sábado, 19 de febrero de 2011

EL ATAQUE DE LOS TROLLS VIRTUALES... COSAS DE LA INTERNET

Es curioso ver cómo la internet saca lo bueno y lo malo de la gente, pero principalmente y por sobre todo, lo malo. Lo más malo, de preferencia.
Las instancias de opinión son muy valiosas, y admito que es entretenido argumentar y debatir cuando aparece algún personaje lanzando juicios al aire y sin fundamento alguno, constumbre tan nacional y que parece que compartimos con muchos otros pueblos de habla hispana. Los debates son otra cosa: hacerlo por internet me resulta como batirse a duelo con títeres de fieltro y espadas de cartón, colocados en las manos, simulando una justa... Desgraciadamente, sin embargo, la mejor forma de ganarse enemigos es demostrando tus puntos o destacándote en algo: hay todo un tribunal de sintomáticos del sesgo cognitivo Dunning-Kruger esperado la oportunidad para abrir válvulas de presión de gas caliente.
Luego de la premiación del programa Contenidos Locales de BiblioteRedes en diciembre del año pasado, donde obtuve el primer lugar gracias a mi blog Urbatorivm, el segundo premiado, autor de un excelente microdocumental sobre una familia de pastores del Norte Chico, fue entrevistado por un orgulloso diario de su región. Pero en la página de la noticia apareció el infaltable troll mirando en menos su trabajo, poniéndole en duda la calidad y generalizando con sentencias anodinas de que los dineros se malgastaban en artes inútiles como el documentalismo de este caso. Demás está decir que se notaba como el personaje nunca había visto el documental de marras.
No me sorprende, sin embargo. Yo mismo, que soy cualquier cosa menos un winer, he conocido de cerca la acción de los trolls, inconteniblemente envidiosos y emporcadores incorregibles. No me refiero a los divertidos Bart Simpsons virtuales que usan la internet como una especie de tablero de travesuras y provocaciones ingeniosas, y que han sido llamados internacionalmente (impropiamente, para mi gusto) como trolls con icono meme y todo… Me refiero a aquellos que, tal como el troll del mito pagano, odian y desprecian los logros de otros, así que nunca les falta oportunidad de reclamar en su tono terminal. Como viven en la amargura y la desdicha, parten de entrada con este ánimo, peleando y abusando de los adjetivos, antes de verificar incluso las diferencias esenciales de su opinión con la del interpelado; y a partir de ese reclamo, declarar que todo el resto de la unidad a la que pertenece el punto discutido es una porquería, una basura o una mierda digna de nada. Y, por supuesto, jamás proponen solución o pruebas de sus exposiciones, porque son incapces de crear, mejorar o corregir algo siquiera.
La política está llena de trolls. Se los identifica por estar pronosticando siempre que el gobierno de turno estaría al borde de caer o colapasar, cuando en realidad ése es su deseo, no el fruto de su análisis de actualidad (en éste y en otros, y en toda la historia a decir verdad). La narración de la historia también los tiene, con escritores que parecen obsesionados con destruir la memoria de José Miguel Carrera, Diego Portales o Arturo Prat (pero que, obviamente, caen de rodillas ante el altar de sus propios héroes). La opinología que envilece nuestra televisión y que mató al verdadero periodismo de espectáculos, es arte purista de trolls. Y de esta internet, ni hablar: hasta yo he caído en la tentación de responder como troll cuando mi inocente opinión comienza a ser reprochada por un cuadrillazo de duendes misteriosos que, sin argumentos para refutar, deben echar mano de entrada al insulto y a la descalificación.
Pero, específicamente, ¿qué es el troll al que nos referimos?… El General Patton, por ejemplo, decía con sorna que siempre seremos criticados por tres clases de personas: los que hacen lo mismo (nuestra competencia), los que hacen lo contrario (nuestros enemigos) y, por sobre todo, los que no hacen absolutamente nada… Es decir, los trolls de este banquete.
El troll virtual es alguien que, como el perro del hortelano, no come ni deja comer: Le molesta que todos los demás hagan algo que él no puede hacer o que manejen conocimientos, accesos y capacidades de los que él carece. Como el mítico duende o monstruo nórdico que refunfuña y sabotea a cuanto puede entre los bosques, el troll de la internet se basa en el anonimato y en su pequeñez para atacar a toda forma de vida que amenace la comodidad de su status quo. Así, todo aquél que no opine como él, es un ignorante; todo el que le plantee con algo sólido pero que no le gusta, es un mentiroso; aquél que lo refuta es un tonto. Lo irónico del caso es que el polidefectuoso invariablemente es él: ignorante, mentiroso y tonto. A ello agregaríamos hipócrita y deshonesto. Sus argumentos siempre giran en torno a mandar a estudiar o a leer a otros, cuando él mismo no lee ni estudia, sino que toma del aire opiniones ajenas, oídas a la pasada; las decora, las exagera y las vomita como suyas. La equidad y la balanza de los fundamentos son conceptos que le resultan desconocidos, porque sus creencias o sus especulaciones inclusive, son leyes; irrefutables dogmas de fe. Y cuando los argumentos se le acaban, los falseará si es necesario; después de todo, internet aguanta toda clase de afirmaciones. Además, él es un troll.
Es por eso que el troll siempre podrá encontrar algo malo en todo lo que mire, sin ningún análisis profundo, porque refleja su propia existencia en el resto. Mi blog matriz ha recibido las críticas más inverosímiles por lo mismo, pues los trolls han reclamado alguna vez por razones tan descabelladas como que “fomenta el centralismo y hace pensar que Santiago es Chile”, o bien el discurso de otro angelito que alegaba acusándome de “intentar mantener una falsa neutralidad política”… Por supuesto que mientras el primero que reclamaba nunca ha hecho una versión propia al estilo de mi blog para su propia región, el segundo era de esa secta de gente que se creían dueños por derecho propio de la gestión cultural chilena y que con los cambios de dirección de fuerzas políticas (en parte provocadas por su propia indolencia y tras aburrir al electorado) han quedado parcialmente marginados de la actividad, por lo que les resulta necesario atacar las iniciativas de todos los otros que no vayan a misa hasta su iglesia.
Los trolls festinan con la desgracia de otros, porque gozan verificando cómo los demás caen al mismo pozo en que están ellos. Mientras veía el documental “Un hombre aparte” en el Parque Forestal, hace pocos días, un troll del público aplaudía y celebraba con alegría la oscura miseria en que cayó el empresario Ricardo Liaño, retratado en dicho trabajo. Recuerdo también cómo se burlaron del aspirante a artista René de la Vega algunos periodistas, cuando intentaron proponer que había “terminado” como obrero de la construcción; y resulta que el frustrado cantante construía en realidad un edificio completo con sus propias manos y ahora arrienda sus habitaciones… Llegó más lejos que ellos, por lo tanto. Otras víctimas de los trolls han sido José Aravena, el empresario apodado “El Padrino”; no se cansaron de calumniarlo e inventarle historias siniestras que no fueron ciertas. Lo mismo con Fernando Ubiergo, cuando decían que su canción “Agualuna” ni sonaría en la OTI, festival que ganó rotundamente; y cuando Cecilia Bolocco fue coronada Miss Chile, ese año la prensa pedía que el primer lugar fuera declarado “desierto”, poco antes de ganar el Miss Mundo; y humoristas como Chino Navarrete o Felo triunfaron en el Festival de Viña del Mar luego de sendos artículos pronosticando su fracaso… Desgraciadamente para los trolls, habemos algunos cazadores de enanos con muy buena memoria.
Los trolls virtuales operan igual que los de otros medios y ejemplos recién revisados, pero con la ventaja innegable del anonimato y la trinchera in situ de la internet, que lo pone a conveniente o segura distancia del león al que le tira la cola. El troll es cobarde, de modo que el escondite se vuelve, más que su guarida, su casa propia. Si ataca, lo hace en masa, en la chusma, disfrutando el cuadrillazo, del linchamiento vía internet; y es que lo que el troll hace en el mundo virtual difícilmente podría hacerlo en el mundo real (salvo entre la masa, como siempre). No es capaz. Incluso cuando finge valor y coloca su nombre con apellido pretendiendo verse desafiante, sabe que está a resguardo, por ser el nombre de un inubicable don nadie.
Hay ciertas formas de liquidar al troll, sin embargo. La primera es hablarle en su propio leguaje pero retornando en cada vez al nivel de uno. Subir y bajar; es como acerle “chinitas” en una piscina. Eso los perturba y les hace pasar del insulto al tartamudeo escrito. Generalmente arrancan cuando se ven en problemas, aunque siempre salen a pedir ayuda a otros trolls. Lo incómodo de esta técnica es que se alarga un poco y sube la intensidad de la discusión con el amargado, atrapado en su complejo dual de inferioridad y superioridad, por lo que requiere de algún grado de atención y talento retórico. Tarde o temprano, el troll es colocado en su lugar pero como nunca escarmienta, emigra a otras tierras virtuales buscando una nueva aldea donde parasitar.
La segunda forma es más efectiva pero requiere un cerebro frío: matarlo de hambre. No darle de comer, como el aviso que hemos usado a la cabeza de esta entrada. El troll es un tipo resentido y ocioso, generalmente envidia mucho y sufre íntimamente. De ahí que suele tener tanto tiempo para responder, atacar y seguir buscando muros virtuales para pintar sus toscos y torpes grafitis de letrina que pretende pasar por graciosos. La atención lo alimenta, y como es de poca astucia, no se da cuenta realmente cuando sus argumentos (si es que los tiene) están quedando a la deriva. Le ofende más el ataque directo a su ego, por lo que intentar tomarlo en serio no es plausible. Conviene más marginarlo, discriminarlo, responderle brevemente para dejar al descubierto su pobreza mental pero sin darle relevancia alguna, para que así siga peleando sólo. Total, es un troll, y no rectificará jamás. Dejar de seguirle el juego y darle el mínimo de atención que merezca es dramático para él: sería como quitarle el público a la bailarina nudista o apagarle la luz a la polilla.
Otra forma recomendable de enfrentar los ataques de un troll es tratar de forzarlo a una línea de argumentos, la que él mismo cometa el error de iniciar. Aquí hay que esforzarse por hablar desde el nivel del hombre renacentista al del Neanderthal que se refugia detrás del nic. Ya dijimos que no entienden de debates, pero sí se asustan cuando su ego es comprometido. Como es torpe, mal instruido y habla más desde las vísceras que desde la razón o el conocimiento, el terrorista de internet está obligado a ser movedizo y vacilante, porque no es capaz de proponer y defender con seriedad un argumento. Si se le obliga a concentrarse en una vía de discusión, clotea… Como es ocioso, flojo, generalmente tiene mucha energía acumulada y el sabotaje o la calumnia son sus formas de canalizarlas, pero su forma de “debatir” es arrojar cuanta piedra, palo o heces tenga a mano, probando con uno y otro argumento, abriendo al discusión en un abanico interminable y peleando por quedarse con la última palabra (cualquiera sea, aun si es alguna brutalidad), bajo su convicción de que con ello es el que rió al último. Arrebatarle esta posibilidad es como castrarlo.
En definitiva, el troll es un ser diminuto e inferior pero con la poderosa arma de las comunicaciones frente a él: intenet más un teclado. Y si el ignorante no entiende cómo es que los demás no piensan igual que él, el necio, simplemente, no lo acepta…
He ahí, entonces, el nido de gestación de los trolls irrumpiendo en nuestros foros y posteos, intentanto -siempre en vano- destruir lo mismo que son incapaces de crear.

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