martes, 4 de enero de 2011

EN LOS TIEMPOS DEL NOX

Cada cierto tiempo, se me hace inevitable, y recuerdo cómo entre los que fuimos adolescentes o jóvenes en el Santiago tan cercano y a la vez lejano de fines de los ochentas y principios de los noventas -ese Santiago que tampoco existe ya-, vivíamos en una fantasía aparente y pasajera de comodidad, de accesos: por ejemplo, cuando se intercambiaba música en las populares cintas o cassettes que, en su inmensa mayoría, eran toda una industria de la piratería casera, con una gama que iba desde el new wave con tintes de punk clásico hasta las expresiones más estridentes de rock metal de la época.
Pero eso era de día porque, bajo las estrellas, la transacción se sometía a leyes de trueque muy distintas y mucho más honestas -auténticas, diría hoy-, al menos entre los que morábamos en las horas oscuras de esta ciudad oscura, en tiempos también oscuros. La noche no era mera noche… Era mucho más que eso: era el Nox, un espacio efímero pero seguro en la trama del tiempo, donde todas las complicidades e intimidades se reunían en un encuentro estrecho, imposible de concebir en otros ámbitos. Más aún: la noche superaba en todo al entusiasmo del día, y debe haber generaciones de actuales insomnes pagando la cuota de este enérgica realidad.

Entre los noctámbulos que vivían entonces en la absorbente (y a veces fatídica) devoción del Nox, este intercambio se hacía con libros, poemas, fotografías, reliquias, amuletos, armas blancas y toda clase de objetos extraños, a veces incomprensibles, que parecían ser representativos de cada uno de ellos, como traídos desde lugares inexistentes o arrebatados a un sueño en el instante de penumbra de la conciencia que despierta. Si no se los tenía, bastaba acaso con un buen relato, una muy buena historia; y realmente sobraban estas crónicas  en el ambiente del bar y la lámpara colgante, saturado de humos de cigarrillos. Ahí conocí también a los oscuros lectores de Lovecraft y su mundo de terrores primigenios, tan distintos a los que se ven ahora y que parecen ansiosos de ver algún cuento del maestro en otro fracaso cinematográfico. Y ahí supe también que existía Tolkien, que -en este casi- sí pudo ser devuelto al mundo de la luz gracias a la magia del cine de nuestra época.
¿Quiénes eran esos moradores? ¿De dónde venían? ¿Cuál era su misterio personal, el de cada uno? Sólo sé que con ellos aparecieron ante mis ojos, además, los símbolos trascendentes adosados a aquellos seres de otra época, introductorios al mundo mistérico o ascético. Los nocherniegos buscaban y protegían, acaso sin saberlo, las señales "salvadoras" pero de una lucha perdida, al estilo de las runas de Wotan crucificado en el Árbol del Espanto; nuestras runas o misterios irresolutos, en otras palabras. Sabrá algún ojo divino si las encontraron alguna vez, pero la noche era su ocasión diaria de gran búsqueda, y así reconocíamos esos símbolos por todos lados: arquitectura, ex libris, dibujos crípticos, portadas, carátulas, anillos, monumentos, iglesias, portales, etc. ¡Todo!
En este Reino del Nox, moraban también los promotores de doctrinas astrales y esotéricas, desde admiradores del Tercer Reich hasta pretendidos mediadores del "otro lado", asiduos a buscarle interpretaciones extravagantes y contradictorias a las enseñanzas de Nietzsche, Schopenhauer, Hegel o Heidegger. Hasta Rampa y Fulcanelli salían ya al baile. Tanta gente, almas en pena, remadores contra la tormenta, autocondenados al desprecio y al repudio, inclusive.
Todos nos buscábamos aún manteniendo nuestras diferencias, no pocas veces muy discutidas y sobreexpuestas. Podíamos hablar de ideas y sueños sin temor, lejos de la suprema impostura y de "la risa más un desprecio"; de la ignorancia políticamente correcta. Pero sólo nosotros nos tolerábamos… Apenas se ponía un paso fuera del refugio del bar, comenzaba a crecer la selva alrededor de cada uno. Así, nuestros debates, nuestros encuentros, parecían llamadas desde un mundo fantástico, pero tan real como la propia conciencia de la existencia. Ahí, en esa locura pura y fresca, unos defendían su convicción de que la Tierra era hueca y con aberturas en los polos; y ahí escuché también, por primera vez, que el hombre no ha llegado a la Luna, o que todas las evidencias fílmicas son un montaje; y ahí hube de encontrar, finalmente, médiums aficionados, cazadores de fantasmas, testigos de duendes. Todo lo que la realidad del Diurnus no permitía, en Noctis era bien recibido, y creído.
Estas son las clases de sueños desvariados que se permitían en el Nox, pues en ese ambiente todos llegaban a conocerse como son: sin caretas ni discreciones de falsa formalidad. Y tan así era que, cuando me encontraba en una tarde con esos mismos personajes, pero ahora a plena luz del día, no podía reconocerle sino hasta varios segundos después de observarlos. Sólo sabía distinguirlos bien en la complicidad de la noche, con sus rostros recortados por la luz de los faros y una jarra cervecera en la mano. Ahora entiendo por qué: los peces no se reconocen entre sí en una olla de caldillo, sino libres en el río. Así nos aparecíamos unos a otros en la vida: sin apellidos, sin pasado, sin historia conocida, como los personajes oníricos, precisamente, en donde se presentan por su esencia, bastando tan sólo ella para reconocerlos e identificarlos.
Nuestra extensión a espaldas del viaje de la vida se iba revelando paulatinamente, casi como una gotera que llega llenar un estanque. Aun así, vivíamos la noche en los brazos de Nocturnus, porque experimentábamos los sueños en plena vigilia. El día era sólo una obligación de la naturaleza; una imposición rudimentaria pero cotidiana en la vida.
Muchos otros cazadores de tesoros e ilusiones fantásticas vagarán por el Nox, buscando lo suyo, su fantasía, a veces también su perdición desgarrada por vicios y excesos. Cada morador de la noche, cada nyktós, iba tras sus propios tesoros, sus símbolos y sus runas... ¡Qué se yo!
Y así salía a recorrer el Santiago del Nox, junto a un amigo de entonces, Leo, buscando algún lugar donde detenernos para beber una cerveza. Un Santiago del Nuevo Extremo muy distinto: reflejo nocturno del que existe en el día, como el doblez gemelo, paralelo a su realidad diurna. Un daño físico permanente hacía cojear a Leo notoriamente de una pierna, como a Lucifer, la luz desterrada; al Diablo Cojuelo del folclore. Sustituía desde temprana edad su dificultoso andar por el desplazamiento en ese vehículo, en el que llegamos a tantos lados desconocidos de la metrópolis, en los cuales inclinábamos los asientos y divagábamos por largas horas... Horas y horas. En la temprana juventud, entonces, ya conocíamos todos los rincones profanos y los ufanos de esta ciudad extraña, encantada, misteriosa. Cada noche en sus venas era la solución de un desafío arcano.
En tanto, curtiríamos más aún nuestra evasión sombría con algunas novelas y cuentos, tanto o más melancólicos que nuestros propios relatos secretos. "Different Seasons" de Stephen King, por ejemplo, impropiamente traducido al castellano como "El Cuerpo". Modestia aparte, no recuerdo haber conocido acá a otro lector de King en esos años. Lo hice pasar por las manos de varios camaradas de juegas y correrías nocturnas, con los que discutíamos -o más bien exponíamos- sobre obras que representaban nuestra literatura predilecta. Para unos, Manuel Rojas era un legítimo soñador de ciudades perdidas, y para los otros un vulgarizador de temas, esencialmente terrenal; yo profesaba que la primera obra chilena de terror estaba en los relatos de Baldomero Lillo, en "Sub-Sole", cosa que cualquier estudioso de la literatura encontraría quizás un aberración, así como que María Luisa Bombal representaba la plenitud soñadora del ser que ha llegado a zafarse de esta realidad vulgar o profana, hasta un punto sublime de delirio prosa-poema.
¡Tantas conclusiones ingenuas que éramos capaces de sacar por entonces! Pudimos habernos equivocado una y todas las veces, tal vez, pero jamás volví a ver un despliegue de ideas y opiniones tan abundante y creativo como en esos años y esa gente: años de Nox, gente refugiada en la noche que, a pesar de todo, pertenecíamos irremediablemente a la juventud económica, la generación perdida de este país. Ahí naufragarían todos: ése era el calvario, pero no un obstáculo para seguir embarcándonos en el delirio ideológico, propiciado no por filósofos ni académicos, sino por un insignificante grupo de noctámbulos, de ignorantes, de patanes; no obstante, con grandes horizontes, tan lejanos del día que sólo otro nyktós podría divisarlo. Horizontes demasiado grandes, imaginarios, ilusos, lindantes en lo perdido. Imposibles y hasta ridículos.
De vez en cuando, nos asomábamos por alguna fuente de soda o cantina de la Alameda, avenida Vicuña Mackenna, Independencia o Gran Avenida, para verter ahí nuestros delirios, a veces con miradas curiosas alrededor y oídos secretamente atentos en las mesas del entorno.
- El electrón se mueve alrededor del núcleo por medio de fuerzas electroestáticas -decía allí uno-, y ésta es la fuerza más básica del Universo. Nadie ha podido explicar con claridad el origen de ella; tal vez se trate del ejemplo más elemental de cómo funciona el principio de la voluntad superior sobre la materia, desde la cual fluye en progresión geométrica hasta alcanzar al todo… Es el cruce microscópico del plano material y el espiritual…
- Observa la situación del neutrino -respondía él otro, estudiante de ciencias-: es un fantasma legitimado por la física atómica. Una partícula extraña, sin forma ni figura, capaz de atravesar un muro de plomo del ancho de todo el Universo sin ser detenido, pues no interactúa con la materia ni pertenece a sus leyes, pero sin embargo, existe… Es... Es del otro lado, y si de algo han de estar hechos los fantasmas, será de neutrinos.
Allí en los rincones de la comuna de La Florida, todavía a mediados de los noventas formábamos casi un pequeño ecosistema, tan heterogéneo que llegó a despertar sospechas e intrigas. Los de aquí y los de allá; desde taxistas hasta estudiantes universitarios; no parecía haber un patrón común, salvo que todos éramos esclavos de la noche en extinción. Llegaban en vehículo o a pie, desde sus moradas o lugares de trabajo, desde sus propias y distintas realidades, tan diferentes, tan disímiles. Había allí personajes nocturnos de todos los estratos socioeconómicos, altos, medios o modestos, unidos por las fantasías nocturnas y amenizadas por el alcohol, mientras sonaba la música desde la radio de algunos de los vehículos presentes. Una de esas noches, se acercó a nuestro grupo un individuo que parecía amistoso y hasta afín a nosotros, portando también su misterio y su pasado indescifrado. Luego de unos brindis, cuando la confianza y el calor de sus mejillas habían subido, se soltó por completo y confesó a mis amigos ser funcionario de Carabineros de Chile, enviado simplemente a "observar" lo que allí ocurría, pues los alertaba la presencia constante de tantas personas y de tan distintos estratos sociales y edades dispares. Presumíase de algún negocio sucio, como drogas o algo así. Pero al ver como eran las cosas, se marchó tranquilo, sabiendo que nuestra naturaleza era otra: la de los nyktós, trascendente más allá de los estratos sociales y de otras vulgaridades, inclusive por sobre las edades, pues se reunían allí desde muchachos de quince años a tipos de más de cuarenta.
Pero todo esto era una quimera: nuestro mundo se acababa vertiginosamente, si es que acaso quedaba algo de él ya a esas alturas. Nosotros éramos una especie extinta, en degradación, siendo superada por peldaños evolutivos nuevos. Nuestro imperio luminoso era sólo una ciudadela en ruinas esperando el próximo terremoto para convertirse en tierra de arado... "¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga?", había escrito el gran Borges.
Sobrevivimos así, para ir a parar a una isla sin agua ni comida; sin sueños, sin fábulas. El día se tragó a la noche: no había tesoros ni bondades del paraíso en ella. Los días estaban contados por la artificialidad de esta ilusión, como el latín en las universidades de la Ilustración europea. Todo era una construcción: auténtica y honesta, pero frágil como la delicada esfera blanca y esponjosa del diente de león, esperando los vientos del otoño.
El Reino de Nox comenzó, de esta manera, a sufrir un desmembramiento masivo, a desaparecer. Ya no era la época de repasar mitos ni fantasías, discutidos a la luz de las velas o de las lámparas amarillas. No era la época de maestros encendiendo una hoguera diamantina con sus historias de aventuras entrelazadas con pequeñas y discretas pistas para revelar los contenidos secretos de sus relatos. No era tiempo de mi sentarse con amigo Ramón, contando de sus búsquedas de tesoros de piratas por islas chilenas, antes de morir con su corazón atravesado por el rayo de un infarto... No: era ya la época de los recitales masivos, de la entretención-consumo y de las barras bravas sumidas en el fanatismo futbolístico. Era también el tiempo de la politiquería, de la chusma destruyendo la Plaza Baquedano por alegría o por tristezas, allí mismo donde antes nos reuníamos para cruzar a algún boliche, haciendo frente en el camino a punks de escaparates y a homosexuales pendencieros que lo creían su territorio y pretendían rayar fronteras... Era ya el tiempo del linchamiento, de la quema del libro, de la pandilla. Lo que ayer había sido nuestra música inmaculada, ahora aparecía en televisión, en las discotecas y comenzaba a venderse en masa; a bailarse. La noche nos fue invadida. Cualquiera podía entrar a nuestro Reino y presumir de ser uno más. La noche se iluminó de luz impostora del día, mientras que sus haces verdes y azules reales se perdieron, apagados como velas viejas.
Llegó entonces, el momento de decidir; de darse cuenta de que la juventud iba pasando, que las chaquetas de cuero ya no quedaban tan holgadas como antes. La generación de nuestras aventuras nocturnas había sido desplazada; se fue. No resistió el cambio. Era la hora de aceptar que no existen los tesoros perdidos en subterráneos jesuitas, que las runas en fachadas de palacios son mera coincidencia y que las islas con cruces de Malta muy marcadas en mapas de piratas famosos son sólo cuentos de cultura popular. Había que asumir la edad, además: ya no se podía vivir desnudo en una selva de micos salvajes; una mordida contagiaba de su rabia, embruteciendo a las almas más débiles que creyeron continuar en el boom de las entretenciones nocturnas que florecieron con el retorno de la democracia a Chile. Barrios completos nos fueron arrebatados de las manos anteriores: Bellavista, Ñuñoa, Suecia, avenida Matta, Apoquindo. Nuevos y dispares escenarios aparecieron; otros pasaron con celeridad a manos impostoras. Nunca más fueron nuestros; a los ojos, ni siquiera se parecían ya lo que fueron antes. Quizás jamás nos pertenecieron, más que por un pequeño préstamo en los años perdidos.
Por un instinto mal mezclado con el orgullo, los noctámbulos que sobrevivieron al maremoto buscamos refugio en las cavernas más altas del paisaje. Algunos fanfarronearon otra vez con las chaquetas de cuero y los peinados extravagantes de ayer. De la mitología, de la ciudad perdida, de las leyendas de tesoros, se pasó al bototo de milico, a la barra futbolera y a la cabeza partida de un cadenazo. Allí se refugiaron incluso los que lograron llegar a tiempo, cerrando las puertas del albergue como la entrada de un castillo próximo a recibir el ataque enemigo. Pero el daño ya estaba hecho, formidable e irreparable: muchos nos habíamos dispersado, sin volver a saber de varios otros camaradas. La comunidad de las noches saturadas de humos oníricos y brillos azules etéreos, estaba destruida... Ya no existía.
Hoy me pregunto: ¿Qué será de ellos, dónde estarán y en qué ocuparán sus vidas?, ¿Dónde se encontrarán el Gordo Ricardo, Leo, el Saxista, Diego el Metalero, Rick, el enorme Guagua Marcelo, Mario Milico, el Negro Oscar, el Flaco Tapia, el Loro Iván, Keyt la Poetisa, el Mandinga, Juan el Aviador, Car'e Loco, la alemana Jenny, el Rucio... ¿Seguirán viviendo en el Nox? ¿O tal vez murieron como tantos otros miembros fallecidos en accidentes, suicidios o asesinados, precisamente en esas horas que antes eran de brindis y complicidades noctámbulas? La llegada de los 20 años cerrados en el diario de vida, quizás fue también el símbolo de cierre y retiro para muchos de nosotros.
Tal vez hablo de personajes que no existen. Nunca existieron... Siento ahora que fueron como ese neutrino de nuestras viejas divagaciones: fantasmas que, simultáneamente, son tanto como no son. Se diluyeron en vidas anteriores, sin poder tocar ésta. Fueron resultado de esos encuentros alrededor de mesas con tarros schoperos y libros extraños manchados con vino.
¿Qué pasó con todos ellos, con la confraternidad, entonces? ¿Los hubo, o sólo fuimos producto de una imaginación perturbada por la inadaptación de la juventud, o acaso por el deseo de que ella no nos abandonara? ¿Cómo pudo desaparecer tan fácil, prácticamente toda una camada de sobrevivientes, de náufragos del tiempo? De ellos aprendí que Nietzsche decía que para que un árbol llegara al Cielo, sus raíces deberían descender hasta el Infierno... Recuerdo nítidamente esa imagen. Pero si es así, entonces: ¿Cómo pudieron esos noctámbulos faltar tanto a sus propios principios, desaparecidos entre las raíces o colgados desde las ramas?
Hoy, cuando paso fuera de tantos bares y cantinas (o lo que queda de ellos), casi puedo leer en sus fachadas esos nombres que ya no tienen, y hasta siento el susurro de historias ya no contadas dentro de ellas, por personajes que ya bajaron del barco de mi existencia. Sólo cerca de dos décadas han transcurrido, y todo a cambiado tanto; demasiado. Todo ha volteado hasta girar por completo y consumirse en un fuego invisible pero infalible.
La noche, la epifanía de la Nox, se fue con esa juventud y con toda, toda esa época... No es ni volverá a ser nuestra, entonces.

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