domingo, 31 de mayo de 2009

EL BAR "DON RODRIGO"... SIMPLEMENTE, LO MEJOR

Coordenadas: 33°26'16.80"S 70°38'34.92"W
"Don Rodrigo" es mi bar favorito de Santiago, desde hace varios años, como lo es también para los innumerables rostros que se me hacen conocidos por allí y se me aparecen en cada jornada, sea día de semana o viernes. Siempre asomarán por sus puertas, salvo el domingo, cuando el local no abre.
Se ubica junto al Hotel Foresta, a un costado de la entrada Norte del cerro Santa Lucía, por la esquina donde convergen las calles Victoria Subercaseaux y Merced. Ubicación privilegiada en el Centro de Santiago, suficientemente cerca del barrio Lastarria como para que se acerquen desde él personajes intelectuales y nuevos bohemios, pero suficientemente al margen del mismo, como para aislar a los clichés y los lateros postmodernistas que suelen pulular en el barrio. En otras palabras, por aquí vienen poetas de verdad; no rumiadores nerudianos.
"Don Rodrigo" ya es, por lo tanto, un clásico de la historia en este sector la capital y un hito en la recreación del entorno del Santa Lucía.

Vista exterior, con portero en uniforme, como en los viejos tiempos. Al frente, el acceso al "Don Rodrigo". Más atrás, bajo el toldo, el acceso al Hotel Foresta
.
Vista desde al acceso al bar hacia la barra central.
Vista desde el interior, particularmente desde la barra. Se puede ve el acceso y el piano, ya ocupado por el talentoso don Hernán.
Se trata de un piano-bar tipo inglés, maravilloso y encantador. Ni en el living de mi propia casa me resulta tan acogedora una cerveza. No es grande, pero la distribución de sus elementos, incluso de la decoración, es la óptima: cómoda y ordenada. Abundan los objetos antiguos y de orientación artística; hasta el papel mural es de enorme elegancia clásica, rara vez presente en los bares chilenos más comunes.
La clientela es segura en el negocio, por lo tanto: por ahí por las ocho de la noche, sólo una hora después de abrir sus puertas, ya empieza a llenarse; y lo hará con toda seguridad durante los fines de semana, cuando la demanda es tal que debe cerrar sus puertas, ubicadas en Victoria Subercaseaux 353. Además, es común encontrar entre sus mesas a extranjeros que alojan en el propio Hotel Foresta, al lado, en el número 355.
La barra es notable. Enorme y amplia. Aunque no suelo socializar mucho, las conversaciones fluyen de manera inevitable: he conocido en ella a toda clase de faunos, como viajeros, médicos, artistas, actores, holgazanes (además de mí), pintores, escritores, bailarinas, ingenieros, etc. Es bastante democrática la situación allí. Varias veces he vuelto a casa desde ese mesón acolchado con tarjetas de presentación y algún e-mail anotado en una servilleta, en un bolsillo. Como esta barra no tarda en coparse, de algún modo u otro habemos quienes nos procuramos un puesto allí, generalmente llegando temprano o permaneciendo al asecho de quien se levante por última vez desde alguna banca.
El mesón de barra es, así, un observatorio. Desde ella se mira al frente sobre una repisa enorme, alta y llena de botellas de licores, algunos de ellos exóticos. Toda una colección. Los cocineros y mozos pasean por una puerta que da a la cocina, una y otra vez, trayendo vasos, lavando jarras o solicitando pedidos. Las letras de neón cuelgan sobre ellas: "Don Rodrigo", dicen, salpicando de fulgor rojizo el entorno. Los espejos parecen hacer más grande este local y reflejan la intensidad que se desarrolla a espaldas del visitante anclado en esa barra, por las mesas, por el piano, por las salas menores, etc. Calculo que con unas 50 personas debe llenarse por completo la capacidad del local.
Los precios, sumamente convenientes y milagrosamente respetuosos del perdido principio de la calidad a poco valor, son la mitad del atractivo; la eficiencia y la cordialidad de la atención es el otro. Cuando uno pide un schop o algún trago, además, suelen colocarle como acompañamiento un pocillo con maní y pasas, o bien pequeños canapés. En otras ocasiones me han tocado nachos con salsa mexicana de tomates. Estos detalles necesariamente motivan la lealtad de la clientela.
El nombre del local es otra curiosidad del mismo: se relaciona a un personaje que el caricaturista chileno René Ríos Boettiger, alias Pepo, había creado además de su famosísimo "Condorito", y que correspondía a una armadura antigua que había sido poseída por el espíritu de un fallecido millonario, viviendo así sus aventuras post-mortem con fuerte acento en la picardía. La armadura se llamaba Don Rodrigo, precisamente. Como este bar y el hotel fueron fundados por Guido Vallejos, el conocido caricaturista nacional autor de la recordada revista de los "Barrabases", quiso homenajear a su admirado amigo y colega Pepo, poniéndole al local el nombre de la armadura animada cuando lo fundó, en 1988.
Cristales, repisas y nenoes hacia el acceso a la cocina.
Salas del "Don Rodrigo", abajo en el primer piso.
Decoración anticuaria del local...
El mito entre los clientes dice, sin embargo, que el personaje que aparece en el logotipo del bar, especialmente en las tapas de menúes y posavasos, es una figura de modales refinados y aspecto aristócrata correspondiente a una caricatura que Vallejos hizo de sí mismo, aún cuando actualmente el negocio es conducido por su hijo Gabriel. No me extrañaría si así fuera, sin embargo, porque la mano de don Guido parece encontrarse en varias partes del bar, empezando por la carta-menú, que tiene una evidente e innegable influencia de la gráfica de las historietas.
Cuando el local está muy lleno o asisten personas con la intención de hacer pedidos de restaurantes, son enviados a otra dependencia del Hotel Foresta, en el séptimo piso, donde están las salas más espaciosas, los comedores y las cocinas. Aquí deben caber unas 50 personas más.
Este segundo local está decorado tan bellamente, como el bar de abajo, cual museo de un anticuario, y desde la ex terraza donde está levantado, se tiene una vista magnífica del Cerro Santa Lucía y sus jardines, especialmente cautivante durante las noches. Una de las piezas decorativas que uno encuentra de camino hasta allá, en la entrada, es una vieja armadura metálica de tipo española que ha sido bautizada, obviamente, como Don Rodrigo. También hay un antiguo carro medio victoriano, que no sabemos cómo pudieron meter dentro del local.
Esta parte del hotel ciertamente es más íntima y, como además del menú se encuentran también los traguitos, la recomendaría especialmente para parejas o reuniones más circulares de personas. La atención es excelente. Los platos más solicitados son sándwiches, cebiches, churrascos, empanadas de queso, tablas de picadillos, brochetas, pescado frito, lomitos, papas fritas, machas a la parmesana y carne de vacuno. Cierra más temprano que el bar, sin embargo: al rededor de la medianoche.
La oferta de la barra del bar "Don Rodrigo" es amplia. Don Santiago, el maestro barman, viene de una escuela envidiable: formado en las barras-escuelas de "Chez Henry" y el "Bar City", por lo que sus credenciales y pergaminos son notables. Aficionado a las rancheras y música por el estilo, maneja la coctelera como lo haría un mago con su sombrero, derramando sobre las copas toda clase de líquidos coloridos en lugar de conejos. Kir Royal, pisco sour, vodka tónica, vodka naranja, whisky, martinis, etc. Casi todos los tragos más conocidos alcanzan en su carta. Y contar con un maestro como éste para hacerlos es un lujo, sin duda.
Otro personaje del local es el pianista Hernán Lavandero, un espigado y delgado músico que siempre pasea con su gorrito Dundee y que luce talentos de hombre orquesta mientras toca simultáneamente piano, teclado eléctrico, armónica y, más, encima, cantando. Lo hace cada cierta cantidad de minutos y ameniza el ambiente con algo de temas clásicos, de pronto un poco nostálgicos. Da la impresión de que don Hernán se ha mantenido por mucho más tiempo en estas labores del bar, confundiéndosele por ratos con el resto de la clientela.
Las enormes repisas de espejos, tras la barra.
Don Santiago, barman estrella y amo de la coctelera.
Vista desde la posición de un cliente en la barra. Éste en particular, no recuerda si estaba ya en su segundo o tercer schop, así que dejaremos la identidad del camarógrafo en reserva.
Canapés acompañando por de "Don Rodrigo" a la jarra de cerveza.
A decir verdad, todos son figuras de peso propio en el "Don Rodrigo": el muchacho moreno que vigila de uniforme la entrada (abre la puerta cordialmente saludando a los visitantes, en especial durante los días de invierno), la chiquilla pecosa de la caja y debe lidiar con treinta pedidos a la vez, el veterano mozo que pasea acrobáticamente con enormes bandejas entre los estrechos pasillos demostrando su basta experiencia en estas artes, etc. He visto pasar por allí a personal que ya no está, además, como Janette, que antes atendía la caja, o una que otra estudiante que ha trabajado allí como camarera. También estaba la mujer rubia y risueña que cumplía con este rol músico para el piano, desempeñándose con grandes virtudes en el instrumento.
Hace algunos años, por principios del actual siglo, "Don Rodrigo" no era tan popular ni famoso como lo es hoy día. Había un poco más de intimidad y de tranquilidad "asocial". Era frecuentado, por ejemplo, por un grupo de viejos masones que se pasaban por allí después de sus reuniones de ritos pitagóricos; también era sitio de encuentro para algunos estudiantes de la Universidad Católica, y por actores de teatro que siempre visitaban juntos el local desde la sede de la compañía Ictus. Sin embargo, como ahora ha adquirido cierta fama, apareció mucha gente nueva, llenando diariamente sus 45 asientos. Con ello, el carácter de "Don Rodrigo" ha cambiado un tanto con respecto a aquellos años, quizás en desmedro de los clientes melancólicos, pero ciertamente en favor del piano-bar.
Por otro lado, hay algunas pinturitas que presumen de haber sido clientes habituales de la Belle Époque del bar "Don Rodrigo", como un conocido escritor icono de los homosexuales chilenos, y cierto actor de televisión. La verdad es que nunca fueron más que visitantes esporádicos del bar, si es que en realidad lo conocieron alguna vez por dentro. Les daré el beneficio de la duda.
De espalda a las críticas que puedan hacer algunos, en uno u otro sentido, yo como cliente "histórico" de este pintoresco bar santiaguino, sólo puedo dar fe de que se trata de uno de los mejores y que es único en sus características, sin parangón alguno en toda la oferta de entretención de la ciudad.
He dicho, señores.

martes, 26 de mayo de 2009

LEONES DE PROVIDENCIA: EL FIN DE UNA GRAN FÁBULA

Vista del acceso al Fundo "Los Leones" de Ricardo Lyon, en fotografía publicada por la revista "Selecta" de abril de 1910. ¿Puede reconocer el lector, los dos leones que están ubicados uno a cada lado del acceso al fastuoso chalet? Este complejo habría sido diseñado por el célebre arquitecto Emilio Jecquier.
Coordenadas: 33°25'11.46"S 70°36'21.47"W
En varias ocasiones, hemos criticado la tendencia de algunos historiadores con credenciales a repetir mitos o leyendas que pasan aceitadamente si son empujados por el llano resbaloso de lo gratuito entre los libros, pero que no tienen verdadero ajuste con la realidad ni con los hechos ciertos. Lo hemos notado especialmente en nuestro tema, que es la historicidad urbana, más cercana a la calle, al parque y a la fachada que a los libros de estanterías.
Existe un caso particularmente ilustrativo de la tendencia de algunos personajes a cometer estos vicios por ignorancia, por exceso de confianza en algunas fuentes o, simplemente, por motivaciones que bullen entre los motivaciones políticas y credos, lo que supone algo de deliberación y la orientación deliberada a dar por ciertas algunas afirmaciones convenientes sólo porque un gran número de personas las cree o porque tal opinión es compartida por otros ilustres; o, lo que es peor, porque es útil a una causa.
Nos referimos ahora al asunto de las hermosas estatuas de los Leones de Providencia, que constituyen un símbolo de este sector homónimo, en la plazoleta del bandejón que se halla en la conjunción de las avenidas Los Leones y Providencia, uno de los centros comerciales, financieros y recreativos más importantes de Santiago.
Actualmente, como ejemplo del vicio descrito, existe en la Internet un grupo de intelectuales integrado por historiadores y académicos principalmente de la izquierda chilena y peruana, que, promoviendo una campaña para "devolver" simbólicamente el buque de guerra "Huáscar" a la Marina de Guerra del Perú, como prenda y gesto de hermandad, recurren sin embargo al siguiente argumento como respaldo a su posición generosa, en su proclama pública (los destacados son nuestros):
"Hay muchos bienes del Perú que los militares chilenos se llevaron como trofeo o botín hace más de cien años. Entre ellos, varios millares de libros de la Biblioteca Nacional del Perú; LOS LEONES QUE ADORNAN LA AV. LOS LEONES ESQUINA PROVIDENCIA; esculturas y obras de arte, y muy principalmente para el sentir peruano, el Monitor Huáscar".
Imagen del catálogo de la fundición francesa mostrando al "Lion terresant un cocodrile" de Delabriéle, que sirvió de modelo para uno de los dos Leones de Providencia.
Los Leones de Providencia.
Parece increíble encontrar semejante afirmación en un manifiesto y una campaña tras la cual se encuentra, cuanto menos, un historiador de cierto renombre y un académico de la misma área profesional, pues aquí no se ha hecho más que repetir una extendida leyenda urbana sobre el origen de los famosos Leones de Providencia; una caricatura que no tiene ninguna relación con la realidad y que, cuando alguien considera como cierta, sólo incurre en un acto de desinformación, como esos mismos casos que don Joaquín Edwards Bello se entretenía tanto desenmascarando en sus escritos.
Pese a todo, los suscritos a la campaña del "Huáscar" (que, por cierto, jamás fue un trofeo o botín de guerra, sino material legítimamente incorporado a la Armada de Chile tras su captura en Angamos, según lo faculta la ley de guerra) no son los únicos en cometer este error. Lo hicieron también los equipos del desaparecido programa de debates "El Termómetro", de Chilevisión, cuando entrevistaron a un dirigente de los inmigrantes peruanos con los leones de fondo, mientras hablaba de los "trofeos" que habrían en Chile y que fueron traídos desde Lima. Otro medio que incurrió en semejante barbaridad fue el también desaparecido "Diario Siete", cuando hizo lo propio al sugerir que habían sido traídos desde Lima, mientras comentaba el plan de devolución de textos de la Biblioteca de Lima concretado un tiempo después.
El caso es que los mentados Leones de Providencia JAMÁS han pertenecido o estado siquiera en Lima y no fueron traídos desde allá durante la Guerra del Pacífico con otros objetos a los que se le ha atribuido tal característica. Jamás estuvieron en algún palacio, en la avenida al Callao o en la avenida Arequipa (que ni siquiera existía en 1881) como aseveran los cuentos populares. Tal creencia no es más que otro extendido mito popular tendiente a legitimar ciertas patrañas que han viciado este tema de los aspectos menos decorosos de la guerra, como sucede también con los cañones del patio de la Moneda, la Fuente de Ayacucho de la Plaza de Armas, la Pila del Ganso de Estación Central, la ornamentación del Cerro Santa Lucía, la Pileta de la Plaza de Buin o las Estatuas de las Estaciones del Año en Valparaíso, sólo por nombrar algunos casos donde también se ha creído ver piezas "secuestradas" desde el país incásico. En realidad, ninguno de estos objetos corresponde a los llamados "trofeos de guerra" traídos desde Lima, pero la paciente labor que ha cometido el mitómano popular, al decir de Edwards Bello, se encargó de crearles un "mito persistente" que existe por sí mismo y se convierte en creencia autodemostrada por la repetición permanente, pues "hay mentiras que entretienen", como comenta.
Su verdadero origen es bastante distinto: corresponden a dos magníficas y valiosas figuras de bronce que fueron donadas por la famimia aristocrática Lyon a la ciudad de Santiago. Estaban en principio en la entrada de la casa del ex Regidor y ex Alcalde Ricardo Lyon Pérez (1863-1932), en la llamada Chacra de los Leones, que da nombre al actual sector de Providencia y que era famosa por su producción de legumbres, cereales, vides, alfalfas y ganadería, según el "Álbum de la zona central de Chile" de 1923. El fundor recibía este nombre precisamente por los dos felinos decorativos, que posteriormente quedó traspasado a la Calle de los Leones, actual avenida del mismo nombre.
El propio señor Ricardo Lyon, casado con doña Loreto Cousiño Goyenechea y propietario del fundo, había hecho instalar las estatuas en su terreno adquirido sobre parte de la que antes había sido la vieja Chacra de Lo Bravo, por ahí por donde está hoy la avenida Los Leones, justamente. Se loteó un tiempo después el fundo "Los Leones", de 1.200 hectáreas, y así desapareció atravesado por las líneas de la ciudad. Este cuadrante corresponde al que se halla actualmente entre las calles Providencia, Lota, Ricardo Lyon y la mencionada Los Leones, aunque otras fuentes de la época señalan que colindaba incluso con avenida Pedro de Valdivia.
Cabe indicar que el historiador Sergio Villalobos aseguró en una oportunidad que fue Arturo Lyon quien donó los leones a la ornamentación pública, pero otros investigadores como el Director del Instituto Chileno-Peruano de Investigaciones Culturales, don Hugo Rodolfo Ramírez, concluyen en que debió haber sido en realidad don Ricardo Lyon el verdadero donante directo (Diario "El Mercurio" del 26 de agosto de 2004). Quizás algún día se precise con más detalle cómo fue que los Lyon regalaron a la ciudad estos magníficos bronces.
Otro detalle interesante es que la presencia de estas estatuas en la hacienda era un emblema relativo al apellido de su familia, cuya traducción y escudo heráldico era precisamente, alusivo al icono del León. Su diseño está basado en las figuras de leones ornamentales parisinos producidos por la famosa fundición Val d'Osne y fueron creadas en el siglo XIX por el escultor Paul Edouard Delabrière bajo la dirección del artista Pierre-Louis Rouillard (existen otros similares en el Parque Cousiño de Peñalolén), aunque pareciera que éstos en particular fueron fundidos en Inglaterra, según ciertas opiniones. Sí es claro que las esculturas originales que inspiraron a éstas habían sido bautizadas como "Lion terrasant un concodrile" y "Lion terrasant un serpent". Según otros, sin embargo, estas serían supuestas copias pues los verdaderos desaparecieron en un accidente o algo así, y habrían sido realizadas por el prestigioso escultor chileno José Carocca Laflor (1897-1966), el mismo autor del Monumento a los Héroes de Iquique en Santiago, siendo fundidas en los años cuarenta o cincuenta en base a las originales ya desaparecidas, pero no contamos con más datos duros al respecto, por ahora. Esto me parece muy probable, por el hecho de que sean de bronce y no de hierro, como los originales que fabricaban las metalúrgicas artísticas francesas.
Son de una belleza única: en posiciones opuestas y gallardas, atrapando entre sus garras a reptiles símbolos del mal, del peligro y de los contenidos demoniacos. Como sus nombres originales lo dicen, sobre las columnas que los elevan el de la derecha ataca a una víbora, y el de la izquierda a un cocodrilo. Ambas figuras miden cerca de 1,40 metros de altura por 1,60 metros de ancho. Agregamos, además, que otro león original fundido en el siglo XIX por la casa Val D'Osné, se puede observar en el Parque Buenos Aires, en la capital argentina, y corresponde al que presenta parecido con el felino que lucha contra la serpiente en Providencia aunque no es exactamente igual al de Providencia, lo que sugiere más de una versión en este tipo de estatuas.
Cabe indicar que el ciego error de creer que ambos felinos de Providencia fueron arrebatados a la ornamentación de Lima, si bien es poco excusable entre los historiadores e investigadores chilenos, para el caso de algunos intelectuales peruanos tiene algún grado de comprensión casi viciosa, por el hecho de que se ajusta a la batería de afirmaciones "históricas" de su folklore y mitología urbana basadas más bien en el patriotismo herido desde la Guerra del Pacífico que en documentación y estudios. El problema es que allá se ha adjudicado esa condición a muchos objetos que cronológicamente jamás pudieron tales (como sucede también con la decoración del Santa Lucía, instalada en 1872-1874). De hecho, existe una tendencia popular marcada de una parte de la sociedad peruana, a asegurar que todas las estatuas de leones y fuentes que existen en Santiago de Chile y otras ciudades pertenecieron a la ornamentación de Lima o del Callao, y que fueron de las traídas en calidad de trofeos de guerra por los rotos de la soldadesca.
El problema es que si se diera crédito a la cantidad de leyendas que creen identificar en el actual Santiago de Chile a los leones perdidos de Lima, tendríamos una bizarra lista de supuestas piezas-botines como el León Suizo de la Alameda, los Leones Val d'Osne de la entrada Poniente del Cerro Santa Lucía y, aunque parezca insólito, hasta el León de la Colonia Italiana en Plaza Baquedano. Informalmente y a nivel popular, todos ellos han sido señalados en alguna ocasión como posibles trofeos, especialmente en campañas de internet o proclamas nacionalistas. Lo mismo se acusó para Valparaíso sobre el famoso León del Arco Inglés, de hecho.
Sin embargo, aparentemente sí habría testimonios verificables sobre efigies ornamentales de leones "secuestrados" en ese período, pero correspondientes a esculturas decorativas hechas en mármol o roca, no metálicos, además de ser más pequeños y que estaban en edificios gubernamentales de Lima. Difícil saber qué sucedió con ellas, a esta altura de la historia, pero puede que estos recuerdos se hayan cruzado con el folklore y las leyendas, confundiéndolos con leones de metal como los de Providencia y otros casos parecidos. Por otro lado, si estamos bien informados, se habrían traído desde Lima a Santiago dos leones de verdad, de carne y hueso, que originalmente estaban en el zoológico de la ciudad. ¿Tendrá esto algo que ver con la gestación de la leyenda urbana que involucra a los Leones de Providencia en tal categoría?
El arquitecto y articulista Sebastián Gray, comentando las acusaciones odiosas sobre estos leones luchando con reptiles, ha escrito en un diario -hasta con algo de ofuscación, diríamos- que el mito sólo se funda en lo que "quisieran creer algunos chauvinistas y otros tantos periodistas sin rigor". Agregaríamos de nuestra parte a los predicadores de utopías americanistas y boliviarianas por la vía de la solidaridad victimista y de los sentimientos de culpas, reales o inventados. Por experiencia, tenemos confirmaciones de que hay quienes se irritan muy evidentemente, tanto con la repetición tan majadera de este anatema sobre el par de leones, como con la negación en el caso de los crédulos incondicionales del mito.
Como dato anecdótico y curioso, comentaremos que muy cerca de la ubicación de los Leones de Providencia, cerca de Nueva Los Leones con Costanera Andrés Bello, la Municipalidad de Providencia colocó copias de las estatuas, fundidas por la casa de Germán Miño en la Quinta Normal, para ornamentar el acceso al puente Los Leones, el año 2004. Empero, sus más graves críticos los consideran confeccionados con una calidad artística tan pobre y deficiente comparados con los espléndidos felinos de Avenida Providencia, que hasta dan ganas de sugerir a los mitómanos que se ofrezca "devolver" estas figuras, de seguir prosperando su leyenda negra, en lugar de las que aquí atendemos, para complacer así los apetitos y las fantasías de pseudo revisión histórica. Popularmente, han llegado a ser comparados con "mandriles" y ciertas criaturas imaginarias del cine fantástico.
Sin negar que el "secuestro" de objetos ornamentales o de valor académico y cultural existió durante la ocupación de la capital peruana (en realidad requisadas e inventariadas lejos de la imagen del saqueo colérico y furtivo que algunos predican), el caso de la traída "en masa" de leones de las plazas y de estos dos en particular es bastante dudoso. Empero, a pesar de lo que ya se sabe sobre los Leones de Providencia, parece que será difícil quitarles de encima la historieta sobre su condición de trofeos de guerra y otras gaitas. ¿Por qué? Bueno, para citar por última vez a Edwards Bello:
"Por lo que juzgarse puede, la mentira proporciona placer al que la emite; es un estímulo, y muchas veces nos sentimos tentados de colaborar con sus autores... A lo mejor hemos inventado la mitoterapia".

viernes, 22 de mayo de 2009

CHUCHUNCO NO QUEDABA TAN LEJOS...

La Subdelegación Rural de Chuchunco, ya parcialmente urbanizado, en el "Plano de Santiago con las divisiones políticas y administrativas, los ferrocarriles urbanos y a vapor, establecimientos de instrucción de beneficencia y religiosos. Con los proyectos de canalización de río, Camino de Cintura, ferrocarriles, etc.", de don Ernesto Ansart, 1875.
La tradición oral chilena ha cristalizado en la conciencia colectiva a Chuchunco como concepto de lo lejano, lo distante; de aquello que se encuentra tan apartado que hace tarea engorrosa el acto de ir hasta allá. Los amigos de afuera del grupo de vecinos del barrio, esos que provienen desde otros lados de la capital, son los que "viven pa'Chuchunco". Cuando uno se equivocaba de microbus, se bajaba reclamando que "me dejó en Chuchunco". Porque, por cierto, no hay nada peor que andar "más perdido que en Chuchunco". Si alguien no aparece por mucho tiempo o desaparece sin dar noticias, "se fue pa'Chuchunco". Los residentes de comunas distantes entre sí, como floridanos y maupicinos, se acusan mutuamente de vivir en el mítico poblado de Chuchunco, llamado elegantemente también Chuchunco City.
Lo irónico del caso es que, en la práctica, Chuchunco no quedaba tan lejos, sino bastante más cerca del centro de Santiago de lo que pudiese creerse. De hecho, se puede ir perfectamente a pie desde el barrio céntrico, digamos desde la Plaza de Armas o La Moneda, hasta los ex territorios de la perdida localidad de Lo Chuchunco. Yo lo he hecho varias veces, de ida y/o de vuelta, por mi amor al cochino ahorro.
El concepto de la lejanía, de lo retirado que se encuentra de la ciudad, entonces, se remonta a aquellos años en que Santiago no era más que un pequeño poblado urbano rodeado de chacras y campos. A la propia Alameda en una parte de su tramo en la parte Oeste y especialmente a la actual Avenida Ecuador se le conoció, hasta entrado el siglo XX inclusive, como el Camino de Lo Chuchunco.
Vamos detallando. Hacia principios del siglo XIX, el área urbanizada de Santiago concluía por allí donde la Cañada -futura Alameda de las Delicias- se unía con la quebrada de Saravia o de Diego Cáceres en lo que es, actualmente, el barrio Brasil. Todavía a mediados de ese siglo, la zona más urbanizada de Santiago concluía por ahí. Es por esa razón que el matadero de la ciudad había sido implementado allá, cerca de la Ermita de San Miguel y por el callejón homónimo en este mismo sector (hoy Avenida Ricardo Cumming), según anota Sady Zañartu. Y, en el siglo siguiente, donde hoy se encuentra la calle San Diego, se comenzó a desarrollar la intensa vida nocturna de los clubes y los cabarets que se acumularon en ese sector, lejos de la mirada moralista del resto de los citadinos, pues toda esta zona seguía siendo considerada como "las afueras".
Plano de Santiago de De Guzmán, en 1834. Muestra el aspecto aún rural del sector poniente de Santiago, en el sector de Lo Chuchunco.
Plano de Santiago de Santiago de Nicolás Bologna, de 1895, publicado en el "Álbum de planos de la principales ciudades y puertos de Chile", de la Dirección General de Obras Públicas (Oficina de Geografía y Minas, 1896). Se puede observar cómo ha avanzado la urbanización sobre el ex barrio Lo Chuchunco, conforme crece también la importancia de la terminal ferroviaria.
Pero la condición marginal de Chuchunco venía estando vigente desde mucho tiempo antes; suficiente como para quedar grabada a fuego en el recuerdo y la tradición santiaguinas. Al poniente de todo este tramo de la ciudad, por ahí por donde se perdía la Alameda de las Delicias, se extendía desde antaño un interminable paisaje de chacras, haciendas y humedales que conservaban parte del antiguo aspecto del valle del Mapocho. Uno de los más famosos era el Fundo de las Rejas, por ejemplo, llamado así por sus característicos cercos y que dejara de herencia su nombre al barrio, a una avenida y a la actual estación del Metro allí existente. Otra era la llamada Chacra del Viejo, al lado opuesto de la quebrada que pertenecía a don Diego García Cáceres, cruzando la actual Alameda. Los caminos eran pocos y los accesos escasos por allí, acrecentando la sensación de distancia y retiro de estas chacras y terrenos baldíos. De ahí la idea de que todo lo alejado de los centros urbanos quedaba "para Chuchunco", retirado y al margen de la civilización.
Allí, en esa prolongación de terrenos rurales hacia el Oeste de la ciudad de Santiago y desde la quebrada de García Cáceres, se encontraba la mentada Chuchunco, más o menos desde el sector que hoy corresponde a la Estación Central, hacia el Oeste. Correspondía entonces, y desde los inicios de la capital chilena, a un paraje inhóspito, y los indígenas le habían colocado tal nombre, según comenta René León Echaíz en "Historia de Santiago", porque desde allí se podía ver cómo las aguas del río Mapocho eran consumidas por las tierras de la proximidad, como si se las tragase. "¿Chu-chun-co?", en mapudungún, significa entonces algo así como "¿Dónde quedó el río?", "¿Qué se hizo el río?".
Otros autores tienen opiniones distintas, sin embargo. Luis Morales Herrera en su libro "Voces de Chuchunco" (además de ser director del periódico comunal "La Voz de Chuchunco"), por ejemplo, dice que la traducción exacta sería "abundancia de agua" en alusión a los canales y antiguos cursos de agua que salían del Mapocho y corrían por La Cañada, donde hoy está nuestra Alameda (algo que parece haber motivado la creencia de que por La Cañada corrió alguna vez un segundo brazo del Mapocho), hasta esos viejos terrenos. Hay quienes creen, en cambio, que la traducción es más bien "agua que ya no está". La verdad es que no parece haber mucha claridad a este respecto y traducción varía de una fuente a otra. Para Benjamín Vicuña Mackenna, por ejemplo, hace referencia más bien a un terreno regado, pues los indios ya conocían la agricultura en este sector del Mapocho. Sin embargo, la observación de León Echaíz es verosímil a la descripción que hiciera en 1646 el jesuita Alonso de Ovalle en su "Histórica Relación del Reino de Chile", sobre esta característica que se perdió con las canalizaciones del río realizadas en 1888: 
"...a poco espacio después de haber pasado por la ciudad se esconde todo dentro de la tierra, formando en ella una dilatada puente de más de dos o tres leguas corre sin ser sentido hasta que al cabo de este espacio sale brotando a borbotones entre unos carrizales, purificadas sus aguas y más claras y limpias que un cristal, de manera que aunque parece que muere hundiéndose debajo de la arena, es para es para nacer más purificado, más crecido y lleno de lo que parecía antes difundirse y derramarse por la tierra..."
Pese a su posición marginal y periférica con respecto a la primitiva ciudad de Santiago, los terrenos de Chuchunco han sido parte de la historia de la ciudad desde los tiempos del Gobernador Pedro de Valdivia, cuando éste concedió a don Gabriel de la Cruz dichos terrenos, en 1546. Aunque De la Cruz pudo conservar sólo la mitad de los terrenos que le fueron dados, pues vendió la otra parte a Antonio Zapata, su familia los poseyó por sucesiones hasta el siglo XVII. León Echaíz escribe que otra concesión en el sector le fue dada a Alonso de Monroy. El nombre preciso que se le otorgó a esta inmensa hacienda era San José de Chuchunco, y sus márgenes iban aproximadamente desde donde hoy se encuentra la Estación Central hasta el sector del río Mapocho al Poniente de la Chimba y en los antiguos terrenos de los indios huechures (de Huechuraba), donde empalma con algunos afluentes aunque su caudal, como hemos dicho, aparenta ser absorbido en la tierra, cerca de su cruce con el camino hacia Valparaíso.
La fisonomía rústica y primitiva de Chuchunco había perdurado por largas centurias, hasta más o menos mediados del siglo XIX, cuando la implementación ferroviaria y la prolongación tanto de la Alameda de las Delicias como de los caminos derivados, permitió que el crecimiento de la ciudad por fin avanzara sobre la barrera histórica del sector poniente, del Chuchunco Abajo, como se le llamaba en forma un tanto peyorativa, o Bajos de Pudahuel, según escribe Vicuña Mackenna en su libro sobre la historia de Santiago. El crecimiento del barrio se dio sobre dos poblados principales: la Población Echaurren y la Población Ugarte.
Javier Mella Vadal, en su libro "El Espectáculo de la Hípica en Chile", confirma que la Sociedad Hípica de Chile nacida en 1867 tuvo su primera pista de carreras en el territorio de Chuchunco, hasta que se trasladó en 1871 y desapareció a la consecuencia de la fundación del actual Club Hípico, sociedad mucho más poderosa y sólida.
En el plano de la organización administrativa de la ciudad, Chuchunco correspondería a la IX Subdelegación Rural del Departamento de Santiago, según las leyes de 1889. Con la reorganización municipal de 1891, pasó a quedar al alero de la Municipalidad de Maipú. Esta condición se repite en la legislación de 1897 pero, en la de 1927, la Subdelegación de Chuchunco habría de pasar a manos de la Municipalidad de Lo Espejo.
Antiguo aspecto de la Estación Central, en el ex barrio de Lo Chuchunco.
Vista del anterior edificio de la Estación Central. Las carretas y los caballos dan un indicio de los detalles de vida semi-rural que aún perduraban en el sector del ex páramo de Chuchunco, a pesar del avance de la ciudad sobre sus terrenos.
En tanto, floreció al rededor de las terminales ferroviarias, hacia fines de siglo XIX, un sólido barrio conformado por el comercio que facilitaban los ferrocarriles, especialmente después de la construcción de la nueva estación de trenes, por iniciativa del Intendente Vicuña Mackenna, que dio nacimiento al pintoresco e histórico vecindario de la Estación Central.
Esta actividad ferroviaria precisó de mano de obra permanente, por lo que desde el siglo anterior había comenzado a aparecer un poblado propio llamado San José de Chuchunco formado por trabajadores muy pobres, como lo advierte Armando de Ramón en su libro sobre la historia de Santiago. Primitivamente, se trataba de caseríos y ranchos, instalados en la ex chacra del mismo nombres que desde 1861 pertenecía a los herederos de don Francisco de Borja Valdés Huidobro y doña Dolores Aldunate Larraín, uno de los cuales era el diputado Francisco Javier Valdés Aldunate. Como en otros casos de campamentos asentados en terrenos particulares, esto se hacía en régimen de arriendo.
Fue así que el barrio Estación Central, ya no más Chuchunco, llegaría a ser considerado como un segundo centro comercial y financiero de la ciudad de Santiago. Las chacras habían sido reemplazadas por grandes construcciones, casonas, hoteles y hasta palacios. Vinieron los tranvías y, más tarde, los microbuses. El fundo San José de Chuchunco, que a la sazón estaba en manos de la familia Rivas Vicuña, sufrió cambios vertiginosos que determinaron su desaparición. Una de sus últimas propietarias, Luisa Rivas, donó parte del terreno (12 hectáreas) para ser destinada a la Iglesia Católica. Otras porciones fueron vendidas.
Con el advenimiento de la Reforma Agraria, en los sesentas, los terrenos que quedaban del fundo fueron urbanizados y convertidos en barrios residenciales. En los setentas, llegó la Línea 1 del Metro. La línea de la Alameda de las Delicias habíase perdido ya del alcance de la vista, persiguiendo el crepúsculo hasta la Avenida de los Pajaritos y el camino hacia Valparaíso, y de aquellos terrenos agrestes a los que parecía un fastidio tener que ir desde la ciudad, sólo quedó la sensación de un recuerdo ancestral. Famosas poblaciones capitalinas, como la Villa Francia, la Villa Brasilia o la Villa Kennedy, además del infame vertedero de Lo Errázuriz, ocupan parte de lo que fuera ese antiguo territorio chuchunquino.
Estación Central fue reconocida como comuna autónoma en 1985, separándose de Santiago Centro. El estigma haber sido la puerta hacia los lúgubres y temibles entornos indómitos de la ciudad, se perdió en el tiempo. Sólo sobreviven de su antigua toponimia un consultorio público llamado San José de Chuchunco, en la Villa Robert Kennedy, por ahí cerca del barrio y la avenida Las Rejas, que constituye otro nombre que recuerda a las haciendas antiguas del sector, como hemos dicho. Una popular población nacida de una toma a principios de los setentas también restauró el nombre de San José de Chuchunco, pero más tarde ha sido llamada como la pintoresca y popular Villa Francia, ahora tristemente célebre en los medios por las recientes cuestiones más policiales que históricas.
En la sociedad chilena, sin embargo, el concepto de Chuchunco abajo que habíase constituido en una expresión arrogante y despreciativa de los citadinos para referirse a la gente rural o ciudadanos afuerinos, a los "palurdos", pasó a ser un concepto abstracto y subjetivo para hacer mofa de todo lo que sea sinónimo de algo lejano y perdido en los mapas, manteniéndose así en el lenguaje popular hasta nuestros días.
Carretas y victorias estacionadas frente a la antigua Estación Central, hacia 1885. Puede advertirse cuánto ha crecido el barrio en su entorno.
Aspecto del antiguo edificio de la Estación Central, con el barrio ya tragado por el avance urbano de la ciudad de Santiago, hacia 1886. Por el primer plano, puede verse un tranvía de caballos.

lunes, 18 de mayo de 2009

UN CLÁSICO DE CLÁSICOS: "EL SINIESTRO DOCTOR MORTIS"

No es fácil tratar de hablar en forma breve y objetiva de un clásico del cómic chileno tan querido como "El Siniestro Doctor Mortis", que comenzó a ser editada en Santiago durante los años sesentas, por una de nuestras más recordadas casas editoriales de la ciudad y de todo Chile, convirtiéndose en todo un icono histórico en dos materias: las historietas y los relatos de terror. Es difícil aceptar, además, la nostalgia y las injusticias que llevaron a la desaparición de este emblema de las artes impresas nacionales.
"Dr. Mortis" fue una suerte de "Weird Tales" en versión criolla. No en vano, coleccionistas especializados en estas materias como el comentarista y músico rock Rodrigo "Pera" Cuadra, aficionado a la estética terrorífica contenida en la publicación, se ha referido a ella como "la mejor revista chilena de historietas" de toda la historia. Incluso le ha dedicado una de sus canciones, como vocalista de la banda Dorso. Hasta parecieran conocerla las generaciones nuevas, que nunca la vieron en algún kiosco, hemeroteca o mesita de centro.
La revista fue capaz de expandir y perpetuar creativamente estos elementos de la época romántica del terror, invitando a los lectores a enfrentar una saga de aventuras donde nada faltaba: vampiros, mansiones siniestras, calaveras, zombies, ruinas encantadas, asesinatos, ectoplasmas, espantos extraterrenales, brujería, hombres lobos, gnomos, momias, fantasmas cadavéricos, engendros de laboratorios tipo Dr. Frankenstein, alienígenas de inspiración Orson Wells, conspiraciones diabólicas, monstruos indescriptibles y bestias batracias de otras dimensiones, dignas de la fauna extraterrestre de H. G. Wells o de John W. Campbell.
Ningún engendro parece faltar, pudiendo caber todos holgadamente en los poco más de 10 años que duró la publicación y los casi 40 que existió el radioteatro-terror homónimo, primero y más importante del país. Personalmente, cuando conocí la revista encontrando sus ejemplares en un viejo estante de una casa de playa, por ahí por 1985, ésta ya era antigua; pero la calidad de sus contenidos e ilustraciones evidentemente era tal que, hasta el día de hoy, cuesta convencerse de que fue una publicación totalmente chilena, capaz de haberse adelantado por mucho a la forma y fondo de otros estilos, cuentos y hasta películas de nuestros días.
LOS ORÍGENES
Pese a ser un género que no se ha explotado con el fervor de otras corrientes, o bien que ha sido llevado al cine nacional por directores más bien jóvenes y a veces inexpertos que sólo lo han terminado poniendo en caricatura, el terror está presente en la literatura chilena desde hace mucho tiempo. La mayoría de los cuentos de "Sub Sole" de Baldomero Lillo, por ejemplo, pasarían fácilmente por relatos de terror, al igual que algunos trabajos de Ramón Pacheco e incluso casos más formales como "El Socio" de Jenaro Prieto, por su ambiente angustiante de tensión y suspenso. También lo serán, en tiempos posteriores, los climas generados en relatos de criminología que fueron famosos a mediados de siglo, en revistas sensacionalistas.
Coincidentemente, las primeras tiras y revistas cómic dedicadas especialmente a este género aparecen por entonces. Una de estas pioneras fue un folleto que venía con la revista "OKey", publicada por editorial Zig-Zag en 1949, y que se basaba en clásicos literarios internacionales del terror, como "El Fantasma de la Ópera". Sin embargo, a partir de 1966, la misma casa editorial de Santiago comenzó a publicar una revista que estaba destinada a ser un símbolo de los relatos de terror en el habla hispana: "El Siniestro Doctor Mortis", cuyo arte había sido encargado a la mano del destacado dibujante nacional Roberto Tapia Tom, su primer ilustrador, que también colaboró en las primeras portadas. La base del cómic está en los propios antecedentes del género en Chile, entonces.
"El Siniestro Dr. Mortis" había sido creado por el locutor, guionista y libretista oriundo de una familia ítalo-argentina residente en Magallanes, don Juan Marino Cabello, quien se inspiró en una transmisión radial de la BBC donde Boris Karloff narraba al micrófono cuentos pavorosos. Cuando sólo contaba 25 años, logró introducirlo en un transmisión de radioteatro, en 1945, que peregrinó por varias radios de Santiago durante las décadas siguientes. Para estos efectos, trabajaba ocasionalmente con su esposa la ciudadana argentina Eva Martinic Matulic. El elenco original estaba compuesto por actores como los hermanos Adolfo y Enrique Wegman, Vicente Miranda, María E. Bukovic, Eduvina Korn, entre otros.
En 1958, Marino montó también una transmisión especial de teatro radial llamada "¡Qué noche de terror!", que causó gran sensación en su época. Como era esperable, el centralismo nacional se impuso y el proyecto necesariamente debió aterrizar en la capital chilena. El radioteatro de "El Siniestro Doctor Mortis" encontró acogida en Santiago en la Radio Nacional, de propiedad de Luis Humberto Sorrel, cuyos estudios se ubicaban en calle San Diego, junto al Teatro Cariola. La actuación se hacía en vivo, incluyendo los efectos de sonidos, y después grabada, pues llegaron a ser cinco capítulos diarios. Más tarde, comenzó a ser transmitida por Radio Yungay.
Juan Marino, al centro, y el equipo del radioteatro.
El LP con el radioteatro de "El Siniestro Dr. Mortis".
(http://www.goear.com/listen/42f3a90/El-Siniestro-Dr.-Mortis-)
EL ÉXITO DEL CÓMIC
La idea de llevar el radioteatro a formato cómic fue de la Jefa del Departamento de Historietas de la Editorial Zig-Zag, doña Eliana Serrana, quien hizo llamar a Marino en 1965 para proponerle la novedosa y acertada empresa. "Dr. Mortis" hacía furor en las radios, en aquellos momentos. Según el articulista e investigador Mauricio García, en el reportaje "La historieta del terror en Chile", publicado por el sitio Ergocomics.cl (por favor, amantes del comic, visitar este website, pues es estupendo), Marino también creó el personaje femenino Mawa para la revista "Jungla". Además, fue autor de cómics como "La Legión Blanca" y "El Jinete Fantasma".
Carlos Reyes, otro articulista, hace notar que el antológico personaje Dr. Mortis también aparecía en la revista presentado con diversos anagramas que lo hacían reconocible: Tiss Morgan, Tmiros, Misrot, M. Ortiz, Stroim, Morgenthys, T.S. Mori, Ry Thomas, Sitmor, Ross-Mithor, Trosmi, Mohr Silentis, M.S. Riot, Ismael Orth, M. Risot, Orim Ots, Sirmot, Moresti, Morgue Trois, etc. Su aspecto varió a lo largo de la revista. Al principio, ni siquiera era un ser humano, sino una masa fantasmal e informe. Sin embargo, evolucionó hasta adquirir un aspecto propio: un científico loco, narigudo, con barba de villano y bigote fino, peinado con mechas a la manera de Wolverine, de los famosos "X-Men" creados por Stan Lee para la Marvel, aunque las fechas sugieren que el parecido de este rasgo es sólo coincidencia.
Algunos interpretan al Dr. Mortis como una encarnación del mal, y de ahí su indefinición, que le lleva a veces a aparecer como vampiro, genio científico, demonio o monstruo, según el capítulo. De hecho, Reyes hace notar que el primer ejemplar de la serie partía preguntándole al lector:
"¿Quién es el siniestro Doctor Mortis? ¿De dónde ha venido? ¿Es un ser humano o un ente allende el universo conocido?".
No siempre era activa la presencia del Dr. Mortis en la serie, aunque había otros personajes antológicos a la cabeza de las aventuras, siendo el más conocido era un tal John Smith, que fue protagonista de las historias tanto en la radio como el cómic. Los escenarios sucedían con frecuencia fuera de Chile, para realzar el misterio y exotismo de las epopeyas. Los tiempos variaban: podían remontarse a principios del siglo XX o bien viajar por el tiempo y el espacio hasta el futuro.
La revista era publicada a todo color promediando las 32 páginas. Destacaban especialmente sus portadas, la mayoría de ellas a merced del talento del ilustrador Manuel Cárdenas Arce, (quien le dio el aspecto definitivo al Doctor) y, con menos participación, también de Guillermo Varas, D. Henríquez y Tapia Tom. Tales carátulas eran toda una novedad para la época, aunque no siempre guardaban relación con el contenido argumental del interior, pero también evocaban a las presentaciones de la legendaria "Weird Tales".
Los coleccionistas están de acuerdo, además, en que estas portadas, aparecidas cada quince días, son uno de los referentes más elaborados y bien logrados de la historia internacional de cómic. Participaron en la revista las plumas de Máximo Carvajal, Avelino García y Juan Francisco Jara. También lo hicieron figuras como Manuel Rojas y Ernesto López, conocido este último por la violencia visceral de sus viñetas, siendo, probablemente, el primer dibujante de estilo gore en la historieta chilena. Se les sumó también Manuel "Manolo" Ahumada, por entonces un debutante. En 1969, se incorporó Santiago Peñailillo, otro dibujante de peso. También colaboraron Óscar Camino y Bernardo Aravena.
Sin embargo, como confirma Carlos Reyes en su artículo "El Siniestro Dr. Mortis. Un maravilloso Hedor a Muerte y Corrupción", publicado en el mismo sitio web mencionado, Tapia Tom prácticamente se apropió del personaje central de la revista, quedándole el grueso de la responsabilidad de producir las páginas interiores de la misma. Al alero de la Editorial Zig-Zag, el éxito de "El Sinistro Doctor Mortis" fue enorme, superando los 100 números y editándose también en otros países de América, como Argentina Paraguay, Perú y México. De hecho, en este último país la editorial Novaro consiguió vender unos 70 mil ejemplares por número.
LA CLAUSURA
Sin embargo, durante el Gobierno del Presidente Salvador Allende, la empresa editora Zig-Zag fue expropiada y pasó a llamarse Quimantú, célebre editorial nacida de un interesante plan para la difusión cultural a nivel popular, pero subordinada a las visibles orientaciones políticas en sus publicaciones y un tanto deficientemente administrada por las propias autoridades que asignó la Unidad Popular, ya que los valores de venta de los libros a veces eran muy inferiores a los costos de producción, en el interés por darle acceso a todos los compradores, obligando a ajustes.
Por estas razones y otras más que quedarán para el análisis de los buscadores de su historia exhaustiva, el género de la revista, con un Dr. Mortis creando monstruos que le juraban lealtad al despertarse para conquistar el mundo y otras extravagancias por el estilo, no siguió siendo del interés de la empresa estatal, que interpretaba incluso como una especie de apología al autoritarismo fascista (o algo así) al contenido de la revista y a la relevancia del controvertido personaje principal que le daba nombre. Su notoria influencia tomada del cómic estadounidense, por lo demás, también pudo haberla hecho sospechosa de fomentar la cultura imperialista, como se acusó también a otras caricaturas. Para peor, personajes del Gobierno intentaron censurar la revista "Jungla", en la que también trabajaba Marino, por razones que no quedaron del todo claras pero de deben haber ido en el mismo sentido.
A la sazón, "Dr. Mortis" era complementada por otra serie de corte policial llamada "Al Margen de la Ley" y por una publicación sensacionalista titulada "Ovnis", en la que ilustraba Peñailillo basándose en los guiones de Elena de Wistuba. Aunque Carvajal intentó salvar a "El Siniestro Doctor Mortis" incluyendo temáticas de ciencia ficción en sus argumentos que incluyeron el secuestro y envío al espacio del mentado Doctor, para alejarlo así del ojo político, la implacable y rotunda orientación de la editorial Quimantú pudo más que todos los esfuerzos. Sus prensas pararon abruptamente en 1971, ante la desazón de quienes la venían siguiendo lealmente desde hacía cinco años.
Casi simultáneamente, sin embargo, apareció en los kioscos otra revista de terror llamada "La Tercera Oreja", que se basaba en otro famoso radioteatro chileno donde también participaría Marino, aunque de orientación más policial y con menor trascendencia que la anterior. Pero no todo fue tan malo en este período: ese mismo año, "El Siniestro Doctor Mortis" saltó a su propio programa de TV en la Estación de la Universidad Católica (Canal 13).
En 1973, Marino publicó una serie de tres libros titulada "Las Memorias del Doctor Mortis", a través de la Editorial del Pacífico, además de editarse algunos longplay con episodios y música de las presentaciones en el radioteatro. Sin embargo, la crisis y ruptura que culminó en septiembre de ese año también marcó la clausura de la editorial Quimantú. Además, cesó sus transmisiones la versión televisiva del cómic.
SEGUNDA ETAPA Y FINAL
En el incierto navegar de la ionización ambiental creada por el ambiente político, la Sociedad Periodística del Sur convino con Marino y los dibujantes que mantenían la revista, su republicación en 1972. La renovación fue tal que comenzó a aparecer rotulada con el Nº1 otra vez, pretendiendo darle así un nuevo impulso y novedosos bríos a "Dr. Mortis", ahora comandado por Peñailillo y dibujantes como Juan Araneda y Bernardo Aravena. Un tiempo después, la revista pasó a la Editorial Gabriela Mistral (ex Quimantú) que sólo actuó como imprenta, mientras que la firma Pincel-Dilapsa lo hizo como distribuidora.
Pero el daño provocado por la orfandad en que había quedado el "Dr. Mortis" tras su desalojo desde los talleres de Zig-Zag, no pasaría inadvertido y llevaría al producto a su propia tumba, finalmente. Pese a conservar parte del equipo histórico de la revista, ésta pasó por una serie de problemas que afectaron su continuidad, la calidad de sus presentaciones y estándar de formatos. Los dibujos eran sólo un recuerdo de la belleza artística y del talento desplegado en su primera etapa.
Pasada la época de los relatos románticos del terror entre Poe y Lovecraft, y ya encontrándonos en años dorados para el futurismo creado por Isaak Asimov, Aldous Huxley o Ray Bradbury, el "Dr. Mortis" debió buscar empleo insertándose en temáticas de corte científico o ciencia ficción, género que era escasamente conocido en Chile y que restó calidad también a los guiones.
En 1976, la producción de la revista emigró a Editorial Dilapsa. Pero ya estaba en decadencia: sus ediciones eran mensuales y al menos la mitad de las cuartillas eran impresas en blanco y negro, para abaratar los costos. Las últimas ediciones sólo tenían color en la portada. Se intentó mejorar la calidad de los dibujos, argumentos y materiales; se subió la cantidad páginas a unas 48 y hasta se realizaron publicaciones de cuentos ilustrados y "covers" gráficos de los clásicos de la revista, pero nada de ello funcionó. El daño ya estaba hecho. Para peor, Rojas falleció ese año, imprimiéndose una portada con un dibujo suyo como homenaje.
La histórica revista chilena, símbolo del cómic nacional y antecedente sin parangón del género terror por este lado del mundo, cerró definitivamente sus publicaciones en 1977.
El radioteatro de "El Siniestro Doctor Mortis", en tanto, perduró hasta 1984, cuando se acabaron sus transmisiones en Radio Portales, también de Santiago. Otra generación de auditores tenían ya los medios, en esos años. Superproducciones internacionales del cine como "Star Wars", "Star Trek" y "Alien" ya habían señalado cuál era el referente argumental del gusto popular. Ese mismo año fue estrenado "Terminator", confirmando a la ciencia ficción en el definitivo primer lugar de las audiencias. La época del terror gótico y clásico había pasado.
Marino, tras tantos años redactando los guiones de su cómic, se mudó con su familia en la Argentina, dedicándose a escribir estudios y ensayos, además de la locución y algunas remembranzas del "Dr. Mortis" en la radio de Trelew. Falleció recién el año pasado, a los 87 años de edad, pero al menos alcanzó a ser testigo del renacer del culto a la más grande obra de su prolífica creatividad.
(Fuente imagen: www.ergocomics.cl.)
Uno de los libros del "Dr. Mortis" publicado en 1973.
EL LEGADO DE LA REVISTA
Por sobre todas las cosas, la revista ha dejado en nuestra cultura nacional un valioso referente del cómic de terror, al punto de que ha resultado un tanto desfavorable a quienes han intentado repetir el estilo y el género, al enfrenarse a una vara colocada tan alto.
Aunque mucha de la inspiración de las historietas se basaba en cuentos literarios y relatos populares, como lo reconociera el propio Marino, considérese como un valor extra que el clímax de popularidad de "El Siniestro Doctor Mortis" fue en los tiempos en que H. P. Lovecraft era prácticamente desconocido en Chile, no obstante que en el cómic aparece un siniestro libro maldito llamado "El Testamento del Dr. Mortis", que desata calamidades y horrores de la misma manera que el mítico "Necronomicón" en el legendario lovecraftiano. Y del gran Stephen King, ni hablar: ni siquiera publicaba su primera novela, por entonces; y a pesar de ello, "Dr. Mortis" se adelanta en algunas tramas a argumentos bastante parecidos a los del famoso escritor norteamericano, especialmente en algunos de sus cuentos cortos.
Así, pese a todo, la revista ya trataba esos mismos ambientes sofocantes de terror angustiante, tendientes a lo oscuro y lo sombrío, interrumpido por fulgores ígneos, casi el gótico de Lord Byron o Mary Shelley, desarrollando las líneas narrativas primitivas que habían instalado en la cultura del horror las novelas de Edgar Allan Poe, Arthur Machen o hasta las películas de Boris Karloff o Vincent Price, con algo también de Alfred Hitchcock, que eran el referente vigente para los chilenos en esos años. No es fácil encontrar en la historia del cómic universal relaciones que pueda jactarse tan claramente de esto.
"El Siniestro Doctor Mortis" es, en nuestros días, joyería para coleccionistas. Para nosotros, en cambio, quizás sea la corona a la memoria de la Edad de Oro del cómic nacional, que nunca ha podido ser superada. Se puede visitar y conocer su mundillo encantado en la dirección mortis.cl.
(Fuente imagen: www.ergocomics.cl)
 
(Fuente imagen: www.meliwaren.cl)

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