jueves, 15 de abril de 2010

LA PRIMERA CASA-CLUB DE LOS TECLADOS "YAMAHA" EN LA ALAMEDA

Sector donde se ubicaba la casa central de la "Yamaha" en la Alameda, justo con su entrada por el local de color azul, que después fuera sede del INJ y, actualmente, centro religioso (frente a la Universidad Católica).
Coordenadas: 33°26'25.68"S 70°38'28.70"W
Hacia mediados de años ochentas, todavía en la primera mitad de la década, estaba irrumpiendo incipientemente el fenómeno del "pop latino" y, por primera vez, el público joven chileno se convertía (o intentaba hacerlo) en protagonista de la música electrónica de manera más fácil y también menos exigente que ahora. Aunque para muchos puristas el resultado fue francamente nefasto en la mayoría de los casos y sentó muy poco de cimientos de influencia para las futuras generaciones de verdaderos músicos nacionales, no dejó de ser un acontecimiento nuevo e irrepetible en la historia nacional... Irrepetible para fortuna para quienes nunca tomamos con fanatismo el dogma de que "si es chileno, es bueno" o "primero la música chilena, después la extranjera" y otras pavadas muy de moda en aquellos años. Creo que definitivamente no eran ciertos estos principios, por entonces, salvo por algún par de bandas.
Al aumentar el poder de compra con la recuperación post-recesión mundial y al expandirse las importaciones, el mercado chileno comenzó a contar con una gran cantidad de instrumentos musicales electrónicos que antes era posible conseguir sólo a pedidos. Los referentes extranjeros también comenzaron a ser conocidos: hablar de los inicios de "Los Prisioneros", por ejemplo, es hablar -y hoy sabemos- de evidentes inspiraciones con saborcillo a copia de las bases de canciones de grupos internaciones como "Gang of 4", "The Cars" o "The Clash"... Pero ese es otro tema.
Fue así como algunos locales de electrónica se convirtieron en centros de encuentros para músicos y aspirantes a tales, como la sucursal de la "Casa Amarilla" de calle Estado llegando a la Plaza de Armas, hoy desaparecida, o una tienda que existía en el edificio piramidal por el caracol de Providencia cerca de Los Leones, local también ya inexistente. En el fondo de la "Casa Royal" de Alameda y cerca de la Universidad de Chile, había una sección especial de instrumentos donde uno también podía ubicar a las mismas caras que encontraba en la sección subterránea de la Feria del Disco, trajinando discos de Vangelis, Jean Michel Jarré, "Allan Parsons Project", Tomita, Jean-Christian Michel y las primeras notas que oímos alguna vez de "Depeche Mode", "U-96" o "Kraftwerk"... Era la música de quienes podían presumir "que cachaban" más allá de las canciones de "Soda Stereo" dedicadas a las telarañas o el tarreo interminable de las baterías de "GIT".
Ahí, en esos lares escondidos, podían reunirse músicos, pseudo-músicos y aspirantes a músicos. Los unía sólo la simpatía por lo que consideraban de mejor gusto que la cantaleta pop de moda en la radio de la micro o el personal stereo escolar.
Hacia 1985 (quizás antes), estaba instalada una de estas tiendas privilegiadas, exactamente frente a la casa central de la Universidad Católica en la Alameda Bernardo O'Higgins, entre las calles Lastarria y Victoria Subercaseaux, por la altura del 300. Era un enorme galpón que sirvió de casa central para la venta de productos de la compañía japonesa "Yamaha", constituyéndose naturalmente en un verdadero museo de la tecnología entonces de punta sobre sintetizadores y teclados en general. También había cajas de ritmos, baterías eléctricas, mesas de sonido y toda la fantasía aprendida a la fuerza de la reiteración y capacidad de observación por la generación que alcanzó a conocer programas como "Más Música" o "Magnetoscopio Musical".
Por consiguiente, el lugar se transformó casi en un centro de reuniones de músicos profesionales y amateurs, además de curiosos que eran la mayoría. Era común reunirse afuera, en sus puertas, luego de una pasada por sus equipos en exhibición y venta. Hablábamos incluso del "club" de visitantes de la tienda, pues casi siempre éramos los mismos, aunque desconozco si esto habrá influido en la creación del Club Yamaha que existirá después en relación a las importaciones de instrumentos musicales de esta compañía.
Pasé por este imponente local infinidad de veces. Había todo tipo de equipos, como he dicho, pero los teclados eran los principales. En ocasiones, partíamos dos o tres amigos sólo a mirar las novedades. Así de simple: sólo a mirar. Los vendedores nunca nos trataron mal por nuestro escaso comportamiento de compra y, por el contario, siempre se mostraron llanos a enseñarnos sobre esas maravillas, prendiéndolas de cuando en cuando y dejando teclear con la tosca capacidad de nuestros dedos no-músicos algún intento de melodía.
Allí conocimos la diferencia entre un órgano eléctrico y un sintetizador, por fin. Además, nos enseñaron de novedades increíbles, que parecían impensadas en esos años, como el sampler, ese teclado que grababa sonidos por un micrófono y los convertía en el de sus teclas, con escalas y todo. O la revolucionaria línea de sintetizadores DX, que por entonces parecía ser que durarían un siglo en vigencia y jamás quedarían fuera de la moda tecnológica.
Yo no era músico ni tocaba algún instrumento en aquellos años, pero mi descubrimiento de artistas como Vangelis y Jean Michel Jarré en la temprana adolescencia, me provocó una pasión por conocer sobre los sintetizadores a toda costa. Ansiedad que sólo se vio satisfecha cuando mi tocayo de apellido Palma, también visitante del centro "Yamaha" -aunque más esporádico- y músico profesional, me regaló un elegante catálogo de los teclados "Roland" que acompañó mis ilusiones musicales por algunos años más, aun cuando me gustaba el rock pesado y estilos más agresivos en mis colecciones de cintas. Hasta un chaleco con un teclado en el pecho, tejido y regalado por mi madre, llegué a lucir en aquellos años.
El local "Yamaha" llegó a tener tal importancia entre sus fans que aparecía mencionado en la publicidad o los espacios de programas de TV en el estilo del citado "Magnetoscopio Musical" de Rodolfo Roth (o alguno parecido, ya no lo recuerdo con seguridad realmente), el mismo de la cortina musical de entrada tomada de las pistas cósmicas del grupo británico "Barclay James Harvest". Creo haber visto alguna alusión al negocio, además, en "Extra Jóvenes", tiempo después.
Dentro del galpón funcionaba, al fondo, un centro de asistencia y luego ampliaron también para instalar creo que una academia de música y que alcanzó cierto renombre. Si mal no recuerdo, en esta escuela vi a un joven músico que después asumió los sintetizadores en la banda musical adolescente "Engrupo", hacia el final de su breve carrera de la para mi gusto horrorosa música chillona y playera, por ahí por 1987. Lo percibí entonces como un hombre mayor que yo, en esos años rapaces; pero ahora su recuerdo me parecería más al de un rostro adolescente, que hasta casi podría ser mi hijo.
Los visitantes más adultos que se reunían en la "Yamaha", generalmente vestidos con esas pilchas ochenteras de chaquetas largas y camisas de cuello corto, intercambiaban algunas palabras y risas dentro del local para luego partir a alguno de los bares del entorno, seguramente a seguir hablando de música y de lo bien que creían tocar. Siempre que veían alguien conocido al interior, saltaba al aire un ruidoso diálogo "espontáneo" que casi sin variación era más o menos de esta estructura, que recuerdo muy bien de una de esas ocasiones:
- ¡Hola poh, "Fulano"!
- ¡Hola, poh! -respondía el otro con cara de sorpresa, y a continuación, la pregunta tonta- ¿Y qué andai haciendo acá?
- Aquí ando, pasé con mi compadre "Zutano" (se saludan), viendo si llegaron los modelos "cacha de la espada Nº 666 y la concha del loro" que andamos buscando para incorporar este año...
-¿Siguen tocando? Ah que bueno, entonces vamos a tomarnos una pilsencita (cerveza chilena de esos años, plagiando la denominación de origen de Pilzen) y conversamos un rato pues...
Y partían juntos, así, a continuar celebrando ese encuentro que poco tenía de casual en ese sitio, pues, como he dicho, siempre eran los mismos que llegaban con más frecuencia y hasta en las mismas horas de la tarde... Y siempre tenían tiempo libre.
Los jazzistas y fusión eran los más fáciles de reconocer en esos años: por alguna razón, casi siempre un poco guatones, con abrigos grises que les llegaban hasta el suelo o cerca de él y corte de pelo con caída larga, parecido al que usaba entonces el cantante Álvaro Scaramelli (hoy le dirían "a lo choco-panda"), o bien con una colita tímida, escondida tras el cuello durante las horas de trabajo. Algún gorrito de fieltro completaba el efecto entre los menos preocupados por el "qué dirán".
A pesar de su aspecto bonachón, a los jazzistas de entonces los recuerdo como los más sectarios de toda esa fauna generacional, sin embargo: si bien no conocí demasiados como para hacerles un perfil general, sí tengo memoria de que cuando uno intentaba convencerlos de que existían otras gemas brillantes además de "Shadowfax", Chick Corea, Pat Metheny o Jean-Luc Ponty (los referentes más populares de esa música, por esos días), te quedaban mirando con cara de náufrago que ve irse un barco, y hasta les afloraba la molestia. Es que otras creaciones experimentales de la música como Mike Oldfield y su "Tubular Bells", Rick Wakeman, Kitaro e incluso "Depeche Mode" o Allan Parsons, no estaban bien catalogados entonces en sus registros mentales, pese a su tendencia de algunos a la altanería y a presumir de sus conocimientos vastos en la limitadísima era del cassette de 60 minutos, arrogancia que por fortuna, desapareció en generaciones posteriores de músicos y de los propios jazzistas.
Dos bandas históricas chilenas de culto en la colección disquera de los "teclistas" de esos años: "Aparato Raro" (arriba) y "Electrodomésticos" (abajo). Imágenes tomadas de la Enciclopedia del Rock Chileno (ElCarrete.cl). Escuchar a estos grupos era una especie de actitud disidente respecto del resto del movimiento pop chileno en los ochenta, algo muy común entre los que solíamos visitar la tienda "Yamaha" de la Alameda.
Barrio Lastarria-Bellas Artes no tenía tanto glamour ni bohemia como ahora, pero de todos modos era ya un refugio intelectual (o intelectualoide, en otros casos, dependiendo que quién juzga a quién) para muchos personajes como los descritos, donde todos los aspirantes a artistas podían comenzar su carrera hacia la posibilidad del reconocimiento, obviamente que sin garantías y con una inmensa mayoría que se quedaba sólo en las pretensiones del abanico entre el autodesarrollo y el mero ego. La tienda y la academia, ubicadas al costado del barrio, fueron "naturalmente" parte de este ambiente, entonces.
Curiosamente, muchos de los que ahí se reunían eran extraordinariamente críticos del fenómeno musical del "rock latino" (en realidad, pop chileno), quizás por su condición de público con mayor cultura musical que el promedio de los auditores de las radios como la estación "Galaxia", una gran difusora de estos estilos y que muchos apodaron despectivamente "Chulaxia", por lo mismo. Lo extraño era, sin embargo, que si no hubiese sido por la misma irrupción de este sofocante movimiento musical, quizás estos mismos centros de reunión formados en torno a tiendas de instrumentos eléctricos o disquerías no habrían tenido lugar, y los locales sólo habrían sido eso: sitios de venta de guitarras acústicas, micrófonos y bongoes.
Nostalgias románticas a un lado, la caída del grueso de este movimiento del pop chileno antes del final de la década, que dejó sólo a las buenas bandas en pie o al menos su recuerdo en la música de agrupaciones posteriores (las que "pasaron la prueba" ante la historia, musical, como "Aparato Raro", "Electrodomésticos" y algunas pocas más) ,por desgracia se llevó también a este local, y toda esa cuadra de la Alameda sufrió numerosas modificaciones en los años siguientes.
Los músicos reales o pretendidos debieron cambiarse definitivamente a las galerías comerciales como las del hotel Crown Plaza, donde encontraron más instrumentos y tecnología de punta en una más amplia y cómoda tienda de la misma marca. Por ahí por las ex dependencias del local, aparecieron casas de venta de vehículos, una sede del Instituto Nacional de la Juventud y hoy en día un centro religioso. También se construyó un gran edificio vecino, en años más recientes.
De la querida casa vieja de la "Yamaha" de Alameda frente a la Universidad Católica, no nos quedó ni una nota sonando en el ambiente.

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