miércoles, 7 de julio de 2010

VESTIGIOS DEL PASADO EN CALLE ROJAS MAGALLANES ORIENTE (PARTE II): RESTOS DE LOS EUCALIPTOS GIGANTES

Coordenadas: 33°32'8.03"S 70°33'39.89"W
Actualización: cuando redacté este artículo con recuerdos personales -que no me interesa someter a prueba del polígrafo ni a suero de la verdad ante nadie- omití muchos detalles sobre las razones que me llevaron a mí y al grupo de bicicleteros de esos años a evitar subir hacia el famoso cruce de Rojas Magallanes con el Canal San Carlos, para no herir susceptibilidades ni orgullos de quienes pudiesen haberse sentido tocados. Sin embargo, como de todos modos se ha producido en cierta red social una escandalera histérica por mi exceso de honestidad en este texto, polémica en la que me han calificado con los epítetos y clasificaciones más ridículas que haya recibido de los duendes con wifi, he decidido agregar todos esos detalles omitidos entonces, refiriéndome a los malos ratos que pasé cuando era un niño en esos sectores de la ciudad... Y me importa una soberana bosta si alguien más se siente insultado: no voy a castrar mis propios recuerdos y los episodios de mi propia vida, sólo para no ofender a tontones hipersensibles y con frustración de intocables.
Continuando con esta trilogía sobre vestigios del pasado de la avenida Rojas Magallanes oriente, y que abrí con la anterior entrada de texto dedicada a la Casona de los Adobes de esta calle en su conjunción con la avenida La Florida, pasamos ahora a revisar un hito (o lo que queda de él) y que se puede observar aún a medio camino entre el señalado punto de la avenida y el Canal San Carlos, que por mucho tiempo señaló el punto culminante de tal calle, antes de que las urbanizaciones nuevas la prolongaran más al oriente de este cauce.
Subiendo por Rojas Magallanes desde avenida La Florida, en la esquina con calle Oriente y donde comienza a hacerse evidentemente inclinada esta línea del paisaje (más o menos en la mitad del tramo oriente de Rojas Magallanes que estudiamos), se encontraba detrás de los cercos y las palizadas del entonces camino de tierra, un pequeño claro húmedo de pasto, hojas secas y piedras, custodiado por unos cinco o seis inmensos árboles de troncos colosales, como sólo ven rara vez vivos.
Eran eucaliptos, o al menos tres de ellos según recordamos con plena seguridad, correspondientes a los más gigantescos del conjunto (o así los recuerdo, al menos), que prendían de olores mentolados las caminatas por el lugar y arrojaban en masa sus "coquitos" al ambiente de potreros y chacras de antaño.
El cuánto medían estos eucaliptos, no está en nuestros datos. Nunca lo sabremos. ¿20 ó 30 metros? ¿40 metros? ¿más?... Tampoco sabemos su edad, pero alguna vez oímos de gente del lugar que era de más un siglo, y que se trataba de legajos de una antigua alameda que existió en el sector, como muchas más de la comuna de La Florida que han desaparecido (hace poco se talaron los restos de la que quedaba frente al Estadio Bicentenario, relativamente cerca de allí y que estaba compuesta por álamos). Sólo sabemos que estaban por allá por las lindes del ex terreno de los curas de La Salle con la vera del camino que ahora es la avenida Rojas Magallanes.
Estos majestuosos eucaliptos veían desde varios lados de la comuna, según los antiguos vecinos, como un ramillete de ramas estacado en los terrenos que comenzaban a levantarse en las faldas de aquellos cerros y montes. Es difícil describirlos hoy en día, pero hay un grupo de estos mismos árboles y muy parecidos en el sector junto a los huertos del Camino a Palabra de Vida, en Puente Alto, para hacerse una idea de tales magnitudes.
Es verdad que los recuerdos y las impresiones mienten; engañan y se idealizan a sí mismos, pero esos tocones de troncos que allí quedan son evidencia suficiente para hablar de árboles indiscutiblemente gigantes, monstruosos, como probablemente ya no existen otros eucaliptos en los radios urbanos de Santiago.
Por muchos años, estos enormes representantes de la flora introducida y ubicados al lado del camino, sirvieron de advertencia a ciertos viajeros que por allí nos metíamos: cual mojón fronterizo, marcaban el límite del lugar más seguro de la comuna con respecto a donde comenzaban los terrenos inciertos para nosotros. Inmediatamente más allá, por ejemplo, en el sector conocido como La Loma, se había instalado la entonces aislada y oscura población del mismo nombre, de pasajes estrechos y surgida de campamentos y tomas de trabajadores sobre una especie de alto entre los cerros. Hoy está muy distinta y alejada de su época más siniestra, cuando cierto grupo de muchachones del lugar nos emboscaban cada vez que nos veían, con intenciones nada amistosas y por razones que nunca entendimos.
En aquella época, entonces, toda la zona que seguía a los grandes árboles y más próxima a los cerros, tenía para nosotros cierta fama de temible y brava, especialmente en ciertos períodos del año. Eran los agitados años ochenta. Había sectores semi-rurales no menos temidos para nosotros los chiquillos quinceañeros de entonces; arrabales donde seguía imperando la ley del desafío y la justa en algunos casos, en los que un extraño no siempre era bienvenido. Lo vivimos en carne propia al llegar allá un día festivo en nuestras respectivas bicicletas y ser hostilmente recibidos por una cuadrilla de personajes hippientos mayores que nosotros, que pululaban por allí, acusándonos por algún inexacto rencor social de ser "hijitos de papá".
La escasa iluminación pública, el desamparo y la ausencia de las fuerzas de orden o seguridad por estos lados, favorecían quizás su fama y los actos delictuales, como cuando un par de tontos grandotes salieron de la nada e intentaron arrebatarle su bicicleta a un chico de nuestro piño, precisamente por aventurarse más allá de de los eucaliptos y del propio Canal San Carlos, pasado un sector donde habían canchas de fútbol bastante sombrías desde horas previas a la caída de la noches. Quizás sólo querían asustarlo, y la verdad es que lo consiguieron, pues fueron realmente agresivos.
Hacia principios de los noventas comenzó a llegar la locomoción colectiva más establemente a este sector, con una micro que, como parte de su recorrido, hacía una extraña subida y bajada inmediata por Rojas Magallanes, precisamente hasta un poco más arriba del sector de los grandes árboles. Una de sus paradas estaba en la misma pendiente donde estaban los árboles. Ya en mejor época, además, se instaló una terminal dentro del mismo barrio, con sus calles pavimentadas y sin aquellos muchachos pendencieros de nuestra época. Muchos años después, conociendo al encargado del recinto, nos reuníamos allí a celebrar algunos viernes y sábados.
Volviendo a los años olvidados, todo nos señalaba que quien se aventurara más allá de los grandes eucaliptos, lo hacía conociendo y enfrentando los riesgos de tal audacia, al menos en nuestro grupo de adolescentes por los que no había mucha estima entre esos sujetos en particular, por razones que nunca comprendí. Uno de mis últimos recuerdos sobre tal sitio, creo que es el de la presencia de otro grupo de amigos que, por entonces, se lanzaban desde este punto por la calle inclinada en autitos bólidos que ellos mismos hacían, saliendo más de alguno de ellos accidentado pues la gracia era arrojarse sin frenos. Al ser mayores que nosotros, sin embargo, gozaban de mejores prebendas y hasta tenían conocidos por allá.
Sin embargo, todo este aspecto más bravío, que alcanzamos a conocer ya en sus últimos días en incursiones llevando amigos en el vehículo hasta su casa en La Loma y el canal o bien terminando noches de parranda con la postal incomparable de las luces del Santiago nocturno visto desde esas alturas, ha desaparecido en nuestros días, volviéndose un lugar mucho más dócil y manso con las atracciones del ambiente popular. La apertura de nuevas calles y la habilitación de servicios de transporte público comenzó a vincular cada vez más a estos rincones con el resto de la ciudad, pacificándolos por convencimiento y conveniencia, convertidos hasta en un lugar entretenido para las trasnoches a partir de los los noventa.
Para entonces, sin embargo, los paseos en bicicleta de fin de semana ya no eran nuestra idea de recreación grupal... En cambio, muchos ciclistas amantes de la vida al aire libre hoy repiten por allí nuestro viejo rito de adolescentes, subiendo por la misma vía hasta el sector de Lo Cañas o El Panul.
Hacia fines de aquella década, además, los terrenos de viñas y cerros fueron vendidos por los sacerdotes y particulares a las inmobiliarias, y así nacieron nuevas y aglomeradas villas residenciales, en donde años antes parecía imposible más urbanización. Así y desde la nada, en la década siguiente, brotaron rápidamente casas y calles nuevas en la llamada Villa Rojas Magallanes, y el pequeño claro que antes servía de parada y advertencia a los paseantes no acostumbrados al ambiente bravo del sector, fue convertido en una pequeña plaza hoy dominada por plátanos orientales y otros árboles más bien pequeños.
Nos parece que fue en esta época que los gigantes guardianes de los accesos a los cerros fueron talados; derrumbados cuales los titanes expulsados del cielo, como coincidiendo con la ausencia de toda necesidad de su advertencia en el camino, cambiados ya los barrios y domados sus terrores.
No obstante, la parte baja de sus troncos eran tan gruesos y sus raíces tan profundas, que debieron quedar allí como recuerdo inalterado del paisaje que alguna vez tuvo este tramo de la calle. Incluso pueden observarse sobre la madera seca las marcas de las motosierras que intentaron eliminar por completo su impronta en la historia local, mas frustraron tal tarea imposible. Ahora semejan los restos de las columnas de algún antiguo palacio derribado, o algún templo desmoronado sobre sí mismo tras una agresión cartaginesa o huna.
Sin embargo, la destrucción no fue total: milagrosamente, uno de los tocones ha brotado otra vez y ahora ofrece retoños de vida arbórea que se resiste a morir. Quizás, algún día en el futuro, alcance otra vez el tamaño descomunal que tuvo el árbol al que pertenece.
En la próxima entrada, veremos un tercer vestigio que queda aún en la avenida Rojas Magallanes, un poco más arriba de donde se hallan estos troncos gigantes, y que constituyó alguna vez parte de esas advertencias que la presencia de los eucaliptos intentaban hacerle a los chiquillos viajeros o desafiantes que se aventuraran en esos terrenos sólo para temerarios y audaces, siendo recordado como uno de los más divertidos e interesantes clubes recreativos que tuvo alguna vez la comuna de La Florida.

1 comentario:

Felipe dijo...

muy interesante la entrada, tenia una polola en ese entonces que vivia en la florida y soliamos ir a caminar por rojas magallanes hasta el canal san carlos y de ahi caminabamos hacai el sur por sanchez fotensila y luego bordeabamos el canal por tobalaba oriente (que en ese lugar es de tierra) y llegabamos a un sector muy campestre aun, en donde hay medialunas y una casona antigua; y poco mas alla hay una central elèctrica.

Cuando nos veniamos devuelta caminabamos por jardin alto y es ahi lo que mas me llamó la atencion, y son unos robles gigantezcos, se nota que eran muy antiguos, para haber alcanzado tal magnitud y se encuentran justo en la interseccion de tal calle con la calle marcela paz y los nogales. Tambien pense que en su momento marcaron el limite de algun lugar antiguameunte. De hecho son tan grandes que los puedes ver a traves de google maps.
Saludos!!!

Publicar un comentario

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Residentes de Blogger:

Residentes de Facebook