domingo, 30 de mayo de 2010

"EL PENECA" VS. "MAD": ¿ACASO ALFRED E. NEUMAN ERA CHILENO?


Me confieso fanático de la revista estadounidense "MAD", quizás la más famosa de la caricatura humorística internacional, fundada en 1952 por William M. Gaines. Aun cuando se trate de un cómic fuertemente ligado a la cultura norteamericana, en nuestra época de la globalización comunicacional y en donde casi todos entienden el contenido de los chistes de "Los Simpsons" o "Padre de Familia", no es para nada raro que "MAD" también tenga fieles lectores entre el público hispanoparlante.
"MAD" tiene una inconfundible mascota-icono, que ha ocupado por largo tiempo muchas de sus portadas y páginas interiores. Se trata del personaje Alfred E. Neuman, conocido también como Alfred N. y que se distingue como un niño pecoso, colorín y de grandes orejas, con rasgos casi simiescos y la formalidad de chiquillo antiguo.
Esta figura es un fuerte referente gráfico en la sociedad norteamericana y es todo un emblema de la revista. Fue creado por el caricaturista Harvey Kurztman y en la edición 21ª de la revista, de 1955, cuando el muchachín de ojos risueños y un diente menos ocupó su primera portada. Fue entonces que el público lo bautizó Alfred E. Neuman, de ahí en adelante.
La historia del origen de Alfred N. está llena de mitos y leyendas que el propio Kurtzman intentó despejar en 1975. Actualmente, existe en circulación un libro muy atesorado por los fans de "MAD", en donde Craig Joe recopila una gran cantidad de imágenes e informaciones sobre los posibles personajes que inspiraron a Kurtzman en la creación de Alfred N., y que reunió con el título "Modern Arf" (Fantagraphics, 2005).
Alfred E. Neuman, símbolo de "MAD".
(Fuente: revista MAD).
Su primera aparición en "MAD", entre las "máscaras" de Stalin y Marilyn.
(Fuente: revista MAD).
De entre todas las imágenes expuestas -unas más parecidas y otras menos-, Kurtzman había reconocido como su inspiración directa a una caricatura publicitaria de los años veintes, aproximadamente, en las tarjetas de una campaña titulada "What, Me Worry?", relacionada con ofertas turísticas del Times Square. La imagen reaparecía en un boletín del Ballantine Paperback Books, que editaba las recopilaciones de "MAD", siendo publicada en la contratapa de "The Mad Rider", una edición especial de los dos primeros años de la revista. Allí se veían al chiquillo entre una colección de avisos publicitarios de contenido humorístico, en 1954.
Kurtzman, a la sazón empleado de los editores, reconoció el rostro del personaje y lo convirtió en una entidad propia dentro de la revista, en la mencionada publicación del año siguiente, desde donde escaló importancia hasta convertirse en un icono cultural internacional y sinónimo inequívoco del nombre de la revista "MAD".
Sin embargo, los admiradores de la publicación (cuyo culto es casi una religión) han insistido en investigar qué figuras hubo previas a la campaña de "What, Me Worry?", que hayan podido inspirar tanto a Kurztman como a los creadores originales del rostro que después tomó "MAD" para sí. Han llegado a casos interesantes, sin duda, identificando algunos rostros de caricaturas orejonas bastante parecidas a Alfred N., aunque la semejanza se va perdiendo conforme se retrocede en el tiempo.
Una de las láminas con las figuras que originalmente inspiraron a Alfred N.
El "Alfred" del calendario de Antikamnia Tablet de 1908.
Al parecer, la más antigua que presenta semejanzas consideradas válidas con Alfred N., es el muchacho de una portada del calendario publicitario de la compañía de laboratorios químicos Antikamnia Tablet, correspondiente al año 1908 (lo suponemos diseñado el año anterior, por lo tanto), donde se observa un niño orejudo y risueño que, a decir verdad, semeja más un híbrido entre el personae-icono de "MAD" y el terrible monstruo Gollum de la versión cinematográfica de "El Señor de los Anillos". Podría servir como antecedente para ambos, de hecho.
Por esta razón, se comprenderá cuánto nos ha llamado la atención una portada de la antigua e histórica revista chilena para niños "El Peneca" producida semanalmente por Editorial Zig-Zag de Santiago, a partir de 1908, y que perduró hasta fines de los años cincuentas. La joya para coleccionistas que hemos consultado, aunque en formato de microfilmes, data del año siguiente a la fundación de "El Peneca", período en que seguía bajo el mando de su primer director, don Enrique Blanchard-Chessi.
La portada aludida muestra a un personaje bautizado como el "Nieto Bondadoso", que, a espaldas de su abuelo dormido y sentado, le prepara una ruidosa sirena de vapor para despertarlo de modo infartante desde su plácido sueño.
El misterioso ancestro de Alfred N. en "El Peneca".
Vista de la portada de "El Peneca" con el "Nieto Bondadoso", en 1909.
Si se pone atención en las características físicas del travieso nieto, se podrá observar con asombro que PRÁCTICAMENTE ES IDÉNTICO A ALFRED E. NEUMAN, tanto en su cabello peinado al lado, sus reveladoras orejas, su mentón filoso, pómulos marcados, cara de mono, ojos, nariz chata, risa y ropas de chiquillo de principios de siglo.
Pero tanto o más increíble es la fecha de la revista: Edición Nº 39 del 16 de agosto de 1909. Puede ser, por consiguiente, el antecedente de mayor semejanza con Alfred N. del que se pueda tener registro, dado que su parecido con el personaje es mucho mayor y más reconocible que en el caso del calendario de Antikamnia Table que, aunque sea anterior, no tiene más que una asociación visual más bien vaga, si la comparamos con la del "Nieto Bondadoso".
¿Acaso "MAD" le plagió a Chile alguna de sus innumerables creaciones en estos siglos de cómics nacional? ¿Alfred N. tuvo nacionalidad chilena antes de sacar visa en la escuela de revista "MAD"? ¡Cómo quisiéramos, acomplejados!
Hablemos en serio: Harvey Kurtzman, al igual que los principales miembros del prodigioso equipo de "MAD", marcaron la característica del caricaturismo de la revista deformando deliberadamente rostros humanos y dándole ciertos rasgos grotescos, burlones, exagerando detalles como las orejas y los gestos. De hecho, los editores de "MAD" fueron también creadores de los chocantes personajes conocidos como "Garbages", y que en Hispanoamérica se vendían como colecciones de láminas tituladas "Basuritas", con seres bastante grotescos y detalles de mal gusto. En nuestra época, esta estilización grotesca de un niño no difiere mucho, por ejemplo, de la animación canadiense "Ángela Anaconda", creada en 1999 y con una versión femenina de las proporciones que comentamos.
La abstracción caricaturesca de rostros de niños puede dar resultados parecidos a los que hemos revisado, en algunos casos sorprendentes, como fue Alfred N. y nuestro "Nieto Bondadoso". Como ejemplo, esta ilustración para el libro "Papelucho" de Marcela Paz en 1947, donde -también antes que MAD- ya se ve un niño orejón, sonriente, con menos dientes, mejillas regordetas, nariz respingada y risa en los ojos.
Bajo esta técnica, el procedimiento más limpio para deformar graciosamente el rostro de un niño en una caricatura sería agrandarle las orejas (recordar las caricaturas que acá se han hecho también de "Papelucho", de Marcela Paz), exagerándole los pómulos, grabándoles a fuego una sonrisa con dientes de leche menos, nariz respingada y fijarle una mirada traviesa que se aprieta con la risa. Una camisa de cuello de aletas cerrado por un corbatín de cinta completan el efecto.
Así pues, no es raro que Alfred N. y su inspirador en "What, Me Worry?", ni sus antecesores del calendario Antikamnia Tablet y otros, además de nuestro humilde "Nieto Bondadoso" de "El Peneca" de 1909, sean el resultado de una misma forma de manipulación de la caricatura de un chiquillo pecoso y de sonrisa locuaz, con resultados parecidos entre sí.
Al menos tenemos la certeza de haber contado con nuestro propio Alfred N. (o equivalente), nacido acá en Santiago y registrado en las páginas de la historia del cómic chileno.

martes, 25 de mayo de 2010

LOS OTROS LEONES DE PROVIDENCIA: LAS DOS ESTATUAS DEL INSTITUTO CULTURAL



Coordenadas: 33°25'30.53"S 70°36'44.20"W

Las estatuas de los leones de Providencia son tan conocidas y famosas -pese a las leyendas urbanas que rondan sobre su procedencia-, que han eclipsado la presencia de otros dos felinos ornamentales también gemelos, que resguardan gallardamente un lugar en esta importante comuna de Santiago, allí en el edificio del Instituto Cultural de Providencia, en la esquina de las avenidas 11 de Septiembre (ex Nueva Providencia) con Pedro de Valdivia.

Ubicados en el suntuoso Palacio Schacht, Monumento Histórico Nacional desde el año 2005, aparentemente los leones no pertenecían a la ornamentación original de la casona, construida en 1921 con los planos del insigne arquitecto Alberto Siegel. En efecto, en las fotografías de 1930 de este palacio, no se observan tales estatuas, o al menos no las hay hacia el lado de los jardines que dan a Pedro de Valdivia, donde actualmente se lucen.

Sin embargo, también se hace claro que este dificio ha sufrido evidentes modificaciones en el transcurso del anterior siglo, cambiando notoriamente parte de su aspecto también en el área de las escaleras y la terraza, donde ahora están los leones.

Al parecer, entonces, no hay claridad de cómo llegaron estas estatuas a ese lugar ni cuándo lo hicieron. Sin embargo, cabe advertir que corresponden a piezas exactamente iguales a los modelos felinos que pueden observarse en el acceso poniente del Cerro Santa Lucía, y que antes se encontraban en el Castillo Hidalgo del mismo complejo. Aunque han existido leones de este tipo en otros lados de Chile, como la Escuela Normal de Preceptoras de Concepción y parecería que algunas propiedades particulares, son tan pocas las partidas de piezas similares que se ordenó traer a Chile desde Francia en aquellos años, lo más probable es que, si son originales, pertenezcan a esas adquisiciones de mobiliario artístico iniciadas hacia 1872 en el período de la Intendencia de don Benjamín Vicuña Mackenna, más o menos. Son de su misma gran hermosura, de diseños enfrentados, con rostros feroces y una mano puesta sobre una esfera metálica, como si la protegieran.

Pertenecen al tipo que la famosa fundición parisina Val d'Osne producía en el siglo XIX y que era llamado León de Cánova ("Lion a la boule", originalmente). Ésta es la misma casa francesa que produjo varios de los demás ornamentos del Cerro Santa Lucía, la decoración del ex Congreso Nacional y las estatuas de la Plaza Victoria de Valparaíso, entre otras piezas. Es innegable su relación con el diseño francés que conocimos acá en los mencionados años de remodelación del cerro.

Empero, revisando el libro "Arte de la fundición francesa en Chile", de la Ilustre Municipalidad de Santiago y publicado en 2005 en conjunto con expertos franceses en el rescate del arte de las antiguas fundiciones artísticas, no hemos encontrado alguna referencia a estos dos leones, pese a que sí están mencionados los otros dos del Cerro San Lucía, por lo que queda demostrado que siguen siendo piezas formalmente poco conocidas.

Tampoco tenemos información que permita precisar si son originales franceses y si pertenecieron alguna vez a las colecciones de mobiliario del cerro. El que estén en el par, sin embargo, demuestra que fueron adquiridos o bien fundidos simultáneamente. Sí sabemos que hubo muchas piezas retiradas en años posteriores desde el paseo del Huelén, siendo trasladadas hasta distintos lados de la capital para ornamentar plazas y parques, así como hubo copias de varias piezas originales Val d'Osne hechas por los talleres metalúrgicos de la Escuela de Artes y Oficios de Santiago, pero no nos parecería exactamente que éste fuera un caso.

Cabe indicar que en el propio Palacio Schacht existen, por el lado de la plaza y junto a sus escalas monumentales (el lado opuesto al de los leones), dos jarrones metálicos que antes habrían sido colocados por la Municipalidad de Santiago en el Museo Tajamares del Parque Balmaceda, pero que fueron retirados por la Municipalidad de Providencia y llevados a su actual posición, luego del reordenamiento comunal de 1982, que dejó dicha zona bajo la administración de esta última municipalidad. Estos jarrones tienen cierta semejanza con los modelos también producidos por la casa Val d'Osne y que se hallaban antes en el Santa Lucía, aunque no existen razones para sospechar, más allá del aparente parecido, que pudiesen haber pertenecido al paseo del cerro. Más bien parecería ser que no, de hecho.

Por lo mismo, tendemos a creer que cualquier especulación sobre un posible vínculo de los Leones de Cánova del Instituto Cultural de Providencia con el paseo del Santa Lucía sea más bien derivativo: en las publicaciones de 1874, por ejemplo, aparecen mencionados sólo los dos leones similares en el cerro, los mismos que hoy se encuentran en el descrito acceso de la ex calle del Bretón, hoy avenida Santa Lucía, mas ninguna referencia se hace a estatuas similares en alguna otra parte del cerro. Empero, es sabido que la adquisición de piezas Val d'Osné realizada por Vicuña Mackenna y otros colaboradores durante sus años de intendente, abarcó muchas más piezas a granel que sólo las instaladas en el cerro, pues otras fueron destinadas a la ornamentación de la Alameda de las Delicias, el Parque Cousiño y algunas plazas o parques de Santiago.

Por otro lado y como suele suceder casi siempre con la ornamentación de carácter público, consultada la propia Corporación Cultural de Providencia a cargo del Instituto sobre la procedencia de estos leones, fuimos informados de que no existe en sus archivos documentación que aclare el origen preciso de las estatuas antes de llegar a su actual ubicación, ni la forma en que arribaron allí, no obstante que nos confirman que tales piezas no existían en el Palacio Schacht durante el tiempo en que fue la residencia del cónsul alemán Guillermo Schacht Tröger, ni en la época posterior en que funcionó como Colegio. Esto abona a nuestra sospecha de que podrían haber pertenecido a la Municipalidad de Santiago antes de quedar en manos de la de Providencia, luego de la reestructuración comunal de los ochentas.

La Municipalidad adquirió el edificio en 1978, destinándolo a la sede del Instituto Cultural de Providencia. Quizás los leones estaban ya instalados en esa fecha, o bien fueron colocados en los años inmeditamente posteriores, con plena seguridad de que fue antes que el Instituto pasara directamente a la administración de la Corporación Cultural de Providencia, traspaso sucedido recién en 1994.

Los leones siguen allí, entonces, conservando para sí sus enigmas y haciéndole guardia a este Monumento Histórico, en esos jardines que la inseguridad y los vicios sociales obligaron a cerrar con rejas hace tiempo. Si pertenecieron a Santiago antes de quedar en Providencia, será por ahora, su felino secreto.

A menos que alguien tenga en algún lugar la pieza que falta sobre toda esta historia, su mutismo estático seguirá guardando con celo el misterio sobre su propio y exacto origen en nuestra ciudad.

jueves, 20 de mayo de 2010

NEONES, NIÑAS FELICES Y AMORES FURTIVOS: APUNTES SOBRE EL “BAR RONNIE”



Casona del ex "Bar Ronnie" en Nataniel Cox, hoy ocupada por "The Pippo's".

UBICACIÓN: http://maps.google.com/maps/ms?hl=es&ie=UTF8&msa=0&msid=208053923684508550607.00048d59b079fb58ee424&ll=-33.448031,-70.652207&spn=0.002032,0.006899&t=h&z=17&iwloc=00048d5ad2ab07e1f9b2f

Muchos recuerdan este extraño antro, pese a llevar tantos años ausente ya. No me lo hubiese esperado, hasta que puse el nombre de este bar en un ejemplo didáctico de cómo crear cierto efecto simulando carteles de letras luminosas con un conocido programa de diseño, mientras impartía clases de talleres de gráfica digital, hace pocos años. Mis alumnos eran de todas las edades, pero los mayorcitos comenzaron a reír disimuladamente, reconociendo de inmediato el nombre de este mítico sitio, e imaginando quizás qué clase de vinculaciones sentimentales me llevaron a evocarlo.

El local se llamaba “Bar Ronnie” (¿o "Ronny"?, ya no lo recuerdo bien), y se ubicaba en Nataniel Cox 194, en la esquina de Miguel de Olivares, pasado Tarapacá. Sin embargo, como sucedía con algunos otros centros de recreación de esta avenida (como “El Panameño”, del que hemos hablado en otro posteo), su patente comercial poco y nada se relacionaba con el verdadero negocio que tenía lugar adentro. Salvo por un viejo y rústico mesón al fondo del local, de bar sólo tenía la mitad, cuanto mucho.

Se trataba de un prostíbulo de escasa reputación, que había sobrevivido hasta los ochentas como efecto colateral de los años dorados del negocio del placer pecaminoso en Santiago, época de la que proceden recuerdos como “La Tía Carlina”, “Las Palmeras”, “La Nena del Banjo”, “La Lechuguina” y “La Guillermina”, entre otros famosos burdeles capitalinos. El “Bar Ronnie”, sin embargo, no gozó del prestigio que tenían sus competidores, ni tuvo visitas ilustres, ni la elegancia tosca de la época, siendo un poco posterior y creciendo ya en la decadencia misma del rubro. Tampoco era el típico burdel clásico, con un living espacioso, un gato, una ponchera y un músico tocando el piano, por lo corriente un homosexual. Por el contrario, era un sitio siniestro, oscuro, apenas señalado por un vibrante letrero de neones rojos y azules, indicando en nombre del local junto a otros tubos luminosos retorcidos, con la aparente forma de una copa. Era, por cierto, uno de los carteles de neones más conocidos de la capital, pues miles y miles de santiaguinos que vivían en la parte Sur de la ciudad lo veían toda la semana al caer la noche, mientras iban de vuelta a sus hogares en la abundante locomoción colectiva que, por entonces, atravesaba la Alameda desde Teatinos para continuar por Nataniel Cox. El aviso estaba estratégicamente colocado para ser leído en el sentido del tránsito en que se iba por esta calle, precisamente en la entrada que tenía entonces el local, de cara hacia el Norte. Además, contaba con una apertura de la calzada hacia la acera, que servía de cómodo estacionamiento para los vehículos.

Imágenes: colección digital de L. Rivas

Según una leyenda que algo de verdad parece tener, había un enano o sujeto de muy baja estatura, pero muy cascarrabias, que se encargaba de la seguridad o de la administración, espantando a los intrusos e incluso persiguiendo hasta afuera a los que no fueran bienvenidos, como cabros chicos intrusos, por ejemplo, lo que acrecentó los macabros temores infantiles y las historias tenebrosas en torno al misterioso bar, en el que rara vez se podía ver a alguien entrando o saliendo.

También era un enigma la razón de su nombre. Nadie sabía. Algunos niños especulaban con algo de maldad que el burdel pertenecía a un conocido humorista de aquellos años, llamado Ronnie, y que salía entre los comediantes de “El Festival de la Una”. Mi ingenuidad de aquellos años, me llevó a imaginar a Ronnie haciendo presentaciones diarias con sus bigotes pintados tipo chef francés y sus libretos de humor blanco dentro del mentado bar. Era la forma en que muchos podíamos explicarnos dificultosamente la fama del local, con la escasa información disponible e ignorantes entonces de que el sexo servía para la entretención más que para la reproducción.

El “Bar Ronnie”, pese a todo, conservaba o intentaba conservar algunos estándares clásicos del oficio: como era común entre los prostíbulos clásicos, alojaba en una hermosa casona típica del barrio, probablemente de principios del siglo XX, con atractivas fachadas, marcos integrados, dinteles y molduras, además de escudos en su entrada. Hasta donde sé, hacia el interior, por un pasillo estrecho y de paredes acolchonadas, se encontraban las “niñas felices”, generalmente gordas poco agraciadas físicamente, rodeando las poncheras de vino y de pisco barato.

Los neones chillones del controvertido “Bar Ronnie” se apagaron hacia el cambio de década, coincidente con los grandes cambios políticos y sociales experimentados en Chile.



"El Salón de la Rue de Moulins", de Henri de Toulouse-Lautrec.

Hace un par de años, me armé de valor para asomar la cabeza con otro par de valientes, en lo que actualmente ocupa el lugar del “Bar Ronnie”, simulando ser un potencial cliente (nunca lo he sido, aclaro). Quería ver cómo lucía ese local que tantos terrores infantiles inspiraba. Espero que el aspecto no haya cambiado mucho desde los años en que funcionaba el pretendido bar. Si es así, corresponde señalar que las “chiquillas” están sentadas en una larga hilera de sillones y sofás hacia el lado derecho de quien accede, mientras que, hacia su izquierda, están las piezas reservadas, cuyo ambiente es cortado del resto sólo por la cortina. Al fondo, casi al final, aún sobrevive ese bar que tantas y tantas violaciones al sexto mandamiento ha presenciado.

En la actualidad, su entrada es sólo por el frente de la fachada. Otros neones señalan tanto un nuevo nombre como un más ampliado rubro: “The Pippo’s Bar Show”… No obstante que la antigua casona sigue en el mismo negocio que en aquellos años del “Bar Ronnie”.

sábado, 15 de mayo de 2010

BAR-RESTAURANTE "TOURING": PERLA POPULAR DE BARRIO MAPOCHO

Detalle de una imagen del Archivo Fotográfico de Chilectra, del 4 de mayo de 1920, donde se ve al local del bar-restaurante actualmente ocupado por el "Touring" (atrás, entre el sobre la cabeza de la dama de espalda que carga un niño), bajo las dependencias del edificio hoteleros. Si las percepción de proporciones no nos engaña, además, la pared blanca y diagonal que se observa al fondo en lo que corresponde a la calle Aillavilú, podría ser la que corresponde hoy al popular local de "La Piojera"
Coordenadas: 33°25'59.64"S 70°39'10.36"W
Si nos planteáramos el desafío de escoger un bar-restaurante que fuera indiscutiblemente típico del Santiago que sucedió a la Belle Époque chilena, dentro del barrio Mapocho y alrededores, no dudaríamos en proponer como cabecera de lista al "Touring", una joyita ubicada en General Mackenna 1076, a poca distancia de la Estación Mapocho y casi a un lado del Mercado Central.
Corresponde a un típico bar y comedor con el aspecto que tenían los locales chilenos hacia la época de las entreguerras mundiales. No es casual: sus dueños actuales calculan que está allí desde los tiempos de esplendor de la Estación Mapocho, en el notable edificio que lo aloja en la esquina de General Mackenna con Bandera, y cuyos actuales servicios como motel parejero de poca categoría no son ni la sombra de su esplendoroso pasado. En las fotografías del archivo histórico de Chilectra, el local aparece en 1920 con otro nombre, sin embargo, pero sus actuales dueños presumen que debió haber sido fundado en la década siguiente.
El "Touring" recibió alguna vez a los viajeros de los trenes de la estación, y a las visitas que hospedaban en el edificio que lo alberga, por largo tiempo un hotel, y también en su vecino el histórico Hotel Bristol, a escasos metros de allí. Me pregunto si el nombre del restaurante -que los locatarios aseguran tiene desde hace muchísimo- provendrá de esto mismo, pues las leyendas hablan de la transformación oral de nombres que antes se le habrían dado al establecimiento, como el de "bar de los turistas" o "Turín" (porque de ese país provenían sus primeros clientes estables). Se cuenta por ahí también que el poeta Pablo de Rokha, residente del Bristol, visitaba el bar con alguna frecuencia, pues se halla a un lado del famoso ex Barrio Chino de calle Bandera, donde intelectuales noctámbulos como Neruda, Plath, Mr. Huifa, D'Halmar, Rojas Jiménez, Ortíz de Zárate y tantos otros pasaron regadas noches de fiesta y celebración entre los años veintes y cuarentas. Lamentablemente, sus actuales dueños y clientes ya no tienen noción de si estas visitas pasaron por allí alguna vez.
Los momentos de la edad dorada del "Touring" pueden observarse como huellas de historia en algunas partes del local. Los ventanales del acceso, por ejemplo, tienen el típico aspecto de bar inglés (me recuerdan un poco al "Café Torres"), mas el paso del tiempo y la imposición de los aspectos culturales locales sobre el negocio, le han creado un mestizaje evidentemente dominado por el carácter de chichería popular que se manifiesta en muchas barras y restaurantes del sector, como es sabido. El "Touring", más que en un bar hotelero, hoy es una picada típica de la ribera del Mapocho.
 
Lo pintoresco del "Touring" no ha pasado inadvertido. Constantemente, es visitado por estudiantes y artistas. Por alguna razón, atrae también a muchos personajes populares conocidos en el barrio Mapocho. Por lo mismo, mi presencia y mis consultas no incomodaron a la simpática encargada de la barra, quien me confesó estar acostumbrada a esta clase de preguntones y curiosos.
El fotógrafo nacional Álvaro Hoppe, hace unos años, lo escogió como escenario para sus sesiones de retratos de un famoso veterano de la fotografía callejera, don Elías Maturana, quien trabajaba con su cámara de caja oscura y trípode "a la antigua" en el sector de Mapocho y el mercado, convirtiéndose en toda una figura, además de ser uno de los clientes del bar. Ramón Díaz Eterovic lo menciona también en algunas de sus aventuras del mítico detective Heredia, que vive precisamente en los altos de la calle Aillavilú.
El grave empeoramiento de la seguridad en el barrio, durante los años noventas y parte del actual siglo, afectó profundamente al "Touring". El sector se convirtió en un centro de tráfico de drogas y de robos. Una parte de la clientela del bar se perdió y, como suele suceder también con otros establecimientos, los delincuentes utilizaban el local -ante la impotencia de los administradores- para refugiarse o escapar hacia atrás, a la calle Aillavilú, donde estaba un segundo acceso-salida del "Touring". Esto obligó a los propietarios a cerrar dicho acceso trasero, con lo que por fin pudieron liberarse de este infame acoso. Ello, sumado a la relativa eficacia de los planes de seguridad y el desbaratamiento de las mafias que operaban en el sector, devolvió la tranquilidad al bar-restaurante y al barrio en general.
El "Touring" se divide en dos salas o comedores principales, además de la barra. Por el local se pueden encontrar máquinas de música y refrigeradores antiguos, como los de frigoríficos y carnicerías de pueblos. Cantidades de botellas se ven detrás del mesón. Jarras de hermosos y sabrosos colores: chicha, pipeño, vino tinto. Los borgoñas de chirimoya o frutilla son altamente cotizados en esta casa, pero el pipeño tiene una fama especial, tanto así que algunos vienen a comprarlo por litro. Los "terremotos" también son otra oferta fuerte en la casa. La preparación del trago a base de pipeño y helado de piña puede ser con fernet o con coñac, según el gusto del cliente.
La comida es diez veces típicamente chilena: parrilladas, cazuelas, arrollados, perniles, costillares. En las colaciones aparecen también los tallarines con salsa, los típicos porotos y otros platos. de colación económica Las empanadas de horno de este local se venden con la velocidad del rayo y tienen el considerable prestigio de ser unas de las mejores de Santiago, según sus fieles. Constantemente, son colocadas tras el mesón enormes bandejas o fuentes llenas de estas empanadas de pino calientes, y los pedidos comienzan no bien el olor de sus apetitosos vapores llena el ambiente.
Es un lugar notable este rincón de Mapocho, sin duda. Hoy es propietado por dos socios, uno de ellos doña Cristina Cayupe, que atiende a los clientes y también las consultas de los curiosos. En lo fundamental, se ha mantenido la conjunción de lo histórico y lo popular que fluye desde el propio barrio. La caja registradora parece sacada del museo de un anticuario, por ejemplo. Unos veteranos clientes juegan animadamente al dominó en el pasillo, y la muchacha del mesón corre de un lado a otro atendiendo los pedidos que se hacen imparables.
Una cantidad abismante de carteles, pósters y letreros artesanales cuelgan de todos los rincones, algunos de ellos casi incomprensibles. Hay espacio, sin embargo, para las banderas chilenas entre todo este caos. Al fondo de la barra de la mesa de atención, la cocina emana aromas tentadores de chilenidad, acompañada con humores de guisos sazonados con casi un siglo de vino blanco.
El "Touring" es Mapocho en esencia. La perla del barrio.

lunes, 10 de mayo de 2010

EL POLLITO ASADO A LAS BRASAS Y UNA FALSA CONTROVERSIA

Por su sencillez y economía, el pollo asado a las brasas (o a la brasa) quizás se trate de una de las ofertas de comida más populares en Chile, con del completo y la empanada. Es típico de los borrachines con bajón de hambre o de los viajeros que quieren comer algo rápido y contundente ojalá sin bajarse del vehículo. Los universitarios suelen comprarse uno para entre cuatro o cinco bocas y lo devoran sentados en el pasto o en las típicas mesitas que suelen colocar estos locales de asaduría, devenidos en restaurantes.
Las casas de pollos a las brasas ya son parte del stock de comida rápida en venta en Santiago, a veces hasta altas horas de la noche. Los supermercados han abierto sus propios sectores para la cocción y venta de estos pollitos asados, que rondan los $ 3.200 pesos entero. ($2.600 los más baratos) Los pollitos asados de esta manera tienen un plus especial de venta: se publicitan solos a través del olor. No conozco otro método tan eficaz de promover una compra por intermedio de los aromas del producto; esto no sucede ni con los perfumes.
Lo tradicional es comprarlo con papas fritas, según la moda ultracalórica impuesta por los tradicionales locales de barrio ofreciendo el producto. Ni siquiera el arribo masivo del pollo frito, que nos parece comenzada a principios de los ochentas con la cadena "Pollo Broadster" por ahí por paseo Philips, ha podido con el tradicional pollito asado y, especialmente, el pollo a las brasas o al spiedo, como se le llama al estilo italiano.
La venta también es uniforme: está el pollo entero, medio pollo y cuarto de pollo. Cuando uno pide este último, la pregunta del vendedor ya es clásica: "¿Tuto o pechuga?". Lo tradicional es acompañarlo de papas fritas. Las cadenas más grandes de comida también ofrecen el vaso de bebida gaseosa y empanadas fritas para subir la compra y bajar la expectativa de vida del cliente. Como está en el borde de la comida chatarra, la oferta incluye mostaza, mayonesa y ketchup.
Algunos de los más famosos y apreciados centros de venta de pollos a las brasas de la ciudad de Santiago han sido la"Vaquita Sabrosa" de Antonia López de Bello, el "Pollo a las Brasas" de Av. Vicuña Mackenna, el clásico "Los Pollitos Dicen" de Ahumada 189 y Estado, la "Asaduría de Ave" en Almirante Barroso, el centro bohemio del "Cara de Palo" en Ricardo Cumming, el "D'Hantan Restaurante" de Rosas, "Los Compadres" de San Ignacio, los famosos de Irarrázaval "Aló Pollo", "Pepe Pollo" y "Hot Pollo"; en Av. Matta "El Manina" y el "Repollo Asado"; "Papipollo" de 11 de Septiembre y "Pollo Pa Tí" en Pedro de Valdivia, sólo por mencionar a algunos de los innumerables locales.
Mi amigo Ramón amaba estos pollos asados en rotativas. Se compraba dos por jornada: uno para él y otro para su familia. Fue así como falleció fulminado por un infarto, víctima de su propia obesidad, un día de 1994, a los jóvenes 30 años de edad. Nada es bueno en el abuso, y mucho menos las delicias de los mesones del pueblo chileno, con tendencia casi natural hacia el exceso y la gula, en una sociedad que había sido más tiempo pobre, carente y menesterosa, siempre acosada con el humillante terror al hambre, en vez de la felizmente próspera que se nos intenta describir en nuestros días como una promesa imperecedera.
En Chile, se le llama desde antaño también spiedo a la máquina rotativa donde se atraviesan los pollos para ser asados sobre la fuente de fuego. Con el tiempo, el asado original al carbón-piedra ha ido siendo reemplazado por el horno a gas o eléctrico, algo que podría ser positivo para la salud pública considerando que está demostrada cierta correlación entre el consumo de carnes asadas al fuego y la tendencia al cáncer, por la combustión de las grasas que escurren y la exposición del alimento a los humos de esta misma grasa durante su cocción.
"El Pollo Caballo", quizás el más conocido y tradicional de los restaurantes santiaguinos especializados en el comercio de pollitos a las brasas, en la esquina de Avenida Viel con Ñuble, junto a la Estación Metro Rondizzoni. Tiene otra sede en Vicuña Mackenna, paradero 14-15.
Portada de la revista de consumo "Saber comer... y vivir mejor", publicada en Santiago por Editorial Zig-Zag, edición N° 66 de julio de 1970.
¿DISPUTAS PATRIMONIALES?
Nos parecería ridículo poner en disputa la paternidad de algo tan básico como un pollo asado al fuego, probablemente el alimento más rudimentario y simple después del pan con mantequilla. Sin embargo, desde hace unos años, la decisión de las autoridades de un país vecino adjudicándose la creación del pollo a las brasas o al spiedo nos obliga a meter manos en el asunto de una curiosa y pintoresca controversia sobre el mismo producto.
Así es: aunque parezca extraño, hasta el dorado y jugoso pollito a las brasas se ha prestado para las permanentes rencillas por la paternidad de los objetos de la góndola de los supermercado chilenos y/o peruanos, especialmente por el lado de nuestros amigos limeños, algunos por desgracia atentos a lavar las heridas de la historia enrostrándole al vecino rebuscadas interpretaciones sobre el plagio de sus supuestos productos nativos u originarios, como en el caso de la presencia ancestral de las lúcumas, las papas o de los camélidos en Chile. Como se recordará, además, el pollo asado a las brasas de carbón fue declarado plato típico y patrimonio de la nación peruana durante el 2004, por el Instituto Nacional de Cultura del Perú.
En este interés por establecer la paternidad del producto en cualquier parte de América, parece no haber noción con el hecho de que el pollo a las brasas era conocido en Europa desde que se inventó la ganadería avícola o quizás antes; quién sabe si desde que se descubrió el fuego. De hecho, la asignación oficial del platillo al estatus de producto típico ha provocado algunas controversias incluso dentro de ese mismo país vecino. Una confesión crítica e interesante es la que proporcionara el periodista e investigador culinario peruano Jorge Salazar, autor del libro "Crónicas Gastronómicas", quien declaró en el diario limeño "El Comercio" del sábado 15 de enero de 2005:
"Para mí es vergonzoso todo este asunto. Peor es lo del pollo a la brasa. Todo pueblo primitivo lo come. Somos una gran civilización que no necesita andar inventando cosas".
En primera mirada, nos parece que la medida buscaba engrosar la lista de objetos que el Perú considera exclusivos y originarios. Pero si acaso debía ser Chile el principal aludido con esta declaración de peruanidad del pollo a las brasas (como en el caso del pisco, las chirimoyas, las paltas, las llamas, el cebiche, las alpacas, las lúcumas, las papas... y como el chiste del alza en todos los productos con "t": Todo) no es mucho lo que necesita decirse como refutación. Basta recordar, por ejemplo, que la ancestral "gallina mapuche" chilena (famosa por sus variedades de plumas rizadas o sin cola, y sus huevos de color azulino) desde épocas precolombinas fue comida por los indígenas de la zona de la Araucanía, cocida al palo y de una forma que no difiere mayormente del procedimiento del pollo asado a las brasas o de carbón con piedras.
En fin, exploremos un poco esta situación, porque ya he visto a algunos compatriotas cabezaduras tentados también con la idea de enfrascarse en esta discusión bizantina y poco ilustrada, adjudicándose un origen que no es real.
Desaparecido local de pollos a las brasas en un sector cerca del Paseo Bulnes.
EL POLLO ASADO EN PERÚ
Desde nuestro punto de vista, todo el asunto de la peruanidad del pollo a las brasas se debe a una curiosa confusión, quizás intencionalmente provocada.
El pollo a la brasa del Perú es, en verdad, una receta o tradición específica que por alcance de nombres coincide con el sistema mismo del pollo asado al estilo spiedo, manera que también se consume masivamente en Chile y en otros países. En el país incásico, sin embargo, este pollo a la brasa corresponde a un asado preferentemente de gallina al carbón-piedra, con ciertos aderezos específicos y una cobertura de ají, además de salsas y otros agregados. Como en el sistema spiedo, sin embargo, el pollo es girado entero, atravesado por el fierro, mientras se asa. Es posible encontrarlo en algunos restaurantes peruanos que han ido instalándose en Chile, por cierto.
El caso es que ahora, sin embargo, ciertos asociaron uno de sus platos más típicos del Perú con el nombre del pollo a las brasas que se comercia también en Chile y en todas las cocinerías del mundo basadas en el sistema spiedo, llegando incluso a motivar las decisiones gubernamentales en torno al mismo, que hemos visto.
Ahora bien, el pollo a la brasa peruano, considerado como sistema de cocción (no la receta) es, además, una propuesta bastante reciente. Aunque se ponga énfasis en tradiciones ancestrales de la cocina limeña, se atribuye la "creación" y popularización del platillo al comerciante hotelero suizo Roger Schuler quien, tras llegar a Lima en observó junto a su colega y compatriota Mario Bertoli Dermachi cómo una cocinera de Santa Clara cocía pequeños pollitos ensartados en un fierro y los giraba sobre de las brasas calientes. Schuler solicitó a otro suizo, el mecánico Franz Ulrich, la construcción de un horno para lograr este mismo resultado en los pollos y, con él, inauguró el restaurante "La Granja Azul" junto a una carretera de Chaclacayo, y luego otro llamado "El Rancho", más central.
Al menos esa es la versión que el hijo del señor Roger, don Johnny Schuler, ha hecho correr orgulloso por los diarios peruanos. Coincidentemente, Schuler también fue conocido hace pocos años por su enfática defensa de la idea de que el pisco y el pisco sour son productos exclusivamente peruanos pero "robados" por Chile (es catador y miembro de una cofradía de adoradores de productos vitivinícolas de su patria).
Sin embargo, nos parece que la oferta de pollo a la brasa en Perú, aún dando por oficializada su aparición a mediados de siglo con la irrupción del sistema de Schuler en el medio, se trata sólo de una adaptación y no de una invención típicamente tradicional, como han alegado algunos publicistas, pues el método de cocción es ampliamente conocido en las artes culinarias internacionales desde hace siglos. La identidad debe ir, entonces, por la receta y forma general de preparación más que el mero sistema de cocinarlo que le ha dado el nombre.
Una observación final para este subtítulo: en su "Diccionario de gastronomía peruana tradicional", el investigador peruano Sergio Zapata Achá admite textualmente que el pollo a la brasa es una adaptación de su patria al pollo al spiedo, procedente de Europa. Distinto y legítimo es, sin embargo, que el mismo platillo se haya integrado a la tradición cultural y a la identidad culinaria de la conocida comida peruana, situación connatural y que suele ser base de la diversificación de la cocina tradicional de los países.
Asadores del siglo XVI en el "Opera di Bartolomeo Scappi" de 1570.
 
Grabado con artefacto usado en los tiempos de Scappi para asado rotativo.
 
Grabado germano del "Theatrum machinarum novum" (G. A. Böckler, 1662).
EL POLLO ASADO EN CHILE
En Chile, los pollos asados también son de larga data, como hemos dicho. Registros de su existencia en la mesa citadina aparecen también con el caso de la gallina asada y es mencionada presente en mesas aristocráticas en un testimonio de Santiago que anota en sus memorias, en septiembre de 1838, la noble dama Mary Elisabeth Causten, esposa del Ministro Plenipotenciario de Chile en los Estados Unidos, don Manuel Carvallo.
Otra cosa, sin embargo, es hablar del pollo a las brasas propiamente tal y con el sistema de rotación señalado, por lo que se precisa en este punto indagar algo más al respecto.
Sobre el tipo de asado con la presa ensartada en un palo giratorio, se recordará que este proceso de cocción es casi tan antiguo como la colonización del sur de Chile, siendo una de las variantes del famoso asado al palo. Y sobre el detalle del pollo cocido entero (en una pieza), consultando el recetario "La negrita Doddy: Nuevo libro de cocina", de Lawe, publicado en Santiago en 1911, vemos que se mencionan allí recetas internacionales de pollos horneados completos, como por ejemplo el Pollo en fuente a la Crécy. La cocción de aves enteras a las brasas y con el elemento de la rotación periódica (aunque no mecanizada) aparece mencionada por Marta Brunet, en la receta para pavo que describe en su "La hermanita hormiga: tratado arte culinario", de 1931, ensartado en el asador, rociado con mantequilla batida y otros ingredientes.
Éstas son sólo recetas de mesas acomodadas, pero la alusión al asado de aves a fuego lento tampoco es exclusiva de tales cocinas aristocráticas, sino que era lo común para los pollos cocidos enteros de esta forma, según se desprende de la lectura de la receta que da acá en Chile doña Olga Budge de Edwards, en su libro "La buena mesa", de 1935:
"Se riega constantemente con su propio jugo hasta que esté bien dorado".
"Deberá tardar de 45 minutos a 1 hora en quedar a punto; pero esto depende mucho del tamaño del ave y el grado de calor del horno. Mientras más lento sea el cocimiento, más sabroso y jugoso queda el pollo".
¿Dónde aparece el pollo a las brasas con rotación propia y mecanizada, entonces? Si nos guiamos por lo escrito por Oreste Plath, el sistema spiedo, que nos interesa particularmente para este tema, está asociado en Chile a un inolvidable local de la historia gastronómica nacional: el desaparecido restaurante "La Bahía", que atendía con dueños españoles desde 1922 en calle Monjitas a una cuadra de la Plaza de Armas: entre otros detalles que lo hicieron famoso, "La Bahía" trajo hasta su famoso local cerca de la Plaza de Armas una máquina asadora de este tipo, la que causó gran sensación entre los clientes y que bien podría corresponder a una de las primeras conocidas por esta región. Estos datos son señalados por Plath en "El Santiago que se fue". Desde entonces, la tecnología spiedo automático para asar pollos se ha popularizado y masificado en el comercio capitalino, tanto para el pollo asado a las brasas como los hornos más modernos a gas y electricidad, que simulan ese mismo tipo de cocción.
Es apropiado destacar que muchos locales de barrio o restaurantes tradicionales de la capital aún conservan el sistema antiguo de cocción a las brasas, eludiendo las tecnologías, pese a contar también con máquinas rotativas de esta clase para los pollos mientras son asados.
Otro de los pollos asados más famosos de Santiago fue el del restaurante "El Pollo Dorado", que estuvo ubicado en el famoso sótano de la Quintrala, en Estado con Huérfanos que alcanzó su peak de popularidad hacia los años sesentas. No sabemos particularmente si su método de asado era a las brasas o al fogón directo, pero ciertamente fue el pollito más famoso de todas las cartas chilenas en su época. Se lo servía entero, "dorado" al calor del fuego lento, con papas y abundantes ensaladas. Parte de su receta permaneció siempre en el estricto secreto y se perdió con la desaparición del tradicional restaurante.
Local de "Los Pollitos Dicen" de la primera cuadra de Ahumada. Corresponde al tipo de locales de comida rápida que ofrecen pollos a las brasas en nuestros días.
UNA REFLEXIÓN PACIFISTA...
Si acaso la decisión peruana de nacionalizar el pollo asado "a la brasa" fue tomada considerando la popularidad y difusión que tienen también en países como Chile el pollo a las brasas pero con recetarios distintos, sería una curiosidad considerando que se trata de un platillo con bastante arraigo americano pese a provenir, en lo estrictamente histórico, del pollo spiedo europeo. No es por paranoia, pero frecuentes tiradas de cola y menciones un tanto inamistosas en medios de comunicación del vecino país, dan a suponer que quizás se quiso marcar un antecedente en este sentido.
El hecho relevante ya visto, además, es que el sistema de rotación de pollos para asarlos al fuego o a las brasas no es un invento peruano, y menos del siglo XX, por lo que no correspondería señalar una especie de plagio o imitación entre dos países que también lo habían adoptado y en circunstancias que admiten distintas.
Quien pretenda otra cosa, no habla exactamente desde el rigor histórico, pues el sistema spiedo aparece perfectamente documentado en el trabajo "Obra de Bartolomeo Scappi, maestro del arte de cocinar", publicado en 1570. Se observan ya entonces los grabados de artilugios rotativos mecánicos con manivelas de tracción humana para el asado de aves y otras carnes, por lo que no merece la menor duda de que se trata de un método de cocción usado en Europa desde mucho antes que fuese tomado para sí por los pueblos americanos, y varios siglos antes de que se implementara alguna clase de máquina ad-hoc a estos menesteres en Lima, Santiago o cualquier otra parte del ex Nuevo Mundo. Pero debe insistirse: cada país lo incorpora a su tradición y folklore culinario con elementos propios, aspecto desde el cual fluye la autenticidad y legitimidad de su presencia como aporte a la identidad de cada pueblo.
Por otro lado, ya nos estamos habituando a que en tantas referencias sobre platos, tragos típicos chilenos o criollos en general, aparezcan seguidamente la sombra de las Relaciones Exteriores. En efecto, prácticamente todos los sellos culinarios presentes en Chile han sido ofrecidos a la disputa: el "bife a lo pobre", las entradas de paltas (York, reina, cardenal, etc.) y hasta las empanadas de pino, según hemos comenzado a constatar en algunos foros. Nada se salva en este tema, ciertamente de orientación más pasional y patriótica. Hasta la leche con plátano terminará ofrecida a disputa, a este ritmo.
La sombra alcanzó, entonces, al famoso pollito asado a las brasas, una de las comidas más populares de Santiago, de Lima y de todo el mundo, que ya hace rato perdió el gentilicio. Las esencias de cada pueblo se reflejan, entonces, no en la exclusividad del invento, sino en el valor que se le de como dentro de la identidad propia. Quizás sería mejor disfrutarla tranquilamente con esta filosofía y en la misma mesa, que sufrir añorando nacionalizaciones culturales y perpetuando discusiones que no cambiarán la realidad en lo más mínimo.

miércoles, 5 de mayo de 2010

AYER Y HOY DEL NARANJAL DE LA ERMITA EN EL SANTA LUCÍA



Coordenadas: 33°26'25.48"S 70°38'37.69"W

A este encantador rinconcillo de la ciudad le han llamado antes también Jardín de los Naranjos y, por error o corrupción, Patio de los Naranjos, confundiéndolo nominalmente con el que se encuentra en realidad en el Palacio de la Moneda. El originalmente bautizado Naranjal de la Emita, sin embargo, lució en el pasado los arbustos frutales que le dieron su nombre. El tiempo y la vegetación que los han ido tragando, arrancándolos o fusionándolos con el paisaje del Cerro Santa Lucía.

Está ubicado en la cara poniente del paseo, hacia el lado Norte, desde donde se tenía una vista extraordinaria de la ciudad de Santiago facilitada por la inexistencia de grandes árboles y sin altos edificios al momento de ser inaugurado. Es un jardín crecido en torno a la fuente y bajo la Ermita del Santa Lucía, sobre la Plaza Buenos Aires, allí tras la Roca Tarpeya y la Plaza de los Campos Eliseos que corresponde a la Plaza Pedro de Valdivia en nuestros días. Fue uno de los más grandes esfuerzos de todas las obras iniciadas en 1872.

Es el más alto de los alto de los jardines y plazas del Santa Lucía, y el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna tenía la intención de que fuese el más importante y espacioso del cerro, visible desde varias partes de la ciudad. Por eso, hizo instalarle algunos de los árboles más crecidos con que contaba el proyecto y también su pileta francesa Val D'Osne en el centro, rodeada de flores y plantas.

Lamentablemente, en las fotografías blanco y negro que sobreviven, por ejemplo en el "Álbum del Santa Lucía", no puede admirarse el atractivo colorido del jardín. Desde allí se podía ver, un nivel más abajo en el llamado Desfiladero del Paraguay, al hoy desaparecido Balcón Volado, que servía de majestuoso observatorio de Santiago. La fuente desagua una pequeña caída de agua hacia este sector, escurriendo por sus muros empedrados hasta nuestros días.

1874...

2009...

La plaza estaba contorneada por hermosos jarrones producidos por la misma fundición parisina mencionada, con caras angelicales y finas decoraciones. En nuestros días, todas estas piezas también han desaparecido desde allí. Fue todo un desafío para los trabajadores construir esta parte del paseo en las alturas del cerro, próximas un acantilado de vértigo. Los obreros llamaban a su modo la plazuela de naranjos, según Vicuña Mackenna: "El Jardín Victoria", le decían.

Los cambios del cerro no se han llevado sólo a los jarrones decorativos de este sitio. En una de las remodelaciones, el jardín fue integrado al paseo hacia la Plaza Pedro de Valdivia, por lo que sus flores fueron retiradas y la fuente acabó rodeada de pastelones, ya no más de plantas o arbustos. Se instalaron algunos poyos y bancas, y se conservaron los árboles de los costados, pero como estos habían crecido bastante, la plazuela quedó con un aspecto reducido, poco visible y ausente de sus otrora característicos jardines.

Partes esenciales se conservan aún, sin embargo: los enrejados, la fuente y la disposición de los muros. Es uno de los sitios favoritos de las parejas de enamorados. Pero como ya no tiene aspecto de jardín, se le ha llamado Terraza del Naranjal o Patio de Naranjos, como hemos dicho. Sólo un naranjo de frutitas raquíticas queda vivo en este sitio.

En la fotografía de 1874 que aquí publicamos, tomada desde la Roca Tarpeya, aparecía un jardinero dándole mantención al flamante naranjal. Cuando tomamos nuestra imagen aquí reproducida también, un siglo y medio después, coincidentemente había otro jardinero atendiendo la plaza. Aunque la nuestra hemos debido tomarla también desde el observatorio de la Roca Tarpeya, hemos debido esquivar las incomodidades que causa la vegetación en el encuadre. La observación cuidadosa permite reconocer los elementos en común que ambas imágenes mantienen, sin embargo.

El único arbusto de naranjos que hoy queda en el Naranjal.

Vista de la Roca Tarpeya desde el Naranjal.

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