martes, 1 de febrero de 2011

"LA RIBERA" (UN CUENTO DE MI AUTORÍA)

Éste es mi cuento titulado "LA RIBERA" (de Cristian Salazar Naudón), ganador del Primer Lugar en la categoría “Mejor que el Vino” del PRIMER CONCURSO LITERARIO DEL CENTRO CULTURAL MANUEL ROJAS de Barrio Yungay en Santiago, el 19 de enero de 2011:
El Negro llevaba al hombro su diaria recogida de leños blanquecinos, de esos escupidos por el Mapocho sobre los pedregales estériles de la vega. Era temprano aún, a esa hora en que los demás niños de su edad pasaban junto al puente de camino a las escuelitas carrascalinas, por este lado del barrio riberano.
Fue entonces cuando descubrió al Pulga y al Pollito casi arrodillados en la orilla misma, unos cuantos metros por allá, en el lado de los arenales. Era fácil reconocerlos, pues siempre andaban juntos, como dos criaturas disímiles en un contrato simbiótico: el primero, con su cabeza negra de pelo corto y chuzo; y el segundo con sus cabellos rubios y lacios, envidia de cualquier altanero con presunciones de ancestros europeos. Aunque eran inquietos y siempre activos, ahora parecían sumamente atentos a algo allí en el borde, permaneciendo agachados alrededor del misterioso objeto de sus distracciones.
Tentado también por el gusanito de la curiosidad, el muchacho marchó hasta donde estaban sus amigos, vecinos de las miserias ribereñas. Cuando comenzó a distinguir algo como una figura humana frente a ellos, con toda seguridad lo que les tenía cautivados, el Negro soltó su carga de leña y partió raudo, haciendo sonar las gastadas zapatillas sobre piedras sueltas y cantos redondeados por siglos de erosión.
Al llegar hasta ellos, ninguno se volteó. No es necesario, pues sabían que era él. Y allí estaba el cuerpo del infeliz, medio flotando sobre las turbias aguas del Mapocho y con el pecho encallado sobre las rocas y el banco de arenas. El Pulga, siempre en cuclillas, intentaba moverle la mano con un palo seco. No lo conseguía, pues el rigor mortis era más resistente que su precaria herramienta.
- ¿Le buscai algún reloj? –le preguntó el Negro, sorprendido aún con la escena.
- Puede ser… ¿te atrevís a tocarlo? Nos vamos fifty-fifty.
- ¿“Fifty-fifty”? ¡Qué estai diciendo, hueón, si seríamos tres poh! Además, ¿cómo no cachai que si tenía reloj, ya se le echó a perder con el agua?
El Pulga y el Pollito se miraron con cara de cómplices, sintiéndose realmente tontos tras el comentario del Negro… Tenía razón.  Resignado, el primero arrojó la rama al caudal y se sentó en el suelo húmedo, devolviendo la mirada al cadáver. El Pollito en cambio, perdido en su propia órbita, dio un largo bostezo, señal inequívoca de que estos dos habían estado otra vez en alguna de sus frecuentes correrías nocturnas.
- ¿Tendrá zapatos? –preguntó el Pollito echando para atrás su pequeña e infantil chasquilla dorada- Esos sí podríamos venderlos.
- Nunca quedan con zapatos –respondió el Negro mientras se sentaba a su lado, también mirando al finado que yacía con la cara sumergida en el agua-. Siempre se los gana el río primero.
Pero el Pulga no parecía convencido. Los pies del muerto estaban bajo el agua suficientemente turbia para no ver nada de ellos más bajo las pantorrillas. Se inclinó tratando de distinguir algo al final de esas piernas cortas, apenas cubiertas por un pantalón desgarrado, pero no lo consiguió. Miró repetidamente, y casi acercó sus manos sobre el cuerpo, pero los escrúpulos resultaron más fuertes que sus ambiciones.
Al ver tanta porfía, el Negro volvió a ponerse de pie y, sin señal alguna de repulsión, se metió con zapatillas y todo al agua, tomó una de las piernas del regordete muerto y con gran dificultad la levantó, sacando afuera el extremo: un pie desnudo, pequeño y ancho, de uñas sucias y gruesas.
- ¿Me creís ahora? –espetó con algo de ofuscación-. Entiende, gil: no tiene zapatos, no tiene billetera, no tiene joyas, ni anillos, ni cadenas… ¡no tiene ninguna hueá! ¡nada!
Es ahora el Pollito el que parecía intrigado. Se acercó gateando sin incomodarse por mojar sus rodillas y manos en el borde del río. Miró con detención al muerto, casi como si esperara una última señal de vida de su parte… Pero nada sucedió. Estaba helado, hinchado y tieso como una tabla.
- Bueno, es un fiambre no más, no un tesoro –le dijo el Pulga al Negro. ¿Y sabís siquiera de qué se hueá murió? ¿Se habrá tirado solo este también?
El interrogado cambió su expresión. Todavía sosteniendo el pie frío en sus jóvenes manos, llenas de pequeñas heridas y raspones, permaneció en silencio un rato, como si meditara una respuesta. Entonces, de súbito comenzó a voltear al cadáver, usando todas sus fuerzas de preadolescente. Al verlo complicado, por fin los otros dos se animaron y participaron del intento. El Pulga fue el último en incorporarse.
El cadáver cayó sobre su propia espada salpicando agua inmunda en todos los sentidos. Se reveló ante ellos, entonces, una cara horrible, inflamada, con los ojos abiertos y turbios. Un hombre mayor, de unos 60 años; labios gruesos y barbas canosas. Entre éstas y el cuello de la camisa, la garganta estaba abierta brutalmente, de lado a lado. La tráquea y ambas arterias habían sido pasadas por el filo de la hoja, y el agua había lavado el corte hasta dejarlo casi blanco, como un jamón a medio rebanar.
Se quedaron contemplando ese rostro y esa horrible cortada por un largo minuto.
- ¿Se lo merecía o no? –preguntó el Pulga, aún sin sacarle de encima los ojos.
- Sí –respondió muy convencido el Negro, apretando los puños-. Lo recuerdo... Seguro que fue en el Pío Nono. Se lo había ganado hace rato… Por viejo culiao degenerao.
Acto seguido, le dio un fuerte puntapié a las costillas del muerto; tan fuerte que lo desencalló de su anclaje de rocas y comenzó a llevárselo la corriente, río abajo; primero lentamente, luego con fuerza.
Una lágrima de ira tibia cayó por la mejilla del rapaz, y entonces salió del agua apresurándose por ocultarla, para ir a buscar sus maderos dejando atrás este sitio. Y el Pollito, siempre inocente y abstraído de todo contexto, recogió una de las piedras y la arrojó de pura travesura contra el muerto arrastrado por las aguas… Pero ya estaba lejos, y el guijarro ni siquiera cayó cerca de ese bote cadavérico, flotando con los brazos abiertos y la mirada congelada en dirección al cielo infinito que jamás sería suyo.
- ¿Y tú, querís dormir o vamos a machetear un rato al mercado, mejor? –le consulta el Pulga.
- Vamos, poh ¡Alcancemos al Negro!

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