miércoles, 19 de octubre de 2011

EL VALOR DE LOS BAILES "PIELES ROJAS" EN LAS FIESTAS RELIGIOSAS DE CHILE

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Grupos de bailarines pieles rojas haciendo sus presentaciones en Iquique, durante la llamada fiesta de "La Tirana Chica" que se celebra anualmente en la Plaza Arica de esta ciudad.
Los bailes pieles rojas son una curiosidad entre las sociedades de las fiestas del Norte Grande, que no ha dejado de intrigar a los antropólogos, folkloristas y turistas que los constatan presentes hasta hoy en las celebraciones de La Virgen de La Tirana, La Virgen de Las Peñas, el Señor de Mamiña, San Lorenzo de Tarapacá o Nuestra Señora de Andacollo, entre muchas otras.
Estas sociedades de bailes se caracterizan por vestir a la usanza de los pueblos nativos de América del Norte: emplumados, con penachos en el caso de los miembros de alto rango y con armas de fantasía como puñales, hachas y una lanza que, invariablemente, usarán para marcar el paso de sus cánticos, con una secuencia de baile en la que se llevan este instrumento al hombro repetidamente. Suele tratarse de agrupaciones familiares o confraternales (vecinos, amigos, generaciones de compañeros de baile, etc.) que van desde un puñado de pocos miembros hasta cerca de 30 o más integrantes, hombres y mujeres. Los trajes más ostentosos suelen determinar también los rasgos de antigüedad y jerarquía de los miembros, de modo que los "patriarcas" pueden estar vestidos al estilo del jefe indio con los mejores penachos y accesorios. Es, por lo demás, una de las formas de baile y sociedades más famosas de las existentes en el Norte Grande, especialmente para la Fiesta de La Tirana.
Sin embargo, la presencia de un elemento tan foráneo y exótico, ajeno a las tradiciones más antiguas o locales de Tarapacá y a la influencia altiplánico-aymará en el Norte de Chile, ha motivado a varios autores a juicios un tanto categóricos sobre el valor de estas cofradías o grupos de baile religioso, como hace el investigador Juan Uribe Echevarría en su libro “La Fiesta de La Tirana de Tarapacá” (Ediciones Universitarias Valparaíso, Valparaíso, Chile, 1973). Esto, por supuesto, en el concepto estricto del folklore como sistema de creencias y costumbres que forman parte de la propia identidad del pueblo que las cultiva. De este modo, concluyen en que se trataría de un mero fenómeno imitativo y hasta desestiman esta manifestación como genuina y auténtica expresión del folklore religioso. A diferencia expresiones nativas como los bailes chinos y el ritmo del cachimbo, o bien de adaptaciones de influencias altiplánicas como la diablada, la llamerada y los zambos caporales, este juicio considera a los pieles rojas más bien como una consecuencia de la transculturización por la vía de los medios de comunicación, que se fue incorporando a las fiestas religiosas como parte de la inevitable adición de elementos carnavalescos en las respectivas celebraciones.
También se ha escrito sobre estos pieles rojas y tomando una versión reportada hace muchos años por el investigador pampino Florencio Olivares, del Museo Histórico de Arica, que esta forma de baile habría sido fundada luego que Monseñor Carlos Labbé manifestara su desagrado con las conductas de ciertos chunchos (que también utilizan altos tocados o penachos de plumas en la cabeza), a lo que un caporal de ellos llamado Manuel Mercado reaccionó creando, en 1930, un nuevo cuerpo de baile inspirado en las películas estadounidenses del Far West, que imitaba a los indígenas norteamericanos y que puso a bailar en la Plaza Arica de Iquique, escenario de la denominada Fiesta "chica" de La Tirana. Llamados pieles rojas, entonces, el baile se sumó a los varios exotismos que podían verse entre los danzantes de La Tirana y otras fiestas: toreros, marinos, cosacos, hindúes, gitanos, mexicanos, gauchos, sultanes, etc., haciéndose muy popular en las salitreras y pueblos de la pampa.
Agrega Uribe Echevarría que, tiempo después, el sastre de los bailes del señor Mercado, don Aniceto Palza, se separó de aquél formando su propio grupo, reformulando los trajes de los primeros pieles rojas e inventando también el Quele-Quele, jerigonza que cantaban los miembros de su compañía. Sabemos también que algunos de los patriarcas de la fundación de cuerpos y grupos de baile de este tipo en 1937, aún sobreviven en Iquique: el veterano caporal Arturo Barahona, abuelo de un clan familiar que mantiene a la sociedad religiosa "Pieles Rojas del Espíritu Santo".
Si bien toda esta explicación sobre el pintoresco origen de los pieles rojas parece bastante verosímil, pues no cabe duda de que ha sido la influencia de los westerns del cine mudo la que ha tenido relación con este popular tipo de bailarines, habría posibles inconsistencias en la historia, como la aparente existencia de antiguas cofradías de indios que son anteriores a la fecha señalada y a la propia llegada de Monseñor Labbé al Obispado de Iquique en 1929, si damos crédito a lo que recordaba hasta hace poco algunos veteranos de La Tirana.
Apartándonos de las imprecisiones de la tradiciones oral, sin embargo, hay un elemento adicional que quizás se ha perdido de vista pero que permitiría devolver la existencia de los pieles rojas a un enfoque de valorización en los aspectos folklóricos que le son cuestionados y que además establecería diferencias con el mero fenómeno de transculturización e imitación (la que sí se observaría, por ejemplo, en la adopción de un pseudo Halloween o la copia local de ciertos movimientos creados por la industria musical): la presencia de actos de pantomima en los circos antiguos, donde eran comunes las presentaciones de troupes vestidas -entre otros muchos disfraces- de indios norteamericanos interpretando coreografías musicales de enfrentamientos con vaqueros. Esto también explicaría la presencia de otros modos de bailes y vestuarios que no parecen coincidir del todo con lo que podría esperarse del cine popular de los años de fiebre salitrera en el Norte Grande de Chile, como gauchos, sultanes, rusos o cosacos, pero que sí estaban presentes en los espectáculos de pantomima y musicales de los antiguos circos chilenos que recorrían esos territorios, de pueblo en pueblo y de salitrera en salitrera, haciendo tales presentaciones.
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Actores de pantomima del Circo Todorovich, disfrazados de indios pieles rojas. Fotografía perteneciente al archivo de don Eladio Lavalovich, en exposición en la muestra "El Circo Chileno" de la Biblioteca Nacional (septiembre-octubre 2011).
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Imágenes de sociedades de bailes pieles rojas en el Santuario de La Tirana. Como dato curioso, comentaré que alguien me hizo notar cuando tomé la fotografía central, que las llamas formarían una imagen parecida a la del perfil de un indio piel roja con plumas (según él, era un espíritu de estas tribus haciéndose presente). Estas cofradías son de las más populares de las fiestas y conviven con las de morenos, zambos caporales, cuyacas, diabladas y chunchos de las fiestas.
Respecto a esto último, un libro recientemente publicado por la investigadora Pilar Ducci, "Años de circo" y que incluye una exposición actualmente el curso en la Biblioteca Nacional de Santiago, comenta cómo esta clase de presentaciones de fantasías y disfraces de la pantomima cobró gran popularidad en las funciones de los llamados "Circos con segunda parte", correspondientes a aquellos que dividían su función en dos jornadas: una con el tradicional show circense (payasos, magos, malabaristas, trapecistas y acróbatas) y otra con presentaciones de tipo folklórica, más influida por el primitivo teatro de variedades y en donde se incluían también esta clase de espectáculos de pantomima o musicales basados en interpretaciones libres de hechos históricos, epopeyas, leyendas o incluso crónicas periodísticas. Esta ampliación del show se originaba en la necesidad de dar variedad a los espectáculos de cada circo, dado que algunas carpas debían permanecer por varios días en cada pueblo y no podían repetir la misma función sin colmar rápidamente a sus pocos habitantes. Existen fotografías de famosas compañías itinerantes de fines del siglo XIX y principios del XX, como el Circo de Miguel Todorovich y el Circo Corales, donde efectivamente aparece el elenco de actores de sus pantomimas vestidos con trajes de indios pieles rojas, sultanes, gauchos o gitanos similares a los que pueden verse en las sociedades de bailes religiosos del mismo nombre, por lo que, considerando la gran presencia que tuvo esta clase de espectáculos en el territorio nortino, no sería raro que alguna importante influencia conceptual en tales cofradías provenga de esta vertiente.
Sabemos, por nuestra parte, que existieron muchas comparsas de actores disfrazados y payasos en las varias oficinas y pueblos salitreros del Norte, que operaban como pequeñas compañías circenses formadas por los miembros de la propia comunidad donde alojaban. Una antigua fotografía del trabajo de tesis titulado "La infancia del caliche y su imagen fotográfica. Tarapacá 1900-1930", de Luisa Camus, muestra una de estas comprarsas llamada "Chacance" y perteneciente a la salitrera Coya, vestidos como tonys de circo, músicos de carnaval, sacerdotes y otros disfraces curiosos.
Otro factor de relevancia para respaldar esta posibilidad de un vínculo del folklore del circo con el folklore religioso, está en la relación efectiva que existió entre los músicos de las bandas instrumentales de las fiestas religiosas del Norte de Chile y las murgas circenses, pues es algo conocido el que muchos de los instrumentistas que antaño iban a las fiestas y retretas de los pueblos salitreros, eran contratados directamente desde las orquestas de circos que paseaban por esos mismos poblados del esplendor calichero. Los instrumentos musicales utilizados (tubas, cajas, bombos, platillos, trompetas, cornos, etc.) son esencialmente los mismos del circo o la fiesta religiosa, además de los repertorios de ritmos como marchas militares e himnos que antes eran muy populares en los shows circenses, hasta que estos comenzaran a incorporar pautas basadas en canciones alegres y en ritmos como mambo, foxtrot o chachachá, ya en la época de la bohemia revisteril. De alguna manera, entonces, el mundo del folklore circense sí ha tenido injerencia importante en el folklore religiosos de aquellas regiones.
Luego de los primeros y precursores bailes de este tipo en las fiestas nortinas de los años veinte o treinta, fueron sumándose nuevas cofradías que asumían tanto el nombre de pieles rojas como el de tribus específicas (apaches, comanches, sioux, etc.). Así aparecieron otras sociedades de este mismo estilo y estética, varias existentes hasta ahora, como por ejemplo:
  • Los Pieles Rojas Cruzados de Iquique (fundados el 20 de junio de 1946)
  • Los Pieles Rojas de Pedro de Valdivia (fundados el 18 de marzo de 1951)
  • Los Indios Sioux de Iquique (fundados el 3 de octubre de 1953)
  • Los Pieles Rojas del Carmen de Tocopilla (fundados el 23 de diciembre de 1953)
  • Los Pieles Rojas del Carmen de Antofagasta (fundados el 6 de marzo de 1954)
  • Los Pieles Rojas Águilas Blancas de Iquique (fundados el 21 de mayo de 1956)
  • Los Indios Dakotas de Iquique (fundados el 15 de agosto de 1958)
  • Los Indios Siuox del Carmen de Antofagasta (fundados el 5 de octubre de 1970)
  • Los Indios Jalaguayos de Arica e Iquique (fundados el 5 de noviembre de 1970)
  • Los Pieles Rojas Promesantes del Salitre de María Elena (fundados el 22 de julio de 1975)
  • Los Indios Sioux de María de Arica (fundados el 7 de agosto de 1977)
  • Los Indios Cheyenns de Iquique (fundados el 1° de octubre de 1978)
  • Los Pieles Rojas del Carmen de Tocopilla (fundados el 4 de agosto de 1979)
Muchas de las más antiguas cofradías de pieles rojas que no aparecen nombradas aquí, sin embargo, desaparecieron con la caída de la industria del salitre y el cierre de las oficinas calicheras, como sucediera también a varias de las cofradías con nombres y atuendos más exóticos.
Otro punto en favor de un verdadero valor folklórico y religioso de las cofradías pieles rojas y sus "mudanzas" o presentaciones de baile, lo representa la propia percepción de los fieles y su visión bastante particular sobre la imagen de estas sociedades, muy distinta a la interpretación que dan los estudiosos e investigadores de profesión. Para los devotos y miembros de las agrupaciones religiosas, los pieles rojas vienen a equivaler al símbolo cultural de la cristianización de América pero con la fusión de los elementos culturales nativos, algo que podría explicar la descrita popularidad de esta clase de bailes en las fiestas tarapaqueñas. En sus presentaciones en La Tirana, por ejemplo, suelen hacer una gran fogata totémica que se ha vuelto propia de sus coreografías religiosas durante la fiesta, mientras danzan alrededor de ella; y en San Lorenzo de Tarapacá parece haber una comprensión metafórica de su presencia vestidos como nativos americanos ofreciéndose en devoción ante el Santo Patrono de los pobres, los desvalidos y los mineros nortinos, al tiempo que se permiten interactuar con bailarines de otras sociedades simulando justas u ordalías, como osos y diablos.
Parecido es el caso de ciertos personajes zoomórficos que asoman en las fiestas, y que suelen actuar como elementos de cierta autonomía entre los cuerpos de bailes, especialmente las diabladas. A los citados osos (que en ciertas opiniones también suelen ser descartados del folklore propiamente tal y tomados más bien por rasgos carnavalescos) se los representa con trajes peludos, muy barrigones y con una máscara parecida a las del diablo, pero de orejas grandes y sin cornamentas. Como la mayoría de los trajes son negros o de tonos oscuros, al disfrazado que interpreta un oso blanco, se le suele llamar popularmente oso polar. Sin embargo, y aun correspondiendo a un animal tan foráneo a la fauna regional, su presencia pueden responder a una simbolización totémica, no más distinta de las representaciones de otros animales culturalmente más cercanos como el cóndor y los toros del waka-waka de Bolivia. Es frecuente ver en las "mudanzas" del territorio chileno, por ejemplo, representaciones de lucha de opuestos alegorizada en la cacería, entre bailarines osos y bailarines pieles rojas alrededor de las llamas, en una escena casi surrealista que tradicionalmente se improvisa durante las fiestas.
Es legítimo considerar, entonces, que el intrigante baile piel roja que tan extraño y curioso se ve en nuestras fiestas religiosas, sí tiene un sincero valor folklórico y simbólico, además de un respaldo interesante en la tradición religiosa, mucho más allá de alguna impresión simplista y casi prejuiciosa en donde todo se reduce en la emulación carnavalesca de las fantasías estéticas del cine y la televisión clásica.

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