domingo, 28 de febrero de 2010

EL TERREMOTO DEL 3 DE MARZO DE 1985... 25 AÑOS DESPUÉS, Y OTRA VEZ

Tres portadas del mismo diario, separadas por 25 años entre cada una: 1960, 1985 y 2010. La recurrencia quizás no sea casual.
"Así sentiría yo, si fuese chileno, la desventura que en estos días renueva trágicamente una de las facciones más dolorosas de vuestro destino. Porque tiene este Chile florido algo de Sísifo, ya que como él, vive junto a una alta serranía y, como él, parece condenado a que se le venga abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces creó". (Escritor y filósofo español José Ortega y Gasset).
Las ironías del destino nos han colocado un nuevo terremoto en el camino del aniversario número 25 de aquel otro sismo que muchos santiaguinos, creímos, sería el último de nuestras vidas. Este texto dedicado a él, estaba preparado para ese encuentro con las efemérides del calendario, pero lo que acaba de suceder el recién pasado 27 de febrero, a las 3:34 A.M., nos devolvió al ranking de los países con los megaterremotos más grandes de la historia, en el quinto o sexto lugar de los peores registrados en el mundo.
Después de lo sucedido ahora, quizás nadie vuelva a interesarse ya por el terremoto de 1985 ni sus memorias casi pintorescas, como lo hacíamos hasta dos días atrás. La naturaleza logró eclipsarlo con un cataclismo peor. Este texto, entonces, será acaso -y a estas alturas- sólo una referencia nostálgica para ese temblor que acompañó nuestros recuerdos durante un cuarto de siglo.
Era el domingo 3 de marzo de 1985, a las 19:47 horas locales. Faltaba poco para que oscurezca. Muchos hemos vuelto de las vacaciones de verano y se aproxima ya la vuelta a clases, de modo que debíamos tener preparados los uniformes del colegio y el ánimo de retornar a las aulas. El ambiente allá afuera es conflictivo, pues las animosidades políticas tienen a la sociedad chilena totalmente polarizada y se siente. Como hoy, se acercaba el fin del verano.
Un enjambre de extraños temblores ha sacudido intrigantemente a la ciudad, además de Valparaíso y San Antonio, pero los sismólogos nacionales han llamado a la calma, pues la actividad telúrica sería normal y no significa nada. Aún así, corren rumores: los agoreros dicen que se aproxima un terremoto y que podría ser grande.
Me encuentro subiendo rumbo a mi pieza por la larga escalera de mi antigua residencia familiar, por allá por los barrios de Gran Avenida. Mi madre, mi abuelo y algunos tíos juegan alegremente a los naipes en living de la casa. Los siento reír y brindar.
De pronto, comienza a temblar. Se sacude el suelo como un bote en un río caudaloso. Sigo subiendo peldaños intentando creer que se trata sólo de otro de esos tantos temblores, pero al llegar casi arriba, comprendo que "algo" distinto sucede con éste: las murallas crujen como mimbres, la línea de las escaleras parece perder su rectitud y un ruido ensordecedor acompaña toda esta manifestación, incrementando con un inexplicable zumbido incidental los instantes de terror que se están desatando.
Sí, así es: estoy en el primer terremoto de mi vida. Tarde o temprano sucedería. Este día 3 de marzo, le tocó por primera vez a mi generación.
Destrucción y desolación de Santiago, en Televisión Nacional.
Elocuente fotografía del estado en que quedaron las casas antiguas, captada por Luis Poirot. Recomendamos visitar su blog para leer el interesante testimonio que allí retrata sobre la tragedia (fuente imagen: luispoirot.blogspot.com). Desgraciadamente, el terremoto del recién pasado 27 de febrero ha repetido estas postales de destrucción en barrios antiguos de la capital, como Recoleta, Yungay o Brasil.
Destrucción de los barrios viejos. Exactamente igual a como se ve ahora (Fuente imagen: grupo facebook "Terremotos en Chile")
DURANTE EL TERREMOTO
Se nos decía con insistencia, en esos años, que los marcos de las puertas eran un lugar seguro para refugiarse de las posibilidades de derrumbe. No esta tan exacto, sabemos hoy. Pero esto es demasiado: la enorme casa de concreto sólido se tambalea como un andamio flaco y débil, mientras una lluvia de tejas caen por los cuatro costados amenazando con partir cabezas.
Salgo afuera, al fondo de la casa, al patio de mi infancia. Están casi todos allí, lidiando entre la violencia de las sacudidas y la contención de la histeria, bajo el gran árbol de damascos que crecían por este lado del terreno y desde cuyas ramas altas solía mirar la caída del Sol en las tardes, tras treparlo. Las paredes de ladrillo que dividen nuestra casa de las vecinas se sacuden flexiblemente, como una cartulina. Hasta hoy, las recuerdo y me asombra que no se hayan derrumbado.
Veo por el pasillo de entrada, hacia el jardín, cómo los postes de luz se mueven de la forma que lo harían los mástiles de un barco fantasma, en medio de una tormenta. Los cables de electricidad se cortan en el aire como un latigazo y los automóviles saltan cual si avanzaran presa de inexplicables convulsiones mecánicas, como un infeliz bajo posesión demoníaca... ¡Es la misma escena que he visto ahora, 25 años después, con explosiones horribles cruzando esta vez el cielo nocturno, como una lluvia de truenos, mientras el piso inclemente sacude como cajas vacías a los pesados vehículos! Todos mis recuerdos eran reales: nada había sido exagerado por mi memoria.
Un coro de gritos de horror y llantos, especialmente femeninos y de niños, llenan el ambiente en esos minutos de horror de 1985; lo saturan hasta volverlo denso y parecen provenir de todos lados, de kilómetros quizás, aunque suenan casi como sacados desde fondo del propio infierno. Una ciudad completa gime y sufre, haciéndose imposible distinguir los lamentos de quienes están realmente heridos, de los lamentos de quienes sólo son aún presas de la angustia y el terror.
Tras un interminable minuto y medio de ira vesánica desatada por la naturaleza contra nuestro país, comienzan a reducirse las sacudidas, y por fin puedo mantenerme de pie sin apoyo, aunque las piernas me siguen temblando casi descontroladamente. Soy un niño: con ingenuidad insólita pregunto a los adultos presentes si esto fue un terremoto; pero lo hago como alguien que nunca antes había estado en uno, y tengo derecho a pedir confirmación
Portal Edwards, casi totalmente destruido. Debió ser demolido (Fuente: grupo facebook "Terremotos en Chile")
Tumbas abiertas por los desmoronamientos en el Cementerio General (fuente imagen: losdiasdemivida-albino.blogspot.com). El nuevo terremoto de 2010 volvió a azotar con ferocidad al camposanto, derribando muchos de los antiguos mausoleos.
SANTIAGO RECIÉN GOLPEADO
Me inunda un deseo incontenible de salir a mirar la ciudad recién castigada. Me preocupan mis seres queridos, pero también quiero verlo todo; quiero ser testigo del resultado de este terremoto. No me dejan en la casa, por supuesto, pero de todos modos me las arreglo para escapar diciendo que iré a ver cómo está mi hermano, que andaba de visita en la casa de mi padre, no muy lejos de allí. Con las piernas tiritonas, comienzo mi reconocimiento por una ciudad que, empero, ya no me es totalmente reconocible.
Paseo así por los barrios de Gran Avenida José Miguel Carrera, calle Las Brisas, Mamiña, Uruguay, Santa María, El Parrón. Es una postal de guerra: los muros han caído como dominós y los techos de tejas que hasta entonces abundaban en estos barrios, lucen como túmulos de aspecto incomprensible, desnudando entre sus vacíos las viejas vigas de madera.
Las casas más antiguas son las que peor parte han sacado, pues el sismo no tuvo piedad con el adobe. Comedores y habitaciones humildes han quedado, de pronto, con vista a la calle. En el mejor de los casos, las residencias están atravesadas por las grietas, algunas siguiendo las líneas de juntura de los ladrillos. Aún así, me entero de que han caído construcciones de relativamente reciente factura, como un edificio de departamentos de la Villa Olímpica que no resistió el embate. ¡Pobre vecindario aquel!, que acaba de ser golpeado otra vez por esta catástrofe que amarga nuestros afanes de festejos "bicentenarios".
Muchos automovilistas se han detenido desordenadamente en las calles, ya sea tratando de pasar el shock, mirando la destrucción del pavimento o temerosos de la inactividad en que han quedado los semáforos. La luz y el servicio de teléfonos han quedado inservibles, de la misma manera que hoy también lo estuvieron, pero ahora junto a la internet y la televisión por cable. La gente hace cola en torno a los pocos teléfonos públicos para saber de sus familiares. Vano intento, porque aún después de recuperado el servicio, las líneas permanecieron colapsadas por largo rato.
Miles de perros ladran aterrados desde sus lejanos sitios, y una polvareda siniestra se ha levantado sobre toda la ciudad, como si se hubiesen sacudido las mortajas de un fallecido, cuyos restos hayan sido profanado en su propia tumba... Exactamente como he visto repetirse ahora este macabro espectáculo de 2010, con esa neblina opaca y temible, mezclada con partículas suspendidas desde el dolor de toda la ciudad. Se levantan algunos incendios y un extraño atardecer caerá aquél día 3 de marzo, con un indescriptible resplandor rojo en un horizonte digno de un paisaje paleozoico.
Por supuesto, éramos mejores personas en 1985, o tal vez más temerosos en el contexto histórico: a diferencia de hoy, no cundieron los saqueos, ni los infames buitres especuladores; la delincuencia era menor y la eficiencia con la que se actuaba en las emergencias o catástrofes era severa. Es terrible decirlo, pero algo íntimo y oscuro en nuestra chilenidad nos hace peor gente en la democracia, como si nuestra moral y buen comportamiento dependiera sólo del peso del yugo, de las cadenas de que las aprietan.
La destrucción era sorprendente, entonces, en especial en los barrios viejos de la capital: Santo Domingo, Independencia, Recoleta, Mapocho, Compañía, Brasil, Estación Central, etc. Miles de fachadas derribadas; miles de ruinas. La fisonomía de vecindarios completos es hoy distinta por la misma razón. Daba la impresión, a ratos, de que tendrá que pasar un siglo antes de volver a ver nuestra ciudad como fue hasta aquella terrorífica tarde.
Portada de la revista "Vea", cinco días después del terremoto. La imagen que se muestra es de un edificio residencial parcialmente derrumbado en Villa Olímpica, pese a haber sido inaugurado no hacía demasiado tiempo (datan de la época del Mundial de 1962). Ahora, esta villa está otra vez seriamente castigada por el nuevo terremoto.
EL SALDO DE LA CATÁSTROFE
Al día siguiente, despierto temprano. Voy al barrio de calle Uruguay donde está la carnicería de mi abuelo ("La Princesa") y muchos de mis amigos, en el vecindario. Uno de ellos, a quien apodamos el Punk-con-Chancho por su estrafalario corte de sus cabellos claros, me mira y avanza sosteniendo un periódico. Sin saludarme, lo extiende ante mí diciendo: "¡Míralo, porque jamás lo olvidarás!". Es el titular del diario "La Tercera", diciendo simplemente "¡Terremoto!".
Efectivamente, nunca lo olvidé: 25 años después, recuerdo más esa portada que la que acaba de ser impresa en el terremoto del pasado sábado por cualquiera de los periódicos que tenemos a mano.
El saldo es desolador: 177 muertos y 2.575 heridos. Desolador, aunque suena a poco comparado con las pérdidas que lamentamos por estos días. Recuerdo particularmente el trágico caso de personas que escaparon por el costado del Cine Prat, buscando un lugar seguro y muriendo aplastados por un murallón en este intento. Irónicamente, el edificio interior del cine se mantuvo en pie. También hubo varios fallecidos en el derrumbe de inmuebles en donde creían estar seguros, como sucedió en la Iglesia de San Bernardo.
El tiempo me daría la oportunidad de conocer de cerca a alguien que vivió en carne propia la parte más malvada de este sismo: mi amigo Leo, que perdió a su padre al derrumbarse su morada durante el terremoto, y cuyo hermano quedó parapléjico intentando rescatarlos. El costo fue definitivo en la vida de muchos.
Las casas destruidas sumaron 142.489, la mayoría de ellas residencias antiguas, en mal estado previo o de vetusto adobe, revelando un problema social que los chilenos nos habíamos negado a ver, hasta aquel momento. Todavía lo hacemos, parece. Literalmente, el derrumbe de las casas que quedaron con su intimidad abierta hacia las calles, permitió a la sociedad en su conjunto ver lo que había estado ocurriendo dentro de estas residencias. Fueron 979.792 los damnificados, trasladados a improvisados albergues que se constituyeron en dependencias municipales, gimnasios, estados y escuelas, de modo que el inicio del año escolar debió ser postergado.
El epicentro del sismo estuvo cerca de Algarrobo, frente a sus costas. Alcanzó una magnitud de 8º en la Escala de Richter y XI en la Escala Modificada de Mercalli. El puerto de San Antonio fue el más golpeado, registrando espectaculares derrumbes de sus inmensas grúas de carga. Más de 1.000 millones de dólares en daños fue el saldo del cataclismo... El terremoto del sábado recién pasado, en cambio, nos costará entre 15 y 30 veces esa misma cifra, según los cálculos que hasta ahora se hacen.
Destrucción casi total de las viejas viviendas de adobe en 1985, tal como ha vuelto a ocurrir ahora (fuente imagen: losdiasdemivida-albino.blogspot.com).
Otra extraordinaria imagen con los estragos del terremoto de 1985, captada por don Luis Poirot. Esta fotografía figura en el trabajo "Geografía Poética de Chile: Santiago", de 1997.
REACCIONES Y CONSECUENCIAS
La ayuda interna y externa no tarda en aparecer. Se organiza contra reloj la campaña "Chile ayuda a Chile", nuestro confiable salvavidas, y cientos de reporteros de todo el mundo llegan a la Zona Central de Chile a testimoniar el desastre.
Algunos artistas internacionales concurren personalmente, intentando motivar la asistencia para las víctimas por encima de la indiferencia y la hostilidad regional que reinaba en aquellos años contra el país, por motivaciones políticas y desprecio al régimen dictatorial. En esta última ocasión, con el terremoto del sábado, ni siquiera hubo que esperar que llegaran las estrellas del mundo del espectáculo: estaban todos acá ya, aterrados en el Festival de Viña, que acababa de concluir su quinta noche de presentaciones.
Llamó la atención extranjera, en 1985, la capacidad de organización que mostró la sociedad chilena en aquellos días, superando momentáneamente las divisiones que la afectaban. Parece que esta característica la hemos ido perdiendo, a juzgar de lo que sucede en estos días. Con la experiencia de los constantes cataclismos naturales y las realizaciones exitosas de la "Teletón", durante los días 8 y 9 de marzo siguientes al cataclismo de 1985 se llevó adelante la exitosa cruzada de recolección de ayuda, dirigida por el animador Mario Kreutzberger, Don Francisco.
Lamentable y desgraciadamente, no todo fue cordura en los días y semanas que siguieron. En el contexto del fútbol (y por el lado aquél en que se vuelve realmente una pasión de tontos), un locutor uruguayo festinó groseramente con la desgracia chilena, pues las selecciones de ambos países debían enfrentarse próximamente. Sus declaraciones fueron repudiadas por residentes uruguayos en Chile. También hubo algunos roces entre las colonias chilenas de algunos países donde habían sido recibidos exiliados y de lo que se sabe muy poco hoy, a causa de discrepancias sobre la asistencia internacional destinada al país.
Durante las noches, continuará el pánico por largo tiempo. La gente duerme en el living de las casas e incluso en los jardines. Ayer como hoy, algunos prefirieron quedarse en la calle antes que volver a sus destruidas casas. Cada nuevo temblor que viene como un remanente del anterior, agita el corazón y hace creer que empieza otro terremoto. La seguidilla de estas réplicas continuarán en los días que siguen. Se extenderán por semanas y meses, como si se burlaran del terror desatado esa tarde del 3 de marzo. Lo hacen ahora, otra vez, mofándose en nuestra cara de lo que ocurrió recién el 27 de febrero.
Pero no todo es dramatismo. Un periodista extranjero, alemán según la leyenda, pide un vaso de pipeño con helado de piña en el bar "El Hoyo" de Estación Central, para capear el calor veraniego. Al probarlo se levanta inmediatamente mareado y exclama: "¡Esto sí es un terremoto!", naciendo así el popular trago nacional "terremoto", que esta conocida y vieja picada comenzó a ofrecer con gran éxito, esparciéndolo por todo Santiago y el resto del país.
Iglesia de San Bernardo en 1985. Ocho personas fallecieron allí (Fuente imagen: grupo facebook "Terremotos en Chile").
DESPUÉS DEL TERREMOTO
En los meses que continúan y con la sociedad sobrestimulada por el miedo, no faltaron los agoreros y los adivinos que pronosticaron toda clase de calamidades nuevas, de las que el terremoto habría sido sólo una advertencia. El hecho de que el cataclismo hubiese sido anticipado por el sismólogo amateur y astrónomo aficionado Carlos Muñoz Ferrada, llevó a muchos a creer que cualquier anuncio de una nueva desgracia general debía ser tomada por cierta, especialmente entre algunas agrupaciones religiosas. Incluso se hizo correr un símbolo cristiano primitivo, de un pescadito con algunas inscripciones, que supuestamente había que poner en las puertas de las casas para evitar la ira divina que se avecinaba.
Nada ocurrió, por supuesto. Las réplicas fueron descendiendo y la vida volvió a ser tan normal como era posible hacerla entonces. No obstante, el terremoto dejó sus graves huellas en la ciudad de los años ochenta: barrios antiguos completos debieron ser demolidos y reconstruidos. En Valparaíso hubo deslizamientos de laderas y edificios completos de reciente inauguración, quedaron inutilizados... ¿Le suena familiar esta descripción, por estos días?
Por largo tiempo, la ciudad y las casas se vieron invadidas de trabajadores de cascos retirando escombros, reconstruyendo y encaramándose en altas escaleras para arreglar cornisas dañadas, mientras alrededor todos intentaban recuperar la vida que tenían antes del terremoto. Vida que, se entiende, nunca sería la misma tras tamaño suceso.
Igual de mal lo pasaron los Monumentos Históricos Nacionales: el majestuoso Portal Edwards de la Alameda, por ejemplo, cuya preservación era discutida en esos días, quedó totalmente destruido y hubo que recogerlo a pala y carretilla. La imponente y maravillosa Basílica del Salvador quedó tan destruida que, hasta hoy, sus murallas agrietadas son sostenidas por enormes soportes colocados en la calle Almirante Barroso. El último terremoto terminó de derribar muchas de ellas. Las cruces en la Catedral de los Sacramentinos quedaron inclinadas, profanadas por el sismo, debiendo cambiarse algunas de sus cúpulas, razón por la que hoy se ven de otro color. Ahora, en 2010, algunas de esas mismas cruces se vinieron definitivamente abajo.
Barras que sostienen hasta hoy los muros de la Basílica del Salvador. En estos momentos, el espectáculo que ha provocado el terremoto del sábado sobre esta estructura y las demás casas del entorno es todavía peor de lo que se ve en esta imagen.
Sufriente aspecto interior de la Basílica del Salvador, tras el sismo (Fuente imagen: archivo particular).
UN TERREMOTO "CÍCLICO"
No están todos los sismólogos y geólogos de acuerdo en relación a lo que significó este gran terremoto de 1985 en la historia telúrica chilena.
El caso es que se comentó aquel año que, cada 86 años promedio, la Zona Central parece verse afectada por un mismo gran terremoto que azota gravemente nuestra insignificancia, a lo largo de nuestra historia. Ya nos visitó antes; nos conocemos desde siempre, y somos parte del mismo ciclo de tiempo según la creencia popular que se difundió por esos días:
  • El más antiguo registrado por estos lados fue el del 11 de septiembre de 1552, que echó por tierra a la entonces joven ciudad de Santiago de Chile.
  • El fatídico terremoto del 13 de mayo de 1647, luego de 95 años desde el anterior, prácticamente destruyó toda la arquitectura colonial de Santiago, derrumbó las antiguas iglesias de la ciudad y azotó a la población con una de las peores calamidades que se conocen.
  • Santiago volvió a ser golpeado a partir del 8 de julio de 1730, con una serie de terremotos y temblores que se extendieron de manera angustiante por dos meses y por una amplia zona del territorio nacional. También echaron abajo gran cantidad de edificios. Habían pasado 83 años desde el terremoto anterior.
  • Otro enorme sismo tiene lugar en Santiago el 6 de diciembre de 1850, afectando gran parte de las estructuras públicas, 120 años después del último terremoto.
  • El 16 de agosto de 1906, la naturaleza azota con uno de sus más violentos ataques de ira, destruyendo especialmente el puerto de Valparaíso con dos terremotos. Habían pasado 56 años desde el último evento de este tipo.
  • Y el 3 de marzo de 1985, pasados 79 años después del último gran terremoto de la zona central, le tocó conocerlo a nuestra generación... ¿Sería un anticipo del que ahora, en 2010, nos ha azotado, o éste es parte del mismo ciclo que ha reducido su intervalo de manera excepcional?
Especulaciones al lado, el terremoto de 1985 de todos modos fue parte de un conjuro cíclico, que quizás se nos repetirá invariablemente en el tiempo y la geología, recordándonos quién manda aún en estos paisajes feroces, en estos contrastes dramáticos de la naturaleza chilena. Algo de ello había adelantado Pablo Neruda, cuando escribió tras enterarse del escalofriante terremoto de Valdivia, en 1960, que con 9.5 grados Richter sigue siendo el más grande de la historia de la humanidad:
Dios mío, tocó la campana la lengua del antepasado en mi boca,
otra vez, otra vez el caballo iracundo patea el planeta
y escoge la patria delgada, la orilla del páramo andino,
la tierra que dio en su angostura la uva celeste y el cobre absoluto,
otra vez, otra vez la herradura en el rostro
de la pobre familia que nace y padece otra ver espanto y la grieta,
el suelo que aparta los pies y divide el volumen del alma
hasta hacerla un pañuelo, un puñado de polvo, un gemido.
La ubicación de Chile en la conflictiva conjunción de las placas tectónicas de Nazca y del Pacífico nos condenará -o nos bendecirá- por la eternidad con terremotos, sismos y vulcanismo, nos guste o no. De alguna manera, Chile nació sin elegir territorio, empujado únicamente por el destino, de la misma manera que nosotros nacimos en él por decisiones que no están tomadas en lo frívolo de nuestra pequeña y humana naturaleza. El escritor Miguel Serrano intuyó esto tempranamente, cuando anotó en 1950 estas hermosas palabras:
"El advenimiento del espíritu, debido al hombre, produce el milagro y transfigura el mundo. El paisaje cambia, se interpreta y adquiere su sentido. Todo se ordena y se equilibra. Aquello que fue muerte y sufrimiento, será ahora vida, energía y paz. Los volcanes apagarán sus fuegos, los ríos seguirán tranquilos hacia el mar, los temblores no estremecerán las ciudades ni la piel de la patria, y las aguas serán detenidas al borde de los abruptos acantilados y de las playas martirizadas".
De este modo, nuestra naturaleza geográfica es también nuestra naturaleza social y cultural. Ya lo sabían los indígenas mapuches, que creían ver en los grandes temblores una manifestación de desequilibrio o descoordinación en la armonía universal entre los planos de mundo terrestre y celestial, que se manifestaba con estos actos de protesta.
Antigua lámina de la clásica revista infantil "El Peneca", con escena del terremoto de 1647. Una teoría sugiere que éste terremoto y el de 1985 son un mismo sismo que se repite con cierta recurrencia cíclica en la historia de la Zona Central de Chile.
DEJA VÚ!
Pero en lugar de quedar registrado como un trauma en nuestra sociedad que requiere ser urgentemente superado, el terremoto del 3 de marzo de 1985, por alguna extraña razón que sólo podría encontrarse en la naturaleza telúrica de nuestra identidad nacional y de nuestra propia chilenidad, ha pasado a formar parte de una especie de nostalgia, casi un arquetipo. Incluso, existen grupos de redes sociales en la internet conmemorando este acontecimiento, como si se tratara de un motivo de festejo o la celebración, de una visita ilustre más que una tragedia.
El pasado terremoto del sábado en la madrugada, habrá de cambiar para siempre estas percepciones. ¿O sucederá lo mismo?... Probablemente cambiemos nuestra atención cultural e histórica a este nuevo sismo; a esta nueva marca telúrica en nuestra conciencia colectiva.
La tragedia de esta madrugada del 27 me ha sorprendido en una regada reunión con buenos amigos. "¡Pasará; tiene que pasar!... ¡Sólo esperen; no puede durar por siempre!" fue lo único que atiné a decir en esos más de dos minutos de furia, a dos jóvenes amigas que enterraban sus uñas en mis brazos mientras se extendía ante nosotros, más allá de mi jardín, la postal de un bombardeo masivo, de destrucción frenética, con flashes cósmicos reventando sobre una ciudad sacudida como un conejo en la fauces de un lobo hambriento.
8.8 grados en escala de Richter y un maremoto de proporciones monstruosas que ha arrasado Constitución, Talcahuano, Iloca, Dichato, Cobquecura y hasta las costas del archipiélago de Juan Fernández, nos darán muchas razones para opacar los recuerdos casi románticos de ese terremoto de 1985, que ya quedó atrás, sobrepasado por el nuevo trauma, que ha marcado nuestro "bicentenario".
Contamos ya unos 700 muertos (no sabemos aún el número de víctimas), medio millón de viviendas destruidas (otros ya hablan del millón, o más) y la nefasta sombra de la política se proyecta ya sobre el conflicto, por la extraordinaria pasividad de las autoridades y la terca negativa a admitir que un maremoto había destruido las cosas del borde costero más cruelmente golpeado, sólo cuatro horas después del terremoto y de la bajada de la alerta de tsunami. Edificaciones nuevas que se presumían en norma sísmica, han caído de forma vergonzosa en Maipú y en Concepción, en este último caso con trágicos resultados.
El último terremoto, entonces, nos dará muchas razones para seguir refiriéndonos a él en este blog, pues sus huellas de destrucción han quedado en innumerables edificios patrimoniales de Santiago: la cúpula de la Iglesia de la Divina Providencia, la Catedral de los Sacramentinos, la Capilla de Ánimas de Amunátegui, la ya muy dañaba Basílica del Salvador, el Edificio de la Ex Escuela Militar de Toesca, los mausoleos del Cementerio General, el Museo de Arte Contemporáneo, las casonas de barrio Brasil, Yungay, etc. Eso sólo en Santiago.
Se ha cumplido con exactitud nuestro pronóstico, además, de que el Aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez de Pudahuel no sería suficiente para la ciudad ante una situación de cataclismo... Con sus dos lucidas y publicitadas pistas, ha quedado cerrado por la destrucción pavorosa de su moderno y presumido edificio de embarque, quedando inutilizado y dejándose a la ciudad sin una alternativa aeroportuaria tras el prepotente e irresponsable cierre de la base de los Cerrillos, exactamente como lo aseguramos hace sólo un par de publicaciones atrás.
En fin: somos un pueblo moldeado por la furia telúrica, aunque nos resistamos a sacar lecciones de ello, según pareciera. El año de 1985 fue sólo una vuelta más en este círculo de recurrencia, por el que transitamos aferrados al hilo dorado de la historia. Acabamos de confirmarlo, este fatídico 27 de febrero en la irónica víspera de las bodas de plata del terremoto de los ochentas. Los sismólogos ahora creen que los terremotos de 1960 en Valdivia (Sur), el de Santiago-San Antonio en 1985 (Centro) y el que acaba de acontecer hoy, en 2010, en Santiago-Maule (Centro-Sur), forman parte de una misma cadena de liberación de energía de las placas tectónicas, que estalla cada 25 años. Cómo la tensión de la falla se completó, está la posibilidad de que pasen muchos años más antes de que volvamos a conocer un evento tan catastrófico como estos tres, producto de las fricciones de las placas tectónicas que sostienen nuestro país... Pero nada es seguro con la Naturaleza.
Así pues, a pesar de todo, apreciamos aquel cataclismo de 1985 todavía en este año de Bicentenario y con un nuevo terremoto a cuestas, cristalizándolo como un hito que se niega a ser olvidado, o mejor dicho que nunca nos permitirá olvidar la recurrencia cíclica de la historia, obligándonos a aferrarnos a su memoria como si fuera un buen recuerdo.
Una caña con trago "terremoto" del bar-restaurante "El Hoyo". Su popularización, tras un acontecimiento allí sucedido con uno de los reporteros extranjeros que cubrían el desastre, es uno de los efectos colaterales positivos del terremoto de 1985.

6 comentarios:

  1. El diario La Tercera que hace referencia a "200 muertos", no corresponde al terremoto del 3 de marzo de 1985, sino que es del dia 23 de mayo de 1960, noticia sobre el terremoto-maremoto de Valdivia.
    Atte.
    WALTER FORAL LIEBSCH
    www.chile-catastrofes-tragedias.blogspot.com

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  2. Si don Walter, gracias, el Blog completo está en marcha blanca hasta esta semana... como verá, cambie la plantilla de diseño y por un conflicto con el nuevo formato he tenido que pegar todas las fotos UNA POR UNA otra vez en cada entrada. Loa foto del terremoto del sur corresponde en realidad a la entrada sobre los grandes terremotos de Chile. La proxima semana estará éste y varios otros errores de imágenes arreglados.

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  3. material maravillooso de gran valor los felicito me traen recuerdos de mis etapas o años vividos lo veo con mi hijo ,yo naci en año 1918 en iquiqe ,ya puedo descansar feliz con estos recuerdos

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  4. Acabo de estar en la heroica ciudad, don David... Muchas gracias por elogiar este trabajo. Gracias a gente como Ud. me ha sido posible recostruir mucho de lo aquí publicado.

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  5. Gracias,muchos recuerdos, informacion muy valiosa

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  6. Gracias,muchos recuerdos, informacion muy valiosa

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