viernes, 14 de enero de 2011

UN PUÑADO DE MEMORIAS ESCATOLÓGICAS (PARTE II)

(Para ver la Parte I, clic aquí)
1993… ¡Dulce y agraz año de nuestras vidas! Tan lejano, cuando lo miro desde acá. Algunos de mis actuales amigos y conocidos ni siquiera nacían entonces.
Se abrieron unos videojuegos relativamente cerca de nuestras respectivas villas de avenida La Florida, junto a una gran antena, en un grupo de locales comerciales por los que hoy, cuando paso, no puedo evitar recordar con nostalgia todas las cosas allí ocurridas, todas las caras que desfilaron alguna vez; lo bueno y lo malo. Varios de mis amigos del grupo de entonces rotaron trabajando en la caja de dicho local, en donde la radio tocaba rock pesado todo el día y llegaba a reunirse más compadres de juegas que clientes, en un verdadero club. Los más audaces llegaban en la mañana; otros, a la salida del colegio o de la universidad. Todos allí, hasta la noche. ¡Cuántas amistades se formaron en ese pequeño espacio!
Ahí estaba entonces, rodeado de mis amigos, holgazaneando, con la tranquilidad de ser un buen estudiante universitario a pesar del desorden que comenzaba a apoderarse de mi vida.
Pero estamos la lluvia de fecas comenzó a acosarnos en ese mismo local; la escatología de la existencia.
El baño era simplemente repulsivo e insoportable, a pesar de que nadie lo ocupaba para defecar. Era como si un hedor proveniente de las entrañas de la alcantarilla misma aflorara a través de él hasta el exterior, provocando náuseas y hasta una multa del servicio de sanidad que llegó a visitar el local en una inspección. Quienes tenían el valor de ocuparlo, ni siquiera orinaban directamente sobre la taza del water, sino que preferían apuntar el chorro de meados desde la puerta de la caseta interior, como un metro y medio más lejos, hasta el centro del retrete. Para peor, el estaque estaba siempre lleno de botellas o latas de cervezas para que permanecieran heladas. Y el jefe del local no podía ser más ad-hoc para toda esa mierda: un señor simpático, flaco y mofletudo, pero que a partir de las tres de la tarde comenzaba a llegar al local cada vez más pasado a trago. Se llamaba Antonio, pero no tardaron en rebautizado secretamente como don Tufonio.
Ese local era nuestra guarida. Varios personajes llegaban a él como si lo hicieran a una especie de casa de reunión, esperando la noche para compartir un trago, o a veces ni siquiera resistían aguardar por la complicidad de las horas oscuras. ¡Qué pésimo ejemplo para esos clientes, mayoritariamente niños! En menos de un mes los videojuegos se habían convertido en una taberna estridente y ruidosa, donde cada cual iba y colocaba su propia cinta de música en la radio y en donde el que quería atendía la caja sin importarle a nadie a quién le llegaran las remuneraciones por ese trabajo. De vez en cuando aparecía algún “bienhechor” con una botella de licor y nos la regalaba; otros se encerraban un rato con los locales en el baño inmundo y, minutos más tarde, salían con las mejillas enrojecidas y el aliento del alcohol en la boca. Vida de mierda, sin duda.
Los extraños por allí eran pocos. Casi todos se conocían entre sí. Sin embargo, había excepciones. Un día llegó hasta allá un muchacho llamado Danny, un típico ser acosado por la mierda y perteneciente a su mundo. Todos lo despreciaban por su descarada tendencia a abusar de la confianza y “bolsear” de lo lindo a los demás, ya sea cigarrillos, alcohol, comida, o lo que sea. Constantemente repetía ser “pobre”, manejar pocos recursos y no disponer de mucho dinero, a pesar de poseer la casa más espaciosa de todos los conocidos allí y ciertamente una de las mejores situaciones económicas del grupo. Era para nosotros, por lo tanto, una mierda: una cosa despreciable, eludible necesariamente. Y tan asociado a la mierda estaba, que en una ocasión de aquellas, antes que nos deshiciéramos de su molesta “amistad”, bebió ante nosotros tanto, tanto licor de manzanilla barato que se defecó en sus propios pantalones, según confesó más tarde ante las sospechas que nos despertaba el olfato, ganándose ahora el apodo de Danny Diarrea. ¿De dónde salen estos engendros? Pues hasta hoy me lo pregunto.
El mismo tipo también había llegado hasta el local de videojuegos, en una oportunidad, portando una serie de frascos con muestras fecales, como los de los exámenes para los laboratorios, sin saber explicar su origen o destino. El excremento lo poseía en cuerpo y alma, parece.
Fue así como en un arribo boliche de este ser miserable, pequeño, flaco, escuálido como sólo él y de gruesos lentes que parecían ocultar algo más que inspirar inocencia, fue tomada como algo patético e intolerable. Mientras jugaba distraídamente en uno de los varios videojuegos, los demás abrieron un grueso bolso que había traído consigo y dejado junto a la caja, lleno de libros, cuadernos y ropa, y dieron vuelta en su interior una botella de agua, el canasto de basura y cuanta mugre encontraron. Santo remedio: nunca más se apareció.
En aquel entonces conocimos también a todo un personaje, autoapodado Danko, su chapa en la barra de un conocido club deportivo. Ya le habíamos visto en varias oportunidades, pero sólo entonces hubo nexos amistosos para con él y sus extraños amigos, como Matías, un punky que por sus enormes ojos y su cabellera afilada semejaba mucho al personaje de la caricatura de “Los Simpsons”, el travieso Bart. Ambos eran seres extraños, un tanto irresponsables, agresivos, pero por entonces atrapados en su propia mierda, como todos allí. En realidad eran los más claros ejemplos de los seres cuya vida se había vuelto mierda, horrible mierda, acumulando autodestrucciones, algunas experiencias con drogas y muchas otras cosas que, afortunadamente, siempre han estado lejos de mi vida y de la de mis amigos más cercanos, aún en nuestro momento más proclive a la vida de mierda, como en aquel año. Ellos también superaron estas etapas oscuras, por suerte.
Tanto tiempo pasaba yo entonces fuera de mi casa, que mi base alimenticia varias veces era un miserable turrón diario. Nunca olvidaré la vez en que Danko y Matías, estando en un viejo potrero al fondo del recinto del Colegio de Lasalle, en donde se bebía noches enteras bajo un solitario sauce, me pidieron un trozo de turrón sin conseguir mascarlo, pues ambos tenían casualmente sus dientes tan chuecos entre los frenillos metálicos, que no lograron romper el duro dulce.
Danko, a veces, parecía no tener pudores. Tenía una leve malformación en la mandíbula inferior que corrigió en años posteriores, pero que por entonces le daba un aspecto a su maxilar de no desarrollado, como atrofiado, dándole a su rostro un aspecto curioso. Los dientes de la mandíbula superior le caían sobre la boca, y aunque nunca se lo pregunté, creo que esto le generó ciertos complejos que tapó con su personalidad agresiva y problemática, que ocultaba la personalidad real de un hombre positivo; defectuoso, pero bueno, con muchos rasgos espirituales que pocos le conocimos directamente. Su falta de lo que llamamos comúnmente “vergüenza” era quizás el resultado de la aceptación de su casi fealdad, de su vida también manchada por la repulsión de la mierda, del símbolo coprónimo del rechazo, del defecto y del desprecio.
Un día, en una de sus frecuentes borracheras antes de caer en la abstención total, Danko nos contó de una oportunidad en que estando en una casa ajena, debió ocupar urgentemente el baño de la casa. Según sus propias palabras, defecó unas heces tan grandes y gruesas que el agua del estanque no conseguía mover la más voluminosa de ellas. Tiró la cadena una y otra vez sin lograr mandarla a la oscuridad de las cloacas y, ante el apuro de salir sin dejar evidencia de su mierda, no se le ocurrió nada mejor que tomar una bolsa de supermercado que encontró en el mismo baño, sacar con sus propias manos el mojón, envolverlo en papel higiénico y llevársela en el bolsillo dentro de la misma bolsa…
Es increíble que alguien que tuvo pudores para no dejar tras sí su propia mierda, no los haya tenido para esconder por siempre una historia como aquella. Sin embargo, estando aún consciente de la circulación de una leyenda urbana bastante parecida en su contenido (aunque no exactamente igual, pues el desenlace era que arrojan al zurullo por la ventana), nos juraba y rejuraba que su anécdota era cierta, y hasta nos rogaba credibilidad.
Este tipo de aventuras sucias y excrementales abundan, y muchas forman parte ya de esa misma mitología urbana. Sin embargo, los bochornos con la mierda son frecuentes: se repiten a menudo y llegan a convertirse en leyendas generalizadas de círculos familiares, amistosos y de camaradería. Siempre recuerdo el caso de mi primo Seba, que por esa misma época terminó llorando ebrio y sentado en una banca de la plaza una noche, mientras otros le limpiaban los dibujos de su zapatilla con un palito, sacando restos de la plasta de perro número siete que había pisado accidentalmente desde esa misma mañana, mientras se lamentaba de que una especie de maldición o maleficio había caído sobre él en tan aciago día. Uno nunca cree que llegará a ser testigo del relato primario de una de estas historias que después se convierten también en leyenda. O peor todavía: en ser protagonista. Hasta oír la historia de Danko, lo más fuerte que había escuchado sobre experiencias de mierda era de la de un tipo que, luego de una fiesta y estando ya en casa de un amigo, se vio en necesidad de partir con las manos un enorme mojón de su propiedad que se negaba a abandonar el retrete, para que pudiera pasar por el escape del mismo. Sin embargo, creo que la historia de Danko lo superó.
Koke, otro gran amigo en común, sufrió una desagradable experiencia parecida, de visita en una casa donde se realizaba una fiesta. Nadie le advirtió del mal estado de un wáter y lo ocupó tranquilamente para defecar. Pero, al tirar la cadena, comenzó a subir el agua y a caer por los costados. Un poco bebido y desesperado con la escena, se arrojó por instinto sobre la taza y la abrazó tratando de contener con los brazos el derrame de sus propios excrementos. Finalmente, venciendo pudores, debió aceptar que la madre de la anfitriona en aquella fiesta entrara al baño a arreglar semejante calamidad.
No fue su único encuentro cercano con la horripilante sustancia, por cierto. Otra vez, cumpliendo con la regla de estar totalmente ebrio otra vez para exponerse al acecho fecal, Koke se retiró de mi casa muy emborrachado y acompañado de otros dos tipos que no estaban tanto mejor: Leo y Pablo, este último el mismo de la aventura en la cantina “21 de Mayo” del Elqui que mencionara en la entrada anterior. Iba tan pasado mi compadre que, en un tropiezo, cayó al suelo revolcándose sobre una montaña de excrementos de perro. Pablo, al no advertir la amortiguación natural que había tenido, corrió a socorrerlo y a levantarlo. Conclusión: ambos terminaron embetunados en caca de perro.
Por su lado, Matías era todo un caso de estudio antropológico. Tenía intencionadamente un mal aspecto, era sumamente irresponsable, vicioso, delgado como casi un adicto y, sin embargo, la gente que le conocía bien lo quería. Veían o querían ver algo blanco en su existencia, manchada de mierda como el más fino, perfumado y suave de los papeles higiénicos. A pesar de todo, provenía de una familia relativamente acomodada, con casa grande y piscina. Era una típica y clásica oveja negra, el hijo descarriado que aparece en las buenas familias de nuestros días. Tenía una historia de lo más divertida entre sus propias memorias escatológicas, que muchos otros confirmaron como cierta a pesar de que también forma parte de otro cuento popular de la mitología urbana, mucho más directamente coincidente que el caso de la aventura sanitaria de Danko. Que quede en el cielo saber si acaso es verdad o si era alguna fantasía de su parte.
Un día más de aquellos, según él estando en casa de una amiga, Matías entró a ocupar el baño de la casa. Ya que pasaba todo el día fuera de su propio hogar, no era raro que su vida transcurriera en otras residencias, llegando a necesidades como aquella. Para tapar el olor del acto biológico en que se hallaba, tomó un desodorante ambiental que había encontrado en el mismo baño, y lo roció hacia el interior del retrete entre sus propias piernas para contrarrestar algo del hedor. Al notar que el desodorante ambiental no era suficiente, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar sentado todavía en la taza, una técnica muy popular entre los fumadores para esconder olores desagradables con el del humo del tabaco. Sin embargo, nos aseguraba que luego de haber rociado nuevamente desodorante entre sus piernas, intentó arrojar las cenizas al agua del retrete produciendo una tremenda explosión al encender con la brasa del cigarrillo el gas del spray.
Si esto suena a mentira hasta aquí, el resto ya es derechamente digno de una fábula: decía que se levantó corriendo y chillando por el baño con las nalgas, calzoncillos y parte del pantalón encendidos, desesperado. Al oír los gritos, la dueña de casa comenzó a golpear frenéticamente la puerta del baño, para luego forzarla. Al descubrir a Matías girando como trompo con los glúteos prendidos, la señora tomó una de las toallas y habría comenzado a golpear con ellas sus nalgas hasta conseguir apagárselas. Cerraba así el hecho más bochornoso de su vida, según sus propias palabras.
Mi amigo Juano también nos contaría otra de las historias más ridículas que he escuchado con relación a la traicionera caca. Llegando un poco bebido a su casa (como era frecuente en él esos días), decidió ocupar un baño olvidando que el retrete estaba suelto de la base, destornillado del suelo por un costado. Sentado en tan inestable trono, comenzó a sentir que este tambaleaba en su mareo y, confundido, intentó afirmarse de sus propios bordes como su estuviese sentado en la punta de un obelisco. Cayó así pesadamente al piso, con retrete y todo. El agua mugrosa del water se le fue encima y se metió por debajo de su camisa, mojándole toda la espalda. Juano agregaba un detalle más: un mojón le había quedado atrapado en el cuello… Así como suena.
El calvario de mierda de Juano siempre fue el alcohol, que afortunadamente decidió controlar. Como se habrá visto a lo largo de estas anécdotas, borrachera y escatología son una mezcla desastrosa, pero varias veces se juntan. Se llaman entre sí… En la jerga de los borrachos existe, de hecho, el concepto de “atracarse el water”, correspondiente a despertar con la caña mala de una noche de juerga con la cabeza metida en el retrete y vomitando. “Todos tienen que pasar por eso”, decía Danko como si se tratara de un requisito de crecimiento en la vida. Personalmente, conozco algunos que no sólo se atracaron la taza, sino que se quedaron dormidos junto a ella. Dos para ser más exacto.
Una noche, retirándose de mi casa luego de un asado y pasado de vinos, Juano decidió pasar entre dos camiones estacionados camino a su casa sin distinguir que una tapa del sistema de alcantarillado estaba abierta en la oscuridad, justo por entre ellos. Cayó estrepitosamente y quedando sumergido casi hasta el pecho (y eso que medía entonces casi un metro 85) en aguas pútridas de excrementos fermentados… El trauma provocado por el olor lo perturbó por varios meses más después de semejante accidente…
Pero no sería lo peor que le sucedería a causa de sus vicios.
Un día de 1999 le llamé a su celular; me contestó más borracho que nunca, casi inconsciente, mientras caminaba por la vereda de avenida La Florida. Al perecer lo desperté con mi llamado. Mientras caminaba, yo intentaba convencerle de que se marchara a su casa a dormir; él sin embargo, repetía en un español apenas entendible que estaba pasando frente a un banco y que lo estaban asaltando, según aseguraba ver. Convencido de que se trataba de alucinaciones de borracho, le insistí en que colgara y se marchara. Así lo haría. Sin embargo, a los pocos días llegó su madre, su hermana pequeña y su cuñada a mi casa preguntando angustiadamente por él, desaparecido desde ese mismo día. Por más de una semana no se supo de Juano ni respondía a los llamados, así que lo estábamos dando hasta por muerto. Cuando se está borracho, muchas veces se está indefenso, aún para un innato luchador de puños tan temido como él. Pasaron los días. Llegó de pronto hasta mi casa apresurado a contar lo ocurrido. Efectivamente, mientras él pasaba ebrio afuera de un banco del sector, un grupo de maleantes lo asaltaba. Al salir los ladrones y ver a mi amigo borracho hablando por celular conmigo, los delincuentes pensaron que estaba dando aviso a carabineros, se le arrojaron encima y lo golpearon brutalmente, para luego lanzarlo ¡dentro de un tarro de basura!… No pude evitar soltar una risotada cuando confesó esto; menos aún cuando lo recuerdo arrojándose por sí mismo dentro de un contenedor de basura frente a su propia casa para hacerse el gracioso, en una ocasión en que lo llevamos en vehículo hasta su casa, estando -para variar- muy pasado de copas. Pero su desgracia no terminó allí: cuando despertó de la paliza y de la borrachera, estaba rodeado de carabineros que lo creyeron parte del grupo de maleantes y se lo llevaron varios días detenido y amenazado con ser procesado… La mierda le había ganado esta batalla, aunque la experiencia fue tan tragicómica como beneficiosa, pues desde entonces dio un notable paso al frente y decidió moderarse con el alcohol, por fin.
Juano era el último, quizás, atrapado en la mierda; en la memoria horripilante de la mierda, de lo desagradable, de lo aborrecible, y lo superó. Hace poco nos avisó de estar preparando un tratamiento para dejar definitivamente ese culto a Baco que tantos problemas le trajo en la vida. Danko, en tanto, se corrigió tomando la senda de la fe evangélica, adoptando desde entonces una vida completamente sana y hasta deportiva, al servicio de su religión; su rostro mejoró notablemente luego de una compleja cirugía, de modo que su cuerpo también fue el reflejo de los cambios que experimentó su alma. Y a Matías, ese muchacho problemático que cayera tantas veces “en cana” por sus modales agresivos y sus conductas desordenadas, lo encontré un día cualquiera en un paradero de micros cercano a su casa; me costó reconocerlo, pues era ya otro: un ser de bien, un ser limpio, superado a sí mismo… Había derrotado también a la mierda.
Y nosotros, esa generación de los años fecales en el encierro lúgubre de videojuegos sazonados con alcohol… ¿Qué puedo decir de nosotros? Más amigos y más unidos que entonces. Unos ingenieros, obreros, trabajadores, cesantes... Bien o mal, aquí estamos todos.
La mierda, ese arquetipo inmundo y deplorable, no logró apoderarse de nuestras vidas. Supimos distinguir a tiempo lo gracioso de lo aborrecible; y me resulta mejor vivir enfrentando el recuerdo de aquellos años tormentosamente fecales, de errores reiterados y de faltas a la compostura, que escondiéndolo y pretendiendo que bastaría con tirar la cadena del estanque de la vida para suponer que nos deshacemos de ella.
La mierda siempre estará con nosotros… ¡Hasta nos acompañará a la tumba, como consecuencia de lo que fuera nuestra última cena! Mejor aprendamos a vivir con ella, a reírnos de ella, a odiarla con la gracia y no con la amargura. La vida es así… Una mierda.

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