jueves, 19 de mayo de 2011

LA VIDA EN LAS RIBERAS: CRÓNICA DE LAS ESPECIES EXTINTAS DEL BARRIO MAPOCHO

Vista del sector de Barrio Mapocho (la estación, Plaza Venezuela y entrada de avenida Independencia) hacia el año 1920. Fotografía originalmente correspondiente al archivo Chilectra.
Nota: Este texto que precede a la presentación digital de la obra (plataforma Issuu) corresponde a la presentación del libro que ha sido dividido en dos tomos por su envergadura. Se abarca toda la historia del barrio desde sus orígenes remotos hasta sus más recientes cambios y transformaciones, con especial énfasis en lo que aquí he llamado "especies extintas" de Mapocho: todos aquellos elementos culturales, folklóricos, arquitectónicos y humanos que han desaparecido pero también han dejado su huella en el fenómeno de la vida en las riberas, por esta parte de la ciudad. Queda en vuestras manos entonces, junto con el agradecimiento por todos estos años en la aventura bloguera de URBATORIVM y la reiteración de que este mismo blog no será cerrado, sino sólo reducido en su constancia de publicaciones e interacción con los lectores. Saludos y, desde ahora, intentad el pequeño ejercicio de mirar Barrio Mapocho a través de mis ojos, con este libro digital como ayuda.
De alguna manera, todos los santiaguinos estamos ligados al Barrio Mapocho: vinculados a través de sus mercados, sus actividades y espectáculos en el centro cultural de la estación, o en sus restaurantes económicos con las populares cantinas de vino pipeño y tintolio navegado o en borgoña. El nexo es ineludible.
Nunca faltará, así, al menos un lugar de este barrio que haya influido en alguna parte de la vida del santiaguino promedio: quien no haya alcanzado a conocer los trenes de la terminal y los tugurios paleolíticos de calles como Bandera, de seguro sí estará familiarizado con las cañas de “terremoto” de “La Piojera” y el “Wonder Bar” o las fritangas de oscuros aceites centenarios en veredas trepadas por el intenso comercio callejero, como Puente, 21 de Mayo o Independencia. Ayer, eran pescados con batido, picarones y “pequenes” los que burbujeaban chispeando en su quemante ardor al aire libre; ahora son empanaditas y sopaipillas, a veces rellenas de cáscaras de queso las primeras y sin un gramo de zapallo las segundas.
Cada generación encuentra y recibe así, lo propio… Lo bueno y lo malo del barrio mapochino.
Dominan la existencia de esta identidad grandes unidades urbanas y de actividad social (real o simbólica), que han ido acumulándose en la historia del barrio como las mejores piezas de exhibición en la repisa de un coleccionista acaudalado. Jerárquicamente, osaríamos proponerlas en el siguiente orden de relevancia:
  1. La Estación Mapocho, hoy centro cultural y principal referente arquitectónico del sector.
  2. El Mercado Central, con su histórico edificio eje de la actividad comercial de Mapocho y segundo referente arquitectónico en la percepción del barrio.
  3. El Mercado de La Vega y su reflejo en La Vega Chica, mercado esencialmente popular al que se suman las pérgolas y la feria Tirso de Molina, recientemente remodeladas en un nuevo conjunto propio.
  4. La línea de río Mapocho, estableciendo una divisoria o “corte” en la ciudad que, sin embargo, no logra romper la identidad común del barrio que ocupa ambas riberas y que, además, ha tenido sus propios habitantes interiores.
  5. Los puentes del Mapocho, cada uno con una actividad intensa y propia sobre sus plataformas, y a veces también bajo las mismas. Desde el desaparecido Cal y Canto en adelante, son estos puentes los que hacen de los barrios a cada lado del río un sólido vecindario único.
Empero, por instantes se hace un tanto difícil precisar cuál es el área que merece ser considerada como el Barrio Mapocho, propiamente tal. La concentración del comercio nos da alguna pista, pero hay elementos que confunden, haciendo difusos los deslindes imaginarios o concretos que otros hayan pretendido establecerle, con más dogmatismo y desde criterios factuales.
Algunos tienden a marginar de Mapocho, además, al espacio ribereño de La Chimba, el tradicional barrio al Norte del río que naciera casi con Santiago mismo. No aporta mucho el que también lleve el nombre de Mapocho la avenida que sale justamente desde lo que podríamos considerar el límite poniente del barrio, ya casi fuera de su espacio vital o de su lebensraum urbano, parafraseando a Ratzel, calle que surge a metros de avenida Presidente Balmaceda en un tramo que antes fuera llamada Mapocho, como para agravar más las confusiones a las que intentaremos hacer frente en este trabajo. Por impropia costumbre, otros relacionan con el título de Mapocho a avenidas como Cardenal Caro o General Mackenna. Es como si la tendencia nominal de Mapocho fuese tan fuerte y determinante en el barrio homónimo, que alcanza incluso para toda la toponimia local: para todas sus calles grandes o avenidas y la comprensión misma del vecindario en que se hallan. Todo aquí, es Mapocho.
Quizás, estamos demasiado acostumbrados a una ciudad sin transiciones en el paisaje urbano, donde resulta más bien sencillo fijar de manera matemática y taxativa los límites geográficos de barrios, comunas, provincias o regiones completas. Y también sus límites sociales y culturales, como sucede con el injusto estigma que se le ha hecho padecer tanto tiempo ya a la Plaza Italia (Baquedano).
En una primera lectura, Barrio Mapocho cumpliría con este patrón extraño de ordenamiento, casi ajustado al mecanismo del tablero. Por consiguiente, todo lo que queda dentro de él es Mapocho, y se vuelve así mapochino, mismo gentilicio que algunos países vecinos nos lo proponen como sinónimo de “chileno”, equivalente al amazónico del brasileño o al platense del argentino, no obstante la humildad casi penosa de nuestro río respectivo y referente para semejante sinécdoque, comparativamente hablando.
Pero en el mismo barrio mapochino también sucede un fenómeno paralelo difícil de precisar con trazas exactas sobre sus calles y siendo, quizás, el más importante en su identificación como unidad general dentro de la ciudad: desde nuestro punto de vista, es un espacio en la cultura popular en el colectivo-cognitivo urbano, más que en lo meramente toponímico o geográfico; algo ligado tanto a la bondad de la naturaleza del tramo de río que allí nos dispuso la Creación, como a la posterior presencia de los núcleos de irradiación de vida hacia todo el entorno, que permitió definir con más propiedad la característica del barrio… Divinidad, naturaleza y humanidad se juntan en estos rincones de Mapocho, entonces.
El barrio es, en consecuencia, un cuño ciudadano que ha crecido en el sector de puentes, estaciones de trenes y tranvías, hoteles, iglesias, cantinas y bares a las orillas del río del mismo nombre. Si acaso debiésemos ajustarlo necesariamente a la geografía urbana del sector y a lo que nos parece corresponde a la percepción popular del barrio, no sin algún titubeo apostaríamos a colocar sus límites al oriente por ahí por Recoleta y San Antonio; y aproximadamente por las cuadras que anteceden a Vivaceta y por Amunátegui, al poniente; de Norte a Sur, en cambio, el circuito cultural y costumbrista de Barrio Mapocho parece estar definido por ahí cerca de las primeras cuadras de las avenidas Independencia y Recoleta hasta más o menos Antonia López de Bello, de un lado; y hasta la calle Rosas y Esmeralda, del otro y quizás más importante lado de todo el vecindario.
Curiosidad enorme es, entonces, que mientras se han realizado estupendos trabajos y gruesas recopilaciones de crónicas en torno a otros barrios tradicionales de Santiago, como es el caso de La Chimba (Justo Abel Rosales, Carlos Lavín) o Yungay (José Rafael Carranza, Fidel Araneda Bravo), la historia de Mapocho permanece más bien marginada de este interés; o, cuanto menos, fragmentada en distintas fuentes sin grandes pretensiones de conectarse entre sí, repartida como el rompecabezas del mapa de un tesoro.
Reunir todas estas piezas de la historia del barrio se convierte en un desafío fatigante, con algo de ilusión frustrada en más de un momento. Tarea dificultosa es ésta, entonces, al involucrar una partida casi desde el punto cero. Sabemos de sobra que la mayoría de las búsquedas de riquezas se quedan en sólo eso: búsquedas interminables. No llegar a nada aumenta la ambición de nuevos excavadores y consagra las empresas en la categoría de mitos irrenunciables, proyectos como aquél que el poeta Santos Chocano se esmeró en consumar a orillas de nuestro río, buscando un inexistente tesoro precisamente junto al Barrio Mapocho, por allí por Miraflores, obteniendo como recompensa sólo una multa municipal, la burla de los escépticos y una maldición de subterráneos perdidos que lo llevaría a la tumba.
En nuestro caso, sin embargo, creemos haber tenido mejor suerte que Chocano buscando sus tesoros: hemos logrado armar el mapa para dar con la fortuna extraviada en las hebras históricas del barrio. Y, con él, hemos recolectado también parte de esa estela de monedas de oro que ha ido dejando la biología urbana y su evolución antropológica, regadas a lo largo de cinco siglos de tránsito.
Empresa imposible sería desempolvar y reunir todos los fragmentos que pertenecieron, alguna vez, a este lugar de la ciudad; todos aquellos que ya no se encuentran en él, ingresando a la dimensión de las especies extintas de Mapocho, que motivan nuestra investigación. Pero buscaremos, al menos, la forma óptima de extraer desde el recuerdo ajeno y propio aquellas que han sido parte interesante en la formación del carácter y la identidad del barrio, allí en el secreto de su íntimo baúl de gemas y doblones.
Veremos, entonces, qué resulta de este intento.

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