sábado, 31 de julio de 2010

LA POSADA DE LA CAÑADILLA EN LA CASA-PILAR DE BARRIO INDEPENDENCIA

Coordenadas: 33°25'3.22"S 70°39'22.43"W

Estaba exactamente en la esquina de la Cañadilla, hoy avenida Independencia, con la calle Profesor Alberto Zañartu, cuando ésta se llamaba Callejón del Panteón, donde está la histórica entrada al Cementerio General por Avenida La Paz y cerca de donde debutara con su primera casa el famoso restaurante "Quita Penas", en el antiguo barrio del Hospital San José.

Era una hermosa casa con pilar de esquina, como muchas de las residencias coloniales que habían en La Chimba y otros lados del Santiago más antiguo. Si no hubiese sido demolida por la conspiración del tiempo, la naturaleza y la mano humana, quizás habría sido declarada Monumento Histórico Nacional, de la manera que sí alcanzó a ocurrir con otra casa muy parecida, ubicada en Recoleta con Antonia López de Bello, a la que hemos dedicado recientemente un texto.

La magnífica casa-pilar de Independencia estaba en nuestra ciudad desde principios del siglo XIX o antes. Nadie lo sabía con certeza. Había sido sede de una posada donde los rotos chilenos celebraron los primeros años de la República, en este barrio que estaba lleno de fondas y chinganas. La Fiesta de Todos los Santos era una ruidosa y alegre celebración en el barrio, que tenía a esta Posada de la Cañadilla como famosa sede. Carlos Lavín escogió esta hermosa construcción para ponerla en formato de dibujo en la portada de su libro "La Chimba", publicado por Editorial Zig-Zag en 1947, mismo que aquí hemos reproducido.

Creemos que esta foto pertenecería también a la ex Posada de la Cañadilla, pero ya convertida en tienda de abarrotes, en el momento en que era adoquinada la Avenida Independencia, justamente. La hemos visto rotulada como tal, pero también señalada como la casona del mismo tipo y prácticamente igual estilo que existía en Alameda con Lastarria.

La casona sobrevivió incluso a las varias demoliciones que se realizaron alrededor, luego de que muchos de estos centros de recreación y tabernas fueran sometidos a la regulación de una ley de 1832 que, si bien sirvió para abrirle espacio a nuevas edificaciones institucionales que hoy son símbolos de este lado de la ciudad (como el Hospital San José y la Facultad de Medicina, por ejemplos), otros la interpretan sólo como uno más de los intentos desesperados del gobierno por detener la criminalidad, los vicios y la delincuencia. Medidas como éstas acabaron, en los hechos, poniendo en semi-proscripción manifestaciones de nuestro folklore urbano, incluida las cuecas de barriadas y las chinganas de la época.

Pasada su era como taberna chinganera, la casa-pilar de Independencia se convirtió en una tienda de abarrotes. Engalanó este sector de la capital hasta bien avanzado el siglo XX, aunque cambió de propietarios y de giros.

En general, el segundo puso funcionó como residencial y el primer piso como local comercial, ya que el concepto de las casas-pilares suele ser con esta división de usos entre ambos niveles.

Fotografía publicada por Carlos Lavín en 1947, donde se observa la esquina de Independencia con La Unión (hoy Profesor Zañartu) con el antiguo edificio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile al fondo. Esta última construcción fue destruida al año siguiente por un incendio.

Hacia 1870 se adoquinaron varias avenidas de Santiago, para evitar los insufribles barriales de invierno con la elegancia de los adoquinados de "piedras huevillos", como se les llamaba por su forma convexa. La ex Cañadilla, renombrada luego Calle de Buenos Aires y después De la Independencia, tampoco fue la excepción y, según creemos, existe una fotografía que registre el proceso mismo de adoquinado frente a la casa-pilar. También la hemos reproducido acá.

La casa fue desapareciendo en el siglo XX. Estaba todavía utilizada en manos particulares pasado el año de 1950, pero la historia que sigue en las décadas siguientes parece un tanto incierta. Quizás los terremotos le dieron alguna ayudita al deterioro por el paso de las centurias. Los últimos restos sobrevivientes de la ex Posada de la Cañadilla ya no eran reconocibles: ni siquiera se distinguía su maravillosa columna de esquina. Las viejas murallas de adobe fueron demolidas y sobre ese terreno la Municipalidad de Independencia construyó, en la misma esquina, la sede de su Biblioteca Municipal.

En Santiago quedan muy pocos ejemplos de casas-pilares coloniales, desgraciadamente, por lo que la desaparición de la ex Posada de la Cañadilla constituye una pérdida especialmente dolorosa e irrecuperable para esta ciudad.

Obras que ejecutaba la Municipalidad de Independencia sobre el terreno que alguna vez alojó a la vieja casa-pilar de Independencia. Vista desde la Calle Profesor Zañartu. La Biblioteca Pública de Independencia ya está construida y operativa en el mismo sitio.

jueves, 15 de julio de 2010

RECORRIMOS LUGARES CENTENARIOS QUE DESAFÍAN EL TIEMPO (Diario "La Segunda" del jueves 15 de julio de 2010)

Publicado por Juan Carlos Ramírez, diario "La Segunda" del jueves 15 de julio de 2010 (Click encima de la imagen para ampliarla).
"Así lo atestigua Cristián Salazar, quien tiene un blog imprescindible: www. urbatorium.blogspot.com. Allí se dedica a investigar las historias ocultas y rescatar ese patrimonio desconocido de la ciudad. Salazar cuenta que el nombre del bar se basa en un personaje de Pepo...".

miércoles, 14 de julio de 2010

VESTIGIOS DEL PASADO EN CALLE ROJAS MAGALLANES ORIENTE (PARTE III): LA FONDA DE "EL LICHO"


Coordenadas: 33°32'8.63"S 70°33'19.22"W

Hemos revisado en dos entradas anteriores, los vestigios del pasado rural y campesino de la comuna de La Florida, en el tramo oriental de la calle Rojas Magallanes, del paradero 18: la Casa de los Adobes situada en la esquina con avenida La Florida y los restos de los eucaliptos gigantes que se encontraban más arriba de este camino, en donde ahora está la plaza de la Villa Rojas Magallanes.

Un día remoto de aquellos, nació una antigua y folklórica posada en el sector para entonces más alto, ya al final de este tramo oriente de avenida Rojas Magallanes, casi en la orilla del Canal San Carlos pasada la actual calle Santa Victoria, en medio de esos mismos terrenos agrestes e inseguros dominados por los más fuertes de la fauna local y los gañanes más temerarios.

Territorio de choros de campo y de huasos armados de borrachera, rebenque y cuchillo parronero, diríamos, aunque hoy no lo parecería.

No tenemos claridad de cuando se levantó el local: unos dicen que hace unos cien años, cuando se habrían habilitado los primeros caminos junto al canal, y otros vecinos creen que fue en los años cincuentas, luego de loteados los terrenos que habían pertenecido al Regidor Mario Zañartu y su esposa Marta Undurraga, cuya casona es ocupada hoy por Colegio Quinto Centenario sede Cordillera, ubicado exactamente al frente del lugar de la posada. En aquella antigua casona de Zañartu, por cierto, se firmó el decreto de creación de la Municipalidad de La Florida, en 1890, luego de la creación de la comuna.

Ubicada estratégicamente en la pasada de los huasos y jinetes que iban o venían desde la Media Luna de los rodeos que todavía se realizan en La Florida, junto al canal, el local de adobes, tejuelas y troncos para las amarras de caballos de los visitantes, comenzó a volverse de gran atractivo en la segunda mitad de la centuria, llegando allí algunos pobladores del entorno, los peones de los fundos y los trabajadores de los campos aledaños, todos huasos acostumbrados a la vida dura y de seguro también a las peleas a mano limpia.

El propietario de la posada, conocido como El Licho, convirtió el local en una pintoresca fonda que mantenía abierta casi todo el año, con oferta de cocina típica y cantidades formidables de alcohol para los comensales: chicha, pipeño, vino, etc. Con el tiempo llegaron las cervezas y otras alternativas para la parranda.

Enormes pipas, tinajas y ornamentos típicamente campestres decoraban el interior del local, donde todo era antiguo; casi anacrónico. Para la música, tocaban con frecuencia artistas folklóricos de circuitos casi desconocidos por la cultura oficial de masas, y uno que otro maestro cuequero que endulzara el ambiente disipando las energías mal encausadas. Un pequeño pero prolífico parrón bajo el alero servía a veces como baranda para los ebrios y, cuando no, de depósito de cuerpos si ya estaban KO.

El Licho convertía su local en una suerte de chingana todos los períodos de Fiestas Patrias. Era un momento en que los extraños eran relativamente mejor bienvenidos que en el resto del año, pues la fonda se llenaba de toda la borra de la baja sociedad: choros, gañanes, prostitutas, travestis e incluso mendigos. Pero el alcohol que siempre rondó en estas lindes hacía su parte, y la pendencia no tardaba en reaparecer, como en los peores momentos de nuestra vida colonial o republicana.

De todos modos, entonces, el rancho terminó siendo escenario de enormes peleas aquellos días de septiembre, por lo tanto, y en una de ellas casi salen apuñalados mis amigos Juan y El Guatón, de no ser por la extraordinaria dupla de buenos peleadores que ambos podían ser en aquellos años y que les permitió contener a una masa de agresores para escapar después, saltando cercos, hasta unos acopios de ripio de un propietario cercano, tras una infernal noche de persecución. Recuerdo cómo los pocos días de esta experiencia, publicamos un afiche haciendo sorna de su aventura, con caricaturas de ambos involucrados como actores de una imaginaria película titulada "Dos puños contra la Fonda del Licho", parafraseando al filme "Dos puños contra Río" de Terence Hill y Bud Spencer.


Incapaz de sentirse disuadido por estos peligros, Juan volvió a visitar la fonda varias veces más. Y también haría, nuevamente, historia entre los gañanes que no lo conocían y que intentaron probar sus capacidades de luchador en esas salas de adobes fríos y descascarados. Una forma que algunos de los más odiosos clientes tenían para provocar estas peleas, era pisando los pies de un visitante mientras le miraban desafiante a la cara, o bien simulando choques accidentales por las pasadas de sus puertas o pasillos. Lamentablemente para ellos, se equivocaron todas las veces que intentaron hacer semejantes experimentos con un luchador casi vernáculo, como era Juan, criado y crecido en estos mismos rigores medioambientales.

Con el tiempo, las urbanizaciones terminaron de llevar el evangelio a esos paisajes bravos y la mala fama de la fonda y de sus alrededores se marchó con los zorros, culebras chilenas y las golondrinas que también fueron corridas de ese lado de la ciudad, con la aparición de los barrios. Actualmente, el Canal San Carlos está contorneado por la calle Sánchez Fontecilla, desde la cual se extienden las nuevas villas sobre los terrenos de las viejas viñas. El paisaje es, por lo tanto, irreconocible con respecto a lo que se veía en esos años del dominio de ferocidad.

El Licho falleció en los noventas, según calculamos, dejando el local a su hija Bernardita, una simpática y pequeña señora que, en general, era bastante respetada por los residentes y afuerinos que se aventuraban por allá.

Apareció por entonces en su fachada un cartel con el nombre de "Restorant el Quetal" (¿Se habrá llamado siempre así? Nunca lo supimos), y se convirtió en un lugar infinitamente más acogedor y grato, aunque su decoración y aspecto no variaron sustancialmente. Hacia atrás, en los patios, se levantaron toldos que extendían la actividad y los expendios del local.

A pesar de todo, la fonda seguía atrayendo a su popular público y también a las clásicas peleas de su bar, pero ahora esporádicas.


Parecía que esta nueva etapa brindaría a la posada un nuevo y radiante impulso de vida, garantía de supervivencia en el tiempo. Sus parroquianos hablaban incluso de postularlo como lugar de conservación histórica, y no era descabellado para quien conociera la antigüedad del recinto y las escenas pintorescas que tenían lugar en su interior. También se convirtió en un sitio para presentaciones artistas más nuevos que alcanzaron a hacer shows en vivo en él, faltando sólo un poco para su final definitivo.

Hacia noviembre de 2009, el local cerró súbitamente sus puertas. Dicen que fue por el fallecimiento de la dueña, pero no hemos podido confirmar a ciencia cierta esta información. Sus cercas de madera se desarmaron solas, su típico parrón se secó y las bisagras chillonas de sus puertas de madera no volvieron a sonar.

Actualmente, la posada está abandonada y esperando la llegada de las picotas que sellarán su destino, ya que se ha proyectado la construcción de modernos locales comerciales en toda esta esquina y que servirán a los grandes conjuntos residenciales allí dispuestos en las ex viñas.

Esta vez, la temida fonda sólo para la valientes, se entregará a su final sin poder dar pelea, dejando en el abstracto del recuerdo este último vestigio del más remoto pasado rural de la calle Rojas Magallanes de la populosa comuna de La Florida.

miércoles, 7 de julio de 2010

VESTIGIOS DEL PASADO EN CALLE ROJAS MAGALLANES ORIENTE (PARTE II): RESTOS DE LOS EUCALIPTOS GIGANTES

Coordenadas: 33°32'8.03"S 70°33'39.89"W
Actualización: cuando redacté este artículo con recuerdos personales que no me interesa someter a prueba del polígrafo ni a suero de la verdad ante ningún nadie, omití muchos detalles sobre las razones que me llevaron a mí y al grupo de bicicleteros de esos años a evitar subir hacia el famoso cruce de Rojas Magallanes con el Canal San Carlos, para no herir susceptibilidades ni orgullos de quienes pudiesen haberse sentido tocados. Sin embargo, como de todos modos se ha producido en cierta red social una escandalera histérica por mi exceso de honestidad en este texto, polémica en la que me han calificado con los epítetos y clasificaciones más ridículas que haya recibido de los duendes con wifi, he decidido agregar todos esos detalles omitidos entonces, refiriéndome a los malos ratos que pasé cuando era un niño en esos sectores de la ciudad... Y me importa una soberana bosta si alguien más se siente insultado: no voy a castrar mis propios recuerdos y los episodios de mi propia vida, sólo para no ofender a tontones hipersensibles y con frustración de intocables.
Continuando con esta trilogía sobre vestigios del pasado de la avenida Rojas Magallanes oriente, y que abrí con la anterior entrada de texto dedicada a la Casona de los Adobes de esta calle en su conjunción con la avenida La Florida, pasamos ahora a revisar un hito (o lo que queda de él) y que se puede observar aún a medio camino entre el señalado punto de la avenida y el Canal San Carlos, que por mucho tiempo señaló el punto culminante de tal calle, antes de que las urbanizaciones nuevas la prolongaran más al oriente de este cauce.
Subiendo por Rojas Magallanes desde avenida La Florida, en la esquina con calle Oriente y donde comienza a hacerse evidentemente inclinada esta línea del paisaje (más o menos en la mitad del tramo oriente de Rojas Magallanes que estudiamos), se encontraba detrás de los cercos y las palizadas del entonces camino de tierra, un pequeño claro húmedo de pasto, hojas secas y piedras, custodiado por unos cinco o seis inmensos árboles de troncos colosales, como sólo ven rara vez vivos.
Eran eucaliptos, o al menos tres de ellos según recordamos con plena seguridad, correspondientes a los más gigantescos del conjunto (o así los recuerdo, al menos), que prendían de olores mentolados las caminatas por el lugar y arrojaban en masa sus "coquitos" al ambiente de potreros y chacras de antaño.
El cuánto medían estos eucaliptos, no está en nuestros datos. Nunca lo sabremos. ¿20 ó 30 metros? ¿40 metros? ¿más?... Tampoco sabemos su edad, pero alguna vez oímos de gente del lugar que era de más un siglo, y que se trataba de legajos de una antigua alameda que existió en el sector, como muchas más de la comuna de La Florida que han desaparecido (hace poco se talaron los restos de la que quedaba frente al Estadio Bicentenario, relativamente cerca de allí y que estaba compuesta por álamos). Sólo sabemos que estaban por allá por las lindes del ex terreno de los curas de La Salle con la vera del camino que ahora es la avenida Rojas Magallanes.
Estos majestuosos eucaliptos veían desde varios lados de la comuna, según los antiguos vecinos, como un ramillete de ramas estacado en los terrenos que comenzaban a levantarse en las faldas de aquellos cerros y montes. Es difícil describirlos hoy en día, pero hay un grupo de estos mismos árboles y muy parecidos en el sector junto a los huertos del Camino a Palabra de Vida, en Puente Alto, para hacerse una idea de tales magnitudes.
Es verdad que los recuerdos y las impresiones mienten; engañan y se idealizan a sí mismos, pero esos tocones de troncos que allí quedan son evidencia suficiente para hablar de árboles indiscutiblemente gigantes, monstruosos, como probablemente ya no existen otros eucaliptos en los radios urbanos de Santiago.
Por muchos años, estos enormes representantes de la flora introducida y ubicados al lado del camino, sirvieron de advertencia a ciertos viajeros que por allí nos metíamos: cual mojón fronterizo, marcaban el límite del lugar más seguro de la comuna con respecto a donde comenzaban los terrenos inciertos para nosotros. Inmediatamente más allá, por ejemplo, en el sector conocido como La Loma, se había instalado la entonces aislada y oscura población del mismo nombre, de pasajes estrechos y surgida de campamentos y tomas de trabajadores sobre una especie de alto entre los cerros. Hoy está muy distinta y alejada de su época más siniestra, cuando cierto grupo de muchachones del lugar nos emboscaban cada vez que nos veían, con intenciones nada amistosas y por razones que nunca entendimos.
En aquella época, entonces, toda la zona que seguía a los grandes árboles y más próxima a los cerros, tenía para nosotros cierta fama de temible y brava, especialmente en ciertos períodos del año. Eran los agitados años ochenta. Había sectores semi-rurales no menos temidos para nosotros los chiquillos quinceañeros de entonces; arrabales donde seguía imperando la ley del desafío y la justa en algunos casos, en los que un extraño no siempre era bienvenido. Lo vivimos en carne propia al llegar allá un día festivo en nuestras respectivas bicicletas y ser hostilmente recibidos por una cuadrilla de personajes hippientos mayores que nosotros, que pululaban por allí, acusándonos por algún inexacto rencor social de ser "hijitos de papá".
La escasa iluminación pública, el desamparo y la ausencia de las fuerzas de orden o seguridad por estos lados, favorecían quizás su fama y los actos delictuales, como cuando un par de tontos grandotes salieron de la nada e intentaron arrebatarle su bicicleta a un chico de nuestro piño, precisamente por aventurarse más allá de de los eucaliptos y del propio Canal San Carlos, pasado un sector donde habían canchas de fútbol bastante sombrías desde horas previas a la caída de la noches. Quizás sólo querían asustarlo, y la verdad es que lo consiguieron, pues fueron realmente agresivos.
Hacia principios de los noventas comenzó a llegar la locomoción colectiva más establemente a este sector, con una micro que, como parte de su recorrido, hacía una extraña subida y bajada inmediata por Rojas Magallanes, precisamente hasta un poco más arriba del sector de los grandes árboles. Una de sus paradas estaba en la misma pendiente donde estaban los árboles. Ya en mejor época, además, se instaló una terminal dentro del mismo barrio, con sus calles pavimentadas y sin aquellos muchachos pendencieros de nuestra época. Muchos años después, conociendo al encargado del recinto, nos reuníamos allí a celebrar algunos viernes y sábados.
Volviendo a los años olvidados, todo nos señalaba que quien se aventurara más allá de los grandes eucaliptos, lo hacía conociendo y enfrentando los riesgos de tal audacia, al menos en nuestro grupo de adolescentes por los que no había mucha estima entre esos sujetos en particular, por razones que nunca comprendí. Uno de mis últimos recuerdos sobre tal sitio, creo que es el de la presencia de otro grupo de amigos que, por entonces, se lanzaban desde este punto por la calle inclinada en autitos bólidos que ellos mismos hacían, saliendo más de alguno de ellos accidentado pues la gracia era arrojarse sin frenos. Al ser mayores que nosotros, sin embargo, gozaban de mejores prebendas y hasta tenían conocidos por allá.
Sin embargo, todo este aspecto más bravío, que alcanzamos a conocer ya en sus últimos días en incursiones llevando amigos en el vehículo hasta su casa en La Loma y el canal o bien terminando noches de parranda con la postal incomparable de las luces del Santiago nocturno visto desde esas alturas, ha desaparecido en nuestros días, volviéndose un lugar mucho más dócil y manso con las atracciones del ambiente popular. La apertura de nuevas calles y la habilitación de servicios de transporte público comenzó a vincular cada vez más a estos rincones con el resto de la ciudad, pacificándolos por convencimiento y conveniencia, convertidos hasta en un lugar entretenido para las trasnoches a partir de los los noventa.
Para entonces, sin embargo, los paseos en bicicleta de fin de semana ya no eran nuestra idea de recreación grupal... En cambio, muchos ciclistas amantes de la vida al aire libre hoy repiten por allí nuestro viejo rito de adolescentes, subiendo por la misma vía hasta el sector de Lo Cañas o El Panul.
Hacia fines de aquella década, además, los terrenos de viñas y cerros fueron vendidos por los sacerdotes y particulares a las inmobiliarias, y así nacieron nuevas y aglomeradas villas residenciales, en donde años antes parecía imposible más urbanización. Así y desde la nada, en la década siguiente, brotaron rápidamente casas y calles nuevas en la llamada Villa Rojas Magallanes, y el pequeño claro que antes servía de parada y advertencia a los paseantes no acostumbrados al ambiente bravo del sector, fue convertido en una pequeña plaza hoy dominada por plátanos orientales y otros árboles más bien pequeños.
Nos parece que fue en esta época que los gigantes guardianes de los accesos a los cerros fueron talados; derrumbados cuales los titanes expulsados del cielo, como coincidiendo con la ausencia de toda necesidad de su advertencia en el camino, cambiados ya los barrios y domados sus terrores.
No obstante, la parte baja de sus troncos eran tan gruesos y sus raíces tan profundas, que debieron quedar allí como recuerdo inalterado del paisaje que alguna vez tuvo este tramo de la calle. Incluso pueden observarse sobre la madera seca las marcas de las motosierras que intentaron eliminar por completo su impronta en la historia local, mas frustraron tal tarea imposible. Ahora semejan los restos de las columnas de algún antiguo palacio derribado, o algún templo desmoronado sobre sí mismo tras una agresión cartaginesa o huna.
Sin embargo, la destrucción no fue total: milagrosamente, uno de los tocones ha brotado otra vez y ahora ofrece retoños de vida arbórea que se resiste a morir. Quizás, algún día en el futuro, alcance otra vez el tamaño descomunal que tuvo el árbol al que pertenece.
En la próxima entrada, veremos un tercer vestigio que queda aún en la avenida Rojas Magallanes, un poco más arriba de donde se hallan estos troncos gigantes, y que constituyó alguna vez parte de esas advertencias que la presencia de los eucaliptos intentaban hacerle a los chiquillos viajeros o desafiantes que se aventuraran en esos terrenos sólo para temerarios y audaces, siendo recordado como uno de los más divertidos e interesantes clubes recreativos que tuvo alguna vez la comuna de La Florida.

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