martes, 4 de enero de 2011

RAMÓN Y LA COFRADÍA DE LOS TESOROS PERDIDOS

La calle Honduras, célebre lugar de encuentro entre jóvenes floridanos de los años noventa.
Coordenadas: 33°32'15.80"S 70°34'25.71"W (ex casa)
Hoy en día, todas las "revelaciones" suenan tan vulgares y tan burdas; tan propias de la atención obnubilada por diatribas como el “Código Da Vinci” o los videos paranormales del youtube. Ya nada es novedad y todo parece agotado ante el poder de los buscadores, de los bancos de datos y de los grandes ranchos de informática disponibles para la Internet. Al parecer, estamos en la etapa final del valor intrínseco de los contenidos informativos y de la propia sociedad de la información, quizás para disgusto de Alvin Toffler.
Sólo en la época y sólo en el lugar que sucedió, entonces, podría haber conocido a Ramón, El Gordo Raymon para todos nosotros, su círculo de amigos, por allá a principios de los años noventas. El enlace que él ofrecía con el reino de la noche y sus secretos era mucho más potente que el nuestro, pero nos fue revelado sólo cuando el rubor de sus gruesas mejillas inflamadas por los vicios de la gula había aumentado casi hasta rasgarlas; ora producto de las copas, ora producto de la infidencia. Ocasión en que se revelaba también (y al fin) como lo que era: un buscador de tesoros, un cronista y un pionero de viajes todavía hacia los últimos años del siglo XX.

Luego de algunas insistencias y contra su tendencia a refugiar su enormidad física tras el bajo perfil, Ramón se subía solo al caballo indómito y contaba muy orgulloso de su experiencia, por fin; alegre o triste, pero orgulloso. Los elementos de la narración son de un cuento infantil: una isla perdida en el Norte Chico, la Isla Damas, que apenas figura en los mapas regionales; y uno de los tesoros perdidos del capitán Francis Drake, el más famoso de los piratas que tocaron estas tierras. Ramón integró una secreta expedición que creyó encontrar la ubicación de este tesoro en algún recóndito lugar esta islita rocosa, con la que trabajó realizando excavaciones por la entrada de una caverna hasta que… Ya veremos.
La isla Damas se encuentra unos 120 kilómetros al Norte de la Serena, frente a las costas del Cabo de Choros, casi en el límite con la Región de Atacama. Junto a las islas Choros y Gaviotas, forma parte de un pequeño archipiélago cercano a la Reserva Natural de Pingüinos de Humbold. Es el lugar ideal para que un hombre como Ramón mantuviera latente la ilusión de un fantástico tesoro drakeniano, ese imaginario de oro y doblones por el que tantos otros han hecho sendos ridículos en las costas de Quintero o en el archipiélago de Juan Fernández.
Empero, su experiencia era distinta a la de otros ilusos. No había que moverse, ni desplazarse hasta ningún lado; a veces, ni siquiera era requerido salir de ese portón junto al cual nos reuníamos durante cada invierno, compartiendo alguna holgada cuota de cerveza o vino blanco económico mezclado con duraznos, piñas y otras frutas, en enormes ollas que hacían las veces de poncheras. Su propia historia era el pasaporte alucinógeno; el trasporte hacia los mundos fantásticos, hacia esos países encantados que uno intenta encontrar esforzando la vista sobre esta realidad de paisajes miserables.
Incluso hoy, cuando ya no creo en tesoros perdidos y cuando sé que todo el legendario de riquezas piratas enterradas bajo las palmeras cocoteras de la costa paradisíaca, se reduce a sólo dos o tres casos de islas del Caribe, las palabras de Ramón me resuenan como esos mismos cuentos fabulosos que se intercambiaban en los bares nocturnos de la capital, por esa cofradía ya desaparecida de mi generación ya desvanecida en el tiempo. Me retumban, casi hasta poder ver su cara regordeta otra vez, con la vista perdida en el pasado, mientras el entorno guardaba silencio.
"Excavamos por la cueva oscura varios días y varias noches -contaba a la muy callada audiencia-, ilusionados con que al golpe de la próxima picota o pala, un destello dorado saliera seguido de una explosión de monedas sonando contra el suelo. Pero llegamos al final de la cueva, encontrando un obstáculo que no habíamos previsto. Era una sorpresa del pirata Drake, o quizás de la propia isla: una gruesa pared que se levantaba como una tapa de roca con todo el diámetro de la oscura cavidad que nos había visto sudar por tantos días. Se alzaba como un muro alto e impenetrable, con un armado piedras rectangulares a modo de enormes y pesados ladrillos, evidentemente canteadas, con formas artificiales. Era el candado burlón que los corsarios habían puesto al tesoro. Era la prueba de que el premio estaba en la isla, ahí, atrás, al otro lado del tapón de roca; pero era también la promesa de eterno celo y protección; un desafío infalible. Consumidos por la ambición, comenzamos a desarmar la pared intentando contener el cansancio y el malestar. Creíamos que era sólo asunto de voluntad, decididos a derrotar un destino que quería exactamente lo contrario..."
Había algo de vicio en estos encuentros con Ramón. Algo de adicción. Frecuentemente, nuestros diálogos se movían entre temas de mitología y mediadores del otro lado, o bien de asuntos banales, como los problemas con nuestros respectivos padres hasta las aventurillas sexuales. Los tesoros perdidos no tenían el monopolio, pues casi cualquier cosa cabía en las conversaciones, largas, enormes, interminables, sorprendidas con frecuencia por el Sol de la mañana y el cantar de las aves. Lo humano y lo divino, alegremente unidos, pero siempre con un halo de extraña tristeza, de melancolía o nostalgia por un pasado que no fue nuestro, sin embargo; sensación leve pero viva, como una especie de añoranza por algo que no se puede precisar. Tristeza, porque nuestros ojos ya no podían ver lo que sí recordaba nuestro arquetipo, y porque en lo más íntimo de nuestra conciencia, sabíamos que crecíamos más rápido de lo que deseábamos, y que nuestros sueños y divagaciones caerían pronto al armario con nuestra propia juventud, a la hora de entregarse a la sociedad y asumir su realidad tan vil, tan pobre.
Este condominio se levantó por donde antes estaba la casa de Ramón, en cuyas puertas nos reuníamos en aquellos años.
Allí, perderíamos contacto, pero nunca nos olvidaríamos ni en nuestras virtudes ni en nuestros defectos, expuestos en cada una de esas jornadas frente a la casa de Ramón, mientras le convencíamos de revelar más sobre su aventura en la isla de un tesoro perdido...
Ramón sabía que nunca volvería a su isla encantada. Siempre lo supo. Lo sabía desde el mismo momento en que accedió a hablar de ella y compartir con nosotros su secreto. Sabía, además, que ésa había sido la gran experiencia de su paso por la vida, su mayor registro en el diario de la existencia humana. Su forma de completar la historia llenaba de refuerzos la ilusión de volver; pero lo hacía, precisamente, porque sabía que esto ya no sucedería:
"Al pasar los días en la isla intentando destapar el fondo de la gruta, las provisiones se nos habían ido acabando, la expedición no tenía más recursos. Sólo el hambre y la fatiga nos acompañaban ya. Era el inevitable fin. Entre sollozos escondidos por la íntima soberbia masculina, tan herida, llegó el día en que se decidió regresar, cuando apenas comenzábamos a botar esa pared que se rió de nuestra empresa con crueldad. Tapamos de nuevo todos los días de trabajo en la cueva. Volvimos al continente más pobres que cuando habíamos partido. Todos nuestros fondos y todos nuestros esfuerzos habían quedado en la isla, pero no nuestra esperanza, pues partimos de vuelta con la promesa de volver algún día a la isla. Volver, porque el tesoro de Drake aún espera allí".
No estaba solo en las fantasías de la noche cómplice; no era el único. No éramos los únicos soñadores. Lo supimos al descubrir que Ramón, arruinado, obeso y sobrepasado por la vida, aún así soñaba con regresar a su isla, al lugar del tesoro y retomar la tarea inconclusa. Alimentó también nuestra fantasía, al invitarnos a viajar hasta allá en un futuro fantástico que, en realidad, todos sabíamos nunca llegaría. Pero aun si sabíamos que eso no ocurriría, de todos modos le retribuí la generosidad con otra ilusión: lo convidé a participar de mi propia fantasía de cofrade; de mi ilusión de encontrar oro en las canteras de greda cerca de Pomaire, luego de que alguien muy cercano a mí llegara trayendo desde allá un plato de cerámica que tenía incrustado un trozo del mineral dorado en su base.
Así era el círculo: fantaseando con doblones entre las piedras; con gemas entre arenas. Más tarde, nos proyectábamos como cazadores "modernos" de tesoros, "técnicos" por decirlo de alguna forma, identificando fortunas sin herederos para avisar de su existencia al fisco y cobrar de ellas un porcentaje. Nada era real, por supuesto. Nunca tuvimos ni los medios, ni el ánimo, ni la convicción para semejante tarea que otros sí han sido capaces de emprender, sin embargo.
La casa de Ramón se llenaba de visitantes en especial durante las noches de viernes y sábado, ahí en la calle Honduras de La Florida, por entonces sitio de encuentro de muchas generaciones de bohemios y aventureros de las correrías hasta la aurora de cada mañana. Vivía allí con un pie en su isla llena de riquezas perdidas, y con el otro en la modesta situación económica de su familia. Casado con su joven mujer, eran padres de una niña que por entonces no pasaba de los 9 años.
Muchos de ellos también fueron tragados por el espiral, y desaparecieron, además. Los relatos del gordo y de su isla resucitaban con la insistencia de los parroquianos en este bosque. Siempre había alguien que no conocía la historia completa, pero todos volvíamos a escucharla como si fuese la primera vez. Allá había quedado la opulencia de un alma soñadora y esperanzada, tan distinta a la modesta realidad de su vida. Su deseo de volver y encontrar lo dejado ahí por quizás inexistentes piratas, era una fórmula de la autorrealización que deseaba profundamente, cual transmutación del oro entre los alquimistas. Jamás nos habló de enriquecimiento o de vivir como rey. Creo que eso ni siquiera estaba en las capacidades de su imaginación; fértil, sí, pero limitada por las privaciones que le puso la vida real.
El tesoro era simplemente un medio de obtener algo mejor, un enclave desde el cual saltar al absoluto... Por eso la noche se iría con él, puedo comprenderlo hoy. El fin trágico parece tener mucha recurrencia entre los adoradores de la noche. Alguna especie de calvario suele seguir a los más valiosos de sus hombres, quizás porque están fuera de las leyes y las normas de esta realidad demiúrgica e infame. Los seres más llenos de fantasías se exponen como hombres a pecho descubierto bajo una lluvia de vidrios rotos. Se arriesgan a ser los primeros en ser reclamados por el capricho de los dioses, a ser alcanzados por los intermediarios. Por eso Ramón sabía que nunca volvería a la isla... También es algo que puedo saberlo hoy.
Joaquín Edwards Bello se mofó con sorna de los cazadores de tesoros. Él vivía en la realidad, se entiende. Incluso, tomó el ejemplo de otro buscador de los tesoros de Drake que falleció en un accidente durante estas faenas, para persuadir a los demás cazadores de oro de desistir de sus fantasías. Estaba en contra de esa forma romántica de concebir la búsquedas, que caracterizó tanto a la arqueología del siglo XIX, fundada casi exclusivamente por cazadores de tesoros, como de los alquimistas surgieron los químicos y de los astrólogos los astrónomos aunque ninguna de estas ciencias es la continuación de su respectiva disciplina hermética anterior, como muchas veces afirman los científicos con esa infundada arrogancia. Para un racionalista, el camino fue "de la superstición a la ciencia"... Afortunadamente, Schliemann nunca llegó a conocer a nuestro Edwards Bello, sino Troya nunca habría sido descubierta. Pero allí, en las cumbres de esta jerarquía condenada, se encuentran los iluminados como Julius Evola, el buscador infatigable del Santo Grial, o el Almirante Richard E. Byrd, que se empeñó en llegar al centro mágico del Polo, o mucho antes, el Padre Gregorio Mascardi, que desapareció buscando su Ciudad de los Césares. En ese mar navega el recuerdo legendario de los pioneros, de exploradores a los que sólo la muerte puede frenar, como ocurrió con Victorino Puig González, el explorador que sufrió una serie de amputaciones derivadas de una extraña enfermedad que engangrenaba sus miembros, la que lo dejó convertido en un torso viviente, sin brazos ni piernas, pero que no detuvieron sus viajes por las pampas de Antofagasta, que acabó recorriendo amarrado a las monturas o en brazos de sus asistentes.
En cada noche de la cofradía reunida en la casa de Ramón, el gordo disfrutaba tanto de la procacidad irreverente de nuestro amigo Juano, que parecía infartarse con cada ataque de risa que éste provocaba con sus bromas insolentes y audaces. Sin embargo, una noche pasó el límite, y nos vino la advertencia: algo no andaba bien en su pecho. Algo marchaba mal; muy mal. Había una bomba de tiempo que ni el truque por el más grande de los tesoros perdidos hubiese detenido.
Quiso el destino, así, que con Ramón jamás llegáramos a ser los grandes amigos aventureros que iban a darle rienda suelta sus delirios de tesoros perdidos y recompensas en espera, en algún lugar del océano infinito. El gordo falleció una noche fría de 1994, fulminado por un paro cardíaco. Sucedió a sus treinta prematuros años, y cuando yo contaba sólo veintidós.
Tan esperada era la muerte de Ramón, a fin de cuentas, que nadie alcanzó a sorprenderse. Nadie en la cofradía creyó necesario hablar de la existencia de un cielo o de una vida eterna para que personajes como él se embarquen tras la muerte, hacia otras realidades perdidas como su tesoro, y a la cual había pertenecido desde el principio, llegando a ésta, acá, sólo por error o por una mala jugada del Eterno Retorno; por un desliz en los planos del Universo. Allá vagarán estos viajeros como Ramón, en los mundos de fantasías que acá se les negaron. Allá encontrará por fin su tesoro.
Fue grande el vacío que dejó su partida. Se marcharon con él tantos sueños inconclusos que ya pertenecían a todos nosotros, a nuestra mitología interior; tantos proyectos lanzados al aire con toques de ilusión y de esperanza que queríamos fuesen reales sabiendo que no lo eran. ¡Cómo queríamos que lo fuesen! No alcanzamos a excavar depósitos de Quintero en donde se decía había otro tesoro escondido, ni las cavernas de Coquimbo o el Morro de Arica con el mismo secreto; ni los barcos hundidos de Bahía Inglesa. El "Oriflama" no fue nuestro; ni el "Calanche"... No en esta ronda. Allá quedó esa extraña tumba de Chiloé, de la que tanto hablábamos, cuya cruz de madera señala el nombre de una mujer de apellido Drake, tal vez descendiente del pirata. Allá quedó también esa ilusión de llegar hasta ella, abrirla y quedar ciegos por el fulgor del oro y las gemas en lugar de huesos.
Y se acabó todo con Ramón, poniéndole fin connatural al círculo de cofrades; cual si hubiese sido el mapa del tesoro más valioso del mundo arrojado al fuego sacro y expiatorio.

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