viernes, 3 de febrero de 2012

"LAS VACACIONES DE NUESTROS ABUELOS": OTRA EXPOSICIÓN DIBAM EN LAS VITRINAS DE SANTA LUCÍA

Retrato familiar de Eusebio Fernández, en la playa en 1890. Colección del Museo Histórico Nacional, en la exposición "Las vacaciones de nuestros abuelos" de la Estación Metro Santa Lucía.
Coordenadas: 33°26'34.50"S 70°38'42.35"W (Estación Santa Lucía)
Hace poco encontré una caluga dibujada por Percy en un diario "La Tercera" del verano de 1962: aparece el personaje Pepe Antártico amarrado a un asador y cociéndose vivo a las brasas, con la inocente temperatura de 26,6° Celsius... Qué dirían ahora aquellos lectores, cuando la temperatura del verano 2012 ha registrado, medio siglo más tarde, temperaturas casi 10 grados más altas en Santiago.
Real o no, el calor de Santiago ha sido siempre la excusa para abandonar raudamente la ciudad durante cada época de vacaciones, como lo demuestra la exposición de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM), de la que aprovecharé para hacer caudal ahora. Creo que en el fondo, los veraneantes escapan de algo más que el calor: lo hacen también de esos tacos interminables en cada semáforo, de las caras de angustias del resto y de las ansiedades sofocantes que exige saber llevar la vida en esta urbe en particular. Esto ha sido siempre así: desde mucho, mucho antes que la sociedad santiaguina creyera que se hallaba ad portas del infierno con escuálidos 26 grados y fracción de temperatura ambiental.
El mismo día en que redescubrí a Pepe Antártico asándose a fuego lento, don Víctor Mandujano, periodista de la DIBAM, me dio aviso gentilmente de una nueva exposición a su cargo en la vitrina que la institución mantiene en el andén Sur de la Estación Metro Santa Lucía, la misma donde hace pocos meses el mismo comunicador se encargó de montar la estupenda muestra fotográfica "La Magia de Alfredo Molina La Hitte", de la que también hablamos ya en este blog, oportunamente. La actual, titulada "Las vacaciones de nuestros abuelos" (nada más apropiado para la temporada), se encontrará en exhibición allí en esa vitrina hasta mediados de marzo. Está compuesta de imágenes y fotografías de distintas unidades de la institución y colecciones, acompañadas de texto explicativo, y de las que aquí he reproducido sólo una pequeña cantidad de piezas.
"En 1900 Santiago tenía 300 mil habitantes -informa la vitrina-. La situación era precaria y la mortalidad ascendía a 40 personas por mil nacidas. El alcantarillado casi no existía, lo mismo que el servicio de agua potable y el pavimento. No había habitaciones higiénicas para los sectores populares, ni menos baños públicos. Acequias portadoras de enfermedades como viruela, tifus, peste bubónica y cólera, fluían por las principales calles de la capital".
El mismo panel nos recuerda que el tren de Santiago a Valparaíso fue inaugurado en 1863, y en aquel tiempo demoraba cerca de ocho horas en cada viaje. Era más bien un lujo, preferido por familias acomodadas que tenían fundos y estancias para vacacionar o las exclusivas casas de descanso, mientras que el pueblo prefería ir por las carreteras. Por mi parte, quisiera recordar también que la Empresa de Ferrocarriles del Estado ha repuesto recientemente un servicio de viajes especiales para revivir el tradicional tren de Santiago a San Antonio, desde la Estación Central, con una primera salida que ha sido todo un éxito precisamente por estos días y que continuará con otros viajes que se encuentran programados hasta marzo, con la expectativa de poderlo prolongar en el tiempo.
Cabe hacer notar que la evolución de la vestimenta y de la propia presentación de los veraneantes en las playas, cual reflejo de la moda y de las variaciones en los estándares morales de cada época, queda estupendamente bien retratada en las fotografías de esta muestra. En las imágenes de 1890, por ejemplo, la indumentaria de una familia en vacaciones hoy resultaría risible: sombrero de ala al elegante caballero, sombrillas de mano para la dama de largos vestidos y un niños a la usanza de marinerito, todos bebiendo refrescos en copas sobre unas rocas costeras.
Paseo en bote en la laguna del Fundo Panquehue, en 1891. Aparecen en la imagen Blanca Vergara de Errázuriz y su cuñado. Colección del Museo Histórico Nacional, en la exposición "Las vacaciones de nuestros abuelos".
Paseo de las colonias escolares saliendo de la Estación Central de Santiago en 1920. Colección del Museo Histórico Nacional, en la exposición "Las vacaciones de nuestros abuelos".
Clásicas portadas veraniegas de la revista "En Viaje", de la Empresa de Ferrocariles del Estado. De la Colección de la Biblioteca Nacional, en la exposición "Las vacaciones de nuestros abuelos".
Siguiendo con la información, hacia el Primer Centenario y durante la segunda década del siglo, las clases medias más acomodadas partía en tren a la costa cargando "camas y petacas". El servicio del ferrocarril habilitó los llamados coches-dormitorio, que inicialmente eran sólo para hombres y que facilitaban la comodidad durante los viajes más largos, que podían durar varios días. Cabría recordar que en esta época se inaugura, también, la Estación Mapocho, cubriendo rutas directas hacia los balnearios del litoral central, aunque esto significó el acceso de clases más populares hasta lugares que antes estaban reservados a la aristocracia, provocando un cambio de matiz que se reflejó en la llegada del comercio masivo, la emigración de las familias pudientes y el deterioro de sus antiguas y elegantes residencias.
"El auge de la hotelería turística -continúa la información expuesta- fue impulsada entre 1920 y 1930 por la Empresa de Ferrocarriles del Estado y luego por Honsa (Hotelera Nacional), que contaba con financiamiento estatal y hoteles en Arica, Santiago, Los Lagos y Valparaíso.
A partir de 1933, la revista En Viaje produjo artículos sobre los destinos nacionales (incluyendo Isla de Pascua), incentivando también el turismo al exterior".
De este auge en el servicio turístico, ferrocarrilero y hotelero, surgen barrios profundamente influidos por la actividad, como el desaparecido complejo de Recreo, donde apareció el primer balneario de la zona hacia 1910, rodeándose de "piscinas, baños calientes con agua de mar, pista de baile y salones de té". Además, se instaló allí el primer casino de Viña del Mar, convirtiéndose en la primera ciudad en adoptar y desarrollar un cariz turístico dentro del país.
Con la Ley de Educación Primera Obligatoria de 1920, se crearon la primeras Colonias Escolares a cargo de la Dirección de Educación Primera, principalmente en Constitución y destinadas a acoger a niños de familias humildes durante un mes, procurándoseles recreación sana, descanso, distracción y una alimentación nutritiva que en sus casas muchas veces escaseaba. Muchos colegios adoptaron el formato de las colonias veraniegas, adquiriendo incluso casas especiales en lugares costeros. Con el tiempo, también las grandes empresas ofrecían este servicio veraniego para los hijos de sus trabajadores, algo que alcancé a conocer en mi infancia como hijo de un funcionario de Chilectra.
En la época de expansión turística, período que va entre 1920 y 1950, aumenta vertiginosamente el parque automotor, algo que facilitó el desplazamiento de las familias durante la estación vacacional y generó la necesidad de construir carreteras más modernas, como la actual Ruta 68 de Santiago a Valparaíso, entrando en servicio en 1937 el camino que va por la cuesta Barriga y el túnel Zapata. En 1968 se inauguró el túnel Lo Prado. El tren comenzó a cubrir distancias desde Arica a Puerto Montt, y así viajar dejó de ser un lujo para adinerados. Y al mismo tiempo que el servicio iba adquiriendo rapidez y comodidad con sus salidas desde Estación Central o Estación Mapocho, hasta donde iban los familiares a despedir a sus parientes agitando pañuelos al aire, aparecían también los buses interurbanos y los viajes económicos en líneas aéreas comerciales, como las que operaban en el destruido Aeropuerto de los Cerrillos.
Zapallar en 1930, imagen del álbum familiar de Raquel Ureta. De la Colección del Museo Histórico Nacional, en la exposición "Las vacaciones de nuestros abuelos".
Imagen de las playas de Penco (con un cañón del Fuerte La Planchada en primer plano). Colección del Museo Histórico Nacional, en la exposición "Las vacaciones de nuestros abuelos".
Los principales destinos de los santiaguinos eran Viña del Mar, Cartagena, El Tabo, El Quisco y Algarrobo. El auge de Cartagena, particularmente, tuvo lugar entre 1890 y 1930, época en que se levantan sus suntuosas mansiones y caserones de encopetados señores de entonces, muchos de los cuales hoy se hallan en ruinas tras emigrar las clases altas de este lugar. En base a un testimonio de doña Sara Navarro, testigo de esta época con 95 años, dice en la vitrina reproduciendo sus palabras:
"En la playa había vendedores de cuchuflíes y empanadas de pera. Los niños retozaban a la orilla del mar y algunos hombres en traje de baño con camiseta se bañaban. Las mujeres usaban un traje de baño largo que les tapaba los brazos y las piernas. No se bañaban, porque era mal visto que una mujer decente lo hiciera".
También se reproducen en la exposición, nostálgicas citas de Joaquín Edwards Bello ("Valparaíso ayer y hoy", 1924) y de Benjamín Subercaseaux ("Valparaíso", 1942), contextualizando muy apropiadamente el contenido de esta pequeña pero interesante muestra, que nos trae de vuelta la impresión de haber cambiado tanto y a la vez tan poco en todos estos años de existencia republicana.
Con el tiempo, los mencionados trajes de baños se acortan y el ambiente retratado en las fotos va haciéndose más festivo y liberado. Hombres y mujeres juegan con una enorme pelota elevada con sus piernas descubiertas, en una imagen de 1930, por ejemplo. Las playas se llenan de coloridos quitasoles y carpas que permitían a los bañistas cambiarse de ropa, bajando al arena así en traje casual y luego ponerse sus trajes de baño dentro de esos toldos. Sin embargo, en los años setenta las carpas fueron prohibidas. La decisión de tomó "debido a los constantes robos y a los excesos que, en oportunidades, se cometían en su interior", según revela la información expuesta.
"Era la época de los “bronceadores” -prosigue el texto del panel-. Cuando el 'fascinante' tostado playero era símbolo de belleza y salud. Campeaba el pan de huevo, los barquillos y los cuchuflíes".
Como siempre, la DIBAM ha tenido la generosidad de compartir este hermoso material e información con los usuarios del Metro de Santiago, recordándonos que tras cada verano e incluso en el afán de escapar de una ciudad como la nuestra, existe una tradición pintoresca profundamente arraigada en la gente y la vida de esta misma capital de la que se huye; historia allí retratada en las vacaciones de los abuelos, en otras épocas, en otros tiempos, pero haciendo exactamente lo mismo que hacemos hoy, cuando Santiago vive sus calurosos y esperados días estivales.
Así pues, desde el estático blanco y negro de aquellas fotos antiguas, aprovecho de desearle unas activas y coloridas vacaciones a todos los lectores de este blog. Muchos saludos.

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