domingo, 22 de agosto de 2010

LAPIDAS, PICADAS Y ANTICUARIOS ("La Nación Domingo", 22 de agosto de 2010)

Publicado por Mauricio Valenzuela en "La Nación Domingo" del 22 de agosto de 2010. Link al artículo original: http://www.lanacion.cl/lapidas-picadas-y-anticuarios/noticias/2010-08-21/173400.html (Clic encima de la imagen para ampliarla).
La calle Condell no tiene límites, o sea sí, pero no me refiero a los límites que cortan una calle y la hacen cambiar de nombre. No son los límites aquellos que delimitan tan acuciosamente las intersecciones de nuestra urbe como un cuchillo filoso. La calle Condell posee una rara continuidad hacia otros estratos, lugares de la ciudad que gozan de un pintoresco halo que únicamente la curiosidad les puede asignar a las cosas. La calle Condell es como la calle de un poema de Borges: "calles elementales como recuerdos". Si hacemos una caminata, empezando desde Providencia, nos encontramos con una serie de hitos interesantes.
En la primera cuadra, en una misteriosa casa antigua, está la editorial de don Renato Ahumada, Puerto de Palos, que publica los libros de Lafourcade. Más allá, está el cuartel de la PDI y, justo al frente, la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Habitual en la puerta es ver a Raúl el artesano, con sus libros, lentes y aritos, siempre presto a brindarle buena conversación a uno, compartiendo el mate de la amistad en los días de frío. Más allá está el Cachos Bar y la Picá de Luchito Jara como puntos de parada obligatorios.
Al llegar a Rancagua se levanta un nuevo edificio, en cuya obra de construcción, en 2007, los obreros encontraron la lápida de una mujer fallecida en 1795 y según la inscripción nacida en 1731 con el misterioso nombre de "MARÍA DEL CARMEN DOMINGA IDOATE POZO YSILVA ÁLVAREZ DE TOLEDO RIVEROS SVÁREZ DEFIGUEROA YAGUIRRE DEMENDOZA YQUIROGA". La promesa de la constructora -que inmediatamente llamó a un arqueólogo que dijo que era "raro" que no hubiera rastro de cadáver en la zona-, fue poner la placa como adorno en la entrada del edificio una vez terminada la obra.
Esperemos que así sea y que, otra vez, los tesoros de nuestra ciudad no terminen olvidados por la conveniencia de algunos (sobre este tema, me contó mi amigo Criss Salazar que escribió una espléndida nota en urbatorium.blogspot.com). Siguiendo el recorrido por Condell, el tramo que continúa esta calle hacia Irarrázaval toma un aire de misterio, un no sé qué muy especial dispuesto a abrirse en la hora difusa del atardecer como un tesoro de puertas anchas a una bohemia silenciosa, de barrios viejos, pero a la vez dinámicos, alumbrados por el insistente neón de una movida nueva que está tomando forma por aquí como entretenidos bares y picadas.
Esta arteria se cruza con Santa Isabel y casi justo en la esquina está la Picada de la Tía de Mahoney -a la que son asiduos Sebastián Bowen y los chicos de Un Techo para Chile-, La Casa en el Aire y el fabuloso Bar de René. Pero la sorpresa verdadera de Condell está siguiendo nuestra caminata hacia el sur. Una cuadra después de Santa Isabel aparece un largo tramo que se bifurca en una infinidad de hermosos y enrevesados locales de antigüedades y diseño. Es un placer a la vista entrar a estos intersticios olor a madera restaurada y ver, hurgar y encontrar lo lindo: maletas, libros, afiches, muebles, juguetes de lata, fotografías del 1900, etc. Qué mejor que extender las calles hacia un más allá de formas difusas, lugares que se abren en el llano de la imaginación, como un corredor ancho e inexplorado aún, en que poner los pies y saludar a los fantasmas de nuestro pasado que son quizás los mismos de nuestro futuro.
LND

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