viernes, 14 de enero de 2011

UN PUÑADO DE MEMORIAS ESCATOLÓGICAS (PARTE I)

¡Cuánto me ha constado decidir a escribir en este recordatorio con referencias sobre la mierda!… Ciudades perdidas, memorias ingenuamente románticas y, de pronto, la mierda; fuerte, penetrante, incluida casi a la fuerza. ¿Qué valor narrativo puede tener?
La mierda es un símbolo negro, casi un arquetipo de desprecio en acuerdo universal, diría. La mierda representa todo lo que odiamos, todo lo que despreciamos, todo lo que no queremos. Nuestro cuerpo la rechaza, la expulsa y la evitamos con escrúpulos. Su olor horrible sólo es comparable al de la putrefacción, en la básica repulsa que le despierta a nuestros sentidos, diciéndonos en ambos casos “aléjate de aquí… ¡no te acerques! ¡Soy un foco de infecciones y enfermedades!”. Nadie en su sano juicio, salvo los pervertidos, sentiría atracción por el excremento… ¿O no? Increíblemente, la repulsión por el excremento es algo aprendido, pues experimentos realizados con niños de muy temprana edad a partir de sustancias no tóxicas pero artificialmente dotadas del color, textura y olor de las heces fecales, no despertó su rechazo ni impidió que intentaran probarlas como alimentos.
La mierda es aborrecible por cultura, entonces. El sólo hecho de tener que evacuarla de nuestro cuerpo, es un acto horrible, íntimo en extremo, que sonroja, molesta y nos hace desear no tener que hacerlo jamás. Defecar nos recuerda lo materiales que somos; lo atados que estamos a la materia orgánica y a sus leyes biológicas, y lo lejos que ha quedado nuestro estado de alma pura, ajena a estas necesidades de la carne. La misma mierda que nos mancha las nalgas incontroladamente en nuestros primeros años de vida, nos las vuelve a ensuciar ya en el ocaso, en la incontinencia de la vejez. La mierda nos acompaña siempre; a los ojos de un ser divino, hasta fábricas de digestión podríamos parecerle. Nacemos defecando meconio verde y morimos soltando un chorro de heces en el esténtor final.
Además, la mierda nos vuelve a todos lo mismo. Mejor dicho, nos reduce por igual, democráticamente. Nadie, príncipe o mendigo, se ve distinto en tan básico acto. Es por eso que se ha popularizado tanto en nuestro país ese soez dicho “Al final igual cagas hediondo”, para frustrar los arribismos, las siutiquerías y los complejos de superioridad de cualquier tipo.
La vida de algunos hombres se parece a la mierda, por cierto: tiene todas sus características, todos sus calificativos y cualidades. No es casual que la gente en períodos de depresión extrema llegue a perder incluso hábitos de limpieza e higiene personal, pues se siente, literalmente, un excremento. Vive en la mierda. ¿Quién no ha dicho al menos una vez en su existencia que su propia vida es “una mierda”? El excremento se nos presenta a todos en algún momento: en el fracaso, en los instantes de desdicha o en la traición, como víctimas o victimarios. Nada es peor que ella; todo es mejor que la mierda. Sólo los seres tan repulsivos como la misma caca disfrutan de ella y se acercan como las moscas, cuya miserable vida es, también, una “vida de mierda”. La vida del miserable, del inferior, del parásito, del corrupto, del vicioso, es algo repulsivo y despreciable… Una mierda, en términos claros.
Es fácil reconocer a aquel cuya vida en una mierda. Hasta las mismas fecas, el excremento propiamente lo persiguen, lo acosan y lo avergüenzan. Forman parte de él, o él es parte de ella; casi no importa. Mosca o mierda, son igualmente detestables. Los borrachos se defecan accidentalmente en los pantalones; los drogadictos no hacen menos, especialmente lo terminales. Los enfermos mentales, como aquellos víctimas de esquizofrenias graves, tienen la extraña tendencia a manchar las paredes del lugar que habitan con sus propios excrementos, alegando frecuentemente que con ello evitan que se acerque más gente a sus guaridas. ¿Responden acaso a una misteriosa y primitiva llamada de demarcación territorial? Algunas pandillas de barrios bajos de New York tenían la cultural costumbre de orinar sobre sus víctimas de asaltos o golpizas, casi como lo harían los animales salvajes… ¿Acaso es alguna clase de impulso instintivo, contenido en nuestra artificialidad humana?
El hombre atrapado en la mierda, que no siempre está consciente de ello, también es fácil de reconocer por su lenguaje; por su dialecto. La coprolalia, la genitalidad exagerada de sus expresiones, la tendencia a la calumnia, el “pelambre”, la vulgaridad de hecho y de fondo se vuelve propia. Su boca es un recto que también expele caca. Transforma tanto su comida como su propio aire en mierda; y su convivencia con el resto queda dominada por los mismos hedores infecciosos. En el estadio, en las protestas callejeras, entre la turba libidinosa que molesta a una muchacha hermosa, el hombre-mierda aflora; aparece necesariamente.
La mejor forma de evaluar la cultura de un pueblo es a través de su relación con la mierda. ¿Se ha notado por ejemplo, el estado de los baños de uso público en Chile? En cierta ocasión, supe que los miembros “hermanos” de cierta religión protestante que salían a captar nuevos reclutas, tenían la costumbre de solicitar permiso para pasar al baño de cada una de las familias con las que tienen contacto. En una fugaz mirada de las condiciones generales de esta habitación, se formaban un rápido pero preciso perfil de la familia que lo ocupaba, de su nivel cultural, educacional y económico. El baño es un claro indicador del desarrollo social. Los baños rayados, destruidos y hasta manchados con excrementos en las paredes son típicos de sitios culturalmente paupérrimos, bien sea una hospedería o una universidad, haciendo más horrible el ya incómodo acto de la defecación. Nada se compara, por ejemplo, a los viejos y espantosos baños del Estadio Nacional, enlozados compuestos de un simple agujero con dos plataformas para colocar los pies y defecar en cuclillas, con mierda chorreando en los muros y una laguna de orines sobre los que chapotean los pies. Pasaron los años y seguían allí; nadie los cambiaba. Como la propia caca, se negaban a desaparecer.
Hace muchos años, tuve oportunidad de conversar con el encargado de la instalación de las esculturas infantiles que hoy se encuentran en Plaza Brasil, por ahí hacia 1992. Cuando me mostró las maquetas originales, diseñadas por una prestigiosa artista chilena radicada en Europa, agregó que todas las esculturas habían tenido que ser modificadas para que no tuvieran cámaras interiores… “Por un asunto cultural –agregó explicando la decisión- serían usadas aquí como baños si las manteníamos con el diseño original”. Tenía toda la razón.
El baño es un purgatorio, en muchos aspectos. Las historias de mierda son desagradables, pero tienen el toque humorístico de todas esas narraciones que cuentan de hechos en los que no quisiéramos vernos jamás. En la adolescencia con mis amigos, recuerdo que en las fiestas cuyo dueño de casa nos desagradaba o tenía un trato inamistoso, entrábamos a su baño, buscábamos alguna de las infaltables botellas familiares de shampoo y la vaciábamos junto a la barra de jabón o al jabón líquido en el interior del estanque agitando el agua, para tapar luego el retrete arrojando en su interior en rollo de papel higiénico. Nunca nos quedamos a ver lo que pasaba; huíamos al instante, sabiendo lo que sucedería y disfrutando del placer de no estar en el lugar ni en el momento en que alguna víctima tirara fatalmente la cadena de esa trampa, rebalsando el retrete de espuma que brotaría por todos sus costados, indetenible.
Ya me había tocado comprobar esta tendencia fecal del comportamiento nacional por mí mismo, en el Parque O’Higgins, en mis años de niñez, si mal no recuerdo por ahí por 1983. Se instaló efímeramente, en aquel entonces, una enorme construcción de madera al estilo de laberinto gigante junto al Pueblito del Parque O’Higgins, rematado por una fantástica torre espiral de altura que entonces me pareció extraordinaria, de varios pisos. Sin embargo, cuando fuimos a verla, al intentar llegar hasta la cima me fue imposible: literalmente, la mierda acumulada progresivamente en cada piso no me dejó a mí ni a mis amigos continuar con el ascenso. Incluso, comenzaron a estilar orines peligrosamente cerca de nuestras cabezas cuando íbamos subiendo ya cerca del final de las interminables vueltas del ascenso por la gran torre, de algún puerco que expulsaba sus contenidos interiores más arriba. Siempre he pensado que por esa misma razón el mismo complejo fue cerrado poco después, y desarmado completamente. La mierda le ganó la batalla.
Diez años pasarán… Era el verano de 1993. Habíamos atravesado en una pequeña expedición toda la ciudad de Vicuña, de poniente a oriente, hasta llegar a unos cerros en busca de un supuesto “avistamiento” de ovni que, de haber sido cierto, no nos dejó ninguna generosa marca. No había una sola gota de agua: sólo botellas de ese pisco que en la ciudad elquina se vende a precios extraordinariamente bajos. En mitad del camino nos detenemos en un pequeño negocio llamado “21 de Mayo”, por ahí por Hierro Viejo, donde se toca sólo música ranchera y la cerveza se toma tibia, con suficiente espuma para afeitar a cada parroquiano. Mi amigo Pablo viene con deseos de ocupar un baño desde hacer rato, y sus ojos casi desorbitados alternan con súbitos y dolorosos retorcijones que me hacen pensar lo cerca que está de defecarse en sus propios pantalones. De pronto, corre al fondo del negocio y, tras una breve consulta a su dueño, se encierra tras una baja y casi inútil puerta; y se sienta sin pensarlo en uno de los baños más asquerosos y vomitivos que he visto en mi vida: una simple taza chorreada de mierda alguna vez líquida pero ya seca por el paso de los meses o años, encostrada más bien, por todos sus costados hasta el suelo. Sobre la puerta de la caseta, sólo veo su gorro de visera roja, mientras emite gemidos de catarsis al liberarse de su espantosa carga digestiva. Los demás lo miran y ríen. ¿No eras el más pudoroso de todos nosotros, ganándote el mote de Señorito Pablo? ¡Mírate ahora, en medio de la mierda, la ajena y la tuya!
Era un vaticinio. Ése fue nuestro año de mierda. Nuestras vidas se parecerían más que nunca a la mierda. Alcohol, banalidad, bastante irresponsabilidad. Aun así había pocos vicios duros. No podría describir con precisión lo que ocurría. Era, simplemente, una año fatal. Todos caímos en la alcantarilla, juntos, como siameses múltiples. Demasiados amigos entre todos, quizás, como para esperar que unos estuviesen bien parados mientras otros caían sin arrastrarlos.
Y he ahí que tuve la oportunidad de comprender que el acoso de los excrementos está siempre asociado al abuso y la autodestrucción: las borracheras, fundamentalmente, como un doble castigo para el que se denigra en el ahogo de la botella y la miseria de la ebriedad, como creo que podré dejarlo demostrado pronto.
Fue entonces que la miseria fecal tomó nuestra existencia. No podía ser de otra forma. Las historias escatológicas comenzaron a perfilarse es esos días, en aquel año extraño, largo, confuso. ¿Qué ocurrió entonces?; hasta hoy me lo pregunto. ¿Simples depresiones? ¿Crisis existenciales? ¿Algo sin excusas valederas?… Pura y simple mierda.

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