domingo, 15 de agosto de 2010

RENÁN VALDÉS: LA CRÓNICA DE TODO UN SIGLO

Tarde nos enteramos de la muerte de Godofredo Renán Valdés von Bennewitz, acaecida el 9 de julio pasado... Muy tarde lo sabemos, cuando su fragilidad y su agotamiento de 86 calendarios de vida ya descansaban en la modesta tumba, en tierra, esa que ahora acoge su eterno reposo en un humilde patio del Cementerio General. Las leyes de hierro de la vida biológica obligaron a don Renán a abandonarnos en esta aventura de navegación por el mundo creado e increado, eso que llamamos existencia.

Se nos extingue con él, por lo tanto, una generación brillante del siglo XX, y se corta de súbito un hilo de oro que permitió conectar la suya con la nuestra. Desde ahora, marchamos con sus recuerdos propios y prestados un tanto a la deriva, sin la comodidad de contar con un guía del tiempo.

Renán fue un tremendo periodista, columnista de opinión y reportero que dedicó 70 años de su longevidad a esta carrera de la información en los medios. Todavía en sus últimos años seguía pituteando y asumiendo pequeños trabajitos en el medio. Escritor, cronista y dirigente político que postuló, de hecho, a ser Diputado en 1967 por el primer distrito de Santiago, con el lema "Un candidato para el pueblo", tras ser proclamado en el popular Teatro Princesa de Recoleta, la misma casa del famoso espectáculo del "Picaresque" y otras revistas.

Formado tempranamente en el nacionalismo, pasó por toda una síntesis de los movimientos políticos de su siglo: el nacionalsocialismo criollo, el vanguardismo popular socialista, el agro-laborismo de Guillermo Izquierdo Araya, el ibañizmo (*detesto escribirlo con la "s", pues el apellido era Ibañez), el Partido Democrático Nacional y la Democracia Cristiana. "He llegado a la conclusión de que la política es la única forma de vivir sin trabajar", sentenciaba a menudo, medio en broma y medio en serio, cuando recordaba estas aventuras y experiencias en las arenas de la deliberación.

Fue un hombre que se codeó con juces, ministros y grandes goberantes, al que el propio Presidente Eduardo Frei Montalva le escribía "Distinguido amigo" en sus cartas... Y vio morir a sus camaradas en el conato del 5 de septiembre de 1938, donde fueron masacrados.

Hombre que confrontó desde su columna en el diario al propio Presidente González Videla, ganándose unas vacaciones en el presidio por su osadía de increpar la traición del mandatario a las mismas fuerzas comunistas que lo habían llevado con su voto al poder; y aun cuando Valdés era entonces un declarado antimarxista. Y luego escribió una novela social titulada "Cárcel", inspirada en su propia experiencia dentro del penal donde pagó sus osadías políticas... Adelantó por casi 40 años, así, al magnífico trabajo ofrecido por el periodista Rubén Adrián Valenzuela en su famosa serie "La cárcel por dentro".

El mismo hombre que, a pesar de su cercanía al antiguo ibañismo, no dudó en apuntar al ilustre militar Carlos Ibáñez del Campo señalándolo como uno de los responsables por omisión de la masacre de 1938, ganándose el desprecio de muchos de sus correligionarios por esta gracia...

O el hombre que después encaró también al staff del propio General Augusto Pinochet en el edificio Diego Portales, en pleno régimen militar, reprochando los allanamientos de barrios populares que consideraba "exagerados", y obteniendo con ello, ahora, un despido desde su lugar de trabajo, no obstante que el mismo mandatario le daría, después, la pensión de gracia que le permitió a don Renán vivir con las mínimas dignidades en sus últimos años; o a veces incluso sin ellas.

Conociendo su archivo, en agosto de 2009.

Presentación de su columna en los años sesentas.

El joven y viejo Valdés era, así, un hombre de principios totales; un sujeto recto, honorable, inobjetable, dominado por el sentido de lo éticamente correcto... O mejor dicho traicionado por este instinto de moralidad y corrección. Y como todo hombre de principios sólidos, incapaz de adaptarse al relativismo moral de nuestra sociedad, terminó siendo también un hombre de problemas: de carencias, de vacíos, incluso víctima de calumnias o de deslealtades abominables.

Esa fidelidad a la ética sería una de sus condenas, precisamente, haciéndose merecedor del ninguneo, el desdén y el anonimato, a pesar del enorme trabajo que respalda su nombre. Mal eligió, acaso, al buscar en la vil política electoralista, vernáculamente cochina y proxeneta, alguna descarga a sus rectitudes e ideales honestos.

Este lúcido testigo de todo un siglo había nacido en 1923, como hijo ilegítimo de una relación pasajera entre un padre admirado pero un tanto ausente y una madre distante, que no conoció en persona sino hasta su juventud. Decía ser hermano mayor de un conocido cantante nacional, también fallecido. Tras morir su abuela, quien realmente lo crió junto a una tía, se lanzó a la vida como escritor y periodista, cosechando sus primeros logros tempranamente, cuando acababa de salir de la educación secundaria.

Viviendo en pensiones y hoteles de escasa reputación, Renán se permitía jornadas completas redactando cantidades de hojas en la vieja máquina de escribir que conservó hasta sus últimos días, como un símbolo de su carrera. Padecía de una grafomanía increíble, pero por alguna razón sólo insistió con algunos de sus trabajos para que fueran publicados en diarios o acabaran en imprentas. Muchas veces trabajó totalmente gratis, de hecho, motivado sólo por sus ideales y por el sentido de responsabilidad con que ejercía el oficio en los tabloides. Su enorme archivo reunía sólo algunas piezas de esta verdadera industria individual de escritura, mucha de la cual (quizás la mayor parte) ya está irremediablemente perdida.

Renán tenía una atracción especial por los barrios de Mapocho y de La Chimba, especialmente desde el momento en que se estableció en el barrio norte del río, cerca del hospital psiquiátrico... "Buen lugar para mí", decía entre risas. Aunque no bebía, mantuvo cierta relación con la vida social de aquellos rincones y su bohemia, hasta donde llegaba caminando con su sombrero de fieltro y su bigote característico, que usó toda la vida.

Fue por allá que estableció su hogar, en la calle Olivos. Solía ir a pasear desde ahí por todo este vecindario, a veces en la Estación Mapocho, el Mercado Central o bien hacia el otro lado, en el Cementerio General y la plaza de avenida La Paz. Sus caminatas, en otras ocasiones, pasaban por la ex Torre del Seguro Obrero, donde solía detenerse a mirar silenciosamente la nómina de sus camaradas de juventud allí asesinados, por los que extendió muchos homenajes y reconocimientos en la prensa. Hasta en Marcoleta lo encontramos alguna vez, siempre ofreciendo alegres y entretenidas conversaciones basadas, principalmente, en su inagotable batería de recuerdos.

Renán Valdés escribió para "El Mercurio", "El Diario Ilustrado" y la Revista de la PDI; tuvo una columna con su nombre en el periódico "La Antorcha" de San Felipe y, por supuesto, también se desempeñó cuando joven en "El Trabajo", diario oficial del movimiento nacionalsocialista al que había pertenecido en esos tiempos de ímpetu y vigor.

Y quienes crean que estas vinculaciones tan políticamente incorrectas le cobraron su parte, no yerran: aunque tenía acceso directo a La Moneda y se fotografiara con presidentes, el solitario Renán fue objeto de odiosas acusaciones por un lado, algunas francamente malévolas; y por el desprecio de algunos correligionarios en sus propias trincheras, por el otro, que no le perdonaron el haber renegado de la inspiración nazi-fascista europea del movimiento nacional socialista criollo.

Pero él tenía una explicación para todo: cada cosa es consecuencia de otra, y siempre para mejor... Incluso cuando se tratara de recordar a sus camaradas asesinados en la Torre de la Sangre:

"Chile y sus hombres han evolucionado favorablemente en estos últimos veinticinco años -escribió en su columna, en el aniversario de 1963-, y por la vía institucional, se ha hecho posible progresar sin recurrir a la violencia. Por lo demás, el terrible desenlace de la revolución nos hace ahora -obligadamente- ser mas prudentes y meditar conciente y serenamente el pro y el contra de cada acto político".

En la misma filosofía de evolucionismo espiritual aseguraba, por ejemplo, que la vida lejos de los vicios le había garantizado lo larga que ésta le había resultado. El doloroso costo de ello fue ver morir a su propia esposa y a su hija. Hubo una época en que fumaba, incluso pipa, pero tenía una explicación entre risas para este hábito:

- “Dije a mi doctor que era por algo estético, contra la fealdad… Pues con el humo no se me ve la cara”.

También escribió otros libros, casi desconocidos en este momento, por lo que no tenemos seguridad de cuántos fueron exactamente. Ni siquiera él lo tenía claro, a veces. Uno de ellos reunía dos de sus cuentos con los de otros tres conocidos autores, entre los que figura un importante juez de nuestros días. Y por esos mismos años en que era expulsado del Edificio Diego Portales por haber encarado a Pinochet ante el horror de todos los demás presentes, Valdés prologó el trabajo de su gran amigo Juan Pérez Berrocal “Mi vida y el teatro: 1912-1981”, quien había sido uno de los precursores del cine nacional. Hay otros trabajos suyos salidos de la imprenta y la encuadernación, pero están casi desaparecidos, cuales manuscritos perdidos del Qumrán en el valle del Mapocho.

Su talento para meterse en problemas fue el más prolongado y leal compañero de vida: tendría unos 75 años cuando, según él trabajando como corresponsal de un medio, en plena época de cautiverio del Pinochet en Londres, tuvo la pésima idea de meterse en medio de una turba de manifestantes con su cuerpo materialmente ya muy débil y frágil, intentando obtener declaraciones. De acuerdo a lo que nos contó entonces, en una sacudida la chusma se le vino encima terminó en el suelo, con una cadera rota que lo mantuvo en 1999 sumido en intervenciones, tratamientos y condenado al uso del bastón que redujo sus paseos, aunque no sus deseos. A veces me pregunto si sólo habrá rodado por alguna escalera en lugar de esta circunstancia. Como sea, a duras penas y de mala gana hizo caso de las instrucciones de reposo. Pero de alguna manera logró sobreponerse y no sólo recuperar sus paseos por los barrios del Santiago clásico y popular, sino que también pudo desprenderse del bastón desafiando a los médicos.

"Distinguido amigo", le dice el Presidente Frei Montalva.

En el cementerio general con quien escribe, en marzo de 2009.

Volvía, así, al cementerio. Paseaba por la tumba de sus seres queridos; o por el monolito que homenajea a sus camaradas asesinados esa trágica tarde de 1938 en el edificio del Seguro Obrero. Allí lo encontramos casualmente un día del año pasado, cerca del mausoleo de la Sociedad Española de Beneficencia, tras visitar la tumba de su querida esposa:

- “Ando paseando por acá para empezar a acostumbrarme a este barrio, al que tendré que cambiarme luego, pues amigo” –dijo siempre tomándose para la risa sus propias desgracias; sus vulnerabilidades. Jamás dejó de ser así de alegre.

Renán vivía en una austeridad absoluta. Sus limitaciones económicas, su modestia y sus carencias contrastaban con la calidez con que nos recibía en su casa para mostrarnos con una tacita de café su maravilloso archivo, de esos tan grandes y cargados de fotografías, recortes de diarios, artículos, cartas y notas, que la vida del propio retratado termina siendo también reflejo de la época a la que perteneció; de la edad perdida de la que provienen.

Pero el octogenario periodista no aceptaba ayuda; no parecían interesado en que alguien lo sacara de esta triste reducción. Ni siquiera parecía cómodo con las fotografías o las grabadoras. En cambio, prendía de inmediato con las conversaciones: con el interés en escucharlo, en oír sus chistes, astutamente metidos entre las narraciones de sus interminables memorias; memorias de toda una centuria.

Quisimos convencerle de difundir sus libros, de republicar; de rescatar sus artículos y transcribirlos. Pero Renán no quería reconocimientos. De alguna manera, sin decírnoslo, quizás esperaba que entendiéramos que su tiempo había pasado, y que el anonimato, el pasar inadvertido como un desconocido en sus caminatas hacia el río o hacia la necrópolis pisando los escombros de su propia historia personal, eran lo que le acomodaba. No había forma de sacarlo de esta penumbra, en consecuencia. Por el contrario, el escritor solía terminar siendo quien nos ofrecía alguno de sus innumerables contactos y accesos a ciertos círculos para ayudar a acelerar o cumplir con trámites. Era su forma de sentirse útil en el triste anonimato; de revivir la importancia del pasado, cuando quizás era elogiado y reconocido. Casi imploraba que alguien le pidiese esta clase de favores, como si necesitara demostrar que aún podía ser útil; como echar a andar los engranajes de un mecanismo corroído y empolvado, que ha permanecido en el olvido de las telarañas, pero que siente en su pecho que aún puede marchar, otra vez.

Renán siempre pareció de buena salud y, como hemos dicho, hasta se jactaba de su buen estado físico a los 86 años. Pero la cita final con la muerte lo atrapó, inevitablemente, esa mañana del 9 de julio, cuando un rayo invisible arrojado desde alguna parte del otro lado, desde el umbral, alcanzó su corazón, fulminándolo mientras se peinaba los escasos cabellos de su cabeza frente al espejo.

Renán Valdés von Bennewitz, de esta manera, se marchó del mundo ya olvidado por el periodismo nacional, con sus libros casi desconocidos y con su nombre ignorado por la mayoría de los medios. Ninguna mención en ningún diario... Nada, ni una línea, como si Valdés ya hubiese muerto antes de morir. Ni siquiera vimos ue le fuera publicado un obituario. Era el estado en que él sabía ya su existencia, acaso, y por eso jamás se entusiasmó con nuestros deseos de devolverle a la luz.

En la era de la comunicación digital y de la transmisión instantánea, todos los que fuimos sus discípulos o amigos nos enteramos de su sorpresivo deceso casi por azar, por la mera velocidad del chisme, y tras el fortuito acontecimiento de intentar visitarlo para completar con él una entrevista que quedará pendiente por siempre, como círculo abierto para todas las rondas de la eternidad y la recurrencia, ahora sabemos.

Pero consuela pensar que Renán está con sus amigos y camaradas de juventud. Si es en el Cielo o en el símbolo, da lo mismo. Allí está: vuelve con los mismos seres queridos que había perdido en la sangrienta circunstancia de hace 72 años, y en donde también había muerto una parte de él. Vuelve con su familia propia, esa que ya se había marchado.

Allí, en la memoria de los que fueron y los que seguirán, el recuerdo habrá de reservarle a don Renán su propio puesto imperecedero y la consagración luminosa que una vida difícil y sacrificada por los ideales le negó.

5 comentarios:

  1. Renán fue un exclenente tipo y un gran profesional. Lástima que muriera solo, pobre y olvidado, como tanta gente importante de nuestro país donde sólo los que salen en la TV fabricando farándula tienen derecho a reconocimiento.

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  2. Me emocionó leer ésta nota de un hombre que fué protagonista y testigo de toda una época. Pertenecía a esos "chilenos antiguos", como diría Dn. Miguel Serrano, un Chile que ya se fué para no volver, aniquilado por la una decadencia moral y material producto del sistema perverso que nos gobierna. Gracias por dar a conocer a tan digno profesional, y gracias por vuestro blog.

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  3. Gracias por preocuparse de él...era un hombre increible, casi mágico, las palabras brotaban sin esfuerzo alguno,las letras se agolpaban en su pluma y sólo fluian, era la crónica de este siglo, fue testigo de tantas cosas, siempre fue consecuente con sus ideales, nunca los tranzó como muchos, era un agrado conversar con él de lo humano y de lo divino, un hombre culto, inteligente, preocupado de los demás, dispuesto a contar su vida a quien quisiera escucharlo, hombre alegre, risueño...de esos que ya no quedan...y que hacen falta, " es que creció con el siglo...de tranvía y vino tinto..."

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  4. Millones de gracias por el reportaje que le hicieron a mi muy querido Bisabuelo, ni siquiera sabía que él había estado en la cárcel, mucho menos lo de sus libros...ahora me honra más el decir:"Yo soy bisnieta de Renán Valdés von B". Le diré a mi abuela que me dé sus libros, ya que quiero tener su trabajo.
    Mi madre sabía muchas cosas de él, y se sorprendió y alegro muchísimo al leer este glorioso reportaje sobre un muy querido familiar nuestro. Mi tata (como así cariñosamente yo lo llamaba) no murió solo, ya que siempre estuvo su familia más cercana a su lado, las cuales yo y mi madre fuimos una de ellas.
    Tenía un don inigualable al escribir (siempre a máquina, no le gustaba escribir a mano)y un muy buen dibujante, ya que él siempre para mi cumpleaños me hacía dibujos, o para mi cumpleaños nº15 me dejó una carta escrita en su legendaria máquina y firmada por él. Me contó innumerables historias, incluso la de cómo conoció a su distante madre. Pero lo que más me apena es que ya no está en vida conmigo, pero sí en espíritu, siempre guardaré sus dibujos y cartas hechas por él y nunca me olvidaré de la calurosa manera de saludarme, siempre con un "hola cara de mono".

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  5. Conociendo a Renán Valdés: agradezco los comentarios a mi querido y recordado hermano, quisiera dar algunos antecedentes sobre él, decir que desde muy joven fue ligado a las letras un gran soñador y poeta desconocido para algunos tal vés, pero al fin y al cabo, un hombre respetable como pocos en este mundo...

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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