento", fue por mayo de esta año.

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  4. Justamente este año, en mi visita a Chile anual, por mayo más o menos vi al "Gloria al pulento" en el Pasaje Matte, yo también pensaba como muchos que se habra muerto.

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  5. Justamente en mi última visita a Chile este año, vi en el Pasaje Matte al "Gloria al pulento", fue por mayo de esta año.

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  6. Lamentablemente hoy nos dejo gloria al pulento
    O gloria dios
    Q.e.p.d.

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  7. Hoy nos dejo gloria dios o gloria al pulento
    Un abrazo donde este
    Q.e.p.d.

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