domingo, 19 de febrero de 2012

NATALICIO DE UN HÉROE: “¡AÚN HAY PATRIA, CIUDADANOS!”

El próximo 25 de febrero se cumplirán 227 años del natalicio de Manuel Rodríguez Erdoíza, héroe nacional cuyo caso es uno de los pocos donde la vida del personaje tuvo la misma proporción y calidad que su secular leyenda. Un hombre que, por sí mismo, con sus realidades e idealizaciones, adquiere características de figura mítica y de referente cultural imperecedero. También es una entidad rodeada de misterios, leyendas y enigmas, que al no haber quedado respondidos ante la curiosidad histórica, sólo han contribuido a engrandecer el vigor de su figura y el interés popular por todo lo que atañe a su nombre.
Rodríguez es un hombre-mito, dicho de otra forma. Tiene sus propias narraciones biográficas cargadas de leyendas y creencias populares, además. Por eso hemos tenido, quizás, tantos intentos vanos de echarle mano a su legado histórico: por un lado, los interesados en apropiarse de su nombre para ponerlos en sus banderas y sectas; por el otro, la infaltable herofobia de algunos iconoclastas de pacotillas, que han arrojado toda clase de anatemas sensacionales sobre la memoria del guerrillero de la Independencia, aferrándose sólo del gran contenido mítico y dudoso que hay en su semblanza.
Por más que algunos busquen impregnarse de su brillo, sin embargo, sólo conseguirán vivir a su sombra, porque el personaje ya está cristalizado en el folklore y la creencia del pueblo chileno.
Rodríguez es un todo, una esfera completa: inspira tanto al historiador militar como al cantante callejero; su audacia y talento motivan por igual los halagos de un general de guerra como los de un poeta romántico. Su figura une: nos recuerda que vivimos bajo la misma bandera y sobre el mismo suelo, volviéndose emblema de izquierdistas y derechistas, porque todos lo sienten suyo a su modo. Conecta todo el proceso independentista, desde ese dulce experimento llamado Patria Vieja hasta la victoria jurada en Maipú, pasando por las sublevaciones, la amargura del exilio en Mendoza, la creación de condiciones estratégicas para que pudiese penetrar el Ejército Libertador y la fundación de sus Húsares de la Muerte, también idealizados como él. En tanto, su inclinación a la aventura, a los viajes, la soltería, su asociación a otros interesantes caudillos y el éxito con las damas van juntos como un reflejo también ideal de la masculinidad, misma que habría sido capaz de postergar con la promesa de no tocar otra mujer hasta ver a su patria liberada. El honor y la lealtad fueron proverbiales en él, además: sin estridencias ni presunciones mezquinas, acompañó fielmente a los hermanos Carrera, paseando con ellos por alegrías y tristezas, por chinganas populares o suntuosos salones de gobierno; y después hizo lo posible por retornar al país y no quedar marginado de la lucha emancipadora, debiendo pactar con personajes que no eran quizás de su entera simpatía en Mendoza... Los mismos que después lo llevarían a la tumba.
No hay espacio suficiente para describir todas virtudes de ese Manuel Rodríguez del ideal popular, entonces: criado en los refinamientos de la aristocracia, fue amigo del huaso y del roto de ojotas, ganándose un cariño del pueblo, además de la protección y la asistencia en los días más difíciles. Abogado de profesión más no de vocación, no temió a rufianes como Vicente Neira, para establecer alianzas e incorporarlo a la causa patriota. Díscolo, audaz, valiente hasta lo insensato, artista del escape y jefe militar de lujo, cada día, cada instante de su vida era una aventura de vida o muerte: su leyenda lo coloca disfrazado de mendigo ayudando al propio Gobernador Marcó del Pont a descender de su carruaje; vestido de sacerdote atendiendo a los realistas que lo buscaban en la misma iglesia donde se había refugiado; metido en una enorme tinaja por más de un día mientras los hispanos volteaban todo alrededor tratando de darle captura. Atravesaba la cordillera en un abrir y cerrar de ojos, lo que dio origen a las leyendas sobre túneles perdidos conectando Chile y Argentina bajo el macizo andino. Tenía redes de informantes entre los rotos chimberos y del mercado, allá alrededor de la casa donde habría vivido en calle Carrión, según se cree. Su sangre fría era tal que hasta podía sentarse en la mesa de sus amigos y protectores jugando partidas de naipes, mientras los soldados armados pasaban corriendo afuera frente a las ventanas de la casa, buscándolo entre la complicidad de la noche.
Incorregible y temerario, era el patriota indicado para gritarle a la cara a la desmoralización chilena, que veía frustrados sus afanes de emancipación tras el desastre de Cancha Rayada: “¡Aún tenemos patria, ciudadanos!”… El eco de esa fuerza desgarradora volvió a unir y llenar de valor a una nación dividida, intimidada, en momentos en que muchos corrían con lo puesto por el Puente de Cal y Canto, decididos a huir por el camino de la Cañadilla y repetir el penoso paso por los Andes buscando el exilio, ante la inminente represalia española.
Rodríguez tenía razón: sí quedaba patria; aún había, en alguna parte, una chispa para restituir todo el incendio libertario que nos dio la definitiva Independencia.
Y así fue que, en su fidelidad total a Chile, también siguió a los Carrera en el destino de desgracia que puso fin a sus vidas, en su caso aquella tarde del 26 de mayo de 1818, cuando la sangre del guerrero llegó a la vega del estero Lampa, bautizando ante la historia a la localidad de Tiltil como el sitio de su infame y cruel asesinato. Esto dejó en sus hombros una noble responsabilidad, por cierto: la de perpetuar su semblanza y enfrentar esa parte oscura de nuestra Independencia, que avergüenza a los patriotas de verdad e incomoda a los historiadores, pero que se resiste a ser olvidada por los cantores populares de cuecas y tonadas. He ahí, por ejemplo, la trágica canción “Que se apaguen las guitarras”, con arreglos del maestro Vicente Bianchi y letra de nuestro Nobel de Literatura, Pablo Neruda. Así, el pueblo chileno nunca olvidará ni negará homenajes al ilustre guerrillero, compromiso que es doble para los tiltilanos, que por dulce condena viven precisamente sobre la preciosa y fecunda tierra que bebió esa heroica sangre derramada.
Han pasado 227 años desde que la buena estrella de Chile nos envió la virtud de Manuel Rodríguez, en el momento preciso y en el lugar indicado para concretar su incalculable aporte a la causa de la Independencia. Un tributo que pagó con su propia vida, como si su tragedia hubiese sido la garantía definitiva del triunfo anhelado y que acababa de ser consumado en el campo de batalla de Maipú.
Sin embargo, ¿es el Chile de hoy el que soñó Rodríguez, y por el que ofrendó su vida? Tras dos siglos de la misma Independencia por la que se volviera héroe y mártir, nos vemos viviendo en un país debilitado, estrangulado desde adentro hacia afuera a la vez que consumido por la penetración de fuerzas invasoras, doblegado por el mercantilismo, por el mammonismo, además de la inoperancia de los que ayer prometían justicia e igualdad pero hoy prefieren estar del lado de la enfermedad. Este no es el Chile de los patriotas, entonces: es el del mercader de la política, del entreguista, del “compadre” que solicita favores, del “clientelismo”, del traidor que prefiere el interés extraño al de su propio pueblo. Es la época del que vende la misma libertad por la que otros lucharon y murieron… La de aquel que se suscribe a grandes causas sociales en los momentos de encrucijada, pero pretendiendo esconder el hecho de ser la causa del problema y no la solución.
En fin, estamos en momentos difíciles para Chile y todo nuestro pueblo. Mal podríamos no saber de esto quienes han pagado históricamente el precio de vivir al margen de los centros geográficos del poder, fuera del interés político basado en la mera rentabilidad social cuantitativa y contando apenas con el breve período de las campañas electorales para que se acuerden de ellos y puedan formular velozmente sus demandas, que siempre son las mismas y nunca parecen resueltas.

Por eso, ante la adversidad, ante el pesimismo y ante la incertidumbre, también se siente el orgullo enérgico para poder gritar a viva voz y cual llamado urgente, tal como lo hizo el guerrillero de la Independencia y patriota sin parangón en la historia nacional: “¡Aún hay patria, ciudadanos!”.

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